Gelda es preciosa y aterradora en todos los universos, ¿no creen? ^u^ Pobre Zel, ahora si que será a puesto a prueba de todas las formas posibles, fufufu. Ya saben qué hacer.


3 ¿Qué sucede con la superiora?

—Como les comenté —dijo la superiora tomada del brazo de Elaine—, nuestra abadía está pasando por un mal momento justo ahora. Las deserciones son muy frecuentes, y encima de eso, la conducta de algunas de las novicias ha sido… bueno, terrible.

—¿A que se refiere? —La rubia se volteó a ver a Zeldris con dulzura y detuvo un momento su andar.

—¿Sabe qué es lo que guarda este convento, joven? —Súbitamente algo de la usual habilidad mental del pelinegro volvió, y recordó de golpe todos los datos que su monasterio había estado recabando.

—Claro. Se dice que guarda una de las reliquias más misteriosas de la iglesia: el corazón de un santo.

—¡Así es! —comentó la rubia pestañeando de forma casi coqueta—. Guardamos la reliquia bajo llave en el lugar más profundo del convento. Pero me temo que una de mis monjas debió pensar que aquel tesoro era un mero objeto de joyería, porque robó la llave con la que abrimos el recinto.

—¡Que herejía!

—Pero oiga hermana —Ban no se veía nada convencido del asunto y se rascaba la barbilla pensativo—, ¿no cree que no sirve de nada quedarse si ya no hay nada que proteger?

—¡Oh no! El tesoro sigue bajo llave, y siempre está vigilado. Lo que pasa es que la ladrona sigue en fuga, y desde aquel reprobable comportamiento, más y más chicas desaparecen.

—Dirá que se marchan.

—Sí —dijo la ojiroja haciendo una misteriosa pausa—. Sé que dicha novicia debió dejar la llave por aquí, en alguna parte, pero somos muy pocas para buscarla, y tenemos miedo de que vuelva para robar la reliquia.

—¡Nosotros la ayudaremos a encontrarla! —gritó el seminarista, y lo hizo con tal entusiasmo que espantó a todos y terminó ruborizándose. La rubia en cambio, sonrió complacida.

—Acepto gustosa su ayuda, amigos míos. Pero me temo que tendrá que ser mañana, ya está atardeciendo, y tenemos que hacer las oraciones nocturnas.

—Vaya, vaya, vaya —Meliodas levantó una mano para hacerse sombra y mirar al sol, y el resto de sus acompañantes se miraron nerviosos. Según ellos, hacía poco menos de una hora que habían entrado al convento, exactamente a las tres. Entonces, ¿cómo era posible que el sol ya se estuviera ocultando?—. Bueno, pues mañana será. Superiora, ¿tendrá algunos cuartos donde podamos quedarnos?

—Por supuesto. Síganme por aquí —dijo la monja apurándose, y tras otros quince minutos de pasillos y escaleras, por fin llegaron a una parte del castillo que parecía un poco más moderna—. Estas son las habitaciones, aunque me temo que están un poco separadas entre sí. Tienen todos los servicios, pero les pido disculpas de antemano si escuchan ruidos en la noche. El viento se filtra y puede llegar a haber ratones.

—¡Ratones! —exclamó Elaine con asco.

—Tranquila hermana. Usted dormirá con nosotras en una mejor zona.

—No pasa nada —repitió el rubio—. Creo que lo mejor será descansar. Buenas noches hermanas.

—Buenas noches. —Entonces cada quien tomó su rumbo, y a los pocos minutos, una extraña inquietud se apoderó de nuevo de la pequeña rubia.

Se había quedado sola con la superiora. Sola. Comenzó a temblar involuntariamente, y su inconsciente viajó hasta la habitación donde en ese momento se encontraba Ban. Se dejó llevar por la fantasía de dormir esa noche en sus brazos, y al notar el extraño rumbo de sus pensamientos, se puso colorada hasta la coronilla. Desvió la mirada al piso para evitar que la madre la viera, pero esta sonreía de forma misteriosa.

—Bueno, aquí es.

—¡Te digo que quiero más!

—¿Eh? —En cuanto la superiora abrió la puerta para entrar al que debía ser el comedor, Elaine suspiró de alivio al ver que el cuarto estaba lleno de monjas. Una peliazul se peleaba con una castaña por un tazón de porcelana, mientras una chica de largo pelo negro trataba de calmarlas. Una pelimorada comía elegantemente su ración, y una de pelo verde se reía de las otras por discutir. Un par de gemelas comían con tranquilidad, y una chica de melena plateada miraba su tazón sin atreverse a dar bocado.

—¡Hermanas! —gritó la rubia llamando al orden—. Quiero presentarles a alguien. La hermana Elaine, que por hoy se quedará con nosotras, y a la cual quiero que le den la bienvenida.

—¡Hola! —Le sonrió la de pelo morado—. Mi nombre es Mela, y es un placer que te unas a nosotras esta noche.

—Gracias, yo…

—Es tan linda.

—¡Y pequeña!

—Cuéntanos de dónde vienes, querida. —Por un buen rato, la rubia pudo relajarse y sentirse como en su casa, jugando y riendo en compañía de las alegres monjas. Solo la peliplateada permanecía callada, y cuando la superiora notó a donde iban sus miradas, se dirigió personalmente a la chica ojiazul.

—Hermana Elizabeth, me parece que tienes que ir a hacer tus labores nocturnas, ¿no? —La joven se puso súbitamente tensa y movió los pies nerviosa.

—Sí, pero…

—Ve a hacerlas de inmediato. Al mal paso darle prisa, verás como todo acaba antes de que te des cuenta.

—S… sí. Buenas noches. —La chica se retiró en el mutismo total, y Elaine sintió pena por el delicioso plato de avena que había dejado casi intacto. Tal vez, si hubiera sabido sobre la magia que contenía, también habría dejado el suyo.

—Hermanas, tienen que darme la receta, ¡está delicioso!

—Come más querida. —dijo Vivian mientras le servía otra cucharada y se relamía en una expresión oscura que Elaine no alcanzó a ver.

—Ya es hora mis niñas. Hermana Melascula, lleve a la hermana Elaine a su celda. El resto, ya saben qué hacer.

—¡Sí superiora!

—Excelente. Buenas noches a todas. —La rubia las despidió sonriente y mantuvo su pose hasta el último segundo cuando se fueron. Una vez que estuvo sola y escuchó el llamado del demonio de la abadía, la sonrisa se borró de su rostro, sus ojos relucieron como llamas, y comenzó a andar flotando sobre el suelo en dirección a la torre más alta del convento.

«Un sacerdote, un seminarista, y un campesino. Vaya, pobrecitos inocentes, no saben que se metieron a las fauces de la bestia. Si pudiera sentir compasión lloraría por ellos, pero como no». La sonrisa volvió, pero esta vez, era lujuriosa y perversa. «Es hora».

La bella rubia levantó sus manos hacia el cielo, y en cuanto lo hizo, la luna comenzó a resplandecer con un tono dorado de ultratumba, la niebla alrededor del castillo se alzó más densa que nunca, y una risa diabólica que solo ella podía escuchar se alzó desde las paredes. La cacería estaba comenzando, y ya tenía a una presa en mente.


—Vamos, es por aquí…

—Te digo que no, Griamor. Es por acá. —Extraviados en medio del espeluznante cementerio que rodeaba al convento, los tres amigos trataban de ir a donde ellos creían que estaba la entrada, aunque sin éxito. La niebla era demasiado densa, su grupo ya se había separado, y cuando parecía que estaban a punto de encontrar el camino, volvían inevitablemente al mismo punto, cerca de una tumba que tenía campana.

—Es escalofriante. ¿Por qué rayos alguien pondría una campana en una tumba?

—Para saber si la persona enterrada está muerta —El joven de copete alto y ojos morados que habló apuntó a su rostro con la lámpara y comenzó a burlarse de sus amigos hablando con voz de espectral—. Si habían cometido un error al enterrarlo y resulta que el susodicho estaba vivo, podía tirar de una cuerda para hacer sonar la campana y que lo desenterraran. ¡Boo! –saltó haciendo gritar a su compañero.

—No juegues con eso, Howser. Tenemos que apresurarnos, cada vez hace más frío, y simplemente venimos a averiguar si aún hay alguien en aquel lugar maldito. —Eso decía el pelirosa, pero más que buscar a las monjas, lo que en realidad quería era encontrar a cierta amiga suya que había sido novicia ahí.

—Sí pero, ¡¿por qué demonios teníamos que venir en la noche?! —Todos miraron alrededor el amenazante lugar, y se acercaron para juntar sus espaldas—. ¿Cómo pudo pasar de ser las soleadas cinco de la tarde a esta oscuridad total en menos de una hora? ¿Y a dónde rayos fueron mi padre y el doctor Hendrickson?

—¡No lo sé! ¿Por qué no mejor dejas de lloriquear y...?

—¡Shhh! ¿No escuchan? —El trío de jóvenes se silenció para tratar de percibir lo que oía su líder, sin darse cuenta que, debido a cierta magia, cada uno de ellos escucharía un sonido diferente—. Es el sonido de una campana. No puede ser, ¿acaso hay alguien atrapado en una tumba? —No pudieron contestarle al pelirosa, porque este salió disparado a tratar de ayudar a esa persona.

—¡Gil! ¡Espera! —El siguiente de ellos se lanzó tratando de alcanzar a su mejor amigo, perdiéndose también en la niebla y yendo por un camino totalmente diferente.

—Oh no, ¿ahora qué?

—Fufufu. —Los vellos de la nuca se erizaron, un frío atroz se apoderó de su cuerpo y, al darse la vuelta, el enorme y musculoso hombre se encontró ante una visión que lo hizo sentir como un niñito cobarde. Una bella chica de pelo lila y ojos marrones le sonreía recargada en la tumba con una campana—. ¿Juegas conmigo?


Elaine no podía dormir por más que lo intentaba. Se daba la vuelta en la cama de un lado al otro tratando de calmarse, intentando de disfrutar la paz del lugar, pero cada que cerraba los ojos para descansar, la imagen de cierto hombre acudía a su mente.

«Ban». Sus primeros pensamientos fueron completamente inocentes. Recordaba la forma en que hablaron, lo feliz que estaba con él, la forma en que la protegió y cuidó de ella todo el tiempo. Justo después, visualizó sus musculosos pectorales, y una extraña sensación de calor comenzó a apoderarse de su cuerpo. «¡No! Simplemente le estoy agradecida, solo es eso, y me preocupo porque esta vez estamos demasiado lejos los cuatro».

Volvió a cerrar los ojos, decidida a obligarse a dormir, cuando la punzada volvió a llegar más fuerte. Esta vez recordó su marcado abdomen y su piel sudorosa mientras cortaba la leña. Ella no sabía mucho de hombres, pero si tenía que decirlo, Ban era un hombre guapo. Más que guapo. Era sexy. Abrió los ojos de golpe al descubrirse pensando en eso, y se sentó en la cama completamente abochornada.

—Hace calor. Sí, es eso, bastará con quitar una de las cobijas y cerrar los ojos. —Así lo hizo, y siendo la tercera la vencida, por fin logró entrar al estado de somnolencia que deseaba. Pero estaba lejos de dormir—. Mmm…

Adormilada como estaba, su cuerpo dejó de obedecer, sus pensamientos vagaron sin control, y en el momento en que se rindió y permitió que la misteriosa energía entrara en su cuerpo, una sonrisa de diablilla se imprimió en su angelical rostro y sus manos comenzaron a moverse solas.

«Ban». Sus dedos traviesos se deslizaron sobre su camisón hasta llegar a sus pechos, y comenzaron a apretarlos con suavidad, haciendo que quedos gemidos salieran de sus labios y la sonrisa se hiciera aún más amplia.

—Mmm… —Con cada segundo que pasaba la velocidad a la que lo hacía le iba resultando insuficiente, y cuando el hambre pudo más, llevó las manos por debajo de la tela y comenzó a acariciar directamente su delicada piel—. Aaahhh… —No podía detenerse. Sus rosados pezones ya estaban completamente duros a esas alturas, su cuerpo tenía una agradable tibieza que la hundía más profundamente en el sueño, y en el momento en que notó que además había humedad entre sus piernas, comenzó su transformación.

Aún dormida, una pequeña cola de diablesa se fue formando, unos cuernos resaltaron encima de su cabeza, y las uñas de sus manos crecieron como pequeñas garras afiladas. Sus manos jugueteaban hacia abajo como pálidas arañas, y cuando llegaron a su perla de placer, la novicia exploró por primera vez su zona prohibida.

La fricción de sus dedos se hacía más y más desesperada, su cuerpo comenzó a arquearse, los gemidos se volvieron jadeos, y las sábanas dejaron su cuerpo deslizándose, permitiendo que el frío le erizara la piel. Tenía las piernas abiertas de par en par, sus dedos cada vez eran más atrevidos, pero justo cuando parecía que ella se decidiría a meterlos en su interior, súbitamente la magia se fue y su cuerpo se relajó dejándola con la sonrosada expresión de un querubín.

—¿Pero qué pasó? —preguntó la demonia que había vigilado el proceso—. ¿Qué es lo que salió mal?

—Vivian, tu poción de seguro ya no sirve.

—¿Cómo te atreves? Es la receta que me dio el prior, debió afectarle tanto como a las demás. —El par de espíritus traviesos que la espiaban comenzaron a pelear entre sí, frustradas al ver que no iban a poder ser testigos de cómo la hermana Elaine se quitaba a sí misma la virginidad. Se estaban tirando mutuamente de sus cabellos dando manotazos y gruñidos, cuando quedaron heladas por un sonido a sus espaldas.

Kyupin. —Completamente aterrorizadas, el par de monjas se dio la vuelta mirando hacia la oscuridad, y al hacerlo, vieron flotando ante ellas la cara del gran demonio de la abadía.

—Pri… ¡prior!

—Tu poción no salió mal, hermana. Fui yo quien detuvo la magia. —Los ojos ámbar de aquel monstruo brillaron en las tinieblas, y les dedicó una sonrisa a sus aterrorizadas siervas.

—¿Pero por qué, patrón?

—Pues porque no debe quitarse la virginidad a sí misma. Tengo a una persona diferente en mente para que lo haga. Ahora vuelvan a sus misiones. No dejen escapar a ninguno.

—¡Sí señor! —Ambos espectros se desvanecieron en el acto tras esta orden, y después de dos segundos más de observar a la joven novicia, el demonio también se esfumó en las sombras.


—Ngh… —Dormido en su celda, el joven pelinegro que había acompañado al padre Meliodas se revolvía entre sueños extraños. En ellos, veía a una monja joven, de pelo morado y ojos azules, corriendo por el castillo con algo en las manos. Trataba de escapar, la sensación sofocante de ser perseguido lo asfixiaba también a él, y cuando parecía que el corazón iba a estallarle en el pecho, la joven por fin se detuvo.

—No puedo dejarlo salir. No debe tener la reliquia, ¡debo protegerla a cualquier costo! —No podía huir, pero tampoco podía quedarse, y Zeldris comenzó a sentirse francamente mareado por la cantidad de vueltas que dio por todo el lugar. Un muro alto, la despensa, el jardín con fuente, el oratorio. Imágenes aleatorias revolotearon por su cabeza como un ataque de murciélagos, y cuando estas por fin se detuvieron, lo último que vio fue el espantapájaros cayendo por la ventana en un suicidio falso. Después, el sueño cambió.

—Es tan inteligente, hermano.

—¡Superiora! —Entre vapores blancos y rodeada de un aura roja, el seminarista veía a la hermosa monja parada ante él, con una sonrisa juguetona y un brillo extraño en los ojos.

—Es tan inteligente, valiente, y bondadoso…

—Superiora, ¿qué hace? —Pero eso aún era un sueño. Debía serlo, considerando que, con cada palabra que decía, la hermosa mujer se iba quitando una prenda de su hábito.

—Me gustaría pagarle por el exorcismo que tan desinteresadamente están haciendo. Y creo que sé la forma. —Para ese momento ella ya estaba a los pies de su cama, inclinada hacia él mostrándole un provocativo escote.

—No por favor, esto no está bien. —A él le pareció haber dicho eso, pero sus palabras le salieron lentas, débiles, y sus ojos no podían apartarse de las turgentes y cremosas montañas blancas ante sus ojos.

—Claro que está bien, querido. No temas, es tu justa recompensa por venir hasta mi convento.

—Pero…

—Shhh… —El tiempo para hablar se había terminado. Con una habilidad digna de un felino, la voluptuosa dama se subió en él y comenzó a deslizarse, rozando provocativamente su intimidad contra el bulto del joven vestido de negro—. Sé que quieres tocarlas. Vamos, hazlo. —Él estaba tratando de resistirse, recordar los votos, incluso de despertar. Pero no. Las manos blancas de la dama tomaron las de él con delicadeza y así, ayudándolo para hacer lo que deseaba ardientemente, se colocó una de ellas sobre el pecho para que lo apretara—. ¡Aaahhh! —El largo gemido de placer de la mujer despertó un instinto en él que Zeldris no sabía que tenía, y permitiéndose hacerlo bajo la idea de que era un sueño solamente, elevó la otra mano y comenzó a apretar ambos pechos pausadamente—. Así. Continúa.

—Sí. —Eran suaves, y tan grandes. Se dio cuenta de que él también quería más de aquella deliciosa sensación, y antes de poder detenerse, había bajado la tela del camisón de la superiora para poder sentir directamente su piel.

—Travieso. Parece que vamos a llevarnos muy bien.

—Aaaahhh… —La hermosísima rubia había comenzado a balancear las caderas aún con más fuerza, y aunque a él le pareció un poco doloroso, no pudo pedirle que parara. Esto lo logró hasta que sintió como ella abría su camisa de un solo tirón y comenzaba a lamer su cuello—. Espere, deténgase, ¿qué es lo que está…?

—Fufufu —Su pecho. La monja también estaba tocándole el pecho, deslizando sus uñas sobre la plana y firme superficie, llegando hasta el abdomen y luego un poco más abajo. Luego se inclinó aún más sobre él, hizo el ademán de olfatearlo, y finalmente sonrió complacida—. Hueles delicioso. Tu cuerpo no tiene impregnado el aroma de ninguna otra mujer…

—Por supuesto que no, yo…. ¡Aaaah! —Jamás nadie le había hecho algo así. Nunca nadie lo había tocado de esa manera. La lengua de la ojiroja estaba danzando alrededor de su pezón, dándole vueltas y humedeciéndolo mientras con la otra mano repetía el movimiento sobre el botón que faltaba. Su risa hacía vibrar su piel y amplificaba las sensaciones, y cuando fue evidente que a ella le estaba encantando su sabor, aquellos delicados dedos bajaron hasta el cierre de su pantalón y lo abrieron—. Espere, por favor, ¡deténgase!

—¿Eso es lo que quieres, querido? Pues tú lo dirás, pero cierta parte tuya aquí abajo opina distinto.

—¡Ghya! —Lo tenía entre sus manos. Estaba jugando con él, lo tenía atrapado, y ahora era verdad que no estaba seguro de querer parar. Ella lo apretaba, arriba y abajo, masajeando sus esferas para después presionar su palpitante punta con el pulgar. Zeldris comenzó a salivar, la sensación era demasiado placentera, pero justo antes de dejarse ir, la monja paró un segundo para hacerle preguntas.

—¿Qué deseas cariño? ¿Quieres venirte entre mis pechos mientras aplasto tu miembro con ellos? —La punta del pezón de la demonio tocó la punta del asta palpitante del pelinegro y después la retiró—. ¿Quieres correrte en mi boca mientras te la chupo hasta dejarte seco? —La rubia dio una sola lamida, y rió llena de alegría—. ¿Quieres tomarme por atrás, metiéndote en lo más profundo de mi? —Esto lo dijo mientras se quitaba sus pantaletas para arrojarlas justo a lado del abrigo de cuello alto del seminarista—. ¿O tal vez prefieres entrar en la parte más oscura y prohibida que tengo? — Insinuó tocando su trasero, y para ese momento, su cuerpo entero palpitaba de deseo. Sin embargo, por más que estuviera al borde de la locura, por mucho que la lujuria estuviera metiéndose como niebla en su cerebro, el joven siguió sin hablar—. ¿Qué quieres? ¿Morderme, chuparme, golpearme, cogerme hasta que no pueda más? Dime qué deseas primero, y yo te complaceré.

—Yo…

—¿Sí?

—Yo quiero… un beso. —Y entonces todo paró. Las manos de la demonia se detuvieron de golpe, se levantó de su postura de acecho, y se le quedó mirando al más bajo con los ojos abiertos como platos.

—¿Qué?

—Un beso. Y que me diga su nombre, por favor. —Fue como si el mundo se hubiera puesto de cabeza.

¿Cuándo? ¿Cuándo había sido la última vez que alguien le había pedido algo tan dulce y gentilmente? ¿Cuándo fue la última vez que pronunció su propio nombre? ¡¿Acaso alguna vez alguien le había dado un beso?! Por un momento, la persona que fue antes de convertirse en demonio volvió a ella, su corazón frío y petrificado volvió a latir, y decidió ignorar el hecho de que estaba hablando con su presa para permitirse ser algo más.

—Yo me llamaba… Me llamo Gelda. —El tierno ojiverde sonrió y la tomó de la mano—. En cuanto al beso… —Dudó. ¿Qué sucedería si se permitía sentir algo? Al final, no tuvo importancia, porque su nombre en labios de aquel hermoso hombre la hizo olvidar todo lo demás y simplemente lanzarse a por lo que quería.

—Gelda… —Él ya se había sentado en la cama, había colocado su mano detrás de su cuello para atraerla, y si alguna vez había sentido algo similar antes, no se comparó con la experiencia que estaba viviendo en ese momento. Era una sensación cálida, luminosa, dulcísima, como volver a estar viva. En cuanto sus bocas se unieron, fue como volver a respirar. Recordó todo tipo de cosas al estar en los brazos del pelinegro: una tarde soleada, el sabor de las zarzamoras frescas, el refrescante aire de octubre, y un sentimiento que alguna vez albergó.

Pero no pudo recordar el nombre del sentimiento, porque cuando volvió a abrir los ojos, vio en la pared frente a ella unos ojos ambarinos que la miraban con intensidad y furia. El prior le ordenaba que soltara a ese hombre y se alejara de ahí. Ella se separó dándole a Zeldris un fuerte empujón, y al ver su cara triste y confundida, otra vez la sensación de tener un corazón humano volvió a hacerse presente.

—Duerme, querido. —Usando la magia que el patrón aún no le había quitado, la rubia colocó una mano sobre los ojos del pelinegro que de inmediato lo enviaron a un profundo sueño—. Lo siento tanto. —Acto seguido se alejó de ahí a toda velocidad, y el demonio de la abadía desapareció también.


—Vamos Elizabeth, vamos, ¡es fácil! —Desprovista de su hábito para no ensuciarlo con el pecado que iba a cometer, la albina flotaba indecisa entre atravesar la puerta de la habitación del sacerdote o no. Si hubiera sido cualquier otro hombre tal vez no habría tenido problema, pero se trataba de un clérigo, un hombre de dios que estaba tratando de ayudar al convento.

¿Y si simplemente se acostaba a su lado para quedar impregnada de su aroma? No estaba segura de que eso fuera a bastar, pero como no veía otra salida posible, inhaló profundo y se preparó para hacerlo. Se detuvo al sentir una súbita ola de odio y energía oscura emanar de lo más profundo del convento.

—El prior está enojado, ¿qué sucedió? ¿Por qué de pronto...? —Pero no tenía sentido que se lo preguntara. Estaba furioso y punto, y en ese estado, era aún más peligroso tratar de desobedecer. No había alternativa si no quería que la destruyera. Debía fornicar con el sacerdote, rápido, y volver al claustro en cuanto pudiera.

Atravesó la pared flotando suavemente, se colocó encima de la cama donde el rubio dormía, y contempló su delicado rostro de facciones redondas y expresión casi infantil. ¿Por dónde empezar? ¿Debía sacar el miembro de sus pantalones? ¿Desvestirlo? ¿Acariciarlo? Trató de recordar lo que hacían sus hermanas, pero ninguna de aquellas grotescas escenas le parecía apropiada para hacérsela al rubio. ¿Qué podía hacer para comenzar a tener sexo, pero que no fuera tan violento ni tan oscuro?

—Tal vez… ¿Un beso? —Sí, eso parecía lo mejor. Puede que la acción fuera suave, comparada con el efecto que provocaban sus alas de murciélago y el traje negro, pero algo era algo, y ella estaba a punto de lograrlo—. Mu-muy bien. —Fue descendiendo lentamente sobre el sacerdote, cerró los ojos con fuerza, paró los labios, y se preparó para el impacto de sus bocas. Fue traída de vuelta a la realidad por una pequeña risa contenida.

—Perdón, no era mi intención burlarme —El padre estaba despierto, y la miraba con sus destellantes ojos verdes mientras trataba de contener la risa—. Se ve que estás haciendo tu mejor esfuerzo, pero jamás había escuchado de un succubus que fuera tímido —La peliplateada estaba impactada, y su mente dejó de funcionar mientras su víctima se sentaba en la cama—. Eres una de las monjas que habitaba antes el claustro, ¿no? Dime, ¿qué fue lo que les pasó? ¿Cuál es el nombre del demonio que está provocando todo esto? —Ella no contestó. Le entró un ataque de pánico, vergüenza y timidez, así que con un pequeño grito que parecía chillido de murciélago, desapareció en una nube de humo azul dejando al sacerdote solo—. Que pena, habría sido su víctima gustoso. Aunque es mejor así —El ojiverde volvió a acostarse con una amplia sonrisa, y acto seguido una expresión valiente apareció en su rostro—. Así que un demonio de la lujuria. No te preocupes, pequeña. Me encargaré de ese bravucón pase lo que pase.


Fufufu. ¡No subestimen al padre Meliodas! *w* El sabe cosas, las sabe. Al menos, más que sus amigos que también entraron al convento ^u^ La tímida Elaine está que entra en combustión espontánea, y Zel no se decide si está enamorado o cachondo, ¡simplemente me encanta! *0* Por cierto, ¿sabían que así más o menos me imagino que fue su seducción en la historia original? Gelda era conocida como "de las mil tentaciones", así que estoy segura que nadie la había tratado con delicadeza y respeto como Zel. ¿Será que en esta historia también terminan locos uno por el otro? ^3^ Bueno, aún falta para que veamos eso. Es todo por ahora mis coquitos, les mando un beso, un abrazo, todo mi amor, y si las diosas lo quieren, nos vemos la próxima semana para más.