Leonor
Helena y yo estamos entusiasmadas porque se ha vuelto a abrir un portal en la máquina del tiempo que hay escondida entre unos matorrales del parque al que solemos ir aquí en Las Rozas de Madrid.
-¿Estás lista, Leonor? –me pregunta Helena en un tono que me dice que ya sabe cuál va a ser mi respuesta.
-¡Claro! –río yo, y cogidas de la mano, entramos en la máquina del tiempo. Nuestro parque desaparece y entramos en la oscuridad por unos instantes, pero enseguida desaparece y comenzamos a divisar un parque al otro lado.
Pero me llama la atención porque esta vez no es el parque de nuestros amigos, que no sé de dónde son, por cierto. Tengo que preguntárselo la próxima vez que los vea. Esta vez, la máquina del tiempo nos ha enviado a un parque mucho menos soleado y mucho más nublado.
¿Por qué nos habrá enviado la máquina del tiempo aquí esta vez?
-¿Dónde estamos? –pregunta Helena a nadie en particular.
-No tengo ni idea –le digo yo-. Lo que está claro es que no es el parque de nuestros amigos.
-¿Nos habremos perdido? Tal vez deberíamos volver a entrar en la máquina del tiempo para que nos mande al parque de nuestros amigos.
Yo asiento con la cabeza, y justo cuando vamos a poner el pie en la máquina del tiempo, oímos la voz de una señora regañando a un bebé, que no para de llorar.
Helena y yo nos detenemos porque, por lo menos yo, he tenido un presentimiento y quiero quedarme para comprobar si es cierto o no.
-¿Cuántas veces te he dicho, Severus, que no me gusta que juegues en los charcos? -¡Lo sabía! ¡Sabía que ese bebé que está llorando es Severus! Y la que lo regaña debe de ser su mamá. Da miedo.
El niño sigue llorando, y nosotras contemplamos la escena escondidas detrás de los matorrales, matorrales donde está escondida la máquina del tiempo en este parque. Helena y yo vemos cómo esa señora deja a Severus en el suelo, que sigue llorando, y ella se sienta en un banco a leer un libro, sin prestarle mucha atención al llanto de su hijo y yo siento lástima por él. Pobrecillo.
Helena se pone en pie y camina hasta donde está Severus, y yo la sigo porque no quiero perder de vista a mi hermana.
-Hola, Severus –le saluda Helena muy amable y con mucho tacto.
Severus deja de llorar al instante y la mira, sonrojándose. Claramente, no quería que Helena le viese de llorar. E inmediatamente después, Severus nota mi presencia y también me mira.
-Hola, Helena. Hola, Leonor –nos saluda él, esbozando una tímida sonrisa.
Helena mira a Severus y Severus la mira a ella, y yo miro con cautela a la señora que ha regañado a Severus. Parece que está enfrascada con el libro que está leyendo y no se ha dado cuenta de nuestra presencia. Mejor.
-¿Quieres jugar con nosotras, Severus? –le pregunta Helena.
-Sí –dice él sonriendo un poco más que antes. Me alegro de que haya dejado de llorar y que sonría.
Nos alejamos del banco donde está sentada la señora regañona, y nos vamos a jugar a la otra parte del parque. Jugamos a las palmas, y cuando nos cansamos, Helena le pregunta a Severus:
-¿Vives aquí?
-No exactamente. Vivo con mi mamá y mi papá en la Calle de la Hilandera, que es una calle que está a unas cuantas calles de aquí, pero mi mamá me trae aquí muy a menudo.
-¿Esa señora que te estaba regañando es tu mamá? –le pregunto ahora yo.
Él asiente con la cabeza, poniéndose muy serio de repente.
-¿Te trata así siempre? –le pregunta Helena.
-Normalmente, sí. Mi mamá tiene muy mal genio y se enfada enseguida conmigo por cualquier cosa –nos confiesa Severus.
-Pues vaya –digo yo-. Todas las mamás deberían ser cariñosas y agradables con sus hijos.
-Supongo que sí –dice Severus, sin sonreír-. Por cierto, ¿qué estáis haciendo aquí vosotras? ¿Por qué no estáis en el parque de nuestros amigos?
-Buena pregunta –le contesta Helena-. Estamos aquí porque esta vez la máquina del tiempo nos ha mandado aquí, y no sabemos por qué.
-Tal vez sea porque yo estoy aquí –inquiere Severus rascándose la parte superior de la cabeza.
-Puede ser –digo yo-. Por cierto, ¿esta ciudad cómo se llama?
-Cokeworth.
-¿Y dónde está Cokeworth? –le pregunta Helena-. Perdona mi ignorancia, Severus, pero es que nunca antes había oído hablar de Cokeworth.
Él le sonríe con timidez y después dice:
-Está en Inglaterra, cerca de Manchester.
-Ah, eso me suena más.
-Y a mí también –les digo yo.
-¿Y vosotras de dónde sois?
-De Madrid. Concretamente, de Las Rozas de Madrid –le responde Helena, y yo asiento con la cabeza para confirmarle a Severus que somos de allí.
-¿Dónde está eso? Ahora el ignorante soy yo –bromea él.
-En España.
-Ah, qué bien, está cerquita de Inglaterra –dice Severus muy contento-. Me pregunto de dónde serán nuestros amigos del otro parque.
-Yo también tengo la misma pregunta –digo yo-. Se lo preguntaremos la próxima vez que los veamos.
Después de habernos tomado un descanso, jugamos con la fuente que hay detrás de nosotros. Metemos los tres nuestras manos en el agua y luego las sacamos y las sacudimos, mojándonos entre nosotros. Luego, Helena y yo cantamos a dúo Tengo una muñeca vestida de azul, y Severus nos mira y nos escucha, hipnotizado. Y yo vuelvo a sentir esa extraña sensación de expansión que experimenté el otro día en casa, cuando toqué el piano para Helena y cuando bailamos con mamá y papá antes de acostarnos.
-¡Qué bien cantáis! –nos halaga Severus, aplaudiéndonos.
-¡Muchas gracias, Severus! –exclama Helena muy contenta, como si hubieran venido los Reyes o Papá Noel.
-Sí, gracias, Severus. ¿Tú no cantas?
-No, me da vergüenza –reconoce, agachando la cabeza al mismo tiempo que se sonroja.
-¿Pero te gustaría hacerlo? –le pregunta Helena, sentándose a su lado, y él se pone nervioso y comienza a desmenuzar con las manos las hojas de los árboles que hay en el suelo.
-S-sí… Me gusta cantar y me gusta la música en general.
-Entonces, anímate –le digo yo, sentándome al lado de mi hermana-. Canta con nosotras.
-Pero es que no conozco la canción que estabais cantando.
-Bueno, pues cantemos alguna que conozcas tú –sugiero yo, y Helena asiente con la cabeza.
-No conozco muchas, la verdad.
-¿Tu mamá no te canta canciones? La nuestra lo hace constantemente –le dice Helena.
-Qué suerte tenéis. La mía no es mucho de cantar.
-Bueno, en ese caso, primero puedes escucharnos a nosotras e irte aprendiendo las canciones con nosotras –sugiero yo otra vez.
-Vale –acepta Severus muy contento.
Helena y yo volvemos a cantar Tengo una muñeca vestida de azul varias veces, hasta que al final Severus se aprende algunas partes de la canción y la canta con nosotras también. Y una vez más, vuelvo a sentir esa sensación de expansión, alegría, paz y bienestar.
La tarde se nos pasa volando y notamos que enseguida empieza a anochecer, así que Helena y yo nos despedimos de Severus y nos metemos en la máquina del tiempo, que nos manda de regreso al parque de nuestra casa, Las Rozas de Madrid. Allí, nuestra mamá está de taba con otras mamás que hay en el parque, y nos damos cuenta de que tampoco ha transcurrido el tiempo aquí. Da igual a dónde nos envíe la máquina del tiempo, que cuando regresamos a casa es la misma hora a la que nos fuimos.
Pero aún sigo sin entender por qué la máquina del tiempo nos ha mandado esta vez al parque de Severus y no al del resto de nuestros amigos. Es la primera vez que nos pasa esto y no sé a qué se debe. Tal vez sea por lo que dice Severus: que como él está ahí, en el parque de Cokeworth, esta vez nos ha mandado ahí al ser uno de nuestros amigos. Pero que yo sepa, la máquina del tiempo no puede leernos la mente. Espero que el abuelo Patricio nos lleve pronto a Juguettos para poder averiguar cómo funciona esa máquina porque sigo sin entender muchas cosas de ella.
