VII. Interludio
1
Moblit Berner, testigo
Diciembre de 2016
Su llegada a los laboratorios aquel día habría estado programada para al menos un rato más tarde. Sin embargo, de no ser por el compromiso de llegar pronto a su hogar y de no haber decidido encargarse pronto de aquello, estando a cargo del cierre por vacaciones de invierno, las consecuencias le habría más que desalmado.
Suponía de sus compañeros y los empleados de la limpieza, ya se habrían encargado de dejar todo en orden, tan solo para él asegurarse de mantener todo interruptor, maquinaria y conductos lejos de las fuentes de energía, además de verificar toda cerradura y asegurar toda puerta bajo llave.
Mas no contaba con que el área de fármacos, dada la negligencia de los principales responsables de los laboratorios, quedase expuesta de tan descarada manera. No al menos hasta que cayó en cuenta de lo que sucedía.
Dado a que a primera instancia, a lo lejos, tan solo podía advertir que la vitrina donde eran salvaguardados los medicamentos se encontraba abierta, y que varios de los mismos se encontraban desordenados y regados por las estanterías de la caja de metal, su siguiente descubrimiento casi que le habría sacado todo aire de encima.
Estando a los pies de la escena, tendría a la punta de los mismos el entonces inmóvil cuerpo de Hanji Zoe, tendiendo de su endeble mano un par de frascos de pastillas a casi vacíos sobre la altura de su cabeza.
Le asistió casi de inmediato, arrodillándose a su costado y posicionándose para tomarle entre sus brazos, de manera en que le tornó y removió entre estos con desesperación, mas no reaccionaba.
Inútilmente trató de tomar su celular, deslizando sus ahora resbalosas manos por encima del bolsillo de su pantalón, no encontrando el bulto que supondría haría éste, cayendo en cuenta de que el mismo había quedado en alguna de las tantas mesas a la entrada del aula.
No obstante, sin buscar provocar más retraso, tanta fue su angustia como para alzarle en sus brazos y llevarle por su cuenta hasta el hospital universitario, sin la posibilidad de pedir ayuda durante el pesado trayecto dada la ahora helada y solitaria infraestructura de la facultad.
Horas después se encontraría en la sala de espera, andando de un lado a otro o sentado, pero inquieto, a la espera de recibir noticia alguna acerca de ella. Cada minuto propiciándole niveles exagerados de angustia y constantes idas de aire, aunadas al irregular y preocupante palpitar de su corazón.
Preocupación suficiente como para posponer su salida de Erdia rumbo a su hogar para reunirse con su familia, así como para haber dejado vulnerable la seguridad de los laboratorios de los que había asumido responsabilidad.
— Sólo necesita esperar un poco más — le decía una enfermera, buscando reconfortarle. No obstante, le resultaba casi que imposible.
El tiempo seguía pasando, el asunto le impacientaba aún más, cuestionaba a uno tras otro respecto al estado de Hanji Zoe, y en diversas ocasiones tuvo que ser intervenido por el personal de salud por lo alterado y muy mal que se estaba poniendo. Tanto mental, como emocional y físicamente.
No podía más.
— Hanji Zoe — nombró el doctor, asomándose tras una de las tantas salas del pasillo.
No vaciló ni un segundo y de inmediato se presentó frente al médico, mismo que le proporcionó la información adecuada y le instó en ciertas indicaciones, además de finalmente permitirle verle.
Tomó de la manija de la puerta de la habitación, infló lo suficiente su pecho y respiró profundo, en un pobre intento por relajar su cuerpo, traqueteando con sus dedos sobre el metal, para acto secundo adentrarse a la aséptica habitación con toda serenidad, vislumbrando entonces a una pálida y adormecida castaña sobre la camilla, teniendo de sí variados cables y conductos de plástico.
Su aspecto le habría hecho lucir como un cadáver, y el pensamiento de inmediato le erizó la piel.
Aquella escena, irremediable y predeciblemente, robándole toda respiración y fuerza. Apenas permitiéndole acercarse con un sillón para quedarse a su lado, tomando su fría mano esperando a que despertase en algún momento de la ya dada noche.
Sollozó solo, en silencio.
¿Habría la soledad sido suficiente motivo para tal desenlace? Se cuestionaba una y mil veces más respecto a sus conclusiones. No obstante, aquella reciente ruptura, la desaparición y el fallecimiento de sus amistades más cercanas, de aquellos primeros años de universidad, de alguna manera parecían querer darle la razón.
Una sobredosis por drogas también estaba entre las posibilidades imaginables por Berner, dado los anteriores acontecimientos y una posible reciente adicción. Sin embargo, habría quedado descartado casi por completo en cuanto se dio a la tarea de revisar los envases y componentes de los medicamentos con los que le habría encontrado.
Sumando a ello, y finalmente confirmándolo, las revelaciones y observaciones realizadas por el médico a su cargo.
Su muerte no descartaba como posible resultado de aquello, y nuevamente su sentir se aliviaba de saber que no fue así.
El ligero apretón de su mano le hizo despertar y saltar sobre sí casi de inmediato, propiciándole a alzar la mirada sobre sí. Sintiendo el pesado vuelco de su corazón en cuanto las primeras palabras de Zoe, que apenas conseguía moverse, dado los efectos de la anestesia, consiguieron pronunciarse.
— N-no... — susurró Berner, cuidadoso —. Soy Moblit... — corrigió, acariciando los morenos nudillos de sus delgados dedos con delicadeza.
Tanto como le fue posible, entreabrió sus ojos con sosiego, ofuscada momentáneamente por el titileo de sus párpados, y entonces observó a sus costados en silencio durante algunos momentos, frotando su vientre con debilidad y resoplando con pesadez, probablemente tras sentir el vacío provocado por el lavado gástrico.
— Yo no debería estar aquí... — masculló Hanji Zoe, denotando su dolor —. No quería seguir aquí — sollozó, arrugando su rostro aflicción, cegada por las lágrimas que ya desembocaban sobre sus mejillas.
El corazón de Berner se sintió arrugado, aplastado. Su voz y llanto manifestaban todo aquel dolor y atravesaban su pecho.
— Por favor, no diga eso... — reclamaba Moblit, ahora también gimoteando más fuerte. Apretando de la mano de la joven contra su frente con firmeza, ocultándole el rostro y sorbiendo nariz y labios —. Me quedaré aquí con usted... Por favor, quédese.
