Ese día amanecí con un cosquilleo en el cuerpo. El viento cálido de verano, ya teñido con brisas frías, acariciaba mis alas con una suavidad que me hacía estremecer, removiendo mis antenitas con una delicadeza que solo la naturaleza puede ofrecer. Todas lo supimos al instante: era el momento.
Desde lo alto de un roble en Ontario, miles levantamos el vuelo, atravesando campos y bosques salpicados con la lenta llegada del otoño. El cielo azul, infinito, se extendía como un lienzo sobre el cual dibujábamos nuestro camino de regreso, cada aleteo un trazo anaranjado con líneas negras y manchas blancas, componiendo un poema de colores en el aire.
Mientras volábamos al límite de los grandes lagos y frondosos bosques, encontré una cabaña perdida entre los robles. Un joven rubio de cabellos ondulados y gafas se detuvo a despedirnos. Descendí, curiosa.
-Adiós, pequeñas viajeras- susurró al viento, su voz cargada de una nostalgia palpable. Su mano se extendía hacia nosotras, temblorosa, mientras sus ojos morados, como espejos de auroras boreales, nos seguían con una mezcla de tristeza y esperanza.
Me detuve en la mano que nos extendía y me vi reflejada en la pureza de su mirada, como si contuvieran dentro las luces de los cielos septentrionales, vibrantes.
-Lleven con ustedes el abrazo del norte, que nunca olvida y siempre espera su retorno- sonrió, y algo en su ser me unió a él como lazo invisible, como los primeros rayos del sol que bañaban el paisaje con una luz dorada.
Él se quedó con los brazos abiertos y el viento rodeándolo, alzando sus ropas, jugando con su cabello... feliz de llevarnos en su partir.
Volábamos, volvíamos.
En menos de un mes nuestras energías bajaron. Mucho antes de llegar a las Montañas Rocosas, nuestros cuerpos perecieron y dieron paso a nuestra generación más fuerte, nuestras niñas que vivirían ocho meses, que persistirían con la travesía sin importar el costo, sin dejarse vencer por las grandes ciudades ocupando nuestros refugios de antaño, sin dejarse intimidar por las grandes carreteras y los parabrisas.
Volamos y volamos, alentadas por el viento, pintando el cielo.
Pronto esas montañas, gigantes vigilantes en el horizonte, se hicieron pequeñas ante nuestras alas, cargadas de promesas; contándonos con susurros historias de nuestras abuelas, siguiendo el camino que ya habían dibujado antes, sus almas plasmadas por siempre entre las nubes.
Allí, entre la vastedad del interior del continente, una carretera de asfalto cortó el paisaje y un carro se detuvo, bajando su conductor a observarnos. Extendió los brazos, agitó las manos y nos dirigió la sonrisa más grande que había visto.
Curiosa, descendí.
-¡Volvieron!- exclamó dando brincos, su presencia entusiasta. -¡Bienvenidas a la tierra de las oportunidades!- decía con una sonrisa radiante.
Me coloqué sobre la puerta de su carro y él abrió grandes los ojos, inclinándose con cautela sobre su carrocería para contemplarme más de cerca.
-Hi, little one- susurró, su mirada igual de clara e intensa que el cielo que cruzábamos mis hermanas y yo. La brisa lo envolvió también, haciendo eco en cada flor y cada brizna de hierba. -Go on. Te llama el sur… y mi vecina se muere por verlas.
Sus palabras resonaron en mis alas como canto de bienvenida, de energía para seguir la travesía. Me elevé y me reintegré a los puntos naranjas como migrantes que dejaban todo atrás, algunas quedándose en el camino, pero depositando en nosotras, la nueva generación, la esperanza de llegar a nuestro destino.
Volábamos y volvíamos.
Finalmente, los bosques montañosos del sur nos recibieron. Pinos oyamel, altos y majestuosos, nos ofrecieron refugio con su silencio, melodía de paz. Y, al llegar, todas aleteamos en éxtasis, en júbilo.
Miramos hacia abajo en la tierra y vimos a muchos humanos ya reunidos aguardando nuestro regreso con cariño, con cempasúchil, con el calor del hogar.
Quienes nos aventuramos a las calles de los pueblos cercanos a los bosques, las encontramos adornadas con altares vibrantes, con aroma a incienso que nos envolvía en un abrazo ancestral, un santuario sagrado ante el frío invierno.
Me alimenté de las flores, me recargué con el viento.
Varios sonrieron y lloraron al mismo tiempo, se dirigieron a nosotros con múltiples nombres, señalándonos y recordándonos como el tío "alma de la fiesta", como la abuelita con la mejor sazón, como la madre que cuidó de todos en casa, como el hijo mayor que prometió que volvería.
Sin embargo, entre tantos humanos, una en particular me llamó la atención y descendí a verla mejor, curiosa.
Ella se detuvo en un claro cercano al pueblo y me permitió posarme sobre su pecho, con una blusa blanca que no pude resistir. Desde ahí pude sentir el potente latido de su corazón y una calidez invadió mi diminuto cuerpo, haciendo vibrar mis alas y remover mis antenitas.
-Bienvenida de vuelta- susurró, acogiéndome con amor, arropándome con su calor. -Ahora puedes descansar, ya estás en casa.
Me reflejé en esos ojos intensos, dorados como mis alas al pegarles el sol y me elevé, encontrando un buen enjambre para dormir y pasar el invierno.
Volamos y volvimos.
Fue el sol de marzo quien nos despertó de la hibernación y fue su calor primaveral el que nos impulsó a cortejarnos, a garantizarnos hijas fuertes que pudieran regresar desde donde nuestras abuelas partieron. Nuevas fuerzas impulsaron el vuelo hacia el norte.
Antes de partir, busqué a aquella humana de ojos solares y la encontré sentada de vuelta en ese claro. Me extendió la palma de su mano, sollozaba contenta.
-Vuelas alas de fuego, me llevas con ellas hacia el horizonte. Desde aquí te despido con un beso de brisa, en este santuario donde el tiempo se eterniza. Que tu viaje sea seguro y sagrado, que cada flor te reciba con alegría. Mientras tanto, yo te esperaré aquí, con amor sosegado, hasta que regreses en la próxima estación fría.
Me cantó sones de amor y partí.
Con cada mes que pasaba, las viejas moríamos y las nuevas nacíamos. Como joven generación cruzamos las vastas planicies y nos deslizamos sobre los mares de algodoncillo antes recorridos por nuestras abuelas. Ahí, la vida terminó para nosotras.
Pero nuestro espíritu, como todas las anteriores, no pereció… se transformó, renació entre los huevos en el algodoncillo; crecimos de nuevo en voraces orugas, luego en crisálidas y finalmente retomamos el legado, continuamos el vuelo.
Las flores del algodoncillo nos ofrecieron sustento, esperanza; y aunque con cada generación encontrábamos menos espacio para habitar y nutrirnos, aun así, perseveramos. Cada parada, un respiro; cada planta, un comienzo.
Volábamos, volvíamos.
Finalmente, los verdes bosques del norte en verano nos recibieron de nuevo. Robles y arces ofrecían descanso. Un ciclo sin fin.
-Salut, mes petites- fueron palabras que me trajo el viento.
Atraída por aquel susurro, descendí frente a una cabaña, donde un humano rubio de cabellos ondulados permanecía sentado, con un libro en mano.
-Han vuelto ¿Llevaron a María el abrazo del norte?
Entre varias descendimos para revolotear a su alrededor, atraídas por su olor a miel y el tintinear de su dulce risa.
Con el tiempo, cuando los vientos cambiaran otra vez de temperatura, volveríamos a migrar, a conectar naciones, emocionar pueblos. Regresaríamos a los frondosos y verdes pinos oyamel, atravesaríamos campos de algodoncillo y dejaríamos estos bosques al tiempo que se cubrieran con nieve y hielo.
Generación tras generación, volamos hacia destinos conocidos y desconocidos, guiadas por una fuerza ancestral. Y así, cada año, renovamos la travesía, un ciclo interminable que, en nuestro silencioso viaje, lleva algo más que nuestros frágiles cuerpos alados.
Somos el espíritu del continente norteamericano, recorriendo sus tierras para visitar a los nuestros. Sin fronteras, persiguiendo la primavera. Se nos recibe con el viento, espíritu antiguo, profundo; somos muerte y renacimiento, sin divisiones, solo la majestuosa unidad de la naturaleza.
Volamos y volvemos .
