Siento mucho la demora, XxchrnoxX. Tarde, pero seguro. Ojalá aún lo estés esperando.

SITUACIÓN #3

Continuación de la situación #1

Confesiones de una monja.


El paisaje es muy diferente de como lo recuerda. En esta ocasión el verde se extiende hasta donde alcanza la vista. Los árboles se han cubierto de hoja y ha crecido la hierba entre las rocas. Algunas flores silvestres aquí y allá rompen con la monotonía del color. Habría pájaros cantando de ser otros los individuos que marchan casi literalmente hasta el fin del mundo. De ser ésta otro tipo de ocasión, está seguro que estaría disfrutando de su paseo. Pero el resto de los habitantes del bosque también han enmudecido, quizá incluso se han alejado, de tan sólo sentir su intrusión. No es para menos. Las intenciones de los suyos no son pacíficas. Él mismo puede decir que no vuelve en paz consigo mismo. Está de regreso en esa tierra de nadie en la que creyó que daría su último aliento, completamente solo y herido. Un contraste notorio en comparación a ahora. Totalmente recuperado y sin algún mal que le aqueje, viene acompañado de, por lo menos, otros veinte hombres armados. Lamentablemente él no viene encabezando la compañía. Debe vigilar cada movimiento que haga, y no sólo por cuidar de sí mismo. Exhala con resignación. Aún recuerda cuando logró salir de ahí con vida. Juró no volver y he lo aquí tras enterarse de un par de cosas que le hubiera gustado enterarse de eso cuando aún permanecía dentro. Quiso ignorar las implicaciones que eso le traería. Pero no pudo permanecer quieto, sintió que se lo debía. Al fin y al cabo, había arriesgado mucho para ayudarlo. Resultó imposible hacer desistir a los altos mandos. Debe dar gracias porque, al menos, viene entre los enviados. Lo que no le levanta el ánimo ni un poco.

— No es tan malo como parece, Capitán Mexico —intenta animarle el Sargento que viene con ellos y que ha decidido marchar al lado suyo—. Mi hermano sabe lo que hace.

Él levanta la mirada intentando no reaccionar al comentario. Ya es evidente su conflicto interno como para que sospechen de él de alguna manera. Al frente del pequeño batallón camina su jefe. Un individuo que se ha tomado la misión como algo muy personal. Eso no augura algo bueno.

— ¿Quiere que eso me tranquilice, Sargento Canadá? —resuelve resoplar fastidiado—. Más tardó su prima en volver del claustro, con evidentes signos de trauma, que su familia en tomar cartas en el asunto. No se lo pensaron ni un segundo. ¿Y pretende que no me preocupe? ¿Tiene idea de lo que significará para esas jóvenes el irrumpir en su clausura a punta de arma? Seguramente la mayoría no sabe en qué mundo la ha ido a meter su familia desde sabrá Dios hace cuánto. Sólo esos malditos saben qué les han metido en la cabeza todos estos años. ¿Se imagina el daño que eso les habrá causado?

Intenta no parecer demasiado afectado, pero le resulta imposible reprimir su opinión al respecto.

— Los de tu tipo siempre me han intrigado, Capitán. Sienten demasiado —comenta su compañero mirándole con intención.

Él se ahorra la exclamación de indignación ante el escrutinio tan severo. Desearía poder reclamar algo acerca de su comentario, pero sabe que no puede darse lujos de ese estilo.

— Sabe bien que una pariente mía fue enviada ahí también, Sargento —admite él a regañadientes.

Su Sargento está equivocado si piensa que confía en él lo suficiente como para confesarle lo que realmente está ocurriendo en su interior. Ha estado lo suficiente en esta vida como para saber a qué atenerse al respecto de sus compañeros, en especial sus superiores.

— Su nombre es Spain. Sí, la ha mencionado hasta el cansancio, Capitán —mastica con disgusto su interlocutor—. Cualquiera creería que se ha enamorado. Ahora podrá proponerle algo, dadas las circunstancias.

— ¿Tiene algún problema con nosotros, Sargento? —replica rechinando los dientes.

— Su familia es intachable, Capitán. No lo dude ni por un segundo —ríe divertido su interlocutor.

Ya ha revelado demasiado. Decide ignorarlo y permanecer en silencio el resto del trayecto.

Dios, por lo que más quieras, permite que ella no sufra lo que se avecina.

— ¡Contra la pared, he dicho! —vuelve a gritar uno de los invasores que les apuntan con su arma—. Dispararé a la primera que se mueva.

Había caído el mundo exterior y también caía el que hacía poco consideraba suyo. Todo está desmoronándose en ese pequeño paraíso al que había ingresado por seguir a Dios. La Madre Superiora se los había anunciado, pero no quiso comprenderlo ni creerlo. Incluso les había mandado quemar las últimas provisiones que les quedaban. Y obedeció, aunque no se explicaba aquello. No fue sino hasta que llegaron ellos. Los uniformes de los recién llegados se lo dejaron más que evidente. Y no le permiten olvidarlo. Ése es el comienzo del fin de muchas cosas sin lugar a duda. Ahora entiende que su bando, uno al que no recuerda haberse suscrito, ha perdido. Aunque no sabe desde cuando es su derrota.

— ¿Saben con quién se están metiendo? —una voz se alza entre la confusión—. ¡Los Magyar no dejarán pasar una humillación así!

Intercambia una mirada con la Hermana Polonia antes de apresurarse a tirar de la mano de la única de entre sus hermanas que se atrevería a tanto en semejantes circunstancias. No es de asombrar que la Hermana Hungría esté dispuesta a echarse la soga al cuello. Sin embargo, ésta no es ocasión para que salga a relucir su talento para proferir tonterías en nombre de su orgullo familiar. Su sacrificio no lo valdría jamás.

— Yo me encargo, General Reino Unido. El General Estados Unidos desea que hablar con usted. Parece que le han perdido el rastro —interviene alguien más calmado antes de dirigirse a ellas—. Hermanas, por favor, no vuelvan a sus celdas. Diríjanse a la capilla. No queremos que lastimen a alguna de ustedes innecesariamente. Cooperen, por favor, pronto todas regresaran con sus familias —y juraría que le escucha murmurar—. Ahí estarán a salvo de los brutos de mis compañeros.

Se estremece al reconocer la voz. Él está aquí. Ha vuelto. No lo está soñando. Él acaba de hablarles. Ha intervenido en favor de su protección. Pese a lo que le respondió aquella vez… Debe permanecer con la mente fría, eso no significa nada. No, no debe tomárselo personal. Está en su naturaleza ser así de bueno con los demás. Intenta tranquilizarse como puede mientras se une al resto de sus hermanas, aún con la Hermana Hungría de la mano y la Hermana Polonia muy cerca de ellas.

— No sea demasiado blando con ellas, Capitán. Que no le engañe su aspecto frágil. No sabemos las razones por las que fueron enviadas aquí. Tampoco qué planeaban antes de nuestra llegada —advierte el hombre que hasta hacía poco estaba amenazando sus vidas antes de marcharse.

— Tendré cuidado, General.

En cuanto el hombre se aleja, la Hermana Polonia aventura.

— ¿No es ése el pariente de la Hermana España? —pero nadie necesita responderle.

En cuanto la puerta de la capilla es cerrada, la Hermana Polonia recibe su respuesta.

¡Méjico! ¡Viva Dios! ¿Cómo hiciste para entenderte con esos desalmados? Debes sacarme de aquí, todavía tengo mucho por hacer para la Orden —alguien exclama.

Intenta distraerse con algo para no escuchar la respuesta, ni el resto del intercambio. Al parecer están buscando algo o alguien que se encuentra dentro del convento. Y que, por lo visto, la Madre Superiora tuvo toda la intención de esconder. ¿Qué podría ser? Por fortuna, ella ya no tiene nada comprometedor. Lo tuvo en su momento. Ya no. Observó arder el papel hasta quedar reducido a cenizas casi en cuanto lo recibió. Él puede estar seguro de que ella no lo delatará. No, menos aún después de lo que acaba de hacer por ellas. No, está volviendo a pensar en él. ¿En qué más puede pensar? No tiene derecho de pensar en el hombre que rechazó hace tiempo. Ni siquiera porque, a pesar de todo, parece querer protegerla… a ella y a sus hermanas de la Orden. No debe olvidar que decidió quedarse. Decidió no seguirlo. No quiso renunciar a sus votos. No, no tuvo el valor para hacerlo y ahora no tiene ni tendrá esa oportunidad de nuevo. Era lo más sensato, pero siempre encuentra una ocasión para cuestionar su decisión. Justo como ahora.

— ¿Alguien ha visto a la Madre Superiora, a la Hermana Alemania? —pregunta alguien detrás de ella—. ¿Vieron que la Hermana Italia entró con ellos?

Entonces comprende que ha sido una ilusa todo ese tiempo.

— ¿Nuestras familias? ¿Van a condenarnos? —no logra formular las preguntas como le gustaría.

Él la mira fijamente antes de hablar.

— No puedo garantizarles nada, esto quizá sea lo único que pueda hacer por ustedes.

Todas comprendieron lo que quiere decir con eso. ¿Qué es lo que ha ocurrido exactamente?

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