"Sin mirar atrás"
Lady Supernova
Capítulo 13
Transatlántico Mauritania, 18 de julio de 1922.
El sueño en el que plácidamente había caído rendida, terminó de manera muy ruda. Sus ojos verdes, se abrieron con un desagradable desconcierto, mientras su corazón latía estrepitoso y lleno de temor.
Candy se reincorporó poco a poco sobre la cama y luego permitió que sus soñolientos ojos, se pasearan por la oscuridad del camarote. Ahí la tranquilidad reinaba. Todo estaba igual que siempre, el único ruido que se escuchaba, eran los tiernos ronquidos de su fiel amigo Titán, quien dormía profundamente sobre la alfombra.
Los latidos de su corazón seguían siendo muy rápidos, Candy desconocía el origen de su sobresalto. Ni siquiera recordaba lo que estuvo soñando, por lo que, no podía afirmar que había sido víctima de una pesadilla.
Rápidamente se levantó de la cama y después tomó un vaso con agua. Aquello siempre lograba tranquilizarla, estaba segura de que la opresión que sentía en el pecho, desaparecería en cuanto la calma volviera a su cuerpo, sin embargo, en esa ocasión, no sucedió así.
—Terry... —murmuró con temor, sin siquiera saber por qué se estaba sintiendo de esa forma.
Al escucharla hablar, Titán abrió los ojos y lentamente se acercó hasta ella, lamió su mano y buscó que lo acariciara.
—No pasa nada, Titán... vuelve a dormir —le dijo Candy, invitándolo a recostarse de nuevo.
Titán no la obedeció. Permaneció a su lado, mirándola con ojos entrecerrados. Candy le observó con ternura, entendiendo lo que el perro deseaba.
—Esta cama no es tan grande, pero está bien Titán. Sube y duérmete ya... —le pidió al perro, el cual no dudó en obedecerla.
La rubia le hizo un lugar a su lado y luego se acostó a dormir. No podía conciliar el sueño, pero al menos ya no sintió el desagradable temor invadiéndola. Acariciar a Titán, siempre le reconfortaba, verlo tan inocentemente dormido, le hacía sentir que nada podía ser tan malo.
Suspiró y recordó la bella sonrisa de Terry, esa sonrisa que ansiaba ver otra vez.
No dejaría que absurdos presentimientos se adueñaran de ella. Enfocó su pensamiento en actor y luego cerró los ojos nuevamente, ignorando por completo, lo que sucedía a kilómetros de ahí, muy lejos de la tranquilidad que ella se había obligado a sentir.
Hoboken, Nueva Jersey.
Susana despertó de golpe, al tiempo que un horroroso dolor le atravesaba por la cabeza.
Instintivamente se llevó las manos al vientre, para acariciarlo, respiró tranquila al sentir que su bebé se movía. Luego intentó recordar lo sucedido. Trató por todos los medios de ubicar el lugar, en el que se encontraba pero sus esfuerzos fueron en vano, porque en ese sitio, todo estaba oscuro y le resultó imposible observar algo.
La confusión en la que estaba sumergida, no le permitió pensar con claridad. Susana no podía adivinar que se encontraba dentro de la parte trasera de un auto.
—Ella está muerta... ¡Dios! La señora Marlowe, está muerta... ¡Usted la mató!
Susana apenas podía escuchar lo que hablaban, pero esas palabras, se clavaron en su corazón y le desgarraron el alma por completo. A su mente, acudió poco a poco el último recuerdo que se había mantenido oculto, en su pensamiento... Olga apareció en el umbral de su puerta, tratando de defenderla de Nina, pero luego la demente rubia disparó su arma y fue entonces, cuando ella perdió el conocimiento. A partir de ese momento, era imposible que recordara algo.
Susana no pudo evitar explotar en llanto... ¡Su madre estaba muerta!
—Limítate a conducir —ordenó Nina a su chofer.
—No... —respondió el muchacho—. Ya no voy a seguir conduciendo.
—¿Estás loco? Tengo que llegar a Nueva York... ¡No dejaré que un criado como tú arruine todo!
Herman se negó una vez más, supo que su madre y su hermana, no podían estar en peligro pues ellas estaban en la casa de Upper East Side y Nina no era omnipresente, la patrona solo era una desquiciada, una no muy brillante ¡Él no podía ser tan tonto como para creerle todas las amenazas que le hacía!
El muchacho bajó del auto con el único propósito de sacar a Susana de la cajuela.
—Herman... ¡Regresa al auto!
—La señora Susana está en sus últimos días de embarazo... ¡Por favor pare con esto, déjela en paz!
—¿Así que está en los últimos días, eh? —preguntó Nina con diversión—. Entonces, apresuraremos el parto... —mencionó ella, tomando un cuchillo que había escondido debajo de su asiento. La histérica joven empuño el arma y luego se dirigió hasta la cajuela.
Los ojos del joven chofer de los Wagner, se abrieron con espanto y de inmediato corrió detrás de Nina para tratar de detenerla.
—No voy a permitir que le haga nada a la señora, ¿entiende?
— ¿Y crees que un idiota como tú puede detenerme? —le cuestionó Nina con los ojos llenos de rabia—. Cuando me enteré de que Susana esperaba un bebé, pensé en Terruce Grandchester y en lo repulsivo que me resultaba imaginarme una escena así, a pesar de eso, no planeé hacerle nada... yo, iba a dejarlos en paz... —Nina sonrió mirando a Herman y luego agregó—. Sin embargo, el destino me obligó a proceder de esta forma... porque, según me ha dicho Adolph, ese bebé, no es de Terruce... ¡Este bebé lleva nuestra misma sangre! —Nina observó al muchacho y dijo—. Herman... ningún engendro salido de las entrañas de esa perra, podrá vivir para adueñarse de lo que es mío... ¡Nadie me va quitar lo que es mío!
—Señorita Nina... no me obligue actuar de una forma poco caballerosa... ¡Aléjese o aténganse a las consecuencias!
La rubia ya no dudó en terminar con el trabajo. Actuó con rapidez y atacó a Herman. Nadie podía negar que la muchacha era muy hábil, poseía grandes aptitudes para dar pelea, prueba de ello era la forma en la que sometió al joven chofer.
Pero Nina, tenía un enorme defecto y ese era: infravalorar a las personas. Aquello era su talón de Aquiles y esta vez le afectó por entero, porque, ella no tomó en cuenta que Herman no era ningún debilucho, ignoró deliberadamente que el joven también poseía la habilidad y la fuerza para darle la vuelta a toda esa situación.
A pesar de todos los esfuerzos de parte de la joven Weinzierl, el chico logró revertir aquel ataque y pronto la dejó sin arma con la cual amenazarlo. La tomó de los brazos y la arrojó con rudeza, alejándola de él.
La rubia cayó estrepitosamente sobre el suelo, pero, casi de inmediato se levantó. Herman ya la esperaba y sin dudarlo volvió a defenderse...
Forcejearon hasta llegar a la orilla del desfiladero... y fue ahí donde el destino de ambos los puso en una encrucijada. Sólo uno de ello saldría bien librado de esa dramática escena.
Manhattan, Nueva York.
—De verdad, espero no estar incomodando... —mencionó Albert, con preocupación—. El Hotel Plaza, está muy cerca de aquí... Terry, no quiero importunarte.
—No me incomodas, el departamento es bastante grande... ¡Deja de hacerte del rogar! —le respondió Terry, invitándolo a entrar por la puerta principal del edificio—. La fachada de este sitio no es prometedora, pero te juro que adentro es diferente, pase por favor señor William Albert Andrew, Magnate de Chicago.
Albert le dio un divertido golpecito sobre el brazo, pues Terry bien sabía que odiaba que lo llamaran por su nombre completo y que realmente detestaba que le adjudicaran el adjetivo de: magnate. El castaño sonrió traviesamente y luego le regresó el golpe.
—Que chistosito eres, Duquecito de Grandchester... —le dijo Albert para molestarlo—. Deja la comicidad y mejor platícame... ¿Cuándo decidiste cambiar de domicilio? —preguntó el rubio, siguiendo a su amigo.
—En cuanto Susana y yo nos separamos, vendí la casa de Park Avenue y luego decidí ocupar este lugar, mi antiguo departamento de soltero...
—¿Es aquí donde trajiste a Candy? —preguntó Albert con suspicacia, al tiempo que Terry se sonrojaba.
—Sí... —le respondió aclarando la garganta.
—¿Con permiso de quién traías a la Pequeña Candy aquí? —preguntó fingiendo molestia—. Mira que solo por eso, yo también hubiera tenido el derecho de reclamarte como esposo de mi hija... —expresó dejando ver una entretenida sonrisa.
—Sin embargo, estabas totalmente amnésico y no fuiste de mucha ayuda. Dejaste que la bruja Olga me enredara en sus redes y me tomara por prisionero.
Albert rió ante la broma y agradeció que Terry también pudiera reírse del pasado. Era lo mejor que se podía hacer, finalmente Susana y su madre habían dejado de molestarlo. Tomarle el lado gracioso al asunto, era sano para todos. Se sintió realmente contento al verlo reír de aquella forma.
Después de subir al elevador y recobrar la compostura, Albert le preguntó:
—¿Qué ha pasado con Susana? ¿Aún te escribe?
—Fuera del telegrama que mandó hace meses, notificando lo de Kieran... no me ha escrito.
—¿Estará bien? Su bebé nace por estas fechas, ¿no?
—Eso creo... supongo que debe estar bien, antes de irme de gira, me dijo que se iba alejar de los medios... —Terry se encogió de hombros —. Debe estar escondida por ahí.
—¿De verdad quedaron en buenos términos?
—Por supuesto... ¿Aún lo dudas?
—No. Pero toda la madurez con la que se condujeron, me tiene algo sorprendido.
—Ella encontró la felicidad que yo no pude darle y estoy bien con eso... al inicio me sentí engañado, pensé que era injusto, que me mintiera de esa forma, pero luego terminé por comprenderla... imagina... ¿Qué sería de Susana ahora? Si ella siguiera viviendo conmigo, no tendría ningún tipo de emoción. No creo que ella se merezca algo así.
—Me alegra mucho que pienses así, Terry...
Ambos hombres salieron del ascensor y después se encaminaron hasta la puerta que daba acceso al departamento del actor.
—Y con Nina en Europa, ya no tienes más preocupaciones —apuntó Albert—. Hace meses que está allá... y no creo que regrese.
El actor se detuvo de repente y miró directamente a su amigo:
—Nina no está en Europa... — mencionó Terry confundido.
Albert frunció el ceño y con prisa contestó:
—Adolph dijo que ella se había marchado, para viajar a través del continente. Me dijo que se fue desde los primeros días de enero...
Terry negó nuevamente.
—Tuve que esconderme de ella en California, eso ocurrió semanas después de la muerte de Kieran y luego volví a verla en Nueva Orleans, pero en ese momento estaba rodeada de gente... —dijo Terry respirando hondo—. Los inocentes, parecían ser sus amigos.
—Es muy raro... —Albert hizo memoria y después dijo—. Cuando se murió Kieran, Adolph dijo ignorar la ubicación de Nina.
—¿Por qué Nina querría engañarlo?
—Adolph fue quien la mandó a Europa, porque, no deseaba que ella interfiriera con lo de Susana... además de que odiaba el hecho de que estuviera cerca de Candy y Kieran. Créeme, él estaba empeñado en alejarla... sin embargo —dijo Albert con desconcierto—, parece como si... Todo este tiempo, hubiese estado detrás de ti...
—Eso no lo sabemos, pero si ella se está ocultando de su primo, entonces debemos tomarlo como una advertencia.
Terry no dijo nada más, simplemente entró a su departamento y se dirigió al teléfono, mientras marcaba el número de su ex suegra, sacó el reloj de su bolsillo y verificó la hora. Olga debía estar en su casa.
Albert no le cuestionó sus acciones y se dedicó a prestar atención.
—Olga no responde... ¿Sabes el número de Wagner? —Albert asintió—. ¿Puedes proporcionármelo? Solo quisiera hablar con ellos... no sé... me ha dejado intranquilo, esto que me has dicho sobre Nina.
Albert le dictó el número y Terry marcó, esperando que le respondieran. La residencia de los Wagner en Nueva York, aún estaba habitada por la servidumbre, por lo que, atendieron la llamada de Terry, a la brevedad.
Al platicar con la pequeña Colette y enterarse del paradero del matrimonio Wagner, respiró más tranquilo. Colgó el teléfono y le anunció a su amigo:
—Adolph y Susana, se han mudado a Jersey City. La chica me ha dado el numero que tienen allá... ¿Crees que sea prudente llamarlos?
—Pues, claro. Solo así vas a salir de la duda... anda, llámalos... —le dijo Albert, animándolo a realizar la llamada—. Esta información que tenemos le interesa a Adolph, te lo aseguro.
Jersey City
El timbre del teléfono, sonaba incesante, sin embargo ella no podía atender.
La nana Lidia, lloró llena de coraje, al tiempo que movía inútilmente sus manos, tratando de zafarse del amarre que Nina le había hecho.
«No quiero hacerte daño, pero si no hago esto, tú vas arruinarlo todo»
Eso le dijo Nina, antes de atarla de manos y pies, para inmovilizarla por completo. La nana apenas podía creerlo, Nina estaba totalmente transformada en un ser maligno y eso le lastimó hasta el más escondido rincón de su alma. Ella sabía de los caprichos y de los arranques de ira que sufría la muchacha; era consciente de que cuando alguien la hacia enojar, la mujercita se volvía loca, pero nada de eso se comparaba con verla como ella la veía en esos momentos: Nina estaba lúcida, tenía un perfecto semblante, no obstante, todas sus acciones eran las de una persona trastornada.
La dulce niña que ella cuidó muchas veces, se había convertido en un monstruo frío y calculador, capaz de hacer cualquier cosa para satisfacer su necesidad de ver hundidos a los demás. La nana suspiró pesadamente, pues jamás pensó que los chismes desatados en Berlín, fueran ciertos, ella creía ciegamente en la inocencia de Nina y al final, todo resultó verdad. La Niña Nina, eratodo lo que la gente decía.
Acaban de mudarse a Jersey City, no había más servidumbre que ella y Herman... ¿Qué iba hacer? ¿Cómo podía ayudar a su querido niño Adolph y a su esposa? Estaba sola y lo sabia, Nina había embaucado al joven Herman, solo esperaba que el chico tuviera agallas para resistirse y ayudar a la esposa de su patrón.
En otro extremo de la enorme casa, el timbre del teléfono también se escuchaba. El sonido era fuerte y muy claro, mas, quien lo estaba oyendo, no era capaz de moverse.
Él no estaba atado de manos y era libre de hacer cualquier movimiento. Yacía cómodamente acostado en su cama, luciendo adormilado, justo como si quisiera despertar de un profundo sueño.
..
—Entonces... ese engendro sí es tuyo.
—El bebé es mío y no me da miedo admitirlo.
— Manchaste a los Wagner para siempre!
—No, no te equivoques prima... ¡Esta familia se manchó cuando tú naciste!
Nina le propinó una fuerte bofetada, desconcentrándolo y dándole tiempo para tomar el sedante que había dejado sobre la mesa.
—Estás enteramente desquiciada... que Dios me perdone por haber dudado de tu padre... —mencionó Adolph—. Él no mató a su amante... a ti no te acusaron injustamente... ¡Maldita loca!
—De eso, no estamos hablando...
—¡Basta ya, Nina!
—No te saldrás con la tuya, Adolph. Tú me usaste... querías que estuviera con Terry, mientras tú te tirabas a su esposa... ¡Eres un desgraciado!
—Hablas como si te hubiera costado trabajo ser la mujerzuela de ese actor... —le dijo Adolph—. Pero ¿sabes qué? ¡No me importa nada de lo que digas! —tomó a su prima de ambos brazos y exigió una respuesta—. ¿Dónde está mi esposa?
—En un exclusivo lugar, donde no podrás verla.
—Deja de jugar conmigo, Weinzierl...
—No... el único que abandonará este juego, eres tú... querido primito...
Ella empuñó el poderoso sedante y con energía lo clavó en la espalda del muchacho. Dejándolo así, sin oportunidad de defenderse.
..
Aquel recuerdo taladró su mente y entonces le resultó imperioso, despertar a su dormido cuerpo e intentar moverse de nuevo. Intentó gritar, pero no pudo hacerlo... su lengua se sentía pesada y pastosa... sus ojos tampoco le ayudaban, se cerraban con involuntaria necesidad, impidiéndole hacer algo trascendente.
Adolph se encontraba totalmente drogado, viviendo una constante revolución en su cabeza, repitiendo una y otra vez escenas y acciones que estaban muy lejos de poder llevar a cabo. El terror estaba acabando con él, pues en su interior, era consciente de todo lo que había sucedido. Susana estaba en peligro y él estaba tirado, siendo un perfecto inútil.
El sonido del timbre del teléfono, cesó de pronto y el joven Wagner, rogó para que alguien llegara para ayudarlo. Lloró y gritó por dentro. También rezó con toda su devoción, pidiéndole a Dios que protegiera a Susana y que alguien llegara hasta su casa y los auxiliara.
Aquel ruego a lo divino, fue definitivamente atendido. Minutos después de escuchar el timbre del teléfono, la policía ingresó a la vivienda. Y de esa manera, la nana Lidia y él, por fin estuvieron a salvo.
Manhattan, Nueva York.
—Nadie responde... —dijo Terry, con voz lastimosa, deseando no ser victima de la maldita incertidumbre.
—Habrán salido... —le dijo Albert para tranquilizarlo—. No te preocupes, mañana a primera hora, conseguiremos la dirección e iremos a Nueva Jersey.
Terry asintió sin muchas ganas y luego dejó libre un suspiro.
Decidió tranquilizarse, porque, en nada ayudaría que él se pusiera histérico. Tomó asiento frente a Albert y respiró hondo, a punto estaba de lograr controlarse, cuando el timbre del teléfono hizo que saltara nuevamente de su asiento, él se apresuró a contestar mientras Albert permaneció atento.
—Sí, soy yo... —respondió Terry, intranquilo—. La señora Olga Marlowe, es mi ex suegra.
Albert que, se encontraba cómodamente sentado en el sofá, encendió su alarma al escuchar aquellas palabras.
—¿Cómo que la encontraron herida? —cuestionó Terry con espanto—. Santo Dios... ¿En qué condición se encuentra ella?
Albert lo miró con ojos ansiosos, mientras Terry respiraba con dificultad.
—Gracias por avisarme, por favor, díganle a la señora Marlowe que estaré allá en cuanto pueda.
Al verlo colgar el teléfono, Albert de inmediato se aproximó hacia él.
—¿Qué sucede?
—Nina estuvo en Nueva Jersey, ella y su chofer han secuestrado a Susana. Le dispararon a Olga, pero, milagrosamente logró escapar... no sé como lo hizo, pero ella ha puesto sobre aviso a todos, parece ser que Adolph también está en problemas.
—¿Crees que Nina planee venir hacía Manhattan?
Terry asintió.
—Tengo una ligera sospecha de dónde se puede encontrar... debo ir a corroborarlo ahora mismo.
—Te acompaño, vamos —dijo Albert apresurando a su amigo.
Apenas se preparaban para salir, cuando Herman los interceptó en la puerta.
—Señor Grandchester... que bueno que lo encuentro... —dijo agitado.
—¡Tú! —exclamó Terry tomándolo de las solapas del saco—. ¿En dónde está Susana? ¡Tú la tienes! ¡Tú estabas con Nina! Me lo acaban de decir, Olga Marlowe declaró que tú estabas ahí.
Herman abrió los ojos con sorpresa, e inmediatamente se defendió.
—¡Bendito sea Dios... la señora Marlowe no murió!
—No, para tu desgracia.
—Señor Grandchester, fue la señorita Nina la que hizo todo eso... por favor, créame y venga conmigo.
—¿Dónde está Susana?
—La señora está bien, sin embargo, está apunto de dar a luz, quiere que usted vaya... ella me mandó a buscarlo, pues, sabía que usted llegaría hoy a la ciudad.
—¿En qué hospital está? —preguntó Albert, liberándolo del amenazante agarre de Terry.
—La señora Wagner está en el hospital San José.
—Tú personalmente, nos vas a llevar, muchas son las cosas que me debes explicar jovencito...
—Sí... yo le contaré todo lo que quiera, pero por favor, apúrese.
Cuando llegaron al hospital, se les informó que Susana estaba en labor de parto y que debían esperar a que el doctor Preston les diera la información pertinente.
Albert intentó tranquilizar a Terry, pues, su explosivo carácter, estaba asustando al joven Herman, quien lucía tremendamente abatido. Albert fue quien con calma le interrogó y al final, al atar los cabos sueltos, no dudó en ponerse en contacto con la nana Lidia, pues debía enterarse a la brevedad, de la condición en la que se encontraba Adolph. Al percatarse de que Adolph, estaba hospitalizado, Albert partió rumbo a Jersey City de inmediato. Mientras tanto, Terry se dedicó a cuidar de Susana.
Minutos después, cuando Terry por fin se calmó, le ofreció una sincera disculpa a Herman.
—Perdóname. Por un momento pensé que estabas del lado de Nina...
—La obedecí en un inicio, pero solo lo hice por temor, créame... —le dijo el apenado muchacho—. Yo no hubiera permitido que hiciera daño a la señora Susana.
—Lo importante es que esa mujer ya está imposibilitada para seguir cometiendo locuras. Después de tremenda caída, lo último que puede hacer es levantarse y seguir haciendo estupideces. La policía se hará cargó de ella. No debes preocuparte por tu hermana y tu madre... es más, puedes ir a verlas si gustas, yo me quedaré con Susana.
—Gracias señor Grandchester. Yo vendré más tarde...
—Ve Herman, ve con tu familia.
—Gracias, señor...
Terry asintió y luego se dirigió a la sala de espera. Intranquilo y con un nudo en la garganta, permaneció sentado sobre la fría banca. Deseaba fervientemente que muy pronto, alguien le diera noticias sobre su ex compañera. Estaba nervioso, tanto, como nunca lo estuvo en su vida.
Las noticias que el pedía, no llegaron pronto, para desgracia de Terry las novedades hicieron su aparición, hasta horas después, ya muy entrada la madrugada.
—Terry... —le llamó el doctor Preston, mientras él levantaba la mirada—. Ya nació... tú bebé ya está aquí, es un lindo niño... —anunció con calma—. Susana quiere verte, Terry. Por favor, pasa a verla...
Aquellas palabras le oprimieron el corazón, porque el rostro de Julian Preston, no era de felicidad. Sin pensarlo, el castaño ingresó al área de quirófano, dispuesto afrontar la situación. Permitió que las enfermeras lo auxiliarán y le colocarán una bata, después prácticamente, corrió hasta donde estaba la chica, debía reconocer, que nunca en toda su vida, había sentido la necesidad de ver a Susana. Al ingresar al frío cuarto de inmediato se acercó a la rubia muchacha y le habló:
—Es hermoso,Susana. Tu niño, es hermoso... —le hizo saber con alegría.
—Gracias por venir...
—Susana, yo...
Susana negó con impotencia y luego simplemente le dijo:
—Cuida a mi niño Terry... llévaselo a Candy... ¿Entiendes? Dáselo a ella. Es la única que puede protegerlo.
—No estoy entendiendo...
Susana sonrió débilmente mientras Terry la observaba con un dejo de desconcierto e impotencia, pues, él no sabía qué más hacer, para tranquilizarla.
—Terry... ya no me queda más tiempo... —le hizo saber con la voz entrecortada, en tanto que, estiraba su delicada mano para ofrecérsela, esperanzada en que él la tomara y se acercará hasta la cama para que pudiera escucharla—. Tienes que prometérmelo... —añadió, con mucho esfuerzo.
Terry la miró nervioso y titubeando respondió:
—Susana... escúchame, yo tengo algo importante que decirte...
—¡Por favor, Terry! Prométemelo... —volvió a rogar Susana—. Promételo... hazlo, por favor... lleva al bebé con ella... ella es muy buena y lo querrá.
Terry permaneció inmóvil, mirando al pequeño ser que se removía entre sus brazos. Se encontró con sus inocentes ojos e inevitablemente, sintió que su corazón, comenzaba a latir de una manera acelerada.
¿Por qué Susana le pedía eso? ¿Por qué estaba hablando como si fuera a morirse?
—¿Terry? —insistió Susana, con el firme propósito de arrancarle aquella promesa.
—Lo prometo —respondió el actor, dirigiendo su mirada hacía los ojos de la cansada mujer—. Te lo juro, Susana. No debes preocuparte, yo me haré cargo... pero, por favor, cálmate para que puedas recuperar el aliento.
—Gracias... muchas gracias... —respondió la ex actriz, haciendo un último esfuerzo por mostrarse serena.
El muchacho observó al bebé y luego le sonrió... Sus ojos instintivamente se dirigieron a Susana, la rubia estaba muy débil, no estaba pensando con claridad. Ni siquiera le dio la oportunidad de aclararle lo sucedido. La miró de nuevo, deseando poder hablarle sobre Adolph y su madre, de repente, le pareció que estaba más tranquila, pues ella lo miraba con admiración y le sonreía, tal como lo hacía cuando la conoció, sin embargo, aquella sonrisa no tardó en desvanecerse...
—¿Susana? —cuestionó al ver que ella cerraba los ojos—. ¡Doctor! — exclamó Terry con energía, entregando al bebé a una de las enfermeras—. ¡Doctor Preston!
Julian ingresó rápidamente y de inmediato comenzó a darle masaje en el corazón... Terry ya no pensó con claridad después de eso... una enfermera le pidió que saliera, pero él no obedeció.
Susana estaba muriéndose delante de sus ojos y él no podía hacer nada para evitarlo, intentó respirar, mas, aquello no le sirvió de nada, las manos comenzaron a temblarle y los nervios se apoderaron de su ser.
Miró a una, a dos, y hasta tres enfermeras a su alrededor, así como al doctor Preston intentando por todos los medios, reanimar a la muchacha, con todo y eso, Susana no reaccionaba... ella se estaba marchando y eso, Terry no podía soportarlo.
Las palabras del doctor y de las mujeres comenzaban a parecerle lejanas, Terry ya no era consciente de lo que estaba pasando, se derrumbó ante aquella impresión que le provocó ver a la muerte tan cerca. Una de las enfermeras se percató de ello y no dudó en auxiliarlo. Se mantuvo a su lado haciéndolo reaccionar, la mujer estuvo ahí, hasta que el episodio por fin terminó.
—Señor Grandchester... —mencionó con entereza—. Por favor, reaccione, señor... su mujer está bien... ¡Escúcheme! Su mujer está bien...
Le dijo la enfermera de mediana edad, golpeándolo suavemente en las mejillas, haciendo que de esa manera, Terry volviera poco a poco a la realidad
—Terry... vamos muchacho... Sussie ha reaccionado. Ella está respirando, vamos, levántate y compruébalo por ti mismo. Está rendida, sí, pero ha vuelto con nosotros... —le dijo Julian, logrando que Terry asintiera y sonriera débilmente, al tiempo que se levantaba del suelo y se acercaba hasta la cama donde yacía una muy tranquila Susana.
