El borde de la cama en un centro de rehabilitación siempre sería un territorio desconocido y hostil para cualquier persona... sin embargo, para Alfred, el borde de la cama en un centro de rehabilitación y él se familiarizaban cada vez más.

Sentado ahí con su espalda encorvada por el peso de las batallas, con sus hombros caídos como si llevaran el mundo entero sobre ellos, con el aire cargado de olor a desinfectante que invadía sus fosas nasales… recordándole que estaba lejos de cualquier lugar que pudiera llamar hogar. Sus manos temblaban incontrolablemente, pequeñas sacudidas que delataban la tormenta interna que rugía interior con pensamientos ardiendo en su mente como brasas que nunca se apagaban. Era un fuego que lo consumía lentamente, implacable, imposible de extinguir.

Cada respiración se habían vuelto un esfuerzo, un recordatorio de que, a pesar de ser una de las naciones más poderosas del planeta, tenía una fragilidad actual, una conmoción interna. El aire entraba y salía de sus pulmones a veces rápido y superficial, otras veces lento y profundo, como si intentara absorber la fuerza que le faltaba. El pecho le dolía, una presión constante que lo hacía encogerse aún más sobre sí mismo. En su mente abundaban marañas de imágenes y sonidos, fragmentos de recuerdos que se negaban a desaparecer. Podía escuchar el eco de explosiones en la distancia, los gritos de sus compañeros de escuadrón, las protestas enfurecidas por todo su territorio y el susurro constante de la jungla.

Aunque la habitación estaba en silencio, para él, el bullicio de la guerra y la gente protestando contra ella, era ensordecedor.

Los temblores en sus manos se extendieron a sus brazos, y sintió un frío que se arrastró desde su columna vertebral hasta la punta de sus pies. Era el efecto de la abstinencia, una prueba más de su cuerpo traicionándolo, negándole la paz que tanto anhelaba. Sus músculos se tensaban y relajaban en oleadas de espasmos involuntarios, y su mente, atrapada en una lucha constante entre la realidad y las memorias, buscaba desesperadamente un respiro, un momento de tranquilidad.

No había salida fácil, ya lo habían experimentado antes con su breve adicción a la morfina cuando aconteció su Guerra Civil… y ahora era la heroína lo que consumía a sus tropas, a él mismo.

Cada día resultaba una batalla, cada minuto una prueba de resistencia.

Sentado allí, en el borde de esa cama se preguntó cuánto tiempo más podría soportar, cuánto tiempo más su mente y cuerpo aguantarían antes de romperse por completo. Como nación sabía que podría resistir siglos… pero ¿Cómo persona? ¿Cuánto más antes de que cuerpo fallara?

Las paredes grises del lugar, desnudas y opresivas, parecían cerrarse sobre él, y por un instante, se sintió atrapado, no solo en el centro de rehabilitación, sino en su propia existencia, luchando contra sombras que sabía que nunca dejarían de perseguirlo… volverían en cada época bajo distintos nombres solamente.

De repente sus pensamientos se encendieron con una chispa de anticipación y temor al escuchar pasos suaves resonar en el pasillo, cada vez más cercanos, como un eco que se intensificaba. Levantó la vista, ojos cansados en busca de una fuente de consuelo en medio del torbellino de sensaciones.

María, su María, apareció en el umbral de la puerta.

Su figura delicada y curvilínea recortada contra la luz del pasillo, y su entrada pareció ralentizar el tiempo. Ella avanzó con pasos medidos, como si cada uno de ellos fuera una oración silenciosa, una melodía que resonaba en su alma, un bálsamo y una herida al mismo tiempo. La sonrisa en su rostro era forzada, sus labios curvados con esfuerzo, tratando de ocultar la mezcla de preocupación y amor que ardía dorado en sus ojos.

Alfred la observó, notando el brillo de su mirada como reflejo de su propio miedo y esperanza. Sintió a su propio corazón acelerarse, cada latido un golpe sordo que reverberaba en su pecho. Intentó devolverle la sonrisa, pero ese simple gesto requería una monumental cantidad de fuerza de su parte; así que sus músculos faciales se movieron con lentitud, una contracción dolorosa que nunca llegó a completar el gesto, desvaneciendo la sonrisa antes de formarse por completo, como un rayo de sol oculto por nubes oscuras. Alfred bajó la mirada, sintiendo el peso de su incapacidad para ofrecerle a María la paz que tanto deseaba para ella.

María se acercó más, sus pasos ahora amortiguados por la proximidad, y se sentó a su lado. Alfred sintió el calor de su presencia, una cercanía que lo reconfortaba y a la vez lo llenaba de un sentimiento de impotencia. Sus manos temblorosas encontraron las de ella y, aunque sus dedos eran fríos, la calidez del contacto humano atravesó la capa de desesperación que lo envolvía.

En el rostro de su vecina, Alfred pudo ver el esfuerzo de sus músculos mientras intentaba mantener la calma. Su mandíbula se tensaba ligeramente, sus cejas se fruncían apenas perceptiblemente, y sus ojos, esos ojos que tanto amaba, lo miraban con una mezcla de fortaleza y vulnerabilidad. Era un reflejo de su propio estado interno, una lucha constante entre ceder al dolor y aferrarse a la esperanza.

Alfred cerró los ojos un momento, tratando de grabar cada sensación, cada detalle de aquel instante. El sonido de los pasos de María, el brillo de sus ojos, la tensión en su rostro, todo formaba parte de una realidad que le recordaba que, a pesar de todo el horror y de todas las políticas belicistas de su gobierno ante el pueblo ya harto de la guerra… él, Alfred F. Jones, no estaba solo en su lucha personal.

—Hi —dijo, su voz ronca por la falta de uso y las largas noches sin dormir— No esperaba verte hoy.

María se acomodó mejor a su lado en la cama, su mano apretando la de él. Sentir su toque era un recordatorio de que había algo más allá del dolor.

—No podía quedarme tranquila en casa aceptando negativas de tu gobierno. No sabiendo que estabas aquí solo —respondió ella suavemente— ¿Cómo te sientes?

Alfred suspiró profundamente, su pecho subiendo y bajando con un esfuerzo que parecía sobrehumano. Su mirada vagó por la habitación, deteniéndose en las paredes grises y el suelo desinfectado antes de volver a encontrar los ojos de María. Sabía que ella merecía la verdad, sin importar lo dolorosa que fuera.

—Nunca me sentí bien en medio de esa gente —empezó, su voz apenas un murmullo, temblorosa—. En las fiestas con las mujeres de la noche, en las reuniones de cacería de hombres... siempre he sentido que no termino de encajar entre tantos poderosos insensibles y temo que me hayan vuelto indiferente como ellos. Pero la guerra... la guerra lo hizo peor. La multitud, las órdenes, las explosiones, todo era un caos constante.

Mientras hablaba, su mente se llenó de repente con los recuerdos abrasadores de Vietnam. Podía escuchar los gritos de sus compañeros caídos, los lamentos desesperados que se mezclaban con el rugido de las explosiones. Las manchas de sangre, todavía vívidas en su memoria, teñían sus pensamientos con un rojo oscuro y profundo. El aire se sentía pesado en sus pulmones, opresión, miedo que había experimentado.

—Cuando regresé, la única manera de lidiar con todo eso fue con... ya sabes —continuó, su voz quebrándose mientras luchaba contra las lágrimas. —Incluso allá, en la selva, nos lo recetan para mantenernos despiertos, para callar nuestros malestares y murmurar "Yes, sir" a todo lo que nos pidan.

María asintió, su rostro una mezcla de comprensión y dolor. Apretó su mano con más fuerza, tratando de ofrecerle un ancla en medio del tormento que describía. Alfred pudo sentir el calor de su mano como fuerte contraste con el frío que invadía su cuerpo cada vez que pensaba en su adicción.

Las inyecciones de heroína que sus generales le suministraban para escapar del dolor ahora eran tan necesarias para escapar de sus demonios, ahora eran una fuente vergüenza. Recordaba el pinchazo de la aguja, el breve alivio que se transformaba rápidamente en una necesidad insaciable. Sus venas, marcadas por el uso constante, ardían al simple pensamiento de otra dosis. Así que cerró los ojos por un momento, tratando de encontrar las palabras adecuadas.

Sentía un nudo en la garganta, una mezcla de emoción y desesperación que amenazaba con desbordarse. Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró con la mirada de María aún en él brillando con una intensidad que lo atravesaba de pies a cabeza, intentado permanecer fuerte para él.

—Lo único que me ha mantenido vivo es tu recuerdo, M-Mary… cuando apagas las luces y me besas los ojos… me haces sentir como una persona, aunque solo sea por un momento de mi vida —continuó, su voz quebrándose— No tienes idea del infierno que atravieso para que los poderosos me vean como lo que realmente soy. Una persona. No como soldado, no como herido, no como los Estados Unidos… sino como un ser humano, otro más del pueblo, alguien sufrido.

El dolor en su voz era palpable, un eco de las cicatrices invisibles que llevaba consigo. María lo miró con una ternura infinita, sus ojos llenos de lágrimas que luchaban por no caer. Las respiraciones de ambos se aceleraron, entrecortadas y esforzándose por mantener la calma. Las pequeñas manos trigueñas temblaron ligeramente mientras subían y acariciaban la mejilla de Alfred, sus dedos trazando líneas de consuelo y amor.

—Yo te veo, Alfred. Eres de mis humanos favoritos— ambos soltaron una leve risita. —Mira, sé que odias este lugar. No hay ni un rastro de mí que te discuta eso. — continuó, su voz suave y reconfortante— Y por eso hoy estoy aquí contigo.

Alfred asintió, gratitud reflejada en sus ojos azules, cansados. La presencia de su vecina era esperanza entre tanta oscuridad, era lo que hacían a sus hombros relajarse, a pesar de que la tensión nunca desaparecía por completo. La paz que ella le ofrecía era frágil, pero en ese momento, la sensación de no estar completamente solo era un consuelo inmenso.

Alfred cerró los ojos y se perdió en el suave tacto de la mano de María acariciando su mejilla. Pensó en días soleados, en risas compartidas y en momentos de pura felicidad. La idea de huir juntos, de dejar atrás todo el sufrimiento y construir otra nueva vida… eso que siempre le había parecido un sueño lejano, infantil… volvió a invadir su mente.

El solo imaginarse viviendo plenamente feliz con ella llenaba su corazón de una esperanza tenue pero persistente. Sentía que, con María a su lado, podría enfrentar cualquier cosa, incluso los demonios que lo habían perseguido durante tanto tiempo. En ese instante con ella se sintió como una persona completa y amada.

—Deberíamos escapar, algún día —dijo Alfred, abriendo los ojos y con su voz apenas un susurro cargado de anhelo y desesperanza—. Tú, yo, nuestros niños. No sé qué más podría ofrecerte… salvo intentar besar tu piel y sentir tu peso en mis brazos, ahora inútiles.

Las palabras salieron de sus labios como un suspiro, cargadas de la fragilidad de aquel sueño apenas alcanzable. Alfred sentía cómo su corazón latía con fuerza, cada golpe resonando en sus oídos mientras sus pensamientos se arremolinaban.

A María sus pensamientos la asaltaban con preguntas que había evitado durante mucho tiempo, pero que ahora parecían urgentes, insidiosas. Finalmente, sabiendo que está momento de vulnerabilidad con si vecino sería una oportunidad única, tomó una respiración profunda y decidió hablar.

—Alfred —comenzó, su voz suave pero temblorosa—, hay algo que necesito preguntarte.

El la miró con una mezcla de curiosidad y aprehensión, notando el brillo incierto en sus ojos. María bajó la mirada por un momento, sus dedos jugueteando nerviosamente con una arruga en la colcha.

—Dime, Mary —respondió él, su voz cansada pero genuina.

—Quería saber sobre Vietnam, aunque… sobre Mai en específico — dijo ella, sus palabras casi un susurro—. Siempre he tenido esta duda... si tú y ella... si hubo algo más que la guerra entre ustedes.

Alfred sintió un nudo formarse en su estómago, no por la pregunta en sí, sino por el dolor que sabía que le causaba a María. Se enderezó en la cama, su rostro adoptando una expresión de seriedad y sinceridad. Tomó las manos de María entre las suyas, sus dedos fríos contra la calidez de los de ella.

—María, te prometo que no hubo nada entre Vietnam y yo más allá de la guerra —dijo con firmeza, sus ojos buscando los de ella para transmitir su verdad— Jamás podría verla de esa forma. Nunca.

María lo miró, su rostro reflejando una mezcla de alivio y recelo. Quería creerle, pero las cicatrices de la guerra y la distancia entre ellos habían dejado huellas profundas en su confianza. Alfred vio cómo sus labios se apretaban en una línea tensa, y cómo sus ojos brillaban con la lucha interna que libraba.

—Nunca digas nunca, Alfred —dijo ella finalmente, su voz quebrándose.

—Mary!

—Es solo que... he pasado tanto tiempo imaginando lo peor y a veces es difícil dejar de lado esos pensamientos.

Alfred asintió, comprendiendo el dolor detrás de sus palabras. Se acercó más, sus movimientos lentos y cuidadosos, y rodeó a María con sus brazos, abrazándola con una ternura que buscaba calmar sus temores. Sentía su respiración agitada contra su pecho, y cada exhalación era un recordatorio de la fragilidad de su amor.

—Lo sé, Mary. Lo sé —susurró contra su cabello—. Pero te prometo que siempre te he sido fiel en mi corazón. Tú eres la única que ha estado conmigo en todos estos años, la única que me ha dado una razón para seguir adelante.

María cerró los ojos, dejando que las palabras de Alfred se filtraran en su mente y su corazón. Sintió una chispa de paz recorrer su cuerpo, una pequeña luz en medio de la oscuridad de sus dudas. Sus músculos faciales se relajaron lentamente, y una leve sonrisa se formó en sus labios, aunque aún era una sonrisa cargada de dolor.

—Gracias, Alfred —dijo ella, su voz apenas un murmullo—. Gracias por ser honesto conmigo.

Alfred la sostuvo un poco más fuerte, sintiendo cómo sus propios miedos y ansiedades se disipaban ligeramente en la cercanía de María. En el silencio que siguió, ambos se quedaron abrazados, sus respiraciones sincronizándose lentamente, encontrando un ritmo conjunto. Las paredes grises y el olor a desinfectante se desvanecieron en el fondo, y por un breve momento, solo existían ellos dos, unidos por la promesa de un amor sincero y la esperanza de un futuro mejor.

María entonces lo miró, sus ojos brillando con una mezcla de tristeza y comprensión. Su sonrisa era un reflejo de la misma fragilidad que Alfred sentía, una promesa de amor inquebrantable y al mismo tiempo, una admisión de la dura realidad que los rodeaba.

—Se siente bien, Alfred —dijo ella, apretando suavemente su mano—. Se siente bien estar a solas contigo.

María volvió a cerrar los ojos por un momento, apretándose en su abrazo con una intensidad renovada. Alfred podía ver el las lágrimas que comenzaron a brillar en los bordes de sus ojos. En ese momento, él supo que no estaba solo en su lucha, que su dolor era compartido, y aunque la carga era inmensa, tener a María a su lado le daba una chispa de esperanza en medio de la oscuridad.

Así que Alfred también volvió a cerrar los ojos, permitiendo que María lo envolviera como una cálida manta. En ese momento, todo lo que importaba era la sensación de sus cuerpos enlazados, el ligero temblor de sus dedos, la presión suave pero firme que le recordaba que no estaba solo.

La sonrisa de María, aunque triste, tenía el poder de iluminar su mundo oscuro. Él la observó, notando cómo sus labios se curvaban suavemente, y en esa sonrisa, Alfred encontró un rayo de esperanza, un destello de la vida que podrían tener juntos, cuando él saliera de ese sitio.

Sentir el peso de su cuerpo contra el suyo fue un calor reconfortante se extendía por su ser, calmando sus temores y sus dudas. Sabía que la batalla contra sus demonios internos estaba lejos de terminar, pero en los brazos de María, encontraba un refugio, una razón para luchar un día más.

Y así, en ese pequeño rincón del centro de rehabilitación, rodeados por la realidad dura y fría, Alfred y María se encontraban solos juntos, compartiendo un momento de paz en medio del tormento. Por un breve instante, nada más importaba, y en ese abrazo, ambos se aferraban a la esperanza de un futuro mejor.

—También me gusta mucho, Mary… to be alone with you.