Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla está historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.

Advertencia: El siguiente capítulo contiene temas relacionados con el suicidio.

Heredera de la Voluntad de Fuego

XXXV

Base de la Insurgencia

Ingresó a la oficina del general sin anunciarse. Si Kakashi se había percatado de su presencia, no se lo hizo saber. Yacía sentado detrás del escritorio, custodiado por dos montañas de papeles mientras mantenía la mirada fija en un mapa viejo y desgastado, como si el hecho de contemplarlo durante horas fuese a hilvanar un plan que les asegurara la victoria.

Cerró con delicadeza la puerta y avanzó hacia el frente.

—¿Estás aquí para sugerir un plan de ataque?—Kakashi no la miraba mientras hablaba, estaba ocupado buscando algo en el mapa sobre el escritorio.

Sakura tragó grueso. Habían transcurrido tres días antes de que volviera a hablar con su general que pasaba la mayoría de su tiempo en reuniones con los aliados, intentando arreglar las relaciones con el Raikage antes de que se deterioran aun más. Sakura lo veía cuando se dirigía hacia su oficina entre reunión y reunión, ojeroso y enfadado. Finalmente, esa noche encontró la oportunidad para encararlo.

—No, en realidad estoy aquí para hablar de Sasuke—se cruzó de brazos, Kakashi parecía exhausto.

Lentamente, el general despegó la atención del pedazo de pergamino resquebrajado; se reincorporó en su asiento, recargando la espalda contra el respaldo de cuero a la par que aferraba una de las manos al borde del reposabrazos y mantenía la otra sobre el escritorio.

—¿Qué asunto quieres discutir?—preguntó Kakashi con voz tensa.

—Estoy harta de sentir que el curso de esta guerra depende de mí—resolló, elevando la voz más de lo necesario.

Kakashi la paralizó con una mirada.

—Cuida tu tono—le advirtió.

Sakura apretó los labios y tragó grueso. Pese a que Kakashi la había entrenado por un breve periodo durante su formación como kunoichi, antes de pasar a las manos de Tsunade, en ocasiones olvidaba que había una línea muy delgada entre su relación como maestro y alumna y líder y subordinada. Tales actos de desobediencia eran castigados, sin embargo, ambos estaban a solas y ella sabía a la perfección que Kakashi la necesitaba.

—Quieren sobre utilizarlo—lo acusó; su voz era baja pero vibraba con intensidad cuando lo miró a los ojos—, tal como hicieron con Itachi y Shisui.—Tomó un instante para respirar, las manos le temblaban y un nudo prieto le estrujaba la garganta—. El hecho de que intente hacer cualquier cosa que yo le pida no significa que puedan seguir exigiéndoselo hasta que no quede nada de él que explotar. Obito y Fugaku saben que hay espías en el ejército. Sería un milagro que no se hubieran dado cuenta ya. No demoraran en probar la lealtad de sus hombres. Están yendo demasiado lejos.

Furiosa dio otro paso hacia el frente.

—Si perdimos a Tsunade fue porque permitiste que la Insurgencia cayera en una trampa en eras de la solidaridad—le reprochó—. Les dije en más de una ocasión que no debíamos ir.—Se sentía tan enfada que le dolía el pecho, como si su esternón fuera a fracturarse—. Le dije que no debían ir, y ustedes respondieron que debían poner a la Insurgencia primero y luego, me recordaron que todas las vidas valen lo mismo y merecen ser salvadas, aun así, optaron por dejarme en ese maldito lugar durante tres años ¡Tres malditos años!, sin hacer el mínimo esfuerzo de rescatarme.

Una vez más, inhaló y exhaló.

—Sakura—recitó Kakashi su nombre a manera de advertencia.

—Estoy harta de cuidar mi tono. Soy la única persona con la que cuentas—sus mejillas enrojecieron como si la hubieran abofeteado—. He sido una obediente kunoichi. Hice lo inconcebible por la Insurgencia. No estamos más cerca de ganar que hace tres año. Cumplí con tus ordenes sin rechistar. Lo aceptaría si solo se tratara de mí, porque a estas alturas ¿de que serviría detenerse? O si creyera que al fin ganaremos la guerra con la contribución de Sasuke. Pero no lo creo. Ni siquiera estoy segura de que tú lo creas.

El ardor en su brazo le indicó que había estado rascándose la piel compulsivamente sin darse cuenta.

Aun así, cuando tenía la certeza de lucir como una verdadera desequilibrada, no amainó y continuó descargando esa furia que llevaba contenida más de una década, acumulada en silencio.

—Tú sabes que estás enviando a esos shinobis a una muerte segura. ¿Hasta cuándo continuaras alimentándolos con promesas y falsas esperanzas? No tenemos una oportunidad en contra de los Uchiha.

Su pecho subía y bajaba al compás de su respiración errática. A duras penas y podía tomar aire, los pulmones le dolían y, con cada inhalación, sus músculos se contraían agónicamente.

—¿Ya terminaste?—preguntó, elevando una ceja.

Sakura abrió la boca y luego la cerró, intentando averiguar si hablaba en serio.

—Sí.

Kakashi se puso de pie, con tic involuntarios en los brazos, mirando a los mapas como si pudiera invocar en formación a ejércitos que no existían. Parecía bastante trastornado.

—Toma el primer documento de la pila de la izquierda—ordenó.

Ella tragó saliva.

La confusión fue breve y pronto volvió a dar paso a la furia. Lejos de desobedecer, alcanzó la hoja solicitada. Echó un rápido vistazo a su contenido y fue cuando captó lo que realmente pasaba.

Dudó y con descaro y sin un ápice de pudor, sus ojos se deslizaron por las líneas perfectamente escritas en cada renglón imaginario.

—¿Qué es esto?—preguntó, confundida.

—Tu baja definitiva—respondió.

—¿Qué?

—Ya lo escuchaste—murmuró—. Como tú lo dijiste, has sido la mejor aliada en la Insurgencia durante todo este tiempo. Estoy pagándote el favor—su voz adquirió una extraña monotonía, cuidosamente controlada y tranquila—. Puedes marcharte cuando lo consideres necesario, irte antes de arrastrarte a una trampa mortal.

Sakura sintió una punzada de culpa. Cuando se levantó de la cama, su intención no era solicitar una baja permanente, sino abogar por el bienestar de Sasuke.

—Y-yo n-no—titubeó.

—No serás considerada una desertora. Comenzaras desde cero con otro nombre, una nueva identidad. Tus crímenes y faltas serán perdonados y ninguno de nosotros volveremos a hablar al respecto—la voz de Kakashi se redujo a casi un susurro, mucho peor que si le estuviera gritando. Deseó que gritara. Cualquier cosa sería mejor que esa fría brutalidad.

—No me refería a esto—espetó.

—Lo sé, pero no quiero hacerte sentir como que no tienes otra opción.

Ella tragó grueso.

Kakashi cerró los ojos y dejó escapar un largo y pausado suspiro. Cuando volvió a levantar los parpados, maestro y alumna se contemplaron de manera significativa.

—Perdón por todo lo que te he orillado a hacer—susurró.

Intercaló la vista entre el documento y el rostro afligido de su general.

—No me obligaste a hacer nada.

—Y, después de todo, continuas siendo amable—dijo en tono de burla—. ¿No estabas cansada de cuidar tu tono?

Una sonrisa afloró en sus labios blancos.

—Puedes quedártelo. Cuando hayas tomado una decisión, házmelo saber.


Zona de nadie

Sumida en un torbellino de emociones que parecían multiplicarse con cada segundo que pasaba, su corazón latía con una fuerza que amenazaba con romperle el pecho, mientras sus manos temblaban ligeramente al tratar de aferrarse a la calma que se le escapaba entre los dedos. En el aire, el peso de lo inminente era tangible, una presencia opresiva que no podía sacudirse.

Volvió a echar otro vistazo al espejo.

Hasta ese momento, bajo la mortecina luz del cuarto de baño, se percató del cambio visible en su aspecto. La guerra había dejado marcas indelebles en su ser. Su cabello rosado, alguna vez un símbolo de su juventud y energía, ahora caía en mechones más cortos a la altura de su mandíbula, como si el tiempo y el combate lo hubieran desgastado. Su rostro, aunque aún poseía una belleza serena, estaba atravesado por cicatrices finas, a duras penas perceptibles. Sus ojos verdes, que solían brillar con una chispa de esperanza y determinación, ahora eran más oscuros, como si el peso de lo vivido hubiera apagado parte de su luz interior; la piel bajo sus ojos revelaba sombras persistentes, producto de noches insomnes y recuerdos inquietantes que no la dejaban descansar. Incluso su postura reflejaba la tensión constante: hombros ligeramente encorvados, como si cargara con un peso invisible, y movimientos cautelosos, siempre alerta.

Resignada, cerró los ojos y tomó otra enorme bocanada de aire.

El golpe a la puerta le indicó que era momento de salir y, con más resignación que valentía, abandonó su pequeño refugio para ir al encuentro de Kakashi y Shikamaru.

—Toma esto—dijo el heredero del clan Nara, depositando en su palma un pequeño dispositivo electrónico—. Estaremos contigo en todo momento—añadió, su voz cargada de una certeza que buscaba ser tranquilizadora. Era un faro de pragmatismo en un mar de incertidumbre—. Si necesitas ayuda, no dudaremos en actuar.

Ella asintió, sus labios se curvaron en una sonrisa tensa y apretada que nunca alcanzó sus ojos. Agradecer a Shikamaru era un gesto de cortesía, pero también una reafirmación de su propósito, una manera de anclarse en la realidad que la rodeaba.

Kakashi, con su habitual semblante enigmático, la observaba desde un rincón de la sala. Había en él una calma que contrastaba con la tormenta interior de Sakura, y su presencia le otorgaba un extraño consuelo. Sabía que estaba lista, aunque cada fibra de su ser se resistiera a admitirlo.

—Todo está preparado—anunció—. Él ya se encuentra en el lugar.

Un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Sabe que Sasuke estaba allí, esperando, era una prueba brutal de lo que se encontraba en juego. Intentó calmar su mente, enfocándose en la misión, pero los recuerdos de lo que él significaba para ella la invadían sin tregua.

—¿A dónde exactamente me dirijo?—preguntó, su voz temblaba levemente pese al esfuerzo por mantener la compostura.

—A la aldea Moyoshi—respondió Kakashi—. Es un punto seguro. Llegaras utilizando el jutsu de transportación.

Sakura asintió nuevamente, tratando de imprimir una firmeza que no sentía a su asentimiento. La palabra "seguro" resonaba en su mente con un eco vacío, una promesa hueca en una situación que desbordaba peligro y traición.

Mientras Kakashi realizaba los últimos preparativos, su mente no podía dejar de divagar, atrapada en la maraña de sus propios pensamientos. Cada fragmento de memoria, cada temor y esperanza, se entrelazaban en una red inextricable.

Se situó a lado de Shikamaru . Él la observó de reojo.

—En cierta forma, esperaba que te rehusaras a participar—dijo, su tono medido y neutral, pero con una sombra de preocupación en el rostro.

Sakura giró la cabeza para mirarlo, una ceja ligeramente arqueada en señal de incredulidad.

—¿De verdad creías que lo haría?—preguntó, ironía y curiosidad por partes iguales.

Shikamaru negó con la cabeza, sus labios esbozando una sonrisa amarga.

—No. Mis esperanzas y creencias son dos cosas distintas desde hace tiempo. Por eso imaginé que era inconcebible.

Ella suspiró, dejando que una pequeña sonrisa, tan breve como un destello , cruzara su rostro.

—La Insurgencia necesita esto. Necesitan que haga lo que otros no harían.

El silencio que siguió fue denso, cargado de las palabras no dichas, hasta que Shikamaru volvió a hablar, sus ojos clavados en el horizonte como si buscara respuestas en la distancia.

—Fuiste una de las compañeras más notables con las que tuve el privilegio de estudiar. Tu implacabilidad siempre fue algo que admire.—. Hizo una pausa, su expresión tornándose más grave—. Pero…

Sakura lo miró, notando como el aire se volvía aún más pesado.

—¿Pero qué?—preguntó, casi en un susurró.

Shikamaru la miró directamente, su semblante más serio que nunca.

—La forma en la que has llevado esa tendencia a la guerra me tiene preocupado. A veces me pregunto dónde está el límite para ti. Si es que lo tienes.

Sintió una punzada en el corazón, pero su faz permaneció inmutable.

—Tiempos desesperados requieren medidas desesperadas. Para enfermedades extremas, los métodos drásticos de cura, en cuanto a restricción, son los más adecuados.

Él frunció el ceño.

—¿Y qué hay del principio "no dañaras"?

Sakura apartó la mirada, sus ojos proyectaban una mezcla de dolor y resinación.

—Eso ya no aplica para mí. Mis manos están manchadas de sangre—respondió con tristeza que no podía ocultar. Levantó la vista nuevamente, encontrando los ojos de Shikamaru—. Es hora de irnos.

Kakashi se acercó, interrumpiendo la conversación entre los dos.

—Bien, entonces. Todo está listo.

Tal como lo habían planeado, Sakura se situó en el punto designado, su mano temblorosa al tomar el kunai. Shikamaru se acercó y activó el sello con precisión.

El proceso del jutsu de transportación siempre le había parecido un instante suspendido fuera del tiempo, un lapos en el que el cuerpo y el alma de disgregaban para reunirse nuevamente en un punto distinto del espacio. Sin embargo, esta vez, esa fracción de segundo se sintió interminable, como si el universo mismo conspirara para prolongar su tormento.

Cuando finalmente emergió en Moyoshi, el aire de la aldea le pareció extrañamente denso, cargado con la expectativa de lo que estaba por venir. El entorno era un cúmulo de sensaciones que su mente, agudizada por la tensión, percibía con una claridad punzante: el crujir de nieve bajo sus pies, el murmullo lejano de un arroyo, el silbido del viento entre las ramas. Cada sonido y cada olor parecían susurrarle secretos oscuros, como si la propia naturaleza estuviera al tanto de la trama que se tejía a su alrededor.

El sitio desolado, mas no destruido, le ofrecía una vista sorprendentemente hermosa. Una casa solitaria se alzaba en medio de la nada, rodeada de prados cubiertos de nieve. El paisaje, una belleza será y pura, indicaba que la guerra no había alcanzado ese lugar. Se arrebujó en su abrigo, sintiendo el frío penetrar hasta sus huesos, y do un paso tentativo hacia el frente.

Avanzó cautelosa, sus sentidos en alerta máxima. Sabía que no estaba sola; sus compañeros la vigilaban desde las sombras, aguardando el momento oportuno para actuar en caso de ser necesario. Ella era la carnada, el señuelo para atraer a Sasuke a una trampa cuidadosamente orquestada. La certeza de la traición la corroía por dentro, desgarrando la paz que había intentado construir en los últimos meses de separación.

No era que no amara a Sasuke. Ese sentimiento, profundo y arraigado, había sido una constante en su vida, una llama que ni el tiempo ni la distancia habían logrado extinguir. Pero la lealtad que sentía hacia él se veía enfrentada a la responsabilidad que tenía con su aldea, con sus compañeros. Era una guerra interna que la despojaba de certezas, sumiéndola en un mar de dudas y angustias.

Mientras se adentraba en el paisaje nevado, pensó en que cada paso que daba la acercaba aún más a un enfrentamiento inevitable, no solo con Sasuke, sino también con su propia conciencia. La casa solitaria se alzaba ante ella como un símbolo de su propio aislamiento, de las decisiones que la habían llevado hasta allí, lejos de la seguridad y el calor de su hogar.

El viento gélido soplaba, levantando pequeños remolinos de nieve a su alrededor. Se detuvo frente a la puerta de la casa, su corazón latiendo desbocado en su pecho. Tomó una profunda respiración, tratando de calmar los nervios que la asaltaban. Sabía que el siguiente momento sería crucial, un punto de inflexión que definiría el futuro.

El crujo bajo sus botas resonaba en el aire helado. Extendió la mano hacia la puerta. La madera fría y rugosa bajo sus dedos le recordó la realidad de su misión. Empujó con determinación, y ésta se abrió con un crujido, revelando el interior de la casa.

Al ingresar, sus sentidos se agudizaron aún más. La casa estaba en silencio, pero cada rincón parecía susurrar historias no contadas, secretos ocultos bajo capas de polvo y años de abandono. Avanzó, sus pasos resonando en el suelo de madera. No había vuelta atrás. El destino de todos, y especialmente el de Sasuke, dependía de lo que sucediera en ese lugar.

—¿Llegaste bien?—la voz de Shikamaru llegó desde el dispositivo.

—Sí—respondió Sakura en un susurro, tratando de mantener su voz firme.

—Bien—dijo Shikamaru, y aunque no lo veía, podía imaginar su expresión seria y concentrada al otro lado de la comunicación.

Dio un paso más adentro, sus ojos ajustándose a la penumbra de la casa. El aire estaba impregnado de un aroma a madera vieja y polvo. Las paredes, estaban decoradas con fotografías descoloridas de días pasados, mostrando rostros sonrientes y momentos felices.

Justo a su izquierda, había una estantería repleta de libros polvorientos y juguetes olvidados que indicaban la presencia de niños. Pequeñas huellas de una vida familiar se revelaban en detales minúsculos: una muñeca de trapo descuidada sobre una silla, un dibujo infantil clavado en la pared con un alfiler oxidado, y un par de zapatillas diminutas abandonadas junto a la puerta de la entrada.

Solo cuando llegó a la sala y vio la figura de Sasuke de espaldas, una silueta familiar que le parecía fuera de lugar en aquel entorno, decidió que era momento de cortar la comunicación.

—Voy a desconectar—murmuró, más para sí misma que para Shikamaru.

—Sakura, espera…—protestó él al otro lado de la línea, pero ella no alcanzó a escucharlo todo porque ya había puesto un pie dentro de la habitación.

—Sasuke—llamó, su voz resonando en el silencio del cuarto.

Él, despertando de un sobresalto de un sopor placentero, se levantó de prisa y giró lentamente, sus ojos negros encontrando los de ella.

Ambos se contemplaron de hito en hito, si poder creer que después de dos meses, estuvieran frente a frente. Era como si el tiempo se hubiera detenido exclusivamente para ellos.

El corazón de Sakura latía con fuerza, cada palpitación resonaba en sus oídos como un tambor de guerra. Allí estaba él, el hombre que había sido el centro de su mundo, y ahora, el epicentro de su conflicto interno. El amor y la lealtad se entrelazaban con la traición y la obligación, creando un nudo inextricable en su pecho.

—Sasuke…—repitió ella, dando un paso hacia delante.

Lo observó con detenimiento, notando cada cambio en su apariencia. Lucía más alto y musculoso, su cabello estaba más corto de lo que recordaba, lo que le daba un aire más severo y maduro. La imagen de él, tan diferente y a la vez tan familiar, hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas y su corazón volviera a latir con fuerza desbocada.

Sasuke también la atisbaba de forma intensa. Sus ojos oscuros recorrían cada centímetro de su rostro, de su figura, como si intentara grabar cada detalle en su memoria. Era consciente de que le quedaba grande el abrigo y que se veía más delgada y pálida, incluso cansada y enferma.

Incapaz de sostener la mirada por más tiempo, apartó la vista, pero no pudo evitar que una lágrima rodara por su mejilla. El peso de lo vivido, de todo lo sufrido, era abrumador en ese momento. La presencia de Sasuke, a pesar de todo, la hacía sentir vulnerable y expuesta, pero también le recordaba que había sobrevivido, que aún estaba de pie.

—Sakura…—dijo Sasuke, su voz baja, cargada de una de tanto significado que era difícil dejar pasar por algo, de algo más profundo, algo que ella no podía identificar del todo.

Él avanzó un paso también, sus ojos nunca apartándose de los de ella. Cada movimiento era medido, como si ambos estuvieran al borde de un precipicio, conscientes de que cualquier acción podría desatar una avalancha de consecuencias.

Por más ganas que tenía de abrazarlo y besarlo, recordaba que ahora Sasuke era un hombre casado y que no podía faltar a su compromiso. La realidad de su situación se impulsó con brutalidad, recordándole las barreras insalvables que los separaban. Además, no estaba segura de poder hacerlo, de permitirse sentir tan intensamente sin perder el control de las emociones que tanto esfuerzo le había costado mantener a raya.

Sasuke dio un paso hacia ella, con la intención de acortar la distancia que aún los separaba. Pero en ese momento, Sakura retrocedió instintivamente, sus músculos tensándose en una reacción automática. No era miedo a Sasuke, sino una respuesta profundamente arraigada en su cuerpo, una defensa aprendida a raíz del abuso que había sufrido. El gesto fue involuntario, pero inmediato.

Al notarlo, él carraspeó un poco, rompiendo el pesado silencio que se había instalado entre ellos.

—La libertad te sienta bien—dijo, su voz baja y algo ronca.

Ella esbozó una sonrisa quebrada, una mezcla de tristeza e ironía pintada en sus labios.

—¿Cómo va todo en Konoha?—inquirió, buscando una conversación que la ayudara a alejarse de la intensidad de sus sentimientos.

Sasuke suspiró, una sombra pasando por sus ojos.

—Aguantando, colgando de un hilo—respondió, sus palabras cargadas de un cansancio que iba más allá de lo físico.

Una risa suave, aunque amarga, reverberó entre las cuatro paredes.

—Es una mala elección de palabras—dijo, su sonrisa ampliándose aunque su mirada permanecía triste.

Ambos se avizoraron, y por un breve instante, compartieron una sonrisa genuina, una pequeña burbuja de alivio en medio de la tormenta.

Sakura tragó grueso, tratando de mantener la cordura mientras sus emociones y sentimientos se arremolinaban dentro de ella.

—Gracias por venir—susurró.

A medida que la conversación fluía entre ellos, comprendieron lo lejos que habían ido con su relación. Habían imaginado y deseado aquel momento durante tanto tiempo que ahora no sabían evaluarlo.

—Gracias por invitarme—respondió Sasuke.

Ambos volvieron a contemplarse, el silencio instaurándose entre los dos al no saber qué hacer o qué decir.

Posiblemente hastiado, Sasuke se apresuró a romperlo.

—No puedo quedarme mucho tiempo.

Sakura intentó ocultar la decepción que sintió al escuchar esas palabras. Sabía que su tiempo juntos siempre estaría limitado, que cada encuentro era un lujo que no podían permitirse prolongar.

—Está bien, lo entiendo—dijo, esforzándose por mantener una expresión neutral—. No quiero ponerte en peligro.

Sasuke asintió, agradecido por su comprensión.

El hecho de que estuviera ahí ya era suficientemente riesgoso para los dos.

—Ven, toma asiento—la invitó, señalando un sofá cercano.

Ella accedió, aunque incómoda, y se postro a su lado. La proximidad de Sasuke, su presencia física, era un bálsamo para sus heridas, una cercanía que había añorado durante tanto tiempo. El calor que emanaba de él y su aroma la envolvieron, brindándole consuelo.

Respiró profundamente, permitiéndose un breve instante de tranquilidad. Sentada junto a él, con sus hombros casi tocándose, sintió una conexión que trascendía las palabras. Era como si, en esa cercanía, pudieran comunicar lo que sus corazones callaban.

Sasuke la observó de reojo, oteando la tensión en su cuerpo y el cansancio en sus ojos.

Fue entonces que ella rompió el silencio con una pregunta que debía hacerse, aunque temía la respuesta.

—Sabes por qué estoy aquí, ¿cierto?

Él la miró directamente, su semblante grave. Tragó grueso antes de responder.

—Sí, lo sé.

Volvieron a callarse. Nerviosa, comenzó a jugar con sus manos, un gesto que no podía controla del todo. Sasuke, por su parte, parecía luchar con sus propias palabras, buscando la manera de expresar lo que sentía.

—Pensé que había olvidado cómo respirar hasta este momento—admitió finalmente—. Por un instante, creí que habías muerto.

Sakura tragó grueso.

—No, sobreviví.

Sasuke esbozó una sonrisa amarga.

—No suenas muy contenta al respecto.

Ella no respondió, simplemente cerró los ojos, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con brotar. Sentía que cualquier cosa que dijera no sería suficiente para expresar el infierno que había vivido durante su escape.

—Puede que tú no estes feliz, pero yo…

Se atrevió a mirarlo a los ojos, buscando entender lo que él quería decir. Lo que vio la sorprendió: un ligero sonrojo se extendió por sus meillas, un inicio de vulnerabilidad que rara vez mostraba.

—Pero yo estoy feliz de verte, Sakura. De verdad.

Aquellas palabras, tan sencillas y honestas, la desarmaron. En medio de todo el dolor y la confusión, había un destello de esperanza, a pesar de las circunstancias, aun había un vínculo entre ellos que no podía ser quebrantado.

Ella respiró hondo, intentando reunir el valor para expresar lo que sentía.

—Yo también estoy feliz de verte—dijo finalmente, su voz quebrandose un poco—. Más de lo que puedo decir.

Ninguno de los dos sabía cómo actuar en presencia del otro. El peso de los recuerdos y las experiencias compartidas, junto con las cicatrices que ambos acarreaban, creaban una barrera invisible pero palpable entre ellos.

Sasuke carraspeó de nuevo, buscando las palabras adecuadas para romper ese bloqueo emocional.

—¿Por dónde quieres comenzar?—preguntó.

Sakura se secó las lagrimas que habían escapado de sus ojos sin que ella se diera cuenta. Inspiró profundamente, tratando de reunir fuerzas.

—Desde el inicio—respondió.

La puso al tanto de la caótica situación política en Konoha. Le explicó cómo Obito había tomado el control, imponiendo una seria de medidas draconianas que habían sumido a la aldea en un estado de terror y desconfianza. Describió la atmosfera de incertidumbre y el miedo constante que se respiraba en las calles, el desconcierto entre los ciudadanos y la división cada vez mayor entre los miembros del clan. Sakura escucha atentamente, asimilando cada detalle con el ceño fruncido, mientras trataba de entender la magnitud de lo que Sasuke le estaba contando.

—¿No se supone que tú deberías ascender al poder?—preguntó finalmente.

Sasuke negó con la cabeza.

—No es tan sencillo. La regla de sucesión sólo aplica en caso de que mi padre muera. Pero el consejo decidió destituirlo en lugar de ejecutarlo, así que todos los decretos de mi padre han sido suspendidos. Ahora quien está a cargo es un gobierno interino. Las próximas decisiones se someterán a votación.

Sakura dejó escapar un suspiro frustrado.

—Entonces, ¿no hay ninguna posibilidad de que seas elegido?

Sasuke apretó los labios.

—Es difícil. La situación es inestable, y el consejo está dividido. Algunos me ven como una amenaza, otros como una esperanza. Pero con Obito al mando, cualquier cosa puede pasar.

La política de Konoha siempre había sido un campo de batalla, pero ahora, con las tensiones al máximo, la incertidumbre era angustiosa.

—¿Y qué pasará contigo?—quiso saber, genuinamente preocupada por su bienestar.

Él se quedó en silencio por un momento, reflexionando.

—¿Honestamente?, no lo sé—se encogió de hombros.

—Sasuke, yo…—Se le quebró la voz. Agachó la mirada y comenzó de nuevo—: Yo, lo lamento mucho.

Se apresuró a negar con la cabeza, deteniéndola antes de que pudiera continuar.

—No, no lo hagas—respondió vacilante mientras bajaba la mirada hacia el suelo. Había un rastro de infantilismo en su voz.

—Me siento culpable por la frágil salud mental de mi madre —continuó, sus palabras más para él mismo que para Sakura—. Siempre esperé ser un heredero excepcional para compensar todos los fallos, incluidos los de Itachi.

La confesión cayó sobre ellos como una losa. Sakura sintió una punzada en el corazón, reconociendo la carga que Sasuke llevaba desde hace tiempo. Aunque ella también había sufrido, en ese momento su atención estaba en el hombre que tenía frente a ella, un hombre quebrado por la responsabilidad y el remordimiento.

—Sasuke…—comenzó, pero no encontró las palabras para consolarlo. La profundidad de su dolor la dejó sin habla.

Sasuke levantó la mirada.

—Nunca es suficiente. Nada de lo que haga puede salvar a mi familia del colapso. Y ahora, con todo esto…—sacudió la cabeza, como si intentara ahuyentar los pensamientos oscuros que lo atormentaban.

Sakura se acercó un poco más, sus manos temblando mientras luchaba contra el impulso de tocarlo, de ofrecerle algún tipo de consuelo físico. Pero la barrera invisible entre ellos, tejida de recuerdos dolorosos y cicatrices invisibles, la detuvo.

Lo escrutó con atención, notando cómo se sacudía ligeramente al mismo tiempo que se aclaraba la garganta antes de responder.

—Estoy bien—murmuró, resignado—.No debes sentir pena por mí, no después de todo lo que mi clan y yo te hemos hecho.

Los labios de la kunoichi se apretaron con frustración. Sin embargo, no pudo contenerse más y colocó una mano sobre la de él, sorprendiendo a Sasuke con su gesto de ternura.

—No lo siento por los demás—dijo con sinceridad, su mirada buscando la suya con determinación—.Lo siento por ti. Detesto verte sufrir.

La declaración de Sakura dejó a Sasuke sin aliento. Se limitó a estrujar su mano en respuesta. Ella le dedicó una trémula sonrisa, sus ojos brillando con emoción contenida, mientras él permanecía en silencio, conmocionado.

Sasuke apartó su mano de la de Sakura y la colocó sobre su regazo, luego suavemente situó su otra mano sobre la de ella.

—Ya hemos hablado bastante sobre mi—dijo en tono serio—. Si mal no recuerdo, estás aquí para abordar otra situación.

Ella asintió con nerviosismo, apartando su mano de la de Sasuke y ajustando un mechón de cabello detrás de su oreja. Tomo aire antes de continuar, pronunciado las palabras con cautela.

—Si, por supuesto—comenzó, su voz ligeramente entrecortada por la ansiedad—. Con todo lo que ha sucedido, y las cosas que hiciste por mi…. La Insurgencia quiere invitarte a colaborar.

El rostro de Sasuke permaneció impasible, una máscara de serenidad que apenas ocultaba las emociones turbulentas que lo agitaban por dentro.

—No estás obligado a hacerlo—continuó ella rápidamente, anticipándose a cualquier respuesta—. Les dije que difícilmente accederías. Ya te he puesto en peligro en más de una ocasión, y no quiero que… no quiero que acabes muerto por mi culpa.

Sasuke dejó escapar un profundo suspiró.

—Lo haré.

—¿Q-qué?—tenia los labios entre abiertos, pálida y con el corazón cabalgándole entre las costillas.

—Colaboraré con la Insurgencia—confirmó en tono seco—. Pero tengo una serie de condiciones.

—Sasuke…

Aunque en el fondo sabía que él accedería, una pate de ella había albergado la esperanza secreta de que no lo hiciera. Ahora, con sus palabras resonando en su mente, sentía un nudo de preocupación crecer en su pecho. Cada paso de Sasuke con la Insurgencia aumentaba el riesgo de que fuera descubierto, de que las consecuencias de sus acciones pasadas finalmente lo alcanzaran. A pesar de su deseo de apoyarlo en sus esfuerzos por cambiar las circunstancias de Konoha, no podía evitar el temor constante por su seguridad y por el impacto que sus decisiones tendrían en el futuro.

Haciendo caso omiso a su llamado desesperado, Sasuke continuó explicando, su coz medida y tranquila a pesar de la gravedad de su ultimátum.

—Difícilmente podremos sacar ventaja de la situación política actual. Obito está en el poder y el Régimen sigue superando a la Insurgencia. Si logramos debilitarlo lo suficiente, tal vez podamos inclinar la balanza a nuestro favor temporalmente, hasta que alguien más tome el control y esté dispuesto a negociar para poner fin a la guerra.

Escucharlo hablar con tanta frialdad le creó un nudo en la garganta, cerrándole la respiración , comprimiéndola por dentro hasta forzarla a contener un jadeo de desesperación.

—¿Les harás saber mi respuesta?—terminó su pregunta con una nota de incertidumbre.

—S-sí.

—Está bien—dijo simplemente.

Inhaló profundamente.

—Tomaste una decisión—comenzó, su voz temblando ligeramente por la anticipación—. Quiero escucha tus condiciones. Quizás ahora que estoy en una posición más privilegiada, puedo interceder por ti, tal vez conseguirte un perdón por los crímenes de guerra.

Una sonrisa sarcástica curvó la comisura de los labios de Sasuke, sus ojos negros brillando con un toque irónico.

—Te quiero fuera de esta maldita guerra—dijo firmemente. Su mandíbula vibró, sacudiendo la mirada con severidad—. No quiero que te involucres en esto.

Sakura lo miró, notando la frustración. Frunció el ceño, molesta.

—No puedes pedirme eso—replicó con firmeza, indignada—. No puedes simplemente exigirme que abandone todo, no en este punto. No soy un objeto que puedas guardar bajo llave. He dedicado toda mi vida a esto, Sasuke. No puedes pedirme que lo deje todo atrás solo porque te preocupas por mí.

Ambos se sostuvieron la mirada, sin parpadear. Sin embargo, tras un instante que pareció prolongarse por un siglo, Sakura notó la furia y la resistencia desvanecerse gradualmente. Una profunda fatiga se apoderó de ella, un agotamiento que trascendía el cuerpo físico y se instalaba en su alma.

Ella dejó caer la cabeza y respiró hondo, apretando los dedos en un puño mientras apartaba la mirada de él.

El aire flotaba a su alrededor, frío; como si sus fantasmas los rodearan. Ambos acarreaban con muchos muertos.

La guerra era como un abismo que lo quería todo y nunca estaba satisfecho. Siempre necesitaba más. Otra vida. Otro sacrificio. Ser mejor. Más inteligente. Más despiadado. Más rápido. Más astuto.

Hasta ese punto, Sakura había sacrificado casi cada parte de sí misma que tenía para ofrecer.

Rápidamente se puso de pie y camino hacia la ventana. El silencio se hizo más denso a su alrededor mientras se apoyaba en el marco de la ventana, mirando hacia afuera sin ver realmente. Sentía que el tiempo se les agotaba, que cada segundo que pasaba los alejaba más el uno del otro. Tal vez esa sería la última vez que vería a Sasuke, pensó con amargura y resignación.

Estaba perdiendo. No había salvado a nadie. Tsunade. Shisui. Naruto. Ino. La insurgencia.

Quería demasiado.

Sus hombros temblaron.

Se percató de la presencia de Sasuke detrás de ella. Girándose lentamente, lo contempló de cerca, encontrando su mirada intensa clavada en la suya, luego deslizándose hacia sus labios entreabiertos. Sasuke parecía contenerse, estaba luchando por mantener la calma. Sin decir una palabra, unió su frente con la de ella. Sakura cerró los ojos, disfrutando el calor de su proximidad.

—Debí haber huido contigo cuando tuve la oportunidad—dijo en un susurro ronco.

Sakura asintió lentamente, una sonrisa nostálgica curvando sus labios.

—Sí, tal vez podríamos haber escapado a alguna playa—murmuró, evocando una imagen fugaz de paz y libertad que nunca habían conocido juntos en medio de la guerra.

Estaba demasiado cansada para mantener a raya sus emociones. Soltó un sollozo.

Depositó un beso suave en su mejilla, sus labios apenas rozando su piel con ternura.

—Por favor, se cuidadoso—murmuró—. Siempre estás en peligro y no puedo pedirte que te detengas.

Sasuke le pasó el pulgar por el dorso de la mano.

—Lo haría si pudiera. Tú lo sabes. Correría contigo y nunca miraría atrás.

—Lo sé…—hipeó.

Sasuke tragó grueso.

—Debo irme—murmuró.

Ella asintió con tristeza contenida, sabiendo que no podía detenerlo, aunque en su interior anhelaba prolongar ese momento por siempre.

Cuando finalmente se apartaron el uno del otro, Sakura observó a Sasuke y notó algo inusual en su expresión. Sus ojos estaban vidriosos, brillantes con lágrimas que se resistían a caer abiertamente. Él las secó rápidamente, como si temiera que demostrar su vulnerabilidad pudiera ser interpretado como debilidad. Tomó una bocanada de aire, procurando recuperar la compostura antes de enfrentarse al mundo exterior una vez más.

Con determinación, él caminó hacia la puerta.

Sakura permaneció en silencio junto a la ventana , observando cómo Sasuke se alejaba, sintiendo un vacío creciente en su pecho. Esa despedida no era solo física; significaba la separación de sus caminos, una realidad dolorosa que la vida les había impuesto.


Tan pronto como sus pies tocaron el suelo, Shikamaru se acercó a ella.

—¿Se puede saber qué demonios fue eso?

Sakura frunció el ceño, mas no respondió.

—¿Acaso pensaste en lo que podría haber sucedido si los Uchiha aparecían de la nada?—continuó insistiendo.

—Por supuesto que lo hice, no hay necesidad de recordármelo. Ya estuve en esta situación no una, si no dos veces—replicó.

Ambos se miraron el uno al otro, desafiantes.

Al cabo de un segundo, Shikamaru recobró la calma y, con evidente pesar, dejó escapar un largo y sonoro suspiro que no pasó desapercibido para Sakura.

—Espero que haya valido la pena—murmuró.

—Él accedió.

Shikamaru parpadeó, sorprendido.

—¿Qué?

—Sasuke accedió, solo con ciertas condiciones.

Una risa amarga reverberó en la sala.

—No me sorprende.

Sakura apretó los labios.

El anunció de las peticiones de Sasuke no la había tomado con la guardia baja, sin embargo, el hecho de que dichas exigencias la involucraran a ella directamente hacían hervir su sangre.

—Shikamaru-san, Sakura-san—los saludó un joven soldado con sumo respeto—. El General está aguardando por ustedes—anunció.

—Gracias—musitó el heredero del clan Nara—. Será mejor no hacerlo esperar—dijo en un gruñido.

Sin decir una sola palabra, ambos emprendieron camino a la oficina de Kakashi.

Al llegar, lo encontraron en el lugar de siempre, postrado en la silla detrás del escritorio, con la mirada fija en uno de los tantos documentos que llegaban a diario y el semblante aburrido.

Solo cuando Sakura cerró la puerta a sus espaldas, Kakashi despegó la vista del papel y reparó en ellos.

—Te tomaste tu tiempo—remarcó.

Ella dejó que el comentario pasara sin respuesta, sintiendo la mirada de Shikamaru posarse sobre ella. Mantuvo la vista fija en el general, sus pensamientos aun enredados en el breve encuentro con Sasuke y lo que aquello había provocado en su interior.

—Sasuke aceptó—dijo ella.

Kakashi enarcó una ceja.

—¿Puedo preguntar qué lo hizo cambiar de opinión?

Sakura respiró hondo; su respuesta tendría implicaciones profundas para todos. Las palabras de Sasuke aun resonaban en su mente, su decisión de colaborar con la Insurgencia a pesar de los riesgos.

Los segundos se alargaron hasta convertirse en minutos. Finalmente, con una voz más firme de lo que sentía, habló.

—Sasuke es leal a mí. Esta dispuesto a hacer todo lo necesario para detener a su padre.

Kakashi la observó con atención, buscando algún indicio de duda en su expresión.

—¿Te habló de los planes de Fugaku?

Ella asintió, aunque su mirada estaba perdida en algún punto más allá de Kakashi.

—Sí, pero antes de eso, necesito asegurarme de que nada malo le sucederá a Sasuke.

El General dejó escapar un suspiro cansino.

—Bueno, no puedo prometer eso, Sakura. Estamos en guerra, y Sasuke es un Uchiha.

Sakura lo miró a los ojos, frunciendo el ceño.

—Al igual que Itachi.

El nombre quedó suspendido en el aire. Kakashi no dijo nada, como si estuviera reparando en la comparación y lo que implicaba. Finalmente, dirigió una mirada a Shikamaru, quien entendió la señal de inmediato.

—Necesito un momento a solas con Sakura—dijo Kakashi.

Shikamaru se mostró de acuerdo y salió de la oficina, dejando a los dos inmersos en un tenso silencio. Una vez que se aseguró que su fiel colaborador estaba fuera del alcance del oído, Kakashi se volvió hacia Sakura.

—¿Qué es lo que realmente me estas pidiendo, Sakura?

Ella respiró hondo. Había esperado ese momento, pero la realidad era más difícil de enfrentar de lo que había imaginado.

Tomó una profunda bocanada de aire, buscando la fuerza para continuar. Había mucho en juego, y lo sabía mejor que nadie.

—Si ganamos… si conseguimos ganar, quiero asegurarme de que nada malo vaya a pasarle a Sasuke. Quiero un perdón.

—Sakura…

Ella lo interrumpió, su voz cargada de una intensidad que no admitía replica.

—No aceptaré un no por respuesta. Hice lo que me pediste, me planté ante él, me aproveche de nuestra relación. Porque si no hubiera sido así, Sasuke jamás habría accedido a apoyarnos.

Sabía que había hecho lo necesario, pero eso no aliviaba la sensación de traición que la abrumaba. La manipulación, el aprovecharse del vínculo que compartía con él, la dejaba con un amargo sabor en la boca. Había forzado su relación, utilizándolo como una herramienta para los fines de la Insurgencia, y esa realidad la golpeaba con fuerza brutal.

Se había visto obligada a utilizar su amor y lealtad de una manera que nunca jamás imaginó. La había obligado a sacrificar su integridad emocional en el altar de la guerra.

—Está bien—dijo finalmente Kakashi, resignado.

Sakura apretó los labios, la mirada fia en él.

—No me basta con tu palabra. Quiero que cumplas con ello. Me lo debes.

Ahora fue el turno de Kakashi para fruncir el ceño.

—¿Por qué hablas como si estuvieras segura de que morirás en esta guerra?

—Es una posibilidad. No puedo descartarlo.

Él negó con la cabeza, su expresión más severa.

—Tampoco puedes tener la certeza.

—Aun así, el panorama será desfavorecedor para los Uchiha, especialmente para Sasuke e Itachi.—Sakura notó cómo su voz tembló ligeramente al mencionar a ambos hermanos, la incertidumbre de su futuro pendía sobre ellos como una nube oscura.

Kakashi cerró los ojos nuevamente, sintiendo el peso de sus propias palabras.

—Está bien, lo juro.

Sakura lo miró, buscando en su expresión cualquier signo o alarma de duda.

—Debes asegurarme que nada sucederá. Que nadie podrá hacerle daño. Si cualquier persona quiere jugar al maldito héroe enviándolo a la cárcel, me asegurare de matarlo con mis propias manos.

Kakashi se quedó mirándola con franca incredulidad. Bajo aquella mirada, Sakura se puso roja.

—Has cambiado.

Ella se encogió de hombros.

—Bueno, es un efecto de la guerra, ¿no es así?

Ambos continuaron contemplándose fijamente. En el pasado, Sakura jamás habría imaginado encontrarse frente a su general implorando por salvar la vida de su amado, quien era un Uchiha e hilvanando planes de ataque como toda una estratega consagrada. Su labor se limitaba a la enfermería, a curar heridos y consolarlos en su lecho de muerte.

Lejos de continuar abordando el trato, decidió desviar el tema, buscando la próxima estrategia.

—Sé cómo podemos genera un golpe desde adentro—dijo de repente, rompiendo el silencio.

Kakashi elevó una ceja, interesado pero cauteloso.

—¿Ah, si?

Sakura asintió.

—Lo estuve pensando… Sasuke está colaborando con otro grupo de la resistencia en Konoha. La mayoría de ellos son capitanes o comandantes de grados más bajos. Ahora que Fugaku está preso y fuera del tablero temporalmente, creo que podemos utilizar la incertidumbre a nuestro favor.

Kakashi cruzó los brazos, inclinándose ligeramente hacia adelante.

—¿Y cómo propones que lo hagamos?

Ella respiró hondo, organizando sus pensamientos.

—La opción más directa y segura es un ataque masivo con explosivos de alto poder destructivo, podemos crear una técnica secreta por los expertos en sellos. El ataque podría eliminar a todos los líderes Uchiha, pero también causaría miles de muertes civiles. Puedo hacer que Sasuke plante los sellos sin arriesgar su cobertura.

Desde donde se encontraba de pie, vislumbró a su antiguo mentor fruncir el ceño, probablemente sus pensamientos oscilaban entre la estrategia militar y las implicaciones éticas.

—¿Crees?

—Nunca había trazado un plan de ataque. Durante la mayor parte de mi vida, solo me encargue de curar a personas agonizantes.

—¿Es idea de Sasuke?—quiso saber.

Sakura negó con la cabeza.

—No, simplemente vino a mi mente cuando estábamos hablando.

Kakashi pasó una mano por su cabello, claramente meditando sobre las implicaciones de la propuesta.

—Un ataque de esa magnitud nos obligaría a ir a una batalla total.

—Lo sé. Pero si lo planteamos como un rescate, podríamos efectuar un ataque más grande como distracción mientras que un grupo pequeño ingresa a la aldea para hacer el verdadero trabajo.

Kakashi se quedó pensativo un momento.

—No solo implicaría bajas por parte de los Uchiha, también los civiles morirán—remarcó, como si intentara hacerla entrar en razón.

Ella tragó grueso.

Por supuesto que había considerado dicha posibilidad.

En el pasado, Haruno Sakura jamás se habría atrevido a plantear algo así, era inconcebible. No obstante, la Sakura del presente desgarró su corazón, había arrancado esa parte humana de su alma, y daría rienda suelta a su odio. Había llegado a la conclusión de que odiar era muy fácil, llenaba el vacío que había en su interior, le permitía sentir algo nuevo.

—No podemos darnos el lujo de ser cautelosos—dijo, su voz sonó sumamente extraña—. ¿De qué nos ha servido? Simplemente luchamos para sobrevivir, mientras los Uchiha nos atacan para exterminarnos. Debemos dar todo o nada antes de que ellos lo consigan.

El general desvió la mirada hacia el escritorio.

—Hablare con los demás miembros del gabinete—aseguró.

Al menos lo tomaría a consideración.

Sin decir una palabra, Sakura se mostró de acuerdo. Por el rabillo del ojo observó a Kakashi ponerse de pie y, por primera vez en trece años, captó el cansancio grabado en cada línea visible de su faz.

A su paso colocó una mano sobre su hombro y la estrujo, como si intentara brindarle consuelo y apoyo. El contacto fue breve, a duras penas perceptible.

Los oídos le palpitaban. Se sentía tan pequeña, como si fuese a deshacerse en polvo. Los ojos le palpitaban por la presión de contener las lágrimas.


Sakura salió a trompicones por la puerta principal. Las imágenes de su reunión con Sasuke y sus palabras resonaban constantemente en su cabeza. Se sentía repentinamente mareada, las piernas le tambaleaban y dejó de ver por un instante.

Cuando se refugió en la intimidad de su cuarto, se deslizó contra la pared hasta el suelo, abrazándose las rodillas contra el pecho mientras la sangre bombeaba furiosamente en sus oídos.

La presión en su pecho estalló y lloró por primera vez desde hace dos semanas, sollozó con las manos presionando su rostro, para que nadie pudiera escucharla.

Lloró por el dolor. Lloró por la vergüenza. Pero sobre todo lloró porque esos años peleando por la Insurgencia no habían significado nada.

Con dificultad consiguió ponerse de pie.

La luz tenue de la lámpara del escritorio lanzaba sobras alargadas sobre los pergaminos dispersos por la superficie. Apretó los párpados con fuerza, tratando de ahuyentar el agotamiento y las lágrimas que brotaban a goterones. Cada musculo de su cuerpo le dolía, como si llevara días sin descanso.

Atisbó por la página por tercera ocasión y frunció el ceño. Tomó nuevamente el bolígrafo y comenzó a trazar los últimos resultados de su investigación, cuando escuchó un llamado a la puerta.

—¡Ya te lo dije, Ino, estoy bien, deja de insistir!—exclamó, frustrada.

Lo último que necesitaba era consuelo. No quería relamerse las heridas.

—No soy Ino—dijo la voz masculina al otro lado de la puerta.

El bolígrafo resbaló de sus dedos temblorosos al reconocerlo.

—Itachi—susurró para sí misma, su sorpresa mezclada con una súbita preocupación.

Se levantó de su asiento, sintiendo cada paso como si caminara sobre un campo minado. Cuando abrió la puerta, encontró al mayor de los Uchiha aguardando afuera, su expresión tan insondable como siempre, aunque sus ojos mostraban un cansancio similar al suyo.

Ambos se contemplaron.

—¿Puedo pasar?—preguntó.

—Adelante.

Se hizo a un lado y le permitió el ingreso. La habitación era un desastre. Las sobijas estaban revueltas. Las paredes estaban repletas con algunos recortes de páginas, imágenes de la anatomía del ojo, pergaminos desperdigados por el suelo y una montaña de libros en el escritorio.

—Lamento el desorden—murmuró Sakura, avergonzada.

Itachi sacudió la cabeza levemente.

—No, soy yo quien debería disculparse. Estas ocupada.

—No, en realidad, necesitaba un descanso—respondió ella con una sonrisa cansada.

El mutismo que le ofreció les brindó un punto de anclaje en la conversación.

—¿Quieres un poco de té?—preguntó, más por romper el silencio que por otra cosa.

—No, estoy bien.

Inmediatamente, se apresuró a quitar algunas cuantas cosas del sofá para que Itachi pudiera tomar asiento. Mientras lo hacía, sintió la mirada fija en ella, como si intentara descifrar sus pensamientos más profundos. Una vez que hubo despejado suficiente espacio, se dejó caer a su lado, sintiendo un leve alivio al estar cerda de alguien que entendía la gravedad de la situación.

Él estaba al tanto de su encuentro con Sasuke y, al igual que ella, se mostró en contra, aunque fue el único en expresar sus pensamientos.

—¿Cómo resultó todo?—cuestionó en voz baja, como si no quisiera hacerlo.

Sakura tragó grueso.

—Sasuke accedió a participar.

Itachi la miró de reojo.

Acababa de darle la peor noticia de todas, porque en el fondo, al igual que ella, esperaba que Sasuke se rehusara en rotundo a colaborar.

El Uchiha cerró los ojos por un momento, como si intentara procesar la información. El silencio que siguió fue denso, casi sofocante.

—Nada de esto es tu culpa—dijo finalmente, su voz quebrándose ligeramente—. Debí detener todo este desvarío cuando tuve la oportunidad de hacerlo.

—Tampoco era tu responsabilidad que esto pasara—replicó.

Itachi esbozó una sonrisa dolida.

—Solo quería proteger a Sasuke. Supongo que a final de cuentas no lo conseguí.

Sakura sintió una punzada de dolor en el pecho. En un parpadeó, tomó su mano y la estrujo, como si eso pudiera transferirle un poco de su fuerza.

—Nada de esto es tu culpa—repitió con vehemencia—. Por favor, debes dejar de sentirte responsable. Eras simplemente un niño cuando todo esto pasó.

Él no replicó de inmediato. Sus ojos se encontraron en un choque de entendimiento tácito. Sakura liberó su mano y secó sus lágrimas.

—Voy a ayudarte—dijo, su voz temblando con resolución y miedo por partes iguales.

Él parpadeó una, dos, tres veces, escéptico.

—¿Cómo?

—He conseguido un perdón—comenzó a decir—, probablemente tanto tu como Sasuke podrán escapar cuando la guerra termine…

Itachi la miró directamente a los ojos.

—Sabes que eso nunca ocurrirá. ¿Por qué intentas engañarte a ti misma?

Sakura tragó grueso, tenía la impresión de que las palabras de Itachi eran como dagas en su corazón.

Los dos volvieron a callar, sumidos en sus propios pensamientos. La afonía era pesada, llena de cosas no dichas y sueños rotos.

Aun cuando le costaba admitirlo, Itachi tenía razón. De nada servía resguardar esperanzas de un futuro que, sin duda alguna, era irrealizable.

—¿Sabes? Esta mañana, cuando ter marchaste, tenía la esperanza de que no regresaras, que hubieses decidido escapar con Sasuke—dijo con tota la sinceridad que le era posible—. Sentí una profunda decepción cuando supe que habías vuelto.

—No puedo hacer eso—murmuró Sakura, el nudo en su garganta se estrujó aun más de lo que esperaba.

Ahora fue el turno de Itachi para atisbarla con una intensidad renovada.

—No le debes nada a la Insurgencia, así como Sasuke tampoco le debe nada a mi padre ni al clan. Tal como lo dijiste, ambos eran unos niños pagando las consecuencias de las acciones de otras personas.—Su voz era un susurro áspero.

No sabía qué decir al respecto. Una vez más, Itachi estaba en lo correcto. Los dos pudieron haber huido hace mucho tiempo, cuando Fugaku los encomendó a arribar al campamento donde se encontraba su primogénito para salvarlo. Aquella noche, Sasuke pudo haber tomado una ruta completamente distinta a la establecida en el plan, aferrarse a su mano y correr tan rápido como sus piernas se lo permitieran, tan lejos como les fuera posible.

—Aun si decidiera escapara, no hay un lugar lo suficientemente lejano para olvidar todo lo que he hecho, los crímenes que cometí, todo lo que he vivido…

Él pareció comprenderlo. Sus pasados los mantenían anclados, incapaces de encontrar una salida.

Volvieron a callarse. Sakura secó sus lágrimas con el dorso de la mano.

—La Insurgencia efectuara un ataque directo, será todo o nada.

—¿Cuándo?—preguntó Itachi.

—No lo sé, tal vez en cuestión de semanas, creo que eso nos dará tiempo suficiente para realizar el trasplante.

Itachi se quedó pensativo.

—¿Estás seguro de que quieres hacerlo?—cuestionó ella—. No puedo asegurarte que funcione. Jamás he realizado algo así.

—Confió el ti—respondió—. Siempre lo hice, desde el momento de nuestra promesa, supe que estaba en lo correcto.

Se le heló el corazón.

—Gracias—fue lo único que consiguió recitar.

—Por esa razón, dejo esa tarea en tus manos.

Sakura apretó los labios.

—Hare mi mejor esfuerzo—prometió.

Las próximas semanas serían cruciales. La batalla final se acercaba, y con ella, la posibilidad de un nuevo comienzo o una caída definitiva.

Los dos permanecieron sentados en silencio, lado a lado, mirando el desorden de la habitación que solo era una representación de sus propias vidas. La luz de la lámpara parpadeó levemente. Era un momento de quietud en medio de la tormenta, un respiro antes de la muerte inminente.

Sabían que el futuro era incierto, pero en ese instante, encontraron un breve consuelo en la presencia del otro. Y así, en la penumbra, se limitaron a compartir el mutismo que hablaba de promesas, sacrificios y la inquebrantable esperanza de que, de alguna manera, encontraría un camino hacia la redención.


República del Fuego

Bajo la fría luz de la luna, la aldea yacía en una quietud invernal, como un cuadro pintado con tonos de nostalgia y arrepentimiento. Caminaba lentamente por las calles vacías, sus pisadas crujían sobre la nieve recién caída, un sonido casi inaudible en el vasto silencio de la noche. La nieve caía suavemente, cubriendo el mundo con una capa de pureza que contrastaba dolorosamente con la tormenta interna que lo consumía.

La reunión con Sakura después de tanto tiempo, despertó en él una avalancha de emociones que había intentado enterrar. Era como si la vida misma le hablara de un pasado al que ya no pertenecía, de una existencia que estaba dispuesto a dejar atrás en su búsqueda insaciable de venganza y justicia. Si bien, habían intercambiado pocas palabras, cada una de ellas era como un dardo envenenado.

A medida que avanzaba por la aldea, las imágenes de Sakura inundaron su mente: su sonrisa, su inquebrantable fe en el él, su amor. La última vez que la había visto, su mirada estaba llena de terror, un terror que él mismo había provocado. El peso de sus errores lo aplastaba, cada paso hacia su casa era una penitencia.

Acababa de tomar una decisión: apoyar a la Insurgencia. El acto de traicionar a su padre y clan por el que luchó durante tantos años lo consumía, pero sabía que era lo correcto. Sakura consiguió despertar algo en él, una chispa de humanidad que creía perdida.

Cerró los ojos, tratando de mantener a raya el dolor. Ella había sufrido por él, y aunque sus caminos se separaron, el hilo del destino siempre estuvo entrelazado con el de ella. La promesa de algo que nunca pudo florecer, de una vida que nunca tendrían oportunidad de vivir, era un tormento constante en su alma. Había elegido la oscuridad, y en ese camino sacrificó y perdió más de lo que podía haber imaginado.

Poco antes de llegar a la puerta, contempló a dos figuras familiares aguardando por él en el porche. Algo andaba terriblemente mal.

El corazón le latió con fuerza entre los confines de su pecho, un presagio de malas noticias. Se detuvo a unos metros de los hombres, sus ojos oscuros evaluándolos con cautela.

—Comandante—lo saludó uno de ellos con sumo respeto.

—Capitán—respondió.

Estaba preparándose para lo peor. Evidentemente, su ausencia no habría pasado desapercibida para sus subordinados ni siquiera para Obito. Era un milagro que hubiese conseguido abandonar la aldea durante un par de horas sin ser detectado.

—Me temo que soy portador de malas noticias—dijo el hombre a manera de advertencia, apenado—. Su madre…

Inmediatamente frunció el ceño.

—¿Qué pasa con ella?—quiso saber.

El joven capitán tragó grueso, desvió la mirada hacia el suelo y rascó la parte posterior de su cabeza; signos inequívocos de nerviosismo.

—Me temo que debe verlo por su cuenta—murmuró.

El tiempo pareció detenerse mientras las palabras resonaban en su mente, cada sílaba una puñalada en el alma.

No supo cómo llegó a la mansión familiar. Un momento estaba de pie frente a su casa, el siguiente se encontraba en la habitación de sus padres.

La escena ante él era surrealista, sacada de una pesadilla. Desde el sitio donde se encontraba sentado, al borde de la cama, era posible vislumbrar las gotas de sangre en el suelo, la mano estirada de su madre, inmóvil y fría. Los policías deambulaban de un lado a otro, recogiendo pruebas a la vez que los murmullos llenaban el cuarto.

Un hombre se acercó a él con expresión llena de una compasión vacía.

—Lo lamento tanto, comandante—dijo, su voz un eco distante en la mente de Sasuke.

No respondió. Su rostro permaneció impasible, un lienzo en blanco incapaz de proyectar un atisbo del infierno que rugía en su interior.

Se sentía vacío, un abismo de nada en el lugar donde debería haber dolor. Intentaba recordar los momentos con su madre, su voz, su risa, pero todo se veía borroso, como sí. Estuviera separado de esas remembranzas por un velo impenetrable.

Otro policía se acercó.

—Nos encargaremos de la escena—le aseguró mecánicamente, sin rastros de congoja o empatía.

Sasuke asintió ligeramente, sus movimientos automáticos. La realidad de la muerte todavía no conseguía penetrar la armadura de su entumecimiento emocional. Todo era un eco distante, una serie de imágenes y sonidos que a duras penas registraba.

Fue entonces cuando una voz femenina lo obligó a regresar a la realidad, rompiendo la desconexión.

—Sasuke-sama—llamó con urgencia.

Se giró lentamente, como si estuviera moviéndose a través del agua, y vio a Suzume. Sus ojos abnegados en lágrimas y su expresión proyectaba todo lo que él no podía sentir.

Confundido, frunció el ceño y, sin más, se acercó a ver qué sucedía. Suzume estaba esposada y era escoltada por dos hombres en dirección a la salida. Ella sollozaba, desesperada, sus palabras entrecortadas por la emoción.

—Lo siento tanto, solo fue un momento.

Sasuke la vislumbró. No necesitaba ser un genio para determinar que se refería a la muerte de su madre.

—Está bien—dijo, gentil—. No fue tu culpa.—Luego, se dirigió a los jóvenes cadetes que la estaban conteniendo—. ¿A dónde la llevan?—inquirió.

—Comandante—saludó uno de ellos—. La llevaremos a la comisaria para interrogarla.

—Eso no es necesario—declaró.

—Pero, comandante…—comenzó a decir.

—¿Estás cuestionando la orden de un superior?

El joven agente tragó grueso, asustado, y negó con la cabeza.

—No, comandante. Lo siento—murmuró, bajando la mirada.

—Quítale las esposas—ordenó.

Los hombres obedecieron rápidamente, liberando a Suzume. Una vez la despojaron de las ataduras metálicas, ella volvió a sollozar.

Sasuke la contempló por un momento.

—Irás a casa conmigo—dijo.

Suzume asintió sin decir una palabra, sus lágrimas cayendo silenciosamente.

Él dejó escapar un largo suspiro entumecido.

—¿Es todo por hoy?—se dirigió a uno de los oficiales. Estaba seguro que perdería la cabeza si permanecía un minuto más ahí.

—Si, comandante. Nos encargaremos del resto—respondió uno de ellos.

—Bien—masculló.

Ambos salieron al frio de la noche, demasiado agotado pero totalmente consciente, una combinación tremendamente incómoda. El aire helado le dolía en los pulmones.

El camino de regreso fue silencioso. Suzume, aun temblando ligeramente, caminaba a unos cuantos metros detrás de él. Por su parte, Sasuke se desplazaba con pasos firmes, su mente un torbellino de pensamientos y emociones que no lograba descifrar. La muerte de su madre, el encuentro con Sakura, todo se entrelazaba en una pérfida maraña de caos y confusión.

No sabía cómo había conseguido llegar a la casa, lo que sí sabía era que las luces estaban encendidas y, tan pronto como abrió la puerta, Takako acudió a recibirlo.

Lejos de mirar a su esposa, le indicó a una de las mujeres del servicio que preparara una infusión para Suzume, así como un cuarto para ella. La mujer asintió, abrazó a la temblorosa criada de manera delicada y la dirigió hacia otro punto de la casa.

Tan pronto como él y Takako estuvieron a solas, ella se adelantó a hablar.

—Intenté localizarte, pero no tenía manera de hacerlo…

Sasuke pasó a su lado sin responder, sus pensamientos nublados por el cansancio y el dolor. Tomó asiento en el sillón individual, encajó los codos sobre sus muslos y ocultó el rostro entre sus manos. La realidad de la situación era surrealista, como una pesadilla de la que no podía despertar.

El shock principal que lo golpeó era como un rayo en un cielo despejado, inesperado y devastador. En el instante en que las palabras llegaron a sus oídos, no fue capaz de asimilar su significado real. La muerte, esa presencia siempre constante y, hasta cierto punto, abstracta, había irrumpido de repente con una crudeza insoldable. Su psique, incapaz de procesar la magnitud de la pérdida, quedó suspendida en una especia de limbo emocional, atrapada entre la incredulidad y el suplicio.

Había visto la muerte antes, había enfrentado la violencia y la guerra, pero nada lo había preparado para eso. La muerte de su madre no solo era un hecho, sino una fractura en el tejido de su existencia. Mikoto era un pilar para todos, y ahora, había sido arrancado de golpe, dejando un abismo en su lugar.

La casa estaba colmada de una quietud sepulcral, rota por el crujido ocasional de la madera o el susurro del viento.

Takako se arrodilló a su lado, su expresión llena de dolor y compasión. Estiró un brazo para tocarlo pero en el último momento decidió no hacerlo, respetando su espacio.

—Lo siento… lo siento tanto.

Sasuke no respondió. Sus pensamientos oscilaban entre la culpa y la agonía.

—Debí saber que algo asi sucedería—se quedó su n palabras, y se apartó el cabello de los ojos.

Takako se apresuró a negar.

—No había forma de saberlo—respondió con suavidad, sus ojos llenos de lágrimas contenidas.

Guardó silencio nuevamente, su esposa tenia razón. Pero eso no aliviaba la culpa que lo consumía, la sensación de que, de alguna manera, había fallado a su madre.

—Sasuke…—lo llamó su esposa al no recibir respuesta.

Él apartó las manos de su rostro, se levantó de su asiento. La necesidad de escapar de la opresión de su hogar, de la escena de la tragedia, estaba acabando con el ínfimo remanente de cordura en su ser.

—¿A dónde vas?—inquirió Takako al verlo dirigirse a la puerta.

—Necesito salir de aquí.

—Sasuke, entiendo lo que sientes en este momento, pero…

—Hice un trato con la Insurgencia. Voy a colaborar con ellos.

Takako, aun arrodillada, se levantó rápidamente.

—¿Qué…? ¿Por qué?

Sin contemplarla, Sasuke miró fijamente a la puerta, como si la respuesta estuviera allí, esperándolo fuera de los límites de su hogar.

—Sabes lo que sucederá contigo si Obito o lo demás lo descubren—dijo, su tono frio y práctico, aunque su corazón estaba lleno de angustia.

—Sí—replicó.

Una vez más, caminó.

—¡Sasuke!

Se detuvo por un momento, sus hombros tensos y las manos temblorosas.

—¿A dónde vas?—cuestionó su esposa.

—No lo sé—dijo.

Sin más preámbulos, abrió la puerta y salió de la casa, la fría noche invernal lo envolvió mientras se adentraba en la oscuridad. La incertidumbre del futuro y la carga del pasado lo acompañaban.

La nieve caía lentamente.

La lobreguez se convirtió en su una compañía mientras caminaba hacia lo desconocido. No había esperanza en su corazón. Con cada paso, el peso de sus decisiones y el eco de su pérdida lo hundían más en una espiral de desesperanza. La noche se cernió sobre él, implacable y gélida, mientras é se alejaba, sin rumbo ni consuelo.

Continuará

N/A: ¡Buenas, buenas genta bonita! Espero se encuentren muy bien y que los capítulos hayan sido de su agrado.

Había olvidado todo el drama de la última parte: Sasuke está a punto de perderlo todo y Sakura está dispuesta a convertirse en algo muchísimo peor con tal de conseguir venganza.

Como les comente, la historia no tiene un final feliz, pero si uno acorde a la trama y todo lo que los personajes han vivido, su desarrollo, motivaciones, etc. No puedo decir que sea bueno o malo, pero no saben cuánto me alegra saber que estamos a unos cuantos capítulos de finalizar este caótico viaje. Heredera de la Voluntad de Fuego es el fanfic al que más tiempo he invertido y el que, por miles de razones, me ha presentado retos inimaginables.

Como siempre, gracias infinitas por su apoyo. No sé cómo compensar el tiempo que dedican a leer mi historia y dejar bonitos reviews 3, estoy en deuda con ustedes.

Sin nada más que agregar, nos leemos en la próxima actualización.

¡Cuídense mucho! ¡Les envió un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren!

¡Hasta la próxima! ¡Bye!