Harry Potter pertenece a JK Rowling

Bruja Llameante

25: Ataque a Azkaban

Bajo la capa negra que cubría su nueva apariencia, Voldemort no podía evitar sonreír. Sus Mortífagos y él, estaban en botes y de camino a Azkaban.

Desde la mitad de las aguas, el Lord Oscuro, que en aquel momento estaba caminando sobre las aguas embravecidas, avanzó, como si caminara sobre suelo firme, lentamente, fue lanzando hechizos al aire y una sonrisa apareció en su boca, cuando escuchó con gran claridad, la angustia de sus enemigos: «¡El HECHIZO DEL CLIMA TORMENTOSO HA DESAPARECIDO!» vestido con una túnica color pergamino y una faja roja, usando un hechizo se hizo crecer el cabello negro azabache y también tenía supuestas nariz, orejas y labios, él vio a los Aurores, Dementores y a los miembros de la Orden del Fénix, mirando desde la orilla.

Elevando las manos al aire y susurrando una nueva Contramaldición, la maldición de las aguas embravecidas se detuvo y agitando rápidamente su varita, una ola monstruosa apareció y fue contra la prisión.

Los Mortífagos lanzaban risas maléficas, al tiempo que sonaban felices por tal experiencia y ni siquiera que los Aurores congelaran (literalmente) la ola, los hizo dejar de estar tan contentos. Comenzaron a lanzar un Avada Kedavra tras otro.

En tierra firme, los miembros de la Orden del Fénix, levantaban muros de roca o madera Quebracho, pero rápidamente eran atravesados por los Avada Kedavra. La roca explotaba y la madera Quebracho se quemaba en llamas verdes, mientras que saltaban chispas jade, antes de estallar en astillas ardientes; al tiempo que debían de detener las nuevas olas marinas creadas por los Mortífagos y que la Orden del Fénix devolvía sobre los Magos Tenebrosos, solo para que estos últimos rompieran verticalmente, sin que las Olas artificiales del Mar, los dañaran.

Pero no todos los miembros de la Orden, estaban tan dispuestos a seguir jugando a los niños buenos, así que comenzaron a enviar relámpagos o bolas de fuego, empeoraron el clima y ya parecía ser que la balsa de volcaría.

Varios ataques, obligaron a la Orden a buscar refugio, mientras que los Mortífagos y su maestro, llegaban a tierra firme. —Síganme y voy a otorgarles una mayor fuente de alimento, de lo que él Ministerio puede darles —dijo Voldemort a los Dementores, quienes no se movieron por un instante... al otro, una legión de Patronus los alejaban y Voldemort comenzó a atacar sin piedad a la Orden del Fénix, quienes eran comandados por Moody y hacían que los Mortífagos comenzaran a retroceder, con unos cuantos miembros de la Orden, yendo con hechizos letales, otros con débiles, pero el Expelliarmus permitió entonces que los más "valientes" de la Orden, golpearan las cabezas de los Mortífagos con Encantamientos o Maleficios, causándoles la muerte.

Voldemort elevó sus manos al aire y causó una gran cantidad de relámpagos sobre la Orden, obligándolos a retroceder y el mar de fuego, los obligó a Desaparecer, mientras que un complacido Voldemort, miraba la fortaleza de Azkaban. Pero al prepararse para entrar y sacar a sus Mortífagos, escuchó gritos y al mirar, su rostro se llenó de ira, al ver a sus Mortífagos siendo besados por los Dementores. Rugiendo de rabia, disparó relámpagos contra los Dementores, matando a una amplia mayoría de ellos y quedando con unos cinco Mortífagos. Pero al entrar, sus números serían (quizá) de una docena.

Sin embargo, no tenía forma de lograrlo exactamente, pues la Orden del Fénix, estaba detrás suyo, atacando con valor Gryffindoriano, superando a sus Sangre Pura, quienes estaban cayendo muy rápidamente. Frunciendo el ceño, mandó una nube verde, que Dumbledore aseguró, se trataba de un veneno y como no podían permitir que los "pobres e indefensos reclusos" fueran envenenados, entonces ordenó que todos se quedarán atrás y no detuvieran a Ryddle, mientras que él, iba en busca de sus Mortífagos.

.-

.-

.-

Esa misma noche, sin importarle mucho, las alabanzas de los Lestrange o que Bellatrix se comportara con ella, como alguna especie de cachorro, Voldemort cerró los ojos, para así, poder continuar con su plan de que Beatrice Potter, fuera a la Sala de las Profecías y se dejó llevar por la Legeremencia, teniendo dificultades por la lejanía y por las barreras y Salvaguardas de Hogwarts. Pero finalmente, logró alcanzar la ubicación exacta de la habitación de Beatrice Potter.

Los ojos rojos de pupila reptiliana de Tom Sorvolo Ryddle, se abrieron, producto del dolor que comenzaba a recorrerlo y acompañó ese dolor, con un poderosísimo grito, que fue escuchado en toda la Mansión Malfoy. Pronto, sus pocos Mortífagos, se presentaron ante él. Pero Lord Voldemort, no podía permitirse el mostrarse débil, delante de sus Mortífagos, así que suprimió el dolor que lo recorría... sus ojos se abrieron, al percatarse de algo importante. Agarró la varita, con la mano llena de ampollas y envió magia a la mano y a la varita, mientras hacía brillar la Marca Tenebrosa en el brazo. ~Severus, preséntate ante mí ~ordenó en Pársel.

Severus Tobias Snape, se presentó mediante la Aparición. — ¿Para qué me has mandado a llamar? —Snape retrocedió dos pasos, al encontrarse con la mirada de profundo odio, en Voldemort, además de la piel muerta por quemaduras del lado derecho del Líder Mortífago, su brazo derecho también se presentaba chamuscado.

—Severus, ¿Le has estado dando clases a Potter de Oclumancia? —Preguntó Voldemort con una voz furiosa y fría.

—No, mí señor —respondió Snape. En el pasado, sí se tratará del recuerdo visual de James Potter y descubriera que el chico necesitaba aprender Oclumancia, para protegerse de incursiones de Voldemort, seguramente le hubiera dado malas instrucciones a posta, para que, a su maestro, le resultara más fácil matar al engendro de James C. Potter. Pero... pero estaban hablando de Beatrice Violet Potter-Evans, el último recuerdo que le quedaba de Lily Janeth Evans... —Dumbledore no me ha ordenado ordenado enseñarle Oclumancia, en ningún momento. Creo que, si él deseara enseñarle, entonces él me hubiese ordenado enseñarle, ya que Dumbledore cree que mi redención hacía él y mi espionaje a la Orden es absoluto.

Pero Voldemort lo miró con una furia aún mayor, que esa empleada por el propio Snape, en los Gryffindor, Los dos Merodeadores y su antiguo odio hacia Harry Potter. — ¡CRUCIO! —Snape gritó de dolor, mientras caía al suelo y comenzaba a agitarse, al tiempo que el dolor lo llenaba, desde la punta del cabello, hasta la punta del pie. — ¡Potter! Todo se reduce a Potter. Tengo que descubrir qué es lo que dice esa Profecía, en el menor tiempo posible.

.-

.-

.-

A la mañana siguiente, cuando llegó El Profeta de Hermione, ésta lo alisó, echó un vistazo a la primera plana y soltó un grito que hizo que todos los que estaban cerca se quedaran mirándola. —¿Qué pasa? —preguntaron Beatrice y Neville a la vez. Por toda respuesta, Hermione colocó el periódico sobre la mesa, delante de sus dos amigos, y señaló diez fotografías en blanco y negro que ocupaban la primera plana; eran las caras de nueve magos y una bruja. Algunas de las personas fotografiadas se burlaban en silencio; otras tamborileaban con los dedos en el borde inferior de la fotografía, con aire insolente. Cada fotografía llevaba un pie de foto con el nombre de la persona y el delito por el que había sido enviada a Azkaban. «Antonin Dolohov, condenado por el brutal asesinato de Gideon y Fabian Prewett», rezaba el pie de foto de un mago con la cara larga, pálida y contrahecha, que miraba sonriendo burlonamente a Beatrice. «Augustus Rookwood, condenado por filtrar secretos del Ministerio de Magia a Aquel-Que-No-Debe-Ser-Nombrado.» rezaba el pie de foto de un individuo con la cara picada de viruela y el cabello grasiento, que estaba apoyado en el borde de su fotografía con pinta de aburrido.

Pero la foto que más llamó la atención de Beatrice fue la de la bruja, cuya cara había destacado entre las demás en cuanto él miró la página. Llevaba el cabello largo y era castaño, pero en la fotografía tenía aspecto de desgreñado y sucio, aunque él lo había visto bien arreglado, denso y reluciente. La bruja miraba a Beatrice fijamente con ojos de párpados caídos y una arrogante y desdeñosa sonrisa en los finos labios. Como Sirius, conservaba vestigios de la antigua belleza que algo, quizá Azkaban, le había robado. «Bellatrix Lestrange, condenada por torturar a Frank y Alice Longbottom hasta causarles una incapacidad permanente.» Hermione le dio un codazo a Beatrice y señaló el titular que había encima de las fotografías, que Harry, concentrado en la imagen de Bellatrix, todavía no había leído. FUGA EN MASA DE AZKABAN. «El Ministerio de Magia anunció ayer entrada la noche que se había producido una fuga en masa de Azkaban. Cornelius Fudge, ministro de Magia, fue entrevistado en su despacho y confirmó que diez prisioneros de la sección de alta seguridad escaparon a primera hora de la noche pasada, y que ya ha informado al Primer Ministro muggle del carácter peligroso de esos individuos.» Hermione siguió leyendo «Desgraciadamente, nos encontramos en la misma situación en que estábamos hace dos años y medio, cuando Sirius Black, un Auror inocente de los crímenes supuestamente cometidos, resultó ser inocente— declaró Fudge ayer por la noche—. Y creemos que la nueva dos fuga está relacionada. Una huida de esta magnitud sugiere que los fugitivos contaron con ayuda del exterior, y hemos de recordar que Black, creemos también que esos individuos, entre los que se encuentra la prima de Black, Bellatrix Lestrange, han acudido a ofrecer apoyo a los Mortífagos todavía en libertad, los mismos que atacaron el Mundial de Quidditch y los mismos cuyos cadáveres carbonizados, fueron encontrados en el cementerio de la aldea de Little Hangleton; ahora, los supervivientes intentan erigir a un nuevo líder. Sin embargo, estamos haciendo todo lo posible para capturar a los delincuentes, y pedimos a la comunidad mágica que permanezca alerta y actúe con prudencia. No hay que abordar a ninguno de estos individuos bajo ningún concepto.»

Hermione abrió el periódico y empezó a leer la crónica interior mientras Beatrice recorría el Gran Comedor con la mirada. No entendía por qué sus compañeros no parecían asustados ni comentaban por lo menos la espantosa noticia de la primera plana, aunque lo cierto era que muy pocos recibían el periódico todos los días, como Hermione. Allí estaban, hablando de los deberes, de quidditch y de los últimos cotilleos, a pesar de que fuera de aquellos muros otros diez mortífagos habían pasado a engrosar las filas de Voldemort.

Miró hacia la mesa de los profesores. Allí todo era diferente: Dumbledore y la profesora McGonagall estaban en plena conversación, y ambos parecían sumamente serios. La profesora Sprout tenía El Profeta apoyado en una botella de ketchup y leía la primera plana con tanta concentración que no se había dado cuenta de que de la cuchara que tenía en suspenso delante de la boca caía un hilillo de yema de huevo que iba a parar a su regazo.

Entre tanto, al final de la mesa, la profesora Umbridge atacaba un cuenco de gachas de avena. Por primera vez los saltones ojos de sapo de Dolores Umbridge no recorrían el Gran Comedor, tratando de descubrir a algún estudiante que no se estuviera portando bien. Tenía el entrecejo fruncido mientras engullía la comida, y de vez en cuando lanzaba una mirada maliciosa hacia el centro de la mesa, donde conversaban Dumbledore y la profesora McGonagall.

En esos días, en los pasillos sólo se hablaba de una cosa: de los diez mortífagos fugados, cuya historia se había propagado por Hogwarts filtrada por los pocos alumnos que leían los periódicos.

Corrían rumores de que habían visto a algunos de los fugitivos en Hogsmeade, de que estaban escondidos en la Casa de los Gritos y de que iban a entrar en Hogwarts, como había hecho Sirius en una ocasión.

Los que procedían de familias de magos habían crecido oyendo pronunciar los nombres de aquellos mortífagos casi con el mismo temor que el de Voldemort; los crímenes que habían cometido en tiempos del reinado de terror de Voldemort eran legendarios. Entre los estudiantes de Hogwarts había familiares de sus víctimas, y en esos días se habían convertido sin pretenderlo en objeto de una horripilante fama indirecta: Susan Bones, cuyos tío, tía y primos habían muerto a manos de uno de los diez mortífagos, comentó muy triste, durante una clase de Herbología, que ya entendía perfectamente lo que debía de sentir Beatrice. —Y no sé cómo lo aguantas, es espantoso —dijo sin rodeos mientras tiraba más estiércol de dragón de la cuenta en su bandeja de brotes de chasquichirridos, haciendo que éstos se retorcieran y chillaran, incómodos.

Era verdad que últimamente los estudiantes volvían a murmurar y a señalar a Harry cuando se cruzaban con él por los pasillos, aunque le pareció detectar un ligero cambio en el tono de voz de los que cuchicheaban. Éste ya no era de hostilidad, sino de curiosidad, y en un par de ocasiones alcanzó a oír fragmentos de conversaciones que indicaban que sus compañeros no estaban conformes con la versión que daba El Profeta sobre cómo y por qué diez mortífagos habían conseguido fugarse de la fortaleza de Azkaban. Confundidos y temerosos, parecía que esos escépticos recurrían a la única explicación alternativa que tenían: la que (principalmente Dumbledore, pues Beatrice había guardado silencio de tumba, durante el año pasado, para no volverse blanco de Umbitch y el Ministerio) había estado exponiendo desde el año anterior.
Y no era sólo el estado de ánimo de los alumnos lo que había cambiado; también era habitual encontrarse a dos o tres profesores hablando en susurros por los pasillos e interrumpiendo sus conversaciones en cuanto veían que se acercaba algún alumno. —Es evidente que, si la profesora Umbridge está en la sala de profesores, ya no pueden hablar con libertad allí —comentó Hermione en voz baja cuando un día ella, vio a Flitwick y McGonagall hablando entre susurros en el pasillo.

Y es que en los tablones de anuncios de las cuatro casas habían aparecido nuevos letreros a la mañana siguiente de que saltara la noticia de la fuga de Azkaban:

POR ORDEN DE LA SUMA INQUISIDORA DE HOGWARTS

Se prohíbe a los profesores proporcionar a los alumnos cualquier información que no esté estrictamente relacionada con las asignaturas que cobran por impartir. Esta orden se ajusta al Decreto de Enseñanza n.°26.

Firmado: Dolores Jane Umbridge Suma Inquisidora.

Este último decreto había sido objeto de gran número de bromas entre los estudiantes.

Lee Jordan le comentó a la profesora Umbridge que, según la nueva norma, ella no estaba autorizada a regañar ni a Fred ni a George por jugar a los naipes explosivos en el fondo de la clase. — ¡Los naipes explosivos no tienen nada que ver con la Defensa Contra las Artes Oscuras, profesora! ¡Esa información no está relacionada con su asignatura! —Cuando Beatrice volvió a ver a Lee, reparó en que tenía una herida sangrante en el dorso de la mano, y le recomendó solución de murtlap.

Esta vez, siendo mayor que sus años y más sabia, Beatrice no creyó que la fuga de Azkaban le daría una lección de humildad a la profesora Umbridge, o que tal vez se avergonzaría de la catástrofe que se había producido en las mismísimas narices de su querido Cornelius.

Sin embargo, parecía que sólo había intensificado su furioso deseo de tomar bajo su control todos los aspectos de la vida en Hogwarts. Se mostraba decidida, como mínimo, a conseguir un despido lo más pronto posible, y la única duda era quién iba a caer primero: la profesora Trelawney o Hagrid. A partir de entonces, todas las clases de Adivinación y de Cuidado de Criaturas Mágicas se impartían en presencia de la profesora Umbridge y de sus hojas de pergamino, cogidas con el sujetapapeles. Acechaba junto al fuego en la perfumada sala de la torre, interrumpía los discursos de la profesora Trelawney, cada vez más histéricos, con difíciles preguntas sobre ornitomancia y heptomología, insistía en que predijera las respuestas de los alumnos antes de que ellos las dieran, y exigía que demostrara sus habilidades con la bola de cristal, las hojas de té y las runas.

Desgraciadamente, Beatrice no veía que Hagrid lo estuviera haciendo mejor que la profesora Trelawney. Desde antes de Navidad, él también parecía haber perdido los nervios, pese a que por lo visto seguía los consejos de Hermione y no les había enseñado nada más peligroso que un crup (una criatura indistinguible de un Jack Russell terrier, salvo por la cola bífida).
Durante las clases, Hagrid parecía enajenado y nervioso, perdía continuamente el hilo de lo que estaba diciendo, se equivocaba al formular las preguntas y no paraba de mirar, angustiado, a la profesora Umbridge. Además, se mostraba más distante que nunca con Beatrice, Neville y Hermione, y les había prohibido explícitamente que fueran a visitarlo después del anochecer.

.-

.-

.-

A Beatrice le alegró comprobar que la noticia de que otros diez mortífagos andaban sueltos había estimulado a los que participaban en las reuniones, incluso a Zacharias Smith, a esforzarse más que nunca, pero en quien más se notaba esa mejora era en Neville. La noticia de la fuga de la agresora de sus padres había operado en él un cambio extraño y hasta un poco alarmante. No había dicho nada sobre la fuga de Bellatrix y los otros mortífagos. De hecho, Neville casi nunca hablaba durante las reuniones del ED, pero trabajaba sin tregua en cada nuevo embrujo y contramaldición que Beatrice les enseñaba; arrugaba la regordeta cara en una mueca de concentración, en apariencia indiferente a las heridas o a los accidentes, y trabajaba más duro que ningún otro compañero. Mejoraba tan deprisa que resultaba desconcertante, y cuando Beatrice les enseñó el encantamiento Protego (un método para desviar pequeños embrujos y que rebotaran sobre el agresor) y el Cave Inimicum, sólo Hermione consiguió ejecutarlo más deprisa que Neville.

Había tantas cosas por las que preocuparse y tanto que hacer (una cantidad asombrosa de deberes que muchas veces tenía a los estudiantes de quinto curso trabajando hasta pasada la medianoche, las sesiones secretas del ED y las clases particulares con Snape) que el mes de enero estaba pasando a una velocidad alarmante.

.-

.-

.-

Antes de que Beatrice se diera cuenta, había llegado febrero, con un tiempo más húmedo, pero menos frío, y la perspectiva de la segunda excursión del año a Hogsmeade. Beatrice había decidido pasar toda la mañana del día 14, junto a Hermione, así se vistió con especial esmero.

Y la Granger no pudo estar más feliz, de poder pasar el día junto a su novia. Sintiéndose profundamente agradecida con los astros, por haber elegido a Beatrice, como su alma gemela y que la quinceañera, fuera tan cariñosa con ella.