Crepúsculo pertenece a Stephanie Meyer.
El Harem de la Reina
(Harem: Alice Cullen, Rosalie Hale, Sasha Denali, Tanya Denali, Kate Denali, Irina Denali y Leah Clearwater)
25: Baseball.
(Bella)
A Papá, parecían agradable Alice y Rosalie, también le agradaba Leah y el que ella fuera mi mano derecha, dentro de mi manada, le daba orgullo.
Él había sido el líder de su propia manada, una muy grande. Papá había ido demostrando, su sabiduría, más que su fuerza.
Yo fui similar a mi padre, cuando formé mi manada con Jared, Embry, Sam y Leah: Yo tomé el mando, en mi juventud, antes de irme, cuando Sam era más bien un idiota que creía en la fuerza y en el tamaño de los colmillos, antes que en la astucia y el conocimiento.
Así fundé la manada: Escogiendo a cada miembro, por su personalidad, no por su fuerza física. Y así me he mantenido al mando: Gracias a MI CONOCIMIENTO y ASTUCIA.
—Entonces: Te invitaron a jugar Baseball. —repitió mi padre, mirándome extrañado. Yo por mi parte, solo asentí, luego de haberle sostenido la mirada, unos cuantos minutos —No sabía que jugabas Baseball.
—Jamás he sido la mejor en deportes. Lo mío, siempre han sido la literatura y las Ciencias Sociales. —admití a mi padre —He cambiado... desde que volví a conectarme con Leah y el resto, en La Push y la Reserva. —Escuché el rugido de un motor, lo escuchamos detenerse justo en frente de la casa. Pegué un salto en la silla y empecé a fregar los platos.
—Deja los platos, ya los lavaré yo luego. Me tienes demasiado mimado.
Sonó el timbre y Charlie se dirigió a abrir la puerta; le seguí a un paso.
No me había dado cuenta de que fuera caían chuzos de punta. Edward estaba de pie, aureolado por la luz del porche, con el mismo aspecto de un modelo en un anuncio de impermeables. —Entra, Alice.
—Gracias, jefe Swan —dijo ella con voz respetuosa.
—Entra y llámame Charlie. Ven, dame la cazadora.
Alice le dedicó una sonrisa de respeto. Como soy su Imprimada, reconozco las sonrisas y los motivos detrás de dichas sonrisas. De respeto para él y una, llena de amor para mí —Gracias, señor.
—Siéntate aquí, Alice. —Hice una mueca. Alice se sentó con un ágil movimiento en la única silla que había, obligándome a sentarme al lado del jefe Swan en el sofá. Le lancé una mirada envenenada y él me guiñó un ojo a espaldas de Charlie. —Tengo entendido que vas a llevar a mi niña a ver un partido de béisbol. El que llueva a cántaros y esto no sea ningún impedimento para hacer deporte al aire libre sólo ocurre aquí, en Washington.
—Sí, señor, ésa es la idea. Ella ha mejorado mucho, en sus deportes, porque mi hermana y yo, la... empujamos a aprender, en nuestra familia, jugar deportes, es algo que hemos tomado como una costumbre —no pareció sorprendida de que le hubiera contado a mi padre la verdad. Aunque también podría haber estado escuchando, claro.
—Bueno, eso es llevarla a tu terreno, supongo ¿no? —Charlie rió y Alice se unió a él. Juro que podía escuchar a Rosalie reírse en el coche. Voy estrangular a esa rubia princesita teñida ¡Lo juro! Volví al recibidor y me puse la cazadora. Ellos me siguieron. —No vuelvas demasiado tarde, Bella.
—No se preocupe Charlie, la traeré temprano —prometió Alice. Cerré los ojos, mientras sentía algo similar a un asentimiento, por parte de Rosalie, desde el automóvil y resistí el deseo de darme golpes en la cabeza, contra la pared.
Salí por la puerta y la dejé abierta, para que Alice también pudiera salir, mientras que mi cerebro registraba aquello que tenía delante de mí. Me paré en seco en el porche. Allí, detrás de mi coche, había un Jeep gigantesco. Las llantas me llegaban por encima de la cintura, protectores metálicos recubrían las luces traseras y delanteras, además de llevar cuatro enormes faros antiniebla sujetos al guardabarros. El techo era de color rojo brillante. Charlie dejó escapar un silbido por lo bajo.
—Poneos los cinturones —advirtió.
Alice me siguió hasta la puerta del copiloto y la abrió. Calculé la distancia hasta el asiento y me preparé para saltar. Alice suspiró y me alzó con una sola mano. Esperaba que Charlie no se hubiera dado cuenta.
Mientras regresaba al lado del conductor, a un paso normal, humano, intenté ponerme el cinturón, pero había demasiadas hebillas. — ¿Qué es todo esto? —le pregunté cuando abrió la puerta.
—Un arnés para conducir campo a traviesa.
—Oh, oh. —Intenté encontrar los sitios donde se tenían que enganchar todas aquellas hebillas, pero iba demasiado despacio. Alice volvió a suspirar y se puso a ayudarme. Me alegraba que la lluvia fuera tan espesa como para que Charlie no pudiera ver nada con claridad desde el porche. Eso quería decir que no estaba dándose cuenta de cómo las manos de Alice se deslizaban por mi cuello, acariciando mi nuca. Me giré hacia ella y le robé un beso, dejándola aturdida, por unos instantes, antes de hacerla sonreír me que ella me devolviera aquel beso. Alice giró la llave y el motor arrancó; al fin nos alejamos de la casa. —Esto es... humm... ¡Vaya pedazo de Jeep que tienes!
—Es de Emmett. Supuse que no te apetecería correr todo el camino.
Lancé una carcajada divertida. —Sí dejamos que los humanos vean, a una Tigresa Dientes de Sable vivita y coleando, corriendo por los bosques, cansaremos algo muy parecido a una histeria tipo Pie Grande.
Se inclinó para besarme la coronilla y entonces gimió. Le miré sorprendida.
—Hueles deliciosamente a lluvia —comentó.
—Pero, ¿bien o mal? —pregunté con precaución.
—De las dos maneras —suspiró. —Siempre de las dos maneras.
Entre la penumbra y el diluvio, no sé cómo encontró el camino, pero de algún modo llegamos a una carretera secundaria, con más aspecto de un camino forestal que de carretera. La conversación resultó imposible durante un buen rato, dado que yo iba rebotando arriba y abajo en el asiento como un martillo pilón. Sin embargo, Alice parecía disfrutar del paseo, ya que no dejó de sonreír en ningún momento. Y entonces fue cuando llegamos al final de la carretera; los árboles formaban grandes muros verdes en tres de los cuatro costados del Jeep. La lluvia se había convertido en llovizna poco a poco y el cielo brillante asomaba entre las nubes. —Lo siento, Bella, pero desde aquí tenemos que ir a pie.
Mis ojos se abrieron ante tal perspectiva e inmediatamente, me maldije por haber sido bendecida con una imaginación tan grande: Fácilmente, podía verme cayendo a medio camino o incluso peor. — ¿Sabes qué? Que casi mejor te espero aquí.
—Pero ¿qué le ha pasado a tu coraje? Estuviste estupenda esta mañana.
—Todavía no se me ha olvidado la última vez.
Parecía increíble que aquello sólo hubiera sucedido ayer. Se acercó tan rápidamente a mi lado del coche que apenas pude apreciar una imagen borrosa. Empezó a desatarme el arnés.
—Ya los suelto yo; tú, vete —protesté en vano.
—Humm... —parecía meditar mientras terminaba rápidamente—. Me parece que voy a tener que forzar un poco la memoria. —Antes de que pudiera reaccionar, me sacó del Jeep y me puso de pie en el suelo. Había ahora apenas un poco de niebla; parecía que Alice iba a tener razón. —Ahora, dime -respiró mi duendecillo, fue entonces cuando su efluvio desorganizó todos mis procesos mentales—, ¿qué es exactamente lo que te preocupa? —moví mi cabeza hacia el frente y atrapé sus fríos labios con los míos, obligándola a responder a mi beso, mientras escuchaba el cinturón alejarse de mi cuerpo. Sabiendo que esto era peligroso para ambas, pero más para ella, si es que llegaba a sentirse ansiosa, la empujé lejos de mí. Sé que, si ella fuera humana, estaría transpirando, pero aproveché ver sus ojos vidriosos, para tantear, hasta encontrar el seguro de la puerta, destrabar el coche y abrir por mí misma, la puerta, permitiéndome salir.
Dio un par de pasos por delante de mí y se dedicó a mirarme de reojo, con aquel bello ojo, dentellando de felicidad apenas contenida. Alice abrió la boca, pero otra voz habló, una voz masculina, proveniente de Emmett. —Cambia de fase y asegúrate de correr, como si el diablo te persiguiera, porque no es precisamente corto el camino, hasta el campo de Baseball —el corpulento vampiro, parecía muy emocionado. Pero a su lado, Vanessa, la actual esposa de su hermano Jasper, parecía incluso el doble de feliz.
Pronto, los estaba siguiendo a los tres: Alice, Emmett y Vanessa, quienes corrían con celeridad, por en medio de los árboles; mientras que yo, había cambiado de fase en Tigresa Dientes de Sable, para estar a la altura de su carrera, preguntándome a donde acabaríamos llegando.
Mi pregunta obtuvo su respuesta, a través de altos helechos mojados y musgos que cubrían un enorme abeto, y de pronto nos encontramos al borde de un inmenso campo abierto en la ladera de los montes Olympic. Tenía dos veces el tamaño de un estadio de béisbol.
Allí vi a todos los demás; Esme, Jasper y Rosalie, sentados en una lisa roca salediza, eran los que se hallaban más cerca de nosotros, a unos cien metros.
Aún más lejos, a unos cuatrocientos metros, se veía al Dr. Cullen y Samanta, que parecían lanzarse algo el uno al otro, aunque no vi la bola en ningún momento. Parecía que Carlisle estuviera marcando las bases, pero ¿realmente podía estar poniéndolas tan separadas unas de otras?
Los tres que se encontraban sobre la roca se levantaron cuando estuvimos a la vista. Esme se acercó hacia nosotros y Emmett dejó de apoyarse en aquel árbol y la siguió después de echar una larga ojeada a la espalda de Vanessa,
El hondo estruendo de un trueno sacudió el bosque de en frente apenas hubo terminado de hablar. A continuación, retumbó hacia el oeste, en dirección a la ciudad.
—Raro, ¿a que sí? —dijo Emmett con un guiño, como si nos conociéramos de toda la vida.
Vanessa lanzó una carcajada alegre, pasó sus manos por la nuca de Emmett y le robó un goloso beso, provocándome hacer una mueca, más por la dureza y brusquedad de Vanessa, que incomodidad por verlos besarse. —Venga, vamos... —Vanessa tomó a Emmett de la mano y desaparecieron como flechas en dirección al gigantesco campo.
Ella corría como una gacela; él, lejos de ser tan grácil, sin embargo, le igualaba en velocidad, aunque nunca se le podría comparar con una gacela. Quizás un lince.
— ¿Te apetece jugar una bola? —me preguntó Edward con los ojos brillantes, pude detectarlo: No solo estaba deseoso de participar. Él realmente quería tener, lo que tenían los demás. Una pareja.
—Espero poder hacer esto bien —dije sencillamente, mientras corría e intentaba infundirme a mí misma, la fuerza muscular de la Tigresa Dientes de Sable, mientras permanecía humana.
No funcionó.
— ¿Bajamos? —inquirió Esme con voz suave y melodiosa. En ese instante, me di cuenta de que lo estaba mirando boquiabierta. Rápidamente controlé mi expresión y asentí. Esme estaba a un metro escaso de mí y me pregunté si seguía actuando con cuidado para no asustarme. Acompasó su paso al mío, sin impacientarse por mi ritmo lento.
— ¿No vas a jugar con ellos? —le pregunté con timidez.
—No, prefiero arbitrar; alguien debe evitar que hagan trampas y a mí me gusta. —me explicó, manteniendo su tono calmado, fusionando con un tono de mando, bastante normal en un profesor de instituto, tal y como lo era ella. —Fue a Carlisle a quien se le ocurrió todo esto del juego. Solemos hacerlo, cuando sabemos que habrá una tormenta, así, podemos causar tango ruido, grito y desastre como queramos, sin alertar a los humanos.
—Entonces, ¿les gusta hacer trampas?
—Oh, ya lo creo que sí, ¡tendrías que oír sus excusas! Bueno, espero que no sea así, de lo contrario pensarías que se han criado en una manada de lobos... —pareció percatarse de su elección de palabras y dio un paso atrás, mientras levantaba las manos —perdón por tales palabras, cariño. Tengo entendido, que tu padre es un Quileute sangre pura.
No pude evitar reírme. —Lo es. Yo soy la rara del grupo, la Quileute fuera de lo común, la... la legendaria ¿Sabes? No soy una loba. Extrañamente, soy una Tigresa Dientes de Sable. —resistí el deseo de reírme de Esme, mientras la veía llevar sus manos a la cintura, en posición de jarras y elevar una ceja, en incredulidad. Ante eso, cambié de Fase, directo ante ella, causando que abriera los ojos. Esperé unos segundos, casi contando un minuto a que mi forma real, se grabara en su cerebro, antes de volver a mi fase humana.
Habíamos llegado a los límites del campo. Al parecer, ya se habían formado los equipos. Edward estaba en la parte izquierda del campo, bastante lejos; Carlisle se encontraba entre la primera y la segunda base, y Alice tenía la bola en su poder, en lo que debía ser la base de lanzamiento.
Emmett hacía girar un bate de aluminio, sólo perceptible por su sonido silbante, ya que era casi imposible seguir su trayectoria en el aire con la vista. Esperaba que se acercara a la base de meta, pero ya estaba allí, a una distancia inconcebible de la base de lanzamiento, adoptando la postura de bateo para cuando me quise dar cuenta. Jasper se situó detrás, a un metro escaso, para atrapar la bola para el otro equipo. Como era de esperar, ninguno llevaba guantes.
—De acuerdo —Esme habló con voz clara, y supe que Edward la había oído a pesar de estar muy alejado—, batea.
Alice permanecía erguida, aparentemente inmóvil. Su estilo parecía que estaba más cerca de la astucia, de lo furtivo, que de una técnica de lanzamiento intimidatorio. Sujetó la bola con ambas manos cerca de su cintura; luego, su brazo derecho se movió como el ataque de una cobra y la bola impactó en la mano de Jasper.
— ¿Ha sido un strike? —le pregunté a Esme.
—Si no la golpean, es un strike —me contestó.
Jasper lanzó de nuevo la bola a la mano de Alice, que se permitió una gran sonrisa antes de estirar el brazo para efectuar otro nuevo lanzamiento.
Esta vez el bate consiguió, sin saber muy bien cómo, golpear la bola invisible. El chasquido del impacto fue tremendo, atronador. Entendí con claridad la razón por la que necesitaban una tormenta para jugar cuando las montañas devolvieron el eco del golpe.
La bola sobrevoló el campo como un meteorito para irse a perder en lo profundo del bosque circundante.
—Carrera completa —murmuré.
—Espera —dijo Esme con cautela, escuchando atenta y con la mano alzada. Emmett era una figura borrosa que corría de una base a otra y Carlisle, la sombra que lo seguía. Me di cuenta de que Edward no estaba. — ¡Out! —cantó Esme con su voz clara. Contemplé con incredulidad cómo Edward saltaba desde la linde del bosque con la bola en la mano alzada. Incluso yo pude ver su brillante sonrisa. —Emmett será el que batea más fuerte —me explicó Esme—, pero Edward corre al menos igual de rápido.
Las entradas se sucedieron ante mis ojos incrédulos. Era imposible mantener contacto visual con la bola teniendo en cuenta la velocidad a la que volaba y el ritmo al que se movían alrededor del campo los corredores de base.
Comprendí el otro motivo por el cual esperaban a que hubiera una tormenta para jugar cuando Jasper bateó una roleta, una de esas pelotas que van rodando por el suelo, hacia la posición de Carlisle en un intento de evitar la infalible defensa de Edward.
Carlisle corrió a por la bola y luego se lanzó en pos de Jasper, que iba disparado hacia la primera base. Cuando chocaron, el sonido fue como el de la colisión de dos enormes masas de roca. Preocupada, me incorporé de un salto para ver lo sucedido, pero habían resultado ilesos. —Están bien —anunció Esme con voz tranquila. El equipo de Emmett iba una carrera por delante. Rosalie se las apañó para revolotear sobre las bases después de aprovechar uno de los larguísimos lanzamientos de Emmett, cuando Rosalie consiguió el tercer out. Se acercó de un salto hasta donde estaba yo, chispeante de entusiasmo. — ¿Qué te parece? —inquirió.
—Una cosa es segura: no volveré a sentarme otra vez a ver esa vieja y aburrida Liga Nacional de Béisbol.
—Ya, suena como si lo hubieras hecho antes muchas veces —replicó Rosalie entre risas.
—Pero estoy un poco decepcionada -bromeé, mientras una sonrisa asomaba en mis labios.
— ¿Por qué? —me preguntó, intrigada una divertida Samanta.
—Bueno, sería estupendo encontrar una sola cosa que ese precioso duendecillo no haga mejor que cualquier otra persona en este planeta.
Rosalie se acercó resoplando, mientras se esforzaba por mostrarse enfadada o indignada, pero poca suerte estaba teniendo. — ¿Entonces la Duendecillo que ve el futuro, es más guapa que la rubia alta que (literalmente) puede lanzarse a sí misma, una ilusión para lucir cien veces más bella? —rodé mis ojos, poniéndolos en blanco, mientras me acercaba a ella rápidamente, sorprendiéndolos a todos, tomando bruscamente a Rosalie del mentón y besándola en los labios, con muchísima más dulzura que en el caso de Alice. —Ya voy —dijo al tiempo que se encaminaba hacia la base del bateador. Le arrojó el bate y ella lo atrapó al vuelo, colocándolo por encima del hombro, tomando la punta con la otra mano y contoneando las caderas, mientras caminaba, ganándose un silbido mío y dejándome con las ganas de darle una deliciosa nalgada.
Estúpida rubia de ojos dorados... tal y como yo imaginaba a Céline Herondale de la saga literaria Cazadores de Sombras (aunque admito, que -por alguna razón -imagino a Céline castaña, cuando canónicamente no lo es)
Edward jugó con mucha astucia al optar por una bola baja, fuera del alcance del excepcionalmente rápido bateo de Rosalie, que defendía en la parte exterior del campo, y, veloz como el rayo, ganó dos bases antes de que Emmett pudiera volver a poner la bola en juego. Carlisle golpeó una tan lejos fuera del campo -con un estruendo que me hirió los oídos-, que Edward y él completaron la carrera. Alice chocó delicadamente las palmas con ellos.
El tanteo cambiaba continuamente conforme avanzaba el partido y se gastaban bromas unos a otros como otros jugadores callejeros al ir pasando todos por la primera posición. De vez en cuando, Esme tenía que llamarles la atención. Otro trueno retumbó, pero seguíamos sin mojarnos, tal y como había predicho Alice.
Carlisle estaba en el bate con Edward como receptor y Vanessa como lanzadora, siendo muy rápida con una bola recta. Carlisle dio un golpe perfecto a la bola, antes de salir corriendo, sin que nadie pudiera interceptarlo, ni siquiera Edward pudo atrapar la base, siendo ganada por Carlisle y volviendo a la base del bateador.
Cuando el juego terminó, el Doctor Cullen me pasó una mano por el hombro, sin dejar de sonreírme. —Iremos a casa, comerás algo, además de estos Sándwich que mi esposa preparó.
Pero... había más en esto, que solo Sándwiches.
La aceptación de los Cullen. Eso fue importante para mí. Tan importante, como el hecho de tener los corazones de Alice y Rosalie, conectados a mí.
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(N/A: Fue un placer, escribir esta historia para todos ustedes, quiero agradecerles por la lectura, comentarios y "Me Gusta", fue entretenido de escribir. Sin más: Nos despedimos.)
(¿Y el clan de James? Ellos siguieron el olor humano y apetitoso de Bella y se sabe que los Mimetistas/Metamorfos/Quileutes tienen un olor nauseabundo, para los Vampiros; así que más bien, el clan de James se alejaría de Bella y el clan Olímpico)
