Así que este era el famosísimo magnate dueño de Empresas Wayne. Pamela había oído varias cosas de él, la mayoría asombrosas, tanto en el plano tecnológico y empresarial como en el amoroso. Aseguraban que era todo un galán y un caballero, pero que nunca buscaba algo serio. Que era un playboy muy seductor y que tenía una fantástica mansión oculta en alguna parte de Ciudad Gótica.
Pamela le miró de reojo y entonces le sonrió con sutileza, pero lo cierto era que su mirada era demasiado persistente a la vez que él se bebía un grueso trago de champán. No mentiría si dijera que le causaba cierta incomodidad. Ella miró su nuez de adán elevarse y descender conforme el líquido se abría paso por su garganta y, en un rápido movimiento, se alejó de él. Sin embargo, al rozarse sus hombros, un nuevo estremecimiento la recorrió, así que tomó prisa y continuó buscando más benefactores para su nuevo plan. No debía perder de vista sus objetivos, y algo le decía que interactuar con alguien tan poderoso como Bruce Wayne no estaba dentro de sus planes.
El resto de lo que duró el evento más glamoroso que se desarrollaba en Ciudad Gótica, Pamela continuó socializando con los invitados y presentando sus propuestas. Lo único que recibía eran tarjetas de contacto o simples gestos desinteresados como "llámame", aunque dudaba de que algunos fueran para algo tan serio como un tratado de inversiones.
No obstante, cada vez que se quedaba sola, sentía el acecho de Bruce Wayne. Aunque él no se acercara, lo percibía en cada escondite oscuro del salón. Sentía su mirada penetrante y misteriosa posada en ella, recorriéndola como una brasa viva. En varias ocasiones, ella disimulaba como si se arrancara alguna pelusa del reducido chal que cubría sus hombros, pero en realidad lo hacía para respirar un poco y oxigenar sus pulmones, y también para retomar su ardua tarea de presentación entre la élite que se congregaba allí.
Pamela se sentía bastante cohibida, ya que la situación a veces llegaba a alterarla un poco. ¿Quién era el misterioso Bruce Wayne y por qué la perseguía en silencio? ¿Qué quería de ella? ¿O acaso sabría de su reciente incidente? No podía mezclarse entre la gente ni por un instante, en cualquier rincón estaba Wayne, ya sea bebiendo tragos, conversando con alguien importante o quizás investigando sobre ella. No podía ser... Si fuera más sensata, debería de huir en cualquier momento.
Pamela se obligó a tranquilizarse y a relajar su cuerpo en tensión. Nadie allí podía saber quién era ella realmente. Él la intimidaba y no comprendía cómo era que ella llamaba curiosamente su atención. Sus zapatos eran propios, anticuados y los que usaba casi siempre, utilizados en varios eventos de entregas de premios a los que asistió y en los que otro se hizo con su arduo trabajo de investigación. Su chal fue comprado en una tienda de servicio de carga de combustibles a un exclusivo precio de rebaja. Además, su perfume no era de primera marca, sino más bien barato y común, si es que se le podía llamar "perfume de lavanda", porque de fragancia propia casi no contenía nada.
Bruce Wayne se asemejaba a una pantera en plena cacería. Era demasiado apuesto y encantador como para que Pamela pudiera negarlo, pero a veces no lograba despegar la mirada de sus ojos en el momento en que estos se conectaban. Algo en su interior le decía que él era demasiado peligroso, podía leerlo en su mirada. Ella siguió ignorándolo a propósito el resto del tiempo, pero sentía un cosquilleo cada vez que lo presentía cerca y podía notar su voz.
Y así, llegó un momento en que ya no tenía a más personas a las que presentar su propuesta. Varias tarjetas se acumulaban en su pequeño monedero mientras ella giraba sola en medio del salón y no comprendía cuál había sido su error. Tal vez fue demasiado directa o seria, detallista de más quizá, pero a nadie había logrado convencer con su plan aparentemente pacífico y altruista.
Pamela suspiró cansada y un calor de rabia sofocó sus mejillas. Al instante, salió por una amplia puerta corrediza hacia el balcón que daba al exterior. Necesitaba tomar un respiro y un poco de aire fresco.
Sus pasos la guiaron hasta apoyarse en la barandilla donde el horizonte de Ciudad Gótica se asomaba frente a sus ojos. Una luna llena brillaba y emitía reflejos vibrantes sobre el agua del puerto. Allí observó las distintas embarcaciones que se anclaban a la orilla, en su mayoría, buques de carga, aunque también se avistaban algunos elegantes cruceros. Otros navíos zarpaban mientras emitían grandes cantidades de humo y gases tóxicos que se liberaban a la atmósfera. Una punzada de malestar la invadió al notar lo contaminante que era esa visión al igual que lo era la población generalizada del planeta. ¿Acaso no se daban cuenta del mal que le causaban a su casa común? ¿La que compartimos cada uno de los seres de este planeta?
Pamela giró en ese preciso momento la cabeza hacia un costado y contempló una enredadera que se guiaba desde lo alto del balcón, trepaba por la pared hacia abajo y serpenteaba en lianas y hojas bastante mustias. Sintió compasión por ese espécimen tan alicaído y casi marchito de color ocre. Se acercó hasta tal punto que una de las hojas de la enredadera pareció vibrar y agitarse en su presencia. El filo puntiagudo de esa rama la apuntó y Pamela empezó a acercarse como llamada por un producto mismo de la naturaleza. Cada vez que se aproximaba, la planta reverdecía progresivamente volviendo a la vida y adquiriendo un color verde fértil. Desde ese punto, a una velocidad asombrosa, la planta fue recobrando su vitalidad y brotando en nuevas y gruesas ramas provistas de abundantes hojas. Asimismo, al tiempo que esto sucedía, imperceptiblemente la piel de la mano de Pamela comenzaba a tornarse de un color verdoso como si ella pretendiera volverse con aquel ser uno solo. Ella no se percataba de tal cambio de pigmentación a medida que este iba consumiéndola, hasta que, justo cuando la tonalidad verde se extendía por su antebrazo y sus venas se marcaban con un riego sanguíneo color verde, una voz ronca reverberó en el aire e interrumpió el proceso.
Pamela no escuchó con atención quién fue ni que dijo, solo oyó un carraspeo y una sombra que se acercaba lentamente hacia ella. A regañadientes, se separó de aquella enredadera que había vuelto a la vida.
