Kahori
Inuyasha
No tuve reparo en mostrar mi sorpresa, aunque la realidad era que estaba más confundido que sorprendido. ¿Acaso me estaba pidiendo que le relatara la historia de como la había salvado de las garras de Bankotsu o...? Entonces lo comprendí.
El buen Taisho, amante de los humanos, al rescate de otra mujer.
Otra mujer...
Kagome estuvo consciente todo el tiempo en el que Bankotsu y yo peleamos y eso implicaba que había visto todo lo sucedido. Si, todo. Desde la manera en la que atravesé su pecho hasta la resistencia sobre humana que ambos mostramos.
Ella supo todo este tiempo que yo...
No estaba seguro de si ella ya había sacado sus propias conclusiones sobre lo que ese idiota y yo éramos en realidad, pero estaba claro que pensaba cosas. Kagome Higurashi no era una niña tonta, por el contrario, era mucho más lista de lo cualquiera podría llegarse a imaginar.
- ¿Del ser no humano que salvó a una joven? - traté de hacerme el desentendido. - ¿Te gustan las historias de fantasía?
- Tal vez. - me sonrió, acomodándose en la cama al mismo tiempo en que cerraba sus ojos. - Me gustan... las historias que pertenecen a una época lejana a la mía.
Maldición, ¿realmente se había dado cuenta de todo con sólo una pequeña frase de ese imbécil?
- ¿Por qué crees que yo sabría una historia como esa?
- No lo se... ¿Qué esperas? Te escucho.
Dudé. Dudé bastante por el hecho de que esa historia era parte de uno de los capítulos más dolorosos de mi vida. Un capítulo en el que, por unos momentos, mi vida estuvo a punto de dar un giro de 180°, pero finalmente no sucedió, al menos no de la manera en la que yo hubiese deseado que sucediera.
- Había una vez... un demonio. - cerré mis ojos, maldiciéndome mentalmente por haber comenzado a hablar. - Un joven demonio solitario... el cuál se pasaba los días vagando por el bosque, buscándole sentido a su vida. No porque esta fuese aburrida, si no porque no había ningún propósito en sus día a día. Era hijo del demonio más poderoso de la zona Oeste, vivía rodeado de lujos y con todas sus necesidades cubiertas, no tenía subordinados a cargo ni grandes deberes a los que atender, y eso lo hacía sentirse vacío, hasta que la conoció a ella.
Inicio del flashback.
- Keh, no comprendo. - murmuré, mirando aquella espada vieja y oxidada. - ¿De que me servirá esta cosa si ni siquiera cortaría el pan más blando del universo?.
- Nuestro padre fue claro al entregarnos las espadas. - lo miré y noté que también estaba observando a Tenseiga. - Cada una tiene un uso especial y... sólo lo descubrirás cuando sea necesario. - comenzó a adentrarse en el bosque.
- Oye, ¿a donde te vas?
- Como el mayor de los hijos de Taisho, tengo muchas más responsabilidades que tú, imbécil.
- Pues jódete, ¿Quién te mandó a nacer primero?
Esa no era la verdadera razón de que Sesshomaru tuviese más obligaciones que yo, ya que ello estaba directamente relacionado al hecho de que él era hijo de una princesa demonio y mi padre, mientras yo era producto de la unión de Toga Taisho y una humana que no fue convertida.
- Bien... ¿Tessaiga? Feh, hasta de tu nombre me olvidé. Muéstrame que tan...
Antes de que pudiese terminar la fase un ligero olor a sangre llegó a mi nariz.
Sangre humana.
Ingresé en lo profundo del bosque siguiendo aquel olor, después de todo, si se trataba de un humano que se encontraba a manos de un demonio, podía salvarle la vida sin más y luego regresar a mi intento de entrenamiento con esta espada vieja.
Un intenso brillo morado se elevó, contrastando con los cálidos naranjas del atardecer y mis ojos se abrieron notablemente ante la imagen que se posó frente a ellos.
Una joven mujer acababa de dispararle una flecha a lo que parecía ser un oni del tamaño de un gigantesco árbol. Producto de aquel impacto, uno de sus brazos había caído al suelo y eso no le había agradado para nada. Ella se veía cansada y herida, se le notaba en su respiración errática, en la suciedad de su rostro y en las marcas de sus brazos. Seguramente aquel ser había logrado alcanzarla en una oportunidad al menos.
- Bastardo. - pronunció, apretando los dientes al mismo tiempo en que disparaba una nueva flecha, aunque su voz no dejó de sonar dulce en mis tímpanos.
Parte del cuerpo del demonio explotó, sin embargo, su cabeza estaba a punto de caer sobre ella y, sin dudarlo, tomé la espada la cual se transformó en el mismo momento en que me interpuse entre los dos, despedazando la cabeza de aquel ser.
Caí de cuclillas, observando el arma entre mis manos. Su aspecto era completamente diferente al que poseía segundos atrás. Su hoja se veía resplandeciente, como si hubiese sido forjada ese mismo día. Incluso el mango se veía distinto.
¿Qué demonios pasó?
- ¿Quién eres? - voltee, reparando en la presencia de la joven de la que ya me había olvidado. ¿Por qué me salvaste? ¿Acaso también estas en busca de la Perla de Shikon?
- ¿La perla de quién?
- No te hagas el gracioso conmigo, demonio. - empuñó su arco, apuntándome directamente al pecho.
- ¿Cómo sabes que soy un demonio?
- Tú energía demoníaca sería imposible de ocultar. Eres un yokai y de un rango alto.
Sonreí ante ese comentario.
- Ya comprendo, eres una sacerdotisa, ¿verdad?
Y, para ser honesto, debería haberme dado cuenta por la vestimenta tradicional que poseía y por aquella energía purificadora que desprendía, todo eso ignorando la presencia del arco entre sus manos.
- Pues, no sabía que ustedes agradecían con amenazas.
- No respondiste a mi pregunta, ¿también estás en busca de La Perla de Shikon?
- De hecho, si, si te respondí, pero eres tan tonta que no te das cuenta.
- Lárgate si quieres vivir.
- ¿De verdad me tratas de esta manera después de que te salvé la vida? - sonreí.
- Tu altanería no merece agradecimiento. - entrecerró sus ojos. - Además, no confío en los demonios.
- Puedo entender eso. - guardé la espada, mostrándole que no sentía el deseo de luchar. - Puedes estar tranquila, no me interesa ni esa cosa que nombraste ni volver a saber de ti. - voltee. - Sólo trata de ser más precavida la próximas vez que luches con un demonio o de lo contrario terminarás muriendo con él.
- Eso no tendría porque importante.
No volví a responderle ni voltee a observarla, sin embargo, sabía que ella si se había quedado mirándome a mi mientras me alejaba.
Fin del flashback.
- A pesar de haberle dicho que no quería volver a verla... ya no pudo sacarse la imagen de su rostro de la mente.
- ¿Era bonita? - preguntó con un tono de voz bajo.
- Era perfecta. - murmuré. - La mujer más hermosa que aquel demonio había visto.
- ¿Y la amabas?
- Como nunca amé a nadie. - abrí mis ojos ampliamente al darme cuenta de que había caído en su trampa. La miré con una mezcla de asombro y molesta y mi respiración se detuvo al encontrarme con su sonrisa. - Lo hiciste a propósito, ¿verdad?
Una pequeña risa escapó de sus labios y no pude evitar sonreír.
- Sabía que algo se escondía en las palabras de Bankotsu, sobre todo cuando dijo no me digas que te enamoraste de nuevo.
¡Maldición! ¿Cómo fui capaz de olvidarme de aquello?
- Bien, tú ganas. - suspiré, resignado. - ¿Contenta?
- Demasiado. - se removió, acercándose a mi hasta que su mejilla descansó en mi pecho, poniéndome más nervioso de lo que hubiese imaginado. - Al menos sé que hay un poco de corazón en el interior de este pecho.
- Keh, tonta. - desvié mi mirada.
- ¿Y?
- ¿Qué?
- ¿Crees que dormiré ahora? - nuestras miradas se encontraron y supe a lo que se refería. - Necesito saber más sobre ti y esa mujer... ¿de que época estamos hablando?
- Kagome...
- ¿Cómo fue su primera charla? ¿Qué sucedió con ella?
- Oye, cálmate, ¿si? - no podía negarlo, su curiosidad me asesinaba de ternura. - ¿Recuerdas las reglas? No tengo que hablar sobre mi vida contigo.
- Pero ya lo hiciste. - me golpeó levemente la nariz con la yema de sus dedos. - ¿Qué más da si me dices un poco? Las consecuencias serán las mismas sin importar la cantidad de información, además... ya se que eres un demonio.
- Si que eres manipuladora. - suspiré.
- Sólo cuéntame un poco más, prometo dormirme mientras hablas.
Sonreí y me acomodé un poco en la cama con ella aún sobre mi pecho.
- Bien... te diré algunas cosas más.
Inicio del flashback.
Había pasado poco más de una semana desde que había tenido aquel encuentro con esa joven sacerdotisa y, desde ese momento, su rostro no desaparecía de mi mente.
¿Cuál será su nombre? ¿Qué es y por qué protege aquello que llaman "La perla de Shikon"?
Podía saldar esas dudas si sólo le consultaba a mi padre, sin embargo, también aquello implicaba el tener que responder otro tipo de preguntas como, "¿Por qué te interesa saber eso? ¿Qué sucede?" y, ciertamente, no tenía ganas de lidiar con ello.
Había regresado diariamente al mismo lugar en el que la salvé y, aunque sabía que ella se encontraba cerca, debido a que su aroma llegaba constantemente a mi nariz, no quería acercarme o que supiera que andaba por allí.
Agité mi espada, esperando que se transformará, pero no sucedió. De hecho, no había vuelto a suceder por alguna razón, razón que no había podido averiguar o si quiera pensar.
- ¿Estas buscando algo?
Casi caigo del árbol al escuchar aquella dulce voz. Estaba tan inmerso en mis pensamientos que no fui capaz de darme cuenta de que ella estaba a unos metros de mi.
- No. - aclaré mi garganta. - Y si así fuera, no sería de tu incumbencia.
Sonrió y el mundo se detuvo en aquel instante. Su cabello largo y negro se bamboleaba al compás de la suave brisa que acompañaba el atardecer. Sus ojos grises podían verse casi blanquecinos debido al resplandor del ocaso. Su arco y sus flechas sobre su espalda. Se veían tan hermosa que, por un segundo dudé de si era real o yo me la estaba imaginando.
- Entonces, ¿por qué vienes todos los días por aquí desde aquella tarde?
¡¿Qué demonios?! ¿Cómo sabía eso?
- ¡¿Qué dices?! - sentí el calor de mis mejillas. - Yo... yo no he venido a este sitio.
- Tal vez parezca demasiado joven a tu lado, pero he percibido tu energía diariamente y... por varias horas. - no respondí, sólo me limité a cruzar mis brazos y mirar en otra dirección. - Lamento haberte tratado de esa manera ese día y te agradezco por haberme salvado.
Mi mirada se cruzó con la suya y sentí mi corazón golpear mi pecho con fuerza, verdaderamente esta mujer era diferente de todas las que había visto.
- ¿Quieres venir? - se aceró al árbol, sentándose. - Tal vez podamos charlar.
- ¡Keh! ¿Y como puedo saber que no quieres matarme en cuanto me acerque?
- Bien. - tomó el arco y lo dejó a unos metros, regresando a su posición. - ¿Mejor?
- ¡Tonta! ¿Cómo sabes que yo no te mataré ahora que estas desprotegida?
- Has venido a este lugar todos los días, si quisieras matarme o robarte la perla, lo hubieras hecho hace mucho. - nuevamente aquella sonrisa desestabilizadora.
Gruñí pero descendí, sentándome a unos pocos metros de ella.
- Gracias. - miró al frente. - ¿Y como te llamas?
- Inuyasha. - murmuré en voz baja.
- Un placer, Inuyasha, mi nombre es Kahori.
Kahori.
No respondí, no porque no quisiera si no porque ya no sabía que decir, después de todo, aquella era la primera interacción que tenía con una mujer humana.
- Dime, Inuyasha, ¿puedo saber por qué me salvaste?
- ¿Por qué te salve? - instintivamente me puse a la defensiva. - Bueno, porque... eras una niña indefensa ante un gran demonio.
- Con que una niña indefensa... ¿eso parezco? - pude notar un levísimo destello de tristeza en sus ojos. - Bueno, la realidad es diferente... la verdad es que he peleado con demonios más grandes que ese.
- Entonces estas viva de milagro. - aquel comentario la hizo reir y yo sonreí inevitablemente.
- No voy a mentirte, soy consciente de que he tenido suerte en más de una oportunidad. - metió la mano en su hakama, sacando una especie de collar con una perla en él. - Pero no tengo elección, debo protegerla con mi vida de ser necesario.
- ¿Esa es la perla que nombraste el otro día?
- ¿De verdad no la conoces? - menee la cabeza. - Si, esta es la famosa Perla de Shikon, aquella que incrementa los poderes de los demonios que la poseen y la única capaz de cumplirle un único deseo a su dueño.
- Vaya, ya veo porque dices que tienes que protegerla, estoy seguro de que muchos demonios quieren tenerla.
- Más de los que imaginas. - nuevamente nuestros ojos se quedaron prendidos de la mirada del otro y noté un pequeño rubor en sus mejillas. - Sabes... eres el ser más hermoso que he visto.
Fin del flashback.
- Y yo no supe que decir. - murmuré y la miré, dándome cuenta de que se encontraba profundamente dormida.
Acaricié su cabello, mientras aquella involuntaria sonrisa aparecía. Delicadamente la quité de mi pecho y la acomodé en la cama, arropándola para que su descanso fuese completo y me sorprendí a mi mismo al darme cuenta de que mis labios se apoyaron sobre su cuero cabelludo casi inconscientemente.
Keh, ¿Qué estoy haciendo?
Me puse de pie y me dirigí al ventanal de mi cuarto, corriendo las cortinas y posando mis ojos en la luna, mientras mi mente divagaba en más y más recuerdos con ella.
Inicio del flashback
La cálida noche estaba iluminada por aquella luna llena, la cuál se veía más grande de lo normal. Sonreí al sentir su dulce aroma acercándose lentamente. Voltee y, como cada vez que la veía, sus ojos grises se llevaban todo el crédito de su belleza.
- Buenas noches, Inuyasha. - extendió su mano y la tomé, ayudándola a llegar a la parte más alta de la roca en la que me encontraba parado.
Se posicionó a mi lado y pude notar como se sorprendió al notar que no la soltaba.
- Kahori. - murmuré y nuestras miradas se encontraron. - Ya tomé mi decisión.
- ¿De verdad? - la sorpresa se reflejaba en cada rasgo de su expresión. - Inuyasha, si te niegas a esto no importa, yo quiero estar a tu lado sin importar...
- Lo haré. - sonreí. - No soportaría perderte si algo sale mal al convertirte en demonio, además... no quiero vivir más años que tú. Me volveré humano, por ti.
- ¡Inuyasha! - me envolvió en sus brazos y supe lo que se sentía ser feliz en aquel pequeño instante. - Me has hecho la mujer más feliz del mundo. - nos apartamos y nuestros ojo se entrelazaron. - Te amo.
Se puso en puntillas, uniendo sus labios con los míos por primera vez.
Fin del flashback.
- Kahori. - murmuré, acariciando el frio vidrio con mis yemas. - ¿Qué fue de tu alma después de tu muerte?
¿Regresaste en algún lugar de este mundo?
Menee la cabeza y regresé mis ojos a Kagome, contemplando la calma en la expresión de su rostro.
¿Realmente era posible sentir lo mismo dos veces?
- Bah, que imbécil. - salí de la habitación y me dirigí a la sala en busca de mi móvil.
Sin dudarlo lo tomé y marqué el número de mi hermano. Luego de tres timbres, finalmente respondió.
- ¿Qué quieres?
- Vaya, ¿estabas ocupado? Salúdame a Kagura.
- Imbécil, ¿Qué quieres?
- Sólo envíame el número de Sango Saoto, la necesito de inmediato.
- ¿No puedes dejar a una mujer con sus piernas cerradas?
- No es de tu incumbencia, además, mientras más rápido lo envíes, más rápido puedes regresar a las piernas de la suripanta que sólo te usa.
Cortó sin responderme y, para mi sorpresa, en cuestión de segundos el mensaje llegó y su contacto ya estaba en mis manos. Sin dudarlo, le marqué de inmediato.
- ¿Quién habla?
- Amargada hasta para responder, eso me agrada.
- ¡¿Qué haces llamándome a esta hora?!
- Escucha Saoto, escúchame con atención ya que esto es lo que deberás hacer si no deseas quedarte de patitas en la calle...
Kagome
Abrí mis ojos y su increíble aroma me envolvió por completo. Sonreí al recordar donde estaba, sin embargo, mi sonrisa se esfumó en el mismo momento en que los recuerdos de lo sucedido con Bankotsu tomaron mi mente. Apreté mis puños tratando de alejar aquellas incómodas sensaciones de mi cuerpo, sin embargo, el dolor en mi mejilla iba a ser imposible de borrar.
No pasó mucho tiempo antes de percatarme que estaba sola. Voltee y noté que las sábanas, a pesar de estar acomodadas, se veían arrugadas, entonces supe que él había dormido conmigo.
- Es un demonio. - murmuré mientras recordaba la historia que me había contado antes de dormir. - Y... Bankotsu también.
Cualquiera podría cuestionar la veracidad de sus palabras argumentando de que todo se trataba de un invento y ya, sin embargo, yo no tenía dudas de que todo lo que me había comentado era verdad, después de todo, yo misma vi la manera en la que le atravesó el pecho a Bankotsu.
Bankotsu.
- Entonces a eso te referías al decir, si quisiera matarte, ya lo hubiera hecho.
Pero, entonces, ¿Qué buscabas de mi?
Por alguna razón mi mente viajó al momento en el que nos conocimos en la secundaria.
Inicio del flashback.
Suspiré e ingresé al salón. Ser la nueva nunca era fácil pero, por lo que me habían comentado, el grupo que me habían asignado era por demás tranquilo.
Mientras el maestro me presentaba ante todos ellos, mi vista pasó por cada rostro, deteniéndose en aquellos ojos azules que me miraban fijamente. Recorrí cada centímetro de su rostro y fue inevitable sentirme atraída por aquel moreno de cabello negro, el cuál extrañamente estaba suelto.
Se supone que los chicos no tienen que tener el pelo largo en las instituciones.
Pensé, al mismo tiempo en que decía mi nombre en voz alta y ocupaba el asiento que me indicaron. El resto de la clase traté de concentrarme, pero aquella sensación no se iba.
El receso llegó y me dispuse a salir al aire libre, sin embargo, aquella voz detrás de mi hizo que me quedara inmóvil.
- Higurashi, ¿verdad?
Voltee y aquel moreno de ojos profundos estaba ahí, observándome con una sonrisa en su rostro.
Una perfecta sonrisa.
- Si, ¿tú eres...?
- Bankotsu... Bankotsu Yoshida.
- Pues, es un placer. - sonreí, terminando de guardar las cosas en mi mochila.
- El placer es mío. - sin que me diera tiempo de procesar todo, tomó mi mano y besó su dorso sin dejar de mirarme.
Mis mejillas ardieron en ese instante y unas enormes ganas de probar sus labios se desataron.
¿Tan pronto? Si, tan pronto.
Fin del flashback.
- ¿Cómo fuiste capaz? Yo... verdaderamente te amaba.
Volví a cerrar mis ojos, tratando de ahogar aquella lágrima que amenazaba con salir, pero los abrí repentinamente al escuchar la voz de aquella mujer.
- Inuyasha, amor, por favor.
¿Amor?
Me senté en la cama y coloqué mi mano sobre mi pecho, el cuál se había apretado ante aquella palabra. Me puse de pie y, tratando de no hacer ruido, salí de la habitación y me detuve al inicio del pasillo, observando aquella escena.
- Kikyo, lo lamento, pero hoy no puedo.
- Pero, Inu. - colocó sus manos alrededor de su cuello y yo apreté mis puños. - Ayer accedí a irme, no puedes echarme dos veces.
- No te estoy echando, hermosa. - acarició su mejilla para posar sus manos en su cintura. - Puedes venir en la noche si lo deseas, pero ahora tengo que irme.
- Y... ¿Qué me darás si accedo?
- Lo que más te gusta. - mordió su labio inferior y tomó su trasero, pegando su cuerpo al suyo.
- Se siente grande ahí abajo. - ella le sonrió pícaramente.
- Es lo que me causas. - comenzaron a besarse en un tono bastante sugestivo.
Entrecerré mis ojos y voltee, regresando a la habitación sin importarme demasiado si hacía ruido o no.
- Maldito Inuyasha y sus estupideces. - gruñí, buscando mi ropa con la intención de cambiarme y salir lo más rápido posible de allí.
Un momento, pero si ni siquiera ropa tengo... no puede ser.
Caí sentada sobre la cama, acariciando mis cienes. Tenía dos opciones: o salir e interrumpir el momento (algo que no deseaba ya que no tenía la menor intención de interactuar con esa tal Kikyo) o simplemente quedarme allí, esperando que hicieran lo que tenían que hacer para ser libre de irme. Suspiré profundamente, sin embargo, grande fue mi sorpresa al ver a Inuyasha ingresar repentinamente.
- Buenos días, bonita.
Lo miré de manera fatal y desvié mi vista, tratando de ocultar la molestia que crecía en mi pecho.
- ¿Qué me pondré para salir de aquí?
- ¿Perdón?
- Si, ya tengo que irme y no puedo salir con esta estúpida ropa.
- Oh, lo siento, no sabía que mi ropa no era digna de usted, señorita Higurashi.
- Imbécil. - murmuré, poniéndome de pie. - Supongo que no tengo otra opción que irme así.
- Pues, vine a decirte que tienes ropa nueva esperándote en la sala.
- ¿Qué?
- Si. - sonrió. - Espero que sea de tu estilo o, al menos de tu agrado.
- Oh, que extraño que Kikyo no dijo nada sobre eso... - fue inevitable, ya no podía contenerme.
Se quedó observándome fijamente al mismo tiempo en que mente trataba de procesar mis palabras. Al cabo de unos minutos, sonrió nuevamente.
- Ya veo, entonces fue por eso...
- ¿Qué cosa?
Comenzó a caminar hacía mi de una manera peligrosa en el mismo momento en que yo retrocedía.
- ¿Estas celosa?
- ¿Debería estarlo? - choqué contra la pared, mientras sus brazos se poyaban en la misma.
- ¿Cómo es posible que no me haya percatado de tu cercanía?
- Quizás estabas muy ocupado en algo más.
- El brillo en tus ojos cuando tienes celos es interesante.
- ¡Qué no estoy celosa!
Me deslicé por debajo de sus brazos y, justo cuando creí que podría escapar, me tomó jalándome hacía la cama en donde caí de espaldas.
- ¿Qué haces? - murmuré en el mismo momento en que se colocaba sobre mi.
- Demostrándote el porque no tienes que estar celosa. - respondió en el mismo tono mientras posaba sus labios sobre los míos.
Sentí su erección contra mi centro e inmediatamente la imagen de él y Kikyo besándose pasó por mi mente, por lo que lo aparté bruscamente, poniéndome de pie.
- No gracias, no lo necesito.
- Vaya, eres ruda. - lo miré por sobre mi hombro con el ceño fruncido y procedí a buscar mis zapatos y tomar mi móvil.
Una inesperada sonrisa se formó en mis labios al ver aquel mensaje en la pantalla.
Buenos días preciosa.
Rápidamente teclee la respuesta al mismo tiempo en que Inuyasha se ponía de pie y yo me alejaba, quitando el celular de su vista.
- ¿Quién es?
- ¿Disculpa?
- ¿Por qué lo corres de mi vista?
Lancé una carcajada llena de molestia e ironía, además de genuina sorpresa.
- ¿De verdad me estás preguntando? - su silencio me dio la respuesta. - Es Koga. - solté sin más. - ¿Conforme?
Sus ojos se quedaron fijos en los míos mientras trataba de descifrar lo que sentía.
- Entonces ibas enserio con eso de un futuro con él. - preguntó en un tono neutro.
- ¿Te di alguna señal de lo contrario?
- No, no para nada. - pasó por mi lado. - Sólo espero que te asegures de conocerlo bien antes de que decidas formalizar.
- ¿Por qué lo dices?
- Si mal no recuerdo, anoche te rescaté de las garras de tu demente ex novio, si quieres vivir lo mismo de nuevo por no asegurarte de a quien metes a tu vida, adelanté, no me opondré a que te golpeen hasta dejarte al borde de la muerte.
Auch, eso dolió.
- Aunque no entienda el porque de tu molestia, no es necesario que digas estas estupideces.
- La verdad incómoda, Kagome. - caminó hasta la puerta. - Si ya te vas, te recomiendo que lo hagas deprisa, tengo asuntos urgentes que atender.
Por alguna razón aquellas palabras me hicieron enfurecer más, por lo que salí despedida del lugar y tomé mi bolso, el cuál estaba al lado de lo que parecían ser las bolsas de ropa que él me había comprado.
- Puedes quedarte con eso.
- Descuida, Kikyo es de tu talla.
Maldito imbécil.
Mis ojos se llenaron de lágrimas sin embargo me había prometido a mi misma no demostrarle nunca más mi dolor a su causante, por lo que sin mirarlo salí de su departamento sin tratar de mejorar mi aspecto.
Extra
Sango.
Miraba mi reflejo en el espejo y no podía creer lo que estaba a punto de hacer. Pasé aquel labial por mi boca mientras recordaba aquella llamada.
Inicio del flashback.
Mi celular comenzó a sonar, interrumpiendo el momento exacto en el que estaba por quedarme dormida. Lo tomé y no logré identificar el número, sin embargo, decidí responder.
- ¿Quién habla?
- Amargada hasta para responder, eso me agrada.
Su estúpido tono altanero provocó que toda la paz mental que había logrado conseguir se fuera a la mierda.
- ¡¿Qué haces llamándome a esta hora?! - me senté en la cama de golpe, con mis ojos inundados de furia.
- Escucha Saoto, escúchame con atención ya que esto es lo que deberás hacer si no deseas quedarte de patitas en la calle...
- ¡Eres un maldito manipulador, Taisho! Me das asco.
- Y puedo hacer de tu vida un infierno si no haces lo que te digo.
- Bastardo. - gruñí. - Me cobraré esto... te lo prometo.
- Si, lo que digas, mañana por la mañana uno de mis hombres pasará por tu casa y te llevará a la mansión de Miroku, ¿de acuerdo?
- ¡¿QUÉ ESTÁS...?!
- Una sola vibración en tu celular será la señal de que yo estoy en la puerta, sólo tendrás 30 segundos para hacer que él te bese o besarlo antes de que yo ingrese. Has que sea creíble.
- ¡Oye tú, pedazo de mierda! ¡¿Quién te crees que eres para llamarme a esta hora y obligarme a hacer este tipo de cosas?!
El monótono sonido del otro lado de la línea hizo que lanzara el móvil a la cama, cubriéndome el rostro con ambas manos mientras ahogaba un grito de furia.
Fin del flashback.
Revise mi atuendo una última vez. Tal vez era demasiado revelador, pero necesitaba algo que llamará rápido la atención del otro imbécil, después de todo, no sabía con cuanto tiempo contaba.
¿Por qué hacía esto? Porque la reputación de los Taisho no era de las mejores, ya que el simple hecho de que sus empleados debieran firmar un contrato de confidencialidad hacía que todas amenazas de Inuyasha se sintiera más reales de lo que cualquier persona, que no los conociera, pudiera creer.
El timbre sonó y tomé mi bolso, abriendo la puerta y sorprendiéndome con la persona al otro lado de ella.
- Buenos días, señorita Saoto.
- ¿Usted?
Se trataba del mismo anciano que me había recibido aquella vez que fui a solicitar el servicio para el cumpleaños de Kagome.
- El joven Inuyasha me pidió que pasará por usted y la llevara a la mansión de Miroku.
- Si, lo se, no es necesario que me lo repita.
- Por aquí, por favor.
Nos subimos al auto y emprendimos el viaje hacía aquel detestable lugar.
¿Cuántas personas podía involucrar aquel idiota sólo para cumplir un capricho? Y después, de todo, ¿Por qué simplemente no invitaba a salir a Kagome? ¿Acaso tenía que ver con este estúpido trabajo? Y si era así, ¿Valía la pena hacer todo esto sólo por una cita? Quizás había algo más que yo no sabía.
- Señorita, deberá seguir a pie.
- ¿Qué? - la voz del hombre me sacó de mis pensamientos.
- No puedo permitir que nadie vea que la traje hasta aquí. Sólo estamos a unas calles.
Ya veo... ¿alguien más que está bajo amenaza quizás?
- De acuerdo. - descendí y, antes de lo que me hubiese gustado, ya estaba frente a la puerta de aquella gran mansión.
- ¿Y ahora? - murmuré.
La primera vez aquel anciano había sido el encargado de llevarme hasta la oficina principal, sin embargo, ahora estaba completamente sola. ¿Qué debía hacer? ¿Tocar y ya?
Cuando la yema de mis dedos estaba por hundirse en el timbre, la puerta se abrió y la figura de Miroku emergió detrás de la pequeña nube de polvo que su arrastre arrancó.
- Vaya sorpresa. - sonrió, cruzando sus brazos. - Casi pensé que estaba soñando cuando vi tu imagen en la cámara de seguridad.
Ya veo.
- Buenos días, joven Miroku. - traté de hacerme la desentendida. - Vine porque...
¿Por qué vine? ¡Maldita sea!
Había pensado tantas maneras de asesinar a Inuyasha que olvidé por completo inventar una excusa que sonara creíble.
- Vine porque... quería contratar un nuevo servicio. - dije lo primero que me salió e inmediatamente deseaba estrellar mi frente contra el concreto.
Por supuesto que la sonrisa del idiota aumentó, al mismo tiempo en que realizaba un movimiento con su mano, invitándome a entrar seguramente al mismo lugar en el que habíamos hablado la primera vez.
Lo seguí por aquellos pasillos mientras trataba de elaborar un plan decente y, mientras más avanzábamos, más me recriminaba el hecho de saber que ahora no tenía opción, debía decir que el servicio iba a ser para mi.
Ingresamos a su oficina y se colocó al otro lado del escritorio. Sus ojos se posaron sobre los míos y noté que mi corazón latía con mayor fuerza de la que hubiese deseado. Nos mantuvimos en un incómodo silencio, sin embargo, fue esencial para contemplar un poco más sus rasgos y... no estaba mal.
Bueno... es apuesto y sus ojos son... muy bonitos.
- ¿Y bien, Sango? Puedo tutearte, ¿verdad?
- Si, si puede.
- Bien. - se sentó - Te escuchó.
Maldito seas Inuyasha Taisho... te maldigo... te maldigo hoy, mañana y el resto de tus días.
- Yo... vine a contratar un servicio... para mi.
La sorpresa en su mirada fue indisimulable, al igual que aquel brillo rojizo que los atravesó fugazmente.
No se si fue aquel destello o aquella energía que pareció atravesarme, sin embargo, sentí una pequeña presión en mi centro al ver su reacción a mis palabras. ¿Será que deseaba ser él quién me cumpliera lo que le pedía?
Antes de darme cuenta, me estaba imaginando en aquella situación íntima, algo que estaba comenzando a reflejarse en mi cuerpo.
- De acuerdo. - sonrió. - No lo negaré, Sango, me sorprendes... sobre todo por lo que dijiste la última vez que estuviste aquí, pero si así lo deseas...
Tomó una de las hojas y su bolígrafo, sin embargo, me incliné sobre el escritorio, deteniendo su mano y provocando que nuestras miradas se cruzaran en una peligrosa cercanía.
- No es necesario... si es posible, deseo que sea ahora, en este lugar.
Sus labios se separaron ligeramente y rogaba internamente porque aceptara o, al menos, me diera el tiempo suficiente para dilatar esta situación hasta que Inuyasha llegara.
Miroku
Parpadee un par de veces, tratando de descubrir si se trataba de un sueño o si verdaderamente aquella diosa salida de los libros de historia me estaba pidiendo algo como eso.
Aclaré mi garganta, pasando disimuladamente mis ojos por su cuerpo y... dios, mi entrepierna reaccionó de inmediato, ¿Cómo iba a decirle que no a una mujer que quería que la tocara en ese momento?
- De acuerdo. - me puse de pie. - Podemos dejar el papeleo para después. El hecho de que ya tenga tu firma en un contrato de confidencialidad ya es suficiente.
Rodee el escritorio con la intención de ir a cerrar la puerta de la oficina, sin embargo me detuvo tomándome del brazo y atrayéndome hacía ella. Nuestros rostros quedaron peligrosamente cerca y lo desvié.
- No pienses que te estoy rechazando, Sango, sólo que hay muchas reglas en estas situaciones y, al igual que mis empleados, debo seguirlas al pie de la letra.
Me pareció notar una especie de brillo revelador en sus ojos, sin embargo, se limitó sólo a asentir.
- Bien... tus manos tienen que mantenerse lejos de mi. - me quité el saco, lanzándolo al sofá. - Pero yo... puedo hacer lo que quiera con tu cuerpo.
- Eso suena... bien. - su tono era de un evidente nerviosismo.
Sonreí, acercando mis labios a su cuello y dejé un beso húmedo sobre su piel. La tomé por las caderas y la senté sobre el escritorio, pegándome a su cuerpo y dejando que notara lo que estaba sintiendo.
- Vaya, tiene un buen autocontrol. - susurró, dejando escapar un leve suspiro que provocó que mis dedos apretaran su cadera.
- A veces puede ser difícil. - deslicé mi mano por su espalda, acariciando suavemente su trasero sin abandonar su cuello.
Me alejé levemente, contemplando su cuerpo y relamí mis labios al notar el rosado de sus mejillas y la manera en la que sus senos se lucían por debajo de su camisa. Recorrí con las yemas de mis dedos su cuello y me detuve a la altura de sus pechos, pidiéndole permiso con la mirada. Asintió levemente y comencé a desabotonar lentamente su camisa. Segundos después, tanto la prenda como su sostén estaban sobre el escritorio.
Sin decir nada, di el primer contacto de mi lengua con su pezón y sentí un pequeño respingo en señal de respuesta.
- Tranquila. - murmuré comenzando a besar aquella zona. - Si quieres que me detenga sólo dilo.
- No... no se detenga.
Continué aumentando la intensidad de mis caricias, separando mi boca no sin dejar un pequeño hilo de saliva que aún me unía a su cuerpo.
- Tu piel es deliciosa, Sango, ¿lo sabías?
- Nunca nadie me lo había dicho. - susurró, arqueando su espalda al mismo tiempo en que continuaba descendiendo por su abdomen.
- Pues, al parecer has conocidos a puros idiotas... nadie que fuese consciente no te lo diría.
Abrí sus piernas y volví a mirarla, buscando su consentimiento y nuevamente asintió. Deslicé mi dedo sobre sus bragas y pude sentir su humedad en ese instante.
- Oh por dios. - gimió ante mi contacto.
- Hace mucho no tienes sexo, ¿verdad?
- ¿Por qué pregunta?
Por el olor del estasis que emana tu piel.
- Por la forma en la que reacciona tu cuerpo hasta la más mínima caricia.
- ¿Quiere ser usted quién le de fin a eso?
- Lo siento, Sango. - sonreí, pero me es imposible.
- ¿Le es imposible porque no puede o porque no lo desea?
Introduje uno de mis dedos en su interior, arrancándole un sonoro gemido al mismo tiempo en que trataba de controlarme.
- ¿Crees que es por falta de deseo?
- Miroku. - susurró.
Mi nombre en sus labios se escuchaba delicioso.
Me deslicé en su interior suavemente, buscando que se acostumbrara a mi contacto y, cuando supe que era el momento, ingresé un segundo dedo, acelerando mis movimientos y comenzando a acariciar su zona sensible con mi pulgar, sintiendo los pequeños espasmos de placer que su cuerpo pronunciaba.
Maldición, Sango, estoy seguro de que debes ser deliciosa.
- ¿Te gusta, Sango?
- Dios. - murmuró, acercándose y rodeando mi cuello con sus brazos. - Quiero más...
- ¿Quieres un orgasmo?
- Lo quiero a usted.
Sin previo aviso sus labios envolvieron los míos con desesperación, sorprendiendo y desestabilizándome por completo. Traté de alejarme, pero en el instante en el que su lengua se envolvió con la mía supe que no había vuelta atrás.
Mi lado salvaje tomó el control, recostándola sobre la mesa sin dejar de besarla al mismo tiempo en que comenzaba a desabotonar mi pantalón.
- ¿Me quieres a mi?
- Si. - gimió mientras mordía sutilmente uno de sus pechos.
Mandé todo a la mierda en un segundo y me posicioné en su entrada. Regresé a sus labios y ahogué en mi boca aquel grito que profesó en el momento en el que la penetré de una sola estocada.
- ¡Miroku! - clavó sus uñas en mi espalda en el mismo momento en que comenzaba a hundirme en ella sin miramientos.
- Mierda... eres deliciosa, Sango. - mordí su labio inferior.
En ese momento la puerta se abrió de repente y mis ojos se encontraron con los de él, quién nos miró con una evidente sorpresa en su rostro y supe que estaba perdido. Había cometido un error garrafal y no tenía dudas de que Inuyasha no dudaría ni un segundo en aprovecharse de la situación.
