Una elegante araña suspendía del techo y proyectaba luces armoniosas sobre el salón congregado de destacadas personalidades, entre ellas, a nuestro enigmático murciélago, alias Bruce Wayne.
Rodeados de velas y de un aromático olor a inciensos con fragancia a bosque y menta, los ambiciosos empresarios e inversionistas de las más diferentes ramas y especialidades dialogaban animadamente acerca de incorporaciones de nuevos equipos y cifras cuantiosas, alargadas con incontables ceros, que serían inimaginables para otros mortales habitantes de Ciudad Gótica.
Bruce, el atractivo y filántropo multimillonario empresario, bebía un trago de su copa de champán mientras se encontraba casi apretujado entre varios empresarios y sus acompañantes femeninas. Varias mujeres se le habían insinuado sin descaro y él las había rechazado de manera cortés. El ambiente se sentía tenso y sofocante junto a unas jaquecas que lo amenazaban con perder la cordura. La pareja a su lado, no dejaba la cháchara insistente sobre la compra de una parte de las acciones de Empresas Wayne. Bruce bajó la copa de sus labios.
—Realmente... No estoy interesado.
—Pero podría ser beneficioso para ambos...—insistió la mujer agarrándose súbitamente a su antebrazo. Bruce ignoró su revelador escote mientras sostenía la mirada del hombre anciano que era su pareja.
—Lo lamento —murmuró entre dientes—. Mi última palabra es un no.
Al instante, la joven rubia se indignó y lo empujó de forma brusca, casi tanto que quizá lo hubiera movido y desestabilizado de su eje sino fuera porque era una columna llena de músculos fuertes. Bruce se dedicó a ignorar el resto del tiempo a las quejas de la dispar pareja y a fingir concentrarse en la aburrida velada. Bebió otro sorbo de su champán al tiempo que intentaba concentrarse en la suave melodía que envolvía al salón.
No obstante, era difícil puesto que el bullicio prevalecía a causa de la muchedumbre amontonada. Los músicos y sus instrumentos en ese momento cambiaron de melodía y, justo entonces, como si algo lo hubiera llamado, dirigió su vista a las escaleras que bajaban de la planta alta. En ese instante, se quedó con la vista congelada y casi sin habla.
Una espléndida mujer bajaba escalón por escalón con una gracia y una sensualidad felinas. Un vestido de seda color verde botella se ceñía a su figura y resaltaba sus apetecibles curvas. Era pelirroja y bastante alta, lo cual no era habitual en los gustos estéticos concernientes a mujeres para el joven Bruce. Sin embargo, eso no impidió que se relamiera los labios y la persiguiera con la mirada, listo para una nueva y desafiante conquista.
Pamela Isley, alias Poison Ivy, ignoró los nervios que le causaba la gran exposición que acarreaba en ese momento, pero siguió su curso y bajó con toda gracia por lo que quedaba de la escalera. Una vez abajo, miró detenidamente a los presentes y sus ojos brillaron intensamente por un breve instante ya que la posibilidad de adquirir inversores para su más grande plan para salvar al planeta dependía de sus estrategias de oratoria y convencimiento.
Siempre había sido una débil científica que se dejaba avasallar por sus compañeros. Todo el tiempo sus teorías y nuevas propuestas de investigación sobre combustibles asequibles y no dañinos con el medio ambiente eran desprestigiadas y retrasadas en la comunidad de investigadores. Se cansó de estar al mando de sus jefes y desde que le ocurrió «aquello» que la despertó de su gran letargo mental, comprendió su verdadero propósito en esta vida: acabar con la humanidad y reforestar el planeta. Por ello, su viaje de autodescubrimiento y éxito apenas estaba en alza, pronto todos conocerían a la gran Poison Ivy y serían sometidos a luchar por un mundo por y para las plantas. Pero paso a paso, se repitió Pamela mentalmente. No debía desesperarse y cometer errores durante el proceso. Por el momento, debía encontrar buenos inversores para su plan "ambientalista, amigable y pacífico".
Una pareja que suponía era inmensamente rica se pavoneaba por el lugar. Ella era joven y bella, rodeada de fabulosas joyas y brillantes. El anciano que la acompañaba, de mirada prejuiciosa la ostentaba como si fuera la típica esposa florero. Pamela admiró las uñas y la prolija manicura de la mujer, así que decidió acercarse. Solo se trataba de hablar con bastante soltura y elocuencia para que cedieran a su plan.
Mientras más se acercaba, más pequeña se sentía comparada con la imponente rubia. Su vestido de segunda mano conseguido a última hora casi impidió que asistiera al evento que podría cambiar su vida.
—Ehh... perdón —interrumpió a la pareja. La rubia se giró y la miró despectivamente sobre un hombro—. Estoy buscando inversores para una causa beneficiosa que podría apaciguar los problemas acuciantes del planeta. Contaminación, inundaciones, desastres naturales... —enumeró Pamela con emoción—, podrían desaparecer de la vida de las personas con mi nuevo modelo de economía circular químico-termoestable —finalizó con una radiante sonrisa.
—Mira, niña —dijo la rubia con una voz chillona—, no vamos a financiar nada por el planeta. No estoy interesada para nada en tu método termo no sé qué.
—¿Dijo algo interesante, cariño? —preguntó el vejete a su lado.
—No. Nada, cariño —repitió haciendo énfasis en la última palabra mientras arrastraba del brazo al anciano. Más adelante, se escuchó que repetía incansablemente—. ¡Quiero a Empresas Wayne! ¡Quiero a Empresas Wayne!
Pamela suspiró con resignación. Parecían asquerosamente ricos. Se quedó cabizbaja por un instante, hasta que un aliento en su nuca la hizo estremecerse de pies a cabeza. Se cubrió los pechos con los brazos en un acto reflejo y luego se giró.
Un par de ojos azules casi tan brillantes como el anillo zafiro de la rubia la miraban con deleite y una sonrisa sensual danzaba en los labios de nada más ni menos que Bruce Wayne.
