Hola a todos, aquí Coco, quien se sorprende de las cositas sexys y oscuras que se le ocurren en la cabecita w Y que hoy, como cada fin, viene a traerles nuestro ratito de lemon, melizabeth y NNT. Hoy nuestros investigadores se adentran en el misterio de la abadía tras conocer a cierta persona interesante y divertida. ¿Por qué será que el personaje de Ban siempre tiene el don de sacar ese lado travieso en todos? Bueno, pues estamos por verlo ^u^ Muchas gracias por seguir acompañándome en mi mudanza desde Wattpad ❤ Les mando un beso, un abrazo, todo mi amor, y como siempre digo, ya saben qué hacer.
Posdata: recuerden que hoy es entrega doble ^u^ Muchísimas graciaspor su paciencia y lealtad.


2 ¿Qué ocurrió con el espantapájaros?

Elaine miraba a los caballeros que la acompañaban a través del camino de tierra en dirección a la casa del informante y, por un momento, no supo qué pensar. Se veía que el padre Meliodas era una excelente persona, su expresión gentil le daba un aire de calidez que hacía fácil sentir que se podía depender de él. Sin embargo, ella había sido testigo de su reacción cuando fue a visitar a los enfermos, y supo que estaría muy equivocada si llegaba a considerarlo una persona blanda.

¿Cuántas veces debió haber visto fenómenos extraños para no inmutarse con eso? Era en definitiva una persona misteriosa, pero por alguna razón, aún así decidió que quería confiar en él. Por otro lado, parecía que no sucedía lo mismo con el joven seminarista. Aquel pelinegro miraba al padre con una expresión de desconcierto que ella no sabía si interpretar como curiosidad o desconfianza, pero al final, eso en realidad no importaba. Los tres estaban recorriendo el mismo camino, literalmente, y pasara lo que pasara, estaba decidida a ayudar al convento.

Había querido ir desde pequeña, aún lo recordaba como un lugar hermoso, y al saber que había caído en desgracia, supo que estaba dispuesta a todo para salvarlo. A todo, incluso aunque al final terminara no yendo. La verdad, aún no estaba segura de tomar sus votos, ya que si bien tenía una vocación natural para ayudar a las personas, también le gustaba la idea de formar una familia algún día. Pero, ¿con quién, si era tan tímida que solo podía hablarle a otros religiosos? Suspiró resignada, preguntándose si debería preguntarle su opinión al padre, cuando de pronto se detuvieron y apareció en el horizonte una choza con la chimenea encendida.

—¿Aquí es, hermano Zeldris?

—Sí padre, debe ser. Me dijeron que el "zorro" vive en la última casa del pueblo, la más alejada. No es de aquí, pero parece que los lugareños le tienen mucho afecto.

—Bueno, pues vamos a averiguar si…

¡TOC!

Un golpe seco los asustó a los tres por un momento, y al siguiente, todos miraron en dirección al origen del sonido con alivio. Todos excepto Elaine, quien además se ruborizó por completo al ver quién lo había causado. A unos veinte metros de la cabaña estaba un hombre alto y musculoso, de erizado cabello blanco y ojos rojos como fresas. Se veía joven, aunque era difícil saberlo, y el sudor hacía resplandecer su piel mientras cortaba leña a ambas manos con un hacha. No llevaba ninguna camisa.

—¡Disculpe amigo! ¿Es usted "el zorro"? —Aquel hombre levantó la mirada en dirección a ellos, y al sonreír, Elaine supo de inmediato el por qué del apodo. Nunca había visto una sonrisa tan astuta y tan traviesa.

—Para servirlo, señor. Ban Fox, a sus órdenes. Y a las órdenes de la bella dama que se esconde a sus espaldas. —La rubia no se había dado cuenta de cuándo lo hizo, pero se había escondido detrás del padre y lo sujetaba de su abrigo negro con fuerza.

—Muchas gracias. Yo soy Meliodas, y estos son el hermano Zeldris y la hermana Elaine. —Al saber que se trataba de una monja, la expresión coqueta del campesino desapareció y una gentil sonrisa fue a sustituirla.

—Lo siento hermana, buenos días.

—Señor Fox —intervino el pelinegro—, ¿por casualidad usted es la persona con la que tenían trato en el convento para transportar víveres? —La expresión de alegría se borró rápido de la cara del hombre, y fue reemplazada con una de interés y alerta.

—No se equivoca. ¿Por qué no pasan a mi casa por un té y una buena historia de terror? —Los tres se le quedaron viendo con expresiones de desconcierto, pero como al final el rubio se alzó de hombros y lo acompañó, los otros no tardaron en unirse también. La casa era acogedora, limpia para ser de un soltero, y el aroma a comida era tan agradable que a Elaine se le hizo agua la boca. Como además su anfitrión paró unos segundos para ponerse camisa, la tímida joven logró calmarse lo suficiente como para poder mirarlo a la cara.

—Entonces señor Fox…

—Solo Ban, padre.

—Ban. ¿Qué es exactamente lo que pasa ahí? ¿Es cierto que el convento está maldito? —El peliblanco inhaló con fuerza y dio un buen sorbo a su taza antes de hablar.

—No exactamente. O más bien, es difícil saberlo. Verán, el convento siempre ha sido de claustro. Es decir, que las monjas se la pasaban encerradas orando tras los muros de la abadía, y yo no las veía nunca, ni siquiera para las entregas. Sin embargo, sabía que estaban ahí, porque cada vez que dejaba comida en la habitación anexa a los muros, siempre desaparecía cuando iba a abastecer de nuevo. Y siempre sin falta me dejaban una buena paga.

—¿Cuándo dejó de suceder? —Unas sombras acentuaron los ojos del pálido caballero, y Elaine volvió a sentir miedo de golpe.

—Esa es la cuestión, padre. Nunca ha dejado de pasar. —Un silencio inquietante se apoderó de la habitación, y las tres personas santas se inclinaron al mismo tiempo para escucharlo.

—Entonces, ¿las monjas siguen ahí?

—No hermano, yo estoy casi seguro que no. Hace unos meses —empezó echando a andar—, hice mi entrega acostumbrada abasteciendo de harina, conservas y otras cosas que duran mucho tiempo. Para poder llegar a ese cuarto tengo que atravesar el cementerio que está a la entrada del castillo, y pasar frente a una puerta que siempre está cerrada. Aquella mañana vi…

—¿Qué? —Él miró a la hermana con intensidad, y de golpe volvió a sentarse haciéndola saltar del susto.

—Un cuerpo.

—¡Kyaaaa!

—Jajajajajaja —rió "el zorro"—. No se alarme señorita. Eso creía yo que era, estaba colgado de la ventana del piso superior con una cuerda. Por un segundo creí que alguna de las monjas había cometido suicidio, pero no, porque al acercarme para mirar mejor y tratar de darle santa sepultura, resultó que solo era un espantapájaros vestido con hábito. —Las tres personas de cuello blanco suspiraron aliviados.

—Después de todo, las monjas siguen ahí. Vaya, qué broma tan pesada.

—Ni están ahí, ni es broma, hermano. Es hora que no entiendo lo que pasó después. Luego de dejar el espantapájaro en la despensa y volver a casa, cosas extrañas empezaron a ocurrir. Alguien fue a la abadía para pedir que hicieran oración por un difunto, y no solo no le abrieron, sino que se perdió al regresar. Yo lo encontré tres días después, prácticamente en los huesos, y con la apariencia de que le hubieran chupado la sangre.

—Es cierto. Yo no vi al primer paciente, pero he atendido a todos los afectados desde que llegué.

—Gracias por eso, hermana. Pasa cada cuánto, y a todo pobre cristiano que trata de acercarse a esos muros.

—Excepto a usted. —apuntó el sacerdote.

—Supongo que hacen una excepción conmigo porque sigo llevando los suministros cada mes.

—¿Y se los comen?

—No, señor. Cada que regreso solo tomaron algunas cosas, aunque sospecho que quienes lo hacen son las ratas.

—¿Entonces por qué sigue yendo?

—Porque siguen dejándome la paga, padre. Un gordo saco de monedas cada mes —El silencio volvió, y esta vez, estaba envuelto en misterio—. Espero no sonar como un hereje, pero el dinero de los muertos es tan bueno como el de los vivos. Y precisamente tengo que volver en estos días. —Los tres enviados de la santa sede se quedaron pensando, pero como a esas alturas ya era obvio quién era el líder, dejaron que el padre hablara.

—Pues bien Ban, te ruego que la siguiente vez nos lleves contigo. Incluso podemos pagarte si lo deseas.

—¡Me ofende! Seré codicioso, padre, pero jamás me atrevería a cobrarle a un servidor público como usted. Me imagino que no lucra demasiado por hacer este trabajo.

—Pues no. Es prácticamente amor al prójimo, y también para ayudar a estos jóvenes.

—Yo solo vine a investigar. —dijo el pelinegro.

—¡Y yo solo quiero ayudar! —corroboró la monja. El ojirojo se le quedó viendo a esta última un segundo más de lo debido, y cuando logró que se volviera a ruborizar, sonrió.

—Entonces mañana, a las dos, cuatro irán a ver qué sucede en el convento de Santa Nerobasta.


—Aaaahhh… ¡Aaahhh! —El aire gélido golpeaba contra la ventana de la celda, ahogando los gemidos de una joven de pelo azul y ojos castaños recostada en el viejo catre. Tenía las piernas completamente abiertas, con una mano se apretaba un pecho, y con la otra acunaba la cabeza de otra chica de largo pelo negro y ojos rasgados—. Guila… mmm… ¡Más!

—Jericho… —La pelinegra, que en realidad era una demonio, lamió con más intensidad aquella zona hipersensible, haciéndola arquear su cuerpo y contraerse de placer.

—No es suficiente —dijo otra persona en la habitación—. Así no pueden darle buen ejemplo a Eli. Parece que tendremos que usar un poco de magia de " el patrón". Guila, comete esto.

La chica de pelo café y ojos amielados le pasó algo a la pelinegra que era como una galleta, y apenas la otra la hubo tragado, una reacción violenta ocurrió. Una energía oscura de apoderó de su cuerpo, se retorció por unos segundos, y al siguiente varios apéndices brotaron de su cuerpo: unas orejas de gato saltaron en su cabeza, sus pechos crecieron al menos dos tallas, pero lo más impactante, un largo y grueso miembro masculino se formó entre sus piernas echo con esaespecie de plasma negro.

—Sí, con esto lo lograremos. Querida Jericho, ¡con esto lograré darte más placer!

—¡Kyaaaah! —Con esa armadura lujuriosa, la pelinegra se introdujo en su compañera y comenzó a embestirla con fiereza—. ¡Aaaahhh!

—Ahora sí. Mira bien querida, eso es lo que harás tú con la próxima persona que cruce por nuestras puertas.

—Hermana Vivian, no puedo, yo…

—¡Sin excusas! —dijo la mayor—. Harás lo que dijo la superiora, ¡tal y como dicta el patrón!

—Pero…

—¡Hermanas! —dijo una chica de pelo verde mientras entraba abruptamente.

—¿Qué sucede Deldry? —Ignorando completamente el hecho de que ahora Guila embestía a Jericho por detrás, la de los ojos aguamarina se puso a saltar extasiada.

—¡Hombres! Se acercan, ¡y son muchos!

—¡¿Qué?! —Haciendo caso omiso de los gemidos que ya se habían elevado a gritos, todas las mujeres de hábito salieron flotando en dirección a una de las torres.

«No, no por favor. No vengan, ¡no vengan!». La más rápida en llegar fue la albina, que trató de orar porque esas personas se desviaran, pero no. Sus nuevos ojos sobrenaturales no la engañaban. Sí que venían muchos hombres.

—¡Allá! —señaló Deldry—. Un grupo de hombres del pueblo viene para acá.

—¡Gil! —gritó la hermana Vivian—. Es Gilthunder. Por fin podré atraparlo, ¡esta vez no escapará!

—Y viene con muchos amigos. Presiento que tratarán de quemar nuestro convento.

—¡Bah! Como si pudiéramos estar más cerca de las llamas del infierno. Pero, ¿qué es ese otro grupo?

—Un momento —dijo Jericho, que en ese momento también subía arreglándose las faldas—. ¡Ese es Ban!

—¿Qué hace "el zorro" trayendo a extraños aquí?

—No lo sé —dijo Vivian, relamiéndose de antemano—. Pero no es de nuestra incumbencia, simplemente debemos prepararnos para su llegada. Elizabeth, ve a avisarle a la superiora para que active la niebla mágica. Y ustedes, avisen al resto de las hermanas. ¡Vamos a divertirnos!

—¡Sí! —gritaron a coro. La albina no desobedeció, pero fue flotando lo más lentamente que podía. Quería darle a aquellas personas todo el tiempo que pudiera para retractarse, pero en el fondo, sabía que al menos uno de ellos lograría llegar al castillo, así que no importaba cuántas almas salvara en esa ocasión. Inevitablemente, esa noche ella caería víctima del pecado para siempre.


Cuando el reloj marcó las tres, los cuatro amigos finalmente llegaron a las puertas de la abadía. El albino silbó una exclamación y se acercó antes que los demás para admirar la entrada.

—No importa cuantas veces venga, el castillo siempre me sorprende. Pues bien, entremos. —Acto seguido se dio la vuelta y comenzó a caminar por el lateral izquierdo.

—Zorro, ¿no deberíamos tocar la puerta principal o algo?

—No, hermano. Esa puerta nunca se abre, ni siquiera la abrían cuando las monjas aún andaban por aquí. Tendremos que entrar por el cuarto de la despensa, que es por donde yo hacía las entregas. Síganme. —Solo les tomó cinco minutos llegar a la desvencijada puerta de madera de aquella entrada, y justo antes de pasar, su guía se detuvo con la manija en la puerta.

—¿Quieres que pase primero Ban?

—Nah… —dijo el ojirojo. Abrió la puerta de un golpe, y comenzó a bajar unas angostas escaleras de piedra—. Solo me pareció que la puerta estaba atascada. —Siguió bajando hasta llegar a un cuarto oscuro lleno de estantes y despensas, y cuando volvió a detenerse, esta vez sí que pareció asustado. El vello de su nuca se erizó, la piel se le puso de gallina, y retrocedió un par de pasos que lo hicieron chocar contra el rubio.

—¿Pasa algo? —Él simplemente señaló, y por un momento, aquella visión también hizo saltar del susto a los otros tres. Había una monja sentada en el banco de piedra de la despensa—. ¿Hola? —preguntó el rubio, que al ponerse al frente de todos notó lo que ese bulto en realidad era—. ¡Vaya! Pero si es solo el espantapájaros del que nos hablaste. —Trató de acercarse más hacia aquel objeto para tocarlo, pero Ban estiró el brazo abruptamente y lo sujetó para detenerlo.

—Padre, yo no deje esa muñeca así.

—¿Cómo dices?

—La dejé acostada en la mesa. El polvo está intacto y solo se ven nuestras pisadas. ¿Cómo carajo llegó ahí? —Los cuatro guardaron silencio ante este inexplicable fenómeno, cuando de pronto...

¡POM!

—¡Kyaaa! —gritó la rubia, que antes de darse cuenta ya estaba en los brazos del zorro—. ¿Qué fue eso?

—Suena como si se hubiera azotado una puerta. Tal vez si vamos a la siguiente habitación…

—¡No padre! ¡No puede!

—¿Por qué, Zel?

—Porque este es un convento de claustro. Solo las monjas pueden entrar.

—¿Luego entonces no estamos ya dentro?

—No ―balbuceó Elaine temblando—. Técnicamente aún estamos en el muro exterior.

—Pues bien, entonces hay que pasar a saludar. A la superiora le molestaría mucho si simplemente nos pusiéramos a husmear por aquí.

—Espere, ¡padre! —Pero ya era tarde para detenerlo. La puerta se abrió con un rechinido espeluznante y así, oficialmente, el padre Meliodas se convirtió en el primer hombre en entrar al convento.

—¡Hola! ¡¿Hay alguien aquí?!

—Bueno —comentó el pelinegro mientras iba tras él—, ya que. Espero que no tengamos problemas por esto.

—Tú tranquilo —Le sonrió Meliodas confiado, para acto seguido volver a gritar—. ¡¿Hay alguien?! —Los últimos en pasar fueron Ban y Elaine, y no habían dado más de un par de pasos al interior del castillo, cuando la puerta tras ellos se azotó de golpe.

—¡Kyaaa!

—¡Elaine! —dijo el zorro, colocándola detrás de él para protegerla.

—¿Qué demonios está pasando? —susurró el pelinegro, que había llevado discretamente una de sus manos al bolsillo para agarrar un crucifijo—. Padre… ¿padre?

—No deberían estar aquí.

—¡AAAAAAHHHHHH! —gritó el joven seminarista, pues aquella voz de ultratumba le había susurrado al oído. Pero al darse la vuelta y tratar de apuntar a la sombra con la cruz que sacó, se encontró con el resplandeciente rostro de una monja de trenza rubia, ojos rojos y sonrisa tranquilizadora.

—Fufufu. Perdone si lo asuste, hermano.

—¡Por fin! —exclamó Meliodas mientras se adelantaba tomando del hombro a un Zeldris tembloroso y tendiéndole la mano a la monja—. Es un placer verla, hermana. Mi nombre es Meliodas, y hemos venido a investigar los inquietantes rumores que corren sobre su abadía.

—¿Rumores? —La rubia puso una cara de inocencia e inclinó dulcemente la cabeza mientras miraba su extraño grupo—. No sabía que existieran tales rumores.

—Básicamente, su convento está acusado de abandono. ¿Aún hay monjas aquí?

—Claro que las hay —La dama parecía un poco ofendida, y se arregló un poco más el hábito para parecer pulcra—. Yo soy su superiora. Lo que pasa es que últimamente tenemos muchas deserciones, eso es todo. El lugar está algo descuidado, pero no tienen absolutamente nada de qué preocuparse.

"Nada", pensaron. Solo personas desaparecidas, objetos que se movían solos, y la extraña actitud de las monjas. Sin embargo, había algo en la voz de la superiora que los hacía sentirse relajados. Este poder afectó de forma muy especial a Zeldris quién, después del susto, se encontró contemplando embobado la belleza de la monja. Al darse cuenta del rumbo que estaban tomando sus pensamientos, sacudió la cabeza tratando de alejarlos.

—Entiendo, entiendo. Pero superiora, ¿será posible que nos deje echar un vistazo? —Esa parecía ser justo la pregunta que ella estaba esperando, porque sonrió, un extraño brillo se apoderó de su mirada, y alzó la barbilla con orgullo.

—Claro que sí. Yo los llevaré, aunque me temo que los varones deberán quedarse en esta ala del castillo. En el ala oeste habitan las monjas, y como ya deben saber, este claustro es de encierro. Usted está invitada, hermana Elaine. —Hubo algo increíblemente seductor y tierno en aquella voz, y antes de que la rubiecita se diera cuenta, ya estaba tomando la mano de la madre. Ni siquiera notó que, en realidad, ella aún no le había dicho a aquella mujer su nombre.

—Bueno —dijo el rubio con un destello en los ojos—. Parece que daremos un paseo por la abadía.


Fufufu *w* Creo que nuestro querido sacerdote no sabe en lo que se mete. ¿Les sacó un pequeño susto? Entonces, no esperemos más, y vamos a ver que es lo que pasa a continuación. Nos vemos en la página que sigue.