Disclaimer: Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto. Mi uso de ellos es bajo intereses puramente creativos, sin finalidades de lucros.
El eco de las voces la guiaba hacia la bruma. Sus ojos, que siempre habían sido bendecidos con una visión perfecta, no podían ver a través de la espesa niebla. No sentía sus pies moverse, pero a cada segundo —o tal vez horas—, sentía que la superficie bajo ella se hacía más inestable, como si en lugar de tierra firme sus pies estuvieran sobre agua. En sus manos sentía una creciente humedad; sin embargo, aquello no se sentía totalmente líquido. Era viscoso, espeso, con olor a hierro. Aquella sustancia se expandía, subiendo por sus brazos; la sentía en su cuello, aferrándose, adentrándose en su piel.
Aun así, sus ojos jamás abandonaron el horizonte, o lo que creía que era el horizonte. Sabía que más allá del blanco, atravesando las capas, había algo aguardando por ella. Su espíritu se removía inquieto, o tal vez era el pánico corroyendo sus huesos. En medio de la bruma, dos ojos inyectados en sangre aclamaban la muerte; la observaban fijamente, augurando desastre. Aquella sustancia viscosa empezó a desgarrar la carne. Un dolor agonizante recorrió su cuerpo, haciendo temblar sus rodillas y provocando que su boca se abriera en un intento de gritar desesperadamente. Para su consternación, ningún sonido abandonó su garganta. Todo aquello moría dentro de ella y, mientras el tiempo continuaba su curso, su sangre emergía calentando la piel a su paso.
Esos rubíes a la lejanía ahora se reflejaban en sus pupilas, y una mano de su dueño sostenía fuertemente lo que ella creía que era su corazón. Antes de que sus ojos se cerraran por completo, manos salieron de la oscuridad a su espalda, sujetando fuertemente sus hombros, antebrazos y cualquier parte de su cuerpo a la que pudieron fijarse. Al tiempo que sentía su cuerpo ser arrastrado, el blanco se volvía negro.
—¡Señorita Hyuga! —El sonido súbito fue suficiente para traer de vuelta su conciencia.
Algo sobresaltada y aún inquieta por aquel extraño sueño, enfocó su mirada en la profesora, una señora de unos cuarenta años, de aspecto algo singular a su manera de ver. Su larga cabellera de un tono cobrizo, ojos de un verde esmeralda, tez morena y facciones occidentales la hacían destacar dentro de la comunidad.
—Es la segunda vez esta semana que la veo durmiendo en mi clase. —No podría afirmar si aquellos ojos la veían con enojo o decepción—. ¿Acaso es demasiado insignificante para ser merecedora de su atención? —Definitivamente había quebrado su paciencia.
—L-lo siento, Ishikawa-Sensei. N-no se volverá a repetir. —Su voz, enemiga número dos de su persona, salió dos tonos más baja de lo que debería.
—Por supuesto, señorita Hyuga. —La maestra dio un largo suspiro al tiempo que sus hombros y cuerpo en general parecían relajarse—. Retírese.
No tenía sentido discutir. Ahora mismo debía esperar un milagro y rezar para que la señora Ishikawa no llevara esto ante el rector o su padre. Definitivamente estaría en problemas. A pesar de su timidez innata, sabiendo que ahora mismo era el foco de atención para los presentes en esa aula, guardó sus cosas lo más rápido posible. Era un avance que, a pesar del temblor de sus manos, ningún objeto cayera al piso. Con pasos presurosos y torpes, salió del salón.
Una vez afuera, en la soledad de los pasillos, revisó su celular tomando nota de la hora: 2:40 p. m. Aún faltaban 50 minutos para que finalizaran las últimas clases. Podría llamar a Kō e ir antes a casa, pero tendría que saltarse el soji y su padre preguntaría por su temprana llegada.
Caminó sin un rumbo fijo hasta estar en los jardines traseros de la preparatoria. Realmente conocía tanto ese lugar que sus pies se movían por voluntad propia por aquellos senderos tan familiares.
Desde la graduación de su primo Neji el año anterior, había permanecido principalmente sola. Jamás fue buena socializando y, al tener la compañía de un familiar desde su ingreso en la primaria, no hizo ningún esfuerzo por hacer amigos. Se había encerrado en su comodidad y ahora era algo tarde para arrepentirse, faltaban solo dos meses para su propia graduación. No podía decir que sus notas y su desempeño eran malos, pero no destacaba. Y ese, sin duda, era el mayor pecado para la heredera de la prestigiosa familia Hyuga.
Su familia era una de las más antiguas de Japón. Su estatus y poder rivalizaban con las más nobles, incluso había quienes se referían a ella como "la princesa Hyuga", una princesa que no cumplía con los requisitos de su dinastía. Sus antepasados habían llegado a esas tierras antes de que los primeros templos fueran construidos. Antes de que Japón fuera Japón, la familia Hyuga ya tenía un legado. A través de la historia, la casa Hyuga supo sobrevivir a diversas guerras y desastres. Para muchos era admirable que, tras el paso de los siglos, las costumbres más firmes aún se mantuvieran; para ella, era casi enfermizo.
A pesar de que actualmente su familia estuviera involucrada con empresas tecnológicas y otros negocios de alta rentabilidad, se regía por ideales y reglas establecidas por generaciones más cercanas a la cultura Jōmon que a la actualidad. Sus miembros aún vestían kimonos; aunque no eran exactamente sacerdotisas ni sacerdotes, sí custodiaban y cuidaban templos de dioses que la mayoría de la población ni siquiera r
—¡Por fin! Hemos terminado.
Su interlocutora era una compañera de clase, una joven castaña de grandes ojos achocolatados. Por lo que conocía de ella, podía afirmar que era una persona alegre, extrovertida y gentil. Era una de las personas de su clase, y de la preparatoria, con las que más había cruzado palabras, esto debido a que eran algo así como un dúo en el soji.
Después de guardar las herramientas empleadas, ambas se dirigieron en silencio a la salida. A su alrededor pasaban compañeros apurados por llegar a casa, algunos otros hablando sobre planes para la tarde o actividades escolares. Al llegar a la salida, pudo visualizar a Kō esperando por ella, y, sin poder evitarlo, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.
—Nos vemos mañana, Hinata-san— a su lado, su compañera empezó a despedirse moviendo repetidamente su mano derecha mientras le sonreía.
—Feliz tarde, Higa-san— No eran lo suficientemente cercanas para ser amigas, pero Hinata siempre agradecía las muestras de amabilidad, aunque estas se debieran a la cortesía.
—¿Tuvo un buen día, Hinata-sama? —Al igual que cada día tras ir por ella, Kō demostraba genuina preocupación. Era un miembro de la rama secundaria de su familia, un servidor según los miembros del consejo y algunos de los ancianos más conservadores de la rama principal.
Para ella, Kō era su familia en toda la extensión de la palabra. Hubo una época en la que se cuestionaba si la amabilidad y el cariño que aquel hombre procuraba por ella se debían a las reglas de su familia, debido a que ella era su futura líder. Hinata gustaba llamar a aquel acontecimiento "la era oscura".
—Sí, Kō-san. Fue un día normal. —Le había costado mucho que él aceptara el honorífico, pero después de mucho batallar habían llegado a un acuerdo: ella aceptaba el "sama" y él el "san".
Una vez que el auto estuvo en movimiento, se permitió observar el paisaje, ya bastante conocido. Toda su vida había transcurrido allí, pasando por los mismos senderos, las mismas calles, encontrando familiares las mismas casas y las mismas caras de siempre.
Hinata soñaba con un mundo más amplio. Era irónico, de una manera triste, claro está, que a pesar de tener los lujos con los que muchos soñaban, siempre le faltaría libertad. Su camino había sido marcado desde el día que nació; un Hyuga nacía con su destino escrito en piedra.
Suspiró exasperada. Le había mentido a Kō. No había sido un buen día; casi nunca lo eran. Pero por lo general eran normales. Últimamente se sentía más decaída, estaba empezando a pasar por una etapa de insomnio y había periodos en los que su mente se desconectaba, llenándose de pesadillas que no comprendía.
Quería culpar al estrés. Estaba cerca de graduarse, así que su carga académica era mayor. A final de año cumpliría 18, la edad para ser nombrada oficialmente como la próxima líder Hyuga. Y estaba lejos de llenar las casillas. Tal vez las expectativas de su padre eran más altas que de costumbre, los ancianos más rígidos y ella más débil.
—Antes de recogerla, he visto a la señorita Hanabi en los jardines. Se veía muy animada. —Su hermana menor había estado la última semana enferma. Al parecer, una de sus amigas había contraído gripe y su hermana resultó contagiada. No era nada grave, pero estaban en invierno, a finales de enero, por lo que las temperaturas eran realmente bajas. Así que su hermana había estado en casa los últimos días.
—Me alegro de que esté mejor. Hanabi-chan es demasiado alegre para estar en cama. —Una pequeña risa escapó de sus labios al recordar las innumerables rabietas de su hermana por tener que permanecer quieta.
Hinata amaba incondicionalmente a su familia, aun con sus diferencias y defectos; cada miembro de su casa era valioso para ella. Pero sin duda tenía sus favoritos, y la persona que lideraba esa lista era su pequeña hermana. Hanabi era su adoración; ella, junto a su primo Neji y Kō, eran los responsables de que aquella casa se sintiera más cálida, incluso en los más helados inviernos.
—Hinata-sama, algunas noches se hacen más largas y frías que otras, pero le aseguro que la mañana siempre llegará. —Mientras hablaba, sus ojos la miraron a través del espejo retrovisor—. Y sin importar lo difícil que parezca, mientras usted lo permita, yo estaré a su lado.
Algo en su corazón se agitó al tiempo que su vista se nublaba, y ese calor familiar se extendió desde su pecho, calentando todo su cuerpo, dejando impregnado el sentimiento de alivio y afecto.
—Kō... —Su frase quedó inconclusa. El auto paró de golpe y, a través del espejo, observó cómo las facciones de su fiel protector se volvían serias. Por una breve fracción de segundo, pudo vislumbrar preocupación en aquellos ojos idénticos a los suyos.
Las puertas siempre custodiadas de las propiedades Hyuga se encontraban abiertas y solas. Aquel ambiente familiar fue reemplazado por uno más denso. No quería dejar que su imaginación volara, pero sin duda, a cada momento, la angustia se apoderaba de su ser.
De forma rápida, Kō sacó un teléfono de la guantera en un intento de comunicarse con algún miembro de la familia. Pero su ansiedad creció aún más al irse por tercera vez la llamada al buzón de voz. Los mensajes y llamadas que Hinata envió a su primo y hermana tampoco obtuvieron respuesta.
Hinata se sobresaltó al escuchar el sonido de un golpe. Kō acababa de golpear con frustración el volante. No era absolutamente normal que nadie contestara. En la casa Hyuga, nadie abandonaba sus puestos de trabajo; la entrada siempre debía estar vigilada y las vías de comunicación activas. Quería dar marcha atrás, algo en su instinto le pedía a gritos que colocara a la mayor de las Hyugas en un lugar seguro.
Sin embargo, las personas dentro de aquella propiedad también eran su familia y su deber era asegurarse de que estuvieran a salvo. Podía entrar solo, pero eso significaba dejar a Hinata atrás, a merced de posibles peligros. Y si se devolvía a dejarla en un lugar seguro, si realmente estaba pasando algo grave en casa, aquello conllevaría perder tiempo valioso.
—Conduce, Kō-san. Debemos ir a casa. —Debía ver a su hermana para saber que todo estaba bien, que aquella sensación de pánico era solo una falsa alarma.
A medida que el auto reanudó el movimiento, fue mucho más evidente la soledad y el silencio que llenaban el lugar.
Está nevando. Aquello se había vuelto un mantra en su mente. Era la justificación más lógica por la cual aquellos parajes estaban en esa espesa calma. Como todo ser humano, su familia se había refugiado en las cálidas paredes de su hogar e inmersos en sus deberes habían dejado olvidados sus teléfonos. Seguramente, al llegar a casa, encontraría a su hermana y primo tomando calientes tazas de chocolate mientras Hanabi hacía una de sus tantas bromas que parecían querer acabar con la paciencia limitada de su nii-san.
Cuando el auto estacionó frente a la puerta de la mansión principal, todo el mundo de Hinata se vino abajo. De pronto, sus piernas se congelaron en su sitio y sintió cómo cada centímetro de su cuerpo era dominado por el frío.
—¡Hinata-sama, llame a la policía! —En cuestión de segundos, Kō abandonó el auto. Aquel kimono gris pronto se llenó de manchas oscuras que en las zonas más claras se apreciaban de un marrón cobrizo.
Realmente no fue consciente de qué palabras salieron de su boca cuando un oficial atendió su llamada. Más tarde recordaría el borroso sonido de una voz histérica pronunciando frases sobre viseras en charcos de sangre y cuerpos inertes. Más tarde, su mente le traería vagos recuerdos sobre cómo, después de cortar la llamada, sus pensamientos fueron invadidos por la imagen de su hermana en los invernaderos, a los que ellas llamaban jardines. Pero eso sería más tarde. Porque ahora mismo, dentro de la sala de su casa, mientras observaba el piso manchado de rojo, lo único que su mente repetía era que estaba dentro de una pesadilla; de otra manera, su familia no se encontraría masacrada.
—¡Hinata-sama! —Un fuerte jalón en su brazo la hizo un poco más consciente de su entorno—. Rápido, debemos salir de aquí. —La desesperación que transmitían las facciones de su siempre calmado camarada debía ser un reflejo de la suya propia.
—P-pero... debemos buscar a Otō-san, Nej...
—¡No hay tiempo! —La frustración era evidente. Kō la arrastraba bosque adentro, corriendo al ritmo que sus propios pies le permitían, su mano siempre sosteniendo la suya—. No puedo explicarle, solo me queda pedirle que confíe en mí. —Kō prefería evitar decirle que probablemente eran los últimos de esa familia con vida y que, si no llegaban a su objetivo, sus muertes solo serían el comienzo del infierno en la Tierra.
Podrían llamarlo un sexto sentido o que los eventos pasados habían perturbado su mente de formas irreversibles, lo cual era lo más sensato. Pero su cuerpo entero lo sintió. Había algo tras ellos, algo demasiado oscuro. Todo su ser se sintió nauseabundo; un olor a podrido llenó sus fosas nasales y, de pronto, la nieve en sus pies le pareció demasiado densa. Todos sus sentidos se prendieron como alarmas demasiado sonoras, pidiendo que corriera más veloz, más lejos, que ninguna distancia era suficiente entre aquella cosa y ella.
Cuando Kō se detuvo, Hinata supo que las cosas solo empeorarían. El tiempo a su alrededor transcurría de formas aceleradas, pero en aquella burbuja que envolvía su ser, era demasiado lento. Demasiado tortuoso, para que ella fuera totalmente consciente de los acontecimientos venideros.
—Debe seguir sola. —La determinación y autoridad con la que esas palabras llegaron a sus oídos dejarían cicatrices imborrables en su memoria.
En medio de sus protestas, las manos de Kō sostuvieron sus hombros, obligando a que sus miradas se encontraran.
—Escúcheme con atención—, Kō había jurado protegerla—. Debe correr hacia el oeste, no se detenga. No importa lo que escuche o vea, debe seguir —él había prometido permanecer a su lado—. Cuando llegue al templo, recite las oraciones y selle el pacto con sangre —hacía apenas minutos, él había asegurado que sostendría su mano siempre.
En ese momento, sabía que las lágrimas recorrían sus mejillas. El nudo en su estómago y el rápido latido de su corazón solo hacían que su percepción de la realidad se distorsionara aún más.
—Señorita Hinata, sería mi vergüenza eterna si algo le pasara mientras mi corazón aún pueda latir.
Su cuerpo funcionaba meramente por adrenalina. No lograba distinguir cómo la húmeda nieve se filtraba en su ropaje ni el dolor que sentía al perder el equilibrio y caer bruscamente al suelo. Lo único constante y distinguible era el ensordecedor pitido que escuchaba en su cabeza.
En medio de su agitada carrera, vislumbró una enorme edificación de roca. Estaba cercada por estacas metálicas interconectadas por gruesas cadenas. El diseño era singular; en las paredes se observaban bordados de llamas de fuego y en la entrada dos imponentes figuras con la particularidad de poseer tomoes rodeando la pupila se alzaban dando la bienvenida.
El templo Uchiha. Por un instante, olvidó las circunstancias en las que se encontraba y dudó en seguir adelante. Según las creencias Hyugas, los Uchiha habían sido un clan de demonios desterrados del mundo espiritual por sus crímenes. Nadie tenía permitido adentrarse en el templo, salvo en dos ocasiones al año para limpiezas y meditación, donde solo podían ir el líder del clan y sus consejeros.
Reaccionando ante su momento de duda, cruzó los metros que la separaban de la construcción antigua. A diferencia de otros templos, este estaba completamente a oscuras. Su interior frío emanaba un extraño aroma a cenizas. Forzando su vista, logró llegar a lo que parecía ser el altar. Al fondo, se perfilaban tres figuras en lo que simulaba un campo de batalla, sobre ellas rezos grabados en piedra. El idioma distaba mucho del japonés. En medio, una bandeja dorada destacaba.
Por más que escudriñaba en su memoria, no lograba recordar ninguna oración relacionada con el clan Uchiha. Su padre le enseñó alabanzas y rituales ceremoniales para otras deidades, manteniendo alejada la historia del clan Uchiha tanto de ella como del resto del clan. No había escritos que contaran su historia en la biblioteca familiar; todo su conocimiento se limitaba a un corto diálogo con su progenitor.
Una ráfaga de aire invadió el templo y el olor a ceniza se mezcló con hierro y putrefacción. Todos sus sentidos se paralizaron, el pitido en su cabeza se intensificó y las náuseas regresaron con mayor fuerza. Pronto, todas las imágenes que intentaba reprimir empezaron a reproducirse velozmente en su mente: cuerpos destrozados de sus familiares, expresiones de terror bañando sus facciones, ojos similares a los suyos con las miradas desenfocadas, la sala manchada de sangre con extremidades dispersas en lugares antes felices, las palabras de Kō, la siempre blanca e impoluta nieve coloreada de carmesí.
De repente, un espeso sentimiento se instaló en su estómago y empezó a devorar cualquier otro sentir. Los recuerdos se reprodujeron aleatoriamente, desde sucesos recientes hasta eventos con años de antigüedad. Las lágrimas, presentes desde la despedida con Kō, se intensificaron. El pánico ya no ocupaba todo; queria gritar hasta quedarse sin voz, golpear cosas hasta que sus manos se desicieran en medio de carne y sangre.
Aquello era tan abrumador que parecía no caber en su cuerpo; su piel picaba y ardía, era como estar en llamas. Todo colapsó.
Solo un demonio puede matar a otro. Las palabras resonaban, acompañadas por la voz de Kō como un eco lejano. Sin embargo, ella no lograba visualizarlo. No sentía su cuerpo, no sentía nada. Era como estar flotando en un limbo. Por un instante tan largo como un parpadeo, Hinata se perdió.
Una voz sonaba dentro de las rígidas paredes, pronunciando sonidos incomprensibles. Un extraño cosquilleo dentro de su garganta, le informo que aquella voz era suya, pero su conciencia aún ausente no formaba pensamientos claros. Tal vez su mente estaba perdida en medio de sus sentidos.La temperatura había descendido y la oscuridad acentuaba las siluetas aterradoras, haciendo que parecieran devorarla en cualquier instante.
Al recuperar el control de su cuerpo, un pensamiento se aferró a su psique con raíces fuertes: quizás fuera un momento de iluminación. Siguiendo sus delirios, guió su dedo pulgar a su boca y cerró sus dientes con fuerza. El dolor, aunque significativo, resultaba perturbadoramente acogedor. Únicamente se detuvo cuando sintió hilos de sangre deslizándose por su barbilla. Guiada genuinamente por su instinto llevó su dedo goteando hasta que su sangre cayó dentro de aquel recipiente dorado.
Una segunda respiración la perturbó. Al enfocar su vista, supo que aquella imagen quedaría grabada en su memoria. Iluminado por la luz de luna, se alzaba una criatura que solo podría ser obra de una mente perturbada. Solo el infierno podría engendrar algo así: ojos dorados sin iris sobre una figura alta, extremidades delgadas con largas garras emergiendo de un cuerpo negro como petróleo. No lograba divisar cabello, orejas o nariz.
Estaba segura de que había vomitado en cuanto un olor a carroña demasiado putrefacta lleno sus sentidos. En el momento en que aquel ser identifico el pánico en sus facciones, una inmensa sonrisa tétrica se extendió por su rostro, dejando a la vista surcos de dientes puntiagudos en los que se divisaban restos de carne y sangre. Hinata quiso correr, pero su cuerpo parecía petrificado en su sitio.
Aquella cosa empezó a caminar hacia ella, con cada paso la maldita sonrisa parecía aumentar y podría jugar que en esos ojos se reflejada un hambre demasiado primitiva mezclada con diversión.
De repente, la criatura se detuvo. En aquellas facciones alternó pánico con placer, convirtiéndose de cazador a presa. Cuando sintió los vellos de su nuca erizarse ante una presencia en su espalda. Hinata tuvo la segunda iluminación de su vida. El demonio estaba muerto, al igual que ella.
Fuera...la nieve comenzaba a caer con mayor intensida
Este es mi primer fic, espero que sea de su agrado. Cualquier error ortográfico o Ooc de parte de algún personaje, por favor decirme. Soy nueva en esto y creo firmemente que la escritura es un arte que se perfecciona con la práctica.
Sin más, que lo disfruten.
