INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA HISTORIA SÍ
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UN TRATO AUDAZ
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CAPITULO 12
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DEDICADO A YULI
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Cada vez que Bankotsu ganaba más fuerza era consciente de que el tratamiento del doctor Coleman funcionó y que su diagnóstico fue correcto.
Por alguna razón, noticias de su recuperación y del descarte de tuberculosis no fueron enviados a Londres a su padre por su propio pedido. Pero estaba seguro de que su madrastra ya lo sabría atendiendo a que tenían hasta hace poco tiempo a la señora Loren en la mansión.
Todos los criados eran nuevos, escogidos por Lady Nolan. Salvo el señor Patrick, quien seguía siendo su principal asistente porque, aunque estaba más fuerte y se sentía más ágil, no adivinaba aun ciertas distancias, aunque su mujer se encargó de rediseñar todas las habitaciones y asegurar que no hubiera obstáculos en sus caminatas.
¿Su mujer?
Que eufemismo siendo que aquella mujer que lo estaba salvando de la desgracia, no era su mujer propiamente dicho.
Se habían confesado sentimientos que no podían detener, pero Bankotsu sabía que faltaba un detalle importante.
Justo el delicioso aroma del té que estaba bebiendo fue sustituido por otro aún más precioso para él: el del ciruelo blanco que tanto asociaba a ella.
Ella se acercaba.
Se le había ocurrido la idea de tener una especie de picnic en el jardín, con té y algunos bocadillos.
Ella dijo que tenía una sorpresa y fue a buscarlo.
Esa mujer era una caja de sorpresas, siempre dispuesta a sorprenderlo cuando ya no esperaba nada de nadie.
Y de pronto apareció ella, con esa frescura única capaz de sanar sus heridas. Hace tiempo dejó de tener aquellas pesadillas, ecos de aquel tiempo tan duro en la Marina.
Los fantasmas y recuerdos malditos se habían ido también.
―He diseñado un nuevo bastón, un poco más largo y será muy útil…―la oyó decir
―Casémonos ―la interrumpió él
Un corto silencio. Definitivamente la había cogido de sorpresa y esa era la idea.
Oyó un crujido como si la taza de té que ella portaba se le hubiera caído pero aminorado el golpe con algo.
Eso no importaba porque estaba pendiente de otra cosa.
Inmediatamente posó su mano sobre la de ella y por inercia supo dónde encontrarlo.
Las de ella temblaban.
―Ya estamos casados…―murmuró la joven.
A él le daba tanto placer ponerla nerviosa y sentirla derretirse por su toque. Antaño, esa sensación siempre fue familiar para él.
¿Cuántas féminas caían ante sus encantos?
Pero la sensación era diferente, porque en este caso la mujer en cuestión si le importaba.
―No como yo quisiera ―replicó Bankotsu.
Ella quiso desasirse y escapar del momento, pero aseguró su mano apretándola con suavidad, pero firmemente.
― ¿Acaso puedo negarme a una segunda boda?
―No, no puede…pero la diferencia con la primera es que ahora si quiero hacerlo ―él desplegó una sonrisa irresistible―. Ya me hubiera casado con usted si no fuera tan bocazas, pero ése es otro asunto.
― ¿Yo soy la bocazas? Creo que olvida quien se portaba grosero conmigo ―ella parecía aliviada que la charla fuera por ese lado, pero Bankotsu no tenía intención de dejarla escapar.
―Lady Nolan…Kagome ¿aceptaría a este ciego? ―él volvió a ponerse serio.
Un silencio corto de algunos segundos hasta que sintió que ella se arrojaba a sus brazos.
No eran necesarias más palabras. Ella había aceptado.
Se aferraba a él como si temiera que él se marchara.
―No seas odioso…ya sabes que ya te amaba cuando eras ciego y tuberculoso con un pie en el infierno ―ella al fin se dejó ir para tutearlo con ganas.
―Vaya que morías de ganas por abrazarme ¿tan irresistible te parezco? No te culpo ―bromeó al sentir que los brazos de ella rodeándole el cuello parecían querer fundirse con él.
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Para nosotros, fue el momento en que nos encontramos…
Kagome no quería ni necesitaba una gran ceremonia. No la necesitaban.
Sólo los criados de Trioval, el cura y el único testigo que invitaron y por cuya presencia aguardaron para hacer la pequeña ceremonia: el teniente Hiten Blosson.
A Kagome le hubiera gustado invitar a su padre, pero suponía que él tendría suficientes problemas y no lo pondría a viajar.
Ni hablar de sus hermanas, porque ninguna tenía mucha afinidad hacia Kagome y las imaginaba a cada una con una vida bien complicada con sus familias. A la que casi envió una carta fue a Helen porque dentro de todo, fue la hermana con la que más convivió, pero finalmente desistió.
Se dio cuenta que al final, todas las personas que necesitaba ya estaban en Trioval.
Más que una ceremonia, fue un ritual acompañado de una deliciosa comida para finalizar la noche.
Kagome estaba tan emocionada mientras observaba a su esposo engullir la deliciosa sopa y reía de alguna broma del teniente Blosson.
― ¿Y cuando regresa ese medico milagroso? ―preguntó de repente Hiten mientras cortaba su carne.
Kagome notó que Bankotsu hizo un movimiento imperceptible de incomodidad salvo para ella que ya le conocía los gestos.
―Se supone que regresaran en pocos días ―contestó Bankotsu mientras apretaba un cubierto―. Imagino que han de estar ansiosos de regresar aquí.
Sólo Kagome entendía que aquella referencia eran por los celos que aún le producía a Bankotsu la presencia del doctor Coleman.
Quizá era una sensación que no se iría nunca.
Seguían conversando y riendo en la mesa cuando Patrick se presentó extrañado.
―Milord, tenemos una visita.
― ¿Visita? No tenemos más invitados a la boda y Trioval no es un albergue, así que dígale a quien sea que se largue por donde vino.
―Milord…no sea grosero ―fue Kagome quien intervino―. ¿De quién se trata?
El mayordomo dudó en poco en responder.
―Dice ser Lady Rouen.
Kagome reconoció enseguida ese nombre.
― ¿Y quién demonios es ésa? Lo mismo, dígale que se largue, estoy en mi banquete nupcial ―insistió Bankotsu.
Pero Kagome se levantó del sillón.
―Esperen ―la joven aún estaba incrédula de haber oído ese nombre―. Es Helen, mi hermana…
Bankotsu enarcó una ceja.
Kagome se levantó a verificar de que se trataba.
El esposo de Helen era Lord Rouen, así que debía ser ella.
¿Presentarse de improviso?
Al llegar a la sala se topó con el rostro malhumorado de su hermana.
Era Helen y lucía más delgada de lo que recordaba ¿Qué hacía aquí?
―Hermana…
―Vaya hospitalidad la de tu casa, hermana. Estos criados no me dejaron pasar porque no me conocían.
―Cuelgue el abrigo de mi hermana ―pidió Kagome al criado
―Y ya que están también que bajen mi equipaje.
― ¿Equipaje? ―Kagome pestañeó extrañada
―Vine unos días ¿acaso me niegas la entrada?
Aunque aún estupefacta, Kagome no le negaría nunca la hospitalidad a su propia hermana.
Le hizo un gesto a una de las criadas que prepare una habitación para la recién llegada.
― ¿Gustas de cenar algo?
― ¿Cenáis siempre tan tarde? ―Helen escrutaba el pasillo mientras caminaba junto a Kagome.
Pero antes de que Kagome pudiera responderle, llegaron al comedor principal donde estaban el conde y el teniente.
Notó que Helen observaba sorprendida al conde sentado en el centro.
Se acercó al oído de su hermana para susurrar.
― ¿Cómo es que tu esposo aún sigue con vida? En la Capital algunos ya lo dan por muerto.
―Es una larga historia ―le susurró Kagome para acto seguido anunciar a su hermana.
―Milord, quien ha venido es mi hermana Lady Helen, la esposa de Lord Rouen de Londres ―miró al teniente quien también parecía sorprendido―. Teniente Hiten Blosson, le presento también a usted.
Con la presencia de aquellos caballeros en la mesa, Helen no se atrevería a decir algo inapropiado así que se limitó a saludar y sentarse para ser servida.
―Es un gusto escuchar a una pariente de mi querida esposa. Puedo escucharla, Lady Rouen, pero como todo el mundo sabe, no podría verla. Me alegra que haya llegado justo a tiempo para compartir con nosotros esta cena nupcial.
― ¿Nupcial? ―preguntó Helen.
―Oh si, había quedado pendiente.
El resto de la comida fue igual de amena, pese a que Helen hablaba poco y nada.
Helen siempre fue apabullante con Kagome, pero no podía desplegarlos ahora con su hermana ya que la presencia del esposo era intimidante.
Kagome sonreía en sus adentros, algo satisfecha por la pequeña venganza.
Cuando la cena acabó, los dos caballeros quedaron a beber un rato mientras ambas hermanas subían a la habitación asignada a Helen.
―Tu esposo no está enfermo ―fue lo primero que comentó Helen al verse solas.
―Ya se ha curado, quizá este ciego, pero te sorprendería lo capaz que es para notar las cosas, como por ejemplo que hayas venido sin avisar ¿Qué haces aquí?
―¿Esa es la forma en la que te diriges a tu hermana mayor?
―Es la forma en la que hablo siendo la señora de esta casa.
De nueva cuenta cogió de sorpresa a Helen y que como su pequeña hermana sacaba las garras.
― ¿Acaso no puedo visitarte? Necesitaba despejarme.
Kagome no entendía a Helen, pero no le negaría la hospitalidad.
―No trajiste a tu doncella así que te enviaré a una para ayudarte. Que descanses y conversaremos en el desayuno.
Helen no le replicó y quedó callada.
Solo esperaba que su hermana no incitara algún problema.
Ya mañana trataría de sonsacarle la verdad.
Hoy era su noche de bodas.
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Casi media hora después y luego de que Yura le ayudara a vestir un camisón adecuado, la joven se sentó a esperar.
Al cabo de pocos minutos y ya cuando sus nervios se encontraban a flor de piel, oyó el ruido del bastón que antecedía a la presencia de su marido.
Escuchó que daba golpecitos a la puerta hasta finalmente empujarla.
Su presencia en la puerta era arrolladora y llenaba el resto de la habitación.
Así lo habían decidido.
―No vayas a mi habitación hoy, déjame ir a la tuya esta noche…
―Pero es que me toca ir a mí a la habitación del conde ―le dijo Kagome.
―Sí, pero esta noche simplemente seamos nosotros dos ¿sí?
Kagome lo vio deambular por la habitación mientras cerraba la puerta con la punta de su bastón. Parecía aspirar el olor del aire.
―Puedo sentir el ciruelo blanco con más intensidad aquí…
―Es que hace poco se me derramó parte del perfume sobre el piso…
Él palpó el espaldero de la cama y se sentó sobre la cama.
―Nunca había sentido un aroma así.
―Es una fragancia que elaboro yo misma…―contestó Kagome feliz de romper aquella tensión nerviosa con aquella conversación casual ―. Si quieres puedo traer el resto ―amagó con levantarse, pero él la sostuvo del brazo para que se quedara.
Nunca dejaría de fascinarse la habilidad que él tenía para hallar su mano aun en la oscuridad.
― ¿Para qué traerlo? Puedo olerlo en ti directamente ―la atrajo hacia ella y hundió su cabeza en su cuello como si quisiera absorberlo.
Kagome perdió la cabeza en ese mismo momento.
Sentir esos labios tibios y esa respiración suave en su cuello le daba unas señales inequívocas en todo el cuerpo.
Habia sentido algo parecido cuando él la besaba, pero esto era diferente, más generalizado y literalmente la hacía temblar desde la punta de sus cabellos hasta sus pies.
Él continuaba besándola con cuidado, pero con cierta firmeza, impregnando dulzura y dejando un reguero de ternura que ella percibía.
Poco a poco la recostó en la cama e iba deslizándole el camisón desatando los cordoncillos del mismo con una pericia increíble.
Nadie diría que el hombre estaba ciego, actuaba como si supiera de memoria cada recoveco y forma de actuar.
―No te asustes…ya te dije que puedo saber exactamente tus formas. Todavía recuerdo mi cata de nuestra primera noche de bodas fallida ―le murmuró al oído cuando se puso encima de ella.
Ella rió con ese malicioso recuerdo.
Pero ahora era todo diferente.
Solo quedaba el deseo y el anhelo patente que ella podía percibir en su vientre. La joven conocía la mecánica del amor, pero vivirlo y hacerlo era otra cosa.
De hecho, ni siquiera podía imaginar hacer algo así con una persona que no amara.
Él se apoderó de sus labios mientras ella se abría como una flor que ofrece su miel a las abejas y espera ser absorbida para seguir viviendo.
Él bebió y tomó todo lo que quiso cuando se deshizo por completo de aquel camisón y no quedaba nada entre ambos.
Ella gimió suavemente ante la acometida de aquellas nuevas sensaciones tan increíbles como únicas que la dejaban expuesta y a la espera de todo lo que él podría enseñarle.
Las manos de Bankotsu viajaron por todo su cuerpo, pero mantuvo especial atención a sus muslos y él se encargó de separarle las rodillas, no sin antes besarlas con esmero.
Poco a poco, Kagome fue desvelando el misterio anhelado de ser poseída finalmente por un hombre. Despacio, muy despacio fue haciéndose camino en ella, como quien busca desesperadamente la consumación de un anhelo.
Kagome jamás olvidaría esos pequeños dolores propios de la transición de niña a mujer, pero él fue tan gentil, sin dejarla de besar ni por un instante. Como si quisiera apoderarse de su alma en el proceso.
Al poco, ella misma buscaba los movimientos como llamada por su instinto de mujer.
―Eres preciosa, cariño…―le susurraba él al oído con extrema ternura
Ella gemía aferrándose a él con todas sus fuerzas.
Cuando acabó, y él cayó a un lado exhausto, ella aun no normalizaba su propia respiración.
Yacían desnudos sin ninguna cobertura.
Kagome aún no terminaba de procesar lo que había vivido.
Al tener tantas hermanas casadas, alguna cosa llegó a oír, pero ninguna de esas cotillas alcanzaba a describir lo que ella acababa de experimentar en carne propia. Y vaya carne.
Un rato después, él se movió un poco para buscar a tientas sus labios. Se dieron un corto y tierno beso, muy diferente de los pasionales que compartieron minutos antes.
Él iba a volverse a echar a su lado, pero ella le sostuvo la mano, llamando su atención.
Ya toda la vergüenza se había ido.
Rompió aquella intensa tensión romántica.
― ¿Podemos…hacerlo de vuelta? ―pidió la joven, aunque de forma ciertamente imperativa que no aceptaría el rechazo.
Ambos se echaron a reír con ganas.
―Claro, mi señora ha adquirido mi cuerpo para hacer lo que desee a sus anchas ―susurró él―. Claro, siempre que no utilice esas pinzas extrañas de clubes raros para estirar los pezones o intente hacer algo con mi retaguardia.
Ella lo abrazó con ganas.
―Siempre y cuando milord me cuente como es que se enteró de esas pinzas extrañas…
El resto de la noche fueron de puros besos, caricias y suspiros en aquella cámara nupcial.
Kagome había entregado su virginidad.
Bankotsu hacia el amor por primera vez con alguien que amaba.
Cosas del destino, luego de tantos años de rendir culto a la belleza, acababa enamorado de una mujer a la que jamás había visto.
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Los esposos se permitieron permanecer en sus habitaciones hasta pasado el mediodía del día siguiente.
Yura se encargó de llevarles el desayuno de forma discreta y no hubieran salido de no ser porque les avisaron que un carruaje había llegado.
―Espero no sea otra hermana tuya ―bromeó Bankotsu a su esposa, bien tomaba el té.
―Milord, es el doctor Coleman y su colega ―cercioró la doncella.
La expresión en el rostro de ambos esposos cambió.
Sabían que volvería porque Inuyasha prometió que estudiaría el caso de los ojos del conde y que volvería en cuanto tuviese noticias.
Lo que no esperaban es que fuera tan pronto.
―Dile al señor Patrick que se encargue de recibirles, estarán cansados del viaje. Iremos enseguida ―informó Kagome
La doncella se apresuró a cumplir la orden de su ama.
―Mientras ese hombre no tenga planes de raptarte o algo, podremos llevar todo este asunto en paz ―comentó Bankotsu mientras daba golpecitos con su bastón.
Kagome se acercó a arreglar el pañuelo del cuello de su esposo.
―Pues tendrá que esforzarte para que el doctor Coleman no me convenza ―bromeó ella
Él la apretaba por la cintura.
―Pues si intenta tan sólo deslizar esa idea, voy a marcar su cabeza con mi bastón.
La pareja tardó unos minutos en bajar.
Bankotsu se movía con tal pericia que era perfectamente capaz de usar la silla deslizante de la escalera con mucha eficiencia.
Estaba fuerte y ya no existía en él, ningún rastro del envenenamiento.
Cuando se acercaron al salón, Kagome se aseguró de colgarse de su brazo.
No importaba cuanto bromeara Bankotsu, ella sabía que nunca seria amigo de Inuyasha.
Inuyasha Coleman estaba sólo ya que su colega estaba demasiado cansado y se había retirado a dormir. Pero por los ojos brillantes de Inuyasha, Kagome entendió que traía noticias más que alentadoras o no hubiera esperado para decírselos.
Inuyasha les hizo una respetuosa reverencia.
―Milord…Milady ―los saludó
―Inu…quiero decir Doctor Coleman, estamos muy agradecidos que haya vuelto tan pronto. No lo esperábamos hasta la primavera ―respondió Kagome dándole un discreto pinchazo a su esposo para que también dijera algo.
―Lo que dice mi esposa es cierto ―comentó Bankotsu―. Ciertamente no lo esperábamos.
Pero Inuyasha no parecía estar por la labor de sentirse incomodo ya que tenía algo que decir que no podía esperar.
―Espero podáis excusarme que me haya reunido con vosotros sin asearme.
―No es que precisamente pueda verlo, doctor Coleman ―dijo Bankotsu.
―Es que justamente lo que tengo que deciros tiene que ver con eso ―Inuyasha tenía los ojos brillantes al decirlo―. Hemos ido a comprobar algo con uno de nuestros maestros más antiguos y concordamos algo luego de realizar una diferencial del diagnóstico de vuestros ojos.
Kagome apretó el brazo de su marido.
― ¿Y a que…conclusión llegasteis…? ―preguntó la joven cautelosa.
―Que yo tenía razón y que, con el instrumental adecuado, es probable que Milord recupere la vista ―señaló una pesada caja cerrada a su lado―. Estuvimos trabajando mucho para juntarlos y preparar la cirugía, siempre y cuando accedáis a ella.
Kagome miró a su esposo y en sus facciones comprendió que estaba más sorprendido que ella.
Habia vivido dos años en la completa oscuridad y alguien aparecía a darle una esperanza.
―Puede ser peligrosa, pero si resulta exitosa, definitivamente él podrá recuperar la visión ―agregó Inuyasha.
CONTINUARÁ
Hermanitas, doña Tardona aparece aquí para traer este capítulo y entramos en la fase final del fic que como les dije tendrá 15 capítulos.
¿Recobrará Banky la vista?
¿O morirá alguien?
Ya veremos que sucede.
Mientras quería dejar un abrazo a mis queridas comentaristas: PAULITA, ANNIE PEREZ, KAMISUMI, LIN LU LO LI, LUCYP0411, BENANI0125, TERECHAN19, VALENTINE HIGURASHI (un abrazo cariño, a veces es mejor tomar distancia y recuperarnos desconectadas) CONEJA.
Espero que FF ni siga haciendo de las suyas.
Las quiero.
Paola.
