Capítulo 22: Hoeth

Él era un dios, fue forjado en una época anterior, una época ya olvidada, una época llena de glorias y horrores, cuyas batallas dieron forma a la galaxia.

Él fue uno de los ganadores, su sabiduría y conocimientos fueron decisivos en la guerra, fue por su influencia que la gran guerra se ganó.

Él tuvo una vez un nombre, no podía recordarlo, ya han pasado demasiadas eras desde que alguien lo pronuncio alguna vez, el mismo no cree poder recordarlo, incluso si se esfuerza. Está bien, los nombres son peligrosos, es mejor que el suyo se pierda, así nadie tendrá poder sobre él. Aun así, él necesitaba un nombre, era necesario tener una forma de contactarlo, una palabra que lo identificase.

Fueron algunos de los hijos de Isha, sus súbditos quienes se encargaron de darle uno. Hoeth, esa fue la palabra que los hijos de Isha escogieron para nombrarlo, y desde ese momento y hasta el final de los tiempos, así sería como él se llamaría, un nombre algo simple para un dios cuyo conocimiento abarcaba los mayores secretos de la creación, pero era un nombre, y la verdad, en ese punto en particular de la historia, cualquiera conjunto de letras serviría.

Obviamente tuvo muchos nombres más. ¡Todas las especies sintientes de la galaxia! lo llamaron de alguna forma, algunos de esos nombres eran interesantes, otros muy pomposos, al final no importaba como lo llamaran, él era el dios del conocimiento, y no necesitaba nada más.

Por toda la galaxia se alzaban millones de templos en su honor, incontables voces de todas las razas mortales que existían, gritaban por su ayuda, por su guía. El respondía a todas las razas mortales por igual.

Secretos de la agricultora para los Hanar.

Nociones básicas de ingeniería para los Volus.

Conocimiento de los astros para los Zorgonitas

Conocimientos para crear motores sub espaciales para los Asari.

Creación de armas tipo Shrinker para los Quarianos.

Teorías sobre la clonación y replicación de recuerdos para el imperio Rigelatin

Y así seguía, la lista de razas mortales a las que ayudo con su conocimiento era interminable.

Todas las especies de la galaxia le rendían culto. Y bajo su guía más de un millón de imperios se alzaron y cayeron. Talvez fue ese amor y devoción, que sentían las razas mortales por él, lo que forzó la celosa mano de Asuryan.

Asuryan, señor del panteón. Maldito sea su nombre, Hoeth lo odiaba, fue su innecesaria intervención en el plano mortal lo que desato todos los problemas que actualmente acosaban a los hijos de Isha, a sus súbditos.

Si no fuese porque el decreto de Asuryan, el cual le impedía intervenir en el plano mortal, la raza de los Eldars seguiría rigiendo la galaxia.

Maldito sea Asuryan, maldito sea su nombre, y su debilidad. El señor de los dioses en su insensatez había condenado a la galaxia a la perdición, y con ella, él y todos los dioses que una vez le sirvieron también cayeron en desgracia. Debería haberlo matado cuando la oportunidad se dio.

Si él hubiese sabido cuan caro seria la locura de su señor, él lo hubiese dejado morir en la guerra del cielo. De hecho, si él se ponía a pensarlo detenidamente, hubieron varias ocasiones donde Asuryan estuvo cerca de morir, salvado únicamente por su intervención o la de sus hermanos, fue un tonto al no ver las señales que la galaxia misma les estaba enviando.

Bueno, pensar en eso no tenía sentido, era un ejercicio inútil. El señor de los dioses ya no ostentaba ese cargo, ni tenía sus poderes, ahora solo era otra alma torturada más, eternamente atrapada en el estómago de la Sedienta.

Él también estaba atrapado, pero a diferencia de las incontables almas a su alrededor, él no había perdido su voluntad de escapar. No, él no se había rendido todavía, él era Hoeth, dios Eldar de la sabiduría y el conocimiento. Solo necesitaba una oportunidad para escapar, y él obtendría su venganza.

El tiempo paso, las horribles torturas a las cuales fue sometido marcaron su alma, pero no lograron romper su voluntad de buscar venganza. Él escaparía, él escaparía a cualquier precio. Milenos de tortura ininterrumpida pasaron, y en algún momento la propia sedienta se aburrió de escuchar sus gritos, dejándolo e él y a todos sus semejantes, para que se sus almas se pudriesen en la oscuridad de su estómago.

Algunos lo hicieron, algunos cedieron a la locura, perdieron su individualidad, y terminaron fusionados con las paredes de carne que eran su prisión. Pero él no, él escaparía, solo necesitaba una oportunidad.

El tiempo siguió pasando, y en algún momento el propio Hoeth llego a extrañar la presencia de la Sedienta, la infinita oscuridad, el tedio de no tener a donde ir ni que hacer, comenzaron a pasarle factura, llego un momento donde el propio dios del conocimiento sentía que era imposible calcular cuánto tiempo había pasado.

¿Seguían existiendo estrellas en el firmamento?

Los cálculos más optimistas indicaban a Hoeth, que la galaxia ya debería haber sido consumida, que el movimiento atómico de las estrellas más jóvenes que él alguna vez catálogo, debería haberse terminado hace mucho.

¿Por qué seguían vivos?

Lentamente su cordura comenzó a abandonarlo, y la silenciosa oscuridad de su prisión comenzó a consumirlo.

Hoeth había comenzado a olvidar quien era, quien se supone que debía ser, y su cordura se hubiese perdido, si no fuese por su ojo, un artefacto tan antiguo como él, su primera creación al ascender a la divinidad.

Su ojo no estaba hecho de ningún material alguno, era conocimiento puro, sabiduría cristalizada, eternamente disponible para su creador, único testigo del paso de las edades. Fue este articulo lo único que evito su caída en la locura, había algunas lagunas en su conocimiento, si, principalmente cosas que en su momento considero tan mundanas que Hoeth no sintió la necesidad de respaldarlas en su ojo. Pero bueno, no importaba. Él seguía siendo lo que siempre había sido, solo necesitaba una oportunidad, y podría deshacer todo el caos que los dioses del caos habían creado, solo una oportunidad y él se aseguraría de que la era dorada de los dioses regresase, solo que esta vez él no cometería los mismos errores, él sería el señor de los dioses, y por su mano la galaxia seria rehecha a su imagen.

Y cuando esa oportunidad llegase, es estaría listo.

En algún momento, por alguna razón que no comprendía, la Sedienta volvió a sentir interés en sus pobres prisioneros, no para torturarlos, no, en su lugar metió su mano, para robarle a Vaul, su martillo sagrado.

¿Para que la Sedienta necesitaba una reliquia como esa? Hoeth no sabía, pero, esta era la oportunidad que el necesitaba, lo que paso una vez seguramente pasaría de nuevo, solo que la siguiente vez que la Sedienta buscase alguno de los antiguos tesoros de los dioses que se había comido, sería su ojo lo que ella sacase.

En esta ocasión no paso mucho, a lo sumo unos cuantos milenios, antes de que la mano inquieta de la Sedienta regresase a buscar una reliquia sagrada.

Hoeth ofreció su ojo, pero nunca se separó de él, se aferró a su artefacto sagrado, con una voluntad que solo puede tener, aquel que sabe y comprende perfectamente lo que pasara si fracasa.

La Sedienta lo sacudió con desprecio, tratando de arrebatarle su mayor tesoro, como si el no fuese más que una basura sin valor pegada a una valiosa gema. Mientras Hoeth se aferró con todas sus fuerzas, con toda la voluntad y locura que le quedaba.

La Sedienta no parecía estar interesada en el dios, por lo que, tras unos pocos intentos fallidos en arrebatarle el artefacto, la Sedienta simplemente cedió. La mano de la Sedienta se apretó sobre el dios del conocimiento, y luego rompió su alma como quien rompe una hoja mojada, pero ni así Hoeth libero su precioso artefacto.

La Sedienta suspiro, y fue en ese momento donde Hoeth se dio cuenta que para la Sedienta, él y todos los demás dioses que había devorado, no significaban nada, menos que nada. La Sedienta ni siquiera les dedicaba un pensamiento pasajero a los dioses que guiaron a su gente, a los que ella adoro por millones de años, para ese monstruo que se había devorado un panteón entero de dioses, él, quien en su momento fue su maestro, su señor, su amigo, actualmente no era ni siquiera era un recuerdo ya olvidado.

La mano de la Sedienta se cerró, y todos los fragmentos del alma de Hoeth fueron fundidos torpemente en la superficie de su mayor creación.

Hoeth había logrado escapar, pero ahora estaba atado al ojo que había creado. Estaba bien, esto era un revés, pero no era uno que no pudiese superar, era libre, no le sería difícil manipular a cualquier criatura de la disformidad, que la Sedienta planease regalarle esta invaluable reliquia.

El dios ya se estaba imaginando los diversos escenarios donde podría encontrarse, los más beneficiosos eran si la Sedienta lo regalaba a uno de esas horribles creaciones disformes que los cuatro a menudo llamaban: sus "hijos".

Sería complicado, pero no imposible manipular a una de estas creaciones disformes, a menudo estos seres carecían de cualquier cosa que pudiese pasar por lealtad, así que mientras Hoeth le inspirase una falsa seguridad, el ser no tendría reparos en traicionar a su creador por más poder.

Grande fue su sorpresa, mayor aun su desconcierto al darse cuenta que la Sedienta estaba ofreciendo su ojo a un mero mon keigh, la indignación que sintió al darse cuenta que esas miserables criaturas aun existían no conocía límites.

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Roboute Guilliman era dolorosamente consiente que la única arma efectiva contra la idolatría, la ignorancia, y la superstición, que consumían a este "Imperio" no era otra que el conocimiento. Por esa razón había pactado con uno de los cuatro poderes ruinosos, él debía obtener respuestas, incluso si estas le costaban su alma.

Roboute Guilliman observo el dichoso objeto por el cual había hipotecado su alma, se sintió un poco decepcionado de su apariencia, aun cuando el poder que podía sentir escapar de este objeto, era algo que solo podía comparar a lo que sintió cuando enfrento a su hermano Mostarion en las Guerras de la Plaga.

El XIII hijo del emperador sonrió con tristeza, su alma ya estaba perdida, pero el alma de la humanidad aun podía salvarse, ¿y quién era él, para creer que su alma valía más que cualquiera de los millones que ya habían sacrificado?

Junto sus manos sobre el artefacto, y no por primera vez, deseo poseer una millonésima parte de los dones que algunos de sus hermanos más favorecidos tenían. Esta tarea seria sencilla para alguien como Magnus, si no hubiese sido tan idiota, tan lleno de sí mismo.

Eso no importaba, nada importaba, él debía encontrar las respuestas, el conocimiento que salvaría a la humanidad, por su cuenta. Y este maldito artefacto xeno le ayudaría con esa tarea.

Cerro los ojos, tratando de enviar su conciencia, su alma, al artefacto. Tarea muy fácil para aquellos que tenían el don. Lamentablemente él nunca fue uno de los favorecidos, aunque talvez eso fue lo que le salvo de la mirada de los cuatro. De ser así, talvez debería agradecer su falta de talento.

Sonrió, y por unos segundos, ya no se sentía como si sostuviese el peso del mundo sobre sus hombros. De hecho, se sentía extrañamente ligero.

Abrió sus ojos, para darse cuenta, que no se encontraba donde se supone que debía estar, en su lugar estaba, dentro de una antigua biblioteca, una muy, pero muy antigua, sus paredes eran de piedra, y los pasillos se extendían más allá de donde su vista mejorada podía llegar.

¿Había triunfado? ¿Había logrado enviar su conciencia a ojo?

Parecía posible, aunque le sorprendió lo fácil que resulto ingresar a este lugar. Según las antiguas escrituras xeno que había leído, solo aquellos que eran bendecidos por el propio Hoeth, podrían alguna vez pisar este lugar.

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Hoeth estaba indignado, había querido negarle la entrada a su bibiotecla privada, a ese maldito mon keigh, pero no había podido hacerlo, había algo en este mon keigh, que le recordaba vagamente a las creaciones de los ancestrales.

No podía identificar qué, pero algo en este mon keigh, parecía estar relacionado a sus creadores.

¿Acaso algunos de los ancestrales habían sobrevivido?

¿Este mon keigh era otra de sus creaciones?

Varias preguntas fueron formuladas, pero sin ninguna forma de obtener respuesta alguna. La especulación estaba condenada al fracaso.

No, eso era mentira, había algo más, Hoeth podía sentirlo, algo en la esencia de este mon keigh, le era vagamente familiar ¿Dónde había sentido ese poder, esa presencia? Era una llama antigua y poderosa, que daba forma a todo con lo que se topase. Por unos segundos pensó en el herrero Vaul, pero tuvo que reformular esa hipótesis rápidamente, la llama que brillaba dentro de ese mon keigh no era tan pacifica como la de Vaul, pues debajo de ese exterior calmado, había furia, había rabia, había un odio tan profundo que no se calmaría incluso cuando la última forma de vida de la galaxia desapareciese, todo eso envuelto en una voluntad tan pura que le dolía mirar directamente.

¿Quién era este mon keigh? Y ¿Qué relación tenía con la sedienta? Eran las preguntas más importantes en este momento.

Bueno, primero lo primero, levanto las defensas mentales de su hogar. No se le podía permitir a ese mon keigh, recorrer tranquilamente los pasillos de su biblioteca. El proceso fue agonizantemente lento y doloroso, los fragmentos de su alma habían sido fundidos de forma aleatoria alrededor de su artefacto, y varias partes de su alma, simplemente se negaban a trabajar como un todo.

Por unos segundos que parecieron ser milenios, el dios del conocimiento no pudo evitar preguntarse si así era como se sentía Kaela Mensha Khaine, con su esencia dividida en millones de fragmentos, fragmentos que luego fueron lanzados a los siempre cambiantes vientos de la disformidad. ¡No! eso no importaba, nada de eso importaba, él tenía que levantar sus defensas, no podía permitir que su conocimiento cayese en las codiciosas manos de los mon keigh, incluso si eso significaba que tenía que destruirlo con sus propias manos.

Los corredores de su biblioteca se cerraron, uno por uno, asegurándose que el mon keigh no pudiese tener acceso a aquellos que contenían secretos que pudiese ser peligrosos para él, o para los hijos de Isha. Aun así, Hoeth comprendía que no estaba en condiciones de enfrentarse a ese mon keigh, no ahora, no todavía, así que dejo varios pasillos abiertos, en ellos no existía nada que Horth considerase peligroso, esta sería una distracción mientras él reconstruía su poder.

Hoeth comenzó a unir las dispersas partes de su esencia, de su "alma" como la conocían los mon keigh, fue un trabajo difícil, mas considerando que ahora se encontraba en el Materium. En este reino, él no poseía tanto poder, ni tenía acceso a todos los recursos que necesitaba, aun así, el Materium era mucho más seguro que el Inmaterium, en especial tras el nacimiento de la que no debe ser nombrada.

El tiempo paso, de forma lenta pero constante, tanto tiempo había pasado para Hoeth, que se sentía abrumado, las preguntas lo consumían, y lo distraían de lo que realmente importaba, él debía reunirse con los hijos de Isha, debía preparar el contrataque, debía preñarlos, para realizar el sacrificio necesario para rescatar a sus hermanos.

Pero más que nada, necesitaba saber, la situación actual de la galaxia, y este mon keigh debería saber, al menos una parte. si los hijos de Isha aun existían, seguramente este extraño espécimen debería saber algo.

Detrás de las defensas de su biblioteca, Hoeth preparo su ataque, el dios sabía que estaba debilitado, que atrás habían quedado sus mejores días, pero no se imaginó ni por un segundo que este patético mon keigh tuviese lo necesario para repeler su ataque.

Puede que este mon keigh fuese un poco más que sus semejantes por la influencia de algún artefacto perteneciente a sus creadores, pero nada más. La basura, era basura.

Hoeth, dios del conocimiento y el saber, maestro de la torre blanca. Reunio su energía, hasta que esta llego a su límite, y en una erupción de poder, la lanzo contra el molesto invitado de su biblioteca.

El ataque era poder puro, un ataque cuyo propósito era romper la voluntad, mas no destruir su mente, Hoeth necesitaba los recuerdos del mon keigh, así que limito su ataque, ataría la voluntad de su enemigo, y lo obligaría a servir a un propósito más grande, mas importante.

Excepto que nada de eso paso. El ataque que contenía la mayor parte de la energía de Hoeth se estrelló con las defensas mentales del mon keigh, con tanta fuerza, que el propio dios del conocimiento apretó sus dientes en un esfuerzo para no gritar de dolor.

Las defensas mentales de su oponente resultaron ser impresionantes, talvez al mismo nivel que el propio Asuryan, todo su poder reunido en un único ataque, y solo había podido rasgas un nombre de las defensas mentales.

"Solar Macharius" Ni siquiera sabía si este era el nombre de su oponente o simplemente era un nombre al azar que había estado rondando la conciencia de su oponente por pura casualidad.

En todo caso debía prepararse, el mon keigh seguramente lanzaría su propio ataque pronto. Así que preparo sus defensas y espero, espero, y siguió esperando, pero nada. El mon keigh parecía estar demasiado ocupado intentando comprender los secretos que tenía delante, que en responderle.

Eso fue deprimente ¿Acaso su ataque fue tan insignificante, que su oponente no lo tomo en cuenta?

La ira comenzó a consumir la conciencia de Hoeth, mientras millones de años de tortura afloraban en su conciencia, deseaba…debía destruir a este mandito mon keigh, debía humillarlo, debía enseñarle cual grande es su pecado, debía castigarlo, debía matarlo, torturarlo, usarlo, manipularlo, engañarlo.

Lentamente sus sentimientos superaron su control. Y el dios se dispuso a desafiar nuevamente al mon keigh, pero en esta ocasión lo haría en campo abierto, él le iba a demostrar todo su poder.

A todo esto ¿Qué era lo que mantenía tan ocupado al maldito mon keigh?

Hoeth deslizo su conciencia, tratando de ver lo que su invitado no invitado estaba viendo.

La sección donde el mon keigh se encontraba era una sección antigua, tan antigua, que el propio Hoeth no recordaba bien que había allí.

Pensó.

Pensó.

Pensó.

En esa zona debería haber registros, registros de la guerra en el cielo, talvez algo más, pero seguramente eran registros muy antiguos, tanto que el propio dios no había considerado necesario resguardarlos ¿Y para qué? Esa guerra había ocurrido ya hace demasiado tiempo, y las tecnologías usadas en esa época era imposible replicarlas, incluso para alguien como él.

¿Por qué ese mon keigh estaba tan interesado en esos registros? ¿Se había perdido en la grandeza y los horrores del pasado? Era posible el propio Kurnous se había perdido en más de una ocasión en sus memorias, ni que decir de la débil Lileath, quien hasta su último aliento, busco una forma de revivir la era dorada en la que los ancestrales caminaban por el Materium y el Inmaterium por igual.

No esto no era algo tan simple, la forma en la que ese mon keigh caminaba, escogiendo los recuerdos que quería ver. Esa no era la forma de actuar de alguien que está perdido, ese mon keigh sabía lo que estaba buscando. ¿Qué estaba buscando?

Lentamente la curiosidad se impuso sobre todas sus demás emociones. Él debía saber.

Reunió energía, y se preparó mentalmente para lanzar un nuevo ataque. En esta ocasión no sería tan confiado, no, no volvería a cometer el mismo error.

En esta ocasión únicamente buscaría información, toda la información posible.

La energía llego a su punto máximo, y entonces ataco.

Las defensas mentales del mon keigh seguían siendo formidables. ¿Qué tipos de horrores había tenido que soportar este mon keigh para que semejantes defensas fuesen creadas? Por unos segundos Hoeth sintió miedo. En los muros que protegían los pensamientos del mon keigh pudo ver la marca del cambiador de caminos, de la que no debe ser nombrada, incluso del eterno podrido. Ninguno de esos inmensos poderes parecía haber logrado abrirse paso, por lo que un ataque directo no serviría.

Recorrió esos inmensos muros a la velocidad del pensamiento, buscando una debilidad.

Encontró perdida, encontró dolor, sufrimiento, pero todo estaba tan minuciosamente organizado, ningún pensamiento fuera de lugar, quien quiera que sea ese mon keigh, tenía una tendencia al orden, que superaba cualquier cosa que él hubiese visto antes. Y debía tenerla, después de todo, los cuatro parecían haber intentado romper su voluntad en algún momento.

Hoeth sintió más curiosidad, este mon keigh claramente no había vendido su alma a la sedienta, entonces ¿Por qué la sedienta le había regalado su ojo?

Entonces, una debilidad. Abajo, muy abajo en los muros. Un recuerdo que todavía dolía y sangraba, una herida que nunca pudo cicatrizar ni ser curada.

No era mucho, pero algo era mejor que nada. Concentro su fuerza, y ataco con todo lo que tenía.

"Llora, llora hasta que no puedas llorar más, hijo. Y una vez que lo hagas, continuaremos haciendo lo que mejor sabemos hacer: seguir adelante, hasta que otros lo hagan por nosotros, mientras pasan junto a nuestros cadáveres"

Ridículo, esto era incluso menos de lo que había calculado. Un recuerdo, un único pensamiento, no era más que una línea perdida, ni siquiera había información adicional. Y aun así ese único ataque sacudió las defensas mentales del mon keigh hasta su mismísimo núcleo.

Esos inmensos muros seguían siendo infranqueables, pero estaba claro que ahora tenía toda la atención del mon keigh.

La voluntad del mon keigh se derramo sobre su cabeza, y por poco lo aplasta. Tuvo que retroceder, o arriesgarse a ser devorado. Fue entonces que se dio cuenta de la verdad. Este mon keigh no sabía cómo atacar, los secretos de la disformidad le eran totalmente ajenos.

Su defensa era fuerte, porque su voluntad lo era, pero si él se alejaba lo suficiente, el mon keigh caricia de los medios para realizar cualquier contrataque efectivo.

Hoeth se rio al darse cuenta de la situación en la que se encontraba, él no tenía el poder para doblegar la voluntad de su intruso, pero su intruso también carecía de los medios para enfrentarlo. Ambos estaban atrapados en un punto muerto.

¿Debía negociar? No quería tener nada que ver con un mon keigh, pero podía ofrecerle suficientes migajas al mon keigh como para que este aceptase servirle por un rato.

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Guilliman camino lentamente, podía sentir una presencia en la oscuridad de los pasillos, pero la ignoro, su búsqueda era demasiado importante como para retrasarla, y el tiempo escaseaba.

No le fue muy difícil llegar a la sección que él deseaba, era como si los pasillos de la biblioteca se moviesen conforme a sus deseos. Lo cual era muy raro, pero nuevamente, no tenía tiempo para considerarlo.

Los registros que encontró de la guerra en el cielo, fueron increíblemente extensos, y detallados, a Roboute le hubiese gustado tener el tiempo para examinarlos a detalle, lamentablemente con la guerra golpeando su puerta. El 13 hijo del emperador, solo disponía de unas pocas horas para obtener la información que deseaba.

Fue en ese momento que algo lo ataco, no fue un ataque muy fuerte, fue más como si alguien se lanzase contra él, tratándolo de aplastarlo usando su masa, pero sin comprender que el primarca era mucho más grande desde un principio.

El ataque fue algo un poco doloroso, pero no le tomo importancia, ya había comenzado a examinar los datos, y rápidamente comenzaba a llegar a la peor conclusión posible.

Se olvidó del ataque, y nuevamente se concentró en la información que tenía delante, usando cada uno de los dones que le había dado su padre para poder asimilar y examinar la mayor cantidad de información en el menor tiempo posible.

Sus descubrimientos fueron desesperanzadores, obviamente había mucha más información de la que él podía examinar en solo unas horas, pero ya había llegado a la dolorosa conclusión de que sus esfuerzos no serían fructíferos.

Por unos segundos el Primarca quiso gritar, maldecir a todos y a todo lo que le rodeaba. No se atrevió. Él era el señor de Ultrmar, y como tal, no podía mostrar algo que no sea fortaleza, en especial con la guerra golpeando sus puertas.

Fue en ese momento que la presencia que permanecía oculta en las profundidades de esta biblioteca lo ataco de nuevo, en esta ocasión su ataque fue más intenso y concentrado. Por unos segundos el 13vo pudo comparar el dolor que sentía, como lo que sintió al enfrentar a su hermano Magnus en la superficie de la destruida luna.

El Primarca reunió su voluntad, y trato de expulsar a su atacante. Su atacante retrocedió rápidamente, pero su presencia no desapareció. Seguía asechando entre las sombras.

Nuevamente Guilliman maldijo a su padre, por no darle los dones necesarios para eliminar a su atacante. Era una queja vacía, él lo sabía, pero tener a alguien a la que podía maldecir por sus propias falencias era relajante. Supuso esa era la razón por la cual sus hermanos caídos lo hacían tanto.

La presencia no desapareció, ocultándose justo en el borde de su percepción, asechándolo, esperando una oportunidad para volver a atacarlo.

Roboute no tenía una forma de atacarlo, así que tuvo que conformarse con levantar sus defensas mentales, mientras nuevamente se concentraba en su cada vez más desesperada tarea.

-¿Qué es lo que buscas en esta sección? No importa lo que creas, las glorias y los horrores de la guerra en el cielo son imposibles de replicar, mon keigh.

Esa voz que Roboute podía escuchar en su cabeza, era la voz de Hoeth, el dios Eldar de la sabiduría, el Primarca no estaba seguro de como sabia eso, pero lo sabía.

-Supongo tu eres Hoeth.

-Supones bien. AHORA, regresando a mi pregunta ¿Qué buscas?

-La verdad. -Respondió el Primarca.

-Mentiras, tu especie nunca ha buscado la verdad, de hecho, creo que ustedes siempre han huido de ella.

Robuete rodo los ojos, antes de regresar a los archivos frente a él.

El antiguo dios Eldar volvió a hablar un par de veces más, burlándose de Guilliman o remarcando los defectos que la raza humana tenia. Al Primarca no le importo, toda su concentración estaba en los registros.

Finalmente, Roboute Guilliman se vio forzado a aceptar la verdad. Aun podía escuchar la voz del dios, desafiante y orgullosa, pero oculta tras hechizos y protecciones. El Primarca tendría que tratar con ese paracito en su momento, pero por ahora, se contentaba con regresar a su cuerpo, y dormir un poco. Mañana sería un día muy ajetreado.

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Hoeth estaba furioso, el maldito mon keigh, no dejaba de entrar y salir de su reino a voluntad. Por más que él, el dios del conocimiento, se esforzaba por expulsar definitivamente a ese maldito ser de su reino, le era simplemente imposible.

Talvez era cuestión de poder, aunque poseía casi todos los fragmentos de su esencia, ya que la Sedienta los había fundido en su ojo, no todos estos fragmentos le respondían, de hecho, varios de estos fragmentos parecían ser peligrosamente independientes.

Afortunadamente el mon keigh parecía ocupado buscando "algo" en los registros de la guerra del cielo. ¿Qué? Seguía siendo la pregunta, pero sus búsquedas se estaban volviendo más y más desesperadas.

En más de una ocasión trato de entablar una conversación civilizada, pero el maldito mon keigh simplemente lo ignoraba.

Arto del punto muerto que parecía haberse formado, Hoeth comenzó a lanzar ataques aleatorios a la conciencia del insufrible mon keigh. Lamentablemente para el dios, esas defensas mentales seguían siendo tan infranqueables, como lo fueron en un inicio. Aun así, había logrado sacar pequeños trozos de información de sus incesantes ataques.

El mon keigh se llamaba a si mismo Roboute Guilliman.

Era un primarca.

Además de ser el 13vo hijo de una entidad conocida como el emperador de la humanidad.

¿Qué era un primarca? ¿Quién era el emperador de la humanidad? No lo sabía, y por cómo iban las cosas, no iba a averiguarlo pronto.

Por fortuna ya había logrado sellar los pasillos más peligrosos de su biblioteca, así que se podía decir que este "primarca" estaba aislado en una sección relativamente inofensiva de su reino. O al menos eso creía. La sensación de que ese maldito mon keigh podría romper sus defensas si realmente lo intentaba, no le abandonaba.

Ese maldito mon keigh podría ser totalmente ajeno a los misterios de la mente, además de no poseer el más mínimo talento en cuanto al control de la disformidad, pero poseía una mente fuerte, la cual estaba bien enfocada, con algo de tiempo y el correcto entrenamiento, podría llegar a ser extremadamente peligroso.

Este mon keigh era peligroso, debía ser eliminado, pero actualmente no tenía los medios para tratar con él, ni en el futuro previsible, por eso debía planear con cuidado su próximo movimiento, además por alguna razón, una que no podía identificar, comenzaba a preocuparle la desesperada búsqueda que estaba protagonizando. ¿Qué buscaba con tanta desesperación, en una época anterior al nacimiento de su sistema solar?

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Guilliman quería renunciar, ya no sentía esperanza en su tarea, las posibilidades de encontrar lo que tanto buscaba eran nulas en este punto. De hecho, aferrarse a la esperanza de encontrar algún indicio en los archivos que quedaban, era un ejercicio que comenzaba a lastimarlo mentalmente.

Pronto debería renunciar a esta búsqueda, y concentrarse en otros posibles usos a los conocimientos aprendidos.

La mayoría de las armas empleadas por los Eldars en la guerra en el cielo eran imposibles de replicar, pero había algunas tácticas, que Roboute sentía que podía usar, no, no era él quien sentía eso, era el martillo que sostenía, quien de alguna forma le transmitía la seguridad de que podría hacerlo, si se lo proponía.

No, eso no era todo, por mucho que el Primarca quisiese ignorarlo, las voces que en un principio solo lo seguían mientras se movía por el inmaterium, habían logrado alcanzarlo en este plano.

Comenzó como susurros, pequeñas sombras que se movían justo en el borde de sus ojos, pero conforme su búsqueda avanzaba, esta presencia, ya era casi sólida, no solo eso, su voz ya era totalmente reconocible.

-Ten fe, has de cultivar tu cuerpo y mente, antes de retar a tus oponentes.

La voz parecía estarle guiando, no, eso era falso, la voz parecía haberlo estado guiando desde hace mucho tiempo, pero solo era hasta este momento, que él realmente se daba cuenta, y eso le molestaba.

Guilliman sabía que no tenía el talento o la actitud necesaria para aprender los secretos de la disformidad, y eso nunca la importo, pero conforme su mente profundizaba en la verdad que se ocultaba, todo lo que él creía conocer, comenzaba a ser tan irreal como los demonios.

Era como si la propia disformidad comenzase a reclamarlo. No solo eso, a ratos sentía como si manos invisibles jalasen su cordura, y, aun así, era su voluntad lo que le permitía continuar, ignorando lo que sea que le asechaba, y seguir adelante. Pero ¿Cuánto tiempo duraría?

Talvez era hora de comenzar a trabajar en su plan de respaldo, al menos mientras pudiese controlar su mente.

Roboute Guilliman se rio de mala gana.

Comenzaba a entender las razones que tuvo su padre para ocultarles la verdadera naturaleza del inmaterium. No por eso lo odiaba menos, pero, comenzaba a entenderlo.

Roboute Guilliman cerro sus ojos, y cuando los abrió, se encontraba en su oficina. Los últimos informes sobre la situación en las fronteras estaban allí detallados. Pero en este momento, no podía importarle menos. Necesitaba descansar.

Saco la cabeza por la ventana, esperando poder respirar algo que no fuese el oxígeno reciclado de la fortaleza de era, pero en su lugar se encontró con algo divertido.

Un grupo de humanos, seguramente fanáticos religiosos, que habían quedado atrapados en su reino, estaban escalando los muros interiores con pancartas y demás chucherías.

Podría detenerlos, podría avisar a los guardias, pero, prefirió ver que era lo que tramaban.

-Alabado sea El Emperador de la Humanidad. –Comenzó su sermón, quien sin dudas era el más viejo del grupo. –Quien bendice los planetas que son habitados por la humanidad, dándole la chispa de la vida.

Guilliman estaba muy lejos del grupo de fanáticos, y solo era por los dones que el Emperador le otorgó que podía escucharlos sin necesidad de maquinara especifica.

-Su voluntad brilla como las estrellas, sin él estaríamos condenados a la perdición, como cientos de imperios xenos anteriores a nosotros experimentaron.

-Pero hay algo que podría causar su perdición. Algo que nos destruirá, si no actuamos con convicción este día.

-Les estoy hablando del señor de Ultramar, el hijo que traiciono a su padre…

Roboute Guilliman suspiro, ya no queriendo seguir escuchando el sermón de los creyentes.

Era curioso lo mucho que la historia de la herejía había sido modificada. No solo en esta línea de tiempo, si no en la suya propia. Era como si la humanidad estuviese huyendo de la verdad.

La herejía en ambas líneas de tiempo fue una devastación, provocada por hermanos enemistados, todos reclamando un fragmento del reino que habían ayudado a construir.

En su línea de tiempo fue Horus el primero en caer, luego la mitad de sus hermanos le siguieron en esa locura, cruel y encarnizada.

En esta línea de tiempo fue Dorm, pero la verdad era que además de los nombres, poco había cambiado. La herejía fue la guerra más infernal que enfrento la humanidad desde la larga noche.

La prueba definitiva de que aquellos que anhelan el mayor poder que exista, ni con eso se sacian.

Y ahora, este imperio, era un chiste con poca gracia.

Guilliman cerro la ventana, ya había enviado un informe a los guardias, dentro de poco tiempo estos insurgentes serian capturados.

Se derrumbó sobre su escritorio, pero no pudo calmarse, frente a él, un fantasma se materializo.

-Ten fe, has de cultivar tu cuerpo y mente, antes de ser capaz de hacerles frente a tus oponentes.

Roboute trago saliva, estas alucinaciones, eran cada vez más sólidas, incluso comenzaban a manifestarse en el Materium.

El hijo del emperador ignoro al fantasma, a menudo eso hacía que estas apariciones se fuesen. Pero este fantasma parecía tener algo más que decir.

-Si planeas ganar la guerra que has comenzado, has de demostrarle a la humanidad que eres diferente.

-No hables lo que no sabes. –Roboute se maldijo, había respondido a la provocación de una ilusión.

El fantasma por su parte parecía contento, movió lo que podía pasar por cabeza, y se paró frente al Primarca.

-Tu que jamás temiste a la muerte, porque esta te acompaña desde siempre. Debes reclamar tu título, y alzarte como el señor de la humanidad.

Patrañas. Lo dijo, lo pensó, lo susurro, lo gravo en lo profundo de su corazón.

Él no podía hacer eso, la humanidad solo tenía un maestro, y él definitivamente no lo era.

Aun así, el pensamiento, no pudo ser expulsado.

Convertirse en el señor de la humanidad, la mera idea acaricio su ego por un tiempo, hasta que el Primarca por fin pudo expulsar la idea.

Ser el señor de la Humanidad, no era un sueño agradable. Era veneno.

Y fue ese mismo veneno, el que consumió a sus hermanos caídos. Él no podía permitirse esa misma debilidad.

Guilliman abrió los ojos, ni siquiera se dio cuenta cuando los cerro.

¿Esto había sido un ataque de algún demonio? ¿De alguno de los cuatro? No, esto se sentía diferente, no había esa mancha de podredumbre y corrupción que llevaban consigo los sirvientes del caos.

Esto era diferente, una idea nacida de ninguna parte, que por poco lo hizo dudar de su razón de ser, de su propósito.

Debía tener cuidado.

Pero sus pensamientos quedaron en el aire, cuando un mensajero llego apresuradamente a su oficina.

-Mi señor, están aquí, la guerra por Ultramar ha comenzado.