Nervios

Disclaimer: Todo pertenece a George R. R. Martin.

Esta historia participa en el reto 120 del foro Alas negras, palabras negras.

Mis condiciones eran tierras de los ríos, fe/religión, acero, hierba y hazaña.

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Antes de entrar al septo, Catelyn cierra los ojos y aspira una bocanada de aire. Huele a hierba y a mar. es el olor de su casa y la reconforta. Ella y Lysa caminan cada una a un lado de su padre. Van los tres cogidos del brazo y casi parece que entre las dos estén escoltando a un prisionero, aunque realmente las que están a punto de atar su destino a unos desconocidos son su hermana y ella.

Está nerviosa y se siente ridícula por estarlo. Siempre supo que se casaría con un Stark. Se ha imaginado su boda muchas veces. No obstante, en su imaginación era Brandon quien ocupaba el lugar del novio y no su hermano Eddard.

Apenas conoció a Brandon y no estaba enamorada de él, Catelyn nunca ha esperado casarse por amor, pero su antiguo prometido le inspiraba cierta confianza. Quizá era simplemente porque ya se había familiarizado con la idea de ser su mujer o tal vez por su simpatía, por su carácter alegre y esa sonrisa tan cálida que parecía capaz de derretir la nieve.

a lo mejor sí que se había enamoriscado un poco de él. Al fin y al cabo iba a ser su marido y era apuesto, galante y valiente, como uno de los caballeros de las canciones que tanto le han gustado siempre a Lysa. Lo recuerda despidiéndose de ella antes de partir para Desembarco, jurando que rescataría a su hermana y que haría pagar al príncipe. Parecía un personaje de leyenda a punto de realizar la mayor de las hazañas, pero ha muerto y ahora ella está a punto de casarse con otro.

Catelyn se coloca junto a su prometido. Van a casarse por la fe de los siete, aunque los Stark creen en los antiguos dioses. súbitamente se pregunta si para Eddard los votos que está a punto de pronunciar no tienen valor, aunque es un pensamiento estúpido.

La ceremonia comienza y sus miradas se encuentran. Eddard tiene los ojos grises, igual que Brandon, pero mientras los de su antiguo prometido eran del tono de las nubes que presagian tormenta, los suyos son de la fría tonalidad del acero.

Cuando se cogen de las manos, Catelyn nota que su piel también es fría. Su voz es dura y firme y ella se pregunta si hay algo de calidez en él. Entonces, como si pudiera leer sus pensamientos, sonríe. Es la primera vez que lo ve sonreír y descubre que tiene una sonrisa bonita, discreta, casi dulce, y que con ella sus ojos de acero se iluminan con un matiz que en ese momento no reconoce, pero que con el tiempo asociará con el primer rayo de sol que se asoma en los grises amaneceres del Norte.

Catelyn le devuelve la sonrisa y siente que sus nervios se calman. Eddard no es Brandon, pero es su marido y está dispuesta a conocerlo y descubrir qué más sorpresas hay en él.