El Ascenso de un Científico Loco

¡Descubriré cómo Funciona el Mundo!

SS Seradina

"El único regalo que puedo ofrecerte cariño, es tu libertad, pero serás tú quien decida si lo toma."

"Elijo mi libertad. Ninguno de esos hombres me tendrá."

El primer recuerdo de Seradina era el de su madre, Azalea, hablando con su hermana mayor. Su hermana entonces bebió un té y poco tiempo después enfermó, alcanzando las alturas antes que la mayoría de edad.

Nacida como la quinta hija de una flor, como un capullo, el destino de Seradina debería haberse alejado de ese palacio de forma natural, sin embargo, no fue así.

Algunos hombres podían herir gravemente a las flores mientras las obligaban a recibir el invierno una y otra vez, haciéndolas subir la imponente escalera tras recibir la visita de Entrinduge.

Azalea, su madre, le contó cómo los capullos podían convertirse en flores solo porque los señores del palacio las encontraban encantadoras. Su madre había sido víctima de eso.

Favorecida por uno de los hermanos de zent, el compromiso de Azalea se canceló y entró en el palacio de Adalacia junto a su hermana.

Azalea, que debería haberse librado de esa condena, fue arrancada de su lugar en el tapiz y puesta en esa prisión de flores.

Gracias a que en principio fue un capullo prometido a un candidato de un ducado medio alto, su madre recibió educación como princesa colateral, lo que le permitió regalar a sus hijas un escape en forma de brazalete venenoso, el cual se activaba al alimentarlo con maná.

Sus hijos varones recibían uno similar, pero a diferencia de las hijas que tenían la opción de decidir, para los niños el brazalete se activaría de forma automática cuando cumplieran siete años, acabando con sus vidas sin sufrimiento, reduciéndolos a una feystone. Como los jardineros los dejaban sufrir hasta que sus pequeños cuerpos no podían soportarlo más, este fue el regalo que Azalea les otorgó.

Fue poco después de que su hermana mayor, el cuarto capullo, subiera la imponente escalera, que su madre volvió a ser encerrada en el invierno y recibiendo como consecuencia la carga de Geduldh. El padre parecía ser el actual heredero, Waldifried.

El segundo príncipe no era una mala persona, lo conocía de los días que lo entretenía a él y a su hermano bebiendo té, tocando el Harspiel, e incluso realizando danzas originarias de Klassenberg o la danza votiva que aprendió durante su corta estancia en la academia.

El tercer príncipe tampoco era malo, Seradina en realidad disfrutaba hablando con ellos mientras su tiempo llegaba a su final.

La primavera anterior a su cumpleaños número catorce, su madre recibió la visita de Entrinduge por última vez… ella estaba ahí, a su lado mientras la vida de Azalea terminaba. Tratando de reunir fuerzas, su madre intentó explicarle cómo activar el brazalete que le había regalado, pero su vida acabó antes de poder decirle.

Llena de pánico por el futuro que le esperaba, Seradina se escondió en su habitación. Respirando para calmarse pensó en lo que pasaría y lo que venía por delante. Ella cumpliría catorce años en verano, así que aún tenía un año entero para descubrir cómo funcionaba el brazalete e incluso si no podía activarlo, seguramente encontraría una forma para acabar con su propia vida

'Si la siguiente primavera no he conseguido activarlo, solo me quitaré mis herramientas mágicas y dejaré que el maná me consuma como a mis primos.'

Ahora que tenía un plan, solo necesitaba actuar como siempre. Si levantaba sospechas de las jardineras, no podría escapar de su futuro, pero su futuro la alcanzó.

Fue una noche de verano, mientras se preparaba para dormir. Seradina olfateó el ambiente al sentir un aroma nuevo. Su mente se sentía nublada y su cuerpo pesado.

No supo que fue lo que pasó.

La mañana siguiente despertó desnuda en su cama. Su cuerpo marcado con flores vulgares y la cama manchada ligeramente de rojo…

Desde ese día perdió la voluntad de luchar. Su madre le advirtió de las drogas usadas en el palacio, los aromas florales que las volvían a ellas en flores dispuestas. Ella lo sabía, pero nunca esperó que forzaran a un capullo inmaduro a volverse una flor.

En su mente maldecía a quien le robó su virtud. Había sido mancillada y marcada cómo un trozo de carne disponible para satisfacer todo tipo de fantasías.

Su deseo de libertad se le fue arrebatado.

Los hombres que consideró decentes se deformaron en vulgares dentro de sus pensamientos.

"Pensé que eras más joven Seradina. Pero mis eruditos me comunicaron que ya tenías quince años. Me alegré tanto y verte tan dispuesta a mí, me llena de dicha. Si no fueras una flor, te habría vuelto mi esposa."

'Ah, fue cosa de las jardineras y los cuidadores… mintieron sobre mi edad.'

El odio que sentía entonces se disipó. No pudo hacer nada con su situación, pero al menos entendió algo, sus instintos iniciales no se habían equivocado.

'Al menos aun puedo juzgar a la gente según mi impresión inicial.' Saber eso le arrancó una pequeña sonrisa. La ayudó a recuperar un poco de confianza en sí.

Sus días avanzaron inocuos. Zent la favorecía y parecía decidido a concebir un hijo con ella, pero por más que la encerrara en el invierno, no recibió la carga de Gedulh.

Fue poco después de su cumpleaños número quince cuando descubrió la verdad.

Un grupo de eruditos y médicos entraron en contacto con ella. El mayor de todos tenía el noble color de Ewigeliebe en el rostro, mientras su cuerpo temblaba como si fuese azotado por los vientos de Schneeast

"Traeremos a un hombre que pueda proporcionarte la carga de Gedulh, sin embargo, es imperativo que nunca reveles este encuentro con Zent."

"¿Por qué?" su mente era casi papilla luego de tantas noches cubierta por ese aroma empalagoso que no hacía más que nublar su juicio, sin embargo, esa premisa logró reunir los restos de su mente inquisitiva, llevándola a cuestionar a los médicos y sanadores que revisaban su cuerpo.

"Zent Waldifried tal vez no pueda otorgarte la carga de Gedulh, …él podría ser tu padre igual que su hermano."

"¿Eh…? No… Ha, ha, ha." Seradina estalló en alegre carcajada, apretando su estómago con fuerza sin dejar de reír. Sin preocuparse por las apariencias y esas cosas.

¿La habían condenado a esa prisión sin ninguna posibilidad de dar frutos debido a negligencia o a capricho?

Seradina sabía que Azalea una vez fue la hermana de prácticas de la realeza y que Waldifried la tuvo como hermana de prácticas. Ahora tenía sentido que su posible padrese hubiese encaprichado con ella y reclamara al último hijo nacido de su madre como hijo legítimo, sin embargo, el Zent nunca sospechó la posibilidad de su propia paternidad sobre Seradina, que tenía la edad correcta para ser la hija del entonces primer y segundo príncipes.

Miró al erudito ante ella, limpiando las lágrimas en sus ojos mientras lo cuestionaba con diversión. "¿Cómo pueden no saber si es mi padre?" preguntó sin dejar de reír.

"Mi predecesor falleció de repente. Los registros que se me entregaron fueron desordenados. Solo recientemente fui capaz de encontrar esta información sobre lo cercanas de la educación del segundo príncipe con las visitas de su hermano…"

Seradina miró al hombre ante ella, mientras le explicaba con voz temblorosa el error cometido.

Una sonrisa de regocijo se extendió por su rostro mientras saboreaba la ironía del asunto.

Ella estaba emparentada con el Zent, quién bien podría ser su tío o su padre. El Zent que había decidido mantener sanos a todos sus hijos, flores o frutos. Sus futuros hijos estarían a salvo. Con eso en mente… 'Podré salvar a mis hijos.'

Los cuidadores trabajaron rápido y el primer hombre que conoció además del Zent, llegó tres días después. Era un noble de Klassenberg, primo directo de Waldifried, hermano del heredero de ese ducado. Nunca supo su nombre.

Esa primera vez, además de los perfumes que nublaban su mente, se vio envuelta en penumbras. Ya que Seradina era la flor de Zent, los cuidadores querían evitar que alguien viese su rostro.

Pocos días después de esa visita se dio cuenta de que sostenía la carga de Gedulh. Las jardineras aún no habían ido a revisarla, pero lo supo con facilidad. Su cuerpo se sentía diferente. Por desgracia o fortuna, ella no quería traer al mundo al hijo de un hombre como ese.

Ese hombre de Klassenberg la había lastimado mientras se regocijaba por poseerla, por poseer a la flor de Zent, regocijándose por ser elegido sobre su hermano, el heredero. El hombre prácticamente le arrancó la ropa y la trató de tal forma que le provocó arcadas cuando pudo volver a pensar con claridad.

Las jardineras reprendieron al hombre por maltratarla, o en realidad, por maltratar la propiedad de Zent a quien no debía dañar.

Esa mañana, mientras hablaba con el niño en su vientre, lo saturó de maná, rezando para que pudiese vivir en las alturas, libre de la culpa de nacer de una flor.

Seradina se sorprendió la mañana siguiente. Conforme las jardineras realizaban los exámenes pertinentes se percataron del bebe perdido, pero no la culparon. Seradina fingió dormir en tanto las escuchaba hablar con voces exasperadas.

"¡Dioses…! ese hombre lastimó tanto su cuerpo que me sorprendería si aún es capaz de concebir."

"Mira que herirla hasta que su cuerpo no es capaz de soportar la carga… debemos eliminar a ese hombre de las visitas a otras flores de inmediato. Es más bruto que los de Dunkelferger."

Werkerstock, Ahrensbach, Hauchletzte y Dunkelfelger … los hombres que la visitaban provenían de los grandes ducados. Todos ellos estaban relacionados con el Zent de forma directa. Todos eran primos de Zent, pero ninguno pudo darle la carga de Gedulh. En la desesperación de los cuidadores incluso el tercer príncipe la visitó algunas veces bajo la excusa de que, se suponía, los hermanos habían planeado compartirla, pero incluso con el él hermano de Zent ella no recibió la carga de Gedulh.

Seradina se había asegurado de comprimir su maná con diligencia, evitando ser teñida por esos hombres, pero eso no lo sabían los cuidadores quienes comenzaron a preocuparse en serio, pensando que era posible que el noble de Klassenberg la hubiese herido de forma permanente…

Decidiendo que su cuerpo necesitaba descansar eliminaron por completo las visitas de los hombres, incluso limitaron las visitas de Zent, la razón dada estaba mezclada con un poco de verdad en caso de que Waldifried quisiera indagar.

En el reporte oficial se estableció que Seradina tuvo un aborto y su cuerpo necesitaba recuperarse si quería tener alguna esperanza de concebir en el futuro.

Pasó así dos meses sin recibir visitas.

Poco después de que el invierno iniciara, volvió a recibir la visita de Zent e, inmediatamente después, la de otro hombre. Un hombre extraño.

Su mirada estaba perdida, lucía similar a las flores del palacio. Ella misma incluso fue capaz de notarlo. Sus movimientos fueron torpes al desvestirla, besando cada nueva parte expuesta con devoción… también fue el primero que besó sus labios además del Zent. La trató con tanta dulzura, con tanto respeto que no supo que pensar.

Fue de verdad diferente de los demás hombres que solo se aseguraron de dejar nieve en su cáliz. Después de llamar al invierno un par de veces, Seradina se quedó dormida entre los brazos de ese hombre.

La mañana siguiente, sin embargo, la despertó un sollozo silencioso. El hombre que descubrió se llamaba Adelbert se disculpó con ella un par de veces. El hombre no recordaba lo que había pasado, pero debido a la situación en la que se encontraban era obvio e innegable que ambos invocaron al invierno.

Un poco perdida por la situación, Seradina se dedicó a consolarle en silencio.

Seradina entendió en poco tiempo que los besos y el afecto que recibió no eran para ella, le pertenecían a otra mujer. Decidió que los robaría por un poco más de tiempo, incluso si no le pertenecía. Por esa noche, esa única noche, Seradina fue amada por un hombre amable y cariñoso.

Una semana después descubrió que estaba embarazada.

Los siguientes meses recibió maná en forma de feystone del Zent a la par que Adelbert la visitaba un par de veces cada mes. El hombre entendía la necesidad de dar maná al bebe.

Nunca dejó de ir.

Incluso si sabía que ese niño seria hijo oficial de Zent, nunca la dejó sola y Seradina lo agradeció. Su maná era tan cálido y amable como él mismo. Su voz la transportaba a las tierras de las cuales venía y de las que siempre le contaba historias. La joven no podía evitar soñar que eran una pareja real. Que ella era apreciada y que era libre de viajar por aquel lejano Ducado que miraba a través de cada una de las historias del padre de su hijo.

Con el paso de los meses lo fue conociendo poco a poco. El hombre tenía tres hijos ya con su primera esposa y hacía poco había comenzado un cortejo con una dama que sería su segunda esposa. A Seradina no le habría importado entrar con este hombre en un matrimonio blanco como una tercera esposa y charlar cuando él tuviera que visitarla, justo cómo estaba haciendo durante su embarazo.

Fue en el verano, durante el parto de Seradina, que las cosas se complicaron.

Dio a luz a una niña. Su hija heredó una apariencia similar a la de su abuelo, el zent anterior, y a la del medio hermano más joven de Seradina, el único de sus hermanos que recibió un nombre real desde el inicio y no un número de otro país, haciéndola lucir como una pequeña Mestionora,

Con esa apariencia sería reconocida con facilidad como hija de Waldifried, dificultándole el devolverla a su verdadero padre. Su hija era tan bella que las posibilidades de que se volviera una flor no eran cero. Seradina sintió como el aire se le cortaba de los pulmones cuando escuchó a las matronas hablar…

… era incolora.

"No sirve… incluso si Zent desea conservarla, no tiene colores."

"Dámela… ¡Dame a mi hija!" rugió Seradina aferrando el cuerpo pequeño del bebé que comenzaba a llorar.

"Hmp, vendrán a medir su maná, pero una niña así ni siquiera sirve como pago para Lanzenave. Solo podría encontrar su lugar en el templo, junto a otras flores."

La dejaron sola. Seradina se aferró a su hija, llorando en silencio, rezando en silencio para ser salvada.

Esa noche lloró hasta quedarse dormida. Los cuidadores y jardineras irían a verla en la mañana siguiente y ella no sabía qué hacer.

En medio de la noche la despertó el llanto de su bebe. Lo que vio la dejo helada. Su hija era sostenida por un hombre alto con una daga en su mano. Pequeñas gotas de sangre goteaban de su bebé.

En medio del silencio solo se escuchaba el llanto de su hija, "Rucken" dijo el hombre frente a ella, haciéndola notar que la daga era en realidad un Schtappe el cual pasó en silencio sobre la herida que había hecho a su pequeña.

"Los dioses escucharon tus oraciones, Seradina. Tu hija sobrevivirá y será reconocida" Anunció devolviéndole a su bebé.

En la oscuridad de la noche la identidad de ese hombre quedó oculta bajo el velo de Verbergen. Seradina solo fue capaz de reconocer sus ojos de sol y la voz profunda y grave de su salvador. "¿Quién… quién eres?" preguntó en un susurro mientras el hombre se alejaba hacia la puerta. "¿Cómo llegaste aquí?"

"Fui enviado por los dioses a este lugar. No te preocupes. Ella sobrevivirá."

La mañana siguiente las jardineras miraron asombradas el resultado de la prueba. La niña era omnielemental y poseía más maná que los hijos de Zent.

Los días de Seradina avanzaron tranquilos mientras cuidaba a Myne.

Myne gozaba de buena salud, le gustaba en especial cuando Seradina cantaba para ella o le contaba historias de los dioses o las viejas historias sobre el Ducado de Adalbert.

Una vez cada dos semanas Adalbert visitaba el palacio de Adalazia para proporcionar maná para su niña. Fue durante esas visitas que descubrió que el hombre era Aub de su ducado, y que su segunda esposa estaba embarazada y pronto daría a luz a un hijo.

"Los doctores dicen que nacerá en primavera. Será un año más joven que Myne." Le informó.

"Si es una niña, sospecho que serán buenas hermanas." Añadió Seradina con una sonrisa encantada.

Adelbert sonrió un poco incómodo. Sabía que en unos años Myne seria presentada como hija de Zent, por lo que su hija jamás sabría que él era su padre, pero era difícil recordar eso a la mujer que tenía delante.

Aub Eisenreich apreciaba a Seradina como una amiga y como a la madre de su hija. Sus sentimientos por la joven eran similares a lo que sentía por Irumhilde. No había romance, no lo necesitaba. Tan pronto como Myne fuese destetada no volvería a verla. No existía forma de que se le permitiera mantener contacto con la flor favorita de Zent o con su hija.

Seradina vio como el rostro de Adelbert se oscurecía y adivinó sus pensamientos, pero fingió no hacerlo.

Tras el primer cumpleaños de su hija, Seradina fue visitada de nuevo por los eruditos a cargo de ella, "Adelbert volverá a visitarte este otoño, tras la visita de Zent."

Solo aceptó la orden con una sonrisa irónica. Tras haber sido teñida por Adelbert y tenido una hija, decidieron convertir a ese hombre amable en el padre de todos sus futuros frutos. Lo agradeció en silencio. Ella había estado trabajando para descubrir la verdad a Zent. Los eruditos habían afirmado que solo era una posibilidad, pero ella estaba segura de su parentesco, ¿Por qué otra razón le mentirían sobre su edad?

Una vez que le revelara a Waldifried la verdad, que ella era hija suya y de Azalea, sus hijos podrían volver con su verdadero padre.

Myne y sus futuros hijos crecerían a salvo bajo el cuidado de un hombre que apreciaba a su familia sin tener en cuenta las regalías que podía adquirir.

Seradina se alegró sobremanera de haber perdido a su primer hijo. No habría soportado tener que entregarlos a ese hombre.

El otoño inició y terminó sin recibir la visita de Zent. Más tarde descubrió que el Zent fue asesinado junto a toda su familia. Solo su pequeño hermano Galtero sobrevivió, pero el niño estaba antes del bautizo. Era imposible que asumiera ahora.

El otoño siguiente, tras un año de discusiones infructuosas, la guerra entre el primer príncipe y el tercer príncipe estalló. Cuando Seradina descubrió que su hermano menor, Galtero, y su candidata a prometida, Eglantine, serían enviados a Eisenreich pidió una y otra vez que su hija fuera devuelta con su padre… pero nadie la escuchó.

'A este ritmo Myne crecerá como una flor del palacio…' pensó angustiada.

Mirando a su hija, quien tan solo tenía dos años, Seradina trató de pensar en alguna manera de librarla. Sabía que las cosas no estaban bien en la soberanía. Con la guerra entre los príncipes, los eruditos se habían refugiado dentro del palacio oculto junto a las jardineras y cuidadores, bajo la premisa de 'cuidarlas.'

Cada mañana salían de sus habitaciones provisionales para trabajar en las oficinas a las que estuvieran asignados, volverían a la tercera campanada para almorzar antes de volver a sus trabajos y regresarían al palacio a la sexta campanada.

Aun con la guerra siguiendo su curso, el palacio debía seguir funcionando. Los eruditos y caballeros guardianas se encargaron de vigilar a los visitantes, controlando con mucho cuidado el flujo de visitantes para evitar que nobles de facciones diferentes se encontraran y convirtieran el palacio en un campo de guerra.

Fue más o menos a finales de otoño, cuando Myne comenzaba a caminar, que la pequeña desapareció. Las jardineras intentaron ocultarlo diciendo que estaba en el cuarto de las niñas, pero su hija no estaba ahí.

La niña se había escapado del palacio siguiendo a los eruditos, no por primera vez…

"Juego." Gorjeó su hija con una risa feliz. "Altar, juego."

Confundida por las palabras de su hija, que no tenían sentido, Seradina comenzó a vigilarla de cerca.

Vio con horror como su hija salía del palacio y entraba en la academia real siguiendo a los eruditos con un paso seguro. Comenzó a seguirla en secreto, teniendo cuidado de no llamar la atención.

Su hija era tan pequeña que los adultos que iban y venían ni siquiera la notaron, por lo que pudo seguir avanzando sin detenerse, a diferencia de ella, que tuvo que esconderse cada pocos pasos para que nadie la viese.

Myne caminó con paso seguro hasta un pequeño cuarto. Si su memoria no fallaba, ese salón pertenecía a los candidatos a archiduque y a la realeza… ¿Qué hacia su niña ahí?"

"¡Myne!" la llamó en susurros temiendo que alguien las encontrara. "¡Myne!" su voz resonó en el salón vacío, "¿…me equivoque? Si no fue aquí… ¿Dónde se…?

"Ha, ha, ha" Risas infantiles llamaron su atención. Guardó silencio tratando de escuchar de dónde venía la risa. "aha, ha, ha"

"¡Myne!"

La voz venia de un cuarto cerrado. Cuando lo abrió encontró a su pequeña niña riendo, sentada sobre un círculo mágico que no conocía.

"Mamá, ¿juega?"

"Myne… esto no es un juguete…" murmuró Seradina un poco preocupada.

Un círculo mágico tan grande como ese gastaría mucho maná… era cierto que su pequeña tenía más maná que los hijos legítimos de Zent, ¡pero ella todavía era un bebe y ese círculo mágico estaba reservado para los estudiantes de doce años!

La observó casi sin respirar, preocupada por lo que estaba pasando, pero Myne seguía sonriendo, jugando a golpear el suelo mientras reía.

Después de un momento de duda la levantó. Las herramientas infantiles estaban más o menos llenas de maná. Los cuidadores la vaciarían cuando se llenara, el ritmo no parecía haber disminuido desde el inicio de otoño alto por lo que se tranquilizó y decidió que su pequeña solo había encontrado un lugar para esconderse.

Regresó al palacio separado en secreto y se aseguró de no perder a su hija de vista.

O al menos lo intentó.

Su hija seguía saliendo en silencio y regresando a veces en los brazos de los eruditos, quienes al conocer la identidad de la pequeña princesa se aseguraban de protegerla.

Seradina agradecía que la cuidaran, pero habría estado más agradecida si hubiesen permitido que Myne fuese con su padre.

Con la guerra avanzando y su hija colándose todavía en la Academia Real, Seradina estaba cada vez más nerviosa. Si alguien de la facción contraria encontraba a su pequeña y averiguaba que era hija del difunto Zent… no quería ni pensarlo si quiera.

Algunas noches, aquellas que venían luego de que Myne saliera en una excursión algo más larga de la usual, Seradina se encontraba angustiada, incapacitada para dormir de nuevo, caminando junto a su cama, mirando a su pequeña durmiendo en la cama que compartían, a la puerta o los barrotes de la ventana, rezando con fervor al no encontrar la manera de que su hija pudiera ser resguardada por su verdadero padre aún si ella debía quedarse atrás para ser violada de nuevo por extraños.

Fue una de esas noches cuando la respuesta a sus plegarias pareció llegar desde las alturas, ni más ni menos.

"Seradina, ¿Quieres salvar a tu hija?"

"Si quiero."

La voz que llegó como una pregunta en medio de la oscuridad la llenó de una dicha sobrecogedora que nunca pensó volvería a sentir. A pesar del tiempo transcurrido o de solo haberlo escuchado una vez, ese timbre y cadencia eran inconfundibles. En su infinito agradecimiento logró grabar esa voz en su memoria, de modo que, al escucharlo, se enderezó y volteó a la misteriosa figura cubierta entre las tinieblas. Era el mismo hombre que había aparecido para salvar a su hija tras su nacimiento.

"Entrégamela entonces. La cuidaré y educaré. Cuando esté lista la entregaré a su padre."

Su corazón pareció acelerarse de júbilo. Su pequeña no solo sería liberada de su prisión, sino que además podría crecer junto a su padre y sus verdaderos hermanos. Una vida lejos de la prisión de las flores. Una vida rodeada del amor de un padre gentil, protector y bueno en aquellas tierras con las que había soñado por tanto tiempo.

"Por supuesto que la confiaré al enviado de los dioses." Respondió sin vacilar, "Sin embargo, si se le permite, ¿podría decirme su nombre?" Preguntó mientras se acercaba al hombre y entregaba a su pequeña que dormía en paz.

Después de un momento de silencio, el hombre dejo salir una pequeña risa mientras respondía: "Puedes llamarme Dinand."

Casi un año pasó desde que Seradina se despidiera de su hija. Durante todo ese tiempo las cosas siguieron sin cambios. Los eruditos no parecían consientes de la desaparición de Myne y si lo estaban, fingieron ignorancia.

Durante todo este tiempo tampoco recibió noticias sobre el paradero de su hija o su estado. Adalbert aún no se ponía en contacto con ella.

El enviado de los dioses, Dinand, le aseguró que la entregaría a su padre y Seradina confiaba en los dioses y en su mensajero… aun así, se sentía abrumada por no saber si Myne estaba bien.

Fue cuando el verano inició que su vida volvió a cambiar. El tercer príncipe y próximo Zent se presentó ante las flores del palacio. Junto a él iba un hombre que nunca había visto, pero que conocía.

Tenía el cabello celeste del mismo color que un cielo azul de primavera, y sus ojos eran del mismo tono sol que los de ella. El hombre que conocía como Dinand le sonrió con amabilidad mientras permanencia un paso a tras de Zent.

"Dregarnuhr no me agracia con su bendición hoy, así que prescindiré del baile de Gramaratua," dijo el príncipe tras saludarlas. "He decidido cerrar el palacio separado." Anunció con voz tranquila y mirada serena.

Las mujeres a su alrededor lo miraron desconcertadas, incluso con miedo. Ellas eran tan solo flores, si el palacio se cerraba, ellas serían enviadas a saludar a la pareja suprema junto a sus hijos e hijas.

'Ah, finalmente llegó el momento.' PensóSeradina con tranquilidad. Su hija había sido rescatada y entregada a su padre por el enviado de los dioses. Ella no tenía ningún remordimiento, pero…

"Drewanchel se ha ofrecido a acoger a los frutos, flores y capullos del palacio. Pagaran con maná por ellos."

Según la explicación del hombre, por cada uno de los niños que irían a Drewanchel la soberanía recibiría dos feystone del mismo tamaño. Una para remplazar al niño que se llevaban y otra igual para ayudar a la soberanía con la falta de maná mientras se estabilizaban tras la guerra.

A las flores se les presentó una oportunidad similar.

Se les haría beber un veneno muy fuerte. Aquellas que desearan sobrevivir podían preparar un jureve y sumergirse en él tras ingerir el veneno.

"…el maná recogido de sus jureves será enviado a Lanzenave en su lugar. Sera un proceso difícil, y no todas tendrán éxito. Aun así, aquellas que estén dispuestas a intentarlo serán guiadas por este hombre. Tienen una semana. Los eruditos vendrán el siguiente día de la tierra."

Cuando el Zent se fue, dejándolas solas a todas, Dinand dio un paso al frente. Las observó en silencio antes de invocar su schtappe. Algunas de las flores se encogieron sobre si mismas con miedo. Seguro recordaban las formas aberrantes que algunos nobles tenían para usar sus schtappes y provocarles dolor durante el invierno. Cómo el noble de Klassenberg. Su espalda todavía le ardía en ocasiones durante la noche, nada más que un eco lejano de los cortes con los que amaneció aquella vez.

"…No les haré daño." Murmuró el hombre un poco contrariado por las reacciones de las mujeres frente a él, "Pero necesito hacer algo antes de hablar con ustedes. Por favor, cierren los ojos y aguanten la respiración por un momento… Waschen."

Una gran burbuja de agua las envolvió antes de desaparecer. Seradina sintió como la niebla de su mente se disipaba, permitiéndole pensar con claridad.

El hombre repitió el proceso tres veces más, pero a diferencia de sus compañeras, el agua ya no la envolvió. Como flor exclusiva de Zent, casi no fue expuesta a drogas tras conseguir la carga por segunda vez.

Cuando Dinand terminó, volvió a explicar lo que pasaría, dándoles la oportunidad de elegir su destino.

Las clases de preparación comenzaron poco después. Fue de lo más difícil. Ninguna de ellas poseía un schtappe, pero a todas se les proporcionaron herramientas de formulación.

Para el día de la tierra, algunas de las flores más jóvenes estaban listas con sus jureves. Las mayores decidieron no intentarlo.

Esa noche, después de la cena, las transfirieron al templo central a una sección creada para ellas.

Cuando despertaran, las que despertaran, podrían tener una nueva vida. El zent informaría a sus familias, algunas podrían ser regresadas a sus padres, otras podrían intentar volverse nobles. Las flores más jóvenes que aún no habían sido desfloradas ingresarían a la academia tras despertar.

Seradina acababa de cumplir diecinueve años, cumpliría veinte el siguiente verano. Sin familia su única esperanza era ser tomada por Adelbert como concubina o, si tenía suerte, como tercera esposa. Pero ya que su presunto padre había fallecido sin conocer su identidad, era poco probable que le permitieran una educación.

"Pensé que nunca despertaría, Lady Seradina…" murmuró una joven doncella vestida de gris

Su cuerpo se sentía pesado, de hecho, prácticamente no podía moverse. Un sacerdote gris adulto la sacó de la poción y la llevó a su cama.

"¿Dan… Lena…?" preguntó en un murmullo atónito cuando reconoció a los dos frente a ella. Dan tenía siete años cuando lo conoció, Lena también acababa de ser bautizada, pero los dos frente a ella ya eran adultos.

"Me alegra que me recuerde, Lady Seradina." Sonrió la niña.

"¿Cuánto tiempo…?" comenzó a preguntar, pero las palabras se le cortaron.

"Nueve años, mi señora."

"¿Nueve…?"

Seradina no entendía que había pasado. ¿Por qué durmió tanto?

Creía que dormiría alrededor de un año. De hecho, por lo que sus asistentes le dijeron, las demás flores durmieron ese tiempo. Algunas incluso abandonaron el templo.

Su niña… su pequeña Myne seria ahora casi una mujer. Se había perdido su infancia. ¡No pudo bautizarla!

Las lágrimas brotaron por su rostro sin poder detenerlas.

Cuando se calmó, sus asistentes y las demás flores que permanecieron en el templo la ayudaron a caminar. Le dieron alimentos ligeros que sabían mejor que las lujosas comidas que recibía como flor de Zent.

Seradina estaba perdida, no sabía qué hacer.

Poco a poco, comenzó a recuperarse. Compraría un pergamino y enviaría una carta a Adalbert. Si había perdido la oportunidad de ver crecer a su hija, al menos quería ver que estaba bien. Decidiéndose por un curso de acción, se esforzó en recuperarse.

Lena le informó de que Dinand le proporcionó unas herramientas mágicas especiales que permitieron que su cuerpo no se atrofiara por su muy prolongado sueño.

Fue por el momento en que pudo volver a caminar sola que la vio en los pasillos del Templo. Una pequeña Mestionora.

"¿Myne? ¿Myne eres tú?"

La niña se giró. Estaba segura, esos eran los ojos de luna de su hija, sin embargo, su mirada brillaba con confusión. Antes de poder acercarse a su hija, luces doradas y negras la envolvieron, haciéndola desaparecer.

"¿Qué ha…? ¿A dónde…?"

Quizás por verla de pie con cara de confusión, Lena se apresuró a alcanzarla y tomarla del brazo, guiándola fuera del centro del pasillo.

"Lady Seradina, ¿está usted bien?"

Tardó un poco en procesar la pregunta y un poco más en formular la respuesta, o al menos, algo que preguntar.

"La, la joven que luce cómo la diosa de la sabiduría… ¿la viste, Lena? Ella, ¡ella estaba justo ahí y cuando le hablé…?"

"Debe referirse a la princesa Santa, Lady Rozemyne. ¿La vio desaparecer?"

'¿Rozemyne? No, ¡No! ¡Mi hija se llama Myne! ¡Tuve mucho cuidado de no colocarle el nombre de una flor! ¡¿Adalbert, qué hiciste?!'

Estaba perpleja, demasiado ocupada con su confusión interna de la que solo salió cuando alguien le aproximó un poco de té, obligándola darse cuenta de que estaba en una salita de té, sentada frente a una mesa con solo Lena y Dan.

"Lady Seradina, durmió usted tanto tiempo que no debe saber sobre la princesa Santa. ¿Se sentiría mejor si le contamos sobre ella?" ofreció Dan con un ligero brillo de fanatismo en los ojos imposible de ignorar.

La mujer tenía muchas, demasiadas preguntas en realidad, sin embargo, podría hacerlas luego de escuchar lo que tuvieran que decirle, así que bebió un poco del té para espabilarse y asentir.

La bebida era fragante, de un suave dulzor que solo acentuaba el delicado sabor que llenaba su boca del mismo modo que las galletas que nunca había probado.

Conforme Dan y Lena explicaban, se enteró de que su hija llegó a Eisenreich a los cuatro años, siendo bautizada y reconocida por su verdadero padre, creciendo en el Templo y haciendo todo tipo milagros, entre ellos, desaparecer envuelta en los colores de la pareja suprema para reaparecer ahí donde sus dones fueran requeridos.

Con asombro se enteró de que su hija forjó una gran variedad de leyendas que la pintaban más como una deidad menor que cómo la hija de un Archiduque. Seradina pronto se encontró extasiada al saber de todas las mejoras que su pequeña llevó al Templo y a los Ducados, lloró horrorizada ante la revelación de que su hija fue envenenada y puesta en jureve, sintiendo cómo la vida regresaba a su cuerpo ante su rendimiento sobrehumano en la Academia Real, lo cual llevó al quinto príncipe, el actual Zent, a adoptarla, razón por la cual su hija estaba en el Templo de la Soberanía y no en el Templo de Eisenreich.

Su pequeña logró florecer en todos los ámbitos. Se sentía orgullosa de ella, feliz de que su pequeña no solo hubiera llegado tan lejos, sino por la reputación que se había forjado con su esfuerzo.

Esa misma noche le llegó una carta de Eisenreich. La respuesta de Adalbert.

El hombre era más y a la vez menos de lo que siempre esperó.

La carta iniciaba con una extensa disculpa. Su hija, que era en verdad amada por él y por los mismos dioses, sufrió acoso y abuso por parte de uno de los pilares de la primera esposa de Adalbert, dañándola por varias vueltas de hilo bajo el sudario de Verbenger… a pesar de todo, pudieron sanarla, pudieron corregir el daño y hacerla feliz.

Su hija era amada por los dioses, por su padre, por sus hermanos y por muchas otras personas, nobles y plebeyos por igual. Era un verdadero milagro. Las terribles experiencias de su infancia solo sirvieron para fortalecer su determinación y ahora estaba en camino de convertirse en una mujer influyente.

La carta, sin embargo, terminaba con algo que Seradina no podría haber esperado jamás.

"Mi primera esposa, Lady Verónica, desea conocerte y pedirte una disculpa por el daño que recibió nuestra hija. Deseamos también ayudarte a reunirte con ella ahora que se me ha notificado sobre tu particular predicamento y por tanto, tu ausencia en el jardín de los dioses. ¿Estarías de acuerdo en conocer a tu hija?"

Las lágrimas no tardaron nada en empañar su mirada. Lloró de alivio y de felicidad. Todavía llorando rezó a los dioses para agradecerles y releyó la carta una y otra vez hasta caer dormida con la carta entre sus manos y algunas palabras borrosas debido a las lágrimas salpicando el extraño pergamino en qué venía el mensaje.

Una semana después pudo conocer a su hija y ser presentada con la mujer que intentó guiarla en su lugar… Verónica, que parecía una mujer altiva y orgullosa no tardó en caer de rodillas frente a ella y suplicarle perdón por no darse cuenta a tiempo de lo que una de sus pilares estaba haciendo con su pequeña. No tuvo que esforzarse para pedirle que se pusiera en pie o para sonreírle y decirle que no había nada que perdonar. La mujer parecía de verdad preocupada, cómo si Myne fuera hija suya y no su hijastra, era más de lo que podría haber pedido.

Conocer a su Myne de nuevo fue tan emotivo, que comenzó a reír luego de que ambas se tomaran de las manos y alabaran a los dioses en agradecimiento, siendo bañada por una lluvia de luces benditas y cálidas que la reconfortaron. Moría de ganas de abrazar a su pequeña y no volverla a soltar, pero por alguna razón, sentía que no era el lugar, así que incluso contuvo sus lágrimas

"Rozemyne, hija, ya que tu madre y tú se han reencontrado en el Templo, ¿te gustaría conocerla mejor?"

Su corazón se saltó un latido y ella dejó de respirar. Su Myne tenía un nuevo nombre, una nueva madre, y una nueva vida. Podría estar conforme solo con eso. Podría no estar interesada en la triste flor que la trajo al mundo, podría…

"¡¿De verdad puedo?!"

La voz cargada de ansias y esperanzas la sacó de sus tristes pensamientos. Adalbert le sonrió a su hija, asintiendo, en tanto Lady Verónica le ofrecía una sonrisa amable con el velo levantado y asentía también.

"¿No fue esto lo que siempre deseaste, Rozemyne?"

El tono en que la primera esposa de Adalbert se dirigía a su hija no le pasó desapercibido. Detectaba afecto, admiración, un poco de humor y… dolor también. Recordando la disculpa, Seradina no supo si era dolor de que Myne viera a otra mujer cómo su madre o a la responsabilidad que esta mujer sentía por las cosas malas que su hija tuvo que atravesar.

Los ojos de su Myne la miraron entonces, esperanzados, cargados de anhelo y curiosidad. Seradina le sonrió con sinceridad, esperanzada también.

"Nada me haría más feliz que conocerte mejor, sin embargo, eres tú quien debe decidir si quieres hablar conmigo o no. Eres una mujer libre y fuerte. Eres dueña de tu destino, y cómo tal, eres dueña de la decisión."

Su hija miró a todos lados un momento antes de exigir una herramienta antiescuchas de rango específico y que todos se dieran vuelta, salvo por la pareja archiducal. Una vez sus órdenes fueron acatadas, su hija se lanzó sobre ella, abrazándola y frotando su rostro en ella cómo cuando era todavía muy pequeña y algo la asustaba o tenía sueño.

"Mi niña. Mi Myne. Rogué tanto a los dioses para que te salvaran, para que te permitieran vivir."

"Yo… siempre me pregunté cómo serías. Quise preguntar dónde estabas y porque no estabas conmigo."

Estaban todavía abrazadas cuando su hija se alejó apenas un poco, mirando a Lady Verónica con una mueca de lo más extraña.

"Le agradezco por fungir como su madre todos estos años" dijo Seradina con convicción.

Su hija se movía y hablaba como la mujer que Adalbert tanto amaba. Estaba segura de que Lady Verónica fue una figura importante para su pequeña durante toda su infancia y más allá. Sin embargo, Lady Verónica desvío la mirada. Parecía avergonzada y a punto de decir algo cuando su propia hija la miró.

"Antes deseaba que ella fuera mi madre. Lady Verónica me enseñó mucho y yo ansiaba su aprobación. Quizás sin los terribles malentendidos que tuvimos entre nosotras…"

"Ventuhite solo trabaja en un tejido, Rozemyne. Preguntarse por el tipo de patrón habría creado con Dregarnuhr de ordenar los hilos diferentes no tiene caso alguno." Sonaba a lección y a lamento.

El resto de esa pequeña reunión fue menos angustiante. Todos contaron pequeñas anécdotas y cuando le informaron a su hija que ambas estaban alojándose en el templo, una sonrisa enorme y sincera brotó en ambas.

"Así que si la sacó de ella" suspiró Lady Verónica con una media sonrisa y una mirada entre amarga y divertida. Seradina no estuvo segura de cómo tomarse el comentario. Su hija sonrió cómo si no le diera importancia, evitando mirar a Lady Verónica, tomando aire y haciendo un gesto idéntico al que la otra mujer hizo antes para pedir que les cambiarán el té. Cuando estuvo listo, su hija volteó a mirarla.

"Ahm… ¿mamá?"

Sus mejillas y su pecho se calentaron en ese momento. Sus ojos amenazaron con derramar lágrimas y la idea de que todo en absoluto valió la pena, se instaló en su mente. Seradina llegó a pensar que su pequeña nunca volvería a llamarla mamá.

"Dime, Myne. Te daré lo que pidas, siempre que esté en mis manos hacerlo."

Su hija le sonrió entonces, mostrándose un poco tímida y con las mejillas sonrojadas.

"Aunque mi nombre me gusta… todos me llaman Rozemyne. ¿Podrías llamarme igual que todos, al menos cuando estemos frente a otras personas?"

No le gustaba nada. Ella evitó por todos los medios ponerle un nombre de flor en un intento de salvarla del terrible destino del que ella misma fue presa, sin embargo, parecía algo importante para su pequeña, así que, luego de dar una mirada acusatoria a Adalbert, le sonrió a su pequeña.

"Por supuesto, Rozemyne. Si eso te hace feliz, entonces así es cómo te llamaré ahora."

Adalbert y su primera dama se disculparon poco después y se fueron. Su hija se quedó ella y ambas siguieron conversando otro cuarto de campanada. Le habló de su nombre entonces, al asilo de la herramienta antiescuchas sobre la mesa. Le comentó sobre sus deseos de que ella pudiera vivir en Eisenreich ser libre y que de haber aceptado que fuera solo una flor, la habría nombrado Camile… o con el nombre de alguna otra de las tantas flores que aparecían en los pocos libros a los que tenían acceso en el castillo oculto.

Las reuniones continuaron. A su hija la veía casi a diario para compartir alimentos, en tanto a Adalbert y su primera dama los veía dos veces al mes.

Fue durante esas reuniones que decidieron revelar su identidad, esto debido a que, en algún punto, Seradina les confesó la realidad de su nacimiento.

"Mi madre fue la hermana de prácticas de Zent Waldifried y la flor particular del tercer príncipe en la misma temporada. Yo nací de una de esas uniones, con el maná similar de ambos y la cercanía entre las ofrendas, los eruditos nunca supieron quién me engendró, sin embargo, luego de que mi hermano Galtero naciera y mi madre ascendiera la altísima… mi posible padre se encaprichó conmigo. Él no tenía idea de que yo podría ser su hija y no su prima o sobrina, además de que los eruditos mintieron sobre mi edad, diciendo que tenía un año más. Por si fuera poco, mi mente estaba tan nublada cuando me convirtieron en flor, que no noté que tenía más maná que Waldifried. No me percaté de que su maná estaba demasiado lejos y por debajo del mío, así que, podría no estar concibiendo por parentesco o por desbalance de maná"

Lady Verónica se cubrió la boca en ese momento, incrédula, pidiendo permiso para retirarse un momento. Adalbert la observó hasta que desapareció, manteniendo sus ojos sobre ella.

"Nunca me dijeron porque el Zent Waldifried no lograba concebir contigo o porque debía renunciar a los hijos que tuviera contigo. A decir verdad… odie la perspectiva de que me obligaran a convocar el invierno de nuevo, bajo la influencia de esa… esa droga perversa. No imaginé que sería algo tan perverso."

"Puedo imaginarlo. Yo… estaba bajo la influencia de eso cuando me informaron la situación. Cuando noté que estaba esperando a… Rozemyne, recé a los dioses para agradecerles que fuera la hija de un buen hombre. Los que me llevaron antes eran… bueno, solo me veían cómo un vientre que llevaría sus propias semillas a reinar desde las alturas."

Los ojos del Aub volvieron a ella en ese momento con una disculpa en ellos.

"Rozemyne agradecería a los dioses por el hecho de que ahora ambas son libres. Ahora bien, ¿sabes si hay registros que te validen como sobrina o hija de Waldifried?"

Ella asintió dudosa. Le contó Adalbert la excusa dada por los eruditos casi al mismo tiempo que Lady Verónica regresaba con un semblante más tranquilo. La pareja asintió y luego de mirarse entre ellos, fue Lady Verónica quien sonrió de una forma desconcertante y aterradora.

"¿Por qué no revelar la parte de esa posible verdad que más nos convenga?"

Seradina y Adalbert observaron a Verónica. El hombre le hizo un gesto para que continuará y ella lo hizo sin dudarlo.

"Estuvo en jureve durante la guerra debido a un veneno, si mal no recuerdo y es posible que encontremos registros de paternidad. ¿Por qué no usarlos para decir que íbamos a revelarla cómo tu tercera esposa cuando terminara la guerra? Rozemyne va a necesitar todo el respaldo que pueda y estoy segura de que ella apreciaría mucho que protegiéramos a su madre en Eisenreich."

Aguantar las lágrimas fue complicado, pero lo logró, sonriendo cómo una dama y tomando las manos de Verónica de inmediato.

"Muchas gracias. Siempre soñé con ser libre, con que se me permitiera vivir ahí. Nunca albergué sentimientos románticos por Lord Adalbert, pero en verdad deseaba vivir en esa tierra de la que tanto me hablaba cuando nos visitaba a mí y a mi hija. Deseaba conocer a la mujer que él tanto amaba. A los hijos de los que estaba tan orgulloso. Deseaba un hogar. Pensé que era suficiente con ver a mi pequeña ser feliz, pero, yo… ¿de verdad puedo?"

Veronica soltó una de sus manos para cubrir su boca y ocultar la risilla que no pudo contener, mirándola de una forma extraña.

"Tú y Rozemyne son iguales, solo no de la forma que yo pensaba." Confesó la mujer "Mientras recuerdes que mi esposo es mío y que no va a engendrar más hijos…"

"¡No! ¡De verdad que no deseo tener más de eso! ¡Mi niña es suficiente!"

Tanto Verónica como Adalbert la miraron con los ojos muy abiertos y luego comenzaron a reír sin más. Ella también se rio luego de un rato, dándose cuenta, por primera vez, que Verónica tenía un humor poco común, y que podía acostumbrarse a ellos.

Cómo parte del plan para incorporarla a la nobleza y bajo la excusa de actualizarla y permitirle graduarse, Seradina comenzó a tomar clases fuera de temporada. Uno de sus profesores era el actual Príncipe Ferdinand, el prometido de su hija.

La primera vez que lo vio se sintió demasiado curiosa, en realidad. Se parecía mucho al mensajero de los Dioses y su nombre se parecía un poco. Cuando lo escuchó hablar notó que la voz era idéntica y se preguntó si sería el hijo del enviado.

Con el pasar del tiempo, comenzó a parecerle demasiado gracioso el asunto. El príncipe Ferdinand no solo era un maestro en diversos cursos, su manera de instruir era una muy particular… bastante parecida, sino es que casi idéntica al estilo de enseñanza de Lord Dinand. Eso sin olvidar la forma en que el hombre veía a su hija.

Había tanto amor en sus ojos, tanta devoción también. Y su pequeña no dejaba de regodearse en ello porque ella también lo miraba de la misma forma.

Bluanfah bailaba entre su hija y el príncipe al que había sido prometida. La primera vez que Seradina se dio cuenta, corrió al altar del Templo para dedicar su maná a los dioses y agradecerles. Su hija era feliz, era amada y tenía el lujo de poder amar a su vez. Su hija era protegida por la misma persona a la que deseaba proteger. Y ella podía verlo, ver cómo se desarrollaba el asunto.

La idea de que, de algún modo, los dioses podrían haberle enviado a este hombre a salvar a su hija le pasó por la cabeza varias veces, no solo mientras tomaba clases, sino también cuando lo observaba interactuar con su hija.

Una noche, una de las pocas que podía tomar la cena con Rozemyne, una de las asistentes de su hija le entregó un zantze de peluche para su inspección. Seradina no le habría dado importancia si su hija no hubiera dicho algo que llamó su atención.

"¡Oh, Dinand está listo!"

"¿Dinand?"

Seradina observó el peluche, cuyos ojos y pelaje estaban en los mismos tonos que los del prometido de su hija y sonrió divertida al notar a su hija sonrojarse.

"Ahm. Mamá, ¿sabes? Cuando era muy pequeña, por alguna razón me sentía tranquila si Ferdinand estaba cerca. Tenía pesadillas de manera constante y él lo notó, así que me obsequió este peluche… tiene su maná y, cada determinado tiempo, mis asistentes lo asean con el mismo rinsham que usa Ferdinand. Es, mucho más fácil conciliar el sueño de este modo."

Seradina sonrió por varias razones en ese momento.

"Es un detalle adorable, mi niña."

"¿Sabes que es más adorable, mamá?" Rozemyne se acercó a ella con el juguete en brazos y Seradina acercó el oído, entusiasmada por la forma en que estaban hablando "Le hice uno a Ferdinand también. Un Shumil. Se llama Myne, Ferdinand lo tiene todavía en su alcoba por lo que me han dicho mis asistentes."

Seradina no dijo nada, pero ahora estaba bastante segura de que, de alguna forma, los dioses habían enviado al hombre que más amaba a su hija a salvarla de la muerte y de un destino inmundo y cruel… incluso a ella y al resto de las flores y los frutos en aquel terrible jardín.

Sabiendo eso, Seradina continuó con su instrucción. Cuando el invierno llegó, tuvo que aguantar tomar sus últimas clases con los compañeros de su hija. Si bien se sintió feliz de poder verla en ese contexto, estaba algo abochornada por tener que pasar por una menor de edad… aunque valía la pena. Observar de cerca cómo el príncipe Ferdinand aguantaba de forma estoica los absurdos ordonnaz que volaban por los pasillos mientras la protegía de un modo u otro era hilarante, por decir lo menos. En realidad, eso era lo que iba a extrañar una vez que se graduara, estaba segura.

Para cuando ató sus estrellas con Adalbert, durante su noche de las estrellas, en lugar de recibir al invierno, recibió a Verónica y a la segunda esposa, Irumhilde, en la misma habitación en que estaría confinada con su ahora Dios Oscuro el resto de la noche.

Entre bocadillos y copas de vize, pronto comenzaron a fluir todo tipo de anécdotas graciosas. Por supuesto, la actitud de su futuro yerno fue una de ellas.

"¡Oh, dioses!" dijo Lady Irumhilde detrás de su copa con las mejillas un poco sonrojadas "Ese chico siempre se mete en los problemas más extraños."

"No tienes idea" asintió Verónica "aunque era mucho más divertido cuando se negaba a admitir lo innegable."

Adalbert y sus dos primeras esposas se soltaron riendo de manera cómplice. Seradina, por supuesto, tuvo que preguntar y fue Adalbert quien le respondió.

"Todos sabíamos que esos dos albergaban raffels tempranos… demasiado tempranos, pero por alguna razón Ferdinand se negó a reconocerlos hasta… bueno, Sylvester ya estaba casado con sus dos esposas cuando ese muchacho decidió admitirlo."

Fue su turno de reírse también. Fue una velada de lo más amena que la ayudó a forjar un vínculo de hermanas con Irumhilde y profundizar el que estaba forjando con Verónica desde el año anterior.

De pronto no podía esperar a que su pequeña se casara con el Dios Oscuro que su corazón deseaba para poder ver cómo la familia lo molestaba de vez en cuándo o incluso hacerle algunas preguntas incómodas. Sería en verdad divertido de ver.

"¿En qué piensas, Seradina?"

"Me pregunto qué pasará a partir de ahora. Tú ya sabias que Ferdinand era el enviado de los dioses, ¡verdad?"

"No. No lo sabía. Aunque me lo recordaba." Admitió con una risita su esposo. "A diferencia tuya, los dioses borraron de mi memoria la mayor parte de mis interacciones con él."

"Ya veo."

No había pasado ni un día desde que Ferdinand fuese invitado a las alturas por los mismos dioses. El ahora esposo de su hija acababa de iniciar un juego para recuperarla del seno divino.

Seradina, Adelbert, Eglantine, Werdekraft, Christine, Bernadette, Fabrizio, Bruhilde y Sylvester se encontraban ahora en habitaciones aisladas dentro del templo central. Sus cuerpos habían sido teñidos con maná divino, por lo que era peligroso para otros nobles permanecer cerca de ellos.

Seradina se había visto obligada a compartir habitación con Adalbert, ya que no tenían suficientes habitaciones disponibles, al igual que el matrimonio Dunkelfelger y su hijastro Sylvester con su segunda esposa.

Solo Eglantine, Bernadette y Fabrizio tenían habitaciones individuales. En el caso de los hijos de su esposo e Irumhilde, se volvió una necesidad. Al ser usados por la pareja del invierno, temían las repercusiones en sus propios sentidos. Ella en especial. Luego de haber compartido el lecho con su propio padre debido a la obsesión de este con su madre, en verdad le preocupaba que esos dos hermanos recibieran el invierno, aún si estuvieran incapacitados para recibir la carga de Geduldh.

Ella misma se sentía borracha junto a su esposo. Por eso mismo decidió salir al jardín para despejarse, sin embargo, Adalbert la había seguido.

Cuando el frio comenzó a molestarla, ambos desidieron volver a la habitación que compartirían durante unos días.

Esa noche, quizás por la influencia de la pareja suprema que habitara sus cuerpos, fue la primera vez que Adalbert le desato el cabello, algo que se repitió varias veces a lo largo de la semana, mientras el color divino seguía aferrado a ellos.

Cuando pudieron regresar a Eisenreich se dio cuenta, …sostenía la carga de Gedulh.

Cuando se lo informo a su esposo, el pobre hombre se sonrojo hasta las orejas, Verónica a su lado e Irulmilde los miraron en silencio contemplativo.

"De alguna manera, no puedo decir que me sorprenda…" murmuro la primera dama tras un momento.

Seradina se había vuelto segunda esposa solo de nombre, ella y Adelbert jamás compartieron habitación, en realidad, tras la primera noche, nunca volvieron a estar solos, y esa primera noche se habían dedicado a charlas y bromas, Veronica e Irulmilde habían sido invitadas aquella vez dejando en claro que ninguno tenía intenciones de volver a entrar en el invierno. Por supuesto, tenían una hija juntos, pero su relación no era romántica en absoluto.

"Cielos… soy demasiado grande para tener otro hijo, pero…"

"Bueno, Rozemyne estará encantada cuando vuelva." La interrumpió Verónica. "Esa niña ama a los niños pequeños, seguramente estará feliz de tener un hermanito de sangre."

"Si… cuando vuelva sin duda estará feliz."

A finales del verano, Seradina dio a luz a mellizos, un pequeño de cabello plateado y ojos de luna y una niña con cabello azul oscuro y ojos de sol.

Ese otoño, no tuvo descanso. No con la primera y tercera damas preguntando cuantas veces habían recibido el invierno para dar vida a dos niños en lugar de uno.