Crepúsculo pertenece a Stephanie Meyer.

El Harem de la Reina

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(Harem: Alice Cullen, Rosalie Hale, Sasha Denali, Tanya Denali, Kate Denali, Irina Denali y Leah Clearwater)

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La idea de este Fic, es gracias a AlphaMoon22 (Usuario de Wattpad)

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03: Recién llegada.

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(Isabella)

Dentro del monovolumen estaba cómoda y a cubierto. Era obvio que Charlie o Billy debían de haberlo limpiado, pero la tapicería marrón de los asientos aún olía tenuemente a tabaco, gasolina y menta. El coche arrancó a la primera, con gran alivio por mi parte, aunque en medio de un gran estruendo, y luego hizo mucho ruido mientras avanzaba al ralentí. Bueno, un monovolumen tan antiguo debía de tener algún defecto. La anticuada radio funcionaba, un añadido que no me esperaba.

Fue fácil localizar el instituto pese a no haber estado antes. El edificio se hallaba, como casi todo lo demás en el pueblo, junto a la carretera. No resultaba obvio que fuera una escuela, sólo me detuve gracias al cartel que indicaba que se trataba del instituto de Forks. Se parecía a un conjunto de esas casas de intercambio en época de vacaciones construidas con ladrillos de color granate. Había tantos árboles y arbustos que a primer avista no podía verlo en su totalidad. ¿Dónde estaba el ambiente de un instituto?, me pregunté con nostalgia. ¿Dónde estaban las alambradas y los detectores de metales?

Aparqué frente al primer edificio, encima de cuya entrada había un cartelito que rezaba «Oficina principal». No vi otros coches aparcados allí, por lo que estuve segura de que estaba en zona prohibida, pero decidí que iba a pedir indicaciones en lugar de dar vueltas bajo la lluvia como una tonta. De malagana salí de la cabina calentita del monovolumen y recorrí un sendero de piedra flanqueado por setos oscuros. Respiré hondo antes de abrir la puerta.

En el interior había más luz y se estaba más caliente de lo que esperaba. La oficina era pequeña: una salita de espera con sillas plegables acolchadas, una basta alfombra con motas anaranjadas, noticias y premios pegados sin orden ni concierto en las paredes y un gran reloj que hacía tictac de forma ostensible. Las plantas crecían por doquier en sus macetas de plástico, por si no hubiera suficiente vegetación fuera.

Un mostrador alargado dividía la habitación en dos, con cestas metálicas llenas de papeles sobre la encimera y anuncios de colores chillones pegados en el frontal. Detrás del mostrador había tres escritorios. Una pelirroja regordeta con gafas se sentaba en uno de ellos. Llevaba una camiseta de color púrpura que, de inmediato, me hizo sentir que yo iba demasiado elegante. La mujer pelirroja alzó la vista. — ¿Te puedo ayudar en algo, cariño?

—Soy Isabella Swan —le informé, y de inmediato advertí en su mirada un atisbo de reconocimiento. Me esperaban. Sin duda, había sido el centro de los cotilleos.

—Por supuesto —dijo sonriente. Rebuscó entre los documentos precariamente apilados hasta encontrar los que buscaba. —Precisamente aquí tengo el horario de tus clases y un plano de la escuela.

Trajo varias cuartillas al mostrador para enseñármelas. Repasó todas mis clases y marcó el camino más idóneo para cada una en el plano; luego, me entregó el comprobante de asistencia para que lo firmara cada profesor y se lo devolviera al finalizar las clases. Me dedicó una sonrisa y, al igual que Charlie, me dijo que esperaba que me gustara Forks. Le devolví la sonrisa más convincente posible.

Los demás estudiantes comenzaban a llegar cuando regresé al monovolumen. Los seguí, me uní a la cola de coches y conduje hasta el otro lado de la escuela. Supuso un alivio comprobar que casi todos los vehículos tenían aún más años que el mío, ninguno era ostentoso. En Phoenix, vivía en uno de los pocos barrios pobres del distrito Paradise Valley. Era habitual ver un Mercedes nuevo o un Porsche en el aparcamiento de los estudiantes.

El mejor coche de los que allí había era un flamante Volvo, y destacaba.

Aun así, apagué el motor en cuanto aparqué en una plaza libre para que el estruendo no atrajera la atención de los demás sobre mí.

Examiné el plano en el monovolumen, intentando memorizarlo con la esperanza de no tener que andar consultándolo todo el día. Lo guardé en la mochila, me la eché al hombro y respiré hondo. Puedo hacerlo, me mentí sin mucha convicción.

Nadie me va a morder.

Al final, suspiré y salí del coche.

Mantuve la cara escondida bajo la capucha y anduve hasta la acera abarrotada de jóvenes. Observé con alivio que mi sencilla chaqueta negra no llamaba la atención.

Una vez pasada la cafetería, el edificio número tres resultaba fácil de localizar, ya que había un gran «3» pintado en negro sobre un fondo blanco con forma de cuadrado en la esquina del lado este.

Noté que mi respiración se acercaba a hiperventilación al aproximarme a la puerta. Para paliarla, contuve el aliento y entré detrás de dos personas que llevaban impermeables de estilo unisex.

El aula era pequeña. Los alumnos que tenía delante se detenían en la entrada para colgar sus abrigos en unas perchas; había varias. Los imité. Se trataba de dos chicas, una rubia de tez clara como la porcelana y otra, también pálida, de pelo castaño claro. Al menos, mi piel no sería nada excepcional aquí.

Entregué el comprobante al profesor, un hombre alto y calvo al que la placa que descansaba sobre su escritorio lo identificaba como Sr. Masón. Se quedó mirándome embobado al ver mi nombre, pero no me dedicó ninguna palabra de aliento, y yo, por supuesto, me puse colorada como un tomate. Pero al menos me envió a un pupitre vacío al fondo de la clase sin presentarme al resto de los compañeros. A éstos les resultaba difícil mirarme al estar sentada en la última fila, pero se las arreglaron para conseguirlo.

Mantuve la vista clavada en la lista de lecturas que me había entregado el profesor. Era bastante básica: Bronté, Shakespeare, Chaucer, Faulkner. Los había leído a todos, lo cual era cómodo... y aburrido.

Recreé nuestra discusión mientras el profesor continuaba con su perorata.

Cuando sonó el zumbido casi nasal del timbre, un chico flacucho, con acné y pelo grasiento, se ladeó desde un pupitre al otro lado del pasillo para hablar conmigo. —Tú eres Isabella Swan, ¿verdad?

Parecía demasiado amable, el típico miembro de un club de ajedrez. —Sí, pero… por favor: Dime Bella —le corregí. En un radio de tres sillas, todos se volvieron para mirarme.

— ¿Dónde tienes la siguiente clase? —preguntó. Tuve que comprobarlo con el programa que tenía en la mochila.

—Eh... Historia, con Jefferson, en el edificio seis. —Mirase donde mirase, había ojos curiosos por doquier.

—Voy al edificio cuatro, podría mostrarte el camino —demasiado amable, sin duda. —Me llamo Eric —añadió. Recogimos nuestros abrigos y nos adentramos en la lluvia que caía con más fuerza. Hubiera jurado que varias personas nos seguían lo bastante cerca para escuchar a hurtadillas. Esperaba no estar volviéndome paranoica. —Bueno, es muy distinto de Phoenix, ¿eh? —preguntó.

—Mucho.

—Allí no llueve a menudo, ¿verdad?

—Tres o cuatro veces al año. Hace muchísimo sol y… bueno: se me hace raro ver el cielo tan nublado.

—No se te ve muy bronceada.

—Es la sangre albina de mi madre.

Pasamos junto a la cafetería de camino hacia los edificios de la zona sur, cerca del gimnasio. Eric me acompañó hasta la puerta, aunque la podía identificar perfectamente. —En fin, suerte —dijo cuando rocé el picaporte—. Tal vez coincidamos en alguna otra clase. —Parecía esperanzado. Le dediqué una sonrisa que no comprometía a nada y entré.

El resto de la mañana transcurrió de forma similar. Mi profesor de Trigonometría, el señor Varner, a quien habría odiado de todos modos por la asignatura que enseñaba, fue el único que me obligó a permanecer delante de toda la clase para presentarme a mis compañeros.

Balbuceé, me sonrojé y tropecé con mis propias botas al volver a mi pupitre.

Después de dos clases, empecé a reconocer varias caras encada asignatura. Siempre había alguien con más coraje que los demás que se presentaba y me preguntaba si me gustaba Forks. Procuré actuar con diplomacia, pero por lo general mentí mucho.

Al menos, no necesité el plano.

Una chica se sentó a mi lado tanto en clase de Trigonometría como de español, y me acompañó a la cafetería para almorzar. Era muy pequeña, varios centímetros por debajo de mi uno sesenta, pero casi alcanzaba mi estatura gracias a su oscura melena de rizos alborotados. No me acordaba de su nombre, por lo que me limité a sonreír mientras parloteaba sobre los profesores y las clases. Tampoco intenté comprenderlo todo. Nos sentamos al final de una larga mesa con varias de sus amigas a quienes me presentó. Se me olvidaron los nombres de todas en cuanto los pronunció. Parecían orgullosas por tener el coraje de hablar conmigo. El chico de la clase de Lengua y Literatura, Eric, me saludó desde el otro lado de la sala.

Y allí estaba, sentada en el comedor, intentando entablar conversación con siete desconocidas llenas de curiosidad, cuando los vi por primera vez: Fue extraño, el como mi atención, fue hacía las chicas del grupo y no hacía los chicos.

Se sentaban en un rincón de la cafetería, en la otra punta de donde yo me encontraba. Eran cinco. No conversaban ni comían pese a que todos tenían delante una bandeja de comida. No me miraban de forma estúpida como casi todos los demás, por lo que no había peligro: podía estudiarlos sin temor a encontrarme con un par de ojos excesivamente interesados. Pero no fue eso lo que atrajo mi atención.

Una de las chicas era por mucho la más alta del grupo y era escultural. Tenía una figura preciosa, del tipo que se ve en la portada del número dedicado a trajes de baño de la revista Sports Illustrated, y con el que todas las chicas pierden buena parte de su autoestima sólo por estar cerca. Su pelo rubio caía en cascada hasta la mitad de la espalda. Me asusté de mi misma, cuando decidí que era hermosa.

La chica baja tenía aspecto de duendecillo de facciones finas, un delgada y risueña. Su pelo corto era rebelde, con cada punta señalando en una dirección, y de un negro intenso.

Otra chica apareció entonces, era tan alta como la rubia, de cabello escarlata rapado en los laterales y el cabello despelucado y tinturado de rosado, quien besó a uno de los chicos.

Vi a los chicos de reojo.

Aun así, todos se parecían muchísimo. Eran blancos como la cal, los estudiantes más pálidos de cuantos vivían en aquel pueblo sin sol. Más pálidos que yo, que soy albina.

La chica rubia y la pelinegra, revisaron sus horarios y la rubia celebró por algo.

¿Por qué estoy interesada en ellas?

¿Qué me pasa?

— ¿Quiénes son ésos? —pregunté a la chica de la clase de Literatura, cuyo nombre se me había olvidado.

—Son Edward y Emmett Cullen, Alice y Vanessa, Rosalie y Jasper Hale. —y la más bajita, Alice, abandonó la cafetería, sin siquiera haber comido —Todos viven con el doctor Cullen y su esposa —me respondió con un hilo de voz. —Están juntos. Me refiero a que… aparentemente, Emmett y Rosalie rompieron su relación y ahora, Emmett está con Vanessa, Jasper tuvo una pelea con Alice, cuando Jasper comenzó a salir con Lauren. Los Cullen viven juntos.

Los cuatro abandonaron la mesa al mismo tiempo, escasos minutos después. Todos se movían con mucha elegancia, incluso el forzudo. Me desconcertó verlos. Otro chico, salió detrás de ellos.

Permanecí en la mesa con Jessica y sus amigas más tiempo del que me hubiera quedado de haber estado sola. No quería llegar tarde a mis clases el primer día. Una de mis nuevas amigas, que tuvo la consideración de recordarme que se llamaba Ángela, tenía, como yo, clase de segundo de Biología a la hora siguiente. Nos dirigimos juntas al aula en silencio. También era tímida.

Nada más entrar en clase, Angela fue a sentarse a una mesa con dos sillas y un tablero de laboratorio con la parte superior de color negro, exactamente igual a las de Phoenix. Ya compartía la mesa con otro estudiante. De hecho, todas las mesas estaban ocupadas, reconocí a Edward Cullen, que estaba sentado cerca del pasillo central junto a la única silla vacante, se levantó y fue a sentarse junto a Angela. Al mismo tiempo que hubo un extraño movimiento de sillas y yo comencé a caminar, nerviosa, tragando saliva.

No entendía qué pasaba, pero con todo el ajetreo de las sillas, terminé sentada junto a la bella rubia pálida de ojos miel. Ella me dio una mirada que solo puedo describir como "preciosa", desconocía que existían miradas así. Me tendió la mano, yo la imité, con movimientos de robot. Me sentía algo intimidada por su mirada y rogaba para que ella parpadeara. —Es un placer conocerte, Isabella me dijo con una voz dulce, casi parecía que sus palabras fueran miel soy Rosalie Hale-Cullen, hija adoptiva del Dr. Cullen. —sus palabras fluyeron suaves, como la seda.

—Es… un… placer, Rosalie, —dije yo torpemente. Sus ojos miel, jamás abandonaron mis ojos oscuros —soy… Isabella Swan.

—Me resultas interesante, Isabella. —ella estaba agitada, por alguna razón. Su mano soltó la mía, con reticencia, demorándose, en dejar el contacto de nuestras manos y enseguida, convirtió sus manos en puños —A mi hermana Alice y a mí, nos interesaría conocerte, si nos permites tal atrevimiento.

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(Rosalie)

"¿A mi hermana Alice y a mí, nos interesaría conocerte, si nos permites tal atrevimiento?" ¿Pero cómo se te ocurre decirle algo así a una perfecta desconocida, Hale? ¿Acaso tienes seis años de edad?

Esa no es forma de coquetearle a la chica.

¿Alice dice la verdad y esta chica será mi pareja?

Pues si es así, estoy dando asco para coquetearle.

De acuerdo Rosalie, tranquila, ¿Sí?

Sobrevive a este día y cuando llegues a casa, le preguntas a Alice, si acaso ella, puede ver algo más.