Capítulo 2:

Astrid Hofferson

El frio no castigaba tanto como la lluvia; un ligero aguacero, nada a lo que no estuviera acostumbrada de su tierra natal, pero juntos provocaban una sensación que caló en los huesos. En definitiva, el viento gélido más el agua destruían a una persona desde dentro hacia fuera.

Siguió en su camino a pesar del dolor y los escalofríos. Se aferró a los trozos de ropa y armadura que le quedaban; las hombreras y su cota de malla, después de eso, su falda de cuero tachonado, pantalones, calentadores y botas de piel de yak. Tristemente, perdió su amada hacha. Por ende, en su mente, estaba desnuda en la intemperie de un bosque que no reconocía frente a enemigos que sin duda aparecerían.

Necesitaba encontrar a su amiga. Con ella a su lado, podría espantar y destruir a quien sea que le haga frente. Al menos la nieve paró; dormir en una cueva con la tela de sus ropas empapada la hizo recordar lo que era castañear los dientes, como cada parpadeo podía durar minutos, la incertidumbre de que uno de esos podría ser el último.

Por gracia de los dioses encontró huellas. Por su forma, no las garras de un Nadder pero sí reconoció a un Pesadilla Monstruosa. ¿Tal vez Patán Mocoso y Colmillo estaban cerca? Con ellos podrían encontrar a Tormenta y luego buscarían a toda la pandilla.

—«Debo encontrarlos. Él está bien. Ellos están bien. Todos están bien» —Astrid mordió el interior de sus mejillas, tragó el sabor metálico de la sangre—«Berk se perdió pero nosotros no. Jamás perdemos. Hipo jamás perderá»

Los pasos se marcaban en el barro. Ya perdió la cuenta de cuantos dio. Los arboles lucían iguales, pinos que se alzaban a gran altura con sus hojas verde intenso. Al menos encontró unas arbustos de moras, alimento que tragó al descubrir que no eran venenosas.

Su caminata se detuvo al ver el humo elevarse a lo lejos. Una sonrisa surcó su rostro; puede que las pisadas hayan desaparecido hace tiempo pero el rastro era tan obvio como las escamas de Chimuelo a plena luz del sol.

Sin perder más tiempo comenzó a correr, los años de práctica y ejercicio le dieron la resistencia para no menguar la marcha. Así fue como en pocos minutos encontró las primeras muestras de un poblado; corrales y cobertizos, una pequeña granja para ovejas y gallinas.

Los esponjosos animales temblaban atemorizados, unidos en una enorme bola de lana y apilados en una esquina del corral; una imagen nostálgica, algo que antes pasaba en su antiguo hogar.

Junto a ellos, algo destacó; una mujer y dos niños escondidos en el gallinero, madre e hijos claramente. La adulta, quien apretaba a los pequeños bajo su abrazo, la miró con claro asombro. Sus labios susurraron, su cabeza asintió repetidas veces. El mensaje no tuvo palabras pero lo entendió con claridad, «Ven. Escóndete».

La razón del miedo resulto ser evidente al ver el humeante granero con el agujero en su techo. Una sonrisa apareció en su rostro, no pudo suprimir las risitas.

—¡Sal de una vez, Patán Mocoso! Sé que estás ahí —gritó con altivez y coloco sus puños en su cintura—. ¡Estas asustando a nuestros anfitriones! ¡Si no sales ahora no solo te romperé dos costillas, te romperé cuatro!

Al terminar su declaración, diversos sonidos emergieron del interior. Destrucción, madera rota y un grito. Alguien salió del granero, corría entre gritos y esa persona no era su amigo, sino un extraño armado con una larga hacha para talar madera.

—¡Corra, señorita! ¡Corra!

Un rugido se escuchó y las puertas de madera fueron destruidas por un Pesadilla Monstruosa cubierto en su manto de llamas. No Colmillo, el rebelde pero cariñoso Pesadilla de Patán, sino otro de escamas negras y grises. El dragón lucia furioso, una vaga imagen de los recuerdos bélicos de Berk, redadas con casas en llamas.

El hombre corría en otra dirección, sus gritos y chillidos atraían a la gran pesadilla. Al saber el horrible resultado de tal acción, Astrid se movió en un segundo para posarse en el camino del reptil llameante.

El animal alado jadeó, sus garras marcaron la tierra al detenerse abruptamente. La bestia claramente no esperaba una acción tan osada, menos esperó que la mujer rubia la mirara con calma y manos bajas.

Poco a poco, la manta de llamas se extinguió alrededor del dragón. Los ojos de oro fundido, que antes cortaban con el brillo depredador, se redondearon en la curiosidad y el interés.

La manera de ganarse la confianza de un Pesadilla Monstruosa no era expresar vulnerabilidad. No deseaban muestras amables ni mucho menos cariñosas al principio, seres orgullosos que exigían respeto, sumamente conscientes de su poderío; simplemente deseaban ser reconocidos como iguales.

Ella extendió su mano, directo hacia la frente del dragón. El proceso casi terminaba pero se interrumpió por una piedra que aterrizó en la cabeza del reptil.

No pudo gritar, el daño imposible de revertir porque la bestia soberbia volvió, indignado por ser atacado. Giró su cabeza hacia el culpable, el niño que escapó de su madre y sostenía una roca como una daga. Las señales del abrigo de llamas resurgieron, chispas productos del queroseno en cada centímetro de su cuerpo.

Con los dientes apretados, no vio otra forma de detenerlo más que arriesgarse a quemarse las manos. Así lo hizo; uso uno de los cientos trucos de Hipo para tranquilizar dragones. Lanzó sus dedos directo bajo la barbilla del Pesadilla y rascó con fuerza; un acto que lo tranquilizó lo suficiente como para tomarlo de los cuernos y desviarle la cabeza.

—¡Corre! ¡Huye! —ella gritó con fuerza.

Afortunadamente, él recordó su interés por ella lo suficiente como para obedecerla un poco, porque en vez de huir en un vuelo rápido, rugió furioso al niño y volteó. Se alejó por el suelo, arrastró sus garras y alas por la tierra, destruyó con un fuerte azote cada cosa que tocara su cola.

Suspiró y sonrió por el puro alivio de evitar una tragedia. Había visto lo suficiente en Berk para saber a la perfección el resultado de un Pesadilla Monstruosa ofendido contra una familia.

—¡¿En qué mierda estabas pensando!? ¡¿Deseas morir tan joven, niña?! ¡¿Tienes problemas en la cabeza!?

Astrid se estremeció levemente al ser atrapada por sus hombros. El leve recuerdo de su madre apareció en su mente, furiosa de preocupación y con una boca que escupía groserías de angustia. Una cualidad maternal unánime, quizá. Desafortunadamente, otro recuerdo eclipso ese, la imagen de la roca en el rostro del dragón que estaba a punto de domar.

—¡Yo puedo decir lo mismo de ustedes!—Astrid golpeó las manos de la mujer y se alejó un paso. Su vista cayó en los niños que abrazaban a su padre y la miraban como si estuviera loca—. ¡Entiendo que tuvieran miedo pero estaba a punto de domarlo! ¡Casi lo conseguía pero uno de ustedes, idiotas, tuvo que arrojar la piedra! ¡¿Quién fue?!

—¡Yo te salve! —El niño avanzó un paso con un ceño fruncido—. ¡Estás loca! ¡¿Quién se acerca a un monstruo!?

—Yo me acercó al dragón. Yo domó al dragón. Yo soy un jinete de dragón —declaró al colocar una mano en su pecho—. Así de simple.

Nuevamente la miraron como si estuviera demente. Le recordó las miradas que le dieron a Bucket cuando él, en uno de sus extraños delirios, afirmó que la tierra gira alrededor del sol, que existían vikingos espaciales con barcos de fuego, que solo eran una pequeña estrella en un océano de estrellas y que todos iban a morir. Bueno, el final de su predicción se cumplió pero en parte.

—¿Q-Quién eres...? —El patriarca de la familia casi murmuró, pero recupero la fuerza con una expresión iracunda—. Vienes aquí, dices tonterías, casi te matas frente a esa bestia. ¿Quién eres, niña?

—Soy Astrid Hofferson, prometida de Hipo Horrendous Haddock III, líder del pueblo de Berk, soy la segunda mejor jinete de dragones en todo Berk —Astrid no toleró que la trataran como una demente. Escupió sus palabras con el pecho en alto—. Eso de ahí era un dragón, un Pesadilla Monstruosa, uno que yo estaba a punto de domar antes de que ese niño lo arruinara.

Segundos de silencio atravesaron la granja. La familia de granjeros no cambio de expresión y siguió en su largo análisis a Astrid. La niña, que antes permaneció callada y escondida detrás de su madre, asomó la cabeza para mirar a la jinete de dragones.

—Madre, ¿ella está loca? ¿Es una bruja loca?

Astrid rio. Quiso salvar a una familia pero a cambio la creían una mujer de rango similar a Gothi pero mucho peor. Gothi estaba cuerda y poseyó talentos indispensables para su gente, pero las palabras de esos niños no denotaban admiración. Describían llanamente a una mujer extraña del bosque encerrada en delirios.

—No hice esto solo para recibir insultos. Háganme un favor, ¿sí? La próxima vez que vean a un dragón, no lo ataquen con un hacha ni le griten. Eso hicieron, ¿no? Apuesto una jarra de cerveza que lo primero que hicieron fue gritar, luego agitar un hacha, luego más gritar —Astrid tapó su rostro y suprimió su grito con un suspiro—. Dioses, ¿así se sintió la mamá de Hipo todo el tiempo? —Destapó su cara y miró a la familia—. Solo no reaccionen así, ¿bien? Eso lo empeora, los asusta.

La mudez volvió al patio de la granja, algo acompañado por los ojos bien abiertos de los granjeros, tanto niños como adultos. Astrid se sentiría más cómoda dentro de un túnel de Susurros Mortales antes que frente a esas expresiones.

—Niña... ¿eres consciente de lo que dices? —la madre bufó, una mueca similar a una sonrisa en su rostro—. Un lagarto gigante, ¡un dragón dices!, asalto nuestra granja… ¿¡un dragón!?

—¿Y…? —Astrid se encogió de hombros y cruzó de brazos—. Señora, mi familia ha tenido dragones en nuestro jardín desde que yo aprendía a gatear.

—Entonces estás loca, no es necesario que digas más.

Astrid volvió a reír, aunque al menos esta vez logró esconder esas risitas en su mano. Negó con la cabeza y volteó, harta de las acusaciones de su cordura.

Todos en el archipiélago, todos en las islas que rodeaban su hogar y las lejanías, tenían consciencia del peligro de los dragones. Si ellos chillaban de pánico por ver un Pesadilla y lo excusaban con demencia, no sería su culpa el eventual resultado.

—¡Cuando más dragones vengan, recuerden lo que dije!

—¡Los dragones están extintos!

Astrid siguió en su camino. No se molestó en pedir comida, ropa o algo de recompensa. No porque pensaba que no se la darían sino por la indignación que corroía el raciocinio en su cerebro. Sabía que debía detenerse, voltearse y suplicar por orientación pero que ellos la acusaran de tales cosas con semejante grosería cortó toda clase de pensamiento.

—«Probare suerte con la próxima familia. No tardare en encontrar otra» —Astrid pensó entre asentimientos. Aún así, una pieza de lo que escuchó rezumbó en su cabeza— «"Los dragones están extintos". Estabas frente a un dragón hace un segundo. ¿Con que osadía dices que están extintos?»

Jon Snow

Nunca pensó que casi lloraría por ver las calles medio vacías de Wintertown. Al ser verano, muchos de sus pobladores abandonaron las casas y zarparon a sus respectivos trabajos; un refugio para el invierno y el otoño, así era la ciudad.

Pocas personas había en las calles para saludarlos, por ende, casi nadie se percató de la nueva adición al grupo. Lady Valka Haddock, quien compartía caballo con Jory.

Intentaron conseguir un nuevo caballo para ella en el camino pero Valka se negó fervientemente. Al parecer, ella nunca montó un caballo antes y le tenía pánico al animal. Incluso tembló al subirse con el joven Jory, hasta al punto de casi abrazarlo para mantenerse estable.

Muchos guardias le lanzaban dagas con sus ojos a Jory Cassel; él les devolvió una expresión soberbia.

Al final, tuvieron un viaje afable y con algunas sonrisas. Hasta podrían olvidar que Brincanube los seguía en el cielo. El gran dragón podía ser un ser tan sigiloso como un búho e igual de inteligente que un humano. «Ocúltate en las nubes y síguenos en silencio» Una orden simple pero Jon sabía que incluso los perros más inteligentes tendrían dificultades para entender. No obstante, el orgulloso dragón lo cumplió con excelencia.

Surcó los aires sin hacer ninguna clase de sonido ni mostrar turbulencias. En sus descansos, se ocultó en los árboles, colgado de las ramas de forma idéntica a un murciélago en su cueva. Un ser magnifico, todos los soldados poco a poco dejaron atrás el miedo para que la admiración tomara su lugar.

Ni siquiera su padre, con quien compartía caballo, fue inmune al encanto de Brincanube. Puede que los dragones dañaran a su familia pero esos fueron los Targaryen, el "fuego hecho carne" como antes les gustó llamarse. Lady Valka y su amigo no tuvieron participación en el sufrimiento de Poniente ni el de la casa Stark.

Jon no podía evitar sonreír cada vez que sus ojos conectaban con la mujer. Ella siempre lo atrapó cada vez que la miraba y al hacerlo, no fruncía el ceño ni arrugaba el rostro, ni siquiera lo ignoró. Le dio una sonrisa y un asentimiento, gestos culpables de su alegría.

Con lentitud, Valka se integró al grupo. Ella parecía una Mormont; no huía de los chistes groseros que las damas rechazaban y reía tan fuerte como ellos. Eso le consiguió muchas palabras dulces de los guardias, cosas que hicieron que su padre bufara en silencio sobre su cabeza. Al menos Valka disfrutó los halagos, a considerar sus risitas, confesó que la última persona en llamarla bella fue su difunto marido.

La revelación de su reciente viudez espantó los cortejos.

Saber que ella podría quedarse en Winterfell lo hizo brincar en silencio en el caballo. ¿Tal vez ella lo dejaría montar juntos en Brincanube? Lady Valka quiso ir al castillo sobre su dragón, su padre no lo permitió; justificó que eso espantaría a todos.

El control, más que nada el entendimiento sobre la criatura, le pareció increíble de presenciar. Aún más increíble fue ver que Brincanube tenía cuatro alas, no solo dos como decían los relatos de los maestres. Una criatura inteligente, orgullosa y juguetona.

—«Lady Valka dijo que más dragones llegarían al Norte.» —Un susurro apareció en su mente— «Si es así… ¿ella me ayudaría a tener uno? Pasaría de ser la mancha en el honor de Lord Stark al Domador de Dragones… ¿"El aprendiz de Valka Haddock"?»

Dejó de lado sus pensamientos al ver las puertas de su hogar. Ahí podía ver al personal reunido, sin duda a la espera de recibir a su señor. Lady Catelyn encabezaría el grupo junto a sus medios hermanos. Solo pensar en ellos humedecía sus ojos, no podía esperar a verlos, que lo saludaran, bajarse del caballo y hablarles de lo sucedido.

Al llegar, captó lo inusual. Las grandes sonrisas de todos, el ambiente prácticamente vibraba en alegría contenida. Jon sabía que muchos de los sirvientes les agradaba, temían mostrar ese apreció frente a Lady Catelyn. Sin embargo, en este momento la dama sureña los dirigía, de pie con solemnidad y con sus hijos a los lados.

Los cocineros y cocineras, los perreros, guardias, sirvientas y sirvientes, cada quien se presentó a recibir a su Lord. El respeto, la admiración en sus semblantes, sentimientos tan evidentes como el calor de las llamas que Brincanube encendió en el viaje.

Con solo ver a Robb, quien sonreía y temblaba al lado de Lady Catelyn, Jon no pudo retener más las lágrimas. Los recuerdos fueron rápidos, un azote de un relámpago; miedo, terror, desesperación, esperanza, jubilo. Las emociones lo abrumaron. En un instante, saltó del caballo y corrió hacia su hermano, quien siempre amaría por más que Catelyn Tully intentara negarlo.

Robb lo imitó. Él también se lanzó hacia delante, ambos se atraparon en un abrazo que casi los arroja al barro. Las palabras se ahogaron, culpa de los sollozos de los cuales no tenía control. «Perdón, perdón, perdón». Torpemente consiguió balbucear en el hombro de su hermano.

«Eres un estúpido idiota. Te quiero. Te quiero, Jon». El niño heredero casi lo levanta en su abrazo.

Con la vista borrosa, logró ver a su hermanita acercarse. Sansa lucía temerosa, tal vez dudosa por siquiera mirarlo ante la vigilancia de su madre. A pesar de todo, ella sollozó en silencio igual que ellos. Robb no tuvo problemas en interrumpir su abrazo para integrar a Sansa.

Los tres permanecieron unidos frente a los ojos de todo Winterfell. Algunos sonreían, otros reían en silencio y las sirvientas casi lloraban. Lord Stark no apartó la vista de la escena, sus parpados humedecidos y una pequeña sonrisa.

Al separarse, Jon secó su rostro con la manga de su ropa. Tragó el nudo en su garganta, no podía darse el lujo de parecer tan infantil frente a todos. Por lo que vio, su medio hermano compartió el pensamiento al tratar de mostrar una expresión firme, aún si su nariz estaba muy rojiza.

Al mirar a la multitud, Jon se enfocó en Lady Catelyn. A diferencia de su hija, tan parecida a ella físicamente, Catelyn daba una imagen inmutable, sus manos entrelazadas delante de ella.

—Lord esposo… Winterfell es tuyo. —saludó la dama con una breve inclinación.

Un gesto unánime. Así, los jinetes desmontaron, ellos se reunieron con familiares y poco a poco, la muchedumbre se rompió. El patio del castillo se vació hasta que solo quedaron unos pocos guardias, la familia Stark y Valka.

Por primera vez, Catelyn notó a la nueva dama. No disimuló la mueca al ver a la mujer con armadura y garrote. Fue fácil notar el rechazo en su mirada.

Jon apretó los labios, un terrible vació invadió su estómago. Provocó una sensación de puro alivio no ser víctima de la mirada juzgadora de Lady Stark pero Lady Valka no merecía ese trato. Las palabras estaban en su boca, defender a la mujer que tanto lo ayudó, que tanto lo cuidó, en tan poco tiempo, pero la frialdad de la trucha entumeció su lengua.

—¿Quién es nuestra… invitada?

—Soy Valka Haddock, Lady Stark —Se presentó con una sonrisa y profunda inclinación, un gesto casi teatral. Continuó, aún con la cabeza baja—. Yo salve a Jon, mi señora. Mi presencia en su castillo es para discutir asuntos con Lord Eddard.

La ceja alzada de la mujer Tully delató la duda. Antes de que ella pudiera responder o replicar, un guardia apareció. Rápidos pasos, un rostro sudado y marcas negras en su piel, indicios de quemaduras.

Tras una rápida inclinación, susurró en el oído de Lord Stark, quien amplió los parpados y le devolvió la vista, sin disimular su aprensión.

—Parece que sus talentos serán puestos a prueba más pronto que tarde, Lady Valka —Lord Stark resopló, luego miró a los niños—. Vayan a sus habitaciones, la de Robb o Sansa, la que elijan. Sé que quieren estar juntos.

Robb asintió con una gran sonrisa, casi tembló de la alegría. Al contrario, Sansa le lanzó una mirada de disculpa a su madre y se escondió detrás de su hermano pelirrojo.

Jon no pudo creer lo que escuchó. Sin duda, euforia porque su padre le permitió estar con sus hermanos tan descaradamente frente a su esposa. Por otro lado, las palabras de Lord Stark sobre los "talentos de Valka" solo podían significar una cosa.

Había dragones en Winterfell. ¿Serían gigantes como Brincanubes? ¿Tendrían cuatro o más alas? ¿Cuernos, aletas, picos?

No podía esperar a contarles todo a sus hermanos.

Catelyn Stark

Catelyn siguió con rápidos pasos a la mujer salvaje que caminaba junto a su marido; sus dientes se apretaban cada vez más conforme pasaban los segundos.

Aceptó que ella salvó al bastardo y Ned, con su sentido del orgullo, la honraría con al menos un banquete. Nunca llegó a imaginar que le ofrecería un trabajo dentro de los muros de Winterfell.

Imposible la idea de que la contrataran como guardia, ¿qué podía hacer ella que los hombres que ya los protegían no? Además, esa mujer no tenía madera de sirvienta; demasiado alta y bocona, no podría ser recatada, silenciosa ni ordenada. ¿Tal vez su esposo le daría trabajo en las cocinas?

Su cabeza ideaba explicaciones y teorías sobre el futuro de la "Lady Valka Haddock" pero sus ojos mostraban algo que contradecían sus pensamientos: la forma en que ella hablaba con su esposo y Rodrik.

Que arrogancia. Caminar lado a lado con el señor del castillo, como si tuviera algo que aportar a la situación crítica que el miembro de su guardia contó. Afortunadamente, se detuvieron en las cercanías del torreón del maestre, lugar donde Luwin y un par de guardias los esperaban.

—Lord Stark —Luwin se inclinó, había disculpa en sus ojos—. Lamento no poder ir a recibirlo… surgieron problemas y...

—Lo entiendo, me han revelado parte de lo que… sucede —Ned habló con lentitud, sus ojos estrechados observaban a los guardias junto al sabio anciano—. ¿Puedes contarme mejor, Luwin?

Ahora que Catelyn veía mejor, los hombres frente a sus ojos mostraban características similares: breves quemaduras, rastros de ceniza, rostros incrédulos.

—Extrañas bestias se… infiltraron en mi torreón —contó el maestre con lentitud—. Intentamos ahuyentarlas, atrapar al menos una pero se defendieron. ¡Llegue a tiempo para cerrar la puerta que lleva a mis cuervos! ¡Esas cosas se los hubieran comidos!

—Esas "cosas", ¿puedes describirlos para mí?

Lady Valka dio un paso al frente. Osada y firme, poco quedaba de aquella mujer sonriente que se despidió de Jon Snow con un abrazo, un beso en la frente y promesas de un pronto rencuentro.

—Son… dos y tienen c-cuernos; cuernos retorcidos, mi Lord, como cabras —Luwin reveló pero miro a Lord Stark en su relato— No tienen pelo, tienen escamas, como las de un lagarto león. Sus colores son diferentes: uno es verde y el otro azul. Ojos dorados, oro fundido —Él tragó saliva y bajo la mirada. Sus labios se movían pero ninguna palabra salía—. Garras muy afiladas… alas, pares de alas, tienen alas, mi Lord. Escupen fuego.

—¿Es una broma? —Cat no logró contener sus palabras—. Nunca llegue a imaginar que usted también entraría en esto, maestre.

—Temo que no es una broma, Lady Stark.

La mujer avanzó unos pasos, se colocó delante del guardia cuya piel estaba negro por la ceniza. Sus manos encontraron el rostro manchado y frotó esa suciedad. Luego, llevó sus yemas a su boca y las lamió; probó el sabor con movimientos de mejillas comparables a una cocinera que separa los frutos maduros de los inmaduros.

—Sí, ahora estoy segura. Tiene Terribles Terrores en su castillo, Lord Eddard.

Lady Stark poco entendió y escuchó de su afirmación. Estaba más preocupada por el hecho de que "Lady Valka" actuó como poco más que una moza de tabernas con uno de sus guardias. Le lanzó una mirada suplicante a Ned, deseaba una explicación de quien era ella y que pasaba, pero su amado esposo siguió con la vista en Valka.

—¿Qué puedes hacer con ellos? —Eddard preguntó.

—Solo necesito dos cosas: pescado y entrar en completa soledad. Así lo solucionare.

Siguieron varias palabras después de eso. Rodrik llamó a una sirvienta, que cumplieran la solicitud de Valka Haddock, dijo el maestro de armas. Catelyn en ningún momento dejó de mirar a su esposo, se complació un poco cuando él conecto su mirada; hace tiempo se las había ingeniado para deducir lo que decían los ojos de Ned, «te contare todo, por favor, espera».

Unos momentos después, llegó una de las cocineras con una bandeja de pescado, crudo, como Valka había especificado. Todos vieron como la salvaje mujer agarró los dos salmones por las branquias y entró a la guarida del maestre con calma atroz.

No intercambiaron nada más que un saludo obligado y formal, pero Valka le recordó a las pocas palabras que tuvo con Lady Maege Mormont. Al menos Valka le cedió su escudo y garrote a una sirvienta para que se los llevaran. Lady Maege siempre llevaba esa maza en su presencia; nunca dejó de parecerle repulsivo, una mujer no debería desfilar vestida ya sea con armaduras o armas.

Sus pensamientos terminaron en el momento que la puerta fue abierta. Cualquier palabra, replica o idea en su mente se esfumó ante la imagen que presenció. Lady Valka Haddock, sonriente, cargaba dos criaturas en sus brazos; a pesar de tener el tamaño de grandes gatos, parecían mininos mimados, cachorros que buscaban cariño.

—Los pobrecitos estaban nerviosos, muy asustados —contó Valka en un suave arrullo—. Hombres grandes y malos les gritaban con extrañas cabezas, los perseguían con espadas.

La mujer les lanzó una mirada acusadora a los guardias; esos ojos juzgadores no se diferenciaban a los que ella usaba al castigar a Robb y Sansa por robar pasteles de las cocinas. A Catelyn no le importó eso, más le importaba que esa mujer cargaba dragones verdaderos.

El maestre compartió sus sentimientos porque dio lentos pasos hacia la "domadora de dragones". Los ojos del anciano estaban bien abiertos, sus dedos temblaban por el ansia de conocimiento.

—Esto es… inconcebible —Luwin susurró—. Pensé que era una alucinación… un error de visión pero…. ¿son reales? ¿No están extintos? ¿Murciélagos mutados del pantano? ¿Alguna extraña raza de Essos, Skagos? ¿Tal vez Sothoryos?

—De donde vengo, nosotros los llamamos Terribles Terrores, maestre —reveló Valka con una sonrisa. Uno de los terrores dio un gruñido territorial al anciano que se acercó demasiado—. Estaré feliz de compartirle todo lo que se de ellos pero ahora hay temas más importantes. Tal vez sea momento de conversar seriamente, ¿no lo cree, Lord Eddard?

Su esposo asintió. No se intercambiaron más palaras. Todos se dirigieron hacia el solar de Lord Stark para escuchar lo que sea que la mujer tuviera que decir. Catelyn se admitió así misma que ahora ella podría escucharla con seriedad.

Los pequeños dragones aún imponían su presencia en su mente. ¿Cuánto podrían crecer? ¿Estaba en presencia de una nueva dinastía Targaryen? ¿La mujer tenía sangre Targaryen? ¿Por qué Ned no estaba tan impresionado como ella, Ser Rodrik y Luwin? ¿Por qué no estaba furioso por estar frente a una posible Targaryen? Ellos asesinaron a Brandon, su antiguo prometido, a Lyanna quien sería su buena hermana y a Rickon, su buen padre.

Muchas preguntas se acumularon pero ninguna respuesta, todavía al menos. En su camino, tuvieron especial cuidado en que nadie viera los dragones, no querían crear un escándalo. La capa de Valka resultó útil para cubrir a las pequeñas bestias.

Ya en la oficina, todos tomaron asientos, con Rodrik de pie, y Valka descubrió a las bestias. Lucían risueños, contentos porque la dama salvaje rascaba sus escamas verdes y azules.

—Catelyn… Lady Valka me ha dicho que ella es experta en estos asuntos, asuntos con… dragones —Ned comenzó con lentitud—. Si esta no es prueba suficiente de su habilidad… ella tiene otro dragón, uno más grande.

—¿Qué tan grande? —el maestre la interrumpió antes de que pudiera hablar.

—Tal vez…. Tal vez mayor a una carreta.

—Por los dioses.

Catelyn apretó los dientes. No podía creer que todos olvidaran algo importante, la razón y la inteligencia.

—Lord Esposo… parece que ha olvidado que los dragones están extintos.

—¿Entonces que son estos, Lady Stark? —Valka la contradijo al señalar con un dedo a la bestia en su rodilla—. ¿Tiene problemas con su visión?

—Bestias extrañas que bien deberían ser disecadas e investigadas en la Ciudadela de Oldtown. No sabrás qué es, ¿verdad? La sede del conocimiento.

—Lady Stark… ¿y si esto tiene relación con las cartas? —Luwin habló con un rostro pasmado.

—¿Qué cartas?

Ned se veía severo. Ahora él bajó la cabeza a su escritorio y enfocó su atención en la pila de papeles apilados. Efectivamente, las cartas de muchos, casi todos, los vasallos del norte. Ella las leyó con extrema lentitud y las acomodó para la llegada de su esposo.

—Lord Stark, muchos han enviado sus cuervos al castillo —El maestre se levantó y se acercó a su Lord—. Desde Lady Mormont hasta Lord Manderly, incluso Lord Bolton, varios de los clanes de las montañas, Lord Hornwood, Lord Umber... todos...

—¿Por qué? —Ned observó a su esposa y maestre—. ¿Por qué escribirían todos?

—Extrañas… "bestias", ellos afirman —Cat respondió, casi resopló sus palabras al mirar a Valka y sus "dragones"—. Osos alados, alces gigantes, robos de comida inexplicables. Parecen los delirios de la bebida.

—¿Podría yo leer esas cartas? —Valka sonriente alzó su mano—. Tal vez encuentre información útil.

Catelyn iba a rechazar esa idea pero su esposo se adelantó al levantarse y caminar hacia la mujer con una carta. Ciertamente obtuvo algo de regocijo al ver como la expresión de Lady Haddock se arrugaba poco a poco.

—T-Tenemos un problema, Lord Eddard —La dama salvaje se encogió sobre sí misma. Una de sus manos abrazó con más fuerza a una de sus bestias—. No entiendo su escritura.

Astrid Hofferson

¿Se arrepentía de no haber actuado mejor frente aquella familia? Si, se arrepentía. Ellos podrían haberse convertido en su llave a mucha información, orientación, recursos, etcétera.

¿Volvería actuar de la misma forma si estuviera frente a ellos? Lo más probable es que sí. Odió la forma en que la trataron como un anciana senil cuando ellos estaban especialmente equivocados.

La calma, el juego lento, nunca fueron su fuerte; esos eran los talentos de Hipo. Él podría haber suprimido su fuego, ayudarla a calmarse lo suficiente como para ganarse el favor de aquellas personas.

Por ende, ahora estaba en la misma situación que antes: seguía el rastro de aquella Pesadilla Monstruosa con la esperanza de amigarse lo suficiente como para montarlo. Ya ganó su interés, parte del proceso de doma ya se cumplió; ahora solo faltaba ganarse su confianza y respeto.

Encontró más granjas en su camino pero había una irregularidad: los hombres y mujeres que custodiaban sus tierras. Ellos patrullaban, arcos y flechas en sus manos. Su instinto, los años de combate en su sangre, le decían que esas personas dispararían a lo que sea que se moviera. No se atrevió a entrar, al menos no sin un escudo.

Así que siguió su camino; encontró la curiosidad de huellas humanas que se dirigían al mismo destino. ¿Tal vez la noticia de un Pesadilla Monstruosa ya circuló? ¿Ellos buscarían compartir esa información con el poblado más cercano?

La duda invadió su mente al percatarse de la cercanía entre el rastro humano y de dragón; porque no solo encontró los vestigios del pesadilla oscura. Ahora un Nadder Mortal se sumó a la catástrofe; reconocería las pisadas de la especie de su dragón donde sea.

—«Por favor, que seas tú, niña» —Astrid lloraría con tan solo ver las escamas azuladas de su compañera.

Afortunadamente, la caminata no duro mucho. Las señales de vida estaban frente a sus ojos, estructuras clásicas de madera que le recordaron vagamente a su propio hogar; un pueblo de casas de madera y piedra, material oscuro y estructura tosca a diferencia del colorido y errático Berk.

—¡Lo voy a decir cuantas veces haga falta! ¡Monstruos robaron tus vacas!

—¡Espero esa mierda de mi idiota hijo! ¡Deja de mentir y dime la verdad!

—¡Te romperé las piernas si no encuentro mis gallinas!

—¡Lagartos del pantano se metieron al gallinero!

Montones de gritos asolaban el centro del poblado. Astrid se paró ante la turba furiosa, sin poder hablar por semejante cantidad de violencia. Todos escupían sus palabras, nadie hablaba con calma. Prácticamente salivaban en los rostros ajenos, tanto hombres como mujeres e incluso muchachos poco menores que ella.

Se asemejaban demasiado a Berk, tanto que por poco la lastima verlos. La escena no difería de la vez que los gemelos Thorston cambiaron de lugar todas las botas de los adultos; cada quien pensó que el otro le robó sus botas y gracias a eso se armó una batalla campal.

Si se parecían a su pueblo, en poco alguien arrojaría el primer puñetazo. Ella sabía cómo detener eso.

—¡Todos ustedes, cierren las bocas de una puta vez y escúchenme!

Los aldeanos giraron las cabezas en asombrosa sincronía, todo para verla con diferentes expresiones. Astrid ignoró las miradas ardientes de los mayores, las confundidas de las muchachas menores y deseosas de los hombres jóvenes. Con firmeza, avanzó y posó sus manos en su cintura.

—Están actuando como yaks idiotas y asustados; una pelea no es necesaria.

—¿Quién eres? —exigió una de las damas mayores.

—Quien tiene las respuestas a sus problemas: Astrid Hofferson —se presentó sonriente con una mano en su pecho—. Esos "robos" de los que hablan, todos los problemas, no fueron entre ustedes; no fueron humanos: fueron dragones.

Otra vez, las palabras y replicas murieron por la revelación. Por unos segundos, Astrid se sintió como en esa granja de hace horas: una loca que explicaba sus delirios a los sanos, o como en verdad era, la mujer inteligente que explicaba a los idiotas la verdad.

No la tomaron en cuenta. En vez de gritarle groserías o cuestionar su cordura, susurraron entre ellos. Eso fue más indignante, porque mientras los mayores murmuraban, los más jóvenes seguían con la vista en ella, ya sea con diversos grados de deseo o rechazo.

Al final, parece que se designó un "representante" de los ciudadanos porque un hombre caminó con pasos firmes. Se colocó delante de ella, cruzó sus brazos, tomó aire y habló.

—¿Eres una bruja del bosque, señorita?

Si Astrid tuviera su hacha, hubiera cometido una mutilación. Una mano, un brazo a lo mucho, lo cortaría de un tajó. Tristemente, no tenía su arma a mano.

—Se está volviendo demasiado irritante que todos y cada uno de ustedes me comparen con eso —Mordió con fuerza. Sus palabras bien podrían ser gruñidos suprimidos—. Les estoy diciendo la verdad. He caminado todo el camino aquí, he cruzado granjeros armados, sus granjas, ¿no?

—Si. —Él respondió.

—Robo de ganado, robo de gallinas, destrucción extraña, marcas extrañas, quemaduras específicamente. ¿Algo de lo que dije fue equivocado?

—No.

Ahora tenía la atención total, eso le gusto. Incluso los demás hombres y mujeres se acercaron con cejas alzadas.

—Tienen dragones aquí. La única razón por la que los encontré es porque seguí sus huellas.

Nuevamente, la muchedumbre se reprimió por la mención de dragones. Esa terquedad, el rechazo a lo que ellos consideraban extraño, también le recordó a Berk.

—¡No tenemos tiempo para tus delirios! ¡Necesitamos encontrar a los ladrones!

La gente coreó en acuerdo; puños alzados, hasta algunas hachas en alto. Astrid suspiró por la escena. Intentó volver a hablar pero la repentina explosión a su lado la detuvo.

Una de las casas literalmente explotó y de su destrucción, emergió el pesadilla oscuro que ella siguió. Sobre las escamas de la criatura, el abrigo de llamas resplandecía y sus alas se extendieron en un dominante aullido. En efecto, una imagen aterradora que paralizo a los presentes, menos a Astrid que se adelantó con pasos firmes.

Gritos sonaron a espaldas del jinete de dragón. Al parecer, los hombres presentes resurgieron como una milicia civil ya que todos se posaron delante de las mujeres. Hachas, piedras, sus propios puños, un pequeño y rudimentario ejército que se enfrentaría a un Pesadilla Monstruosa.

Dicha bestia masticaba pescado, pescados salados especialmente conservados. Se adueñó de la comida, la masticaba frente a sus dueños y les plantaba frente con supremacía, así de feroz era su orgullo.

Sería una masacre, cuerpos carbonizados y vidas segadas al instante. Una catástrofe que ella podía evitar. Por esa razón se posó delante del dragón, brazos extendidos y una mueca en su rostro.

—No le harán daño.

No gritó, chilló ni suplicó. Una orden igual de ardiente que el fuego en las escamas del reptil. No necesito voltearse para saber que él dio un resoplido satisfecho. En la granja obtuvo su interés, en este momento ganó su confianza, ahora faltaba obtener el suficiente respeto para montarlo con seguridad.

Puede que su nuevo "amigo" la aprobara pero los aldeanos eran el polo opuesto. El rechazo en sus expresiones, la furia y el pánico, sentimientos evidentes en sus ceños fruncidos y cuerpos temblorosos.

—«No entiendo porque pero nunca han visto dragones. ¿Dónde desperté?» —Astrid apretó los dientes y puños— «La luz… ¿era Bifrost? ¿Sigo en Midgard? ¿Estoy en el frio Jötunheim? No hay gigantes de hielo y si hubiera gigantes, los hombres no se quejarían tanto ante dragones. ¿Dónde estoy?»

Todos sus pensamientos tuvieron que terminar al ver algo a la distancia, una cuadrilla de jinetes. Los caballos se acercaban, grandes cuadrúpedos de varios colores pero sus jinetes resaltaban por sobretodo. Hombres enormes, alturas un poco inferiores a su difunto jefe, Estoico, pero aún muy intimidantes; pieles de osos y lobos, armados con espadas, hachas y escudos.

Fácilmente, estaba ante una cuadrilla de guerreros y sabía muy bien como seguirían las cosas. Más por la ardiente mirada de su líder, un enorme hombre con pieles de oso tan blancas como su cabello y parche en el ojo.

—¡Trescientos años desde que el Rey Torrhen se arrodillo ante los dragones coje hermanas y hoy deciden regresar! —Una amplia sonrisa. Exudaba crueldad por cada poro. Era horroroso—. ¡Muchachos, hagamos lo que Torrhen no pudo! ¡Regresemos a los tiempos del Tridente y matemos de nuevo a los sucios lagartos!

La avanzada de caballos, unos quince hombres, se posaron delante de la milicia civil. «Al menos quieren proteger a los civiles», Astrid pensó con un peso menos en sus hombros. Sin embargo, le aterrorizaba más la mirada ansiosa y sedienta de quien deducía era la cabecilla del grupo.

Ahora que podía ver bien sus escudos, todos portaban el mismo símbolo. Diferentes formas de un gigante gritón con cadenas rotas. Soldados feroces, deseosos de conflicto y entusiasmados por esa idea, incluso golpeaban el acero contra la madera.

—¡Exijo saber ante quien estoy frente! ¡Soy Astrid Hofferson de Berk! ¡Si tienes honor, di tu nombre y habla conmigo! —Astrid dio un paso al frente. Mantuvo la firmeza en su voz tanto como pudo.

La sed de sangre se atenuó en los combatientes. Parece que algunos de ellos la notaron por primera vez, más concentrados en el pesadilla cuyas llamas no brillaban tanto como antes. Lentamente, el hombre parchado se puso delante de todos, alzó su espada y rugió sus palabras.

—¡Yo soy Mors Umber! —Se presentó igual que un animal, casi temblaba de la furia—. ¡Y tú! ¡Engendro escupe fuego! ¡No sé de qué concha de dragón hayas salido pero tu sangre manchara esta tierra!

No había raciocinio, ese hombre bien podría pararse junto a jabalíes rabiosos y ellos lo reconocerían como un hermano. Deseaba más que nada tener su hacha a la mano, tener a Hipo, incluso aceptaría a los gemelos, Patán o Patapez con tal de hacerlo tragar sus dientes.

Pero no tenía a nadie. Desarmada, con un dragón a su espalda que todavía no la respetaba; por lo tanto, él sería más propenso a intentar matar a todos que obedecerla.

Como temía, el Pesadilla Monstruosa a su espalda se cansó de ser un espectador. Él gruñó y se arrastró pocos metros, lo suficiente para posarse a su lado. El dragón la defendería, no por respeto sino porque él entendía que entre tantos humanos, ella era su única aliada.

Curiosamente, no encendió su abrigo llameante. En cambio, se paró sobre sus dos patas y extendió sus alas. Su gran hocico se levantó y rugió al cielo, continuos gritos que estremecieron a algunos de los presentes. Por el contrario, el grupillo de lucha, el jefe principalmente, se emocionó bastante a juzgar por su creciente sonrisa. Esa expresión murió por la llegada de un segundo dragón, un ser de escamas azules que aterrizó a su lado y la rodeó con un ala, con su cola espinosa extendida.

—¡Tormenta!

Por mucho que quisiera, Astrid no podía suprimir la enorme alegría que la invadió; abrazo el costado de su amiga y escondió su rostro en su cálida piel. Su compañera estaba bien, sin heridas y aún con su silla en excelentes condiciones, lugar donde su escudo y hacha se alojaban.

Por mucho que quisiera hacer frente al salvaje Mors Umber, destriparlo y hacerlo tragar sus palabras, hacerlo no le vendría bien. Por mucho que lo odiara, aquí ella era la enemiga y Mors Umber tenía el papel de salvador.

No vio otra salida más que montar a su amiga, quien chillaba y aullaba con revoloteos de alas. Intimidación simple, un mensaje claro que denotaba peligro para los lugareños. Los ojos feroces de un Nadder, su corona de cuernos que se estremecía por su furia y aquellas largas espinas en su cola; simplemente, una imagen desmoralizadora.

—¡¿Escaparas, bruja dragón?! ¡¿Le temes a mi acero!? ¡Te mataremos como a tu príncipe en el Tridente!

Decidió no responder a los gritos de Mors Umber. No entendió ninguna de sus palabras y cualquier pedido de información solo recibiría respuestas del mismo tipo: insultos sin sentido.

—Vamos, amiga. Vuela alto —susurró cerca de la cabeza de Tormenta. Luego giró la cabeza para mirar al otro dragón presente—. ¡Ven conmigo!

Por el gruñido afirmativo, parece que ya ganó toda su confianza. Verla montar un Nadder convenció al pesadilla que no era como el resto de los humanos presentes. Ambos alzaron vuelo, lejos de las palabras de Mors Umber.

—«Con Tormenta, ahora podremos encontrarlos a todos»—Astrid no consiguió suprimir su enorme sonrisa. Escondió su rostro en el cuello de su mejor amiga, ahogó un sollozo—«Hipo... encontraremos a Hipo. Con él solucionaremos todo»

Nota:

Antes que nada, ¿vieron cómo actuó Astrid? Quiero dejar algo muy en claro, voy tratar de NO crear una Mary Sue o Gary Stu, quiero hacer que Astrid e Hipo tengan sus defectos, al igual que todos los personajes existentes los tienen. Ningún personaje es perfecto, ni blanco ni negro, voy a tratar de implementarles el perfecto gris en todos los personajes posibles.

A mi parecer, Astrid e Hipo son la pareja perfecta porque se complementan. Juntos son imbatibles, solos están en problemas. Hipo puede controlar lo peor de Astrid y Astrid puede sacar a relucir lo mejor en Hipo. Por esa razón, Astrid, al no ser una Mary Sue, no consiguió amigarse con la familia granjera, no consiguió enamorar a los niños y a los adultos, podría haber obtenido información si fuera más paciente o gentil pero a mi parecer, Astrid siempre fue más orgullosa, de mecha corta, en especial cuando se siente insultada o subestimada.

En cuanto a Valka, también quiero hacerla gris. Quiero decir, ella abandono a Hipo durante veinte años. Eso dejaría un trauma en cualquiera, en ambas partes. Quiero sacar a relucir eso.

Lamento haber tardado tanto. Muchas cosas se apilaron. Primero temas de la universidad, luego estuve enfermo y en mi tiempo enfermo me volvieron a aparecer Tiktoks de Avatar Aang. Estar enfermo fue horrible porque no pude evitar imaginar ideas y esas mierdas. Al final creo que hare diez capítulos de este Fic e intentare dar rienda suelta a esa otra idea, un Cross extraño con Avatar y ASOIAF pero con personajes de mundos paralelos, un comic raro que vi en Tiktok.

En cuanto a los comentarios que vi. Más o menos ya hay respuestas creo. Ya vieron arriba, prácticamente todos los Lords escribieron a Winterfell por "problemas". Un Pesadilla Monstruosa atacó las tierras de los Umber. Ya en los siguientes capítulos aparecerá una carta de la Mano que explicara problemas similares en el sur.

La estrella, tuvieron razón: era el Bifrost. En cuanto a los libros, me estoy por terminar Choque de Reyes. Quiero llegar a Tormenta de Espadas para analizar mejor el personaje de Tormund. Vi la serie pero quiero tener ambas perspectivas.

Sobre los dos personajes que dijiste, Hipo y Drago. Tuviste razón. Ellos aparecerán en dos ubicaciones, ambas separadas por mar y tendrán papeles muy importantes. A mi parecer, Drago tiene mucho potencial y quiero explotar eso.

En cuanto al dragón para para Jon. Todavía estoy dudando. Vi la serie de Berk y todavía veo partes de ella, pero pensaba darle un dragón más icónico. Tal vez será el Aullido Lanudo o tal vez algo más exótico. No lo sé. Tengo al menos cinco capítulos para decidirlo.