El Ascenso de un Científico Loco
¡Descubriré cómo Funciona el Mundo!
El Enviado. El Dolor de Verdraos
"¡Dinand, malo! ¡Chipén Ñiquiñaque! ¡Me confinaste en ese achipeles para il de cuchipanda con esos…!"
"Rozemyne, deja de estar hablando en lenguaje antiguo para insultarme. Si bien me reuní con gente importante, no me estaba divirtiendo y no comí nada está vez. Y ya que soy tan desagradable, una vez estés lista te entregaré a tu padre y no tendrás que volverme a tolerar."
Estaba molesto de que lo primero que me dijera en la mañana fuera que yo era malo, raro y despreciable. Si bien chipén significa persona extraordinaria y fuera de lo común, en este contexto sonaba casi como Mestionora llamándome anómalo. Aún así, no fue sino hasta que la escuché sorber por la nariz y la sentí dejándose caer sobre de mí, pegándome y llorando como cuando recién la traje al campamento, que me di cuenta de mi error.
Me cubrí los ojos con una mano abrazándola con la otra, respirando para calmarme y sentarme con ella en la cama.
Cuidarla, planear, evitar morir infartado cuando desaparecía y ser responsable indirecto de las vidas de todos los de Adalgiza me tenían peor de lo esperado si le había dado una respuesta tan sarcástica y mordaz a primera hora de la mañana. Ella no tenía la culpa de nada. La bebé Rozemyne era solo una víctima más de todas las terribles circunstancias de la nobleza en este punto del tejido, una víctima que yo tuve que arrancar de los amorosos y pacientes brazos de su madre para prepararla para que pudiera sobrevivir al infierno que se le vendría encima. Incluso si cedía y la devolvía a su madre o la entregaba a su padre y asesinaba a Gloria para que no pudiera lastimarla ella todavía tendría mucho que sufrir por la guerra.
Y yo no podía quedarme y volverme Zent desde ya… los dioses no lo permitirían y mi existencia podría desaparecer… dejando a Rozemyne sola y a merced de una existencia corta y solitaria.
"Lo lamento, Rozemyne. Estoy muy cansado. No quise ser malo contigo. ¿Puedes perdonarme?"
Su carita hinchada y anegada de lágrimas se asomó entonces, asintiendo y recorriéndose hasta esconder su rostro en mi cuello.
Me senté y comencé a cantarle. Debí levantarme, preparar nuestras ropas y el desayuno, así como almuerzo y una comida que coloqué en un par de bentos para guardar en la cápsula que Rozemyne llamó aparato inútil y estorboso o 'archiperre' para que tuviera algo que comer.
Fue hasta que comencé a verter leche en un termo que me llevó buena parte de la noche crear para almacenarlo en la cápsula, que Rozemyne al fin me soltó con un pesado y largo suspiro para alguien de su edad.
"Dinand no es… malo, ni despreciable" se disculpó todavía abrazada a mí, sentada en mi cadera y mi brazo. Le sonreí entonces, guardando el termo y despeinándola un poco con la mano ahora libre.
"¿Incluso si debo pedirte que estés ahí dentro de nuevo?"
"Dinand… no me gusta ese… cosa… con cara de shumil… pero subiré. No me gusta estar solita."
"Gracias, Rozemyne. Vamos a desayunar, después tendremos que tomar un par de waschens rápidos y vestirnos. ¿Me ayudarás de nuevo?"
Estaba limpiando su cara, listo para invocar una oración de curación en sus ojos cuando me sonrió contenta, cómo si nuestra pequeña discusión jamás hubiera sucedido.
"¿Y veremos a mamá?"
Suspiré con una sonrisa triste, haciéndole algunos mimos en la cara y el pelo.
"Pronto, Rozemyne. Primero debo comprobar que no intentas escapar para hablar con ella o abrazarla. Tu mamá estará triste si se da cuenta de que aún no te he llevado con tu padre y tus hermanos."
"¿Poque no estoy lista, ¿vedad?"
"Verdad. ¿Lista para empezar el día?"
"¡Tiii!"
Mientras desayunábamos con el ambiente ahora en calma aproveché para preguntarle cómo supo la oración para que la pareja suprema le diera sus nombres. Casi me ahogo con su respuesta.
"Está en la sabiduría de Dinand. ¡Hay muchas oraciones bonitas!"
'¡Mierda!'
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La semana que siguió fue un verdadero incordio.
Siegfried me llevó ante los eruditos y caballeros que resguardaban Adalgiza. A petición mía me presentó como Dinand, el enviado de los dioses y ordenó que se me obedeciera para iniciar con los preparativos de desplazamiento de personas, de maná y de recursos.
Toda esa semana la pasé en salones de té o en despachos para organizarlo todo.
Me entregaron los listados y archivos donde se detallaban la cantidad de individuos en el palacio divididas entre flores, frutos y capullos. Nombres, edades, ascendencia, colores, temporada de nacimiento, educación en el caso de todas las niñas y… números con nombres de flores.
Rozemyne figuraba bajo el nombre de Myne como hija del antiguo Zent nacida en el verano, desaparecida sin dejar rastro en el otoño a la edad de tres años con maná omnielemental. Sin embargo, en el archivo de Seradina figuraban tantas irregularidades y aberraciones, que tuve que pedirles a los eruditos un momento para descansar afuera… de otro modo, los habría aplastado a todos.
Posible incesto con su propio padre. Violaciones. Aborto espontaneo por abuso físico del que en mi tiempo era Aub Klassenberg… sería tan fácil aplastarlos a todos hasta verlos retorcerse en agonía y sangrando por cada orificio del rostro…
"¿Dinand? ¿Poqué estamos volando? ¿Vamos a ver a mamá?"
"Yo, necesitaba descansar me luego de toda la… tarea que estaba revisando. Lo lamento. Hoy tampoco verás a tu madre."
"¿Poqué? ¡Mamá está ahí?"
Miré horrorizado hacia abajo, encontrando el palacio de Adalgiza bajo nuestros pies, pero ni rastro de Seradina, quién debía estar encerrada en su habitación o quizás deambulando por los pasillos.
"Lo siento, Rozemyne. Tu madre no está afuera. ¿Terminaste tus deberes?"
"Leí un libdo, hice muchos números, y escdibí los nombdes de los juguetes que me dejaste."
"¿Ya comiste algo?
"No, Dinand."
"Entonces come y luego toma una siesta. Debemos volver."
"¡¿A esa habitación abudida?!"
Suspiré. Tenía que encontrar un modo de corregir su defecto de pronunciación.
"Se dice aburrida, Rozemyne."
"Eso dije."
"Y sí. Tenemos que volver. Come y descansa, todavía tienes que terminar de bordar un poco."
La escuché quejarse entre dientes y bajamos de vuelta al despacho. Todavía tenía que revisar el resto de los expedientes para verificar todos los materiales que podríamos necesitar tanto para los jureves cómo para las herramientas para niños, la cantidad de ropa, las tallas y calendarizar cuando comenzaríamos a trasladar a los más pequeños, tanto los que fueran aceptados por sus padres como los que serían acogidos por Drewanchel.
Fue una semana demasiado laboriosa. La paz que estábamos viviendo no solo era temporal, además se volvió demasiado obvio cuan afectado quedó Yurgensmith en general porque muchos de los ingredientes estaban escasos y en algunos casos, imposibles incluso de conseguir. Estaba demasiado tentador a exigir que se me llevara a uno de los sitios de recolección para nutrir la tierra con el bastón de Flutrane, pero no sabía cuál sería el más adecuado y tampoco la cantidad de papeleo que me iba a suponer. Decidí dejar esa como última opción.
Rozemyne lo observaba todo desde su cápsula antes de aburrirse y ponerse a hacer sus deberes, comer algo o dormir. Ambos volvíamos tan cansados a casa que empecé a preparar la cena junto con el desayuno para no perder tiempo cocinando y llegar directo a comer, bañarnos y dormir. En las mañanas empecé a instruir a Rozemyne para hacer ejercicios de calistenia a fin de evitar atrofia muscular por todo el tiempo que debía permanecer en la cápsula. Al menos estaba poniendo de su parte.
Pronto una semana se convirtió en dos semanas y luego en un mes. Cada vez que nos salíamos de la ruta usual escuchaba a Rozemyne pegar su rostro al vidrio de su cápsula para observar, supongo que con la esperanza de ver a Seradina así fuera de pasada… pero nada más. Al menos se estaba esforzando, dándome la confianza de que todo estaría bien cuando empezara a trabajar con las flores y ella pudiera ver a su madre en la distancia.
En verdad, no sabía nada de niños tan pequeños.
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Los gemidos de dolor y el pequeño cuerpo moviéndose incómodo en la cama iban a perseguirme por el resto de mis días.
Era la primera vez que administraba veneno en la comida de Rozemyne. Una cantidad pequeña para ayudarla a crear inmunidad. No supe si cometí un error de cálculos o era de esperarse debido a su edad, pero en verdad, estaba angustiado tratando de consolarla, dando golpecitos en su espalda y tratando de distraerla.
'¿Cómo pudo la maldita de Gloria envenenarla sabiendo lo que iba a provocarle? Yo no quiero dañarla y ya me siento una mierda.'
"Dinand… me duele. Quielo ver a mamá."
"Lo sé, pequeña. Lo sé. Lo lamento mucho. No debo curarte aún. ¿Te gustaría un té? Ayudará con la molestia en tu estómago."
La sentí sollozando y las ganas de purificarla y desintoxicar la con una oración comenzó a carcomerme por dentro.
"Ti. No. Yo… no quiero que duela."
Ella avanzó un poco más, sentándose en mi regazo y buscando una posición donde pudiera sentirse más cómoda. Yo debía tener algún tipo de inmunidad o quizás por la edad mi organismo era más fuerte cuando comencé a tomar veneno porque no recordaba sentir algo más que un leve malestar ignorable.
La abracé, por supuesto, meciéndonos despacio y haciéndole un chequeo rápido. Al menos no tenía fiebre.
"Aguanta solo un poquito más, Rozemyne. Solo un poquito más. Prometo darte algo que te haga sentir mejor en un rato."
Me recordó bastante a la primera vez que Gloria la drogó con afrodisíacos. Parecía tan vulnerable en ese momento, aferrándose a mí en busca de comfort. Tal vez fue ese recuerdo lo que me llevó a usar maná mientras frotaba su espalda. Solo un poco, el suficiente para darle un poco de alivio. Ella respingó solo un momento antes de frotar su rostro en mi ropa y sostenerse de mí con todas sus fuerzas. Una segunda caricia con maná y la sentí soltar un poco de tensión.
No le di importancia, solo seguí consolándola hasta que se durmió luego de tomar un poco de té.
La dejé en su cama con un pequeño barandal y toda la tela que encontré para evitar que se golpeara o cayera y luego me dediqué a preparar todo lo que pude entre artefactos, documentación y al final, incluso comida.
Estaba terminando de colocar un ave horneada en vino con especias cuando la escuché llamarme. Por supuesto, dejé todo donde estaba para correr a su lado.
Sus ojos seguían un poco hinchados y su piel algo pálida, pero al menos ya no tanto como antes de que se durmiera.
"Dinand, no más veneno. No me gusta."
Estaba a punto de jurarle que no habría más cuando recordé las flores venenosas que yo mismo sembré cerca del Templo. No iba a sobrevivir a una exposición prolongada si nos de teníamos.
"Lo lamento, Rozemyne. Es por tu bien. Prometo que la próxima vez te daré menos."
"¡Pero no me gusta! ¡Me dolió mucho mi pancita! ¡Y, yo, no podía…! ¡Quiero a mi mamá! ¡Mamá!"
No estaba seguro si fue el dolor de verla romper en llanto, el arrepentimiento por hacerla pasar un mal rato o para evitar que llorara varios días de seguido otra vez, pero corrí a sostenerla en brazos de inmediato.
Era nuestro primer día libre. El primero de una serie de tres. No sabía cuándo podríamos ausentarnos de nuevo, aunque fuera solo un día, pero debía convencerla de seguir mientras pudiera vigilarla.
"Rozemyne, lo siento. De verdad lo siento mucho, pero debemos seguir. Tu cuerpo tiene que fortalecerse para identificar cuando has sido envenenada y…"
"¡No quiero!"
"¡Necesitas fortalecerte, Rozemyne!"
"¡No quiero! ¡No quiero! ¡No quieroooooooo!"
La bajé sobre su cama y me senté frente a ella. Estaba cruzada de brazos, con las mejillas abultadas y el ceño fruncido. Intenté cambiar el enfoque.
"Yo tampoco quiero, Rozemyne, pero me preocupa que alguien malo intente mandarte a saludar a los dioses de manera permanente con una cantidad mayor de veneno."
"¡Dinand puede curalme!"
"Tal vez no esté ahí para hacerlo, Rozemyne."
"Papá va a curalme."
Suspire. Sabía mejor que nadie cuánto tiempo le tomaría al tío descubrir al envenenador o saber siquiera cómo desintoxicarla de cada uno de todos los venenos que Gloria le administraría. La lista era larga y no teníamos tanto tiempo para prepararla.
"¿Y si tu padre no sabe que has sido envenenada, Rozemyne? ¿Y si aunque le avisen no llega a tiempo para curarte? ¿Y si por alguna razón no hay nadie que pueda curarte porque no saben qué tienes?"
Su ceño se frunció más, sus puños se tensaron bastante y sus mejillas parecieron inflarse tanto como las de un hámster escondiendo semillas de girasol en ellas.
"No, Quiero."
Admito que me dejé llevar. Estaba desesperado porque sabía lo inútil que sería para ella una vez que la dejara con su padre y sus mejillas se veían tan blandas… cuando me di cuenta estaba tirando y amasando sus mejillas con mis dedos.
"¡Entonces no me queda más que castigarte, bebé mimada!"
"¡No soy bebé! ¡Dinand mastuelzo! ¡Aaaaagh!"
La solté luego de eso, mostrando un rostro molesto para ocultar mi preocupación y poniéndome en pie.
"La comida está lista, igual que la medicina. Te advierto que la medicina sabe sumamente amarga."
La vi poner una cara de preocupación y luego una que intentaba mostrarse demasiado digna antes de que se pusiera en pie, ofreciéndome los brazos y mirando a otro lado para que la ayudara a bajar.
"Si me das veneno, lo escupiré, Dinand. No me gusta eso."
"Puedes creerme cuando digo que no le gusta a nadie y que, de todos modos, debes acostumbrarte a él rápido."
"¡Lo voy a escupil todo, Dinand!"
"Tú lo escupes y yo te jalo las mejillas de nuevo."
Apenas la puse en el suelo, ella cubrió sus mejillas y salió de inmediato.
Esos tres días me encontré limpiando restos de comida escupida con waschen, jalando las mejillas de Rozemyne y revisándola de manera constante.
Su cuerpo era tan pequeño que las dosis que debía darle para acelerar el proceso de inmunización le provocaban dolor e incomodidad.
Para cuando volvimos al trabajo con los eruditos, noté que comía con sospecha los alimentos de los bentos los primeros tres días, observando su comida por todas partes y comiéndola casi migaja por migaja hasta que se dio cuenta que la de los bentos estaba limpia.
Casi una semana después pudimos volver a casa antes de la cuarta campanada. Por supuesto, Rozemyne se negó a cenar luego de darse cuenta de que la comida de media tarde estaba envenenada otra vez. Por si fuera poco, la sorprendí asaltando los bentos a medianoche, cuando el hambre pudo más que ella.
'¡Esto es un desastre! ¡No va a sobrevivir ni siquiera un mes!' me lamenté unos pocos días después, cuando me di cuenta de que Rozemyne ya no confiaba en la comida que no estaba en los bentos y que había aprendido a saquear las pequeñas herramientas donde colocaba las comidas que metería a su cápsula. No tenía idea de cómo, pero debí encontrar el modo de convencerla.
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Con los primeros días del verano los preparativos para actuar se completaron.
Los eruditos insistieron en llevarme a conocer a los frutos y capullos para dar fé a Drewanchel y los padres de esos que los niños cuando lo peor que podía sucederme, ocurrió.
No habíamos llegado todavía a la sala donde ya habían reunido a los varones prebautizados cuando no solo sentí que Rozemyne comenzaba a moverse dentro de su cápsula, la niña comenzó a golpear con insistencia y a gritar.
"¡¿Mamá?!" fue lo primero que escuché. Había sorpresa y una sonrisa tiñendo su voz y yo no pude evitar detenerme, fingiendo mirar a mi alrededor para apreciar los adornos cuando en realidad estaba buscando por dónde había visto a Seradina, entonces lo noté.
El pasillo que estábamos por atravesar era de muros muy altos que se interrumpían a uno o dos metros del techo para convertirse en una larga serie de ventanales que aprovecharán la luz entrando a los jardines… y la cápsula de Rozemyne estaba flotando justo ahí.
"¡Mamá! ¡Mamá mírame! ¡Soy Myne! ¡Mamá! ¡Mamááááá! ¡Mamááááááá!"
La voz cada vez más aguda de Rozemyne mientras golpeaba la cápsula estaba convirtiéndose en un problema para mí. Los eruditos no tardaron mucho en notar mi incomodidad o que me había quedado atrás y ahora trataba de caminar más rápido sin saber que Rozemyne no solo no dejaba de gritar y golpear la cápsula, sino que además había comenzado a llorar. Era como revivir la pesadilla de los primeros con ella.
"Una disculpa. Me parece que la estructura es impresionante."
"Lo es, Lord mensajero." Respondió uno de ellos mientras Rozemyne berreaba dentro de su cápsula y yo intentaba apartarla lo más posible de los ventanales "El palacio fue creado con todo tipo de placeres en mente. Los ventanales permiten que quien pase por aquí disfrute de las bendiciones de la luz del día en tanto los grabados en las paredes recuerdan un enorme jardín con todo tipo de plantas de ornato. Tengo entendido que se tomó en cuenta las flores más bellas y delicadas de todo Yurgensmith y de Lanzenave."
"Ya veo" respondí sin mucho ánimo, evitando a toda costa tomarme el puente de la nariz y apretar ante la terrible migraña que los gritos y el llanto desconsolado de Rozemyne me estaban generando.
"Por aquí, Milord."
Estaba a punto de entrar cuando la voz de Rozemyne comenzó a llamar a su madre de un modo tan doloroso y devastador que me detuve de inmediato, soltando un pequeño suspiro.
"Lamento mucho esto, pero ¿podrían indicarme primero el camino a la fosa de slimes? Temo que a pesar de ser un enviado de los dioses mi cuerpo sigue siendo el de un simple mortal."
"Por supuesto, Milord. Por aquí."
Apenas llegar a la sala, cerré la puerta y activé el aparato de comunicación con Rozemyne para que nadie nos escuchara.
"Rozemyne, sé que estás… decepcionada, pero debes parar de llorar, por favor."
"Mamá estaba ahí pero no me escuchó, Dinand. ¿Poqué no me escuchó?"
"Porque se supone que eres invisible, ¿recuerdas? Nadie debe verte aún, se supone que estás en Eisenreich."
"¡Pero no estoy con papá! ¡Y mamá no me oye! ¡Y yo no oigo a nadie, solo a Dinand! ¡Quielo a mi mamá! ¡Buaaaaaaaaaa!"
No tenía mucho tiempo para calmarla, así que ofrecí lo primero que se me ocurrió.
"¡Rozemyne, por favor, por favor, deja de llorar y escúchame, ¿si?! ¡Por favor!"
Ella dejó de llorar un momento, cubriendo su boca con las manos como si no pudiera parar de otro modo, mirándome con sus ojos hinchados y su carita cargada de desdicha.
"No puedo dejar que tu madre te vea o te escuche, pero prometí que la verías… y la viste, ¿verdad?" ella asintió, todavía alterada, algunas piedras fey estaban absorbiendo su maná por lo que veía, así que proseguí "¿quieres poder escucharla también? ¿Quieres escuchar lo que pasa fuera de tu cápsula?"
Ella solo asintió sin soltar su boca, lanzándome una mirada de cachorro que me estaba destruyendo.
"No, no podrá ser hoy, pero haré algo para que puedas escuchar a los demás desde la cápsula, ¿está bien?"
"¿Puedes decile a mamá que la extaño?"
Suspiré al notar que se calmaba, mostrando una pequeña sonrisa sincera.
"Lo haré. Le daré tus mensajes, pero debes dejar de llorar, por favor. ¿Puedes hacerlo?"
Ella solo asintió, hipando un poco y yo le lancé una oración de curación pidiéndole que tomara un poco de agua o de té y se acostara un rato. Debió dormir el resto de la tarde, exhausta por el desplante reciente porque ya no sentí que la cápsula se moviera y pronto, mientras revisaba a niños y niñas antes del bautismo, la escuché roncando.
Esa noche tuve que tomar una de esas pociones que Rozemyne tomaba cuando no deseaba dormir para descansar solo una campanada y luego ponerme a trabajar.
Cuando amaneció ya tenía un nuevo arete que serviría de micrófono para que Rozemyne escuchara todo lo que yo. Solo debía cortar el flujo de maná para que Rozemyne no oyera nada inapropiado.
'Quizás esto sea para mejor. Rozemyne sabe cómo hablar con los plebeyos y conoce a los dioses y varios eufemismos, pero nunca me escucha hablando con otros nobles. Podría servirle de entrenamiento para ello.' Fue lo último que pensé antes de comenzar a prepararlo todo para el día.
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"Dregarnuhr no me agracia con su bendición hoy, así que prescindiré del baile de Gramaratua. He decidido cerrar el palacio separado."
Murmullos bajos y sonidos de asombro llegaron hasta nuestros oídos luego de que el príncipe Siegfried diera su anuncio, conmigo como parte de su séquito y Rozemyne flotando sobre nosotros en la sala principal de Adalgiza donde yo estuve revisando a los pequeños un par de días atrás. Yo observaba los rostros de los ocupantes del castillo para no reírme en tanto Rozemyne, flotando por encima de nosotros, se dedicaba a canturrear lo linda que era su madre y que al fin podría escucharla hablar.
Poder escuchar lo que ocurría fuera de su cápsula había sido una buena decisión. Estos días no solo había estado más atenta, también notaba que estaba de un mejor humor… y luego estaba el día de hoy, que casi podía escucharla suspirando. Mantenerme serio estaba resultando de verdad difícil.
"Drewanchel se ha ofrecido a acoger a los frutos, flores y capullos del palacio. Pagarán con maná por ellos."
Ante el anuncio noté que el miedo atrapado en el ambiente cambiaba por genuina curiosidad y mucha incredulidad. Algunos de los niños miraban a sus cuidadoras o a los niños más grandes como si estuvieran perdidos. No debían saber que el mundo era mucho más grande o que tenían derecho a un futuro.
Siegfried siguió explicando sobre el acuerdo. Los ojos de algunas de las flores se iluminaron, de las más jóvenes y de las que se veían en mejor estado. Muchas mostraban ojos nublados como si no comprendieran lo que estaba pasando. Drogadictas perdidas en la niebla de la inconsciencia creada por la continua exposición al toruk. Dudaba poder enseñarles a formular o que pudieran elegir siquiera su destino.
"…, y no todas tendrán éxito. Aun así, aquellas que estén dispuestas a intentarlo serán guiadas por este hombre. Tienen una semana. Los eruditos vendrán el siguiente día de la tierra."
Hice una pequeña reverencia cuando el príncipe me señaló y luego esperé a que él y su gente salieran. Di un paso al frente y me las ingenié para cortar el flujo de maná que me permitía escuchar a Rozemyne para centrarme en lo que debía hacer a continuación.
Invoqué mi schtappe y el miedo resurgió en muchas de las flores, incluso en las que tenían los ojos nublados.
'¿Pero qué demonios hacían esos nobles bastardos con ellas?' pensé mientras tomaba aire y me detenía. No podía trabajar con ellas si no las limpiaba de la droga que parecía abundar ahí.
"…No les haré daño." Murmuré en un intento por calmarlas "Pero necesito hacer algo antes de hablar con ustedes. Por favor, cierren los ojos y aguanten la respiración por un momento… Waschen."
Observé cómo la burbuja de agua se llenaba de algo antes de desaparecer. Reactivé entonces el audio de Rozemyne y la escuché preguntando que les estaba saliendo. Me llevé una mano a la boca fingiendo considerar para poder responderle.
"Es veneno, Rozemyne. Aquí las hacen respirar un veneno distinto al que te he dado a probar en casa."
"¡¿Qué?! ¡¿Poqué?! ¡Mamá tenía veneno, Dinand! ¡No me gusta el veneno!"
"Por eso debo sacárselos. ¡Por favor, les ruego que vuelvan a cerrar sus ojos y aguantar la respiración! Parece que debo limpiarlas un poco más." Advertí antes de volver a limpiarlas.
Con gusto noté que el agua no rodeaba más a Seradina, pero si a las otras flores e incluso a algunas de las niñas que pasaban de la edad del bautizo.
Estaba asqueado cuando terminé. Cuatro waschens fueron necesarios antes de asegurarme de que todas las ahí presentes estaban tan desintoxicadas como era posible. Las mujeres con los ojos demasiado nublados, ahora que estaban lúcidas, se veían tan enfermas que dudaba que fueran a durar. De todos modos, las dejé escuchar.
"Tal y cómo se explicó antes, los niños antes del bautizo serán entregados a Drewanchel donde serán educados como protegidos del Aub. Los que muestren más talento cómo eruditos y un mayor dominio y aumento del maná podrán incluso volverse candidatos a Archiduques de dicho Ducado. Algunos de los niños, sin importar género o edad, serán devueltos a sus legítimos padres. En cuanto a las flores y los capullos que ya han sido bautizadas, estas son sus opciones."
Expliqué con tanto detalle cómo pude sobre el acuerdo de las piedras Fey que fungirían cómo pago por sus vidas, sobre la posibilidad de morir y sobre las clases de formulación.
"… No será un camino fácil, pero aquellas que logren crear un jureve adecuado para sobrevivir a la dosis letal de veneno tendrán una nueva vida dentro del Templo Soberanos. Temo que no podemos ofrecerles más. Piénsenlo bien. Tienen una campanada para informar a los jardineros sobre su elección. Aquellas que decidan tomar el riesgo, yo estaré aquí para guiarlas. Que Seheweit y Anhaltaung les den su bendición."
"¡Dinand, no puedes darle veneno a mi mamá! ¡El veneno duele mucho, Dinand! ¡¿Me oyes?! ¡No a mi mamá!"
Di la vuelta entonces y salí. Apenas llegar al jardín activé el amuleto de Verbenger y volé en mi bestia alta con la cápsula detrás de mí hasta que no pudieran escucharnos.
"¡Rozemyne, ¿quieres que tu madre muera?!"
"… no."
"Lo lamento, Rozemyne, pero es todo lo que puedo hacer. Iban a matarlas a todas. A tu madre, a tus tías, a tus primos… los mandarían a todos a subir la altísima escalera si no intervenía."
"¡Entonces mamá puede il con papá! ¡No puedes darle veneno!"
"Rozemyne" suspiré acercando la cápsula hasta que nuestros ojos quedaron a la misma altura "no hay forma de que tu madre vaya con tu padre en este momento. Ella… es demasiado mayor para darle un schtappe, es demasiado mayor para que la adopte algún noble."
"¡Pero…!"
"Ella debe escoger si tomará el veneno después de crear una medicina especial y muy complicada… o si se queda con los dioses para siempre. Vas a tener que respetar su decisión."
"¡No, Dinand! ¡Tú no…!"
"¡La discusión se terminó, Rozemyne! Vamos a ir a casa a usar la fosa de slimes y a descansar un poco antes de volver. Tu madre elegirá que hacer. Lo lamento."
La siguiente campanada fue terrible. Estuvimos a punto de no llegar a tiempo porque la pequeña estuvo tratando de escapar la primer media campanada y luego no dejó de insultarme y lanzarme cosas encima… por no hablar de cuántos golpes, patadas y mordidas me llevé al tratar de ponerla en su cápsula. Estaba furiosa al grado de hacer un verdadero desastre al interior de su cápsula sin dejar de gritar solo los dioses saben cuánto tiempo porque apenas pude, corté la comunicación.
Sé que se calmó cuando su madre entró en la sala de las que prepararía el jureve porque la cápsula dejó de moverse y solo sentí cómo algo impactaba contra la tapa justo frente a Seradina.
"Muy bien, les ruego que pongan mucha atención. Empezaremos aprendiendo lo más básico de la formulación sin schtappe. Les recuerdo que esto es por completo su elección, así que si en algún momento se sienten rebasadas o incapacitadas para proseguir, pueden abdicar."
La clase comenzó y yo me centré en explicar el kit de formulación que se facilitó a cada una, así como algunos ingredientes de baja calidad. Empezaríamos haciendo una poción de rejuvenecimiento sencilla para que aprendieran a cortar, pesar, medir y verter maná en él caldero.
Ni bien comencé a caminar entre las mesas para verificar que lo estuvieran haciendo bien y responder dudas, un par de las flores mayores se disculparon y salieron. Con esas dos ya iban seis flores directas a convertirse en piedras Fey.
Cuando llegué donde Seradina, sin embargo, la noté esforzarse y comenzar a sonreírme. A diferencia de la gran mayoría, me hizo todo tipo de preguntas sobre lo que estábamos haciendo, poniendo especial atención a las demostraciones y las indicaciones.
"Si tiene más preguntas, levanté la mano y vendré a auxiliarla."
"Ahm, Lord Dinand… ¿sabe algo de mi tesoro?"
La miré un segundo o dos. Ella me recordaba todavía. ¿Era acaso porque no me había ido todavía o era por alguna otra razón?
"Si. Esta bien. La extraña."
Sus ojos se abrieron, nublándose apenas un poco antes de volver a sonreír y respirar, retomando su labor con renovado interés.
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"Mami es muy bonita~ Y me quiele mucho~ Mientras que plepara~ Una cosa lara~."
Tuve que toser en mi mano para no reír por la extraña canción que Rozemyne llevaba cantando desde que la clase comenzó. Era el tercer día preparación. La mayor parte de las flores de mayor edad y un par de las más jóvenes no habían regresado. Era angustiante saber que prefirieron morir a luchar por una segunda oportunidad. Quizás por eso seguía escuchando a Rozemyne canturreando y diciendo todo tipo de cosas cursis sobre su madre.
Supongo que era normal. Luego de más de medio año sin verla, la mujer que la trajo al mundo y que la protegió estaba al fin frente a ella, sonriendo y haciendo preguntas sin dejar de esforzarse. Hoy incluso estaba sudando mientras verificaba que sus ingredientes fueran tan puros como se pudiera, lo que de verdad le estaba costando hacer.
"¿Ha estado en Eisenreich, Lord Dinand?"
La miré apenas un segundo, escuchando que Rozemyne aplaudía y comenzaba a jugar a la porrista porque su madre tenía la voz más linda del mundo.
"He estado" respondí antes de señalarle que purificar un ingrediente más "El Ducado del viento es enorme y está lleno de bosques, con algunas zonas de minas. El clima es similar al de la Soberanía."
"¿Y qué opinión tiene del archiduque y su familia?"
La miré un momento más largo, ignorando los gritos de emoción de Rozemyne porque su madre nos estaba hablando mucho.
"Creo que… Es una buena persona que mantiene su palabra y ama a su familia."
Recordé el incidente con él en el invierno. Las expresiones en su rostro, mi metida de pata con el nombre de su hija y lo severo que tuve que actuar.
"El tesoro ha cambiado de nombre, usted se enterará de cuál algún día."
Seradina se detuvo entonces murmurando con felicidad algo sobre el nuevo nombre. No lo había entendido antes, sin embargo, luego de leer el listado de los niños que residían en el lugar me di cuenta de algo.
Esta mujer no debió estar nada feliz porque su hija, a la que había logrado salvar, llevara el nombre de una flor.
Era un hecho que aquí los niños llevaban nombres de números para ser sacrificados y las niñas nombres de flores que serían ofrendas a los nobles dentro del palacio. Era una forma sutil de señalarlas como amantes sin dueño, por eso Seradina se negó a darle el nombre de una flor… sin embargo, Rozemyne debía estar destinada a tomar un nombre que revelara su verdadero origen.
Fui yo quien, debido a la costumbre, la nombré Rozemyne en este tejido… sin embargo, yo no tenía casi nada que ver con ella en el tejido original y aun así seguía llamándose Rozemyne ahí también. Era como si los dioses quisieran señalar que una flor podía no ser solo una meretriz siempre que mostrará piedad hacia los dioses y encaminara a otros.
Cuando salí de mis cavilaciones noté que estaba de nuevo al frente de la clase. Era hora de dar las indicaciones para el siguiente paso.
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El tan temido día llegó.
Era temprano, apenas la segunda campanada. Rozemyne estaba apurada haciendo sus ejercicios con una sonrisa enorme y el cabello revuelto.
La bañé y alimenté en silencio. La pequeña estuvo tan motivada y feliz que ni siquiera se preocupó por verificar que su desayuno o su cena no tuvieran veneno, hablando de forma animada mientras comía y obligándome a limpiar su rostro con un pañuelo y llamarle la atención por llenarse la cara con migas, salsa y pedacitos de verdura o de fruta.
Hoy no le dije nada, la dejé que hablara todo lo que quisiera en medio de su éxtasis por la anticipación de ver y oír a su madre.
Cuando los dos estuvimos listos para salir y la metí a su cápsula, antes de cerrar la tapa transparente, la tomé de los hombros para mirarla a los ojos sintiéndome un monstruo ante su enorme sonrisa llena de afecto y esperanza.
"Rozemyne, tu madre y sus compañeras terminaron de preparar sus jureves, ¿sabes lo que eso significa?"
"¡Que Dinand enseñará a mamá a hacer más cosas!"
Negué despacio, con la garganta seca y el ánimo por los suelos.
"No, Rozemyne. El jureve es una medicina que se usa cuando el cuerpo está demasiado lastimado o… demasiado lleno de veneno. Un jureve de buena calidad puede salvarte la vida en una emergencia y, es hora de que tu madre y todas las mujeres ahí usen el suyo."
"Pero, mamá está bien. Todas están bien… ¡¿Vas a dales veneno?!"
Negué de nuevo. No sería yo quien les diera el veneno esta vez. Ni siquiera era yo quien lo prepararía o conseguiría.
"Mira bien a tu madre, Rozemyne. Guarda su imagen en tu cabeza porque vas a tardar muchos años en verla otra vez, ¿de acuerdo?"
"No. ¡No! ¡Dinand, no me gusta esto! ¡no me gusta!"
"Lo siento, Rozemyne. Tu madre decidió que no iba a morir con facilidad, así que se está esforzando para volver algún día contigo. Lamento mucho que esta fuera la única otra opción."
Cerré la cápsula y la oí pedir que no lo hiciera, que no le diera veneno a su madre.
Cuando llegamos al palacio, Rozemyne estaba muy callada.
En la sala que usaba de salón ya no había sillas ni los instrumentos de formulación. Solo las jarras con los jureves de cada una.
Luego de saludarnos pasé entre las filas inspeccionando. Solo uno o dos mostraban una calidad menor a la esperada, sin embargo, no había nada que pudiera hacer salvo felicitarlas a todas, una a una, por su esfuerzo.
"Las jardineras pueden comenzar a llevarse los jureves." Indiqué, observando cómo las mujeres que asistían en ese palacio comenzaban a tomarlo todo con suma eficacia para salir de inmediato al templo central, quedando solo una parte de ellas con carritos de servicio listos con viales.
"Debo felicitarlas a todas. Esta ha sido una semana larga y difícil. Las he visto esforzarse en algo que no suelen hacer. Formular. Esos jureves son el esfuerzo de cada una para seguir con vida y recomenzar. A partir de aquí, cada una queda en manos de los dioses. Tienen mi admiración y espero poder verlas a todas, algún día, en sus nuevas vidas."
Los susurros que llenaban el lugar eran de orgullo y de esperanza. Estaba por dar la orden a las jardineras de entregar el veneno cuando Seradina dio un fuerte paso al frente con el porte de una princesa de la familia real. Era la primera vez que la veía mostrar dicha actitud en éste periodo de tiempo.
"Si Milord me permite, me gustaría orar a los dioses para agradecerles por esta oportunidad."
Las otras comenzaron a mirar de ella a mi y yo le dije que podía hacerlo.
Seradina comenzó a orar de un modo peculiar, adoptando la postura y hablando despacio. Pronto no solo las otras mujeres estaban siguiendo sus palabras en la misma pose, incluso Rozemyne estaba repitiendo las palabras, entonces me di cuenta de que esta era la forma en que Seradina solía rezar cuando Rozemyne estaba despierta.
Cuando terminaron no hubo luces de bendición saliendo de ningún anillo porque ninguna de ellas lo tenía. A pesar de ello, el ambiente era optimista y esperanzador.
Di la indicación con la mano y las jardineras comenzaron a repartir viales en silencio, ignorando las conversaciones animadas sobre lo que cada una haría al despertar. Solo las jardineras y yo notamos a los caballeros que comenzaban a rodear la habitación, después de todo, serían ellos quienes cargarían a las flores adultas para transportarlas a los jureves.
"Damas" las llamé una última vez, notando cómo la habitación caía de nuevo en el silencio "ha sido un honor instruirlas a todas ustedes. Que Dauerleben y Schlaftraum de la casa de la vida, les den sus bendiciones luego de tomar el veneno. Que Greifechan y Heilschmerz de la casa del agua las bendigan en esta prueba de Glucklitat. Que Verdraeos de la casa de la oscuridad y Dregarnuhr de la casa del viento escuchen sus súplicas y las bendigan durante su tiempo en el jureve."
Podía sentir una buena cantidad de maná concentrándose en mi anillo y explotando una y otra vez ante cada bendición.
La pequeña lluvia de luces provocada por mi intervención de último minuto no tardó en robarle el aliento a todas las flores y a la misma Rozemyne, dándome un poco de paz.
Si bien las instruí lo mejor que pude, no las dejaría solas por completo en esta prueba.
Cuando todas las pequeñas luces de colores fueron absorbidas, tanto Seradina como las otras mujeres quitaron los corchos a los viales.
"¡Por una nueva vida!" gritó alguna de ellas y las demás la corearon, elevando los viales al cielo como si fuera un brindis y luego bebieron de golpe la extraña sustancia de un morado oscuro que daba la impresión de ser tan peligroso como cualquier deshecho radioactivo de las fábricas de armamento nuclear de mi mundo anterior.
El sonido de los viales al estrellarse con el suelo o rodar por las mesas se mezclaba de inmediato con los sonidos de los cuerpos cayendo al suelo.
Los caballeros y las jardineras comenzaron entonces con su trabajo de recoger y transportar, llevando a las mujeres como si fueran sacos de verdura para cargarlas de a dos.
"¡Mamá! ¡No, no!" gritó Rozemyne.
Me aproximé a ella. Su cuerpo pálido soltaba mucho sudor y ligeros temblores sacudían su cuerpo de forma casi imperceptible. Aun así, cuando la tomé en brazos para ayudar a transportarla, Seradina sonreía.
"¡Mamá! ¡Mamá despielta! ¡Mamá!"
Rozemyne, por otro lado, golpeaba la cápsula con todas sus fuerzas, gritando y llorando, suplicando incluso en una voz tan aguda que me dolía la garganta y el oído. Habría sido fácil cortar la comunicación, pero ¿qué caso tenía? La había obligado a observar un evento traumático. ¿Porqué no obligarme a escuchar su desesperación hasta el final?
Una vez fuera, entregué el cuerpo lánguido de Seradina a un caballero que ya llevaba una pequeña de tal vez once años en su montura. No dijo nada, solo la recostó debajo del cuerpo de la pequeña y se fue. Yo no podía transportarla hasta su habitación en el templo. No podía arriesgarme a qué Rozemyne descubriera donde estaba el cuerpo de su madre y huyera hasta ella.
Cuando todos los cuerpos fueron llevados, me quedé a esperar a Siegfried. Rozemyne ya no gritaba, aunque seguía llorando en silencio. Podía escucharla hipando sin control, pero nada podía hacer aún para consolarla.
"Lord Ferdinand" me saludó Siegfried, saltándose los protocolos debido a que apenas él entró, un erudito erigió un campo antiescuchas a nuestro alrededor, sin saber que la cápsula seguía flotando dentro de la barrera "escuché que no todas lo lograron."
"Temo que algunas se dieron por vencidas durante la semana y…"
"No me has entendido. No todas consiguieron llegar a tiempo al templo. Los médicos les dieron un chequeó rápido antes de colocarlas en jureve. Me reportan que cinco de ellas no tenían signos vitales al llegar y al menos ocho parecían a punto de expirar. De todas formas, las colocaron en sus jureves. El Sumo Obispo Soberano se encargará de aquellas que hayan subido la imponente escalera la próxima semana."
"Entiendo." Dije escuchando que el llanto silencioso de la bebé se incrementaba. Podía escuchar sus pequeños gemidos de dolor. ¿Debería decirle que su madre iba a lograrlo?
"Estoy muy agradecido por toda su ayuda con este asunto, Lord Ferdinand. ¿Hay algo más que los dioses deseen?"
No quería que su muerte pesara sobre mis hombros, tampoco podía revelarle información sobre ella, así que hice lo único que pude.
"Manténgase atento, Siegfried y que los dioses lo amparen."
Él solo me sonrió, asintiendo ante mi despedida y yo me disculpé diciendo que era momento de retirarme. Siegfried salió entonces junto a sus eruditos y yo usé el amuleto de Verbenger antes de invocar mi bestia alta y salí de ahí tan rápido como me fue posible.
Cuando llegué al campamento abrí la cápsula y abracé a Rozemyne, que no había dejado de llorar desde que escuchó que varias flores habían muerto. Lloró hasta quedarse dormida e incluso así se estuvo removiendo tanto que no tuve más opción que dormir con ella entre mis brazos, peinándole el cabello y dándole pequeñas dosis de mi maná para ayudarla a calmarse. No podía hacer más.
El día siguiente lo pasamos en un silencio pesado.
No hubo veneno en las comidas ni respuesta verbal a mis indicaciones. Ella hizo sus copias y sus operaciones matemáticas en silencio. Terminó de bordar sin decir una sola palabra y el resto del día se dedicó a releer todos los libros que yo hice para ella. Se negó a practicar con su harspiel y cargó consigo a Será, su muñeca de en todo momento.
Volví a abrazarla para dormir. No tuve otra opción luego de verla dando vueltas y quejándose en sueños.
"Dinand" me dijo al fin, durante el desayuno del día siguiente "¿me das veneno pothr favothr?"
Debí sufrir un error de procesamiento porque cuando me di cuenta, estaba mirándola con la boca abierta en tanto ella me veía decidida y triste.
"¿Estás… estás segura?"
Rozemyne asintió, mordiendo su labio inferior antes de sentarse bien erguida en su lugar.
"Mamá ya no está. Papá no puede verme poque no estoy lista. Lo estaré pronto. ¿Me ayudas?"
Los siguientes días entendí que ver a su madre caer envenenada y escuchar que podría estar muerta le generó tal shock, que la forzó a madurar con rapidez.
Rozemyne ya no me volvió a hablar cómo de costumbre, usando los términos y las cadencias que debió escuchar de los eruditos y del propio Siegfried mientras estuvo en la cápsula escuchando. Tampoco volvió a llorar o a negarse a hacer los deberes. No volvió a escapar, aunque si tenía problemas para dormir, en parte porque un día la sorprendí cavando un agujero en el jardín donde dejó su muñeca antes de cubrirla de flores y luego de piedras para no volverla a sacar. Ella me pidió que la enseñara a formular para protegerse y yo la enseñé luego de recuperar uno de los kits de formulación para niños, de modo que aprendió a hacer un par de pociones de rejuvenecimiento que sabía, iba a usar durante el sometimiento del trombre en unos meses y un jureve, mismos que guardé luego de enseñarle a deducir cuánto podía tomar de las pociones. Se esforzó bastante por aprender a pronunciar de manera correcta y para cuando fue el momento de entregarla a su padre, estaba lista.
La última noche con ella fue dolorosa y esperanzadora a la vez. Le había robado su infancia, pero ella iba a sobrevivir en el Templo y a los intentos de asesinato de Gloria.
Cuando terminamos de cenar, luego de que la ayudé a bañarse y la preparé para dormir, la abracé con fuerza y le pedí disculpas.
"Está bien, Dinand. No voy a estar con mi padre todo el tiempo y tú tienes que irte, ¿o me equivoco?"
"¿Rozemyne?"
"Estaré bien. Rezaré a los dioses para que puedan guiarme durante las pruebas de Glukitat esperando por mí en Eisenreich. No volveré a llorar como una bebé. No soy una bebé, soy la hija de un Archiduque. Debo ser como mamá ese día."
No sabía lo que ella estaba sintiendo, pero yo estaba tan aterrado que la abracé, besando su frente y sus mejillas, haciendo lo posible por no llorar.
"No vas a estar sola, Rozemyne. Te juro que no vas a estar sola. Encontrarás aliados allá afuera. Harás grandes cosas también y…"
"¿Te quedarás conmigo, Dinand?"
La abracé más fuerte, sin saber que contestar. Luego la solté para mirarla a los ojos. Esta pequeña niña era casi la misma que me salvó. Sus ojos todavía no mostraban esa falta de confianza en los nobles, todavía eran expresivos aún si su rostro ya no lo era.
"Debo irme yo también, Rozemyne. Pero volveré a tu lado. Prometo que voy a volver y me aseguraré de cuidar de ti desde el momento en que nuestros hilos se vuelvan a cruzar. ¿Podrás esperar un poco?"
Ella asintió, abrazándome y besando mi mejilla, haciéndome sonreír.
"Rozemyne, es la última vez que besas a un hombre o dejas que uno que no sea tu padre lo haga, ¿de acuerdo? Una dama solo debe besar a su padre muy de vez en cuando o a su Dios Oscuro."
"Tú puedes ser mi dios oscuro, Dinand."
Solo sonreí acariciando su mejilla.
"No es correcto, Rozemyne. Recuérdalo. Yo me estaba despidiendo de la pequeña niña para la cual he sido Wiegenmilch y Erwachlehren."
Ella asintió, sonriendo por primera vez desde que Seradina bebió el veneno y luego se acostó a dormir. Fue una noche tranquila.
Al día siguiente partimos rumbo a Eisenreich después de que destruí todo rastro del campamento, el material didáctico y convertí todas las herramientas mágicas en polvo de oro con ayuda de Rozemyne. Los círculos mágicos que me había dado Mestionora no solo estaban listos, sino que la noche anterior al fin terminé de recrear el artefacto. Un brazalete que Rozemyne siempre llevaba consigo en mis recuerdos, el responsable de que ella desapareciera y apareciera de nuevo ahí donde era necesaria su presencia… la responsable de llevársela al baño de la diosa y a otras zonas sagradas años después.
Con mi último regalo en su muñeca y su ropa nueva de otoño recién estrenada, partimos por medio de los círculos de las puertas, volando en mi bestia alta sin ser vistos hasta encontrar a Adalbert en uno de los jardines de Eisenreich donde le mencioné que Rozemyne debía pasar tiempo en el Templo y luego la acerqué para que se presentara.
Ahí terminé de constatar que ésta ya no era la bebé que se me confió un año atrás.
Rozemyne se arrodilló frente a su padre dando los saludos de primer encuentro a la perfección, presentándose ante su padre como Rozemyne y agradeciendo por ser acogida por el Ducado del viento.
No la vi correr, gritar o cantar. Tampoco la vi tratando de saltar sobre su padre como lo habría hecho la bebé a mi cargo. Esta era, sin dudas, una pequeña Mestionora actuando como un adulto en miniatura. Adalbert debió notar el drástico cambio en su hija porque me miró interrogante antes recordar algo y agradecerme, aceptando luego los saludos de su hija y presentándose también, escoltándola dentro para presentarle a algunas personas.
En ese momento, justo cuando Rozemyne dejaba de ver a su padre para voltear a verme a mí, el círculo mágico de Dregarnuhr se abrió a mis espaldas, absorbiéndome ante la mirada sorprendida de Rozemyne.
