Monologo de Roswaal

Soy una Víctima.

Mi existencia cobró otro matiz desde el instante en que ella cruzó mi camino. En el umbral de la muerte, solo la desolación me acompañaba. Aún puedo recordarlo vívidamente, como si fuera ayer, mi cuerpo en los huesos, el dolor de existir; de haber nacido solo para sufrir.

Todo lo que esperaba era el día en que se acabase, el día en que mi cuerpo muriese. Pero entonces, su presencia, como una bendición del mundo, se manifestó ante mí, desvaneciendo la oscuridad con su incomparable belleza.

Su figura se recortaba en el horizonte como un sueño, una visión celestial en medio de mi pesadilla terrenal. Fue amor a primera vista, un destello de luz en mi sombrío sendero.

Sentí que mi cuerpo la añoraba, que deseaba tenerla para mí. Me hallé sumido en un abismo de devoción y placer, donde cada parte de mí ansiaba tenerla solo para mí.

En un parpadeo, se convirtió en mi universo y mi razón de ser.

Su mera presencia era como un faro en la penumbra, iluminando los rincones más sombríos de mi ser. Me sumergí en su mirada profunda, ahogándome en la intensidad de sus ojos y la suavidad de sus labios. Cada fibra de mi ser anhelaba fundirse con ella en un torbellino de pasión desenfrenada.

Entonces había una misión clara.

La seguí, me quedé a su lado y esperaba hacerlo hasta más allá de la eternidad. Me dije a mí mismo que debía ser su protector: debía hacerme fuerte, no solo para protegerla sino para poder poseerla.

Era y sigo siendo el único que la merece, el único que merece poseer su cuerpo, sostener sus manos, besar sus labios. Aprieto mis manos, escuchando cómo cae la lluvia, cómo mi alma llora por la falta de su presencia.

«Te añoro tanto», susurro en la oscuridad de mi mente, sintiendo que mi alma me exige sentirla. Han sido cuatrocientos años, cuatrocientos desgraciados largos años.

Cuatrocientos años desde que ese mísero bastardo la arrebató de mis brazos.

«Héctor…» El nombre cae de mis labios como una maldición, apretando mis puños con una furia salvaje que amenaza con consumirme por completo.

Puedo recordarlo, puedo sentir el ambiente ominoso que había, sus palabras desinteresadas y su asquerosa forma de hablar. Solo de recordarlo me dan ganas de matar, me dan ganas de destruir todo este mundo por arrebatarme lo que me pertenece.

Mi corazón se despedazó mientras veía impotente cómo la vida escapaba de ella. Mis manos temblaban de furia y dolor, incapaces de detener la cruel danza del destino. Sentí la rabia ardiente inundar mi ser, consumiéndome desde adentro como un fuego infernal.

No… aún la sigo sintiendo.

Siento la necesidad de dirigir mis manos hacia una gaveta en mi escritorio. Mientras Ram se va, aprovecho para maravillarme con mis objetos más preciados. Tomo una pluma, apreciando su belleza con una sonrisa placentera mientras la pongo en mi mejilla.

—Echidna… —cierro mis ojos, pensando en lo bien que se sentirá cuando se la entregue de vuelta. Dejo la pluma con cuidado en su recipiente, para luego tomar unos guantes de cuero negros, guantes que yo mismo le regalé en ese entonces.

Entonces, una urgencia crece en mí.

Lentamente los miro, y solo de verlos mi cuerpo se calienta, mi mente se expande y los voy acercando lentamente. Casi tan lento como la eternidad que he esperado por volverla a ver.

—Uh… —solo de olerlos siento que puedo sentirla. En ese entonces utilicé un método de preservación que ella inventó; lastimosamente era un método de un solo uso. No pude encontrar el método de creación, sin embargo, pude rescatar estos exquisitos guantes.

Lo preservan a la perfección: su aroma, su dulce y delicado aroma. Puedo sentir su sudor, un olor floral que me limpia el alma. Entonces mi cuerpo se estremece, empieza a temblar, a desear más y más.

—Delicioso… —doy un respiro fuerte, para hacerme sentir más cerca de ella. Mis palabras resuenan en la habitación, como un eco distorsionado de mi propia obsesión.

Me quedo oliendo, respirando y sintiendo que estoy en frente de ella, que estoy dentro de ella. Que paso mis manos por sus suaves mejillas pálidas como la nieve, acariciándolas con una devoción admirable, como si intentara absorber su esencia a través de mi piel.

Que huelo su cabello blanco, que me embriaga con su fragancia, como si cada hebra fuera una invitación a perderme en su mundo.

Que saboreo su delicado cuello como si fuese la comida más deliciosa del mundo, dejando que mi lengua trace círculos sobre su piel, marcando mi territorio de posesión.

Que voy rodeando mis manos en su suavidad, explorando cada centímetro de su cuerpo con una avidez insaciable, como un depredador acechando a su presa.

Que la hago temblar de placer con cada caricia, cada roce, cada susurro cargado de promesas de amor eterno, mientras sus ojos, fijos en los míos, reflejan una mezcla de amor y deseo.

Es un juego maravilloso, una danza macabra en la que soy el único que tiene el control, el único capaz de hacerla caer rendida a mis pies. Y mientras la envuelvo en mis brazos, siento que el mundo entero se desvanece a nuestro alrededor, dejándonos a solas en nuestra propia burbuja de amor y pasión.

—Mmm… —puedo escuchar sus suspiros, su voz agitada. Puedo estar con ella en mi mente, puedo sentirla en mí. Cierro los ojos y me sumerjo en la fantasía de tenerla a mi lado, de hacerla mía en cada sentido de la palabra.

Es un éxtasis que me consume, una pasión ardiente que me envuelve y me transporta a un lugar donde solo existimos ella y yo, donde el deseo es la única ley que rige nuestras acciones.

Es el único trofeo que deseo, lo único que necesito. Mi amor es hacia ella y nadie más. Una obsesión que consume mis días y mis noches, una llama ardiente que nunca se extinguirá. Cada fibra de mi ser clama por su presencia, por el roce de su piel contra la mía, por la unión de nuestros cuerpos en una danza desenfrenada de pasión y deseo.

Puedo sentirlo como si estuviese en una ilusión. Puedo sentir mis manos firmes en sus caderas, puedo sentir estar encima de ella, poseerla por completo mientras el mundo es solo para los dos. Mis sentidos se agudizan, cada caricia, cada beso, cada gemido es una sinfonía de placer que me embriaga y me hace perder la noción del tiempo y el espacio.

Puedo verla, sentirla, olerla, escucharla. Sentir esa oleada de placer de solo imaginar cuando la tenga en mis manos como ahora.

Mis manos aprietan con fuerza, aferrándose a la idea de tenerla para siempre, de no dejarla escapar nunca más. La necesidad de tenerla a mi lado se vuelve insaciable, como un hambre que nunca se sacia, una sed que nunca se apaga.

Solo de pensar en la posibilidad de verla, de estar en mis brazos y no dejarla nunca hacen que estos cuatrocientos años se sientan como una absoluta ganancia. Cada día sin ella es una eternidad de agonía, un tormento que solo puede ser aliviado por su presencia.

Llevo cuatrocientos años, cuatrocientos largos años con un solo deseo: Tener a mi amada, mi más grande posesión.

Poseer su cuerpo, estar encima de ella y no dejarla nunca. Mis pensamientos se vuelven más placenteros, más hermosos a medida que mi amor se intensifica, como una flor que florece en medio del desierto, encontrando su máximo esplendor en la adversidad.

Jadeo lentamente, dejando los guantes con extremo cuidado y mirando hacia el libro de la sabiduría.

Aprieto con fuerza, la ira creciendo dentro de mí, la ira creciendo hacia un mundo desagradecido que me arrebató lo único que amaba. Cada página del libro es un recordatorio de mi misión, una guía que me lleva paso a paso hacia la realización de mi más profundo deseo: tenerla de vuelta a mi lado, aunque sea a costa de todo lo demás.

Contemplo mis manos, manchadas de mi inutilidad, las mismas que prometieron protegerla. Ahora son testigos mudos de mi fracaso, de mi incapacidad para resguardarla. El brillo en mis manos se convierte en mi símbolo de lealtad hacia ella, una marca indeleble de mi devoción.

—Prometo que te haré mía, tenga que ir a donde deba ir —mi voz suena firme, llena de determinación. Para alcanzar la fortaleza, debo transitar el camino del sufrimiento.

Y así, me veo transformado en un bufón, mis acciones guiadas por la venganza y el desenfreno, dejando a mi paso un rastro de destrucción.

Pero incluso en la oscuridad, vislumbro una luz de esperanza en el horizonte. Una esperanza que se alimenta de mi deseo, una esperanza que me impulsa hacia adelante en mi búsqueda desesperada por recuperar lo que se me arrebató.

Una esperanza distorsionada por la incertidumbre, pero una luz, al fin y al cabo.

«He cometido actos irremediables», me digo, sintiendo el peso de mis elecciones en busca de un propósito mayor. He sacrificado todo por un objetivo que ahora parece escurridizo. Pero cada sacrificio, cada gota de sangre derramada, ha sido un tributo a nuestro amor prohibido.

Pero, entre toda la incertidumbre, una persona desconocida se alzó, guiándome por el camino correcto.

El futuro es incierto, por eso anhelo su guía; su dirección.

Estoy cegado, ensordecido y mudo, soy una marioneta en esta danza, pero acepto este papel. Porque en mi deseo encuentro la claridad, y en mi obsesión, encuentro mi verdadero propósito.

Tengo el libro de la sabiduría, mi antiguo guía en mis momentos difíciles.

«Y, aun así, no controlo mi destino», me recuerdo con amargura, mientras el destino se burla de mis esfuerzos. Pero mi voluntad es más fuerte que cualquier destino predestinado.

Puedo ser usado, puesto que solo me importa tenerla en mi posesión. Si el premio por hacer lo que dice es ella, entonces nada más importa.

Miro los informes en el escritorio, aprontando mis labios con fuerza.

«Marco Luz…» la furia crece en mi interior. Es su culpa, por su culpa el futuro no es lo que deseo. Desde su llegada todo cambió de formas que desconozco.

La sabiduría de la verdadera Echidna es basta, pero este mundo no es capaz de alcanzarla, devorándome por dentro. Cada día sin ella es un tormento interminable, una agonía que me consume desde adentro.

Siento la puerta abrir, viendo que va entrando mi sirvienta.

—Señor Roswaal, he traído té para este día tan frío —me dice Ram, y le sonrío, agradeciéndole en silencio. Su presencia, aunque reconfortante, no es más que una sombra de lo que verdaderamente anhelo.

—Sin duda, hoy hace bastante frío —respondo, mirándola fijamente, pensando en que debo hacer con ella.

Al comienzo pensé que debía utilizarla, pero lentamente se fue haciendo más irrelevante. No digo que no le tenga cariño, después de todo es una posesión mía. Pero sé que incluso ella no puede llenar el vacío que dejó en mi alma su ausencia.

Observo la bandeja y noto una carta, sellada con un hechizo. Sonrío al verla, reconociendo que es hora de actuar.

Tomo la carta y la taza de té, maravillándome por el cambio de clima que hubo. Ha pasado un tiempo desde que debía actuar. Seguí los pasos que me dijo hace más de seis meses.

Juntar maná y activar un hechizo de cambio de clima a mayor escala que el que indicaba el libro de la sabiduría. Todavía no sé el motivo, pero realmente no me importa.

Contemplo el humo que se eleva de la taza de té, las hojas que danzan con la lluvia. Cada detalle de este mundo es irreal, como si mirara a través de otros ojos. Deseo alcanzar la realidad, alcanzar su mundo y poder tenerla por la eternidad.

Deseo tenerla entre mis brazos, besar sus labios y escuchar su voz melodiosa. Quiero todo de ella y nada me detendrá, no importa las consecuencias. Mi deseo por ella es un fuego ardiente que consume todo a su paso, dejando solo cenizas en su estela.

Leo la carta, viendo que otra vez está esa misma descripción.

"¡Un error!", así lo llama aquel desconocido. Sus palabras resuenan como un eco ominoso en mi mente, una advertencia del destino caprichoso.

Pero yo no temo al destino, ¡yo lo desafío con cada fibra de mi ser! Si tengo que destruir este mundo lo haré, si tengo que dominarlo todo también lo haré. Siento asco, siento odio por todo lo que me rodea.

«¡Todo y cada uno de lo que está a mi lado no es más que algo que nunca debió existir!» Grita mi corazón, deseando tomar acciones de inmediato.

Mis manos tiemblan de ansiedad, mis dedos se contraen con la furia contenida que arde en mi interior. Cada respiración es como una bocanada de aire viciado, impregnado del hedor de una realidad que me repugna.

La habitación parece contraerse a mi alrededor, como si el espacio mismo rechazara mi presencia.

—¿Señor Roswaal? —la voz de la criatura rosada me saca de mis pensamientos. Sus ojos me miran con esa mirada inquisitiva que tanto detesto, como si pudieran ver a través de las sombras que envuelven mi alma.

«¡Solo verla me dan náuseas, ganas de acabar con esto de una vez por todas!» Debo ser paciente, debo mantener la compostura.

Pronto, todo se desencadenará según lo planeado. Todos los errores serán corregidos, incluyendo el error rosado en frente de mí.

Este mundo, todo lo que existe, ¡es un error que debe corregirse! Cada respiración, cada latido, es un recordatorio de mi futilidad, de mi condición de paria en un universo que no me comprende ni me acepta.

Pero yo no soy parte de este mundo, ¡yo soy una fuerza que lo desafía desde dentro! ¡Soy real, sin duda alguna, y mi voluntad es la única verdad que importa!

La carta entre mis manos zumba con una energía antigua, una promesa de poder y redención que me hace temblar de anticipación. La oscuridad que acecha en las sombras se agita, esperando ser liberada por mi mano.

Cada palabra escrita en esa carta es un paso más cerca de nuestra reunión, un paso más cerca de nuestra unión eterna.

Una sonrisa se forma de inmediato en mi rostro.

Hay secretos oscuros que debo descubrir, oscuros misterios que acechan en las sombras y aguardan ser desentrañados por mí.

Pero estoy dispuesto a enfrentar cualquier peligro, cualquier horror, con tal de alcanzarla. El amor me consume, me devora como un fuego voraz, pero en ese abismo de pasión encuentro mi verdadero propósito, mi razón de ser.

Decido fortalecerme, mejorar mi cuerpo y aceptar todos los poderes que me permitan cumplir mis objetivos. Cada hechizo que aprendo, cada ritual que realizo me acerca más a ella, me sumerge más profundamente en la oscuridad que es su morada.

«¡Y no hay límite para lo que estoy dispuesto a hacer por amor!» La pasión que arde en mi pecho es un fuego insaciable que consume todo a su paso, dejando solo cenizas en su estela.

«Me encanta, qué sentimiento tan hermoso es el amor», suspiro, sonriendo ante la vida misma. «Mi amor es tan inmenso que nada me detendrá.»

Miro la lluvia, tan delicada y hermosa, endulzando mi preciosa alma.

Para estar con ella, debo seguir los pasos de lo ya escrito. Mi determinación traza cada palabra como un faro hacia mi destino. Cada palabra es un juramento, un pacto sellado con mi propia sangre.

—Así debe ser —susurro, aunque la ira retuerce mi interior. Pero el odio no tiene cabida en mi corazón, solo hay espacio para el deseo ardiente de tenerla a mi lado.

He encontrado un camino donde mi esfuerzo dará frutos. Veré a mi amada, a mi verdadera amada, sin importar los obstáculos. Porque en nuestro amor no hay límites; no hay barreras que no podamos superar.

No importan los años, seguiré siendo único.

La semi demonio no sabe lo que le espera, pero será magnífico. Espero con ansias. Su crecimiento me ha estado molestando desde hace meses, su forma de ser se ha vuelto tan fastidiosa a mi vista que ha sido difícil contener mis ganas de matarla.

Se cree independiente, pero solo es una posesión más. Cree que puede mover las cartas del futuro, pero ella es solo eso: Una falsa, otro error con piernas cuya insolencia no tiene límites.

Lo único real es mi amor por ella, por Echidna, es una llama que arde más brillante con cada día que pasa, consumiendo todo a su paso.

Este mundo es un error que debo corregir, solo así podré viajar al mundo verdadero donde nuestro amor florecerá. Y no habrá nada ni nadie que se interponga en nuestro camino.

«Te haré mía, Echidna», murmuro dentro de mí, sintiendo cómo el amor me consume, convirtiéndome en títere de mis admirables deseos. Seré un títere, un títere que hará lo que le digan para cumplir con su deseo.

Mis acciones pueden parecer irracionales para algunos, pero sé que cada paso que doy me acerca más a ella, a nuestro destino compartido. No dejaré que nadie más te tenga, serás solo mía, un trofeo a mi esfuerzo.

Mis manos están manchadas de sangre, pero no me detendré hasta que ella esté a mi lado. Miro a mi alrededor y veo que este mundo es una ilusión, una mentira que se interpone entre nosotros. Todo lo que no sea ella es un engaño, una distorsión que debe desaparecer para que podamos estar juntos.

Y estoy dispuesto a destruir este mundo entero si eso significa que estaré con ella al final.


Prologo

En Pos de la Verdad.

La lluvia persiste, golpeando el suelo con furia mientras el cielo llora nuestras penas. Nos resguardamos en un campamento, apenas protegidos por lonas raídas que apenas resisten el embate del clima.

El ambiente está lleno de desesperación mientras continuamos atendiendo a los heridos que no cesan de llegar, cada uno con su propia carga de dolor y sufrimiento. Las sombras de la tormenta nos rodean, y observo mis manos cubiertas por guantes de cuero, manchados de un rojo oscuro que refleja las vidas que intentamos salvar.

Los sanadores trabajan incansablemente, pero yo tomo un breve momento para descansar, sintiendo el peso de la fatiga acumulándose en cada parte de mi ser. El dolor es palpable en el ambiente, cada grito desgarrador y súplica de ayuda se clava como una daga en mi alma, recordándome la fragilidad de la existencia humana.

Mis compañeros muestran terror en sus rostros, reflejando el horror de lo que hemos vivido y lo que aún nos espera. No todos los heridos tienen lesiones físicas; algunos llevan profundas cicatrices mentales, marcadas por el trauma y el horror de la batalla.

—¡Duele! —grita un hombre, retorciéndose de dolor mientras los sanadores luchan por estabilizarlo.

—¡Mi pierna! ¡Por favor! —suplica otro entre gemidos, su voz ahogada por el sufrimiento.

Las palabras se pierden en el aire, pero su eco resuena en mi mente, recordándome la brutalidad de la guerra y el sacrificio que conlleva. Marco me lo explicó antes: estrés postraumático, heridas invisibles que persisten incluso después de que las físicas hayan sanado.

Observo cómo llegan más heridos en los carruajes, cada uno testigo de la brutalidad del conflicto en el que estamos inmersos. Sin embargo, mis pensamientos se desvían hacia Marco, Betty y Crusch, quienes aún no han regresado.

La incertidumbre se aferra a mi corazón, temiendo por su seguridad.

La lluvia sigue cayendo, implacable, como un reflejo de nuestro dolor y pérdida. En medio de la oscuridad y el caos, siento que una sombra más profunda se cierne sobre nosotros, amenazando con devorarnos si no encontramos la luz en esta oscuridad interminable.

Un soldado me explicó que el enemigo consumió una especie de cristal antes de entrar en ese estado. Era como si estuvieran poseídos por alguna fuerza oscura, algo que iba más allá de nuestra comprensión.

«Fue igual que con quienes luché.»

Varios cadáveres yacían deformes en el suelo, expulsando un líquido negro que manchaba la tierra y la pudría.

Los sentimientos me abruman. La cantidad de personas reportadas muertas sigue aumentando, y cada nuevo informe golpea mi corazón con fuerza.

«Yo... no deseaba esto.» Aprieto mis temblorosas manos, consciente de que como líder debo mostrar fuerza, aunque por dentro me sienta desgarrada por el dolor.

Debo actuar como Marco, debo demostrar fortaleza para que todos encuentren un punto de apoyo en medio de esta tragedia.

Sigo curando, intentando mantener la compostura mientras el caos nos rodea. Poco a poco, los heridos comienzan a disminuir, pero las horas pasan y no hay noticias de Marco, Betty ni Crusch.

La tormenta finalmente cesa, pero no llega ninguna información sobre su paradero.

La guerra puede haber llegado a su fin, pero el silencio que nos rodea es ensordecedor. Ni siquiera en Costuul hay noticias. Ganamos la batalla, sí, pero a un costo demasiado alto.

Perdimos a tantas personas, individuos con sueños y esperanzas, personas que confiaron en nosotros para protegerlos. Familias enteras han sido destrozadas, dejando atrás un vacío abismal de dolor y pérdida.

«¡Qué cruel es el destino!» Todo esto, por simples intereses, por la ambición desmedida de unos pocos.

«¿Es acaso mi culpa?» Una vez más, esos pensamientos tortuosos se abren paso en mi mente, recordándome el peso de la responsabilidad que llevo sobre mis hombros.

Pero no puedo permitir que la duda me consuma.

Debo permanecer fuerte, por ellos, por los que ya no están y por los que aún están con nosotros.


Capítulo 1

¿Qué sucedió?

Siento una mano en mi hombro y, al dar media vuelta, veo a Luan, cubierta de vendas. Su rostro, aunque cansado, aún mantiene una determinación inquebrantable. Ella es fuerte, además de inteligente.

En cambio, yo...

—Deberías seguir descansando. —Me levanto para ayudarla a sentarse.

Con una sonrisa ligera, ella permanece de pie, mostrando fortaleza en este desastre desgarrador.

—Como coronel y estratega, debo mantenerme en pie. —Ella señala a Alsten, que está haciendo informes; él también está vendado.

Todos parecen estar haciendo lo que deben. Yo también, aunque me cueste, me esfuerzo por el bien de todos. Es mi deber, pero hay algo que siento que está mal.

Fuerzo una sonrisa para darme fortaleza.

—No te preocupes, mientras esté aquí, no permitiré que nadie más muera. —Acaricio con cuidado la cabeza de Luan y me dirijo hacia el capitán Lucas.

Ella sigue siendo una joven, hacerla pasar por tanto estrés no es sano. Ahora, con el capitán aquí, debo tener cuidado con cómo proceder. Lucas perdió su brazo antes de que yo llegara; fue aplastado y no tiene posibilidad de recuperación.

Mi magia de sanación no es tan efectiva como la del caballero Félix, pero hay cosas que sí puedo hacer.

Él me observa con un gesto algo desanimado, pero yo mantengo mi sonrisa, tratando de infundirle ánimo para que tome su decisión.

—Te prometo que no habrá complicación alguna —digo con una sonrisa que intenta ocultar el peso de la situación.

«Es difícil sonreír.» Mis pensamientos no pueden evitar ahondar en el dolor que subyace tras mi sonrisa. Es difícil sonreír cuando el mundo parece estar desmoronándose a tu alrededor.

Mezclar medicina y magia es la única manera de realizar el traslado de un cuerpo en estas condiciones. Las opciones de sanación son limitadas y reservadas para los casos más graves.

No hay manera de producir pociones en masa con las máquinas de Marco, así que todo recae en mí. El procedimiento para el trasplante de brazo implica utilizar el miembro de una persona fallecida que sea compatible con su forma. Marco apenas me enseñó al respecto, desconociendo el proceso, así que he tenido que experimentar por mi cuenta.

Lucas mira hacia el suelo, evidentemente abrumado por la situación. Después de un momento de reflexión, asiente.

—No podría continuar de otra manera. Estoy de acuerdo con el procedimiento —dice con voz temblorosa, mientras su única mano tiembla levemente.

Su confirmación me llena de alegría y temor al mismo tiempo. Pongo mi mano en su hombro, asegurándome de que vea la mía, y le sonrío con todas mis fuerzas, tratando de brindarle todo mi apoyo.

—Entonces, procedamos con el trasplante —afirmo, llamando a un equipo para que nos ayude.

Los sanadores lucen visiblemente agotados. Todos tienen entrenamiento mágico y médico, pero después de horas en esto, puedo ver el cansancio en sus rostros. Sin embargo, es nuestro deber seguir adelante, por el bien de todas las personas que nos necesitan.

Dos ayudantes mujeres traen el cuerpo del herido. Son chicas con las que he trabajado bastante.

Detrás de ellas viene mi ayudante, un chico demihumano que se unió al ejército como parte del escuadrón de sanadores.

Observo el brazo, aún ensangrentado. De momento, no hay forma de saber si la sangre es compatible con el cuerpo. Además, si no recuerdo mal, esa sangre sin circular ya debe estar pudriéndose, por lo que es primordial actuar rápidamente.

La contextura de ambos brazos es igual; la única diferencia notable a simple vista es el color de la piel, que es un poco más moreno.

Ahora, debo drenar la sangre del brazo a implantar.

Mi ayudante utiliza magia de agua y una adición manual de sal para introducir líquido a través de las arterias y venas. Poco a poco, la sangre fluye hacia afuera.

Los magos limpian la sangre y extraemos rápidamente la sangre de Lucas. Poco a poco, comenzamos a infundir su sangre, y ahora viene la parte más difícil. Para unir su brazo, debo ir imbuido maná poco a poco.

Ahora tengo que cortar parte del hombro de Lucas; sin este paso, la sanación no podrá llevarse a cabo.

No soy una sanadora prodigio como Félix. No tengo las habilidades de Beatrice. Pero tengo pasión; he aprendido y me he esforzado por aprender.

Es por eso por lo que sé que todo saldrá bien. Los músculos se van uniendo gradualmente, y la sangre fluye. Ahora, todo lo que tengo que hacer es seguir infundiendo maná.

Marco menciona que en su mundo se puede hacer sin magia, aunque son operaciones extremadamente difíciles. Me ha contado que incluso se pueden hacer con corazones.

Es una pena que no hubiese una mano adecuada para Otto.

Es increíble y algo que me gustaría presenciar algún día. Supongo que es imposible, aunque, tal vez... Si Marco fue traído, ¿qué impide que algún día pueda ir?

Marco no ha compartido mucho sobre su pasado; habla de su mundo y cuenta que este lo rechazó, pero su historia personal sigue siendo algo que mantiene oculto.

Relata anécdotas con sus padres, pero no revela más allá de que fallecieron.

Una vez que la piel se une, puedo ver el brazo. Lo primero que hago es realizar movimientos manuales para comprobar su funcionamiento. La anestesia es algo que no existe, así que la única opción es inducir el sueño y utilizar magia constantemente para mantenerlo inconsciente.

Debo insistir en realizar más investigaciones al respecto.

Con personas fuertes, sería complejo, ya que entre más maná poseen o más entrenados están, sus cuerpos pueden recuperar la consciencia rápidamente. El dolor también es un factor, pero la magia de sanación disminuye la sensación de dolor.

—Está hecho... —dice una chica, murmurando cansada, cayendo al suelo después de usar tanto maná.

Me quito el tapabocas y le doy una gran sonrisa.

—¡Sí!

En ese solemne instante diviso una figura, esta se acerca rápidamente, y la luz hace brillar su cabello. Es Otto, quien se acerca junto a una mujer. Su mirada preocupada me dice que no ha pasado algo bueno.

Ya lo suponía, pero no quiero que sea lo que está gritando mi corazón.

Una vez nos apartamos del campamento, Otto empieza a explicar:

—Esta chica afirma que vio pasar el globo hace un tiempo. —Otto me mira con preocupación—. Debido a la medida que implementamos, era complicado que saliera de su hogar, pero en estos momentos nos estamos poniendo en contacto con las familias.

Intento ocultar el temblor en mis manos y el temor que arremolina mi corazón. Debo ser fuerte. Mis dedos se aferran con firmeza a los pliegues de mi chaqueta, mientras mi mente lucha por mantener la compostura.

—¿En qué dirección fue el globo? —pregunto, manteniendo mi sonrisa forzada para no preocuparla, aunque por dentro mi corazón late desbocado como un tambor enloquecido.

La chica señala en dirección al bosque de Elior. Un escalofrío recorre mi espalda al verla, pero rápidamente cambia de dirección.

«No...» miro hacia el cielo, buscando respuestas que no llegan, mis manos instintivamente se posan sobre mi pecho en un intento de calmar el torbellino de emociones que amenaza con consumirme.

—El santuario —susurra Otto, su voz cargada de desaliento. La mención del santuario solo agrega más incertidumbre y miedo a mí ya turbado corazón.

A pesar de sentir alivio, se me hace extraño que hayan perdido el control.

Marco y Betty pueden volar, no debería ser un problema para ellos llevarse a Crusch consigo.

Siento como si una garra helada me estrujara el pecho. Si algo les pasó a los tres, si alguno de ellos no volvió... No puedo permitirme perder a más personas queridas.

Aunque no entiendo. ¿Qué pudo haber sucedido? Mi mente se inunda con mil y una posibilidades, todas más aterradoras que la anterior.

«Debemos hablar con Roswaal.» Aprieto mis manos con determinación, volviendo al campamento con pasos decididos. Si hay algo que puedo hacer para ayudarlos, lo haré, cueste lo que cueste.

«Tengo que terminar de curar rápido o no podré ir con ellos.» El tiempo apremia y cada minuto que pasa aumenta la angustia en mi interior.

Me coloco el tapabocas y me dirijo hacia un herido, pero antes de poder acercarme, uno de los chicos sanadores me detiene con gesto preocupado.

—Señorita Emilia, no se preocupe, la situación está controlada. Lo mejor es que descanse. —El chico me mira preocupado—. Sabemos que usted ha luchado y necesita descansar.

Miro hacia los demás, quienes se inclinan y me miran con expresiones determinadas. A pesar de estar cansados, todos parecen preocuparse por los demás. Esto es... realmente algo que nunca experimenté.

Solo siendo una niña, desde que dejé el bosque, nunca pude conocer tanto el mundo y a las personas. Pero ahora estoy determinada.

«Tengo que ir, sin importar qué.»

—Déjame ir contigo. —Luan me toma del brazo, su mirada fija en la mía con una determinación que no puedo ignorar.

—No deberías ir, sigues recuperándote —respondo, intentando disuadirla.

Ella ha estado forzando su cuerpo demasiado, pero la mirada que me dirige ahora no parece la de alguien que ha estado luchando.

Sus ojos rojos brillantes y su cabello con puntas de color rojo destilan una energía que me sorprende. Es como si estuviera envuelta en un aura cálida y ardiente al mismo tiempo.

Doy un suspiro resignado, siendo derrotada por su determinación.

—Está bien, vamos.

Una sonrisa de satisfacción se dibuja en el rostro de Luan mientras nos dirigimos hacia donde Roswaal. En el carruaje camino a la mansión, noto la inquietud en Otto, quien parece nervioso.

—¿Nunca habías hablado con Roswaal? —pregunto, intrigada por su actitud extraña.

Él parece distraído, como si estuviera preocupado por algo. Sin mirarme, responde con voz temblorosa:

—No, nunca.

Quizás piensa que es un noble amargado o alguien con quien no se debe hablar.

—Él es alguien un poco excéntrico; sin embargo, siempre ayuda cuando se le necesita. —Intento calmar su ansiedad, aunque en realidad no estoy segura de quién es Roswaal en realidad.

Ahora que me esfuerzo por entender a las personas, veo todo de forma tan misteriosa. Pero él siempre ayuda. No... curiosamente, nunca ha ayudado cuando más se le necesita.

Marco y Roswaal ya han discutido por eso, pero es verdad que siempre es extraño. De alguna forma, siempre tiene las manos atadas cuando se trata de apoyar en crisis. Es raro, pero tampoco creo que sea un motivo para que Marco sienta aversión por él.

Puck también me lo advirtió mucho. Todos parecen conocer algo sobre Roswaal que yo no. Me molesta, pero a la vez tengo temor de impulsar algo que termine en desastre.

A medida que me adentro en mis pensamientos, siento una incomodidad creciente ¿Por qué todos parecen saber algo que yo no?

Mis pasos se vuelven más pesados mientras bajo del carruaje, cargando el peso de mis preocupaciones en cada paso. La brisa fría del atardecer parece llevar consigo un eco de advertencia, una advertencia que resuena en lo más profundo de mi ser.

Miro a mi alrededor, observando los árboles que se mecen suavemente con el viento y los rayos dorados del sol que se filtran entre las hojas húmedas por la lluvia.

—Es como si la propia naturaleza me susurrara secretos que aún no puedo comprender —murmuro en silencio, sintiendo que la ansiedad se apodera de mí con cada latido de mi corazón.

—Emilia, vamos. —La voz de Luan interrumpe mis pensamientos, sacándome de mi ensimismamiento momentáneo. La mirada en sus ojos refleja una determinación que no puedo ignorar, una determinación que me hace dudar de mis propias dudas.

Sus palabras resuenan en mi mente mientras nos acercamos a la mansión de Roswaal. «¿Debería confiar en él?», me pregunto una vez más, sintiendo cómo el peso de la incertidumbre se hace más pesado con cada segundo que pasa.

El camino por los largos pasillos de la mansión hacia el despacho de Roswaal se estira como un interminable laberinto. Cada paso que doy resuena en el silencio opresivo que parece envolverme, como si las paredes mismas estuvieran susurrando secretos que se escapan a mi entendimiento.

Pero debo avanzar, debo enfrentar lo que sea que me aguarde al otro lado de esa puerta.

No soy la misma de antes; debo ser fuerte, mantener la compostura y ser un muro en el que todos se sientan seguro.

Una vez me encuentro frente a la puerta de Roswaal, noto que Otto está ligeramente tembloroso. Pongo mi mano en su hombro, tratando de transmitirle algo de calma con mi gesto, aunque en realidad sea yo quien necesite esa calma desesperadamente.

—Todo saldrá bien, ¿sí? —le digo con una sonrisa forzada, tratando de convencerme a mí misma tanto como a él.

Abro la puerta y me encuentro con Roswaal, con su característica sonrisa plácida que nunca parece abandonarlo. Pero sé que detrás de esa sonrisa hay algo más, algo que no puedo comprender del todo.

—Supo~~ngo que se acabó. —Roswaal sonríe mientras acomoda unos papeles, pero su tono de voz no me inspira confianza.

—Sí, pero no he venido por eso. —Respondo con determinación, entrando a su despacho y preparándome mentalmente para lo que está por venir.

Debo mantener la calma, como me enseñó Marco. Pero es difícil cuando siento que los ojos de Roswaal me observan con una intensidad inquietante, como si pudiera ver a través de mí y leer mis pensamientos más profundos.

—Vaya~~, ¿qué puede traer a la señorita Emilia a mi oficina entonces? —pregunta con curiosidad, pero su mirada me hace sentir incómoda, como si estuviera atravesando mi alma con tan solo una mirada.

Comienzo a relatarle la situación, tratando de mantener la compostura a pesar de la ansiedad que me consume por dentro. Pero mientras hablo, noto que la expresión de Roswaal cambia sutilmente, como si estuviera procesando información que ya conocía de antemano.

—Escuché que Marco tuvo problemas con el globo. No está confirmado, pero es posible que se encuentre en dirección al santuario. —Mis palabras parecen despertar un interés repentino en Roswaal, quien reacciona casi de inmediato.

—Deberíamos dirigirnos al santuario lo más pronto posible. —Se levanta de su silla, dirigiendo su mirada hacia Ram, quien parece anticipar sus órdenes antes de que las pronuncie.

Ram asiente con solemnidad y se retira en busca de un carruaje, mientras nosotros nos preparamos para enfrentar lo que sea que nos espere en el santuario. La inquietud se agita en mi pecho, pero sé que debo ser fuerte y seguir adelante, sin importar los peligros que puedan aguardarnos en nuestro camino.

Me siento incómoda al pensar que Roswaal tomó esa decisión tan rápidamente.

«¿Será que realmente está involucrado en esto?» No, no debo permitir que esos pensamientos tomen forma. Él me ha brindado su ayuda de manera incondicional; desconfiar de él es algo nuevo que estoy experimentando.

Yo no era así, pero también... Mis reflexiones son interrumpidas por alguien.

—Creo que sería práctico ir con un escuadrón. —Otto toma la palabra, superando su miedo—. Puede que sea necesario para garantizar nuestra seguridad.

Roswaal mira a Otto, su sonrisa desaparece. Ahora, da la sensación de que algo realmente lo sorprende. Otto se da cuenta de que no se ha presentado y se inclina.

—Tesorero de Irlam, Otto Suwen. —Otto realiza un saludo formal, con sus piernas ligeramente temblando.

Acaso siente tanto miedo de Roswaal como para que sus piernas tiemblen de esa manera.

La atmósfera en la habitación se vuelve tensa, como si estuviéramos al borde de un conflicto. Pero antes de que pueda reflexionar más, Roswaal habla con una voz serena pero ligeramente grave.

—Tu propuesta es interesante, Otto Suwen. —Sus palabras resuenan en la habitación, llenándola de un aire de seriedad—. Pero en este momento, nuestra prioridad es ir con Marco y a los demás. Si es solo un escuadrón no debería haber problemas.

Otto asiente, visiblemente aliviado de que Roswaal haya tomado en cuenta su sugerencia. Pero en sus ojos aún puedo ver el rastro de temor que parece no querer desaparecer.

La conversación continúa, pero mi mente sigue girando en torno a la sospecha que se ha instalado en mi corazón.

No sé qué pensar, no sé si puedo confiar plenamente en Roswaal. Pero por ahora, debo mantener la compostura y seguir adelante. No puedo permitir que el miedo me domine; tengo que ser fuerte por el bien de todos.

Roswaal se acerca a Otto, este extiende su mano y la sonrisa de Roswaal vuelve.

¿Será que Otto sabe algo sobre el secreto de Roswaal?

—Un placer conocerte. —Roswaal y Otto se miran fijamente, luego Roswaal le da la espalda.

Salimos al patio a esperar a Ram, y Otto rápidamente llama a un escuadrón. Atendiendo al llamado, un carruaje llega en unos pocos minutos.

Cuando me encuentro con el capitán del escuadrón, una sensación de temor me invade. Siempre ha sido una figura misteriosa que me transmite malas vibras, aunque Marco insiste en que es noble y que esa sensación es solo producto de mi imaginación.

—Mi general, capitán Bright a sus órdenes. —El escuadrón completo realiza un saludo militar y se prepara. No comprendo por qué Otto solicitó un escuadrón, pero él también parece estar al tanto de algo que escapa a mi conocimiento.

Mientras Luan charla con Otto, yo fijo la mirada en el cielo.

Puck, necesito tu fuerza. Siento que estoy al borde de caer y dormir durante un mes entero.

Todo ha sido terrible, un desastre.

Mi mano se posa en mi rostro, cubriéndolo, mientras siento el peso abrumador sobre mí. Anhelo dormir, encerrarme en mi habitación y olvidar todo lo ocurrido.

No logro entender cómo las personas pueden ser tan crueles. Me cuesta comprender qué las impulsa a recurrir a la maldad. Ese monstruo, ese ser que antes fue humano, común y corriente.

Por otro lado, la incertidumbre sobre lo sucedido con el globo me consume.

Como había pensado antes, es poco probable que Marco no pudiera controlarlo, especialmente teniendo pleno dominio de la magia de vuelo.

La idea de que se quedara sin maná es una posibilidad, pero resulta increíble considerando lo cauteloso que es. Además, Betty también podría haber intervenido.

Mis pensamientos se vuelven frenéticos, y la ansiedad en mí crece sin cesar.

Ram aparece con los carruajes, y rápidamente subimos. Luan se sienta a mi lado, su aura cálida calma un poco mi corazón. Sé que ella aprecia mucho a Marco, y él casi la considera parte de su familia.

Luan me ha contado que lo ve como un hermano mayor, y eso me reconforta enormemente.

Marco es verdaderamente un tonto, siempre haciendo todo por cuidar de las personas que ve en soledad, esforzándose por sacarlas de allí y darles un sentido. Lo hizo conmigo, con Rem, con Betty, con Luan.

Otto también parece recibir su ayuda. Incluso en el pueblo, siempre en sus tiempos libres, se preocupa especialmente por los jóvenes en situación de abandono.

Eso es algo que me gusta de él.

Sonrío, aprovechando que no hay nadie del ejército para acariciar la cabeza de Luan.

—¿Señorita Emilia? —me pregunta, visiblemente sorprendida.

Con una sonrisa, intento hacerla sentir más segura.

—No te preocupes, los tres estarán bien, e incluso si no lo están. —La miro con determinación—. Mientras yo esté, podré curarlos.

Luan sonríe y asiente con la cabeza. Es una chica que se fuerza a sí misma a ser fuerte, pero al final, sigue siendo una niña.

«Jeje, parece que estoy empezando a pensar como Marco.»

Roswaal me entrega un collar, diciendo que me lo mantenga puesto en todo momento. Tiene la apariencia de un cristal piroxeno. Es algo curioso, pero no parece peligroso.

—Senti~~rás un cho~~que, en tu cuerpo, en el pe~~or de los casos te desmaya~~rás; solo será momentá~~neo.

Asiento, y en un instante siento como si algo quisiera escapar de mí. Mi visión se vuelve borrosa, y siento que estoy a punto de desmayarme, pero en un instante la sensación se convierte en una molestia dolorosa.

De alguna manera, estoy consciente.

Siento una sensación cálida que proviene de mi mano derecha, y al verla, noto que Luan la sostiene con fuerza mientras parece sufrir un dolor similar. Su calor invade mi cuerpo, y rápidamente logro calmarme.

Luan menciona que ella también sintió algo. Esto me sorprende, y Roswaal es el primero en hablar.

—Interesante. —La mirada de Roswaal se clava en Luan, cuyo cabello comienza a brillar en un rojo intenso.

El calor se intensifica, y Roswaal utiliza su maná para calmar la sensación. El cabello de Luan vuelve rápidamente a su blanco natural, y ella empieza a jadear cansada.

—No entiendo qué sucedió. —dice Luan, sus ojos brillando con fuerza.

—Es la barre~~ra, una barrera que impi~~de que los demihu~~manos que viven aquí esca~~pen.

Luan mira sorprendida a Roswaal, pero rápidamente se calma.

—Eso significa que yo... —Luan parece sorprendida, sin embargo, en este momento debo centrarme en lo que viene por delante.

—Descubriremos qué es lo que pasa, pero primero debemos concentrarnos en lo que está por venir. —Miro a Luan con una sonrisa confiada, haciendo que se tranquilice. Sí, ahora debemos saber si los tres se encuentran aquí.

El carruaje se detiene, y la primera persona que veo es un niño pequeño. Sus dientes filosos y cabello dorado puntiagudo me traen recuerdos de alguien.

Rápidamente camino hacia él, tomando sus manos.

—¿Eres hermano de Frederica? —pregunto, haciendo que este se vea visiblemente sorprendido—. Eres Garfield, ¿verdad?

—¡Tú quié' eres! —se aparta, por lo que entiendo que me emocioné un poco de más.

Con una sonrisa, pongo mi mano en mi pecho.

—Candidata al trono, Emilia. —Miro a Garfield con confianza, y este parece un poco abrumado por la situación.

Entonces, me fijo en la personita a su lado, una chica que parece una elfa. Su mirada se ve cansada, pero su salud no parece ser el problema.

—Vaya, qué persona tan enérgica tenemos. Supongo que vienen por las personas que Garbo encontró.

Abro los ojos, sintiendo que mi corazón va a salir de mi pecho.

—Efectivamente. —Roswaal sale del carruaje, y Garfield lo mira con cierta molestia—. Querem~~os verlo.

Ella sonríe y nos guía hacia una casa. Mi corazón sigue latiendo con fuerza, sin saber con qué se va a encontrar. Ella abre la puerta, y entonces los veo.

Cubiertos de heridas, sangre en la cama y una sensación ominosa.

Sin embargo, lo que más me preocupa es que falta alguien, alguien que no siento por ningún lado.

—¿Betty?