LA CONFRONTACIÓN

— No puedo creer que Mamá Francia haya dicho eso —Bolivia no sabe si reír a costa de la vergüenza ajena o compadecerse de la desgracia de su hermana.

Decide controlarse ya que viajan en un carruaje que, pese a las comodidades, no termina de amortiguar el traqueteo del camino. Es un día agradable para reír, pero decide dejarlo pasar. Reirá en compañía de Perú, aunque la regañe por ser tan desconsiderada.

— Ya puedes irte preparando, Boli, te irá así cuando encuentres marido —masculla su hermana visiblemente irritada.

— Ella siempre tan seria y propia —insiste Bolivia— que no me lo acabo de creer.

— Pues créelo y haz lo posible por evitar que te ocurra lo mismo —advierte México—. Por cierto, ya casi llegamos a nuestra próxima parada. ¿Quieres bajar a dar un breve paseo en lo que cambian los caballos? No saldremos en seguida. El señor Germania espera encontrarse con sus amigos ahí.

— Me parece bien. ¿Se puede saber por qué tantas molestias? Podríamos viajar los tres sin problemas. Venimos acompañadas por algunos de nuestros servidores.

— El sentido del decoro y las buenas costumbres del señor Germania le llevan a tomar decisiones exageradas —revela México—. Aunque pensándolo bien...

— Sin rodeos, Mex —pide, casi exige, Bolivia.

— Ha llamado a su primo el Capitán. Quedaron en llegar juntos ya que el Capitán está por terminar no sé qué misión cerca de aquí. Ya sabes, son amigos cercanos de Brasil, así que nuestro tío les ha invitado también —confiesa a su hermana de un tirón.

Bolivia permanece muda un rato. No ignora que el Capitán De los Andes es un buen amigo de la familia de su primo Brasil.

— El mundo es demasiado pequeño —comenta al fin—. Creo que puedo vivir con eso.

— ¿Tienes algo contra los Germania o es algo personal contra el Capitán? —aventura México mirando a su hermana fijamente.

— Algo parecido a la segunda opción ocasionó la primera. Tu querido y encantador prometido lo reforzó —confiesa Bolivia—. Es un alivio que el señor Germania sea distinto. Empiezo a ver con otros ojos al Capitán, pero no me hago a la idea de tanta belleza. Perú y yo hemos escuchado rumores que no hablan muy bien de él. No creas que me ha hecho algo. Sólo que los Germania suelen ser muy... distantes, por no decir otra cosa. Luego vienes y hablas maravillas del Capitán y me confundo un poco. Eso es todo.

— Me tenían preocupada, Boli —asegura México—. Tanta animosidad no es saludable.

— Cada una de nosotras tiene sus asuntos, Mex. Ya no somos unas niñas.

— Pero somos hermanas —protesta México—. Ustedes me dieron su apoyo al inicio de mi compromiso. Me lo siguen dando ahora. Podremos irnos a otras familias y tomar otros apellidos, pero siempre seremos hermanas, Boli.

— Gracias, Mex —Bolivia agacha la cabeza avergonzada.

Permanecen en silencio hasta que el carruaje se detiene.

— Señoritas, hemos llegado —anuncia Germania.

— Vamos, Boli. No sé tú, pero yo no aguantaré más tiempo sentada aquí.

Verlos juntos le da al señor Portugal Hispania una sensación extraña de alegría. Su hermano nunca ha sido muy bueno en relacionarse con otros. Nunca fue bueno haciéndose cargo de lo suyo. Siempre temió que sus sobrinas sufrieran las consecuencias de tanta negligencia. Ahora puede respirar tranquilo. Su nueva cuñada ha venido a salvar sus sobrinas de alguna manera.

México, Bolivia, mis sobrinhas queridas —sonríe al verlas llegar.

Ambas contestan a su saludo devolviendo el gesto. El señor Portugal detiene la mirada en Germania, quien trae a México del brazo. Este joven es de su agrado. Lo conoce desde hace tiempo, puede asegurar que es una buena elección. Su cuñada es lista.

— Joven Germania, me alegra volver a verle. Aún más que antes. Me alegra poder llamarle sobrinho.

El señor Portugal no puede ocultar su satisfacción. Es una buena conexión que él no pudo asegurar por falta de más hijos. Su cuñada se ha asegurado de que la familia lo obtenga, sin darse cuenta ella le ha hecho un favor a toda la familia.

Viele Danke, Oncle —responde Germania—. Gracias por la invitación.

Luego, el señor Portugal se gira hacia el joven al que persiguen los rumores. El joven Capitán De los Andes tiene una fama mixta. Es un gran estratega y dirigente con mucho futuro en la milicia. La familia De los Andes siempre se ha distinguido por eso, cabe agregar que ésa es otra familia que está conectada con la suya. La desgracia es que el final de su nombre ha generado suspicacia y bastante desconfianza. ¿Por quéle es permitido llevar el nombre de Germania? La familia principal lo reconoce como un primo lejano, pero nadie puede asegurar su auténtica filiación.

— Usted es ahora familia, joven Germania—continúa el señor Portugal—. Capitán, un placer tenerle de vuelta.

El señor Portugal está decidido a ignorar los rumores malos. Es una muy buena amistad de su hijo y no piensa echarla a perder por una tontería. Incluso si el joven es un bastardo de Prusia, como se sospecha, nadie le quita que es un buen aliado o partido, según se le vea. Ojalá su cuñada pueda apreciar su valor. Si no, alguna de sus sobrinas debería de pensar en él como una opción, por lo menos. No pensará en convencer a su hermano, España llega a ser muy obtuso con este tipo de cosas. Por el momento, el señor Portugal puede darse por satisfecho. El joven Germania es una buena adición al clan. Su sobrina necesita alguien centrado y tranquilo a su lado para equilibrar toda esa emoción y energía que le sobra. Es una lástima que su cuñada no haya podido concretar este matrimonio en una perspectiva más favorable. Las hermanas Hispania no se encuentran en la mejor de las situaciones para tomarse esta intrusión a la ligera.

— Mi filha las espera en sus aposentos —concluye—. Caballeros, síganme, por favor.

El señor Portugal finge desviar la mirada, cuando se percata que México se gira hacia su prometido y le dedica una sonrisa. Germania le responde asintiendo levemente con la cabeza. Bolivia los mira con una mezcla de incredulidad y aceptación. Tal parece que Perú no está al tanto de los últimos cambios. Estos dos no planean deshacerse uno del otro como creía. Hay un mutuo entendimiento difícil de pasar desapercibido. Lo básico para vivir con alguien lo están consiguiendo. No se les podría pedir más. Es más, el señor Portugal quisiera felicitar a la pareja por eso y más. En su lugar se limita a dar media vuelta y comenzar a caminar. Tiene planes para entretener a sus invitados en las próximas semanas. Aunque algunas veces no le agrade, lo que ocurra con la familia de su hermano no está en sus manos. Para eso está su cuñada y, quizá en un futuro cercano, su sobrina a punto de casarse.

— Creí que nunca vendrían —es el saludos que las recibe al pasar de la puerta—. No le deseo esto a nadie.

México y Bolivia sonríen disimuladamente. Gran Colombia nunca se anda con rodeos.

— ¿Cómo has estado, Gran? —responde México—. Me disculpo por la tardanza. Tuve que atender algunos asuntos antes de venir. Ya sabes que con nuestra madrastra la vida está llena de compromisos. Las demás tenían pendientes que requerían ser atendidos de inmediato, así que Boli me hizo el favor de esperarme.

— ¡Y de qué tamaño, Metztli! Aunque nada se compara al de Puerto Rico. Ella tuvo la osadía de aceptar la propuesta de ese sinvergüenza —responde Gran Colombia—. No entiendo cómo eso ha sido posible, la creía tan sensata. Guatemala me dijo que no hubo manera de que su familia no aceptara dar su mano. Dejemos eso en paz, es agua pasada. He estado bien, gracias Metztli. Esperar gemelos no estaba en mis planes. Tampoco soportar a una prima dividida por la indecisión.

Bolivia y México la miran incrédulas. No es extraño el anuncio de gemelos en la familia. Ambos padres descienden del mismo clan aunque de ramas distintas. No, eso no las asombra. Lo que no acaban de creer es que Perú la haya agobiado con algo. Es impropio de Perú preocupar a los demás con sus asuntos personales.

— ¿Escuché bien? —exclama Bolivia sin poder guardarse el comentario— ¿Qué hiciste, Perú?

— Encandilar al Coronel Del Lacio —responde por ella su prima, quien hace caso omiso de la protesta de la aludida—. El hombre ha mandado carta tras carta y ella no se ha decidido responder alguna. Por lo empeñado que está, pienso que no va a desistir pronto. Si no fuera porque no está en los mejores términos con mi marido, diría que ya hubiera venido a defender su causa —Gran Colombia ahoga una risita—. Hasta creo que Perú aceptó la invitación a venir antes de mi marido sólo porque aquí estará a salvo. Vamos a tener una segunda boda pronto, Metztli. Ten por seguro que Perú no te dejará sola esta vez. Yo me encargo que así sea.

— ¿Con qué derecho te metes en mi vida, prima? —la protesta de Perú sale más agresiva de lo cualquiera hubiera podido esperar de ella.

— No me acabo de creer lo que voy a preguntar. ¿Perú te ha cuidado bien, Gran? Porque si no, ya veremos cómo la hacemos entrar en razón —ofrece México en el mismo tono jocoso de su prima.

— Que te hagan entrar en razón a ti, Metztli —reclama su gemela manteniendo el tono agresivo—. ¿Quién te ha dado el derecho de traer hasta aquí a tu Imperio?

— Nuestro tío —es la respuesta llana y simple que México le da—. Agrega que a nuestro primo le interesa la conexión. Si es que lo has olvidado, te recuerdo que él también es un Imperio.

— Lo había olvidado —remarca Perú, su afirmación está cargada de ironía.

— Antes de que empiecen a discutir por nada, permíteme darte una buena razón para hacerlo, Perú. Prima, esto te va a encantar —interviene Bolivia—. Nuestra querida hermana se ha dado por vencida y ha decidido continuar enserio su compromiso. Ya está viendo los últimos detalles de su boda con el europeo —anuncia Bolivia con falsa alegría—. Nos lo anunció antes de venir. Supongo que se los diría en algún momento... eh, adecuado. Lo siento Mex, creo que no había mejor momento que éste.

México no se molesta en contestarle, su mueca lo dice todo.

— ¿Por qué no escribiste algo al respecto? —reclama Perú—. En tus cartas no dices nada.

— No es algo que se diga en una carta. No sé si algún francés revisa mi correspondencia.

México mira con desaprobación a su hermana menor. Eso es algo que le corresponde a ella, y sólo a ella, comunicar a su familia. Sólo le queda molestarse. Bolivia ya ha hablado y es imposible retirar lo dicho. Si ya no hay remedio, no queda más que terminar lo que Bolivia ha empezado.

— El señor Germania pidió mi mano a nuestro padre formalmente —revela México intentando no sonar petulante—. Nuestro padre le ha dado su autorización y bendición. Sí, lo sé. Todo eso es innecesario ahora que hemos anunciado nuestro compromiso oficialmente, pero lo hizo de cualquier manera. No hacía falta eso cuando tiene oficialmente la aprobación de la señora De Hispania y Padre ya anunció su aprobación en público. Arriesgaríamos demasiado como familia cancelando el compromiso sin una razón fuerte. No nos quedaba otra opción más que continuar con los preparativos de la boda. La presión nos viene de todos lados. La señora De Hispania ya no interviene, pero obviamente espera que continuemos. Los Germania, al menos la viuda De Germania y el actual cabeza de familia, esperan que le hagamos los honores a nuestras respectivas familias. Mis servidores están anticipando esto desde que la señora De Hispania habló hace tiempo. Todo eso lo sabes bien, Perú. Dudo que alguien de la familia aquí presente lo ignore, a menos que carezca de sentido común —recalca lo último mirando a su acusadora.

— Sólo porque no puedo saltar y felicitarte como es debido, Metztli, pero me alegro mucho por ti —Gran Colombia no pierde el tiempo en mostrar su apoyo. A ella no le importa mucho que México se case con un Imperio, ella misma lo está con uno. No le agrada que se trate de un extranjero, pero ése no es el punto. Lo que le molestaba aún más era quién creía que era ese Imperio extranjero—. Tienes que esperarme, no te puedes casar conmigo en cuarentena. No sé qué te haré si no me esperas, pero vas a arrepentirte.

Y ése Imperio extranjero resultó ser alguien que parece de fiar lo suficiente. Alguien que no les traerá más problemas de los que ya tienen. Su marido confía en él. Su suegro lo considera una buena adición a la familia. Eso la estaba haciendo pensar desde que se pronunció al respecto del compromiso de su prima. Lo que finalmente le ayudó a decidir hacer a un lado su prejuicio contra todo aquél que viene de fuera es lo último que ha dicho México. Si el tal Germania es capaz de considerar respetar al señor Hispania, entonces ella puede considerar seriamente hacer lo propio con él.

— Gracias, Gran —México intenta relajarse ante su declaración—. Te dará tiempo, no te preocupes. Prometimos estar juntas en esto y lo que nos depare el destino. Mi Capital lo tiene en cuenta.

Gran Colombia sonríe satisfecha al oírla decir eso.

— ¿¡Y sólo porque habló con Taita ya no hay remedio!? ¿Es que es tan fácil domarte, Metztli? Tú también me hiciste una promesa. Dijiste que haríamos lo mejor posible en cada uno de nuestros casos —la acusación sólo es la calma antes de la tormenta—. ¿Piensas traicionarnos? ¿Es eso lo que me estás diciendo? —la explosión emocional que le sigue era algo que ya se esperaba—. Creí que sólo estabas haciendo tu parte y ganando tiempo, Metztli. ¿¡Y dices que yo debo entrar en razón!?

Asombrosamente, al menos para sus testigos, México no cede a la provocación de su gemela. Permanece relativamente tranquila para las reacciones que acostumbra.

Eso es lo mejor que puedo hacer en mi caso, si es que aún no te has dado cuenta, Perú. No les voy a traicionar. ¡Pereciera que no me conoces! ¿Acaso ya viste que estoy comprometiendo en alguna situación peligrosa o con desventajas la seguridad de nuestra familia? ¿Acaso ves a los Germania instalarse en mi hacienda? ¿Ya viste a los Galia venir a arreglar mis asuntos? ¿Ya me fuí corriendo a Europa? ¿Ves al señor Germania... hacer algo indebido?

Con todo, México está evidentemente bajo los efectos de la indignación.

— ¿Ahora es preferible someterse a buscar la libertad? ¿De qué me he perdido? Me ausento un tiempo y lo único que se te ocurre es jugar a la pareja feliz con el sobrino de esa mujer. ¡Esperaba más de ti, Metztli!

Y Perú no se queda atrás.

— ¡Me estoy echando la piedra a la espalda, Perú! ¿Qué crees si no? El peso lo cargaré sola. Ya les había dicho que no pienso que paguen por mis acciones o lo que no pueda evitar. Iba implícito que si tenía que aceptar, lo haría.

— Y Cuba te dijo que no necesitábamos tu protección, si no mal recuerdo. Concuerdo con esa niñita que tenemos por hermana menor.

— Fuiste tú la que reafirmó que ante todo somos hermanas. ¿Qué esperas de mí? No soy todopoderosa como te gustaría. Lamento que la suerte te haya hecho compartir el vientre de Madre conmigo. Pero tengo que ser cauta, si no por ustedes, al menos por mí. Además, qué más da si tú no te verás afectada por esto. Me encargaré de que ustedes no tengan nada que ver conmigo a partir de mi boda. Boli tiene razón, me debo dar por vencida. Yo soy la estúpida que piensa que seguimos siendo hermanas.

México se deja llevar, una vez más, por sus sentimientos en una discusión importante.

— Eh, no quise decir eso cuando dije que... — Bolivia intenta explicar, pero México la corta.

— No sé ni por qué les doy explicaciones. No son Padre como para andar reclamando nada. Si lo que planeo hacer me convierte en una extraña de ahora en adelante, no sé qué hago preocupándome por ser considerada con ustedes. Ni que tuviéramos un acuerdo por escrito —el resentimiento en las palabras de México es recalcitrante.

— Es un extranjero. ¿Cómo no quieres que me preocupe? —Perú cae en la cuenta de que quizá llevaron el asunto un poco demasiado lejos.

La ebullición de México apenas está asomando. Explotará en cualquier momento y peor que su gemela.

— Claro, como te repugnan los extranjeros, estuviste coqueteando con un Del Lacio desinteresadamente. Te recuerdo que nuestro padre también es europeo, por tanto, extranjero. Nosotras no somos completamente nativas puras gracias a él. ¿Por qué crees que algunos tíos nuestros del lado materno nos repudiaron? ¡Estamos emparentadas con toda Europa, si no lo sabías!

— Del Lacio es de ascendencia Hispania —insiste Perú olvidando por un momento qué están discutiendo.

— ¿Eso cambia el hecho de que se debe a otra familia? Ya voy a conceder que estás jugando con él —presiona México también olvidando el objeto de su discusión.

¿Por qué salió Del Lacio a cuento?

— No, su apellido lo dice. Lo diferente es que él es independiente de su familia, ha hecho su vida a parte.

— Mi prometido es el hermano menor, en ese caso. No va a tener mucha relevancia en la sucesión familiar. No es un peligro quedarme con él. Prusia Germania no tendrá heredero asegurado, pero ahí tiene a la descendencia de su hermano. Las probabilidades de que me vuelva matriarca de los Germania es nula.

— Alemania II es mujer, Metztli. Es casi seguro que están esperando a que alguien le dé un hijo a Austria Germania.

— No es como si yo fuera la mejor candidata para esa tarea —hace observar México—. Tampoco es como si fuera del interés de mi prometido. No le preocupa tener un varón. No está probado que yo pueda concebir.

— El Coronel Del Lacio es como nosotras. Desciende de una familia local por vía materna. ¿Qué ata al señor Germania aquí?

— Mi prometido prácticamente ya se mudó aquí y me tiene a mí —defiende México, se muestra muy ofendida—. Además, es amigo del Coronel Del Lacio. No creo que dudes del buen juicio de tu Coronel. Tiene un pariente de sangre Hispania del que podría decir algo bueno por separado.

— ¿Eres ilusa? ¿Qué te ha dicho para que le creas que eso es suficiente? ¿Has olvidado como son los de su tipo? Para muestra un botón, Metztli. Ahí tienes a nuestra madrastra como recordatorio.

— ¿Entonces incluyes al Coronel en esa categoría?

— No empieces, Metztli.

— Sólo te diré una cosa, Perú, y espero que Bolivia también lo entienda, ya que Cuba es necia. Acepté la intervención de todas ustedes porque creía que podía anular el compromiso. Estuvimos a nada de conseguirlo. Pero ahora queda claro que no pude. No espero que ustedes me perdonen lo que no pude, ni puedo evitar. No necesito su aprobación en las decisiones que tomo. Si supieran... —México se interrumpe, no más explicaciones—. Anda, Perú, si lo que te preocupa es no darle gusto a la señora De Hispania, apresúrate a aceptar a tu querido Coronel. No sea que la mujer de Padre te haga pasar por el desfile que tanta vergüenza me causó. Te anticipo que ya tiene en mente algunos candidatos. Yo no soy su pieza clave, sólo fui su experimento exitoso. Oh, cierto. Dudo que te importe, veo que tú sí puedes salir de situaciones como la mía.

México hace una pausa, pero sus hermanas no emiten comentario alguno.

— Discúlpame, Gran, por hacerte pasar este momento tan desagradable en tu estado y tu propia casa. Tengo que retirarme. No pienso hacerte oír nuestras diferencias por más tiempo.

México quiere evitar hablar de más. Ella da medio vuelta y sale de la habitación.

— No te preocupes, Metztli —alcanza a escuchar decir a su prima—. Nadie te culpa por defender a tu marido. Más le vale valorarte. Serás una buena esposa.

México se detiene en seco un momento. ¿Qué Gran Colombia no ve que se defendió así misma?

— Señor, la señorita México ha solicitado permiso para usar uno de sus caballos.

Sao Paulo no se molesta en susurrar el encargo a su anfitrión. Al oírlo Austria deja de lado el libro que estaba leyendo y se incorpora de inmediato. El Capitán lo mira resignado. Hace tiempo que comprendió que Austria no piensa apropiadamente cuando se trata de su prometida. Comienza a preocuparse por eso.

— No le va a pasar nada si sale sola, Germania —asegura Brasil Hispania—. Mi prima lo ha hecho desde que tengo memoria.

— Nunca pide un caballo, Hispania. Prefiere caminar —replica Austria.

— Es raro que lo haga —secunda el Capitán comprendiendo la situación.

— Buena observación —interviene el señor Portugal con un gesto de aprobación, duda que eso sea suficiente para que Austria se preocupe por México a ese grado—. Sao Paulo, dile a Copacabana que prepare dos caballos. El joven Germania acompañará a mi sobrina en su paseo. Asegúrate que Jalisco y Medellín estén enteradas.

— Gracias, señor Hispania —Austria no acaba de entender bien lo que ha ocurrido, pero agradece el permiso.

— No hay qué agradecer, joven Germania. Prácticamente somos familia —responde el señor Portugal volviendo a lo suyo—. Sé que mi sobrina estará en buenas manos.

Austria agradece el voto de confianza antes de retirarse.

Mientras sigue a Sao Paulo, quien le guía hacia los establos, donde seguramente su prometida espera su caballo, Austria no puede evitar preguntarse qué es lo que la habrá alterado esta vez. Ella camina, no cabalga. No siempre, pero sí lo suficiente como para alarmarlo. Confirma que no está bien en cuanto la ve. Se nota agitada y algo contrariada.

— Señorita, su tío manda que el joven Germania le acompañe en su paseo —anuncia Sao Paulo sin mucho tacto.

Su prometida no protesta, tampoco se opone ni protesta. Pero algo atraviesa fugazmente en sus ojos. Algo que Austria no comprende muy bien qué es.

— Me alegro, Sao Paulo —es lo único que responde.

En un arrebato de preocupación Austria se coloca a su lado, en un intento por mostrar su apoyo. Ella respira hondo y se relaja un poco antes de dar a entender que acepta su cercanía.

— Gracias, señor Germania. No sabía cuánto lo necesitaba.

Austria inclina la cabeza en su dirección. No es sarcasmo lo que escucha, tampoco resignación.

— Me alegra que ya acepte algunos detalles, Meine Liebe— murmura.

México no responde, no necesita hacerlo de inmediato. Se limita a extender su puño cerrado en su dirección. Austria responde a su gesto en un acto reflejo para recibir lo que sea que le esté entregando en ese gesto.

— Creo que debería tener esto, Tlasojtli —el trabalenguas indescifrable casi distrae a Austria—. Tiene mi permiso.

Cuando ella retira su mano y él puede apreciar su regalo. El brillo de tres colores característicos del escudo de armas de su prometida parece saludarle gustoso de al fin poder verlo a la cara. No puede evitar que una sonrisa aflore en sus labios al entender su significado. No necesita hacer preguntas, sabe a qué se refiere ella con eso. La manera en que ella se lo ha dado no ha sido la mejor, sin embargo eso no le importa. No le importa que no sea costumbre que ella deba darle algo así. No le importa la posibilidad de que esto sea producto de un impulso causado por algún altercado. Lo que le importa es que se está girando hacia él, en vez de actuar por su cuenta.

— No tuve esa oportunidad, pero me gustaría que usted la tenga, Meine Liebe —replica de inmediato.

Su prometida lo mira sin comprender por unos segundos hasta que el significado de sus palabras le cae como balde de agua helada. Se dirige hacia su propia mano como para cerciorarse de que ha entendido.

— Oh, eso tiene arreglo, Tlasojtli —se quita el anillo que ha llevado puesto durante bastante tiempo—. He de ser honesta con usted. Esto me fue dado en contra de su voluntad y yo me lo puse voluntariamente muy a mi pesar. No es que eso vaya a cambiar en algo, estamos próximos a casarnos, pero me gustaría darle esa oportunidad, Tlasojtli. Nadie nos está obligando esta vez.

Austria no encuentra las palabras adecuadas para decirle lo que piensa, así que toma el anillo que le ofrece, el mismo en que Salzburgo y el resto de sus servidores puso empeño en mejorar, el mismo que él consideró el más adecuado, y se prepara para volver a empezar. Ahora puede decir qué se esforzó en darle algo original y muy personal a alguien que lo merece.

— Creo que mis intenciones las dejé claras y mis sentimientos hacia usted no han cambiado desde la última vez —elabora por última vez—. ¿Aceptaría casarse conmigo, señorita México Hispania?

— Claro que lo haría —responde ella de inmediato, sin asomo de duda, ni resignación.

Conociéndola, Austria podría decir que se estaría mofando de la situación, pero algo en su tono le indica que se lo está tomando tan enserio como él.

— Ha valido la pena haber ignorado todas esas reliquias familiares —le informa una vez devuelve el anillo al dedo en el que ha estado desde el principio.


N/A: Tlasojtli = amable, querido, amado en náhuatl.


No pudieron durar mucho tiempo molestas, pese a que la situación es delicada. Se podría decir que tuvieron que hacer las paces el mismo día de su discusión. Eso no significó que la tensión disminuyera. Para Bolivia es evidente que México no puede tratarlas de la misma manera. No esperaba menos de su hermana. Ella y Perú han dejado claras sus posiciones respectivas. En el fondo, Bolivia no puede estar más que de acuerdo con México. No puede ser de otra manera. Juraría que, sin importar sus declaraciones, todas sus hermanas comprenden que no queda mucho por hacer. La guerra está perdida y hay que vivir con las consecuencias. Bolivia y Cuba, incluso Paraguay, pueden vivir con eso. Perú es otra historia, para ella es difícil conformarse. La protesta se nota en cada uno de sus ademanes. En ese sentido, Bolivia tiene que ser honesta, ella tampoco está tranquila.

Eso no importa mucho. El resultado de todos sus esfuerzos es nulo por muchos aspectos. En primer lugar, hubo alguien que aceptó a su hermana, no importa que haya sido obra de su madrastra. Esto significa que podría haber otros que las acepten a ellas, aún más porque tener por hijos a primos directos de un Germania es demasiado bueno para ser verdad. Por lo menos para algunos. En segundo lugar, su padre ya se pronunció y el resto de la familia lo aprueba, su tío es un ejemplo. Ellas tienen que aceptar a regañadientes la voluntad de la familia. Bolivia concluye que eso sólo deja un respaldo dudoso: durará lo que dure la conformidad de su padre y la voluntad de la otra parte involucrada. Eso no quiere decir que ellas no cuenten para nada. Como su padre no tiene un heredero, es improbable que a México le queden aliados de algún tipo a la muerte de su padre. En ellas recae que las familias a que las ingresen perpetúen o no el reconocimiento, si es que llegan a casarse. El resto de la familia, sus amistades, sus conexiones, el mundo juzgará que ha hecho lo que debía hacer. Que su hermana ha sido una buena hija. Es otra historia que alguien realmente se preocupe por ella.

Para Bolivia está claro: si México lograra, o hubiera logrado, romper el compromiso, probablemente su padre se lo perdone y con eso dé gusto al resto de su familia directa. Mas eso le costaría la condena de otros. Las consecuencias de eso son incalculables, terminarían superándola dadas las condiciones de la familia. No pueden contar con su madrastra, ella fue la artífice de este compromiso y aún está bien relacionada con personajes importantes. Tampoco hay garantía de que cualquier situación, ni siquiera la que ha elegido México, vaya bien encaminada a ninguna parte. A su hermana no le queda más que confiar, dadas las circunstancias, en que su esposo no le dé la espalda después. Gran lo insinuó de alguna manera. De llegar a ocurrir, no sería la primera vez, ni la última, que ocurriera.

He ahí donde Bolivia, a diferencia de Perú, empatiza con su hermana y comienza a suavizar su opinión. Su hermana mayor las necesita y ellas sólo le están poniendo las cosas más difíciles de enfrentar.

— Podría tocar algo para mí, señorita México —la repentina demanda del Capitán trae a Bolivia de vuelta a la realidad—. Hace tiempo que usted prometió que me compartiría sus piezas favoritas.

Bolivia observa a su hermana acceder a la petición con una sonrisa de alivio. Bolivia respira con ella de igual forma, alguien ha interrumpido sus negros pensamientos y la tensión palpable de la sala. Quisiera regañarse por su distracción. Debe recordar en dónde se encuentra. Está en el hogar de su primo Brasil, en la sede de la otra rama familiar de los Hispania en América. Una rama mejor posicionada que la suya y que muy probablemente no vería con buenos ojos que México anule su compromiso. Por más que resienta la decisión de su hermana, Bolivia puede entender que México comience a cuestionarse si vale la pena seguir teniendo consideraciones con ellas, con sus hermanas. No puede darse el lujo de dañar la buena opinión que otros tengan de ella, porque de la suya depende la de su familia. Su madrastra podría hacer algo en represalia o ignorarla, no la conocen bien como para saber eso. Incluso las propias expectativas de Bolivia para casarse, por más modestas que sean, se verían arruinadas por una decisión precipitada de cualquiera de sus hermanas. Estar lejos de Cuba parece que le ha hecho despertar de su letargo y reflexionar bastante. No podría asegurar que eso sea para bien. Preferiría seguir en su burbuja y no enterarse de nada.

Sobre todo porque maldice la hora en que escuchó a México hablar bien de los Germania. Ya no puede odiar a su hermana como le gustaría. Es más, está dispuesta a apoyarla, sólo porque ningún futuro le arrebatará a su hermana. Nunca perderán su ascendencia en común, pero jamás permanecerán en la familia que las vio nacer y las crió. Ninguna de sus hermanas lo hará. Quizá, a excepción de Paraguay, todas pasarán a formar parte de otro clan por alianza, no por sangre. En ese momento ya no serán Hispania legalmente... Deberán desprenderse de su lealtad a los Hispania y... algo debe quedar para cada una. Algo debe quedarles después de eso. Bolivia no puede perder una hermana por la impotencia de que las cosas no salgan como les hubiera gustado. Suena ridículo ahora que lo pone bajo esa luz.

La presencia de su madrastra ha hecho una impresión muy fuerte en cada una de ellas a su manera. ¿Acaso esa mujer le fue leal a los Britania? ¡Por Dios, ni siquiera le es leal a los Hispania! Bolivia quisiera contener las lágrimas. ¿Por qué tiene que complicarse la vida de esta manera? ¿No acaso ella misma anhela...? Su hilo de pensamientos vuelve a ser interrumpido. Está vez por Perú que intenta dedicar discretamente una mirada de advertencia a su gemela. Bolivia puede sentir su disgusto desde donde se encuentra sentada. Quisiera decirle a su hermana algunas cosas. México continúa su camino en dirección al instrumento abierto, haciendo caso omiso del mudo reclamo. Bolivia permanece a la espera de que algo ocurra, pero no le dedica ninguna queja.

La conclusión obtenida hace poco la lleva a decidir en ese momento que se mostrará tranquila y ocultará su resignación de ahora en adelante, hasta que pueda ser genuina en su apoyo. Intentará no mostrarse hostil con algún Germania, pero no promete que su actitud deje de ser distante. Será fácil tratar al Imperio, pero necesita tiempo para aceptar que el Capitán parece un hermano para México. Bolivia aún no acaba de digerir ese aspecto en particular.

— Le advierto que carezco de la formación adecuada —bromea México algo ausente—. Queden advertidos los oídos acostumbrados a las delicadezas —lanza una mirada furtiva a su prometido.

Bolivia quisiera menear la cabeza. Sólo a México se le ocurre ser tan pesada como su padre. Resulta un alivio constatar que su hermana no ha perdido su esencia con el compromiso. Tal parece que ella disfruta de recordarle a su futuro hermano que es un estirado muy en el fondo de su ser. Éste, por toda respuesta, se limita a mover la cabeza sin alterarse, aceptando la broma pesada. Resulta intrigante que él reaccione así. Bolivia supone que él no espera algo como lo que se suele tocar en Europa. Aquí, todos ya están enterados de que México no tiene deficiencias significativas. Le falta práctica y se lo ha dicho su madrastra fuerte, claro y muy seguido. Pero a ella no le importa. Tampoco se ha cansado de repetirlo.

— Incluso si Doña Francia tiene razón —responde el Capitán mirando a su primo con intención— y su desempeño es deficiente, le aseguro que ningún oído se ofenderá aquí —y agrega haciendo su propio chiste pesado—. Al menos, no los que espera.

Perú se endereza lo mejor que puede ante la evidente alusión. Bolivia sonríe ante la insinuación. Ahora entiende la camaradería entre ambos. Comprende que a Perú no le agrade la confianza que su gemela le otorga al Capitán De los Andes, ella comparte la desazón. Agradece que se haya limitado a mirar feo a su gemela. Si estuvieran en casa, ya estaría regañándola por tanta despreocupación. Pues, para Perú es inaceptable esa camaradería entre este par y el anillo que Germania lleva a todas partes. México nunca accede tan fácil a tocar para un extraño, ni hace regalos significativos a la ligera. Ambos gestos son clara evidencia para Perú de lo que ya sabe de sobra. Eso es demasiado comparado con el pañuelo con las iniciales de su gemela que a veces le ha visto al Imperio. Son clara señal de traición, si le preguntaran a ella. Una cosa es aceptar su suerte y otra entregarse en bandeja de plata.

Bolivia ahora se pregunta si no es que Perú está exagerando. De cualquier manera, ella también ha tomado su decisión y lamenta decepcionar a Perú con ella. Poniéndose de pie, intenta ignorar lo mejor que puede la mirada que recibe de Perú. Bolivia camina lentamente hacia su otra hermana mientras permanence a la espera de que México le dé la señal. Siempre toca con ella y no espera que sea de otra manera. A decir verdad, Bolivia espera una señal que México no tiene intenciones de dar.

— En tal caso, con su permiso, tío, primos —declara México tomando asiento frente al pianoforte.

— Claro, Metztli —declara Gran Colombia y agrega como no queriendo la cosa—. Algunas veces es difícil decir con quién te vas a casar.

Bolivia casi se tropieza al oír el comentario aparentemente inocente.

— El Capitán De los Andes va a ser mi primo. ¿No sería adecuado tratarlo como familia? —responde México como si explicara lo evidente.

A veces el estado de gravidez de Gran Colombia hace olvidar que es igual, o peor, que el Capitán. Ella se la vive diciendo lo más incómodo que se le pueda ocurrir para quienes la rodean en los momentos menos adecuados. Bolivia no debe olvidar que su propia hermana y el progenitor de ellas deben ser incluidos en esa categoría.

Oncle es demasiado reservado como para conversar con soltura de cualquier cosa y con cualquier persona —agrega el Capitán, impresionando a Bolivia por la familiaridad con que trata a su pariente supuestamente lejano—. Sin ofender, Oncle, pero su afabilidad tiene límites. Me alegra que su esposa vaya a ser alguien como la señorita Hispania. No moriré de tedio cada vez que le visite en el futuro gracias a ella. Es su complemento perfecto, tiene que admitirlo.

Bolivia bloquea la respuesta, más bien, justificación, del aludido y continúa su trayecto. Frunce un poco los labios al ver a su hermana buscar entre las partituras una de su agrado sin prestarle la más mínima atención. Distraída como está, no se percata que ella se está aproximando a ella. Por tanto, Bolivia tiene tiempo de poner su mejor mirada desafiante ante la curiosa del Capitán, quien también se ha acercado. No importa que tan infantil se vea, Bolivia no tendrá reparos en lanzársela a él o a cualquiera que crea que puede ocupar su lugar, así que se apresura a colocarse junto a su hermana para ayudarle con sus hojas.

— No se preocupe, señorita Bolivia —le dice el Capitán intentando escoger sus palabras lo mejor que puede, lo cual sorprende al resto por el tacto que despliega—, nadie va a quitarle a su hermana. Es algo que jamás podrá perder.

Bolivia espera paciente a que diga algo más claro, pero él no añade más. Alertada por el tono que ha empleado el Capitán, México levanta la mirada sólo para notar la ligera tensión entre ambos. Decidiendo tomarlo como una interrupción, Bolivia le dedica toda su atención para ignorar los posibles sentidos de lo que acaba de escuchar. México la mira algo confundida. Es de esperarse. Probablemente, como sabe que no han estado en los mejores términos los últimos día, México no acaba de comprender la fiera determinación que muestra. Bolivia respira hondo para concentrarse en lo que debe hacer ahora. Perú la mira algo molesta, pero teme más que su hermana la haga a un lado implícitamente. Quiere dejar claro que nada va a arrebatarle a su hermana, que nada va a romper la unidad que hasta hace poco tenían. Bueno, hay que descontar las últimos años, especialmente los últimos días, para decir que eran muy unidas. Con todo, no quiere dejar así las cosas.

La mera idea de perder a su familia por un simple compromiso le deja un mal sabor de boca. Considera la entrada de su madrastra a sus vidas la prueba de fuego a su unidad inquebrantable. Buscaron reforzar su hermandad hispana para hacer entrar en razón a su padre e intentar anticipar lo que ocurriría con una nueva señora de la casa. Por un momento olvidaron que tarde o temprano cada una tendría que hacer su vida en otro hogar. La primera prueba ocurrió cuando su padre repartió lo poco que quedaba a la familia entre ellas y se retiró de sus vidas. Ese acto marcó un inicio prematuro. Los problemas comenzaron antes de tiempo. No estaban casadas y ya debían separarse. El primero de los matrimonios que se esperan de ellas va a acabar de mostrarles qué tan dañada está su unidad. No importa cuan en desacuerdo esté con la decisión que ha tomado su hermana mayor, a Bolivia aún le queda el anhelo de tener a sus hermanas con ella. Si no puede retener especialmente a ésta por la fuerza, va a dejarla ir dejando las puertas abiertas. Quizá sea la única manera de conservarla.

— ¿Qué haces, Boli? —murmura México sin decidir qué hacer con ella.

Bolivia recuerda. Recuerda que México nunca dejó de dedicarle su tiempo en el pianoforte. No se detuvo, ni porque Germania llegó para llevársela al otro lado del océano. Algo tarde, Bolivia comprende ese gesto. México no dejó a Cuba sin regañar, ni a Perú sin una confidente, ni a Paraguay sin tutora. En especial, quiere tener presente que a ella no la dejó olvidada en la única cosa que comparten. Si su hermana hizo eso, pese a que poco a poco empezó a dedicarle más tiempo a su futuro marido, Bolivia está dispuesta a reclamar su lugar. Perdón no le va a pedir, pero va a mostrarle que ella también puede hacerle un espacio... en sus convicciones.

— ¿Creías que puedes deshacerte de mí, Mex? El tiempo ha pasado demasiado rápido, que se te ha pasado sentarte conmigo al instrumento —replica en un murmullo más bajo.

— Boli, eres bienvenida siempre que lo desees —replica México sonriendo.

Es evidente que un peso enorme se le ha quitado de encima a México. Bolivia le devuelve la sonrisa un poco más aliviada. Permanecerá callada el tiempo que sea necesario. No puede hacer más que contemplar desde lejos cómo su hermana juega su parte. Debe aceptar la realidad por más frustrante que sea. Bolivia se vuelve hacia las partituras. Por el momento dejará que la música cubra su silencio.

Todo empieza cuando Gran Colombia intenta levantarse de su asiento y siente que algo le punza. El cambio en el rostro de los presentes adquiere diversos matices de preocupación y alarma. El inicio es tan repentino que es evidente que ninguna se siente realmente preparada para el momento en que se vuelve irrefutable que Gran Colombia está sintiendo la primera contracción. El caos se desata en cuanto la joven se tambalea. Lo único que es claro es la lluvia de órdenes lanzada al aire sin ton ni son. Para los hombres presentes la confusión es evidente. No hay nada claro. Sólo ellas se entienden. Austria mira con detenimiento la sortija que lleva en la mano perdido en sus propias posibilidades. Como música de fondo está el ir y venir de las hermanas Hispania. Los preparativos se desarrollan sin intervención de una partera, ni de un médico. Esto lo tiene sorprendido. Su padre ya habría mandado llamar a unos cinco médicos sin pensarlo demasiado. Alemania ya hubiera, como mínimo, llamado a una partera. Tres con duras penas serían suficientes.

La diferencia es algo que le recuerda a Austria que no se encuentra en casa. Aquí las cosas son ligeramente diferentes. El señor Portugal no está interesado en imponer alguna costumbre con que haya sido criado dada la naturalidad con que se está tomando que las tres hermanas estén encargándose del asunto. Las reacciones no van más allá de lo que una situación así puede ocasionar. Brasil y su padre se muestran algo ansiosos por las complicaciones que puedan ocurrir, pero no desconfían en el trío de sobrinas, quienes, según lo que esperaría Austria, no tendrían que intervenir para nada. Se lo debió de haber imaginado cuando se enteró que Gran Colombia esperaba que ellas la ayudaran en el parto. No tuvo algún reparo en expresar su deseo, ni sus primas en concederlo. Austria le ve la utilidad a que ellas sepan qué hacer, pero que lo sepan implica una serie de supuestos que no comparte. Si en un principio no concebía que desposar a una americana fuera a funcionar, ahora ve claramente que no se equivocaba. Las diferencias no son marcadas, pero significativas en su relevancia.

Esto no le hace arrepentirse de lo último que hizo. De eso está seguro. Sólo le está mostrando la realidad a que se está enfrentando. No ignora que a su llegada las hermanas atravesaron por desavenencias severas. Su prometida y su padre han hecho lo suficiente como para darle a entender que la familia tiene sus propias opiniones. Opiniones que han marcado diferencias y tensiones según cada miembro de la familia. Austria lo siente en cada uno de los gestos del padre y de las dos hermanas que ha tratado hasta ahora: en la renuencia de la menor a tratarlo, en la capitulación silenciosa del señor Hispania, en el disgusto explícito de la gemela de su prometida. Hay tensiones de fondo, una muestra es la escena que tuvo lugar momentos antes. Su prometida ya ha dicho su última palabra al respecto. Austria lo comprende. La broma de ella lo ha dejado claro. Como resultado, aquí están ambos intentando construir una relación a partir de un inicio precipitado y poco favorable. Su tía está segura de que ella no puede rehusarse a nada, pero el no quiere obligarla. Sería demasiado simple de su parte decir que todo fue por culpa de unos ojos bonitos.

Austria quisiera reírse de sí mismo. Unos ojos como los de su prometida, tan expresivos, no son la causa de que se haya enamorado de ella. Tampoco lo fue su belleza, aunque no puede decir que sea fea. Recuerda que empezó por querer hayar todos sus inconvenientes y terminó por admirar algunas de sus cualidades. Tiene que reconocer que llegó a pensar que sería fácil deshacerse de ella. Cuando la conoció mejor, creyó que sería fácil que lo aceptara. Nunca pensó que ella no reaccionara como cualquier joven que necesita una oportunidad así... Tiene que aceptar que eso fue insultante. Jamás permitiría que Suiza pasara por algo así. Así que probablemente no la merezca después de todo lo que le dijo. Es posible que su prometida lo haya terminado aceptando a medias porque ya está más que atada a él y no quiera perjudicar a nadie. Austria está demasiado sumergido en sus propias creencias como para leerla claramente, sabe que no lo hizo desde un inicio. Muchas cosas se le pueden estar escapando todavía y corre el riesgo de arruinarlo nuevamente.

Pero eso no es lo que le tiene preocupado. Está aterrado ante la simple idea de lo que ocurriría en caso de que su prometida estuviera en el lugar de la parturienta. Reconoce que éste es un momento crítico y peligroso en la vida de la mayoría de las mujeres. Nada le garantiza que su futura esposa tenga garantizado sobrevivir. Austria tiene el referente de su propia madre quien ha sobrevivido a cuatro partos. Pero eso sólo contrasta con el caso de su hermano Alemania quien perdió a su propia esposa en el primero. Luego está la madre de su prometida quien sobrevivió hasta el quinto. Y su tía va precisamente por ese quinto embarazo. Sospecha que la muerte de la madre de Brasil Hispania fue por complicaciones posteriores. ¿Por qué tiene esa sensación de que podría estar empleando a su esposa como medio para perpetuar la línea sin consideración a su integridad y vida? Escogiendo bien, incluso es un medio para forjar alianzas ventajosas. Escuchó innumerables veces a su padre y a otros parientes y allegados decirlo todo el tiempo. Lo creyó toda su vida sin cuestionar nada. Hasta ahora.

Austria cierra los ojos e intenta pensar en otra cosa. Con razón su padre siempre dijo que enamorarse era una tontería. El sentimiento puede llegar a nublar el entendimiento. Puede llegar a influenciar en decisiones cruciales. Perder la cabeza es un lujo que su familia no se da. El mismo lujo que está dándose.

Oncle, nunca antes le vi tan alterado. ¿Se encuentra bien?

Austria no puede evitar hacer una mueca. Ha sido demasiado evidente. Cuando el Capitán se toma ciertas libertades, como preguntar directamente por algo muy personal, es porque nota algo fuera de orden. No suele emplear mucha formalidad, pero cuando abandona su seriedad es que algo está ocurriendo. Deja de ser el Capitán Chile de los Andes-Germania, para ser sólo su primo República de Chile. Agradece el gesto, pero no tiene ganas de confiarle el contenido completo de sus pensamientos.

— ¿Has pensado en qué se sentiría estar a punto de ser padre? Hay mucho ajetreo en la sala y no se sabe nada con certeza —responde en un intento de confesar a medias su dilema—. Ni siquiera los mejores médicos sirven de aseguramiento de nada.

— Al fin no servimos para algo. ¿Qué quiere hacer al respecto, Oncle? —se burla el Capitán ignorando la preocupación implícita de Austria, o quizá no queriendo alimentarla—. Soy un simple militar con experiencia y usted es un Imperio. ¿Qué ayuda podemos ofrecerle a una mujer a punto de dar a luz? Si quiere rezamos pidiendo por el bien de la madre y la criatura, pero no hay mucho que podamos hacer fuera de eso. He perdido compañeros a manos de una herida terrible o falta de atención médica inmediata. Créame, no es muy distinto de esto. Sólo les estorbamos a quienes pueden intentar salvarlos. Así es la vida a que venimos a dar, Oncle. Nos atenemos a lo que Dios disponga en la medida de nuestras posibilidades.

Austria desvía la mirada discretamente en dirección a Brasil, quien habla con la menor de sus primas presentes. Asume que se ha detenido momentáneamente para informarle de la situación. El resto ha desaparecido. El Imperio tiene un semblante tranquilo, adusto, pero algo en su mirada denota que está pensando demasiado. Recuerda el brillo que tenía cuando le anunció que sería padre. Parecía satisfecho. Todo hombre de buena posición debe estar en necesidad de un heredero y, por tanto, de una esposa. Sin embargo, Brasil tenía algo más que sólo gusto por al fin tener descendencia. Nunca se le vió muy interesado o cariñoso con su mujer, pero se notaba que había mutuo respeto y un sentimiento recíproco. La imagen de la pareja ideal para muchos. En ese momento, Austria sólo pudo alegrarse por él. Tenía una buena mujer a su lado que pronto le daría un hijo. Ahora cree comprender que lo felicitó sin pensar en algo más que eso. Brasil quizá no ame a su esposa, pero ella no le es indiferente. Austria recuerda a Alemania ensalzar a sus padres por una situación parecida, alabando a su propia madre por ser quien es y lamentando que no siempre se pudiera escoger algo así. No hace falta agregar que eso es lo que siempre le ha censurado a su tía, la prima de su madre.

— Cierto —admite Austria al final de su reflexión interna—. Ésta es su batalla.

— Se preocupa demás, Oncle —asevera el Capitán—. Si quiere, resista el impulso y deje que mi querido protector y tío desespere por sólo tener a su sobrina Alemania II como única heredera. Yo no le juzgo por eso. Fácil y sencillo, nadie tiene que enterarse que usted prefiere a su mujer que al legado familiar.

El comentario adquiere un doble sentido que toma completamente desprevenido a Austria. No puede hacer eso, no dadas sus particulares circunstancias. El Capitán no tiene porqué saber esto, pero su sugerencia no es reconfortante.

— No me diga que le importa demasiado adquirir el puesto, Oncle —el Capitán le mira serio, ha abandonado su tono jocoso—. Creí que iba a renunciar a él sin importar que todas las esperanzas estén puestas en usted. El General espera que usted haga lo que él no está dispuesto a hacer —le recuerda.

— Imposible, Chile. Deutschland puede casarse nuevamente o mi sobrina puede pedir eso como condición para casarse —responde Austria combinando sus impresiones.

Imposible no arriesgar a México. Duda que ella vaya a tomarse bien una medida así después de lo que le dejó claro en su primera discusión. A ella le sobran razones para tener un hijo, sus hermanas aún no pueden ofrecerle un sustituto. Adicionalmente, necesita proteger a los suyos. Su primo no es cercano por la rama familiar adecuada para contar como alternativa. Además, Alemania puede intentarlo de nuevo.

— No tiene remedio, Oncle —musita el Capitán mirando al cielo, pero se lo escucha relajado—. No sé que esté pasando entre usted y su prometida, Oncle. Sólo le deseo mucha suerte. Mis mejores deseos para su futura felicidad —Austria lo mira inquisitivo—. No, no pregunte. Prestar atención a los detalles es mi especialidad, pero no soy entrometido. ¿Por qué cree que sigo vivo después de tantas batallas, ah? —el Capitán hace una pausa—. Mejor ayúdeme a distraer a Brasil Hispania antes de que eche raíces en donde se encuentra, Oncle. Falta poco para que lo confunda con la decoración. Su actitud no mejora ni empeora nada, pero lo va a terminar consumiendo. La espera será larga.

Austria agradece en silencio la actitud del Capitán y acepta ayudarlo en sus planes. Quizá eso también le sirva para distraerse un poco. Él también debe olvidar sus dilemas. Las cosas pasan y nada va a detenerlas. En este caso, ya está más que involucrado con su prometida como para evitar algo. Las consecuencias son inevitables.

— Son dos bebés muy sanos —celebra Perú una vez más.

Con la madre y los pequeños limpios, arropados y descansando, México y sus hermanas se permiten bajar un poco la guardia, pero no pueden abandonar el tema. Cada una tiene un detalle que resaltar de los gemelos recién nacidos que ayudaron a venir al mundo. Necesitan permanecer alerta y cerca de su prima. Resulta incómodo admitirlo en voz alta, pero el delicado estado en que se encuentra es motivo de preocupación. No pareció sufrir durante la espera, pero quedó muy débil después del esfuerzo. México aún no comprende qué fue lo que pasó, pero cuando notó el exceso de pérdida de sangre de Gran Colombia supo que algo había salido mal. Parirás con dolor resonó en su mente desde entonces. No parece haber sido dicho en son de broma. Los pequeños serán un encanto, pero cuestan sudor y esfuerzo. Sus hermanas y ella temen que, en su caso, a su prima le cueste la vida.

— No me quedan muchas ganas de pasar por eso, aunque admito que una parte de mí no ha desistido en el deseo de encontrar marido y tener una familia —declara Bolivia cuando se hubo agotado el tema de los pequeños.

— No eres tan exigente como Cuba, encontrarás a alguien —sentencia Perú como si supiera de antemano el destino de su hermana —. ¡Quién sabe! Nuestra madrastra puede todavía estar interesada en vendernos.

— No creo que apueste mucho por mí, Perú. Preocúpate por ti. Se puso furiosa a su manera cuando no te vió entre nosotras. Hasta se olvidó de que estaba planeando la boda de Mex —advierte Bolivia.

— Ten cuidado. Recuérdalo, Perú —se limita a afirmar México.

— Lo sé, Metztli. Estoy segura que sabes de lo que hablas —el tono falla en emitir indiferencia.

— ¿Crees que, porque casi me le escapo, la señora De Hispania desplegó todo su arsenal contra mí? Ya me gustaría haber sido un enemigo formidable —el tono sarcástico de México pone sobre aviso a sus hermanas—. No me miren así, no estoy en posición de saber esas cosas aunque no me quedan dudas. Su hijo preferido ha hecho su movimiento, pero le queda el resto de los hermanos. El señor Canadá ha captado el interés de los Scandian. Si le parece conveniente, seguramente podría considerar que eres perfecta para uno de los hermanos de su posible futura nuera. La señora De Hispania diría algo así como que "la distinguida señorita Scandian no podría querer mejor hermana que ma chérie Pérou,". No se conformará con un primo, eso sí te lo juro, Perú. Mejor aún, puede que con el dilema de Germania vs De los Cárpatos, nuestra muy estimada madrastra considere que eres moneda de cambio. Los Germania cedieron a su último hijo, los nuestros ceden la mejor de sus hijas en atención a su sacrificio —el rostro de México adquiere un gesto siniestro que no concuerda con su solemnidad—. Necesitan asegurar aliados para la rivalidad que siempre están alimentando con los vecinos.

Perú está por responder, pero su hermana se le adelanta.

— Has aprendido bien de Mamá Francia —reconoce Bolivia.

En medio de la fuerte revelación que ha hecho, México puede apreciar que su hermana no atina a decir qué tanto ha exagerado la situación. Ella podría decirle que no lo ha hecho en absoluto. Sin problemas puede asegurarle que no está mintiendo. México fue la prueba para que la señora De Hispania compruebe que puede colocar a Perú más alto todavía. Todas lo saben o eso pensaba México.

— Algo así, Boli —reconoce molesta—. Pasé mucho tiempo con ella.

— ¿Qué hay de ti, Mex? —continúa Bolivia apresuradamente, deseando poder evitar que Perú diga algo que reinicie la confrontación entre sus hermanas—. Estás a punto de casarte. ¿Cuántos hijos quisieras tener? ¿Ya lo han hablado?

México comprende que Bolivia está haciendo su mejor intento por mostrarse neutral cuando menos. No va a desalentarla en su propósito. Además, es la primera vez que se encargan ellas solas de un alumbramiento sin que alguna de sus mayores esté al alcance por si acaso. Es una gran responsabilidad que estuvieran a cargo completa y directamente del proceso. Les fue genial desde un punto de vista técnico, pero ni ellas, ni el médico, ni la curandera pudieron hacer algo por su prima. A lo mucho la dejaron estable, pero no hay nada que puedan hacer además de revisar que hubieran hecho bien lo que les correspondía.

— No he hablado con el señor Germania, pero a mí me gustaría tener dos —declara México sin pensarlo demasiado—. Me gustaría mucho cumplir con lo que me corresponde. Mi prometido y su familia necesitan un heredero. Por mi parte, espero tener alguien independiente que herede y cuide de mi hacienda. Es la única manera de garantizar que nadie de fuera dirija el negocio familiar. Se lo debo a mi gente y a mis Estados. Con dos hijos nos evitaríamos los problemas que tiene nuestro padre, especialmente desde la muerte de Nantli.

— Siempre necesitas un repuesto, Metztli —le recuerda Perú dejando para después sus observaciones y preguntas—. Nunca sabes qué le puede pasar a tu heredero en el futuro.

— Lo tendré en cuenta, Perú —contesta México.

— Yo haré lo propio —asegura a su vez su gemela.

— Yo no pensé tanto en eso —admite Bolivia al ver que puede respirar a gusto, por ahora—. Supongo que me queda tiempo para pensarlo.

México y Perú sonríen ante el comentario. Por un momento, se olvidan de sus propias convicciones y de la situación en que se encuentran. No obstante, algo les queda claro: inevitablemente tenían que crecer algún día.

— ¿Qué tal las cosas con tío España? —el cansancio de Gran Colombia no oculta su curiosidad.

México levanta la vista del papel que tiene ante sí para fijarla en la mujer postrada en la cama.

— Creí que lo odiabas, Gran.

Esta pregunta no es buena señal.

— ¿Por dejar a sus hija a su suerte y no cuidarlas cuando debió? Claro que sí —hace una pausa—. Eso no me impide preguntar por él.

— Te estás esforzando demasiado, Gran. Imagina que Perú entre en este momento y te vea así. Va a ser a mí a quien regañe por no cuidarte bien.

— Me interesa saber cómo van las cosas... Me preocupé demasiado cuando te concedieron el título de Imperio, ... porque no te sentí preparada. Veía a mi esposo y me decía que no era posible... Ahora todo es diferente. Tendrás alguien a tu lado que te apoye, alguien con experiencia... y buenas intenciones... No podría pedir más... Es serio y no tendrá... buenas recomendaciones siempre... pero es adecuado...

El esfuerzo que hace y su empeño por mantenerlo es alarmante.

— Venga, Gran, que tampoco es como si te fueras a morir al rato... ¿o sí? No me pegues estos sustos y deja de esforzarte por mí. No te puedo decir que no agradezco tu atención, pero... Mírate nada más...

— No me esforzaría tanto si me dieras satisfacción..., Metztli. Siempre hemos cuidado los unos de los otros al interior del clan...

Y esa preocupación la terminará consumiendo si México no logra detenerla ya.

— Anda, pues, Gran. Con tal de que te calles y no desperdicies energía, dime, ¿qué quieres saber?

— Slav... ¿qué hay del señor Slav y de mi tío?

México permanece en silencio mientras procesa lo que quiere preguntar su prima. Esto es serio. Se esfuerza por algo que considera importante.

— Creo que ya has visto al señor Slav en acción alguna vez. Tiene ángel el hombre. Me cae bien. Es imposible que no le agrade a alguien. Mi padre está en la lista, incluso mi madrastra no puede despreciarlo como le gustaría. Con decir que mi padre lo quería de yerno y pensó que Perú o yo podíamos complacerlo. Obviamente yo quedé descartada casi de inmediato, pero Perú se me unió casi en seguida. Ya sabes que Cuba... está intentando complacerlo. Ahora que mi boda está cerca, mis Estados no son de gran ayuda, menos cuando mi propio padre ha decidido que debe dirigirlos personalmente —México alza el papel que tiene en las manos—. Tengo a mis administradores parándole los pies a cada rato. Está bastante entretenido como para ocuparse del señor Slav —México hace una pausa y luego añade—. Ahora que lo menciono, lo que no entiendo es qué se traen los Germania contra él o él contra los Germania. Parece que cada vez que mi prometido y él se encuentran en una reunión es guerra segura. No lo entiendo. Hasta el señor Slav intentó disuadirme de continuar con el compromiso, pero eso también lo intentó Britania así que... Sabrá Dios qué líos se traen los de ese lado del mundo.

— Prométeme que serás sensata, Metztli. El señor Slav no me agrada... tiene objetivos sospechosos. Vene... Vene ya me ha contado de... sus amigas, Vietnam y Norte. No hay referencias confiables... en ese aspecto... Nuestro padre... ya le ha prohibido a Vene ir donde ellas. Te pido que lo pienses bien antes de juzgar cualquier cosa... Metztli.

Pareciera que Gran Colombia está dando sus últimas palabras. Eso no le agrada a México.

— Quedamos en que iba a hablar y tú no te ibas a esforzar, Gran —la regaña México—. El señor Slav parece un buen individuo, no creo que sea para tanto.

— Prométeme que no harás juicios apresurados, con eso me conformo... Yo... no veo que confíes plenamente en el señor Germania... Por eso... debo... quiero que seas... neutra.

México siente una punzada al oír a su prima mencionar a su prometido. Instintivamente se lleva la mano izquierda al pecho, a la altura del corazón.

— No hay mucho que decir al respecto, Gran. He observado lo suficiente, pero te prometo que permaneceré lo más neutra posible —México levanta su mano en señal de hacer un juramento.

— Gracias, Metztli. Creo que ahora sí podré descansar el resto del día. Si no me repongo a tiempo, no podré acompañarte el día de tu boda.

— No te apures, Gran. Tampoco quiero que te presiones.

México permanece en silencio, inmóvil en el asiento que ocupa, contemplando a su prima dejar de concentrar su atención en ella. En su interior hay un debate intenso. Slav no le dio motivos para pensar mal de él la mayor parte del tiempo. Su prometido le dijo que Slav no era de fiar. Ella es consciente que se encuentra involuntariamente en medio de un conflicto más grande de lo que se imagina. Nunca ha emitido opinión de nada. ¿Qué sabe Gran Colombia que le ha hablado de esa manera?

Austria permanece junto al carruaje a la espera que su prometida y las hermanas de ella terminen de despedirse de su familia. Él ha hecho lo propio, pero no le ha tomado tanto tiempo como a ellas. Entre cuidar a su prima y la correspondencia interminable que recibe de sus servidores, su prometida apenas si ha encontrado un poco tiempo para respirar a sus anchas, menos aún le ha dedicado tiempo a él. Austria se ha encontrado en condiciones parecidas. Hay muchos detalles que demandan su atención desde distintas partes del mundo, especialmente sus hermanos, a tal grado que duda que los asuntos que requieren su atención vayan a terminar pronto.

La vida no podría darle una sorpresa a estas alturas de su existencia.

— Ha llegado el correo —escucha a Guanajuato, quien también los ha acompañado, aproximándose a él. Austria intenta no hacer un gesto por la extrañeza al confirmar que, en efecto, el Estado se dirige a él—. Por poco no nos alcanza. Hay dos cartas para usted, señor —le ofrece la bandeja que lleva en las manos.

O quizá sí.

Austria toma las cartas selladas algo preocupado. Las dos provienen de Europa, de direcciones conocidas. No esperaba tanta correspondencia, no de su familia, no urgente. Su prometida ha notado algo, seguramente. Porque lo mira desde la distancia a la espera de que algo ocurra. Si Austria considera que su suegro llega a exagerar cuando se ocupa de asuntos que le corresponden, considera que su propia familia lo supera con creces ocupándose de los ajenos. Sin embargo, no le molesta que su prometida esté al pendiente de él. Más bien, eso le reconforta sobremanera aunque nunca vaya a admitirlo en voz alta.

— No ha puesto buena cara —escucha a su prometida acercarse mientras Guanajuato le pasa un abrecartas—. ¿Ha ocurrido algo, Tlasojtli?

— No sé qué le ha contado mi tía, Meine Liebe, pero mi madre quiere asegurarse personalmente de que respetaremos las fechas previstas —le comparte—. Mutter necesita asegurarse de que todo, incluidos nosotros, esté listo a tiempo. Le preocupan algunos detalles de lo que planea para la celebración de nuestra unión, pero le preocupa más nuestra falta de, ella pone, entusiasmo —comenta Austria sosteniendo las dos cartas en sus manos—. Por otro lado, mi hermana espera poder visitarnos y asistir a ambas ceremonias.

Su prometida clava la mirada algo asustada en el papel.

— ¿Tengo que esperar algo al estilo Germania o Galia? —ella no logra conciliar su alarma—. Ya es demasiado que el novio haya venido, como para que ahora su hermana desee asistir. Se supone que debí de haber pasado por una ceremonia simbólica aquí y luego realmente casarme allá. No tenían que venir.

— Nada en nuestra relación es normal, Meine Liebe —responde Austria. Ya le estaba resultando extraño que Suiza no se mostrara impaciente por conocer a su futura hermana—. Mi hermana ha oído hablar tanto de usted que no puede esperar más tiempo para conocerla. Dudo que, si respondo su carta, mi respuesta la alcance. El barco que la traerá habrá zarpado para entonces. Mi madre ha sido una sorpresa desde el inicio. Es una Galia de nacimiento, pero con Alemania se comportó como toda una Germania. Así que no entiendo la razón detrás de tanta impaciencia. Estuvo a punto de impedir que hiciera el viaje, deseaba que no pusiera un pie aquí y usted no perdiera el tiempo con la despedida tradicional. Quería que mi prometida viajara de inmediato y directo a nuestro hogar. Claro que mi hermano se opuso. Estuve de acuerdo, pese a que no me agradó el arreglo. Yo no podía sacarla a usted de aquí como si nada. Hubiéramos ofendido a usted, a su familia y a mi tía, la prima de mi madre.

— Me tranquiliza oír eso de su parte, Tlasojtli. Pero algo aún me inquieta. ¿De dónde la señorita Germania ha oído tanto de mí? —al parecer su prometida prefiere no profundizar en las primeras impresiones de él al enterarse de su matrimonio arreglado.

Ya sabe suficiente como para querer indagar en los pormenores de tan accidentado inicio.

— Tengo hermanos que realmente se interesan por los futuros miembros de la familia —revela Austria restándole importancia—. ¿Mi suegro no ha tenido contratiempos? Le responderé a mi madre tan rápido como me sea posible.

Tajtli es alguien muy diligente cuando se lo propone. Debo reconocerlo. También es muy religioso, creo que eso usted ya lo sabe Tlasojtli. Esto le viene natural. Si hubiera podido, nos hubiera encerrado a las cinco en un convento —declara su prometida algo molesta—. ¿Pasa algo, Tlasojtli?

Austria no ha podido ocultar su alivio. ¿Es posible que haya estado cerca de perder a su prometida antes de que su compromiso ocurriera? Suena bastante descabellado preocuparse por eso, pero le parece que es así.

— No puedo imaginar que hubiera podido hacer con una monja —confiesa sin pensar al tiempo que acepta para sí lo absurdo del asunto.

Su prometida ríe de buena gana.

— Seguramente nunca hubiera oído hablar de mí. Otra señorita de buena familia le hubiera sido asignada —asegura ella aparentando indiferencia—. ¿La señorita Hungría de los Cárpatos, quizá? Alguien más estaría en mi lugar indudablemente, mientras yo estaría cumpliendo mis obligaciones religiosas. Pidiendo porque aquellos que son comprometidos por la fuerza al menos hallen la paz con sus parejas asignadas.

— Seguramente sus plegarias habrían sido escuchadas. Aunque me parece que ninguna familia ofrece tantas hijas a Dios en una generación. Con una es más que suficiente —refuta Austria—. No quiero imaginar un escenario así.

— Yo tampoco —admite ella de vuelta—. Estoy bien donde estoy, Tlasojtli. Le aseguro que no me arrepiento de nada.

Austria le dedica una mirada especial. Tiene que controlarse. No puede tener un arrebato de emoción frente a la familia de ella. Se justifica pensando en que es la primera vez que la escucha decir algo como esto con tanta espontaneidad. Le satisface demasiado que quiera hacerle saber su opinión de la manera que sea, como para poder ocultarlo.

— Dígame, Tlasojtli. ¿A mi futura hermana, la señorita Germania, le gusta algo en específico? Debemos prepararnos para recibirla apropiadamente.

— Contrario a la impresión que mis hermanos o yo podamos dar, Suiza es un pan de Dios. Cualquier cosa le satisface con tal de que tenga una buena intención. Es la neutral de la familia.

— Eso es un alivio —bromea su prometida—. Veré qué se puede hacer con eso.

Austria agradece su disposición en nombre de su hermana. Agradece más que eso. Algunas de sus dudas acerca de la certeza de su compromiso se han disipado gracias a estas cartas. Lo que hace la impaciencia de las mujeres de su familia. Deberían intervenir en su vida más seguido.

México había creído que Germania había exagerado, pero tuvo que vivirlo para creer que es todo lo contrario. Cuando le anuncian que su visita acaba de descender del carruaje, comienza a replantearse el concepto que tiene de ella y su familia. ¿Qué puede tener ella de interesante para esta señorita, su futura cuñada?

— La señorita Suiza Germania acaba de llegar —le anuncia Jalisco—. Nuevo León se ha encargado de acompañarla a la sala.

Germania y México intercambian una mirada.

— Quiero que sirvan el desayuno para ella también, Jali. Seguramente viene cansada, ojalá pueda acompañarnos —pide México antes de salir en busca de la recién llegada.

En la sala les espera una joven, casi una niña, acompañada de algunos de sus servidores. México está a punto de juzgar que ha de ser tímida, pero la joven se le adelanta.

Bruder, qué bueno verte tan cómodo —es lo primero que exclama Suiza en cuanto su hermano la presenta a su futura esposa. En seguida se lleva una mano a la boca—. Lo siento, Bruder, me he dejado llevar. Nunca te había visto tan buena cara como ahora. Te sentó muy bien tu estancia aquí —Suiza le lanza una tímida sonrisa cómplice a México—. Me da mucho gusto conocerla al fin, futura hermana. ¿Puedo llamarla Schwester? Por favor, llámeme por mi nombre sin más o dígame hermana. No sé. ¿Así hablan entre ustedes? Me alegra tanto al fin tener una hermana. Bruder no para de mencionarla en sus cartas, así que es como si ya la conociera. A la vez, me hacía ilusión tratarla en persona.

He ahí la fuente de tanta anticipación de conocerla. México mira de reojo a Germania. Con razón nunca quiso elaborar de dónde su hermana a oído hablar tanto de ella. Aunque debió de habérselo imaginado.

— Es un placer tenerla de visita, señorita Suiza. Claro que puede llamarme así, seremos familia. Agradezco la confianza —responde México para alivio de Germania, quien se siente incómodo por la revelación de su hermana—. Espero que su estancia aquí sea de su agrado, hermana. Nos disponíamos a desayunar, nos encantaría que nos acompañara.

— Encantada —acepta Suiza.

Después de dar algunas órdenes para que Suiza sea acomodada en la habitación destinada para ella y que sus servidores sean acomodados, México se dispone a prestar toda su atención a su futura cuñada y a su prometido. Está ante otra cara de él que desconocía. Por alguna razón eso es algo que no imaginó poder apreciar algún día, pese a que era de esperar este tipo de cosas una vez se casaran. Conocería a su familia algún día y tendría que verlo interactuar con ella. No esperaba nada en realidad, no había pensado siquiera en eso. Eso no le impide sorprenderse por el cambio repentino que la presencia de su hermana ha producido en él. Parece ser que la chica se lleva de maravilla con su hermano. Se nota. Nunca había visto a Germania desprenderse de su máscara de rectitud e indiferencia por completo para adoptar una más fraternal, casi paternal. Ni con ella , su prometida, se comporta de esa manera. Con ella sigue siendo muy propio sin importar que parezca que intenta ser accesible y afable. Es entendible, Suiza es su hermana menor y ella será su esposa. No puede tratarlas igual. México sonríe inadvertidamente. Austria es capaz de no ser distante, casi le recuerda a la manera en que ella misma trata con Cuba y Bolivia. Germania llegó como un pretencioso estirado y ahora se muestra como un buen individuo y un buen hermano. Nunca llegaré a entenderlo.

— ¿Llegué a tiempo, Bruder? —indaga Suiza entusiasmada mientras toma asiento en la silla que San Luis le ofrece.

— Estamos a poco menos de un mes para el gran evento, Suiza. Supongo que has llegado con tiempo para disfrutar de tu estancia aquí —asegura Germania ayudando a México a acomodarse en una de las cabeceras de la mesa—. ¿Cómo se encuentran Mutter y el resto? —agrega con la esperanza de abandonar el tema.

Aparecen los platillos.

— Oh, gozan de salud en lo posible. Preußen ha estado más amargado que de costumbre. Ya sabes, siempre tiene la presión de su propia situación —el tono que emplea Suiza para referirse a su hermano mayor hace sospechar a México. Se adivina un posible doble sentido o código secreto—. Mutter se encuentra muy entusiasmada por su nueva nuera. Quiere nietos pronto, ya lo sabes. Le he ayudado en los preparativos de sus planes, pero se empecinó en que, como yo quiero estar presente en esta ceremonia, debía partir lo antes posible. Ale y su hija siguen en lo suyo. Hungría y Polonia han estado de visita más veces que de costumbre. Hungría ha preguntado por ti y le he dicho que nada ha cambiado en esencia, sólo que se avecinan algunas adiciones. Incluso Ale está considerando tomar tu lugar. Preußen no se ha mostrado muy de acuerdo. No se había pronunciado ni en favor, ni en contra cuando les dejé. Ya sabes que las posibilidades de Ale son altas.

México decide que no quiere pensar demasiado en lo que acaba de escuchar y decide atender los gruñidos de su estómago.

— Basta de los problemas familiares, Bruder —pide Suiza como si le hubiera leído el pensamiento, se gira hacia su futura cuñada—. Mi hermano me ha dicho que eres muy buena con la música, Schwester.

— ¿En serio? Supongo que el señor Germania ha exagerado. Lamento desilusionarla, se... hermana.

— No creo que me hubiera mentido —chilla Suiza horrorizada—. ¿Bruder, dónde está la confianza?

— Que quiera a mi prometida no significa que me tome libertades con ella, Suiza —alega Austria mirando con severidad a su hermana.

— El tono de tus cartas no concuerda con esto —acusa su hermana de vuelta .

México intenta ahogar una risita. Esto es ridículo, muy ridículo.

— Mi mujer merece mi respeto, no un descuidado trato, Suiza —insiste Germania, luego se gira hacia México—. Meine Liebe, no sea modesta. Tiene talento y mi hermana está ofreciendo la práctica que le hace falta. Necesitamos pulir el diamante para que realmente resplandezca.

Tlasojtli, ya he dicho que si a usted no le interesa interactuar adecuadamente con todas las personas, a mí no me interesa perfeccionar mi desempeño en el pianoforte —le recuerda México—. Aunque será un placer acompañar a mi nueva hermana —añade con una amplia sonrisa.

Suiza se da por satisfecha con el intercambio. Es un alivio para ella constatar que su hermano es correspondido, no importa que lo sea de una manera un tanto extraña. Al menos, ahora puede reportar a su regreso que no hay posibilidad de que el enlace resulte en algún tipo de enemistad. Suiza no desearía no haber aceptado la encomienda, pero no puede desobedecer a su hermano. Ella fue enviada para evaluar a la prometida de su hermano. La familia aceptó a México, pero quiere asegurarse de que ella es la indicada para el puesto de la nueva señora Germania. Tienen que asegurar su posición y supervisar el ingreso de nuevos miembros es de vital importancia. Los temores de Prusia son en vano. Alemania va a quedar complacido con lo que Suiza tiene que decirle, va a aprovechar esta oportunidad. No cabe duda.

— Una vez sea oficialmente parte de la familia, Schwester, su vida cambiará por completo. Téngalo por seguro —declara Suiza y añade bromeando—. Me tendrá a mí para recordarle todo lo que tiene que practicar. No podemos dejarla ignorar sus talentos.

Acto seguido no le da oportunidad a México de comentar, protestar o preguntar algo, Suiza desvía la conversación enseguida hacia otro tema. Hasta cierto punto no desea someterla a más presión de la que ya tiene con su tía en el puesto de su madre. Mientras habla de otras cosas, Suiza pide por que todo termine bien para su hermano. Ella mejor que nadie le ha visto sufrir, ya es hora que pueda disfrutar por gusto de algo.

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