16. Asuka…

—Por eso no te preocupes, yo me encargo del billete. Le diré a Kazuki que te lo gestione. Va a ser fabuloso, ya lo verás. Te esperamos.

Kumiko asintió con la cabeza. Se despidió de su jefa y dejó el móvil sobre la encimera de la cocina. Ya estaba hecho. Sumiko se encargaría de abonar el billete y le haría saber hora y fecha tan pronto lo tuviera en sus manos.

Las risas se escuchaban desde el interior de la casa. Kumiko descorrió la fina cortina de hilo y vio a Mamiko, atacando con una pistola de agua a Reina, que corría por el jardín para intentar zafarse de su hermana pequeña mientras Sakura intentaba poner orden. Ese día se habían quedado todos en la piscina, hartos de tanta playa. Kumiko se fijó en el moreno que lucía toda su familia. Varios días al sol les habían dado un aspecto saludable, incluso ella tenía ahora buen color.

La escena era de lo más cotidiana: dos familias pasando el día a los pies de la piscina. Había risas, conversaciones cruzadas, juegos y reinaba la paz. Todos parecían felices y, sin embargo, al contemplar la escena, se sintió ajena, como una espectadora que la estuviera observando a hurtadillas. Este pensamiento consiguió entristecerla. Los días anteriores había estado segura de que darle el "sí" a Sumiko era la mejor decisión. Natsuki estaba de acuerdo. A su madre le parecía una excelente idea:

«Por fin el ascenso que tanto deseabas». Aunque a regañadientes, Sakura estaba conforme con su marcha precipitada. Y a pesar de todo, la duda y la tristeza se habían instalado en su corazón. Quién iba a decírselo… unas semanas antes estaba deseando irse de allí, poner tierra de por medio con Reina y su familia, y ahora le sucedía justo al contrario: iba a echarlos de menos.

Kumiko sabía que gran culpa de esto la tenía Reina y su nueva, aunque todavía inestable, amistad con ella. ¿Amistad? Sí, bueno, algo así, pensó al verla correr por el jardín. Mamiko la había alcanzado y las dos estaban inmersas en una lucha encarnizada cuerpo a cuerpo. Al final se cayeron a la piscina y salpicaron a Maki, que acabó empapada en su tumbona, protestando. Kumiko sonrió con diversión y entonces Reina emergió del agua, todo sonrisas. Tenía una sonrisa preciosa y estaba espectacular, preciosa. A Kumiko le encantaba observarla así, al natural, muy lejos de la imagen que solía preparar cada día en el espejo. Esta era la Reina que más le gustaba, la que hacía que su corazón palpitara con fuerza, por quien siempre había sentido algo, ahora lo sabía. Reina le hizo entonces una aguadilla a Mamiko, que sumergió la cabeza entre chapoteos y protestas. «¡Te lo tienes merecido, pequeña villana!», le gritó Reina, entre risas. Y Kumiko volvió a sonreír, comprendiendo la fascinación que empezaba a sentir por su excompañera de clase. Le gustaba todo de ella, incluso esa relación semi maternal que había establecido con su hermana pequeña.

Entonces, como si la realidad le hubiera golpeado de pronto, meneó la cabeza, desconcertada por sus propios pensamientos. Aquello tenía que cesar. No podía seguir pensando en estos términos de Reina. En breve ella regresaría a Tokio y tendrían que despedirse. Reina retomaría su vida en Hokkaido, tal vez regresara con Shuichi o conociera a otro hombre que la haría un poco más feliz. Y por su parte, Kumiko tendría que hacer lo mismo. Dejaría en Nagoya la planta de Asuka, ya no la necesitaba, es más, su presencia conseguía irritarla. Pasaría página e intentaría recomponer su vida muy lejos del recuerdo de Asuka o incluso del de Reina. Era un capricho veraniego, nada más. En cuanto regresara a Tokio, todo volvería a su sitio, las cosas serían como antes. ¿Pero cómo qué?, pensó, un poco desconcertada.

La vida fabulosa que otros imaginaban no existía en realidad. Su trabajo le gustaba, pero no tanto como para aguantar la bipolaridad de Sumiko a todas horas. Y su vida en la capital consistía, básicamente, en la supervivencia: llegar a fin de mes, trabajar a destajo, quedar con los pocos amigos que tenía solo de manera ocasional, conocer a mujeres que prometían mucho inicialmente y que luego siempre acababan decepcionándola… No, en Tokio no aguardaba por ella nada especial. Su vida distaba mucho de ser fabulosa y ni siquiera un ascenso podría parchearla.

Ayudaría, claro que sí, al menos económicamente hablando, pero también implicaría muchas más horas de trabajo, encadenarse a la rutina de Sumiko, olvidarse de fines de semana largos, de amigos, de novias, de… todo, en realidad. ¿Era eso lo que quería?

¿Para eso había estado trabajando los últimos años?

Al mirar a su familia, pasándolo en grande en la piscina, no estaba tan segura de ello. Decidió salir y sumarse a la diversión. Su padre estaba disfrutando de un sorbete de limón y su madre parecía tener un mojito en la mano. Reinaba el buen humor.

—¿Un mojito? ¿A estas horas? — preguntó, anonadada. Eran las seis de la tarde. Rokuro se echó a reír al ver la cara de sorpresa de su hija.

—¿Algún problema? —protestó Sakura—. ¿Pensabas que las jóvenes eran las únicas que se divierten?

—No, no, si yo no digo nada.

—Anda, hija, tómate un mojito y quítate esa cara de sabueso que llevas —sugirió Rokuro, yendo hacia la mesa en donde habían improvisado un minibar cargado de hielo picado, ramas de hierbabuena y azúcar.

Kumiko lo observó y prefirió no objetar nada. Sabía que no procesaba demasiado bien el alcohol a esas horas, con el estómago vacío, pero no le vendría mal animarse un poco. Se sentó en una tumbona que quedaba libre al lado de su madre.

—¿Va todo bien? Tienes mala cara — se interesó Sakura.

Kumiko se encogió de hombros. —He estado hablando con Sumiko. Va a hacerse cargo ella del billete, así que ya está hecho. Me voy —afirmó, suspirando con congoja.

Sakura miró a su hija, sorprendida. La conocía lo suficiente para saber cuándo necesitaba la atención de su madre y aquel era el momento.

—Ven, demos un paseo mientras tu padre te prepara el mojito —le propuso con ternura.

—Pero…

—No discutas. Tu madre también tiene derecho a pasar un rato contigo.

Kumiko refunfuñó pero se puso en pie igualmente, mientras su madre se dirigía hacia el fondo del jardín. La perrita las siguió entusiasmada, pidiendo atenciones. Kumiko cogió una pelota del suelo y empezó a lanzársela para que corriera a recogerla.

—¿Qué es lo que te preocupa? —le preguntó Sakura en susurros, mientras se alejaban de la zona en donde estaban los demás.

Kumiko no pudo evitar captar la mirada interesada y curiosa de Reina, que no perdía detalle de toda la escena.

—Nada, no sé.

—Pero pareces triste por la llamada de Sumiko. Pensaba que deseabas ese ascenso.

—Y así es. Llevo muchos años trabajando para lograrlo. Me lo tendría que haber dado hace tiempo, pero no sé, a veces me entran dudas. ¿Sabes esa

sensación de desear mucho una cosa y sentirte un poco perdida cuando por fin la has conseguido?

—Sí.

—Pues es algo así —le resumió Kumiko—. O, al menos, eso creo —dijo, agachándose para recoger la pelota que le había traído Lana. La lanzó de nuevo y aprovechó la ocasión para mirar en dirección a la piscina. Sus ojos se encontraron entonces con los de Reina, detalle que Sakura no perdió de vista.

—¿Todo esto tiene algo que ver con Reina?

—Mamá, por favor, no empieces.

—¡Solo pregunto! Aunque no lo creas, no estoy para nada en contra de

que hayán… —Sakura dudó unos segundos, como si no supiera cómo expresar aquello—… estrechado lazos, por decirlo de alguna manera.

—No hemos estrechado nada. Tan solo hemos enterrado el hacha de guerra. Y no te preocupes, Reina solo me besó para fastidiar a su madre. Le siguen gustando los hombres más que a un tonto un lápiz.

—Y ese es el problema, ¿verdad? — Los ojos de Sakura se entrecerraron con suspicacia.

Kumiko sintió que se ponía tensa. No estaba acostumbrada a mantener ese tipo de conversación con su madre. Ella nunca había querido saber nada de su vida. La respetaba, pero se mantenía convenientemente al margen. Así había sido desde el principio y como eso, otras muchas cosas, como por ejemplo, su vegetarianismo. Todo aquello que Sakura no comprendía en su hija, pasaba a convertirse en un tabú, así que Kumiko no entendía aquella repentina actitud de madre preocupada y protectora. Había deseado muchas veces que ocurriera, pero no estaba segura de que llegara a tiempo.

—La verdad es que no sé si me apetece hablar de esto, mamá —le contestó con sinceridad. No deseaba herir sus sentimientos, por lo que eligió una fórmula amable.

—Bueno, como tú quieras, pero has de saber que no me opongo a lo que sientes por Reina. Me parece una chica encantadora —dijo Sakura, mirando a la hija de los Kousaka por encima del hombro de su propia hija. Reina acababa de tumbarse al sol—. Y sé que, a pesar de todo, su madre opina lo mismo de ti. Lo hemos hablado.

—¿Han hablado de esto? —se escandalizó Kumiko. Odiaba estar en boca de los demás, especialmente de sus madres.

—¡Por supuesto que sí! ¿Qué te has creído? Somos sus madres. Nos preocupamos.

—Pues no hay nada de qué preocuparse. Ya te lo he dicho: a Reina le gustan los hombres. Fin de la historia —comentó Kumiko con resquemor, pensando que ojalá la realidad fuera de otro modo.

—¿Y si te digo que no lo veo así? ¿Y que su madre tampoco?

—¿Qué quieres decir? —Kumiko frunció el ceño. Estas palabras despertaron su interés.

—No lo sé, hija. Una madre puede ver estas cosas. Me da miedo que Reina tenga dudas y acabe haciéndote daño, pero la forma en que te mira… no sé. Lo único que sé es que nadie mira así a otra persona si no siente lo mismo. Y te lo está diciendo tu madre.

—¿La misma que no quiso saber el nombre de mi exnovia?

—Esa misma. —Sakura sonrió con

tristeza—. Sobre eso… Creo que deberíamos cambiar un poco ambas, ¿no te parece? Yo desearía implicarme un poco más en tu vida, interesarme sin juzgar, aunque no siempre te comprenda. Y tú podrías confiar un poco más en tu madre. A mí por lo menos me gustaría. Me he pasado los últimos días queriendo hablar contigo de esto, pero nunca encontraba el momento. Me alegro de que haya surgido ahora. Te quiero, hija.

Kumiko abrió los ojos con sorpresa.

¿Aquello estaba pasando de veras? ¿Su madre se había vuelto una…. madre después de todo? ¿Qué había operado este cambio? Kumiko sintió que se le formaba un nudo en la garganta.

—Por supuesto, no tienes que estar de acuerdo conmigo —sugirió Sakura, interpretando mal su silencio—. Entendería tus reservas, pero solo quiero que sepas que estoy aquí, que lo entiendo, y que no pretendo cambiarte por nada del mundo. ¿De acuerdo? —le dijo, acercándose a ella para darle un abrazo.

Kumiko sintió que se quedaba tiesa, petrificada, mientras su madre la abrazaba con inmensa ternura y le daba un beso en la frente. No sabía qué decir. Las preguntas se sucedían en su mente y eran tantas que ninguna de ellas quería salir primero. Aunque una sí lo hizo:

—¿A qué viene este cambio tan repentino?

Sakura se ruborizó un poco, algo impropio de una mujer orgullosa y con carácter como ella.

—Digamos que he estado hablando mucho con tu padre y especialmente con Maki. Ella me ha hecho ver ciertas cosas que he estado haciendo mal todo este tiempo. Y envidio la relación que tiene con Reina, al menos la que tenía hasta hace unos días. Me he dado cuenta de que he permitido que las diferencias me distancien de mi propia hija y me gustaría que cambiáramos eso. ¿Crees que… —vaciló—. ¿Crees que es demasiado tarde? ¿Podríamos empezar de cero?

Kumiko sonrió. Todavía estaba un poco asombrada, pero el cambio de actitud de su madre le parecía positivo. Le iba a costar creérselo, pero en ese momento no encontró rencor en su corazón. Cuando Sakura la miró a los ojos supo que estaban comenzando a escribir una nueva página. Empezando una relación más sana. Mejor.

—Sí, claro que sí. Podemos.

—Bien, con eso me basta por ahora —dijo Sakura, claramente aliviada de que esta hubiera sido la respuesta. Cogió a la perrita en brazos y le acarició detrás de las orejas—. Y respecto a Reina…

Kumiko puso los ojos en blanco.

—¡No, escúchame, soy tu madre y por tanto soy más sabia que tú! Aunque solo sea por edad.

—Dime —refunfuñó Kumiko—. Pero dímelo rápido. Nos está mirando y no quiero que sepa que estamos hablando de ella.

—Bien. Solo quiero decirte que no sé lo que sientes por Reina, pero si crees que es para ti, te dejes de tonterías. Heterosexual, homosexual, bisexual… no son más que etiquetas, hija. Lo que importa es lo que sintáis la una por la otra, ¿de acuerdo? Así que no dejes que el miedo te paralice. ¿Me prometes que pensarás sobre ello?

—Te lo prometo —replicó Kumiko, a regañadientes, todavía perpleja. ¿Quién era esa mujer y qué había hecho con su madre?

—Perfecto. Pues eso es todo lo que quería decirte. Venga, volvamos, tu mojito ya estará caliente.

Se encaminaron de nuevo hacia la zona de la piscina. Ya estaban casi en la parte donde todos tomaban el sol tranquilamente. Kumiko pudo divisar su mojito, derritiéndose sobre una mesita plegable. Se sentó sobre la misma tumbona, sus pensamientos demasiado confusos para mirar a Reina o siquiera a su madre, que se tumbó a su lado. Kumiko se miró los pies descalzos, absorta, sin saber qué estaba pensando. Y entonces escuchó la voz de su madre, dirigiéndose a ella de nuevo:

—¿Cómo se llamaba?

Se giró hacia ella. La miró sin comprender.

—Tu ex. ¿Cuál era su nombre? —le aclaró Sakura, incorporándose mientras se ponía las gafas de sol sobre la cabeza.

—Asuka.

—Asuka… —repitió, como si el nombre se le hubiera enredado en la punta de su lengua. Acto seguido, Sakura se puso de nuevo las gafas de sol y se tumbó, sin mediar otra palabra.

Kumiko no aguantó mucho más tiempo en la piscina. Se bebió su mojito en silencio, observando a Reina tras sus gafas de sol, agradecida de que los cristales fueran ahumados y nadie pudiera percatarse de dónde (en quién) tenía fija la mirada. El alcohol empezó a tener efectos repentinos y rápidos. Como no estaba acostumbrada a beber a aquellas horas, debido a la mezcla del mojito con la fuerza del sol, se le estaba subiendo a la cabeza y se sintió mareada de inmediato.

—¿A dónde vas? —le preguntó Sakura cuando vio que se levantaba de pronto.

—Dentro. Me está sentando mal tanto sol.

—Hija, si ya son las siete y media. Efectivamente, eran las siete y media, pero un sol amarillo y devastador brillaba en lo alto. Kumiko no podía entender la resistencia de los demás a ese calor insoportable. Miró a su madre, como queriendo decirle «no empieces de nuevo» e Sakura captó enseguida el mensaje:

—Está bien, ya me callo. Lo entiendo. Ve dentro y te refrescas un poco.

Kumiko asintió y se abalanzó sobre la nevera. Sentía tanta sed que estuvo a punto de acabar el contenido de una botella entera de agua.

Desconocía cuáles eran los planes del resto, pero ella tenía ganas de darse una ducha y poco más. Midori le había escrito. Quería verla esa noche. Había quedado con los demás, sus otros amigos del instituto, pero no le apetecía demasiado el plan. Las palabras de su madre, su opinión acerca de ella y Reina, seguían en su interior y parecía incapaz de centrarse en otra cosa. ¿Y si tenía razón? ¿Y si en realidad solo estaba muerta de miedo y el terror provocaba que se perdiera algo fascinante? Por otro lado, tenía la opinión de Natsuki, totalmente opuesta a la de su madre. Natsuki pensaba que Reina solo estaba atravesando una fase de mujer despechada, necesitada de atención. Cualquier tipo de atención, incluso la de una mujer. ¿A quién de las dos debía creer?

Abrió el grifo y se dio una larga ducha para aligerar los efectos del alcohol. De manera paulatina sintió un gran alivio, como si su cabeza volviera a estar sobre sus hombros y no flotando en el aire, desprendida de su cuello. Al salir de la ducha, se tropezó con su hermana Mamiko, que se dirigía rápidamente hacia su habitación:

—¿Te vas con ellos? —le dijo a la carrera.

—¿Con quiénes? —preguntó Kumiko, desconcertada.

—Papá y mamá tienen una cena con los vecinos. Creo que los Kousaka también van. Así que yo voy, he quedado con Hiro.

¿Y Reina? ¿Ella también?

—Creo que paso. Tengo planes con Midori.

—Oh, Midori, ese ser tan apasionante… —se burló Mamiko.

—Enana, no te pases…

—Hey, yo no digo nada. Si te gustan las personas raras, te gustan las personas raras —dijo la menor, elevando las manos en señal de inocencia—. Pero que sepas que Reina no va. Y creo que está libre. Allí que ya sabes, tigre —añadió, guiñándole un ojo.

Mamiko no le dio opción a réplica. Antes de que pudiera contestar, ya se había metido en su habitación y había cerrado la puerta. Kumiko se quedó unos segundos meditando sus opciones en el pasillo. La situación le resultaba tentadora… una vez más, Reina y ella se quedaban solas, sin planes reales, mientras sus padres y su hermana abandonaban el nido familiar. Y a ella le apetecía poco quedar con Midori y los demás. Se enzarzarían en un debate sobre videojuegos, series, cómics y películas, y hacía meses que no tenía tiempo para emplearlo en ninguna de estas aficiones. Se aburriría, eso lo tenía claro. La opción de estar con Reina le resultaba mucho más apasionante, por razones obvias.

Podía sugerirle una cena en una terraza, dar un paseo o preparar algo juntas en la barbacoa del jardín. No obstante, solo de pensar en ello su corazón se aceleró. Se sentía tan nerviosa ante la posibilidad de pasar un tiempo a solas con Reina, lejos de las miradas de sus padres, de las burlas de su hermana, que no fue capaz de dar ni un solo paso. Y era absurdo. Habían pasado muchos momentos a solas. En la playa, en el faro, en la piscina, bajo las estrellas, en la ducha… ¿Por qué ahora se le hacía tan cuesta arriba?

Porque todo ha cambiado. Tú. Ella. Tu opinión sobre ella. Por eso. Y estás acojonada, reconócelo. Temes que si estás a solas con ella, se te vaya de las manos.

Eso estaba pensando cuando Reina apareció en el pasillo, cargada con una toalla.

—Oh, perdona, no sabía que estabas aquí —se disculpó. Y era una disculpa extraña. En realidad no había interrumpido nada, ni tampoco se suponía que no debiera estar allí.

Se miraron avergonzadas. Kumiko estuvo a punto de retirar la mirada, pero entonces Reina le sonrió con dulzura.

—¿Te has duchado ya?

—Sí, creo que el mojito se me subió un poco a la cabeza con tanto sol. Necesitaba refrescarme —contestó Kumiko.

Se hizo entonces el silencio. Un silencio denso, palpable, extraño, como si ninguna de las dos quisiera moverse, pero tampoco supieran cómo permanecer allí, en el pasillo, mirándose. Kumiko estaba tan rígida que le pareció que acababa de convertirse en una figura de hielo. Sentía tanta atracción hacia Reina que en ocasiones le parecía que podría abrasarse si daba cualquier paso en falso. Así que prefirió quedarse inmóvil, como una estaca, sin ninguna expresión facial que la delatara.

—¿Tienes planes para esta noche? — se interesó entonces Reina—. Creo que nos volvemos a quedar solas… — sugirió con una sonrisa. La idea no parecía incordiarla en absoluto.

—Mi amiga Midori pretendía que quedáramos, pero, si te soy sincera, no tengo muchas ganas.

—¿Te apetecería cenar conmigo? — comentó de pronto Reina. Y su gesto mutó enseguida, como si se arrepintiera de haber formulado aquella pregunta tan rápido—. Como amigas, me refiero. Nada… raro, ya sabes —añadió, avergonzada.

Kumiko rio. Le parecía enternecedor que Reina sintiera la necesidad de aclarar este punto. Quería decir que no, su parte racional le aconsejaba hacerlo, pero la tentación era mucho mayor. Y además, ¿para qué negárselo más tiempo? Quería estar con Reina. Si ponía en un peso de una balanza irse de cena con ella y en el opuesto la posibilidad de pasar la noche con Midori y los demás… la balanza se desequilibraba por completo.

—Si no quieres, no pasa nada…

—Claro que quiero —se apresuró a decir para evitar malentendidos—. ¿A dónde te apetecería ir?

—¿Sushi? Hace mucho que no voy y hay una terraza allí que es preciosa. Podríamos comer algo, tomar unas copas. No sé, es jueves. Seguro que hay ambiente.

Sí, era jueves, pero en ese momento pensó que no le hubiera importado que fuera lunes y al día siguiente tuviera que madrugar para ir a trabajar. Le habría dicho que sí en cualquier circunstancia.

—Suena bien. —Kumiko consultó su reloj—. ¿Quedamos a las nueve?

—Sí, iremos en mi coche.

—Perfecto. A las nueve, entonces.

—Bien.

Se separaron en ese preciso momento. Reina se metió en la ducha y Kumiko se fue corriendo al salón, en busca de algo que ponerse. Era una cena informal, de

amigas, pero no podía ir hecha un adefesio. Quería estar guapa, radiante, espectacular. Quería que aquella noche Reina solo pudiera mirar en una dirección: la suya.

Nerviosa e ilusionada, empezó a rebuscar en su maleta. Creía tener exactamente lo que estaba buscando. Cuando lo extrajo del fondo, se sintió pletórica.

Prepárate, Reina, porque hoy no podrás mirar a ninguna otra persona.

Lectores anonimos: Muchas gracias

Pd: Tengo pagina de facebook por si quieren leer doujin traducidos de love live, symphogear, Mai hime, los espero con ansias, me pueden encontrar como: Mapache Curioso, espero su visita ansiosamente.

Pd: Si quieren otra historia adaptada o traducida no duden en pedirla.