Salto de fe

Capítulo: Expectación.

Este capítulo va dedicado a ReecklessPretty, que me alegró una mala semana: ¡hace mucho que no me llegaban tantos comentarios juntos! Ojalá te guste.

Manejar a la perfección un estilo de respiración le había jugado muy a favor al joven Shinazugawa pues necesitó de ella para obligarse a enfocar su mente lejos de las tentaciones de la carne. No encontraba otra explicación que no fuera que Dios había decidido ponerlo a prueba: le enviaba la mayor encarnación terrenal de la tentación femenina en la persona de Nezuko, quizá, con la intención de purgar sus pecados en vida.

¿Por qué, sino, se le presentaría tamaño dilema moral?

Los hechos eran los siguientes: él inevitablemente se moriría en los próximos meses, se sentía profundamente atraído por la adorable mujer y, en simultáneo, era consciente de lo poco idóneo que era para ella. No era un marido especialmente conveniente para nadie, pero jamás sería ni remotamente digno de ella. No en esa vida, al menos.

Tenía demasiada sangre en las manos y heridas en el alma. No dudaba de que ella podría curar a cualquiera con su inmarcesible capacidad para incrustarse en los corazones de la gente, no obstante; no era su intención permitírselo. Su vivacidad incluso podría instarle a aferrarse a la vida con uñas y dientes. Inevitablemente se miró las manos: ah, en adición, estaba tullido.

¡Pero si era un gran partido!, pensó con sarcasmo.

Las primeras dos noches de Nezuko en su casa habían sido incómodas, por decir lo menos. Ser consciente de su presencia, tan cerca, lo hacía sentir obligado a redoblar las distancias. La idea intrusiva de afincarse en su futón siempre lo asaltaba cuando menos lo esperaba, y deshacerse de esa línea de pensamiento era una tarea titánica. Joder, que la deseaba y podía sentir sus manos hormiguear extrañando una piel que nunca sería suya.

Nadie podría señalarle por encontrarla hechizante: Nezuko era una joven hermosa y atractiva, y él no era ciego a sus encantos.

Ella era muy dulce.

Su sentido del humor burbujeante y rápido lo desconcertaba e intrigaba de partes iguales. A veces era osada y le contestaba con una soltura que inevitablemente le llevaba a pensar que había compartido demasiado con la menor de las Kocho en su momento y, luego, se ponía súbitamente tímida. Esos momentos lo llenaban de ternura.

Porque Nezuko era toda ternura cuando se reía afectuosamente con las mejillas sonrosadas.

Se había vuelto evidente para él que no los unía exclusivamente el deseo. Había sido franco con ella, y le había mostrado incluso su lado más hosco en un intento de alejarla. La mujer podía ver a través de él, como si tuviera una especie de línea directa hacia su alma mancillada.

—Si fueras un mal hombre, con intentas hacerme creer, yo jamás te habría entregado mi corazón. — Aseveró, una y otra vez.

Pese a que la vida le había arrancado a casi toda su familia, y la tragedia había marcado su destino, Nezuko no se había resentido. En eso se diferenciaban ampliamente. Él había dejado a su corazón consumido en su momento por malos sentimientos; el odio, la bronca, y el rencor habían sido constantes en su carrera como cazador. Dichos sentimientos no habían menguado hasta que no cumplió su objetivo y, en simultáneo, tuvo que sobrellevar el último gran duelo de su vida: la muerte de Genya.

En confrontación, Nezuko resplandecía en resiliencia. Había llorado hasta agotarse y luego se irguió sobre su dolor para continuar con su vida ¿Cómo podía ser tan positiva? El mundo era una mierda, porque la gente era egoísta y ventajista. Casi todos lo eran, y quienes lucían valerosos en medio de la mugre, eran arrastrados y pisoteados por ella ¿Qué sentido tenía?

Tarde o temprano todos serían comida para los gusanos.

Fueron esos pensamientos opacos los que en el tercer crepúsculo de su compañía lo llevaron a servirse un copioso vaso de sake, bajo la atenta mirada de la joven, cuya calidez competía con los últimos vestigios cobrizos del atardecer. Sus ojos enmarcaban la belleza del cielo en el punto más bajo de la puesta del sol: augurando un mañana mejor, y un presente cálido y amable.

—¿Qué estamos celebrando? — Preguntó ella, depositando una copa más en la mesa.

Sanemi se había sentado en el engawa, la pequeña galería que daba al patio trasero. Nezuko lo había seguido, por supuesto.

—No hay mucho que celebrar, ni estoy seguro de que deba darte alcohol.

—Serías un mal anfitrión si no lo hicieras, la bebida sabe mejor acompañados. — Concluyó, y se sirvió a sí misma antes de que el mayor pudiera replicar. — Y hay mucho que celebrar, Sanemi.

Pronunciaba su nombre en perfectas sílabas redondas, Sa - ne - mi. Dudó de que fuera remotamente consciente del efecto que tenía en él, la forma tan espesa en que los sonidos se formulaban: como burbujas que nunca lograban abandonar sus labios del todo.

—¿Ah, sí?

Era amargo, en tono y sarcasmo. Toda su intención era ser la mugre que mataba la bondad en ella, al menos para con él. Su labor era lograr que Nezuko notara lo poco que él valía como potencial pareja.

Pero, de nuevo, Nezuko veía a través de su fachada ¿Podía ver que su alma se desangraba por tenerla? Su mayor acto de amor era renunciar a su afecto, con el único objeto de permitirle tener una felicidad que él no viviría para ver. Que Sanemi no soportaría ver, porque al fin y al cabo era un bastardo.

Nezuko sólo le dio una suave sonrisa.

—Podemos celebrar que Senjuro se está recuperando, por ejemplo. O que Tanjiro está al borde de ser padre. — Replicó comprensivamente. — Podemos celebrar que el tiempo es bueno, luego de los insoportables días de calor. O que las cigarras hoy han sido especialmente dulces. Si gustas, podemos celebrar que te amo, o que hoy sigues vivo y saludable para seguir rechazandome.

Ella le sirvió una nueva copa de sake, mientras Sanemi la escuchaba con toda su atención. Era casi un hada, un espectáculo para los sentidos ¿Cómo podía ser tan tierna? ¿Cómo podía no sentirse avergonzado de ser tan poco y a pesar de ello desear acaparar su presencia sólo para él mismo?

—Es un mundo hermoso, aunque a veces nos toque sufrir… vale la pena estar vivos. Vale la pena vivir y luchar para ver lo bueno de este mundo.— Ella continuó, tras beber una segunda copa de la bebida espirituosa. — Vale la pena intentar ser parte de lo bueno de este mundo.

—A algunos se les da más amargo que dulce en esta vida. — Enfatizó.

—Nos unen muchas cosas, Sanemi. — Ella se acercó a él. — Nos une la tragedia de perder a nuestros seres queridos, y el cielo sobre nuestras cabezas.

Él soltó un bufido. — Y que tenemos dos ojos, una nariz, y esas tonterias de que todos somos iguales.

—No somos todos iguales, yo soy mucho más guapa que tú, por ejemplo.

Él se quedó pasmado ante el cambio de tema, sin sentirse ofendido. Volvió sus ojos hacia ella, cuya mirada refulgía en alegría y picardía. Le estaba tomando el pelo, la maldita. Nezuko se rió a su costa. Le llenó el vaso sin que la sonrisa abandonara su rostro.

—Sí que eres preciosa. — Reconoció.

Podría morir pronto, después de todo.

—Eres preciosa, amable, tienes una voz tan cantarina que podrías haber sido una golondrina. — Manifestó, tomando con su mano mutilada la de ella, a su lado. La imagen le dio una sensación agria. — Y yo no, no era guapo ni cuando estaba entero. No lo tomo como una ofensa, es un hecho. Y aquí estás, a pesar de todo, conmigo.

Los nervios bullían en el estómago de Nezuko y sintió que todo el cuerpo le temblaba. No era el alcohol, de eso estaba segura. Sin embargo, la sangre corría a la carrera dentro de su cuerpo. La adrenalina la tenía con el pulso disparado, y las mejillas se le colorearon de carmín.

Había mucho que celebrar. Habían sobrevivido, y por el sólo hecho de estar vivos tenían la obligación de disfrutar su tiempo terrenal para honrar el sacrificio de quienes dieron su vida para que esa tarde Nezuko decidiera que vivir significaba tomar riesgos.

Se sentó cerca de él, con sus piernas rozando las suyas. Sanemi se volvió hacia ella, sorprendido de que se hubiera colocado pegada a su cuerpo. La morena pudo captar el instante preciso en el que el albino se abstrajo en su presencia.

—Y contra todo pronóstico, tú también me amas. — Le susurró.

El sol se perdió en el horizonte, y Nezuko giró sobre sus rodillas para besarlo.

Lo tomó inadvertido, pues por muy osada que Nezuko fuera, se había limitado a las palabras. Lo azotó con sus verdades y castigó con sagacidad. Pero nunca había avasallado la cuidadosa distancia física que él había impuesto. Sanemi se maravilló de su boca mullida.

La separó con brusquedad, devolviéndola a su lugar.

—No. — Se limitó a decir.

Pero reconoció el brillo de la determinación en los ardientes orbes. Se sintió rechazada, por supuesto, pero lejos de abandonarla sus manos la apretaron. Él no la apartó.

Vivir era luchar. Era resistirse. Era persistir.

Nezuko lo miró, inmovil.

—Bésame.

Una palabra que tenía todo de súplica disfrazada de comando. Sanemi la contempló: vulnerable, transparente y a su merced. Ella se entregaba a él sin limitaciones, con una confianza y entrega sordas al resto del mundo que le quitaba el aliento. Su alma trémula crepitó: luchaba contra la necesidad de refugiarse en ella.

Se iba a morir, pronto.

—¿Si lo hago saciaras tu curiosidad?

—Sí.

Pero no mi amor, pensó.

Sanemi descendió sobre ella, con un beso tierno. Era casi una caricia, apenas un roce. La sanadora le tomó de la camisa interior de la yukata y posó sus manos tímidamente sobre ella. El mayor decidió que si ese iba a ser el único beso que tendría de ella, que si sería el único recuerdo de este tipo que Nezuko tendría de él, al menos sería inolvidable.

Ningún mocoso podría borrarlo de ella, no importaría cuantos años pasaran. Había un motivo por el que las mujeres hermosas se prendaron de él a lo largo de los años: era un amante dispuesto y laborioso.

La ternura dio paso a la pasión tan rápido que Nezuko cerró sus manos en puños. Sanemi la abrazó con sus manos y la consumió con su boca. Besar era una experiencia muy íntima. Podía sentir las manos del antiguo pilar recorrerla sin un atisbo de pudor, con la boca acuciante dejándola enervada ante su tacto.

Sanemi no había pensado ir demasiado lejos. Un buen beso, uno atrevido, al menos la acompañaría como un recuerdo suyo.

Cuando profundizó el beso no se sorprendió de que Nezuko, no obstante a su inexperiencia, le saliera al encuentro. Se enredaron, se perdió en su boca y pronto sus manos se afianzaron sobre sus muslos. La muchacha estaba casi sentada sobre él, emitiendo gemidos tan sobrecogedores que se instalarían en su memoria.

El deseo eferveció entre ellos, tan natural como podía ser. La intimidad del beso que compartían era sublime, sus manos temblando como consecuencia de los sentimientos que sin tope irrumpieron en sus sistemas colapsando todo lo que no era la humanidad del otro. No existía nada que no fueran ellos, no existía la muerte ni la podredumbre.

Mientras se besaban, el mundo sólo parecía hermoso.

Al menos hasta que los interrumpió el ruido de algo rompiéndose detrás de ellos.

Había suficiente luz para que la escena fuera perfectamente disintigue: Yue y otras dos mujeres estaban frente a ellos, y lo que fue un recipiente de barro yacía hecho trizas en el suelo. La mujer lo observó con reproche y decepción, las dos ancianas pronto desaparecieron con excusas y - para su mala suerte - deseos de expandir la noticia de que el amargado señor Shinazugawa había arruinado a una hermosa jovencita que ingenuamente habían dejado a su cuidado.

Tomioka iba a castrarlo. Si no lo hacía el mismo primero. Incluso podía sopesar permitir que el joven Kamado se encargara de la labor, era el hermano mayor de la agraviada después de todo. Maldijo para sus adentros, y para su sorpresa, Nezuko lo hizo verbalmente.

—La gente habla de mí, y Giyuu nunca me ha tocado ni un cabello siquiera. — Afirmó la recién llegada, con un tono de tristeza. — Para mañana Nezuko no será sino una ramera, abiertamente repudiada.

—Me iré pronto.— Murmuró ella, con el llanto a punto de brotar de sus ojos antes refulgentes.

—Yo te introduje como "la sanadora, Nezuko Kamado, que aprendió todo de la famosa clínica de Las Mariposas"; esto te perseguirá. — Sentenció.— Una de las señoras sufría de potentes dolores de huesos, la traje por su insistencia tras saber de tu presencia… de haber sabido que esto pasaría…

—Esto es mi culpa. — Sanemi resolvió.

—Sí, lo es. — Yue decretó mientras, al mismo tiempo, Nezuko intentaba convencerlo de lo contrario.

—Yo le pedí que me besara. — Argumentó ella.

Yue se rió con amargura.

—Pero él lo hizo, y si nadie lo hubiera visto, no habría problema. El asunto es que te vimos, y no hay forma de acallar los rumores. Creeme. Ni siquiera con amenazas. Los pueblos pequeños sobreviven de la solidaridad vecinal… y de los chismes.

Mientras las dos mujeres discutían, Shinazugawa se fijó en el cielo sobre ellos ¿Cuánto le quedaría de vida? Pensó en las opciones que tenían mientras, de fondo, Yue reprendió duramente a Nezuko por sus acciones. Eso despertó en él una viseral necesidad de salir en su defensa ¿Quién se creía que era para sermonear? Nezuko era una mujer virtuosa, y lo decía con conocimiento de causa.

¿Qué podía reprocharle esa mujer vulgar a la adorable mujer a su lado?

—Nos casamos, entonces. — Dijo él, y ambas mujeres se quedaron calladas ante lo abrupto de su declaración. — A diferencia de Giyuu; si por mi culpa se pone en duda la virtud de una mujer decente, me responsabilizo de ello y me caso con ella. Deja de sermonear a Nezuko, hablas desde la envidia, mujer.

Toda la crítica moral que Yue había dado se diluyó con ese comentario, su mirada se endureció. La joven mujer dedicó la más venenosa de las muecas al antiguo pilar y se giró sobre sí misma para abandonar el recinto. Nezuko se volvió hacia Sanemi para censurarlo por su falta de sensibilidad, pero decidió ir tras Yue quien se retiró con el orgullo herido.

—Eso no era necesario.— Le gruñó más tarde, tras renunciar a encontrar a la mujer.

Como una antigua cazadora, sabía ocultar sus huellas para no ser hallada a menos que así lo quisiera.

—Sí, lo era. — Contradijo. — Vino a mi casa a querer dar clases de moral y buenas costumbres cuando es una mujer soltera mendigando el afecto de un hombre que, al final, se casara con ella sólo por deber.

—Tú dijiste que harías eso mismo. — Acusó — ¿En qué te diferencias, entonces?

—En que me caso por deber, sí, pero joder, que yo sí que te quiero.

—¿Y cómo sabes que el señor Tomioka no la quiere? ¡No conoces su corazón!

Shinazugawa decidió ser sincero con ella. — Porque él me lo ha dicho, Nezuko. Le tiene afecto y siente gratitud hacia ella… pero no la ama. La gente se casa por mucho menos que eso, niña.

—Fuiste cruel con ella. — Sentenció. — Y eso sí fue innecesario.

Sin más palabras, Nezuko lo dejó solo.

La sanadora no emitió una palabra el resto de la jornada, para el tedio de Sanemi. Incluso cuando le tendió un cuenco con su cena, la morena apenas musitó un escueto agradecimiento. Se obligó a sí mismo a respirar en profundidad. Cuando había cedido finalmente a su intención de mostrarle lo peor de él, ella se topaba con su crueldad de bruces. La vida era una mierda con él.

—Todo lo que dije era cierto. — Le gruñó, cansado de su actitud inmadura.

Nezuko abandonó el cuenco sobre la mesa entre ellos.

—Fuiste cruel, con una mujer que sabes que ama desesperadamente a un hombre que no le corresponde, y se lo escupiste en la cara.— Ella gimió, cerrando lo ojos y tratando de enfocar su discurso: — Fuiste cruel, y por mucha verdad que crees llevar, heriste a una mujer que nunca tuvo malas intenciones.

Te estaba echando la bronca— Enfatizó, molesto. — Ella no tiene autoridad moral para regañarte y sin embargo vino aquí, como si fuera la dueña del sitio, a reñirte cuando ella no ha hecho nada distinto. Habló desde la envidia, porque yo sí que te quiero, sí que te deseo, y Tomioka jamás va a superar a Kochou y ella lo sabe.

Nezuko lo observó sin decir otra palabra, el albino jamás se sintió tan vulnerable ante una mujer como hasta ese momento. La joven se levantó, rodeando la mesa, y se sentó junto a él. Tomó su manos entre las suyas e intentó acunarlas, luego hizo contacto visual con él con una expresión muy distinta. Algo en Sanemi se agrietó ante sus ojos compasivos.

—Yue no tenía malas intenciones, es torpe para expresarse como lo eres tú. — Señaló, acariciando los contornos de sus dedos. — Quería protegerme, como lo haces tú; y ambos se excedieron. Intento comprender que querías defenderme y no lastimar a Yue, pero lo hiciste ¿Puedes intentar comprender que ella se preocupaba por mi?

Sanemi tomó una de las manos de ella y la apretó varias veces, apenas, en un intento de infundirle consuelo.

— Eres demasiado noble para haberlo experimentado, Nezuko, pero ella fue mezquina contigo. Tú recibiste de mí lo que ella, como bien dijiste, desesperadamente quiere de Tomioka; y eso sacó lo peor de ella. Eso es envidia. Se ensañó contigo por envidia, aunque no lo haya hecho adrede. — Contradijo, consternado. Detestaba tener que explicarse. — Le faltó carácter para contener sus malos sentimientos, aunque comprendo que no tenía malas intenciones. Si se disculpa contigo, me disculparé con ella. Y yo sí quería lastimarla, como ella te estaba lastimando a tí. Alguien tenía que ponerla en su lugar.

Nezuko suspiró, cansina.

—Que terco eres.

—Lo mismo digo.

No lograron ponerse de acuerdo. Lo intentaron, pero cuando la noche se asentó sobre ellos, convinieron no componer su desacuerdo e irse a la cama sabiendo que el otro era un imbécil tozudo. Estaban bien con eso. Se acostaron como cada noche en habitaciones separadas, aunque la molestia no logró atenuar el anhelo por el calor del otro.

Sanemi se levantó temprano, como cada día, a sabiendas de que Yue no se habría quedado quieta la noche anterior y mucho menos callada. A los ojos de la cazadora él entrañaba un verdadero peligro para la integridad de Nezuko, lo que tenía algo de verdad. Preparó el té y dejó las tazas sobre la pequeña bandeja en el engawa dispuesto a esperar.

Tomioka no lo decepcionó, pudo sentir su furia mucho antes de alcanzar a ver su figura. Sus ojos normalmente opacos se encontraban abrillantados por la ira.

—Exijo que te expliques.

Sanemi le señaló el lugar junto a él en la galería con un gesto del mentón.

—Nos casamos tan pronto como consigamos un maldito sacerdote, así que no me mires como si fuera a deshonrarla: no lo hice. Ahora, siéntate.

Esa iba a ser una conversación larga.