"Sin mi atrás"
Lady Supernova
Capítulo 11
Manhattan, Nueva York, 28 de enero de 1922.
—Cuando el divorcio es de mutuo acuerdo, entonces, tarda un poco menos en llevarse a cabo... —comentó el joven Adolph con emoción, dirigiendo su azul mirada a la tímida Susana, quien no dejaba de sentir sobre ella, los profundos ojos verdes de Candy—. Sussie y yo nos casaremos, apenas eso suceda. Les anticipo que será pronto, porque mi abogado, que es el mejor de toda la ciudad, ya está agilizando todo el proceso.
Ante aquella reveladora declaración, Candy sonrió forzadamente. Y es que, aunque semanas atrás, Kieran le había enterado de la situación, ella seguía mostrándose incrédula y perdida ante esa nueva realidad.
«Susana Marlowe, está embarazada y ese bebé no es de Terruce»
Esas palabras se clavaron en su alma y fue casi imposible que no la persiguieran durante todo ese tiempo.
«Terruce y ella han llegado a un acuerdo, se van a divorciar. Los trámites comenzarán en breve»
Candy no había visto a Susana, desde la fatídica noche en el hospital San José, lugar donde le juró que amaba a Terry y que nunca lo dejaría...
«¿Cuánto ha cambiado esa absurda situación?», pensó inevitablemente, al ver a Susana entrelazando su mano con la de Adolph.
Después de enterarse de la aventura ente ambos, Candy creyó que podía convivir con la ex actriz, pero, sinceramente, no podía hacerlo. No dejaba de pensar en Terry y en lo mal que debió pasarla, por haberse quedado junto a esa muchacha. A la que ni siquiera quiso hacer su mujer...
—Me alegro mucho por ambos... —expresó Kieran, haciendo que Candy saliera de sus pensamientos—. Bienvenida a la familia, Susana.
—Gracias, Kieran —respondió la rubia ex actriz mirando de forma involuntaria hacia Candy, como buscando la aprobación de ella también.
—Yo... — dijo Candy—. También les deseo lo mejor. Bienvenida, Susana... —mencionó con timidez, dedicándole una breve mirada.
—Kieran, deseo que me ayudes con algunas dudas que tengo, ¿me acompañas al estudio? —pidió Adolph, con toda la intención de dejar solas a las dos mujeres.
El inglés no estaba muy seguro de seguirlo, porque Candy se aferraba a su mano con insistencia... sin embargo, terminó por aceptar la invitación de su primo y dejar que su esposa se enfrentara a Susana.
Rápidamente ambos hombres se marcharon y Candy tuvo que aceptar la incomoda realidad. El momento de la verdad, había llegado. Se quedarían a solas y no había nada más que hacer.
—Te diría que lo lamento... no obstante, eso sería mentirte. No lamento haberme enamorado de Adolph, ni tampoco me arrepiento de haberme entregado a él —mencionó Susana con aplomo—. Sé que estás molesta y tienes todo el derecho de estarlo. Pero, por favor, te pido que no me juzgues, porque solo yo, sé lo que sucedió en mi matrimonio con Terruce.
Candy la miró con coraje, ¿cómo podía ser capaz de no sentirlo? ¡Era imposible! Porque años atrás, ella viajó a Nueva York con sus ilusiones puestas en Terry, deseando poder iniciar una nueva vida junto a él. Incluso, sabiendo lo del accidente, ella no pensaba dejar de luchar por su amor, pero, luego sucedió toda aquella escena de Susana y el suicidio... Terry no pensaba separarse de ella, se lo demostró cuando sus miradas se encontraron en esa fría azotea. Candy supo que tenía toda la razón... ¿Cómo dejar a una loca suicida en completa soledad? ¿Cómo hacerlo y dejar de pensar en ella? Era ilógico. Ninguno de los dos podía llevar a cuestas aquella dolorosa pena y por eso se dijeron adiós.
El corazón de Candy latió con fuerza. Odiaba recordar el pasado, sin embargo, esos recuerdos eran los que justificaban el coraje que sentía, al ser consciente de que Susana no tuvo reparos en buscar a un sustituto, que le diera lo que tanto deseaba... ¿Por qué tardó tanto en hacerlo?... ¿Por qué tuvo que fastidiar la vida de Terry para darse cuenta de que podía enamorarse de alguien más?
—¿Candy? —cuestionó Susana, impaciente, esperando una respuesta de parte de la rubia muchacha, una contestación que llegó de inmediato.
—No me toca juzgarte, Susana. Por más que lo desee, sé que no puedo hacerlo, porque, como me has dicho, solo tú sabes lo que sufriste en tu matrimonio.
—Sin embargo, sigues pensando que soy una horrible persona... ¿Verdad? —interrogó Susana con un dejo de decepción—. Puedo verlo en tus ojos Candy... —admitió apenada—. Jamás me miraron de esa forma...
—Tú y yo nunca hemos sigo amigas.
—Lo sé... y también sé que es comprensible que estés enojada conmigo... pero yo espero que podamos olvidar nuestras rencillas y tratar de llevarnos bien.
—Lo intentaré.
—Significa mucho para mí, que me hayas dado un poco de tu atención... gracias por escucharme, Candy.
—No tienes por qué agradecer. Tal vez estoy enojada, pero, de ninguna forma me portaría tan intransigente como para ignorar lo que tienes que decirme.
—Esta vez quiero hacerlo todo bien Candy... deseo con toda mi alma, poder empezar de cero... —La ex actriz elevó su mirada y pidió—. Por favor ayúdame a despegar en esto, seremos parte de la misma familia —Susana le sonrió y extendió su mano—. ¿Podemos ser amigas?
Candy asintió y luego tomó la mano de la chica.
—Sí, claro que podemos ser amigas... —mencionó con honestidad, respirando hondo y dejando que el mal trago pasara.
Ella nunca guardó rencores. Y Susana iba tener un bebé... lo menos que podía hacer era intentar llevarse bien con ella. Lo hecho, ya hecho estaba.
—Gracias, Candy —contestó Susana con alegría, pues de verdad estaba agradecida de, finalmente, poder cerrar ese círculo.
Sus ojos azules observaron la figura del hombre que yacía sentado sobre el sofá. Adolph, respiró con dificultad al notar que Kieran lucía cada vez más cansado...
Un día después del año nuevo, fue cuando su primo le confesó sus problemas de salud. Adolph quiso llamar a los mejores médicos de la región, deseó hacer todo lo posible para salvarle la vida, pero Kieran le hizo ver que no había nada más que hacer. La muerte lo alcanzaría en los próximos meses y por desgracia, nada ni nadie podría evitarlo.
—Espero que las chicas se lleven bien. No hay nada que desee más que eso —expresó Kieran—. Entre más apoyo tenga Candy, mejor será para mí. Menos preocupado me marcharé.
—No me gusta que hables así...
—¿Cómo que «así»?
—Odio que hables de marcharte. Y definitivamente, odio que lo digas como si fuera algo que todos estuviéramos esperando. Kieran, las cosas no son así.
Kieran sonrió.
—Fue precisamente por eso que decidí que supieras la verdad, querido Adolph... —comentó con tranquilidad—. Te dije que me iba a morir, porque yo deseo que lo veas como algo normal. La muerte es natural, todos moriremos algún día, yo lo haré antes que ustedes y ni modo. La vida en este mundo seguirá su curso.
Adolph respiró profundamente, aguantándose las ganas que tenía de llorar... ¿Cómo tomarlo con normalidad? Le era imposible aceptar las palabras de su primo, porque, él lo amaba... Kieran era el hermano que nunca tuvo y siempre quiso tener, era su mejor amigo y su cómplice, también.
Resultaba muy duro tener que renunciar a él. Pero no podía darle más penas y fue por eso que decidió no recriminarle más.
—¿Has vuelto a ver a Terruce? —cuestionó Adolph, intentando aligerar su dolor.
—No... ya no lo he visto. Quizá luego lo busque.
—¿Y crees que acepte tu propuesta?
—Estoy seguro de que sí lo hará. Él ama mucho a Candy.
Adolph rodó los ojos, definitivamente Terruce Grandchester amaba a Candy, pero eso no significaba que le gustara que ese Casanova estuviera cerca de ella.
—¿En serio pensaste en mí? —preguntó Adolph, recordando las palabras de su primo—. ¿De verdad creías que yo me podía quedar con tu mujer?
—Cuando planeé venir aquí, era solo para visitarte, pero antes de partir, el doctor Amodio me hizo una advertencia... Y entonces... Sí... Fuiste mi primera opción. No te conocía una relación formal y Candy, bueno ella es todo lo que cualquier hombre desea... pensé que con la convivencia, terminaría por agradarte y qué ustedes se entenderían sin mí.
—Si no hubiera estado Sussie, yo hubiera tomado tu propuesta con mucho gusto... Candy de verdad es divina y es obvio que me hubiese encantado cuidarla y hacerla mi esposa... —aceptó Adolph, sonriendo lujuriosamente, haciendo que Kieran sonriera—. Pero al final, me la he perdido. Será su verdadero amor, el que esté a cargo de ella.
Un silencio se presentó entre ambos, pero Kieran no dejó que ese pequeño hueco entre los dos se interpusiera, y con tranquilidad, quiso tocar un tema que lo tenía altamente preocupado...
—Sinceramente no quiero parecer un aguafiestas. De verdad que no es mi intención —expresó aclarando su garganta—. Pero me siento muy curioso al respecto... quisiera saber... ¿Qué harás cuando Nina se de cuenta de que te casarás y que tendrás un hijo con Susana? —cuestionó Kieran—. Yo creo que eres muy consciente de que ella no se quedará en Europa por la eternidad.
Adolph asintió y después dio su respuesta:
—No quiero pensar en eso —anunció tomando una botella de whisky para servirse en un vaso—. En estos momentos, Nina debe estar a bordo del barco. Tiene dinero suficiente. Así que se mantendrá ocupada, a ella le gusta la buena vida y después de perder seis meses de su tiempo con Terruce, lo más seguro es que esté divirtiéndose como nunca.
—La estás malcriando...
—No... no lo creo, más bien me estoy dando tiempo. Lo mejor será que me encuentre casado cuando regrese.
—Eso no es lo único que me preocupa, sinceramente, también me agobia lo que pueda hacer en contra de Candy... cuando se de cuenta de que es ella la mujer a la que Terruce ama... pues será catastrófico
—Pondrá el grito en el cielo, pero yo no voy a dejar que nada pase.
—Júrame que vas a proteger a Candy y a Terruce... júrame que no vas a permitir que Nina haga algo estúpido...
—Te lo juro, confía en mí. No temas, yo no dejaré que nada malo suceda.
Kieran asintió, pero lo hizo con temor porque en el fondo de su ser, él estaba presintiendo que, cuando Nina regresara y se encontrara con todas esas noticias, las cosas se complicarían para todos.
Terry se cubrió la cara con timidez, al ver que su madre y Anita, la vieja ama de llaves, entraban con un pastel entre sus manos y que ambas entonaban la clásica canción para desear un feliz cumpleaños.
Él no recordaba haber tenido un pastel de cumpleaños así...
Una avalancha de sentimientos encontrados colmaron su alma, pero, finalmente, se decidió a disfrutar de ese lindo momento, agradeció la buena acción de su madre y dibujó una sonrisa en su rostro.
—Un año más viejo... —anunció Terry, percatándose de que el pastel estaba repleto de velas—. Gracias por hacerlo tan evidente, con todas esas vela, ¡parece que el pan se está incendiando! —expresó arrancando la risa de ambas mujeres, aligerando así, el ambiente.
—¡Oh, vamos! Pareces un viejo gruñón... —le dijo Eleanor, pellizcando suavemente su mejilla.
Terry sonrió y entonces se acercó hasta el pastel, para apagar las velas.
—No se olvide de pedir un deseo, joven Terry... —recomendó Anita, mientras Terry asentía.
Al notar que Terry apagaba todas las velas, Eleanor aplaudió y Anita también lo hizo.
—Espero que ese deseo, se cumpla muy pronto —le dijo el ama de llaves, antes de abrazarlo y marcharse de vuelta a la cocina.
Terry se encogió de hombros, conforme pensaba en el futuro. Francamente, no estaba tan seguro de querer hacer sus sueños realidad, porque sabía que cuando eso pasara, un buen hombre dejaría de existir y la mujer de su vida, sufriría mucho a causa de ello...
Sí, deseaba una vida prospera al lado de Candy, mas, no podía dejar de atormentarse. La voz de Kieran Livingston al confesar que iba morir, lo había perseguido desde el momento en el que le hizo dicha confesión.
—Espero que te guste el pastel —dijo Eleanor, sacándolo abruptamente de sus pensamientos.
—Sí me gusta. Sabes que soy fiel seguidor de tu pastel de queso y zarzamoras... —expresó posando sus azules ojos en los de su madre—. Gracias, mamá.
Eleanor sonrió con dicha y luego miró al muchacho. Sabía que algo le sucedía, pero no sabía a ciencia cierta qué era. Desde el preciso instante en el que ella llegó de Boston, le notó diferente. Con todo y eso no fue capaz de interrogarle acerca de ese cambio que ella notaba. Supo que se reconcilió completamente con Richard, que incluso estuvo a su lado los primeros días del año y que permaneció con él, hasta que el aristócrata se marchó a Inglaterra. También sabía que su divorcio estaba en trámite y que el espantoso calvario que vivía al lado Susana, había terminado, pues él y ella habían llegado a un buen arreglo, los medios ignoraban toda ese movimiento y por lo tanto, sabía que su hijo no estaba preocupado por eso.
Eleanor suspiró con pesadez... la única opción que le quedó en la cabeza, fue que Terry estaba decepcionado a raíz de la fiesta, a la que ella insistió que fuera. No podía explicar el por qué, sin embargo, algo dentro de su ser la llevó a incitar a su hijo, para que él fuera a esa celebración. Su sexto sentido se lo dictó y puso todo de su parte, para convencerlo de ir...
—Te quedaste callada... —advirtió Terry, haciendo que ella saliera de su letargo—. ¿Qué estás tramando, Eleanor? ¿También contrataste un espectáculo con payasos? —se carcajeó con aquella risa irónica que lo caracterizaba.
—No... es solo que pensaba en lo cambiado que me resultas. No te he visto por algunas semanas y parece que he dejado de verte por años... Es raro... ¿No lo crees?
—Es normal, supongo... llegaste de Boston hace dos días, pasaste mucho tiempo lejos de aquí. Madre, yo no he cambiado en nada.
—Hubiera querido regresar antes, pero Grace y Henry me necesitaban... ellos me ayudaron tanto en el pasado.
Terry asintió.
—No te preocupes, a mí me alegra saber que Henry está bien y me parece genial el hecho de que estuviste ahí, para apoyar a Grace.
—Milagrosamente él se salvó. Hay que dar gracias a Dios por ello — Eleanor bebió un poco de su café y luego preguntó—. Se que ya pasó casi un mes... Pero... ¿Qué tal estuvo la fiesta de Adolph Wagner?
El semblante de Terry cambió de inmediato y luego con simpleza respondió:
—Estuvo bien... —expresó mirando el regalo que yacía sobre la mesa.
—Solo... ¿Bien?
—Sí, Eleanor, solo bien... —Terry tomó el regalo y su madre comprendió que ya no hablaría con ella—. Supongo que puedo abrirlo ¿Verdad? —preguntó sonriente.
—Supones bien. Ábrelo por favor... —pidió la actriz, observándolo con melancolía.
Terry tomó el regalo y rápidamente lo abrió. Un hermoso abrigo y un juego de llaves, aparecieron ante sus ojos. Él sonrió, pero, con la mirada, le dio entender a su madre que no comprendía la presencia de aquel juego de llaves. Tomó el abrigo y sonrió, dejando ver lo mucho que le gustaba.
—Seguramente, quieres saber para qué son esas llaves, ¿no?
—Por supuesto.
Ella sacó un sobre y se lo entregó al muchacho. Al tomarlo, Terry hizo un gesto de preocupación... ¿Qué era lo que deseaba darle Eleanor? ¿Por qué tanto misterio?
—Ese regalo es de parte de tu padre y de parte mía.
Terry leyó con atención el documento, el cual consistía en darle a conocer que, se le otorgaba una extensa propiedad en East Hampton y que también, era acreedor a un bote.
—¿Mi propia casa en la playa y mi propio bote? —preguntó alzando una ceja—. No más renta, eh... vaya... ¡Esto es una verdadera sorpresa!
—Espero que te agrade la idea, el duque dejó dicho que te daría la casa y yo solo quise complementar el regalo. Sé que te gusta navegar...
—Me están consintiendo demasiado... —admitió el rebelde con los ojos llenos de jubilo.
—Tienes veinticinco años ahora, querido. Creo que consentirte, ya no te hará ningún mal.
El sonrió con emoción y luego abrazó a su madre.
—Este es uno de los mejores regalos que me han hecho en la vida.
—¡Uno de los mejores! —Eleanor lo miró fingiendo escandalizarse—. ¿En serio hay algo mejor que esto? —preguntó con divertida suspicacia.
Terry asintió y de su bolsillo sacó la armónica que le había regalado Candy, misma que siempre llevaba consigo.
—El regalo que me han dado, solo puede rivalizar con este... —indicó.
Eleanor miró la armónica y sonrió con orgullo, Terry seguía siendo el mismo niño al que ella educó, ese que siempre ponía en segundo plano lo ostentoso.
—¿Quién te la regaló?
—Esta armónica me la dio Candy... —dijo al tiempo que deslizaba sus dedos sobre ella—. ¿Quieres que toque algo para ti? —preguntó a Eleanor y ésta de inmediato asintió, se reacomodó en su asiento y entonces, escuchó la melodía que provenía de aquel instrumento.
Le parecía maravilloso y cuando Terry le platicó la historia sobre como llegó ese regalo a sus manos, el corazón se le llenó de nostalgia. Candy era muy especial para su hijo... ¿Por qué tenían que vivir separados? ¿Por qué el destino se ensañó con Terry de esa forma?
La actriz suspiró dolorosamente, mientras escuchaba una segunda pieza, ignorando que el destino, ya estaba reacomodando las piezas... Y que ,aunque el camino aún se veía oscuro, en el futuro de su hijo se alcanzaba a observar una tenue luz de esperanza.
—Hogar, dulce hogar... —expresó Kieran, entrando a su habitación, para dirigirse rápidamente a la cama y permitir que Candy lo arropara—. Realmente odio el invierno... —le hizo saber dibujando un puchero en su rostro.
—Es un poco deprimente. Lo sé, sin embargo, estos días sí está saliendo el sol... no es del todo malo —le animó Candy, acomodándose sobre la cama, acercándose a él para posar un tierno beso en en su mejilla.
—Tienes toda la razón, Bonita... —expresó, mirándola con devoción... ¡Cuánto la amaba! Lo único que le pesaba de morir, era que cuando el destino le llegara, ya no podría ver a esa increíble mujer, nunca más.
—¿Cómo te sientes? —cuestionó, mientras Kieran se relajaba.
—Me siento bien —mencionó sin mirarla—. Aunque un poco cansado... creo que la salida logró agotarme... —Kieran respiró hondo y agregó—. Sin embargo, valió la pena, pudiste hablar con la joven Marlowe... por cierto, ¿qué sucedió con ella?
Candy le miró y sintiéndose incómoda respondió:
—No pasó nada...
—¿Lograste dialogar con ella?
—Sí, lo hice. Quedé en ayudarla a empezar de cero y llevarme bien con ella... —Candy suspiró con nostalgia—. Lo pasado quedó atrás, no importa que yo todavía tenga cosas que demandarle, ya de nada sirve seguir peleando —La joven posó su verde mirada en la de Kieran y continúo—. Si yo quisiera podría llenarla de reclamos, pero, eso solo serviría para hacerla sentir mal. Mi ego quizás estaría satisfecho con eso, pero siendo como soy, no creo que pudiera disfrutarlo. Nunca he sido una persona ególatra.
—Tú eres muy generosa, Candy. Estoy orgulloso de ti —declaró Kieran, dejando libre un bostezo.
—Estás cansado... ¿Por qué no duermes un rato? —propuso acariciando sus castaños y quebrados cabellos—. Yo velaré tu sueño... ¿De acuerdo?
—Sí... me dormiré por un rato, mas, de ninguna forma quiero que veles mis sueños... —respondió, tocando con su dedo la punta de la pecosa nariz de la rubia—. Sal a pasear con Titán. Dale la cuota de atención que le debemos por haber pasado toda la mañana en casa de Adolph.
—¿Estás seguro?
—Muy seguro, Bonita
Ella le sonrió y con un casto beso en los labios, se despidió de él.
—De acuerdo, me iré por un rato...
—Cuídate y cuida mucho a Titán. Recuerda lo que hablamos mientras paseábamos la ultima vez, trata de hacerlo entender, porque cuando crezca será mucho más difícil enseñarlo a caminar.
—Así lo haré, por favor no te preocupes... —Candy acarició su rostro y luego besó de nuevo sus labios—. Me iré en cuanto cierres tus bellos ojos... —susurró al tiempo que él comenzaba a dejarse vencer por el sueño.
—No es necesario.
—Yo quiero hacerlo... yo quiero esperar a que te duermas.
Y así lo hizo. Espero a que él se quedara profundamente dormido, después lo arropó con otra de las cobijas que estaban en el sofá, asegurándose así, de que él no sintiera frío. Quería que descansara a gusto. Al terminar con esa labor preparó todo para salir. Titán apenas vio su correa, corrió escaleras abajo, listo para irse de paseo.
—¿Quién te ha dicho que vamos a pasear? —le preguntó Candy con una sonrisa en su rostro.
Titán ladró escandalosamente y corrió de un lado a otro, intentando apresurarla.
—Ya voy... niño exigente... —dijo, dándose prisa en llegar a la planta baja—. El sol aún está brillando. Nos queda tiempo para disfrutar de un largo paseo, espero que esta vez te comportes y no hagas travesuras —le pidió al cachorro, que inquieto se mostraba—. Vamos... —agregó conduciéndolo fuera de la casa.
—Robert me ha dado el día libre... ¿Te importa si me quedo por aquí? —preguntó al ver que su madre se dirigía a la planta alta.
—Por supuesto que no me importa. De hecho, puedes quedarte cuanto quieras, Terry —Eleanor bajó los escalones que ya había subido y convencida declaró—. Esta es tu casa, hijo y en verdad me gustaría que no me pidieras permiso para estar en ella.
—¿No importa lo que murmuren tus vecinos? Porque sabrá Dios qué es lo que piensan, cada vez que ven que estaciono mi auto allá afuera...
—No me importa lo que piensen. Ya no me importa nada —dijo, abrazándolo e intentado tranquilizarlo—. Incluso, quiero que vayas pensando en la posibilidad de que hagamos público nuestro parentesco.
—¿De verdad eso quieres? —preguntó Terry con sorpresa.
—Sí, hijo. Eso es lo único que deseo en estos días, ¿y tú? ¿Qué me dices? ¿Estás listo?
—Sí, definitivamente. Jamás estuve tan listo en la vida... sin embargo, convendría que primero pasara lo del divorcio.
—Claro, estoy dispuesta a esperar el tiempo pertinente. Pero mientras eso sucede, deseo que no te preocupes y quédate aquí cuanto quieras... —propuso, adivinando que el chico, no deseaba volver a la casa que compartió con Susana.
—Gracias, mamá.
—De nada, mi amor.
Terry sonrió y luego se colocó el abrigo que Eleanor le regaló.
—¿Qué te parece, eh? Me queda a la perfección. No sabía que supieras mi talla.
—Soy tu madre, querido. Las mamás saben todo sobre sus hijos... —puntualizó, dibujando una suspicaz sonrisa—. Tienes mucha razón, te queda a la perfección. Te ves muy apuesto, hijo.
—Caminaré un rato. Quiero aprovechar la luz del sol...
—Me parece perfecto. Yo debo salir y asistir a una reunión. Pero te prometo que regreso muy pronto.
—Te esperaré para la cena, ¿de acuerdo?
—Muy de acuerdo. Te veré en la noche.
Terry le sonrió nuevamente y luego de despedirse de ella, caminó hasta la puerta y salió hacia la calle.
Titán caminaba con prisa y Candy prácticamente corría detrás de él. Kieran le pidió que lo enseñara a caminar como era debido, pues aún era un cachorro y podía aprender, sin embargo, Titán solo obedecía Kieran y a Candy, la llevaba a su gusto.
«¿Quién pasea a quién, Candy?»
Eso le hubiera dicho Kieran si la viera en ese preciso momento. Estaba segura de que estaría muy divertido, observándola intentando lidiar con Titán.
—Titán —lo detuvo ella con autoridad—. No caminaremos hasta que te comportes, ¿has entendido? —le regañó con seguridad.
El cachorro, al sentir esa pequeña llamada de atención, la miró como tratando de comprenderla, no obstante, la reflexión solo le duro un segundo, porque de inmediato le propinó un lengüetazo, haciendo que Candy riera y terminara por volver a mimarlo.
—Es imposible que me enoje contigo, pequeño... —le dijo al tiempo que lo acariciaba.
—Debo aceptar que desconocía que una mona, pudiera hablar idioma perruno...
Esa voz, la hizo rodar los ojos. Y sin pensarlo, tomó al pequeño Titán en sus brazos, se dio la media vuelta y encaró al muchacho, que bellamente le sonreía.
—Y yo desconocía que tuvieras el poder de aparecerte como un fantasma...
—Yo no me aparezco... —dijo arrogante—. Yo, paseo... tú eres la que se apareció... ¿Qué haces por aquí? —preguntó acariciando al cachorro y riendo porque este le propinaba, de inmediato, una juguetona mordida.
—Vivo en este vecindario... y tú... ¿Vives por aquí? —cuestionó fingiendo que ya sabía que no era así.
Terry negó. Ocultando la emoción que le provocaba saber que ella estaba viviendo tan cerca de él.
—¿Qué raza es esta cosa? —cuestionó Terry, intentando acariciar de nuevo a Titán—. ¿Es un Mastiff Inglés?
—No es una cosa —explicó ofendida—. Es un Fila Brasileiro...
—No sabía que existiera esta clase de raza.. ¿Dónde lo conseguiste?
—Fue mi regalo de navidad... Kieran me lo compró.
Terry asintió y después de un incómodo silencio, se atrevió a cuestionar:
—¿Cómo está él?
—Tiene días buenos y días malos... hoy no se siente bien. No me lo dice, pero yo puedo darme cuenta de eso —Candy suspiró pesadamente y luego clavó sus ojos en Titán.
Terry la miró con tristeza. Daría cualquier cosa, por no verla pasar por ese horrible sufrimiento.
—Lo lamento.
—Yo también... y también lamento tener que agobiarte con ello. Discúlpame, Terry.
—Oh no, Candy. No me estás agobiando. Somos amigos y puedes confiar en mí —mencionó estirando su mano para tocar la mano de la rubia. Ambos usaban guantes, pero eran capaces de sentirse y por lo tanto, no pudieron evitar estremecerse—. ¿Hacía donde vas?
—Vengo del parque que está a tres cuadras, había mucha gente y el cachorro se puso nervioso... Así que regreso a mi casa, ¿y tú?
—También salí a pasear y ahora voy a casa de mi madre... —apuntó hacia la propiedad de Eleanor. Candy sabia perfectamente que esa hermosa casa pertenecía a la actriz, nunca veía a nadie, pero sabía que allí vivía la madre de Terry...—. ¿Quieres tomar un té? Eleanor no está, pero a ella se encontraría encantada de que aceptaras.
Candy no sabía que responder, pues traía al cachorro en brazos. Titán ladraba y luchaba por bajarse... ¿Cómo iba entrar a una casa ajena con él?
—A Eleanor no le molestará que él entre... ¿Cómo es que se llama? —cuestionó Terry, haciendo una seña para que Candy lo dejara tomarlo.
—Se llama Titán...
—Excelente nombre... —Terry tomó al inquieto cachorro y luego abrió la reja que daba paso a la propiedad de la actriz—. Pasa. Te prometo acompañarlos a tu casa después.
La chica ya no pudo negarse. Por más que lo intentó, simplemente no logró hacerlo. Hipnotizada por los ojos de Terry, ingresó al domicilio de Eleanor Baker.
Candy permaneció sentada sobre el elegante sofá que adornaba la estancia y Titán se mantuvo en su regazo. La rubia observó el reloj que se encontraba a unos pasos de ella, eran las cinco y media de la tarde, solamente había pasado media hora desde que salió de casa y en realidad era demasiado temprano, para usar el pretexto de la hora en su favor y así poder marcharse. Respiró hondo y luego dejó de lamentarse... ¿Que tenía de malo tomar un té con Terry?
—¿Cómo deseas tu té?
—Con azúcar, por favor... una cucharada solamente.
Pronto Terry, tuvo lista aquella taza y luego le ofreció un trozo de pastel, al mirarlo y recordar la fecha, Candy de inmediato felicitó al muchacho.
—Creí que no lo recordabas... —le hizo saber Terry, sumamente halagado, por darse cuenta de que ella aún se acordaba de ese tipo de cosas.
—Pues te has equivocado... yo siempre lo recuerdo —le dijo sin pensarlo, provocando un sonrojo en el rostro del actor—. ¿Dónde compraron este pastel? —interrogó para distraerlo.
—¿Te gusta?
Candy afirmó, devorando el último trozo, saboreando el celestial sabor del queso y las zarzamoras.
—Eleanor lo hizo...
—¿Me lo juras? Está delicioso.
—Sí, es la especialidad de mi madre —Terry cortó un trozo de su pastel y se lo ofreció a Titán, Candy le sonrió con alegría y él correspondió a su sonrisa—. Eres muy mala, Pecosa... Titán estuvo esperando a que le dieras y tú no le diste nada.
La rubia lo miró con enojo, pero, luego le dedicó una sonrisa mientras admiraba la escena.
Titán estaba encantado con él. Lo cual era muy raro, pues la raza a la que el cachorro pertenecía, era una raza muy difícil de tratar... Albert se lo hizo saber, los extraños tenían muy pocas probabilidades de atraer la atención de Titán. Candy rió internamente al recordar a Adolph, pues por más que se esforzaba, Titán no lo quería ni ver.
Media hora permanecieron sentados en aquel acogedor lugar, platicando, pero evitando el tema que les quitaba el sueño a los dos... ¿Cómo hablar de eso, sin dejar de sentirse miserables? Ninguno de los dos quiso hacerse daño, ambos eran conscientes de lo que estaba pasando y eso les parecía suficiente.
—Ya debo irme —dijo Candy después de mirar el reloj.
—Te acompaño... —le respondió Terry, sin pensarlo.
—No será necesario, no te preocupes.
La rubia se levantó de su asiento y Terry no dudó en hacer lo mismo.
—No quieres que sepa en dónde vives... ¿Verdad?
—Eso no es cierto...
—¡Por supuesto que sí! Entonces... ¿Por qué no quieres que te lleve?
Terry la sujetó del brazo y sin pedirle permiso la acercó hasta él.
—No comencemos de nuevo —pidió una débil Candy... «¿Qué me pasa cuando Terry decide portarse así? ¿Por qué no puedo poner resistencia?» Se preguntó con desesperación, permitiendo que Terry la arrinconara, justo como el día de la fiesta.
—No voy hacerte nada... lo sabes...
Le habló mirándola a los ojos, intentando tranquilizarla.
—No eres tú,Terry. De verdad que no eres tú —le hizo saber la joven, pero Terry no la comprendió—. Ya sé que tú no me harás nada...
—Solo quiero abrazarte —expresó él con suavidad—. Solo deseo tenerte cerca...
—Y yo, no quiero solo eso... —le dijo ella con lágrimas en los ojos...
Él le sonrió y luego la besó en la frente.
—Lo comprendo...
—No, no lo comprendes... yo quiero estar contigo. Quiero, poder corresponder debidamente a tu abrazo... —En ese momento ella se sintió muy valiente y entonces agregó—. Deseo enredar mis piernas en tu cintura y suplicarte que me lleves a la cama y me hagas el amor... Yo te deseo Terry... no tienes idea de cuánto —Le hizo saber al tiempo que él la besaba en la comisura de los labios—. Pero, eso... eso no es posible...
Terry sintió que se moría al escuchar eso. Miles de veces imaginó aquella escena, pero nunca, realmente nunca, pensó que Candy se lo describiría tal y como él lo esperaba. Así quería tenerla, aferrada a él, pidiéndole que la hiciera suya.
—Debemos alejarnos. Debemos hacerlo antes de que eso que, tanto deseo, finalmente suceda.
Candy hizo un último intento por alejarlo, pero, sus ganas no eran suficientes, porque no logró mover el cuerpo de Terry. Ni siquiera un poco.
—¿Recuerdas la canción que bailamos en la fiesta? —interrogó Terry con suspicacia.
Ella solo asintió.
—Yo soy como el tipo de esa canción...
Candy no pudo evitar que un par de lágrimas se escaparan de sus ojos, sin embargo, continuó sin decir nada.
—«Dame un beso, antes de dejarme. Y mi imaginación alimentará a mi corazón hambriento, déjame una cosa antes de separarnos.Un beso para construir un sueño...»
Aquellas palabras, lograron que la coraza de Candy se derritiera. Esuchar a Terry, recitar ese extracto de la canción, era algo delicioso y delirante.
—Dame un beso... uno solo... —pidió con devoción—. Después de esto, te dejaré en paz hasta que nuestros destinos se junten nuevamente. Te juro que no voy a buscarte. Pero, por favor... antes de separarnos, déjame algo con lo que pueda vivir hasta que logre tenerte entre mis brazos de nuevo.
Ella no se negó más. Y sin pensar en otra cosa, invitó a Terry a tomar sus labios, mismos que él, no dudó en hacer suyos. Sus bocas se fundieron como hacía años lo habían hecho. Sin embargo, nada era igual que antes, esta vez, ninguno sentía temor, la unión de sus labios fue realmente apasionada y mágica. Las caricias que sus bocas se regalaban, confirmó el inmenso amor que aún había entre ellos. Ese amor que no podía realizarse, pero que era real e innegable.
Otra vez se despedían, mas, esta vez lo hacían con la promesa de volver a reunirse. No sabían cuándo podía ser eso, pero estaban seguros de que lo harían y que entonces ya no importaría el pasado, nadie volvería a separarlos.
Cuando la respiración les hizo falta, fue cuando decidieron despegar sus ansiosos labios. El guapo castaño la tomó por la cintura y la apretó contra él, mientras ella enredaba sus brazos en el cuello del muchacho, dejándolo sin oportunidad de retroceder.
—Gracias... Candy... Gracias por darme un motivo, para seguir viviendo...
Ella le sonrió y luego volvió a besar sus labios.
—Te amo... —susurró haciendo que los ojos de Terry se llenaran de lágrimas—. Te amo tanto, que haría todo para que tú fueras feliz... —aceptó, en tono nostálgico—. Pero ahora ya debo irme, Terry.
El asintió liberándola lentamente de su abrazo, disfrutando de ella hasta el último momento.
—Yo también te amo Candy... —declaró con emoción—. Te amo como nunca amé. Y estaré esperándote... no importa cuánto tiempo. Yo te voy a esperar.
Candy sollozó fuerte y luego volvió a besarlo en los labios.
—Hasta ese entonces, Terry.
Le dijo antes de marcharse.
—Hasta entonces... Candy.
Se miraron por última vez y luego Candy y el cachorro se marcharon. Terry no volvería a verlos, hasta meses después, cuando el destino, finalmente los hubiera alcanzado.
