Crepúsculo pertenece a Stephanie Meyer.

El Harem de la Reina

(Harem: Alice Cullen, Rosalie Hale, Sasha Denali, Tanya Denali, Kate Denali, Irina Denali y Leah Clearwater)

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17: ¿La Tigresa se asustó?

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(Bella)

Le prometí a Jessica, que la acompañaría, a comprarse un vestido y estando ella tan emocionada, inconscientemente conducía aún más deprisa que Charlie, por lo que estuvimos en Port Angeles a eso de las cuatro. Hacía bastante tiempo que no había tenido una salida nocturna sólo de chicas; el subidón del estrógeno resultó vigorizante. Escuchamos canciones de rock mientras Jessica hablaba sobre los chicos con los que solía estar. Su cena con Mike había ido muy bien y esperaba que el sábado por la noche hubieran progresado hasta llegar a la etapa del primer beso.

Sonreí para mis adentros, complacida. Angela estaba feliz de asistir al baile, aunque en realidad no le interesaba Eric. Jess intentó hacerle confesar cuál era su tipo de chico, pero la interrumpí con una pregunta sobre vestidos poco después, para distraerla. Angela me dedicó una mirada de agradecimiento.

Port Angeles era una hermosa trampa para turistas, mucho más elegante y encantadora que Forks, pero Jessica y Angela la conocían bien, por lo que no planeaban desperdiciar el tiempo en el pintoresco paseo marítimo cerca de la bahía. Jessica condujo directamente hasta una de las grandes tiendas de la ciudad, situada a unas pocas calles del área turística de la bahía.

Se había anunciado que el baile sería de media etiqueta y ninguna de nosotras sabía con exactitud qué significaba aquello.

Jessica y Angela parecieron sorprendidas y casi no se lo creyeron cuando les dije que nunca había ido a ningún baile en Phoenix.

— ¿Ni siquiera has tenido un novio ni nada por el estilo? —me preguntó Jess dubitativa mientras cruzábamos las puertas frontales de la tienda.

—Me besé con un par de… chicas, hace ya varios años, en la secundaria, a eso de los 13 años o algo así. —intentaba convencerla sin querer confesar mis problemas con el baile —Nunca he tenido un novio ni nada que se le parezca. Nunca he tenido alguna relación con un chico... ni con una chica, que me dure más allá de un par de semanas. No salía mucho en Phoenix y obedecía mucho a mi madre.

— ¿Y sabes con quien irás? —Me preguntó Jess.

—Tengo que ver, si alguna de ellas está interesada en venir conmigo —dije.

—Tendrás que aclarárselo a Tyler —me dijo Jess riéndose burlonamente.

— ¿A qué te refieres? —Pregunté suavemente, pero bastante curiosa.

—Tyler le ha dicho a todo el mundo que te va a llevar al baile de la promoción —me informó Jessica con suspicacia.

La miré con cierta interrogante, incluso si yo lo había entendido todo. — ¿Que dice el qué? —Parecía que me estaba ahogando.

— "Te dije que no era cierto" —susurró Angela a Jessica. Permanecí callada, aún en estado de shock, que rápidamente se convirtió en irritación. Pero ya nos habíamos detenido en una tienda con vestidos muy bellos, entramos y comenzamos a recomendarle vestidos a la otra y ahora teníamos trabajo por delante. —Por eso no le caes bien a Lauren —comentó entre risitas Jessica mientras toqueteábamos la ropa.

La elección de los vestidos no fue larga, pero ambas encontraron unos cuantos que probarse. Me senté en una silla baja dentro del probador, junto a los tres paneles del espejo, intentando controlar mi agobio, por el hecho de que Tyler parecía querer invitarme a salir.

Jess se mostraba indecisa entre dos. Uno era un modelo sencillo, largo y sin tirantes; el otro, un vestido de color azul, con tirantes finos, que le llegaba hasta la rodilla.

Angela eligió un vestido color rosa claro cuyos pliegues realzaban su alta figura y resaltaban los tonos dorados de su pelo castaño claro. Las felicité a ambas con profusión y las ayudé a colocar en las perchas los modelos descartados.

Yo elegí un vestido que se sostenía por un único brazo y que tenía toques de amarillo pollito y amarillo mostaza.

Nos dirigimos a por los zapatos y otros complementos. Me limité a observar y criticar mientras ellas se probaban varios pares, porque, aunque necesitaba unos zapatos nuevos, no estaba de humor para comprarme nada. La tarde noche de chicas siguió a la estela de mi enfado con Tyler, que poco a poco fue dejando espacio a la melancolía. — ¿Angela? —comencé titubeante mientras ella intentaba calzarse un par de zapatos rosas con tacones y tiras. Estaba alborozada de tener una cita con un chico lo bastante alto como para poder llevar tacones. Jessica se había dirigido hacia el mostrador de la joyería y estábamos las dos solas. Extendió la pierna y torció el tobillo para conseguir la mejor vista posible del zapato. Me acobardé y dije: —Me gustan.

—Creo que me los voy a llevar, aunque sólo van a hacer juego con este vestido —musitó Jessica maravillada con la belleza de sus zapatos y su vestido.

—Venga, adelante. Están en venta —la animé con una sonrisa. Ella me devolvió la sonrisa mientras volvía a colocar la tapa de una caja que contenía unos zapatos de color blanco y aspecto más práctico. Lo intenté otra vez. —Esto... Angela... —la aludida alzó los ojos con curiosidad. — ¿Es normal que los Cullen falten mucho a clase?

Mantuvo los ojos fijos en los zapatos. Fracasé miserablemente en mi intento de parecer indiferente. —Sí, cuando el tiempo es bueno agarran las mochilas y se van de excursión varios días, incluso el doctor —me contestó en voz baja y sin dejar de mirar a los zapatos—. Les encanta vivir al aire libre.

No me formuló ni una pregunta en lugar de las miles de preguntas que hubiera provocado la mía en los labios de Jessica. Angela estaba empezando a caerme realmente bien. —Vaya. —Zanjé el tema cuando Jessica regresó para mostrarnos un diamante de imitación que había encontrado en la joyería a juego con sus zapatos plateados.

Habíamos planeado ir a cenar a un pequeño restaurante italiano junto al paseo marítimo, pero la compra de la ropa nos había llevado menos tiempo del esperado. Jess y Angela fueron a dejar las compras en el coche y entonces bajamos dando un paseo hacia la bahía. Les dije que me reuniría con ellas en el restaurante en una hora, ya que quería buscar una librería. Ambas se mostraron deseosas de acompañarme, pero las animé a que se divirtieran. Ignoraban lo mucho que me podía abstraer cuando estaba rodeada de libros, era algo que prefería hacer sola.

Se alejaron del coche charlando animadamente y yo me encaminé en la dirección indicada por Jess.

No hubo problema en encontrar la librería, pero no tenían lo que buscaba.

Los escaparates estaban llenos de vasos de cristal, dreamcatchers y libros sobre sanación espiritual. Ni siquiera entré. Desde fuera vi a una mujer de cincuenta años con una melena gris que le caía sobre la espalda. Lucía un vestido de los años sesenta y sonreía cordialmente detrás de un mostrador. Decidí que era una conversación que me podía evitar. Tenía que haber una librería normal en la ciudad.

Anduve entre las calles, llenas por el tráfico propio del final de la jornada laboral, con la esperanza de dirigirme hacia el centro. Caminaba sin saber a dónde iba porque luchaba contra la desesperación, intentaba no pensar en ninguna de las Cullen con todas mis fuerzas y, por encima de todo, pretendía acabar con mis esperanzas para el viaje del sábado, temiendo una decepción aún más dolorosa que el resto. Cuando alcé los ojos y vi un Volvo plateado aparcado en la calle todo se me vino encima. —Vampiresas estúpidos… y hermosas —pensé sonrojándome. Avancé pisando fuerte en dirección sur, hacia algunas tiendas de escaparates de apariencia prometedora, pero cuando llegué al lugar, sólo se trataba de un establecimiento de reparaciones y otro que estaba desocupado. Aún me quedaba mucho tiempo para ir en busca de Jess y Angela, y necesitaba recuperar el ánimo antes de reunirme con ellas. Después de mesarme los cabellos un par de veces al tiempo que suspiraba profundamente, continué para doblar la esquina.

Al cruzar otra calle comencé a darme cuenta de que iba en la dirección equivocada. Los pocos viandantes que había visto se dirigían hacia el norte y la mayoría de los edificios de la zona parecían almacenes. Decidí dirigirme al este en la siguiente esquina y luego dar la vuelta detrás de unos bloques de edificios para probar suerte en otra calle y regresar al paseo marítimo.

Un grupo de cuatro hombres doblaron la esquina a la que me dirigía. Yo vestía de manera demasiado informal para ser alguien que volvía a casa después de la oficina, pero ellos iban demasiado sucios para ser turistas.

Me percaté de que no debían de tener muchos más años que yo conforme se fueron aproximando. Iban bromeando entre ellos en voz alta, riéndose escandalosamente y dándose codazos unos a otros. Salí pitando lo más lejos posible de la parte interior de la acera para dejarles vía libre, caminé rápidamente mirando hacia la esquina, detrás de ellos. — ¡Eh, ahí! —dijo uno al pasar. Debía de estar refiriéndose a mí, ya que no había nadie más por los alrededores. Alcé la vista de inmediato. Dos de ellos se habían detenido y los otros habían disminuido el paso. El más próximo, un tipo corpulento, de cabello oscuro y poco más de veinte años, era el que parecía haber hablado. Llevaba una camisa de franela abierta sobre una camiseta sucia, unos vaqueros con desgarrones y sandalias. Avanzó medio paso hacia mí.

— ¡Pero bueno! —murmuré de forma instintiva. Entonces desvié la vista y caminé más rápido hacia la esquina. Los podía oír reírse estrepitosamente detrás de mí.

— ¡Eh, espera! —gritó uno de ellos a mis espaldas, pero mantuve la cabeza gacha y doblé la esquina con un suspiro de alivio. Aún los oía reírse ahogadamente a mis espaldas.

Me encontré andando sobre una acera que pasaba junto a la parte posterior de varios almacenes de colores sombríos, cada uno con grandes puertas en saliente para descargar camiones, cerradas con candados durante la noche. La parte sur de la calle carecía de acera, consistía en una cerca de malla metálica rematada en alambre de púas por la parte superior con el fin de proteger algún tipo de piezas mecánicas en un patio de almacenaje. En mi vagabundeo había pasado de largo por la parte de Port Angeles que tenía intención de ver como turista. Descubrí que anochecía cuando las nubes regresaron, arracimándose en el horizonte de poniente, creando un ocaso prematuro. Al oeste, el cielo seguía siendo claro, pero, rasgado por rayas naranjas y rosáceas, comenzaba a agrisarse. Me había dejado la cazadora en el coche y un repentino escalofrío hizo que me abrazara con fuerza el torso. Una única furgoneta pasó a mi lado y luego la carretera se quedó vacía.

De repente, el cielo se oscureció más y al mirar por encima del hombro para localizar a la nube causante de esa penumbra, me asusté al darme cuenta de que dos hombres me seguían sigilosamente a seis metros.

Formaban parte del mismo grupo que había dejado atrás en la esquina, aunque ninguno de los dos era el moreno que se había dirigido a mí. De inmediato, miré hacia delante y aceleré el paso. Un escalofrío que nada tenía que ver con el tiempo me recorrió la espalda. Llevaba el bolso en el hombro, colgando de la correa cruzada alrededor del pecho, como se suponía que tenía que llevarlo para evitar que me lo quitaran de un tirón. Sabía exactamente dónde estaba mi aerosol de autodefensa, en el talego de debajo de la cama que nunca había llegado a desempaquetar. No llevaba mucho dinero encima, sólo veintitantos dólares, pero pensé en arrojar «accidentalmente» el bolso y alejarme andando.

Mas una vocecita asustada en el fondo de mi mente me previno que podrían ser algo peor que ladrones.

Escuché con atención los silenciosos pasos, mucho más si se los comparaba con el bullicio que estaban armando antes. No parecía que estuvieran apretando el paso ni que se encontraran más cerca.

Tranquila. —me dije —Respira, tuve que recordarme. No sabes si te están siguiendo. —Continué andando lo más deprisa posible sin llegar a correr, concentrándome en el giro que había a mano derecha, a pocos metros. Podía oírlos a la misma distancia a la que se encontraban antes. Procedente de la parte sur de la ciudad, un coche azul giró en la calle y pasó velozmente a mi lado. Pensé en plantarme de un salto delante de él, pero dudé, inhibida al no saber si realmente me seguían, y entonces fue demasiado tarde.

Llegué a la esquina, pero una rápida ojeada me mostró un callejón sin salida que daba a la parte posterior de otro edificio. En previsión, ya me había dado media vuelta. Debía rectificar a toda prisa, cruzar como un bólido el estrecho paseo y volver a la acera. La calle finalizaba en la próxima esquina, donde había una señal de stop. Me concentré en los débiles pasos que me seguían mientras decidía si echar a correr o no. Sonaban un poco más lejanos, aunque sabía que, en cualquier caso, me podían alcanzar si corrían. Estaba segura de que tropezaría y me caería de ir más deprisa.

Las pisadas sonaban más lejos, sin duda, y por eso me arriesgué a echar una ojeada rápida por encima del hombro. Vi con alivio que ahora estaban a doce metros de mí, pero ambos me miraban fijamente.

El tiempo que me costó llegar a la esquina se me antojó una eternidad. Mantuve un ritmo vivo, hasta el punto de rezagarlos un poco más con cada paso que daba. Quizás hubieran comprendido que me habían asustado y lo lamentaban.

Vi cruzar la intersección a dos automóviles que se dirigieron hacia el norte. Estaba a punto de llegar, y suspiré aliviada. En cuanto hubiera dejado aquella calle desierta habría más personas a mí alrededor. En un momento doblé la esquina con un suspiro de agradecimiento.

Y me deslicé hasta el stop.

A ambos lados de la calle se alineaban unos muros blancos sin ventanas. A lo lejos podía ver dos intersecciones, farolas, automóviles y más peatones, pero todos ellos estaban demasiado lejos, ya que los otros dos hombres del grupo estaban en mitad de la calle, apoyados contra un edificio situado al oeste, mirándome con unas sonrisas de excitación que me dejaron petrificada en la acera. Súbitamente comprendí que no me habían estado siguiendo.

Me habían estado conduciendo como al ganado.

Me detuve por unos breves instantes, aunque me pareció mucho tiempo. Di media vuelta y me lancé como una flecha hacia el otro lado dé la acera. Tuve la funesta premonición de que era un intento estéril. Las pisadas que me seguían se oían más fuertes. — ¡Ahí está! —La voz atronadora del tipo rechoncho de pelo negro rompió la intensa quietud y me hizo saltar. En la creciente oscuridad parecía que iba a pasar de largo.

— ¡Sí! —Gritó una voz a mis espaldas, haciéndome dar otro salto mientras intentaba correr calle abajo—. Apenas nos hemos desviado.

Ahora debía andar despacio. Estaba acortando con demasiada rapidez la distancia respecto a los dos que esperaban apoyados en la pared. Era capaz de chillar con mucha potencia e inspiré aire, preparándome para proferir un grito, pero tenía la garganta demasiado seca para estar segura del volumen que podría generar.

Con un rápido movimiento deslicé el bolso por encima de la cabeza y aferré la correa con una mano, lista para dárselo o usarlo como arma, según lo dictasen las circunstancias.

El gordo, ya lejos del muro, se encogió de hombros cuando me detuve con cautela y caminó lentamente por la calle.

Entré en fase delante de ellos y surgieron cientos de: «¿Qué?»

«¿Cómo lo hizo?»

«¡¿Qué es esa cosa?»

Tomé aire y rugí con todas mis fuerzas, haciéndolos gritar y salir a correr. Yo utilicé mi nariz, para encontrar el aroma de Jessica y Angelica y me lancé por un callejón con un vallado, giré a la izquierda, seguí derecho cruzando la calle desierta, giré a mi derecha, giré otra vez a la derecha y volví a mi forma humana. — ¡Jess, Angela! —les grité, saludando con el brazo cuando se volvieron. Se apresuraron a regresar. El manifiesto alivio de sus rostros se convirtió en sorpresa cuando vieron quienes estaban a mi lado.

Me giré suavemente y una sonrisa apareció en mi rostro, al ver a Alice, junto a Rosalie, justo detrás de mí, ambas parecían haber estado realizando sus compras, junto a Vanesa y con ellas, venían Jasper y Emmet.

—Hey, nena —dijo Rosalie, sonriéndome preocupada y abrazándome por la espalda. Yo no tenía forma de saberlo, pero creo que ella sabía cuan preocupada estaba yo, por lo que acababa de vivir. O quizás fuera Alice, porque ella parpadeaba muy lentamente, mirándome fijamente, como si fuera a convertirme en humo de un momento a otro — ¿Dónde estabas?

Yo tomé aire profundamente, mientras intentaba organizar mis pensamientos. —Intenté ir a la librería de allí. —apunté —No había nada e intenté entonces, ir a la librería que está en la otra cuadra, pero un grupo de pandilleros (creo) comenzaron a perseguirme, doblé y doblé entre calles, tuve que asustarlos y volver hasta aquí. —Me quedé con Jessica y Angela, quienes me abrazaron y subimos al automóvil de Jessica, acercándonos bastante a mi casa, pero comimos algo en una librería y luego un helado como postre, después de lo que habíamos cenado. Ya le había dicho a mi padre, por celular que yo estaba bien.

Al llegar a casa, le enseñé los vestidos y las joyas que mis amigas me compraron. Él se alegró por mi y me permitió ir a mi habitación, sin siquiera pensar, en lo que me ocurrió, aunque yo tampoco se lo dije, solo porque quería mantenerlo fuera de mi mente.

Soy prácticamente una Alfa Quileute, no debo de temerle a nada, menos aún a los mortales.