14. Amigas
Si Natsuki y las demás hubiesen querido escoger peor momento, no lo habrían conseguido. Kumiko se despertó ese día con una extraña sensación de irrealidad.
Consultó su teléfono móvil. Tenía varios mensajes de Natsuki anunciándole que en breve cogerían el coche y estarían de camino a Nagoya. Y mientras los leía, iba recordando imágenes de la noche anterior. Las madres, reunidas en la habitación de Reina. Mamiko, gastando bromas dolorosamente acertadas. Reina, rabiosa y rabiosamente guapa. Y el beso, que lo había sentido como fuegos artificiales estallando en su boca.
Reina había dicho que deseaba dárselo, pero ella seguía pensando que había sido un arranque de rabia, una manera de fastidiar a las entrometidas de sus madres. Un aquí estoy yo en toda regla. Y a pesar de todo, le había encantado.
Se llevó los dedos a los labios, como si todavía no pudiera creerlo, como si siguiera fresco en ellos. Los labios de Reina le sabían a fruta madura y su textura era tan suave que podría haberla estado besando toda la noche. Kumiko meneó entonces la cabeza con frustración. No debía permitirse a sí misma pensar de aquel modo.
Reina seguía siendo heterosexual. Puede que estuviera atravesando un momento de frustración y confusión, provocado por su ruptura con Shuichi, pero ella no era el pasatiempo veraniego de nadie. Tenía que recordarlo.
Con todo, sus amigas llegarían en pocas horas y, en teoría, Reina había quedado en acompañarla. ¿Se lo habría pensado mejor? ¿Cambiaba algo lo de anoche? Kumiko quiso pensar que sí cuando se levantó y fue hasta la cocina. Por primera vez en su vida se alegró de que la única que estuviera allí fuera su hermana.
—Buenos días —le dijo en un gruñido. Había dormido fatal toda la noche.
Imágenes de Reina besándola y arrepintiéndose plagaron sus sueños.
—Uh, qué cara. Muy diferente ha la que tenías anoche. Espero que no dejes que Reina te vea así, porque puede que se lo piense mejor.
—Mamiko, no estoy de humor.
—Qué sorpresa. ¿Cuándo lo estás?
Kumiko gruñó mientras abría la nevera. Genial. No quedaba leche. Tendría que conformarse con un zumo de naranja. Metió una rodaja de pan en el tostador y bostezó con ganas.
— ¿Y los demás? —se interesó.
—Han bajado al puerto. Querían ir en barco o algo así —respondió Mamiko.
Deseaba preguntarle si Reina también les había acompañado, pero prefirió no hacerlo. Eso solo conseguiría granjearle más bromas por parte de su hermana pequeña. No obstante, Mamiko decidió informarle sin que ella preguntara:
—Reina está en casa. Dice que habían quedado para ir con tus amigas
—Dudo mucho que Reina haya dicho eso.
—No, es cosecha mía, pero, bueno, son tus amigas las que vienen, ¿no? —replicó Mamiko muy firmemente, como si estuviera llena de lógica.
Kumiko suspiró hondo. Después de todo, Reina había decidido no cambiar los planes y se preguntaba por qué.
¿Acaso aquel beso no había sido suficientemente extraño? ¿Qué ganaba ella sumándose a un plan con sus amigas lesbianas? ¿Y cuál sería su humor? Le parecía raro que Reina no estuviera allí, que ya hubiera desayunado y no hubiera ni rastro de ella. Se preguntó si debía llamar a su habitación o esperar a que saliera.
— ¿Te ha dicho algo más? —le preguntó a Mamiko.
—No. Que se iba a vestir. Estará en su habitación.
—Vale.
—Pero, sister, no te rayes. Ella está tan colgada de ti como tú de ella. Tus amigas son así de intensas.
—Muy graciosa. Cállate ya, ¿quieres? Me levantas dolor de cabeza.
—Como quieras, yo solo intentaba ayudar. Me voy entonces. He quedado con Hiro en la playa y estoy deseando ver la cara que pone con mi nuevo tanga.
Kumiko se quedó con el vaso de zumo suspendido en el aire, a medio camino de sus labios.
— ¿Te has comprado un tanga?
—Sí. Pero no se lo digas a mamá o le dará una regañada —dijo, sonriendo—. Te veo luego. ¡Que vaya bien! —Mamiko se fue con su cesta de la playa al hombro y una gigantesca que le hacía parecer una extravagante famosa deseosa de llamar la atención.
Kumiko se olvidó muy pronto del asunto del tanga. Su hermana y ella no podían parecerse menos. A Kumiko le daba pudor ponerse en bikini delante de según qué personas (Reina, por ejemplo), mientras que Mamiko casi rozaba el exhibicionismo. A veces pensaba que le gustaría ser un poco más como su hermana menor.
Tener la caradura o el arrojo necesario para lanzarse. Ser menos tímida, más decidida. Besar a Reina la próxima vez que me entren ganas.
Kumiko hundió la cabeza entre sus brazos, desesperada consigo misma. Dado que tenía la mirada fija en la superficie de la mesa, no fue capaz de apreciar que
Reina acababa de entrar en la cocina.
— ¿Sabes algo de tus amigas?
Levantó la cabeza y la vio allí vestida, con la cara muy seria. —Buenos días —la saludó, un poco sorprendida por el tono crispado con el que había entrado.
—Sí, perdona, buenos días. ¿Entonces? ¿Sabes algo?
—Están de camino. Llegarán en un par de horas, supongo.
—Bien, era solo por planificarme — replicó Reina, dándose la vuelta para regresar de nuevo a su cuarto.
La observó en silencio, un poco anonadada. ¿Qué estaba ocurriendo? La noche anterior se habían despedido de una manera dulce, o eso creía ella, y ahora Reina parecía molesta. Pero el motivo se le escapaba de las manos.
—Oye, ¿estás bien? ¿Estás enfadada por algo? —la detuvo, intentando que no le temblara la voz. Kumiko odiaba la confrontación. Se sentía incómoda cuando tenía que hacer aquel tipo de preguntas.
—No —dijo Reina, dándose la vuelta. Frunció el ceño—. ¿Por qué lo preguntas?
—No lo sé, te veo muy seria. ¿Seguro que estás bien? No tienes por qué venir si no quieres. De verdad.
—Lo sé. Pero quiero ir.
—Entonces, ¿no estás enfadada?
—No. ¿Por qué habría de estarlo? — le dijo. Y sin embargo, sus palabras no sonaron sinceras.
Algo la estaba incomodando y no tenía ni idea de qué podía ser. El beso se lo había dado ella en un arranque de furia. Ella. Kumiko no había hecho nada. Así que ahora no entendía su frialdad y desapego.
Reina se fue a su habitación con el pretexto de que quería darse una ducha y vestirse antes de salir. Kumiko, presintiendo que se avecinaba una tormenta emocional, le mandó un mensaje a Natsuki para convenir un punto de encuentro y aconsejarles sobre lugares de aparcamiento. Después se fue al salón, también para prepararse.
Tenía todo hecho un desastre. Su ropa estaba esparcida por varias sillas o directamente encima de la maleta y ya no sabía dónde había puesto la mayoría de las cosas. Eligió su bikini favorito, uno de color azul turquesa que le sentaba especialmente bien, unos shorts vaqueros y una camiseta de cuello barco. Quería estar guapa para Reina, pero de un modo discreto, sin que se notara. Barajó la posibilidad de maquillarse un poco, aunque siempre había odiado aplicarse maquillaje para ir a la playa, así que descartó esa posibilidad de inmediato.
Estaba buscando otra camiseta de un color que le favoreciera más cuando su teléfono empezó a sonar.
— ¿Sí?
—Amiga, querida, me tienes abandonada.
—Sumiko.
— ¿Tienes ya una respuesta para mí? Lo tengo esperando por ti.
Se mordió el labio con nerviosismo. Había planeado llamarla, pero al final no lo había hecho. Necesitaba más tiempo para meditarlo, pero ahora ella demandaba una respuesta. ¿Qué podía decirle? No estaba preparada para dársela. Deseaba aquel ascenso, pero al mismo tiempo también sabía cómo se las gastaba. Con ella nada estaba asegurado. Podía decirle que sí ahora, cerrar aquel acuerdo con la empresa de Rodolfo, y aun así quedarse sin un ascenso. Lo había visto otras veces, en otros compañeros. ¿Qué le hacía pensar que esta vez iba a ser diferente?
—Lo quiero por escrito —dijo de repente. Kumiko abrió los ojos con sorpresa. No se podía creer que le hubiese dicho eso a Charo.
— ¿Por escrito? ¿A qué te refieres? Creo que no entiendo.
El corazón de Kumiko empezó a latir con fuerza. Que ella supiera, nunca antes se había enfrentado a Sumiko de aquella manera. No estaba acostumbrada a hacerlo y temía derrumbarse de un momento a otro. Respiró hondo y se animó a sí misma, ahora ya no tenía nada que perder:
—Que si voy a interrumpir mis vacaciones para cerrar ese acuerdo, quiero que me asegures por escrito el ascenso. Esas son mis condiciones.
—Vaya, esto sí que no me lo esperaba. Te sienta bien el sur. Te vuelve… decidida.
—Eso creo.
—Y a mí me gusta la gente decidida —continuó diciendo —, así que trato hecho. Si cierras ese acuerdo, estoy dispuesta a garantizarte un ascenso por escrito. ¿Qué me dices? ¿Tenemos un trato?
Sonrió contra el auricular de su móvil, complacida. Por primera vez en su vida había dicho «aquí estoy yo y esto es lo que quiero» y se sintió inmensa, llena, indestructible. Estaba deseando ver la cara que pondría Natsuki cuando se lo contara.
—Deberían estar por aquí, me dijeron que estaban cerca de la playa.
— ¿Estás segura? —le preguntó Reina, cargada con su bolsa, buscando a sus amigas aunque no las conociera.
—Espero que sí. Les dije que usaran esta entrada —le informó, un poco
Nerviosa.
Reina estaba de tan mal humor aquel día que apenas habían cruzado palabra durante el trayecto a la playa. Kumiko volvió a preguntarle en un par de ocasiones si le pasaba algo, pero insistía en decir que todo estaba bien, que no había nada de lo que preocuparse. A pesar de ello, algo iba muy mal. Kumiko podía notarlo en sus gestos, en su manera airada de hablar, en sus comentarios sarcásticos. Pero por más que se devanaba los sesos, no sabía qué había hecho mal.
Reina había sido la que la había besado, no ella. Si la extrañeza del beso era el problema, ¿por qué la hacía responsable?
— ¿Es por lo del beso? —le preguntó entonces, cansada de dar palos de ciego. Si tenían que hablar sobre ello, sería mejor que lo hicieran antes de que sus amigas llegaran. No quería exponerse a que Natsuki notara aquella tensión entre ellas.
—No, no es por lo del beso.
—Entonces, ¿qué? Fuiste tú la que me besaste a mí, ¿recuerdas? Yo no hice nada.
— ¡Exacto! ¡No hiciste nada! — Reina elevó los brazos como si por fin hubieran tocado el epicentro del problema.
— ¿Qué quieres decir? No te entiendo.
—Que no hiciste nada. No sé tú, pero yo no estoy acostumbrada a que me den las "gracias" cuando doy un beso y que ahí se quede la cosa, como si fuera prácticamente un caso de beneficencia —replicó Reina, que ahora estaba más enfadada que nunca, como si las compuertas se hubieran abierto dejando salir a la fiera que llevaba dentro.
Kumiko arqueó las cejas, sin saber muy bien qué decir. Le había dado las gracias, sí, pero se suponía que Reina se lo tenía que tomar como algo dulce, cariñoso, era su manera de agradecerle que la hubiera defendido delante de las madres. No significaba nada más. Y ahora… esto…
—Y encima, sigues sin decir nada. Ahí, mirándome, como un pasmarote — la acusó Reina. Parecía rabiosa.
— ¿Y qué quieres que diga?
—Pues no sé. ¿Qué me digas que estuvo bien? ¿Que a ti también te gustó el beso? ¿Qué te gustaría repetirlo de nuevo? ¡Cualquier cosa, vaya! Pero no que me des las gracias y te vayas a dormir. ¿Tienes idea de lo mal que sienta algo así?
— ¿Llegamos en mal momento? - Kumiko se giró y vio a Natsuki, mirándola con cara de circunstancias.
Detrás de ella estaban Kabuki y Midori, sus dos amigas, y por el gesto que tenían no necesitó una confirmación que había escuchado la conversación. Kumiko se ruborizó pero fue al encuentro de su amiga y la saludó con un abrazo.
—Veo que has aprovechado bien las vacaciones. —le susurró Natsuki al oído.
Kumiko le propinó un pellizco para que se callara y procedió a las presentaciones. A pesar de la rareza de la situación, Reina salió muy enojada de ella. Saludó y se mostró cercana y amable. Parecía tener muy presente que el enfado era solo con ella.
El día estaba caluroso, por lo que eligieron un lugar cerca del mar para extender allí sus toallas. Le ponía de mal humor tener que ir a la playa, pero Natsuki había insistido. No iban a hacer un viaje tan largo en coche para estar dando vueltas por un centro comercial, por lo que no le quedó más remedio que aceptar. Quiso poner su toalla cerca de Reina, pero ella prefirió colocar la suya en el extremo opuesto para entablar conversación con Kazuki y Midori. Le dolió un poco, pero estaba dispuesta a no mostrar sus emociones. Si Reina podía ser orgullosa, ella también.
Por fortuna para todas, la mañana transcurrió más o menos bien. Se dieron numerosos baños refrescantes en el mar, jugaron varios partidos a las palas y comieron pescadito frito en un chiringuito cercano.
Kumiko casi se había olvidado de que odiaba la playa y del enfado de Reina, cuando a la hora de los cafés, Kazuki dijo:
—Entonces ustedes dos se conceden desde en el instituto, ¿no?
Kumiko y Reina se miraron de manera tensa. Fue Kumiko quien decidió responder:
—Sí. Íbamos juntas al mismo colegio.
Éramos compañeras de clase.
— ¿Y llevan todo este tiempo como pareja? Qué pasada, ¿no?
—En realidad no…
—No somos pareja ni nunca lo seremos —replicó Reina, airada.
—Reina es heterosexual —les explicó Kumiko, intentando aliviar la tensión que se respiraba en el ambiente.
Natsuki observaba toda la escena tras su vaso de café con hielo. Estaba
Sonriendo.
—Oh, vaya, lo siento —intervino Kazuki—. Yo pensaba… En fin, he visto tanta química en ustedes que pensé… no sé. Disculpa el error.
¿Química? ¿En dónde había visto la química? ¡Si casi ni se habían mirado! O a lo mejor sí. Bueno, sí. Muchas veces. Habían intercambiado varias miradas en el transcurso de aquel día, pero eso no significaba nada, ¿verdad? ¿Qué veía Kazuki que Kumiko no pudiera ver?
—Simplemente somos amigas —le explicó y miró a Reina en busca de su complicidad, aunque se sorprendió al ver la sombra de la decepción pintada en su rostro.
—Sí, somos buenas amigas —dijo Reina con un tono de lo más sarcástico
—. A veces nos besamos, pero no significa nada. Estamos… agradecidas por ello.
Kumiko puso los ojos en blanco. No podía creerlo. Dijo:
—Sabes de sobra que no era mi intención que lo interpretaras así. — Estaba cansada de presuposiciones erróneas. Había bajado la voz para que solo ella la escuchara, pero las demás estaban demasiado cerca y seguían el intercambio con verdadera atención.
— ¿Y entones por qué no lo dices? ¿Qué problema hay?
—Que eres hetero, joder.
—Porque tú lo dices.
—¿No lo eres? —Kumiko arqueó las cejas, en espera de una respuesta. El corazón le latía desbocado. Kazuki se había encendido un cigarro y las miraba fascinada. Midori tenía cara de necesitar una copa.
Reina tardó un rato en responder. Primero suspiró y después, como si se diera cuenta de que todas estaban pendientes de su respuesta, se ruborizó ligeramente y dijo:
—Sí, lo soy.
En ese momento Natsuki se acercó al hombro de Kumiko y disimuladamente le susurró al oído:
—Y una mierda heterosexual.
Kumiko se puso tan nerviosa que, sin querer, en vez de darle una patada a
Natsuki para que se callara, se la acabó dando a Reina, que se levantó de su silla, muerta de dolor.
—¡Perdón! ¡Perdón! Pensé que eras… Oh, joder, no sé en qué estaba pensando. Lo siento —trató de disculparse al ver el gesto de dolor en la cara de Reina, que ahora se estaba frotando la espinilla con fruición—. ¿Quieres que pida hielo? Ten, toma —dijo, metiendo los dedos en el café helado de Natsuki y extrayendo un par de hielos bañados en el líquido negro.
Natsuki no daba crédito. Empezó a reírse con tantas ganas que los comensales de la mesa de al lado las miraron.
—No tiene gracia, Natsuki —la reprendió Kumiko—. ¿No ves que le he hecho daño?
—No me rio por eso. Reina, guapa, espero que sepas que no me rio por eso —dijo Natsuki, dirigiéndose a ella para aclararlo.
—Tranquila, no lo he pensado — repuso Reina. Entonces sacó la cartera y dejó un billete de veinte euros sobre la mesa—. Espero que con esto sea suficiente —les dijo—. Ha sido un verdadero placer conocerlas, pero la verdad es que ya estoy un poco cansada de playa. Si no les importa, creo que necesito una ducha.
—¿Te vas? —inquirió Kumiko, un poco horrorizada. ¿Qué estaba ocurriendo?
¿Por qué era todo tan complicado?
—Sí. Te veo en la casa. Gracias por todo. Ha sido un placer, chicas. Ojalá volvamos a coincidir. Disfrutan del resto del día aquí.
Kazuki, Midori y Natsuki se levantaron para despedirse con dos besos y al poco tiempo Reina se fue, de regreso a la casa. Tan pronto su figura se perdió de vista, tres pares de ojos se posaron en Kumiko con suma atención.
—¡Cuéntanoslo todo! —le ordenó Natsuki, sonriendo.
Kumiko las observó sin dar crédito y sintiéndose un poco desbordada por las circunstancias. Además, ¿qué podía decirles? Si solo había sido un beso. Una pequeñez. Nada. ¿O acaso había algo más y ella no se estaba enterando?
—¿Damos un paseo? Creo que necesito estirar las piernas —dijo, esperando que Natsuki entendiera la indirecta. Kazuki y Midori le parecían encantadoras, pero no estaba dispuesta a discutir su vida personal delante de ellas.
—Claro. ¿Nos vemos luego en las toallas? —preguntó Natsuki—. Después les pago mi parte.
Las dos amigas se encaminaron entonces hacia la orilla para dar un largo paseo. Kumiko estaba tan ansiosa que ni siquiera le importó que llevaran ya varias horas en la playa. Sentía deseos de salir corriendo, ir en busca de Reina y decirle… ¿qué? No tenía ni idea, pero deseaba verla, aclarar lo ocurrido. Sin embargo, Natsuki y sus amigas habían ido hasta allí para estar con ella, así que no podía irse sin más, despedirse y salir corriendo. Habría sido maleducado por su parte.
—¿Quieres hablar de ello o prefieres caminar en silencio?
Kumiko miró hacia su derecha y vio a Natsuki, esperando una respuesta. Llevaban ya unos minutos caminando, pero seguía muda, atrapada en la turbina de sus pensamientos.
—Prefiero hablar, pero es que no sé por dónde empezar. Es todo muy confuso.
—¿Qué tal si empiezas contándome lo del beso? Eso estaría bien.
Sonrió, azorada. —Pues eso, que nos besamos.
—¿Y?
—Y nada. El problema es que no fue un beso normal. Sucedió delante de nuestras madres. —En este punto, Natsuki puso una cara indescifrable, no sabía si de espanto o de dolor—. Ya, ya lo sé, raro, pero por eso no fue un beso normal. Creo que Reina lo hizo para que nuestras madres nos dejaran en paz. Se piensan que estamos liadas o yo qué sé.
—Sí, lógico. Y como vuestras madres creen que estáis liadas, lo normal es corroborárselo dándoos un beso. ¿No? —apuntó Natsuki con sarcasmo.
—No, no es eso. Me parece que Reina lo hizo solo para fastidiar a su madre y yo…
—Y a ti te gustó…
—Sí, pero ese no es el problema. Ella está enfadada porque cree que a mí no me gustó.
Natsuki arrugó la frente. —¿Pero no me acabas de decir que te dio un beso para fastidiar a su madre?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué le molesta que no te guste?
—Es complicado…
—Kumiko, creo que me estoy perdiendo. ¿Por qué no empiezas por el principio y me lo cuentas despacio? Nada de lo que dices tiene sentido.
Suspiró hondo. Incluso si se lo contaba, seguiría sin tener sentido, nada parecía tenerlo últimamente, pero entendía la confusión de su amiga: necesitaba empezar de cero, tal vez desde el mismo día en el que llegó a Nagoya. Contarle su conversación con Midori. Sus sensaciones cuando se quedaron encerradas en el baño. Los retos velados del día del concierto. La extraña actitud de sus madres y, finalmente, el beso de la discordia. Nunca en la historia un beso había producido tanto drama como el que se habían dado ellas. O, al menos, esto era lo que pensaba Kumiko mientras se lo relataba todo a Natsuki, mientras paseaban por la orilla de la playa. Cuando terminó se dio cuenta de que habían caminado tanto que ya no era capaz de distinguir el sitio donde habían dejado sus toallas.
—Y eso es todo —dijo, perdiendo la mirada en una embarcación a pedales en la que iba una pareja—. ¿Tú lo entiendes? A lo mejor puedes arrojarme algo de luz.
—Por supuesto que lo entiendo. Está todo clarísimo.
—¿Ah, sí?
—Sí. Yo creo que Reina es la típica hetero confundida y muy necesitada de gustarle a alguien ahora que lo ha dejado con su novio. Le pasa a mucha gente — opinó Natsuki.
—Pero eso no tiene ningún sentido — protestó Kumiko—. Es un comportamiento más propio de personas inseguras y no veo que Reina lo sea.
—Bueno, quizá no lo sea, pero a lo mejor está atravesando una fase de baja autoestima. Y ahora está dolida porque no ha tenido el efecto en ti que esperaba.
Kumiko recapacitó un poco sobre lo que le estaba diciendo su amiga. Conocía poco a Reina, pero aquella imagen de mujer despechada que busca el halago de cualquiera, no le parecía propio de ella. Con todo, escuchó a Natsuki con atención. A fin de cuentas, no tenía nadie más con quien hablarlo y necesitaba ver las cosas desde otro ángulo.
—Si yo fuera tú, dejaría que se le pasara —siguió diciendo Natsuki—. Ahora está enfadada, pero se calmará cuando entre en razón.
—O no. Estamos encerradas en esa casa. Todo se vuelve muy tenso. Es horrible. Además, no me gusta que esté enfadada conmigo.
—Oh, oh…
—¿Qué?
—Por favor, dime que no te has enamorado de ella. Por favor, por favor, por favor…
—¡Claro que no me he enamorado de ella! —se soliviantó Kumiko.
—¿Seguro?
—¡Segurísimo!
—Pero la has besado…
—Sí. Y lo volvería a hacer si no fuera hetero. ¿Por qué no la besas tú por mí? —bromeó Kumiko.
—Oh, no me importaría, créeme, la chica está para besarla y mucho más — bromeó Natsuki—, pero no acostumbro a estar con mujeres emocionalmente inestables. Demasiado drama.
Kumiko sintió que sus pies se hundían en la arena y sin querer recordó su conversación previa con Sumiko. No le había hablado a Natsuki de este tema y deseaba saber su opinión:
—Ahora en serio, lo que ocurre es que me importa, me cae bien, y no me apetece estar todo el día a la gresca. Eso es todo —comentó, sin creerse del todo sus palabras. En cualquier caso, ahora no le apetecía detenerse a pensar sobre el alcance de sus sentimientos hacia Reina—. Además, no me quiero ir así.
—¿Te vas?
—Mi jefa me llamó el otro día…
—¡Kumiko! ¡Me prometiste que no ibas a…
—¡Es una gran oportunidad! —le cortó Kumiko—. Y esta vez está dispuesta a ponerlo por escrito. Tengo casi un ascenso asegurado.
Natsuki la miró con suspicacia. Como era normal, no acababa de creerse que Charo cumpliría con su palabra. Sus promesas solían caer en saco roto y las esperanzas de Kumiko caían con ellas. Pero aun así, su amiga celebró que estuviera tomando las riendas de su vida.
—Pero si me voy, me gustaría irme de otra manera. Que las cosas acabaran bien con Reina —le explicó Kumiko—. No sé por qué, pero es importante para mí.
—Pues entonces tienes que hablar con ella. Si dices que es una persona racional, te escuchará y lo entenderá. Sé franca. Dile que no te apetece un rollo de verano, que no eres de esas, y ya está. Recuérdale que solo está confundida. Al final le estarás haciendo un favor.
—Sí, a lo mejor tienes razón.
—La tengo. Siempre tengo razón, pequeña —replicó Natsuki con una sonrisa.
Lo entenderá. Lo entenderá. Lo entenderá.
Kumiko se iba repitiendo las palabras que Natsuki le había dicho en la orilla mientras se dirigía de vuelta a la casa.
Veinte minutos antes se había despedido de las tres amigas, y sin embargo seguía allí parada, a escasos metros de la verja de entrada, merodeando la calle arriba y abajo, mientras destrozaba sus uñas a mordiscos.
Estaba nerviosa. Histérica. La idea de entrar y llamar a la puerta de Reina se le hacía cuesta arriba. ¿Y si no quería hablar? ¿Y si se negaba a abrirle? O peor aún: ¿Y si los padres habían regresado ya de la playa? ¿Dónde hablarían entonces? ¿Sentadas sobre su cama con la puerta cerrada? Una imagen tan simple como esa hizo que un acceso de sudor frío le recorriera la espalda. Miró el reloj con nerviosismo. Era temprano todavía, no podían haber vuelto. Salvo si alguien se ha puesto indispuesto, claro. O si han tenido un accidente. Pon que a uno de ellos le picara una medusa en la orilla o le diera una insolación por no haberse echado protector solar. O que mi padre insistiera en salir a hacer windsurf y se hubiera caído de la tabla. Buitres. Sí, o incluso gaviotas. Esos animales pueden ser muy sanguinarios a veces. ¿Y si una gaviota había atacado el ojo de Maki pensando que era una aceituna y se lo había arrancado de cuajo? ¿Qué harían entonces? ¿Ir al hospital o irían antes a la casa a recoger su cartilla de la seguridad social?
—¡Joder! —exclamó en voz alta.
Para... ¡Te estás volviendo loca!
¿Qué estupidez es esa de gaviotas que arrancan ojos a los veraneantes? Entra en la casa, llama a su puerta, habla con ella. Por ese orden. Ya.
Volvió a respirar hondo y se dirigió hacia la verja, procurando no hacer ruido. El factor sorpresa le pareció importante en ese momento, aunque no sabía muy bien por qué. Atravesó el corto sendero que conducía a la entrada y abrió la puerta, también despacio, y sonrió con alivio al comprobar que la casa estaba en silencio. Ni un alma. Podía ocurrir que ni siquiera estuviera Reina.
Fue hasta su habitación con el corazón en un puño y frunció el ceño cuando se encontró la puerta abierta. Reina no estaba allí. Tampoco en el baño, el salón o la cocina. Estiró la cabeza para mirar por la ventana y percibió su silueta en el jardín. Estaba regando las plantas.
Kumiko carraspeó y fue hacia ella, rezando para que estuviera receptiva. A lo mejor la que acababa sin un ojo era ella y por motivos muy diferentes a la picadura de una gaviota. Cuando estaba a punto de saludarla, se tropezó sin querer con una maceta y el ruido llamó la atención de Reina, quien arqueó una ceja al ver que Kumiko estaba blasfemando.
—¿Te has hecho daño?
—Un poco.
—Siéntate, anda. Eres un desastre. — Reina se acercó para inspeccionarle el pie. Tenía un dedo enrojecido a causa del golpe. Había golpeado la maceta calzada con sandalias—. Tiene mal aspecto, pero sobrevivirás. Como mucho, se te caerá la uña.
—¿Es tu opinión experta como doctora?
Reina sonrió con timidez. Algo era algo, pensó. —Sí, más o menos —dijo y se levantó para seguir regando las plantas.
Parecía más calmada y esto consiguió darle impulso. Aunque había aprendido que con Reina una nunca podía estar segura. Lo mismo estaba de buen humor que al minuto siguiente estallaba por motivos incomprensibles. Tenía carácter y eso le gustaba, pero al mismo tiempo también la aterraba.
—¿Tienes un momento? Me gustaría que habláramos —consiguió decir, con un nudo en el estómago.
Reina detuvo la regadera en el aire y arqueó una ceja. —¿Tus amigas ya se han ido?
—Hace rato.
—Bien —comentó, y siguió regando.
Todas las señales le indicaban que no era el momento para sacar el tema, pero Kumiko estaba inquieta. Quería zanjar aquello deprisa, a ser posible antes de que llegaran sus progenitores y las dos tuvieran que fingir normalidad delante de ellos. Se negaba a seguir fingiendo. Estaba agotada de hacerlo.
—Creo que deberíamos hablar — probó de nuevo.
—¿De qué? —dijo Reina. Su tono era ligeramente crispado, cosa que provocó que retrocediera involuntariamente.
—De lo que has dicho en la playa, por ejemplo. De que pienses que me dio igual el beso.
—¿Y no fue así?
—No exactamente —se defendió Kumiko. Sintió calor de repente. Se encontraba a la sombra de un árbol, pero era como si la exasperante situación lograra subir la temperatura de su cuerpo—. Vamos, Reina, sabes de sobra que el beso me gustó. Me cuesta creer que te lo tenga que aclarar.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Entonces, explícame tu reacción. Que me dieras las gracias y que hoy me hayas tratado como si fuera una extraña. Porque yo no lo entiendo, Kumiko
Con cada nueva frase que decía, el tono de voz de Reina iba subiendo varios decibelios. Kumiko tenía la sensación de que si seguían así, acabarían gritando.
Reina puso los brazos en jarra como si estuviera esperando una explicación convincente a su comportamiento.
—Tu beso me gustó, ¿de acuerdo? — le dijo, ya a la desesperada—. No te mentí cuando te dije que me había gustado. Mucho. Me pareces una mujer preciosa. Guapa, lista e interesante y por supuesto que me encantó besarte. Aunque, si te soy sincera, hubiese preferido que me besaras en otro contexto y no delante de nuestras madres. Pero ese no es el tema. Lo importante es que no puede volver a repetirse y tú lo sabes tan bien como yo. Es un callejón sin salida, Reina.
Esperó encontrar una nota de entendimiento en la postura y la expresión facial de Reina. Tardó unos pocos segundos, pero, por fin, allí estaba. Los gestos de Reina se habían relajado, eran dulces y suaves, en su estado natural, e incluso fue capaz de percibir algo de miedo en sus ojos. Parecía haber comprendido que aquello no les conducía a ninguna parte. Ella era heterosexual y estaba despechada por una ruptura reciente. Y no parecía justo para Kumiko poner en riesgo su corazón por alguien que a la larga no podría corresponderle.
Intentó decirle todo esto con la mirada, de manera dulce, y Reina pareció comprender.
—Lo sé —replicó ella por fin.
—Bien, me alegro de que lo entiendas. No quiero estar a la gresca contigo. Me quedan pocos días de vacaciones y me gustaría disfrutarlos al máximo.
Reina frunció entonces el ceño, como si no hubiera comprendido del todo una parte de esta frase. —¿Te vas? —le preguntó. Sonaba dolida.
—Tengo que regresar a la oficina. No quería comentarlo hasta que no fuera seguro, pero hay un cliente importante que se niega a tratar su campaña con otra persona. Mi jefa me ha pedido por favor que vaya y me ha prometido un ascenso. —Bajó la mirada y la fijó en el césped. No sabía por qué, pero de pronto se sintió culpable, con una extraña sensación de estar decepcionando a Reina—. Es una gran oportunidad.
—Desde luego. ¿Cuándo te vas?
—Todavía tengo que mirar el billete.
—Seguro que te irá genial. Te deseo toda la suerte del mundo. — Reina dejó entonces la regadera en el suelo y le acarició el brazo al pasar a su lado. Después se metió en la casa y Kumiko se quedó sola en el jardín, acompañada tan solo por un horrible sentimiento de vacío.
Si en teoría estaba tomando la decisión correcta, ¿entonces por qué se sentía tan mal? Meneó la cabeza, sin comprender. Había ido a hablar con ella para aclarar las cosas y la sensación que tenía ahora era que las había enredado todavía más.
Lectores anonimos: Muchas gracias
Pd: Tengo pagina de facebook por si quieren leer doujin traducidos de love live, symphogear, Mai hime, los espero con ansias, me pueden encontrar como: Mapache Curioso, espero su visita ansiosamente.
Pd: Si quieren otra historia adaptada o traducida no duden en pedirla.
