Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla está historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.

Heredera de la Voluntad de Fuego

XXXIV

Base de la Insurgencia

El auditorio esta lleno. Sakura se quedó atónita cuando vio que casi todas las personas mínimamente relevantes de Kumo, Iwa y Suna estaban presentes, incluyendo los Kages.

La mayoría de los altos cargos militares estaban sentados a una larga mesa. Para los shinobis de menor graduación, Sakura entre ellos, habían dispuesto unas hileras de duras sillas contra la pared.

Nerviosa por lo que estaba a punto de ocurrir, echó un vistazo por encima del hombro de Ino para analizar el mapa que un edecán le había hecho entrega minutos atrás. Los lideres de Kumogakure, Iwagakure y Sunagakure se reunían de cuando en cuando para discutir el curso de la guerra, tomar decisiones y generar planes de ataque. Los Uchihas desconocían de la participación de Raikage y su papel como dobles espías, por lo que, el hombre pocas veces hacia acto de presencia, el solo hecho de verlo ahí, rodeado por sus hombres de confianza le decía a Sakura que algo realmente importante estaba a punto de ocurrir.

—Sakura—la llamó Shikamaru al situarse frente a ella—. Kakashi quiere que formes parte del grupo principal—anunció.

Ella frunció el ceño, confundida.

—¿Yo?

Shikamaru asintió.

—Los aliados quieren hacerte un par de preguntas. Además, eres la única que puede proporcionarles mayor información sobre los Uchiha—dijo.

Sakura tragó grueso.

No era la primera vez que acudía a ese tipo de asambleas, en el pasado había asistido como asistente de su maestra, pero su participación se limitaba a entregar memorándums y asegurarse que todo estuviera bajo control. Ahora su papel era diferente. Los aliados estaban interesados en ella no por su poder como Kunoichi, sino por lo que había presenciado en los últimos tres años que estuvo en cautiverio, bajo el yugo de sus enemigos.

Lejos de rechistar, se levantó de su asiento y siguió a Shikamaru hasta la mesa principal. Con un gesto, le indicó que se situara a lado izquierdo del General, justo en la cabecera de la mesa.

Sus orbes viajaron por los rostros de los asistentes hasta centrarse en los más distinguidos: primero, el imponente Raikage y su comitiva, cuyos miembros mantenían una postura marcial, siempre aleta, con los ojos fulgurantes. La Mizukage, Mei Terumi, irradiaba elegancia y peligro, como una flor venenosa. Finalmente, Gaara, acompañado de sus hermanos, Temari y Kankuro. Sus rostros eran una máscara de calma, pero sus miradas proyectaban curiosidad y precaución.

Con un simple carraspeo, Kakashi se las arregló para atraer la atención de los convocados y obligarles a guardar silencio.

—Les agradezco a todos por venir y me disculpo por la reunión tan repentina—vociferó, intercalando la mirada entre sus invitados.

Mei Terumi se cruzó de brazos y esbozó una sonrisa coqueta.

—Será mejor que tengas algo bueno, Hatake. De lo contrario, me encargare de completar el trabajo que los Uchiha han intentado cumplir desde hace más de una década.

El Raikage soltó una sonrisa grave, sacudiendo ligeramente la cabeza.

—Veo que no has perdido tu toque de humor negro, Mei.

Al otro lado de la mesa, el Kazekage dejó escapar un suspiro cansino y, sin miedo de imponer orden, se encargó de recordarles el motivo de su presencia.

—Por favor, concentrémonos en el asunto en cuestión—dijo, levantando una mano pálida en señal de mediación.

Kakashi asintió.

En su asiento, Sakura estrujó la tela de sus pantalones, evitando clavarse las uñas en las palmas de sus manos o cualquier otra extensión de piel. Estaba nerviosa, demasiado ansiosa para concentrarse en un solo punto.

—Desde hace una semana, tenemos a Uchiha Itachi bajo resguardo—dijo Kakashi, forzándose en hablar nada más de lo que era necesario.

El silencio que siguió fue denso, casi tangible. Todos los presentes se quedaron inmóviles, como si el tiempo se hubiera detenido. Sakura notó el cambio en las expresiones de cada líder: el Raikage frunció el ceño, Mei Terumi entrecerró los ojos con desconfianza, y Gaara mantuvo su habitual calma, pero una leve arruga apareció en su frente.

La presencia de Itachi Uchiha era un vivo recordatorio de antiguas heridas y traiciones, provocando el desagrado de muchos en la sala por varias razones. La más importante de todas era su parentesco con Fugaku, el enemigo implacable contra el que todos luchaban arduamente, lo que lo convertía en un símbolo y una extensión de su opresión. Además, su pasado con los Uchiha, marcado por oscuros secretos y lealtades cuestionables, sembraba dudas sobre sus verdaderas intenciones. Para muchos, Itachi no era solo un hombre, sino un criminal de guerra, responsable de actos atroces que habían dejado heridas imborrables en el corazón de la Insurgencia y sus Aliados. El Raikage, en particular, lo odiaba con una intensidad singular, un odio forjado en el dolor personal, pues Itachi había asesinado a su hermano en una batalla devastadora.

—¿Qué significa esto, Kakashi?—preguntó Mei—. ¿Por qué no se nos informó antes?

El General respiró hondo, su mirada recorriendo a cada uno de los líderes.

—Fue una decisión difícil. Hemos estado recopilando información crucial de él, y era imperativo mantenerlo en secreto para evitar filtraciones.

El Raikage se inclinó hacia adelante, sus músculos tensos.

—¿Qué clase de información? ¿Y por qué deberíamos confiar en lo que dice Itachi Uchiha?

—Información sobre una amenaza que podría poner en peligro a todas nuestras aldeas. Una amenaza que supera cualquier conflicto que hayamos enfrentado antes—dijo Kakashi, frunciendo el ceño.

Gaara entrecerró los ojos antes de preguntar.

—¿Nunca dejaron de contar con su colaboración entonces?

Kakashi suspiró, un gesto apenas perceptible.

—Para ser honesto, no lo sé. Quien nos informó de su escape fue su hermano menor, Sasuke. Me temo que si Uchiha Itachi está aquí fuera, es por algo importante.

La Mizukage entrelazo los dedos, sus uñas impecablemente cuidadas reflejando la luz mientras lanzaba una mirada afilada a Kakashi.

—En ese caso, ahora tenemos a los dos hijos de Fugaku actuando en su contra. ¿Acaso quieren hacerse con el poder?

El comentario de Mei resonó en la sala, una acusación velada que hizo que algunos de los presentes intercambiaran miradas preocupadas. La interpretación de la Mizukage era errada hasta cierto punto. Sakura, sintiendo la creciente tensión y con el peso de la verdad en sus palabras, se adelantó a responder.

—Solo uno.

Todos se volvieron hacia ella. La mirada de los ahí presentes cayó sobre ella y se sintió como volver a los días de juicios interminables. La bilis le subió por la garganta en señal de asco, y con pesar, continuó diciendo:

—Sasuke no ha accedido a formar parte de la Insurgencia.

Una vez más, el mutismo instaló su reino entre las paredes del auditorio. Los aliados asimilaron la información con diferentes grados de sorpresa y preocupación.

Mei Terumi miró a Sakura y sonrió, sus labios curvándose en una expresión casi amistosa.

—Es bueno verte de nuevo, Sakura, ahora bajo mejores circunstancias.

Sakura asintió.

—Igualmente, Mizukage.

El Raikage, con expresión severa, preguntó con voz grave.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

Sakura volvió a tragar grueso y, sin temor, se enfrentó a la intensidad del hombre sin miedo a las represalias, haciendo caso omiso a los susurros que se levantaban a sus espaldas, señalando lo impertinente que era al dirigirse así al máximo líder de Kumogakure.

—Ha dejado en claro su postura en más de una ocasión. Al parecer, Sasuke quiere acabar con su padre por su propia cuenta—infirió ella luego de unos segundos de meditación.

—Creo que es tiempo de dejar de ser cautelosos. La mayoría de los comandantes de Fugaku están muertos—señaló el Raikage.

Kakashi negó con la cabeza.

—No puedo arriesgar a mis hombres de esa manera. Cada vida cuenta, y no podemos permitirnos errores.

—El hecho de llevar inmersos más de una década en la guerra ya es suficientemente arriesgado para todos nosotros—intervino Gaara.

Kakashi tragó grueso, su expresión se endureció un poco antes de hablar.

—No los convoqué para hablar sobre tácticas militares—dijo con firmeza—. Estamos aquí para resolver la situación de Itachi.

El Raikage frunció el ceño, su voz resonó con desaprobación.

—Es un criminal.

—También es una fuente de información valiosa. Después de todo, Itachi formó parte de los ANBU durante el gobierno de Sarutobi y era un hombre cercano a Fugaku. No podemos desaprovechar esa oportunidad solo por orgullo—dijo Shikamaru con voz plana.

El Raikage golpeó la mesa con la palma abierta, sus ojos brillando con furia.

—No se trata de orgullo, sino de decencia. Uchiha Itachi también fue el artífice de diversas campañas militares que acabaron con la vida de miles de soldados y civiles.

Mei Terumi observó a los presentes, sus ojos evaluando cada reacción.

—El muchacho tiene un punto—dijo la Mizukage—. Itachi posee información que podría ser crucial para nosotros. Pero también entiendo la postura del Raikage. Necesitamos un enfoque que equilibre ambos aspectos.

—Mi respuesta es clara. No creo que deberíamos perdonarlo—replicó el Raikage sin ceder un ápice.

Los murmullos se alzaron entre ellos, una cacofonía de opiniones encontradas.

La Mizukage se cruzó de brazos, y miró a Kakashi antes de hablar.

—Tal vez podamos exprimirle algo de información antes de juzgarlo y condenarlo a muerte—agregó, siempre astuta y pragmática. Giró su atención hacia Gaara, sus ojos penetrantes buscando una respuesta—. ¿Qué opina al respecto, Kazekage?

Gaara suspiró, cerrando los ojos un momento mientras meditaba. La sala esperó en un silencio expectante. Finalmente, abrió los ojos.

—Creo que deberíamos darle una oportunidad.

Los susurros se transformaron en un murmullo más controlado. Shikamaru aprovechó el momento para intervenir y tomar el control de la situación con su habitual pragmatismo.

—Bien, en ese caso, lo someteremos a votación. Quienes estén a favor de brindarle el perdón a Uchiha Itachi, levanten la mano.

Sin vacilar, la comitiva de Iwagakure levantó la mano, seguida por la de Suna. Kakashi también alzó la mano, con firmeza, demostrando su convicción en la decisión.

Shikamaru observó las manos levantadas y asintió.

—Es mayoría.

El Raikage se levantó de su asiento, su imponente figura proyectando una sombra larga en la sala.

—Si hacen eso, Kumogakure buscará juzgarlo por sus crímenes. No podemos permitir que un criminal de guerra quede impune—dijo con todo hosco.

Kakashi lo contempló seriamente.

—Itachi es ninja de Konoha. Debe responder ante nosotros primero.

Las réplicas del Raikage no amainaron.

—También es un Uchiha, un enemigo en común que ha causado sufrimiento a todas nuestras aldeas.

Sakura se puso de pie al mismo tiempo que colocaba ambas manos sobre la mesa, sus ojos ardían con una intensidad que clamaba atención.

—Todos hemos hecho cosas cuestionables durante esta contienda—espetó, su voz hizo eco por toda la sala—. ¿Acaso pretende olvidar el ataque con gas en Kurema, Raikage?

El interpelado frunció el ceño, pero permaneció callado, sus ojos oscureciéndose con recuerdos de ese trágico evento.

—Yo estuve allí—continuó Sakura, sin vacilar—. Curé a los heridos, los vi morir en agonía. No podeos permitir que el rencor nos ciegue y nos haga perder una oportunidad crucial.

La mirada del Raikage se endureció, mas no respondió de inmediato. Sakura se valió del momento para reforzar su argumento.

—Itachi puede ser la única opción y oportunidad que tenemos para cambiar la balanza a nuestro favor. No se trata solo de perdonarlo, sino de utilizar su conocimiento para poner fin a esta guerra de una vez por todas.

—Como tú lo has dicho, esto es una guerra—dijo el Raikage, su voz profunda reverberando entre los rincones del auditorio—. Y tú eres una niña para comprenderla.

Furiosa, Sakura apretó los puños y levantó la barbilla, enfrentándolo sin titubear.

—No me hable de manera condescendiente—dijo con tono airado, con una voz que apenas contenía su ira—. No después de todo lo que he pasado. Durante todos estos años, he aprendido que la guerra no determina quién tiene razón. La guerra determina quién prevalece.

El Raikage frunció el ceño, sorprendido por la intensidad de la respuesta de Sakura. Mei Terumi observó la confrontación con interés, mientras Gaara permanecía apacible, analizando cada palabra y gesto.

—Definitivamente eres la viva imagen de tu maestra—dijo el Raikage al cabo de un rato.

Sakura sintió el nudo en su garganta, luchando por contener las lágrimas. Con una última mirada, volvió a tomar asiento, sus manos temblaban ligeramente mientras las apoyaba en la mesa.

—Gracias por tu intervención, Sakura—dijo Shikamaru—. Dicho eso, Uchiha Itachi se adicionara a las fuerzas de la Insurgencia.

Un murmullo recorrió la sala, una mezcla de aceptación y resignación.

La decisión de integrarlo marcaba un nuevo capítulo en su lucha.

Al salir de la sala, Sakura masajeó su cuello cansado y dejó escapar un suspiro de genuino alivio. La tensión aun resonaba en su mente cuando escuchó a alguien llamarla. Giró sobre sus talones y vio al hombre que la había ayudado a enviar un mensaje a Naruto hace tiempo atrás.

—Oh, es usted—dijo con una leve sorpresa.

—Parece que no estás muy feliz de verme—dijo el hombre con cierta decepción.

Sakura sonrió, intentando suavizar el momento.

—Al contrario, es una sorpresa agradable verlo aquí.

Entre ellos, la gente pasaba, ajena a la conversación que se desarrollaba. Él echó un vistazo a su alrededor y luego a Sakura.

—¿Tienes un momento para hablar?

—Sí, por supuesto—asintió con cortesía—. Vayamos a los jardines—dijo, señalando hacia el camino que conducía a un área más tranquila y apartada del bullicio de la reunión.

Una vez afuera, el gélido aire vespertino los recibió.

El hombre sacó un cigarrillo y le ofreció una a Sakura. Ella cerró los ojos y negó con la cabeza.

—No, gracias—respondió educadamente.

El hombre encendió el cigarrillo y le dio una calada profunda, dejando escapar el humo con tranquilidad.

—¿Te molesta que fume?—preguntó, mirándola directamente.

Sakura negó con la cabeza nuevamente.

—No, para nada.

Él asintió y continuó fumando mientras miraba al frente.

—Lo que hiciste ahí adentro con el Raikage fue increíble. No todos tienen el valor de plantarle cara.

Ella se encogió de hombros, apenada a la par que llevaba un mechón de cabello detrás de su oreja, percatándose de la cicatriz abultada que coronaba su oreja.

—Bueno, supongo que aprendí algo más que solo ninjutsu medico de Tsunade-sama.

El hombre sonrió, guardando el encendedor de nuevo en su chaqueta. Manteniendo la vista al frente, continuó:

—Vi a Uchiha Sasuke y hablé con él.

Sakura sintió como su corazón daba un vuelco a la par que se tensaba de pies a cabeza.

El humo del cigarrillo se elevaba entre ellos, creando una especie de barrera invisible mientras la realidad de sus palabras se asentaba en el aire frio del invierno. El hombre lanzó el humo con calma y luego la miró directamente a los ojos.

—Fue el día de su boda—dijo él con una tranquilidad que contrastaba con la intensidad del momento.

Sakura tragó grueso y desvió la vista hacia adelante.

—Sí, por supuesto—respondió con voz apenas audible, su mente reviviendo el día en que él se lo anuncio, había llorado esa noche hasta quedarse dormida.

El hombre continuo, como su estuviera explicándose a sí mismo.

—Preguntó por ti. Quería saber si estabas bien.

Sakura esbozó una pequeña sonrisa, aunque la alegría nunca alcanzo sus ojos.

—¿Por qué me está contando todo esto?—pregunto con cautela, sus manos inquietas buscando un punto de apoyo en el barandal frente a ella.

El hombre inhaló nuevamente, el cigarrillo casi consumido entre sus dedos.

—Le ofrecí la oportunidad de escapar con usted ese día—continuó con calma—, pero se negó.

Ella volvió a tragar saliva. Aquella era una suposición que Sasuke lanzaba al aire, pero que nunca tuvo el valor de concretarla. Sakura no esperaba que lo hiciera, sin embargo, no podía evitar sentirse decepcionada al saber que un destino juntos era prácticamente imposible.

—Sí, lo es—admitió con sinceridad—. Eso suena como algo que él haría.

El hombre asintió ligeramente.

—En cambio, está dispuesto a cooperar con la Insurgencia—reveló.

Los ojos verdes de Sakura se encontraron con los del emisario.

—¿Quién más sabe de esto?—preguntó con cautela, consciente de la sensibilidad y de la importancia de la información que acababa de recibir.

—Nadie—respondió él sin titubear—. Pensé que tu deberías ser la primera en saberlo.

Sakura lo atisbó fijamente, sus pensamientos girando en círculos mientras intentaba procesar la revelación.

—¿Por qué?—cuestionó en un susurro.

El hombre terminó su cigarrillo y arrojó la colilla al suelo, aplastándola con el pie.

—Quiero que tengas el poder de decidir—explicó—. Creo que ambos han hecho mucho por sus respectivos bandos.

Sakura apretó los labios, su mente acelerada mientras absorbía las implicaciones del trato. El hombre sacó un pequeño dispositivo y se lo entregó con un gesto serio.

—Si estás interesada en escuchar más sobre el plan, no dudes en llamarme—dijo él.

Con eso, se despidió de ella y se alejó, sus manos en los bolsillos mientras caminaba hacia el borde de los jardines nevados. Sakura lo observó marcharse, sintiendo como la gelidez del invierno parecía haberse filtrado en su interior.

Se quedó allí un momento más, contemplando el dispositivo en su mano y reflexionando sobre lo que acababa de aprender. Sabía que esa información no solo afectaba su propio destino, sino también el de todos aquellos involucrados en la lucha interminable que había definido sus vidas durante tanto tiempo.

Finalmente, guardó el dispositivo en su bolsillo y se dio la vuelta. El futuro de Konoha, o lo que quedaba de ella, y de todos a quienes amaba dependía de decisiones como esas, y ella estaba dispuesta a aceptar el desafío, sin importar cuan incierto o peligroso pudiera ser el camino que había elegido seguir.


República del Fuego

Sasuke se encontraba en casa, inmerso en sus pensamientos mientras observaba el fuego crepitar en la chimenea. Desde que había tomado la decisión de unirse a la Insurgencia y acabar con el Régimen, cada paso que daba estaba cargado de consecuencias y responsabilidades. Recordó la aprensión en el rostro de su padre, la misma que la había acompañado desde niño, llena de expectativas y, a la vez, de un frio denuedo por mantener el poder del Clan Uchiha. Aquel recelo era un recordatorio constante de la misión que se había impuesto: liberar a Konoha del yugo opresor del Régimen, incluso si eso significaba enfrentarse a su propio legado.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por un llamado a la puerta. Apenas despegó la mirada del punto vacío en la habitación cuando vislumbró a la encargada del servicio bajo el umbral, su rostro visiblemente consternado. Frunció el ceño ligeramente y con un simple gesto, le permitió ingresar.

La mujer desvió la mirada hacia el suelo en señal de respeto y, con un tono de voz a duras penas audible, anunció la llegada de una antigua conocida, Suzume. Sin pensarlo, le permitió el ingreso a la mansión. Tan pronto como la orden fue musitada, la mujer dio media vuelta y desapareció.

Al cabo de un minuto o dos de espera, Suzume finalmente apareció ante Sasuke. La otra mujer cerró la puerta tras de sí, permitiéndoles quedar a solas por un instante. Sasuke, notando la seriedad en el rostro de Suzume, preguntó de inmediato:

—¿Sucede algo?

Ella asintió.

—Sí.

—¿Tiene que ver con la Insurgencia?

—En realidad, se trata de su madre.

Sasuke frunció el ceño, confundido.

—¿Qué pasa? La vi anoche y parecía calmada.

Suzume negó con la cabeza lentamente.

—No está bien—dijo con cuidado, eligiendo sus palabras con delicadeza—. Creo que debería verlo con sus propios ojos.

Tras el arresto de su padre, la vida de su madre se sumió en una vorágine de desesperación y desconsuelo. Sasuke recordaba como ella había acudido desesperadamente a hablar con los miembros del Alto Consejo, buscando que se consideraran los alegatos de inocencia de su esposo. Sin embargo, sus suplicas fueron desestimadas una y otra vez, dejando a Mikoto en un estado de profunda angustia y desamparo.

Su corazón se apretó ante la gravedad de la coyuntura. Sabía que algo debía estar terriblemente mal para que la mujer que había sido un pilar de fortaleza para su familia mostrara tal vulnerabilidad. Preocupado, asintió y se puso de pie. Sin decir una palabra más, siguió a Suzume fuera de la habitación, preparado para enfrentar lo que fuera que le esperara en la mansión.

El corazón le latía con fuerza entre los confines de su pecho, lleno de temor por lo que podría encontrar. Suzume lo condujo en silencio hasta la habitación de Mikoto. Sasuke avanzó con valentía, pero cuando abrió la puerta, lo que vio lo dejó paralizado por un momento.

Las cortinas estaban corridas, apenas permitiendo que las luces del exterior penetraran en la habitación. Había kimonos rotos, desperdigados por el suelo. La cama estaba deshecha, las sábanas revueltas y los restos de comida esparcidos por todos lados.

En el centro, Mikoto yacía sentada frente al espejo, con un cepillo en la mano. Sasuke notó con angustia la manera en que pasaba las hebras por su cabello enredado, en lugar de desenredarlo con cuidado, lo arrancaba del cuero cabelludo, llevándose varios mechones con cada tirón. Su rostro estaba marcado por una máscara vacía y distante, como si estuviera atrapada en una tormenta interna de la que no podía escapar.

Sentía la boca seca como una piedra. No podía soportar verla así, tan diferente a la mujer fuerte que siempre había conocido. Cautelosamente, dio un paso hacia ella, sintiendo el dolor y la impotencia abrumándolo.

—Mamá—murmuró.

Mikoto no lo escuchó al principio, perdida en sus propios pensamientos tumultuosos. Lentamente, levantó la mirada hacia él en el espejo. Por un instante, pareció reconocerlo, pero luego su mirada volvió a perderse en el reflejo del cristal, como si estuviera mirando a través de él hacia algún lugar lejano y oscuro.

Sasuke se acercó más, tenía la impresión de que cada paso que daba era como si caminara sobre cristales rotos. Se arrodilló frente a ella, tomó con suavidad la mano que sostenía el cepillo y la detuvo con ternura. Mikoto no resistió, simplemente dejó caer el cepillo y permitió que Sasuke sostuviera su mano entre las suyas.

La mirada de su madre era distante, perdida en su propia agonía interna.

—Mamá…—volvió a llamarla.

—¿Fugaku?—preguntó ella, como si estuviera despertado de un sueño perturbador.

—No, mamá. Soy yo, Sasuke—respondió, colocando el cepillo sobre el tocador y observándola detenidamente.

Mikoto pareció por fin reconocerlo. Sus ojos se llenaron de lágrimas y acunó el rostro de Sasuke entre sus manos temblorosas.

—Oh, Sasuke—susurró con la voz quebrada, dejando escapar un profundo sollozo.

Sasuke permitió el contacto, sintiendo como el corazón se le partía al ver el estado en el que se encontraba su madre. Había adelgazado mucho y su rostro estaba pálido y demacrado, marcado por la tristeza y el sufrimiento. Era evidente que la situación había cobrado un alto precio sobre ella.

—Mamá, ¿qué sucedió?—preguntó con cuidado, sus propias emociones amenazaban con traicionarlo mientras la miraba en silencio, esperando sus palabras con atención.

Mikoto dejó escapar una amarga carcajada, llena de dolor y desesperación.

—¿Qué sucedió?—repitió, sus ojos llenos de un profundo tormento.

El silencio pesaba en la habitación, solo roto por el susurro de las ramas fuera de la ventana y los sollozos entrecortados de Mikoto.

Cuando finalmente se calmó un poco, el ambiente era pérfido. Mikoto miró a Sasuke, preocupada y preguntó con voz temblorosa:

—¿Pudiste hablar con tu padre?

Sasuke desvió los ojos por un segundo antes de responder.

—No puedo hacerlo.

Sus labios se tensaron visiblemente.

—¿Lo intentaste?

Aquella era una pregunta que ella solía hacerle cada vez que fallaba en algo.

—Sí, hice todo lo que pude—respondió.

Mikoto apartó las manos de su rostro y comenzó a estrujar la tela de su kimono con nerviosismo.

—Eso no es suficiente—murmuró.

Sasuke frunció el ceño, notando la impotencia que parecía crecer a su alrededor. Se puso de pie junto a ella, buscando una manera de ayudarla.

—¿Estás tomando tus medicamentos?—quiso saber.

Mikoto levantó el rostro.

—¿Cuáles?—enarcó una ceja.

—Los que te prescribió el doctor—respondió él, esperando que ella recordara.

Mikoto se desmoronó un poco más.

—No sirve de nada—dijo con amargura—. Los suspendieron. No hay forma de que pueda conseguirlos de nuevo. Le pedí a Suzume que intentara adquirirlos en el mercado negro, pero no hubo éxito.

Sasuke apretó los puños, frustrado.

Observó con pesar cómo su madre se movía de un lado a otro en la habitación, ignorando los cristales de porcelana rotos en el suelo. Caminaba descalza, sin prestar atención; él notó con dolor que se estaba abriendo las plantas de los pies. Las manchas de sangre dispersas por la habitación indicaban que no era la primera vez que eso ocurría.

Tensando los labios, se acercó a ella con cuidado.

—Mamá, no estas bien—dijo, procurando hacerla ver el peligro que corría.

Mikoto dejó escapar otra carcajada, una risa amarga y desgarradora.

—Eres brillante, Sasuke—dijo con ironía—. ¿Acaso quieres señalar lo obvio?

Sasuke frunció el ceño con más fuerza. No sabía cómo manejar aquello.

—Vamos, mamá—comenzó, tratando de mantener la calma—. Necesitas descansar. Dejame ayudarte.

—Yo no quería nada de esto—alzó los brazos, refiriéndose a la mansión y todo lo que la rodeaba—. Intente persuadir a tu padre en más de una ocasión, pero nunca me escuchó. Consideraba que sería débil rendirse, así que continuó con sus planes, con sus estúpidas reuniones dos veces por semana, tejiendo, enredando, planeado—siseó—. Fingí no saber nada hasta que ya no pude hacerlo, así que comencé a ayudarlo.

Una risa triste escapó de sus labios.

»Él sabía que no podía ir en contra de Minato Namikaze—dijo con sarcasmo—. Eso fue un golpe en su ego… fui la primera en proponer un golpe de estado, implante la idea. Dentro del plan había muchos huecos, no tuve más remedio que llenarlos.

»Al principio, todo parecía ir bien entre nosotros después del Golpe de estado. Pero cometí el error de creer que me tomaría en cuenta para las decisiones futuras. Fui una estúpida—sus palabras se llenaron de dolor y decepción—. Tan pronto como tomó el poder, me relegó a un lado. Me dijo que mi lugar estaba en casa, junto a nuestros hijos.

Sasuke escuchaba atentamente, sus palabras resonaron en sus oídos, duras, crueles como el redoble de un tambor de guerra. La sala daba vueltas a su alrededor. Se sentía como si estuviera a punto de vomitar.

—¿Sabes?—continuó—antes de casarme, me preguntaba qué sentido tenía tener hijos. Después de mucho pensarlo, llegue a la conclusión de que, en al Gun momento, todos nos damos cuentas de que las cosas están arruinadas, son irreparables. Y decidimos comenzar de nuevo, desde cero, con una nueva oportunidad—sollozó—. Y así llegaron ustedes. Pequeñas copias de carbón, a quienes se les puede decir: tu harás lo que yo no pude, tú triunfaras donde yo fracasé. Porque queremos que alguien lo haga bien esta vez.

Antes de poder responder, Mikoto prosiguió.

—Pero yo… personalmente, no puedo esperar a ver cómo la vida los destroza—dijo entre dientes.

Sasuke volvió a sentir arcadas.

Mikoto cayó al suelo, perdiendo el conocimiento ante los ojos de Sasuke. Él la levantó con cuidado, preocupado por su estado.

Sin más, la tomó entre sus brazos y la llevó a la cama. Al salir de la habitación, Suzume aguardaba por él en el pasillo.

—¿Cómo se encuentra?—quiso saber, ansiosa.

—Conseguí atraparla en un genjutsu. Voy a llevarla al cuarto de invitados—respondió—. Llama al médico y ordena que la mantengan vigilada constantemente, que nunca se quede sola—ordenó.

Suzume asintió. Lucia visiblemente aliviada de que Sasuke estuviera allí para tomar el control de la situación.

—Intentare conseguir los medicamentos—agregó.

La mujer lo vio ingresar y salir de la habitación con Mikoto en brazos.

Con un mal presentimiento asentado en el fondo de su estómago, Sasuke caminó hasta la habitación de invitados.

«¿Es este el sonido de un Imperio al caer?», se preguntó a si mismo.

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Base de la Insurgencia

Las pesadas puertas de metal de la base se podían ver a kilómetros de distancia, un imponente muro gris coronado por un sistema de protección eléctrico, custodiado por una serie de guardias que mantenían la vista hacia el frente, intentos a la mínima intrusión.

Dos guardias estaban preparados, con ojos penetrantes y expresión severa mientras lo escrutaban. Se movían con precisión metódica, revisando minuciosamente su persona. El hombre que lo escoltaba le explicó que era por seguridad, pero Itachi sabía que no era así. Ninguno de ellos confiaba en él. Su odio era casi palpable, una acusación silenciosa que lo perseguía como una sombra.

Una vez terminada su tarea, los guardias retrocedieron, con el avistamiento todavía cauteloso. Uno de ellos señaló un pasillo poco iluminado.

—Por aquí—dijo a secas, con voz carente de cualquier atisbo de calidez o bienvenida.

Itachi asintió y avanzó por el camino indicado; el eco de sus pasos era el único sonido en el opresivo silencio. Cuando salió al patio, el frío le mordió la piel. Los alrededores estaban débilmente iluminados por las pocas luces dispersas, cuyo halo parpadeaba en la gélida brisa.

En el centro había una figura solitaria, envuelta en las sombras. Estaba inmóvil, pero había un aura de familiaridad en ella. Itachi no podía verle la cara, pero no hacia falta. El chakra que emanaba era inconfundible, una firma que reconocer en cualquier parte.

Entrecerró los ojos ligeramente cuando el hombre empezó a moverse, saliendo de las sombras y adentrándose en la tenue luz de las lámparas. Kakashi Hatake se acercaba con paso mesurado, y su único ojo visible estudiaba a Itachi con atención.

—Itachi—dijo él a manera de saludo; su voz cortando el silencio en el patio—. Han pasado años desde la última vez que nos vimos.

La expresión del Uchiha permaneció ilegible, su mirada firme.

—Trece años—respondió—. Trece años desde que ambos fuimos enviados a esa misión con el señor Feudal.

—Lo recuerdo perfectamente—musitó.

El aire nocturno flotaba pesadamente entre ellos, los recuerdos de aquella encomienda parpadeaban brevemente en sus mentes como las luces titilante del patio. El rostro de Itachi permanecía serio, sin cambiar su actitud. El peso de los años y las cargas que ambos llevaban eran evidentes, incluso en su breve intercambio.

Kakashi se detuvo a unos pasos, con la postura relajada pero alerta.

—Bienvenido—dijo, inclinando ligeramente la cabeza—. Y gracias por tu cooperación.

Ambos empezaron a caminar, sus pasos resonaron suavemente en el air nocturno. La tensión del patio parecía seguirlos mientras se dirigían al edificio principal.

—No creo que tenga muchas opciones, ¿cierto?—dijo Itachi, desprovisto de cualquier emoción.

Kakashi lo miró de reojo.

—No luzcas tan consternado.

—La opción era eso o morir. Lamento si no me siento halagado.

Continuaron en silencio unos instantes. El cuartel se alzaba ante ellos, con un volumen sombrío, testimonio del conflicto en curso y de las improbables alianzas forjadas a su paso.

—Fue difícil convencer a los aliados—dijo Kakashi mientras se acercaban al edificio—. El Raikage no está de acuerdo.

—Por supuesto que no—respondió Itachi con ecuanimidad—. Maté a su hermano en batalla.

Kakashi abrió la puerta del despacho, el calor del interior se derramó en la gélida noche. Se detuvo, con la mano en el marco, y suspiró.

—Es a Sakura a quien debes agradecerle. Si no fuera por ella…

—Sí—interrumpió Itachi—. Lo sé.

Entraron y la puerta se cerró con un ruido sordo. El despacho estaba escasamente amueblado y la única luz provenía de una lampara sobre el escritorio. Había papeles esparcidos por todas partes, mapas y documentos que detallaban planes y estrategias. L habitación contrastaba con el frío mundo exterior, pero la atmósfera no era menos pesada ni desconocida para Itachi.

Kakashi le indicó que tomara asiento con un gesto, y luego se colocó al otro lado del escritorio.

—Tenemos mucho que discutir—dijo en un tono más serio—. Pero primero, quiero asegurarme de que estemos en la misma página.

Itachi asintió, con la mirada fija en el rostro del General.

—No creo que necesite leerte la cartilla—empezó Kakashi, soltando un suspiro cansado—. Pero las condiciones son claras. Queremos toda la información que puedas proporcionarnos: próximos planes de ataque, sus oficiales, movimientos.

—Haré lo que pueda.

El peso de la realidad se abatió sobre él. Su mente era un torbellino de emociones contradictorias, cada pensamiento una penitencia del precario camino que había elegido. La habitación que lo rodeaba, con sus papeles esparcidos y la tenue luz de la lampara, se desvaneció en el fondo mientras él profundizaba en su propia psique.

Siempre había sido una herramienta, un arma moldeada por las manos del mismo destino y las exigencias de sus superiores. Desde muy joven, se había preparado para la grandeza; su talento prodigioso y su agudo intelecto lo marcaron como una pieza clave en las aspiraciones del Clan Uchiha. Sin embargo, ya entonces era plenamente consciente de su papel de peón en un juego mucho mayor. Todas sus acciones, todas sus decisiones, fueron impulsadas por un sentido de deber y el deseo inquebrantable de proteger a sus seres queridos, incluso si eso significaba sacrificar su propia alma.

Ahora, sentado en el cuartel de sus antiguos enemigos, la realidad era ineludible. Volvía a ser un arma, pero esta vez para los Insurgentes que pretendían derrocar a la misma familia a la que había jurado proteger. No se le escapaba la ironía. Mató a sus compañeros, al Hokage en turno y su consejo para concretar el golpe de Estado. Y ahora, estaba a punto de contribuir a la destrucción del mismo clan, su propia sangre, para detener el régimen fascista de su padre.

El conflicto interno que libraba era atroz. A Itachi siempre lo movió un profundo sentido de la justicia y un compromiso con el bien mayor. Pero, ¿qué significaba ahora el bien mayo? ¿iba realmente en interés del mundo desmantelar el gobierno de su padre, aunque ello significara traicionar a su familia una vez más? Los rostros de sus seres queridos, los que había perdido y los que aun luchaba por proteger, le atormentaban. La imagen de Sasuke era la más predominante de todas, un vistazo de por qué había elegido ese camino.

El respeto y la admiración que sentía por Sakura y Kakashi le ofrecían cierto consuelo, pero también ahondaban su sensación de aislamiento. Lo veían como un aliado, una clave para la victoria, sin embargo, no podían comprender del todo la confusión que allanaba su interior. Para ellos, era un activo poderoso, un medio para un fin. Pero para él era un hermano, un hijo y un hombre agobiado por decisiones que nadie debería tomar.

El golpeteó a la puerta lo obligó a salir de sus pensamientos y, de manera autómata, se volvió ligeramente, con los ojos entrecerrados mientras evaluaba la interrupción.

—Adelante—llamó Kakashi.

La puerta se abrió y Sakura entró; su presencia contrastaba con la penumbra de la habitación. Itachi la vio por encima del hombro e inmediatamente se levantó.

Sus miradas se cruzaron y, por un momento, las experiencias compartidas y la comprensión mutua llenaron el espacio que los separaba. Pese a que no había ni un rastro de felicidad en el rostro de la kunoichi, su sonrisa era cálida, y sus ojos esmeraldas transmitían una profundidad de emoción que las palabras no podían captar.

—Me alegra tenerte aquí—dijo, conmovida.

Itachi asintió, y su expresión se suavizó un poco.

—Te lo debo—replicó, con palabras encillas pero que encerraban una multitud de significados. Sabía que ella comprendía la profundidad de su gratitud, no sólo por salvarlo, sino por creer en él cuando tantos otros no lo hacían.

—Por favor, toma asiento, Sakura—le solicitó Kakashi.

Ambos se acomodaron en las sillas frente a él. La tensión en la sala era palpable, un trasfondo silencioso pero poderoso que hablaba de la gravedad de la situación.

—Es extraño que hayas decidido escapar—empezó Kakashi—. ¿Hay algo que debamos saber antes que los demás?—inquirió.

Itachi cerró los ojos y tragó grueso.

—Sasuke descubrió el verdadero plan de nuestro padre. Un exterminio total.

Sakura se tensó, su lenguaje corporal delató la conmoción y el horror que la embargaban en ese momento. Kakashi permaneció en silencio, con una expresión ilegible.

—Aunque la mitad de sus hombres de confianza estén muertos—continuó Itachi—. Mi padre sabe que no tienen ninguna posibilidad contra ellos.

Los ojos de Kakashi se entrecerraron ligeramente, considerando lo que acababa de decir Itachi.

—Pensamos que tu podrías hacer la diferencia—dijo finalmente.

Itachi negó con la cabeza.

—No soy nada comparado con las fuerzas del clan.

Kakashi cerró el ojo por un momento, en un gesto de contemplación y quizá de frustración. Cuando lo abrió, su mirada estaba fija en el Uchiha.

—Vamos, ¿desde cuándo te volviste tan pesimista?

—Sólo digo la verdad—replicó él, con un tono de naturalidad.

El silencio que siguió estuvo lleno de pensamientos y emociones no expresados. Sakura miró a los dos hombres, con la mente acelerada por las implicaciones de la información que acababan de recibir. La enormidad de su tarea se cernía sobre ella y, por un momento, su peso le pareció casi insoportable.

Sakura se inclinó hacia delante, con el ceño fruncido por la preocupación.

—Itachi, ¿lo que encontró Sasuke es lo mismo que venía grabado en el microchip que me incrustaste?

La mirada del aludido se encontró con la de allá, y asintió.

—Sí. El plan de mi padre es usar el Edo Tensei para traer de vuelta a Madara.

La revelación cayó como un balde de agua fría. Kakashi se tensó y su ojo se abrió ligeramente.

—¿Madara? Creíamos que su cuerpo había desaparecido.

—Todos lo pensaban—respondió Itachi con calma—. Pero estaban equivocados. Lo recuperaron poco después del Golpe de Estado. Obito conocía su ubicación.

Kakashi frunció el ceño con más fuerza. El regreso de Madara Uchiha sería catastrófico. El poder y la influencia del legendario shinobi podría cambiar las tornas de cualquier batalla, y su resurrección a través del Edo Tensei supondrían un desastre para su ya precaria situación.

—Ahora entiendes la urgencia de la situación—dijo Itachi.

Kakashi se echó hacia atrás. La habitación pareció enfriarse. Traer de vuelta a Madara no solo supondría una ventaja táctica para sus enemigos, sino una amenaza casi insuperable.

El general se levantó, la silla raspó suavemente el suelo, y se acercó a la ventana. Miro hacia la noche, el frío aire invernal presionando el cristal.

—¿Cuántos hombres tienes?—preguntó Itachi.

—Los suficientes para actuar con cautela—rebatió Kakashi, la mirada todavía fija en el oscuro paisaje exterior.

—Te has vuelto blando—lo acusó el Uchiha.

Kakashi se volvió hacia él, con un destello de irritación en el ojo.

—Perdona, pero no me entusiasma la idea de enviar a un puñado de hombres a morir.

La expresión de Itachi permaneció impasible.

—Todos lo hemos hecho en los últimos años, Kakashi. Basta ya de lamentaciones. Todo el mundo aquí tiene las manos manchadas de sangre.

El peliblanco miró a Itachi y después a Sakura en busca de comprensión. Sin embargo, ninguno de los dos mencionó palabras de consuelo o aliento.

—Sea cual sea su plan—continuó Itachi—. La gente morirá. La diferencia está en cómo lo hagan. Sólo necesitamos un ataque certero para desestabilizar la aldea.

—Todo este tiempo… ¿ere era el grandioso plan de Shisui?—Kakashi finalmente habló, aunque sonó más a un siseó que una respuesta coherente.

—Eso ya no importa—replicó Itachi, tajante—. Shisui está muerto, y si no actuamos rápido, nosotros también lo estaremos.

Kakashi lo miró durante un largo momento, con la expresión ilegible. Después de un rato, suspiró pesadamente, el cansancio y hastió que le provocaba la guerra era evidente es su comportamiento.

—Será mejor que descanses un poco—dijo bruscamente, indispuesto a indagar en los planes de batalla que, con tantas fuerzas se empeñaba en ignorar—. Te espera un largo día de interrogatorios.

Lejos de discutir, Itachi asintió en señal de comprensión, pues su propio agotamiento empezaba a pesarle. No respondió con más palabras.

El general se volvió hacia Sakura, suavizando ligeramente su tono.

—¿Podrías acompañar a Itachi a su habitación?

Sakura asintió, comprensiva.

—Por supuesto.

Mientras caminaban por el pasillo, Sakura no podía deshacerse de lo que había presenciado entre Itachi y Kakashi, necesitaba entender más.

—¿De qué iba todo eso?—preguntó en voz baja, mirándolo de reojo.

Los pasos de Itachi se ralentizaron ligeramente al considerar su cuestionamiento.

—¿Qué quieres decir?

—En la oficina—aclaró Sakura—. La forma en que le hablaste a Kakashi… Nunca había oído a nadie dirigirse así.

La expresión estoica del Uchiha pronto se vio sustituida por una máscara pensativa.

—Kakashi y yo tenemos historia. Trabajamos juntos cuando estábamos en ANBU. Era mi capitán. Un hombre brillante, un genio—explicó—.No obstante, alguien como él puede estar aterrado.

Sakura asintió.

—No me extraña que esté asustado—murmuró, mientras sus pensamientos volvían a la revelación de Madara y la grave amenaza a la que se enfrentaban—. Después de todo lo que acabas de desvelar, dejaría a cualquiera sintiéndose así.

Itachi se detuvo.

—Recuperaste tu chakra—sonaba más a una afirmación que una pregunta.

Los sentidos del muchacho se sintonizaron con el retorno gradual de energía al interior de Sakura. Podía sentir el flujo familiar, una señal tranquilizadora. Sakura, a su lado, tragó saliva.

—¿Cuánto tiempo te tomará realizar el trasplante?—preguntó.

Sakura vaciló, con el ceño fruncido.

—No lo sé. Podría demorar semanas, incluso meses.

—No podemos permitirnos ese lujo—replicó él.

Ella lo miró fijamente.

—Lo sé.

Itachi suspiró profundamente.

—Tú también tienes miedo—señaló Sakura.

—Naturalmente—admitió—. No me gusta que Sasuke se ponga en peligro por lo que podría ser un esfuerzo inútil.

—No creo que sea una batalla perdida—replicó Sakura. Sus miradas se cruzaron por un momento.

—Es demasiado pronto para determinarlo.

—¿Tienes un plan?—insistió Sakura.

—Sinceramente, no—confesó encogiéndose de hombros—. Nunca imaginé que llegaría tan lejos.

—En ese caso, ¿qué es lo siguiente? ¿improvisar?—preguntó ella, con un toque de frustración coloreando su tono.

La mirada de Itachi se afiló, un destello de fastidio cruzó sus facciones. Sakura cerró los ojos brevemente, recolectando sus pensamientos antes de continuar.

—Lo siento—dijo en voz baja—. Es que… ya no puedo quedarme con los brazos cruzados. Quiero venganza.

Itachi la contempló.

—Todos pagaremos un precio muy alto—le advirtió.

—No tengo nada que perder—replicó firmemente.


República del Fuego

Vertió más licor en su vaso y volvió a tomar asiento en la amplia silla, echando un vistazo ausenta al exterior. La venta le permitía apreciar que estaba nevando. Dio un trago y, sólo cuando noto la presencia de alguien n la oficina, giró para contemplar a su bella esposa bajo el umbral.

Takako estaba arropada con una hermosa bata de seda, su cabello suelto caía suavemente sobre sus hombros, y sus ojos mostraban señales de cansancio. Sasuke no pudo evitar la nota de preocupación y extenuación marcados en su faz.

—Son las tres de la madrugada, Sasuke—comentó Takako en voz baja, rompiendo el silencio que flotaba entre ellos—. ¿No piensas ir a la cama?

Sasuke se quedó callado, con la mirada distante mientras observaba la llama parpadeante de una vela cercana.

—No tengo sueño—respondió por fin.

Takako apretó los labios, con la preocupación trazada en las líneas de su rostro.

—¿A qué hora llegaste a casa?—preguntó con cautela, adentrándose en la habitación y cerrando la puerta tras de sí.

—A media noche—respondió sin mirarla, con los ojos aún fijos en la llama vacilante.

Ella vaciló, la incertidumbre parpadeaba en sus ojos, mientras se acercaba al escritorio.

—¿Cómo está tu madre?—indagó con dulzura, suavizando su voz.

Sasuke tragó grueso, el recuerdo de la frágil figura de Mikoto atormentaba sus pensamientos.

—No muy bien—admitió en un susurro.

Takako consideró su respuesta un momento antes de volver a hablar.

—Quizás deberías traerla a casa con nosotros—sugirió con cuidado—. No es bueno para ella estar sola tanto tiempo.

Sasuke bebió otro sorbo de su vaso, el líquido ámbar reflejaba la luz de las velas. Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.

—Ella nunca accedería a eso—respondió, con la voz teñida de resignación—. Sería un golpe a su orgullo.

Ahora fue el turno de su esposa para quedarse callada, con los labios ligeramente tensos mientras asimilaba sus palabras. Al cabo de un momento, carraspeó suavemente.

—¿Puedo tomar uno de esos?—preguntó, señalando con la cabeza la bebida que llevaba en la mano.

Sasuke la miró. Sin decir una palabra, le acercó la botella y un vaso. Takako se sirvió el licor y bebió un sorbo, mientras el calor del alcohol se extendía por sus venas.

Ambos bebieron en silencio, con el suave tintineo del cristal contra la madera marcando la afonía que imperaba en la habitación. Takako dejó el vaso sobre el escritorio, y el líquido ámbar captó la luz parpadeante de la vela cercana. Miró a Sasuke, o mejor dicho, continuó escrutándolo, buscando en su rostro señales de cómo alarma o cualquier vestigio que le indicara cómo se encontraba.

—¿Cómo te sientes?—quiso saber genuinamente.

Aquello lo tomó por sorpresa y se vio obligado a tomar un instante para procesar la pregunta, con el ceño fruncido a la par que analizaba su propia replica. Cada preocupación era una pieza irregular de un rompecabezas que se esforzaba por recomponer.

—¿Yo?—preguntó en respuesta, incrédulo.

—Sí, tu.

En la intrincada trama de su vida, una conmovedora narración se desplegaba en una encrucijada donde la moralidad chocaba con los ideales personales. El arresto de su padre, antaño pilar inquebrantable de la autoridad del clan, ahora destrozado y encarcelado, habían marcado un momento crucial. Desestabilizando sus cimientos, desafiando sus creencias de justicia, lealtad y legado del clan.

Simultáneamente, el delicado estado de su madre, al borde de la locura, añadía capas de peso emocional. Agobiado por las responsabilidades familiares, se veía empujado a asumir el papel de cuidado en medio de su propia confusión emocional. Una lucha por mantener la estabilidad de una mujer convertida en un microcosmos de su lucha más general contra la identidad y el sentido del deber.

Además, vivía con el miedo perpetuo de ser descubierto y capturado. Su turbulento pasado y su controvertida historia con los grupos rebeldes, así como la insurgencia, ensombrecían cada uno de sus movimientos, fomentando una paranoia implacable que erosionaba su resistencia mental.

—Abrumado—admitió—. La huida de Itachi, el arresto de mi padre… y mi madre…—se interrumpió, incapaz de expresar la agitación que se

No obstante, no había prestado suficiente atención a cómo se sentía porque, a decir verdad, no sentía gran cosa. Meses de confusión lo habían dejado en un estado de entumecimiento emocional, donde cada día se confundía con el siguiente con un dolor implacable que parecía no tener fin. Sus actos estaban impulsados por un abandono temerario, una búsqueda desesperada del fin de la violencia y el conflicto sin sentido que asolaban su mundo. No bebía por placer, sino para mitigar las afiladas aristas de la realidad.

Mientras bebía otro sorbo de su copa, el líquido ámbar le proporcionó un calor fugaz. La persistente mirada de Takako se clavó en él, una súplica silenciosa de conexión en medio de la distancia entre ellos. La oyó suspirar, una suave exhalación, casi imperceptible.

—Sé que no me amas…—titubeó Takako, pero nunca parte los ojos de él—, pero debes entender que no soy tu enemiga—finalizó con vehemencia.

Sasuke la miró de reojo, con expresión cautelosa pero contemplativa.

Takako continuó.

—Puedes confiar en mí, Sasuke—le instó suavemente—. Después de todo, es lo menos que puedes ofrecerme. Yo tampoco pedí este matrimonio.

La tenue luz de la vela parpadeaba, proyectando sombras que bailaban por las paredes de madera de la pequeña y silenciosa habitación. La postura de Sasuke era rígida y sus ojos distantes, mirando fijamente las profundidades del vaso medio vacío. El liquido ámbar brillaba, emulando su agitación.

Takako, sentada frente a él, lo observaba con una mezcla de paciencia y curiosidad. Sus dedos acariciaban delicadamente el borde del vaso, son apartar los ojos de su rostro.

—Bueno—empezó ella en voz baja, rompiendo la quietud—. ¿Quieres hablarme de ella?

Sasuke parpadeó, una breve chispa de confusión antes de apagarse de nuevo. Miró a su esposa con cierta desgana y resignación.

—¿Sobre quién?—preguntó, con la voz entrecortada, delatando el esfuerzo que le costaba mantenerla firme.

Takako esbozó una leve, casi triste sonrisa, su mirada era suave pero penetrante.

—La mujer de la que estás enamorado.

Él respiró entrecortadamente y, por un momento, su fachada se resquebrajo. Una pequeña y amarga sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios mientras sacudía ligeramente la cabeza.

—No quieres saberlo—respondió, aunque su replica era un poco convincente, acarreaba una fina capa sobre la verdad.

Enarcando una ceja, Takako se inclinó hacia delante, entrecerrando ligeramente los ojos.

—Si no quisiera saberlo, no habría preguntado—replicó, atravesando sus defensas.

Antes de continuar, dio otro sorbo a su bebida, el licor le quemaba la garganta. Se sirvió otro vaso, con la mano temblándole ligeramente. Tragó el nudo que tenía en la garganta, y su manzana de Adán se sacudió con el esfuerzo.

—Ella… ella…—se le quebró la voz y apartó la mirada, incapaz de contemplar a Takako a los ojos.

En ese instante, sintió una abrumadora sensación de vergüenza. No quería hablar de Sakura, la mujer que realmente amaba, en presencia de su esposa. Aquella chica que había tomado su mano en matrimonio, que había prometido permanecer a su lado. La mujer que merecía mucho más que la cáscara hueca de afecto que él podía ofrecerle.

El simple hecho de contemplarla era doloroso, al menos no en ese momento, no cuando su corazón estaba al descubierto y su culpa era tan palpable. La había traicionado de la forma más intima posible, . Era una herida que él le había infringido, una que las palabras nunca podrían curar de verdad.

Sabía que, por mucho que lo intentara, nunca podría sentir lo mismo por Takako. Su relación, nacida del deber y la necesidad, carecía de la ardiente pasión y la profunda conexión que sentía por Sakura. Cada sonrisa, cada caricia, cada palabra que compartía con Takako le parecía una traición, un mantra de que no podía darle lo que realmente se merecía.

Reflexionó sobre el tiempo que habían pasado juntos, momentos teñidos de obligación más que de autentico afecto. Recordó el día de su boda, como había forzado una sonrisa , cómo había jurado ser un buen marido, a pesar del vacío de su corazón. Realmente quería que las cosas funcionaran entre los dos, ser justo con ella, pero cuanto más lo intentaba, más se sentía que estaba viviendo en una mentira.

Takako merecía amor, el tipo de amor que consumía, que hacía sentir vivas a las personas. Se merecía a alguien que pudiera mirarla y ver su mundo entero. Pero él solo podía ofrecerle fragmentos de su corazón, los pedazos rotos que quedaban después de que Sakura se hubiera llevado el resto.

—¿Es una kunoichi?—su voz era suave, incitándole a continuar.

—Sí—dijo él—. Sí, lo es.

—¿Es fuerte?—Takako presionó, su curiosidad teñida de admiración.

Los ojos de Sasuke se cerraron brevemente, ya sombra de una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Sí—murmuró—. Demasiado.

—Debe ser una persona increíble para haber captado tu atención-

Sasuke apretó con fuerza el vaso y sus nudillos se volvieron blancos.

—Lo es—admitió—. Realmente lo es.

Takako vaciló y luego volvió a recostarse en el respaldo de su asiento, con expresión seria continuó indagando.

—¿Puedes decirme su nombre?

Por un segundo, el mundo de Sasuke se redujo al espacio que había entre ellos. Levantó la vista, encontrado se con la mirada de su esposa. El corazón le latía con fuerza en el pecho, y cada palpitación era un doloroso suplicio de su imposible situación. Se preguntó si hablaba en serio, si comprendía la gravedad de lo que le estaba pidiendo.

—Sakura—dijo finalmente; el nombre una melodía agridulce en sus labios—. Se llama Sakura.

La habitación parecía cerrarse a su alrededor, con la confesión flotando en el aire. Los ojos de su esposa se iluminaron con comprensión, un destello de dolor cruzó sus rasgos. Extendió una mano sobre la de él, ofreciéndole consuelo silencioso ante su angustia.

Los hombros de Sasuke se hundieron a causa de la culpa. Había dicho la verdad, había desnudado su corazón y, al hacerlo, había revelado la profundidad de su dolor. Amaba a Sakura con cada fibra de su ser, pero estaba atado a otra, forzando una coyuntura en la que nunca podría ser verdaderamente libre.

Como si fuese capaz de vislumbrar el miedo grabado en sus rasgos, ella respiró hondo y, tranquila y firme, le dijo:

—No voy a acusarte con nadie—le aseguró—. Ya te lo dije, quiero que confíes en mí.

Sasuke levantó la vista y la vislumbró, sorprendido. Lejos de reprenderle o juzgarle, Takako se limitó a dar otro sorbo a su bebida. Su compostura era inquebrantable, sin lugar a dudas, una Kunoichi resistente.

—¿Dónde está ahora?—quiso saber.

Sus ojos cayeron al suelo, el corazón le dolía al pensar en ella.

—Con la Insurgencia—murmuró—. Consiguió escapar.

Se terminó la bebida de golpe, sin que el calor del licor aliviara el frio nudo de pesar que tenía en el pecho. Dejó el vaso con un suspiro, el cansancio del día —y de su lucha interna— se abalanzó sobre él como un enemigo.

—He tenido suficiente por hoy—susurró, más para sí mismo que para su esposa.

Takako asintió, imitando sus acciones mientras apuraba su propio vaso. Lo dejó con cuidado sobre la mesa, y el suave tintineo del objeto contra la madera fue el único sonido de la habitación. Una vez más se hizo el silencio entre ellos, un mutismo pesado y contemplativo que se prolongaba, cargado de emociones no expresadas.

Ella se levantó, con movimientos elegantes y deliberados. Decidió que era hora de irse a dormir, con el rostro sereno e ilegible. Justo cuando estaba a punto de marcharse, la voz de Sasuke la detuvo.

—Espera—exclamó.

Takako hizo una pausa, de espaldas a él, y luego se volvió lentamente.

—¿Sí?

—Hay algo que tengo que decirte.

Ella inclinó la cabeza ligeramente.

—Hay algo que no te he contado—continuó, con las palabras atascadas en la garganta. Respiró hondo, preparándose para la verdad que podría cambiarlo todo—. Soy parte de un grupo de rebeldes. Estamos planeado un golpe de Estado para derrocar a mi padre.

Su esposa permaneció impasible, su mirada firme e inquebrantable. No mostraba ningún signo de sorpresa ni de miedo.

—¿Por qué me cuentas esto?—preguntó.

Sasuke tragó grueso.

—Porque si fracasamos, vendrán por ti—dijo, con la voz apenas por encima de un susurro—. Necesitaba que estuvieras al tanto de los riesgos. No puedo protegerte si ellos lo hacen.

Lejos de parecer asustada, ella asintió con expresión resuelta.

—Lo sé—dijo simplemente.

Y sin agregar nada más, se dio la vuelta y se marchó, dejándolo a solas con sus pensamientos.


Base de la Insurgencia

Yacía sentada en su habitación, con la tenue luz de la lámpara proyectando largas sombras sobre las paredes. Había pergaminos esparcidos por el suelo, libros abiertos sobre el escritorio, y la superficie de madera estaba llena de manchas de té y tinta. Tenía el ceño fruncido a causa de la concentración mientras trabajaba meticulosamente en el complejo procedimiento y todo lo que implicaba realizar un trasplante de ojos.

Sus dedos se movían con destreza, trazando intrincados símbolos y caracteres antiguos. Llevaba horas trabajando y su mente era un torbellino de cálculos e hipótesis. El cuarto olía ligeramente a papel viejo y té de hierbas preparado con antelación, ahora frio y olvidado en una esquina en una taza situada en algún rincón de sus aposentos.

El llamado a la puerta la obligó detenerse y ponerse de pie, dejando a un lado su trabajo. Al abrirla, se encontró con Shikamaru. El aire fresco de la noche ingresó en la habitación, dispersando el olor a tinta y papel viejo.

—Hola, Sakura—la saludó—. ¿Estoy interrumpiendo algo?

Echó un rápido vistazo a su espalda, oteando el desorden de pergaminos y libros.

—No, no en absoluto—respondió, esforzándose por sonar casual.

—Bien—dijo, asintiendo levemente—. Kakashi quiere verte.

Sakura tensó los labios. Lo último que deseaba en ese momento era encarar a su general, en especial con todo lo que estaba en juego. Pero sabía que no tenía opción; una convocatoria de su líder era algo que no podía ni debía ignorarse.

—Entiendo—masculló, tratando de mantener la compostura—. Me pondré mis botas y te seguirse.

Shikamaru se mostró de acuerdo.

—Esperaré afuera.

Rápidamente, se calzó las botas que yacían al pie de la cama y, sin más demora, se precipitó hacia el pasillo, encontrando a Shikamaru recargado en la pared esperando con los brazos cruzados.

Juntos, caminaron en silencio hacia el punto de reunión. El corredor estaba desierto, las sombras de la noche se alargaban a su paso, creando un ambiente de incertidumbre.

—¿Sabes de qué se trata?—procuró averiguar, rompiendo el silencio mientras se acercaban a su destino.

Shikamaru se encogió de hombros.

—No me dio muchos detalles, solo que es urgente.

Sakura asintió, su mente trabajando a toda velocidad. ¿Podría ser que Kakashi estuviese al tanto de su conversación con el agregado diplomático? La idea la revolvió el estómago, pero debía mantener la calma. No podía permitirse mostrar ninguna señal de duda o miedo.

Al llegar a la puerta, Shikamaru la empujó suavemente y, con un ligero gesto, la invitó a pasar primero.

Le tomó por sorpresa que en lugar de reunirse en la oficina, fuese dirigida a los aposentos privados del general. Inmediatamente notó un nudo en su garganta y un hueco en su estómago. Sin más, él la invitó a pasar y ella accedió con cierta reticencia.

Sin vociferar nada, la persuadió a tomar asiento, y Sakura obedeció; sus pensamientos corrían en círculos, tratando de anticipar lo que se avecinaba. Pocos segundos después, Shikamaru se posó a su lado derecho, mientras Kakashi tomó asiento en uno de los sillones individuales frente a ella.

—La situación política actual en Konohagakure es crítica—comenzó a decir, pese a que su voz sonaba monótona, acarreaba una urgencia subyacente—… El brazo militar de los Uchiha esta completamente desmantelado. Necesitamos la oportunidad perfecta para dar el golpe definitivo. Uchiha Sasuke puede ayudarnos. Ahora es comandante, un hombre importante, tiene acceso. Deberíamos aprovechar antes de que eso cambie.

Sakura tragó grueso. La mención de Sasuke y su potencial rol la dejó aturdida. Atisbando a Kakashi, sintió una oleada de resentimiento mezclada con una preocupación palpable.

Nerviosa, comenzó a jugar con sus manos. Finalmente, tragó el nudo en su garganta.

—Sí—dijo, trémula—. Probablemente podamos organizar una llamada.

—¿Crees que Sasuke estará dispuesto a colaborar con nosotros?—vociferó Shikamaru, quien había estado observando en silencio la escena.

Sakura cerró los ojos brevemente, aunando las fuerzas para responder.

—Creo que haría cualquier cosa por mi—dijo—. Sí.

La habitación se sumió en silencio.

Kakashi inclinó el cuerpo ligeramente hacia el frente, entrelazando sus dedos y la mirada fija en ella.

—No creo que deberíamos llamarlo. Habrá gente escuchando, sería mejor verlo en persona. Es más seguro. En algún lugar protegido.

Su corazón se aceleró con la simple idea de reencontrarse con él. Aún recodaba con claridad el último beso que le dio la noche del escape; las veladas que compartieron juntos en la cama; lo que se habían hecho el uno al otro con tal de sobrevivir. Esos recuerdos estaban grabados a fuego en su mente, un refugio de calidez y consuelo en medio del caos y la desesperación. Pero ahora, el solo imaginar de verlo de nuevo la llenaba de emoción y profundo temor.

Sakura no sabía si tenía el valor que necesitaba para encararlo. En el fondo de su ser, sabía que estaba accediendo a usarlo, a forzarlo a hacer algo que quizás no quería hacer. Estaba violando ese vínculo tan sagrado que compartían, utilizando su amor y lealtad en favor de una causa que, i implicaba enormes sacrificios. Aquello le revolvía el estómago.

—Así que ustedes quieren que lo vea—susurró.

—No, no queremos eso—respondió Kakashi—. Pero mencionaste que haría cualquier cosa por ti. Uchiha Sasuke es la mejor chance que tenemos para dar un golpe letal.

Se sentía dócil, manejable. Ya no recordaba si alguna vez había sido capaz e plantar cara.

Nerviosa, comenzó a jugar con sus manos; sus oídos empezaron a zumbar y el piso bajo sus pies a tambalearse. Ahogada, boqueó, como queriendo absorber aire, pero sus pulmones no respondieron.

—Lo haré—se encontró diciendo.

Su corazón estaba desbocado; el pulso latiéndole frenético detrás de las orejas como quien tiene una pesadilla de la que no puede despertar.

—No tienes que tomar una decisión ahora mismo—dijo—. Deberías pensarlo. Si lo haces, no puedes decírselo a nadie. No hasta terminar la guerra,. Solamente nosotros e Itachi seremos los únicos en saberlo.

Los miró fijamente, con los ojos desenfocados, como si los apreciara a través de la bruma. Tenía una sensación en el pecho, como si algo en su interior se estuviera marchitando y muriendo, pero no se permitió atenderla. Su determinación debía permanecer inquebrantable.

—No necesito más tiempo para pensar—rebatió con voz firme, pero carente de calidez—. Soy consciente de lo que se me pide. Cuanto antes tengamos información, mejor. No voy a retrasarlo para meditarlo o tomar una decisión que ya hice.

Kakashi asintió, con una expresión ilegible bajo la máscara.

—En ese caso, les die que aceptaste hacerlo.

Sin más preámbulos, Kakashi se volvió hacia Shikamaru, y los dos hombres continuaron con la discusión, con voces bajas y urgentes. Sakura se quedó allí sentada, notando la manera en que el peso de sus palabras recaía en sus hombros pero incapaz de procesarlas por completo. Su mente estaba en otra parte, enredada en una maraña de emociones contradictorias.

Intentó concentrarse en la conversación, pero los sonidos se confundían, distantes y huecos. Tenía la sensación de estar bajo el agua, con el mundo distorsionado e inalcanzable. Podía oír el murmullo de sus voces, pero no captaba su significado. De vez en cuando, una palabra o una frase salía a la superficie, pero enseguida volvía a hundirse en las profundidades de su conciencia.

La mente de Sakura volvía una y otra vez a Sasuke, a su mirada la última vez que se separaron. ¿Vería eso como una traición? ¿Comprendería la necesidad de sus acciones, o sólo vería la manipulación? El pensamiento la carcomía, desgarrando los límites de su resolución.

Se obligó a enfocarse, a escuchar. El plan era arriesgado y cada detalle importaba. Sin embargo, su corazón seguía tirándola hacia atrás, susurrándole dudas y temores que no podía permitirse. Sabía que lo estaba utilizando, explotando la confianza. Tenía nauseas, pero lo reprimía, enterrándolo bajo capas de deber y obligación.

Continuará