Bruce no pudo encontrar una imagen más radiante que la de aquella dama que había seguido con la mirada desde su aparición. Intentó que sus pasos fueran los más silenciosos mientras se desplazaba hacia ella, mas estos lo delataron. Ella le había percibido y ahora que estaban de frente, él no podía sentirse aun más cautivado.
Definitivamente, no era como ninguna de las mujeres con las que solía relacionarse. Su cabello cobrizo brillaba ante los reflejos de la luna y sus ojos resplandecían compitiendo con la mejor de las estrellas que reposaban sobre el firmamento.
La noche era cálida y Bruce no podía despegar sus ojos de esta misteriosa mujer que cada vez le intrigaba aun más. Ataviada en un sencillo vestido que no era muy revelador, pero que sí enfatizaba sus curvas y sus largas piernas, Bruce reconocía la belleza innata y los extraños rasgos que lo atraían de ella. Y entonces, sin más dilación, decidió cortar el hielo.
—Te he visto durante toda la velada —comenzó mirando hacia el horizonte con las manos en los bolsillos. La misteriosa mujer también dirigió su vista hacia allí.
—Sí. Lo noté —dijo ella con una voz agradable, pero un poco desconfiada—. A cada momento me encontraba contigo.
—Y te preguntarás por que no he acudido a ti desde un principio —cuestionó Bruce ocultando una sonrisa.
—No veo qué pueda querer saber de mí un empresario tan rico, sino el más poderoso de Ciudad Gótica...
—Te equivocas. He hablado con algunos contactos. Muchos estuvieron muy interesados en tus propuestas —se giró hacia ella.
—¿Interesados, dices? No compartimos entonces la misma visión —ella se volteó hacia él y ambos se quedaron viendo.
—Créeme que es muy difícil captar el interés genuino hoy en día —susurró Bruce acercándose peligrosamente cerca y mirándola de manera fija.
Se sintió victorioso cuando notó cómo un pulso furioso le palpitaba en el cuello y ella casi ni respiraba.
—¿Y tú, Bruce Wayne? —contraatacó ella luego de un carraspeo bastante notorio—. ¿Estarías interesado en mi propuesta?
Su nerviosismo le pareció adorable y ligeramente atractivo.
—¿Qué tienes para ofrecerme, Pamela Isley? —preguntó él saboreando por primera vez ese nombre que tanto había escuchado en el evento.
Bruce atendió por fin su propuesta, de la que varios en el salón hablaban maravillados, pero sin el convencimiento adecuado como para apostar por ella debido a que era una completa desconocida. Cada vez que los conceptos salían de su boca, Bruce escuchaba con bastante interés su dominio sobre el tema. Ella no solo poseía conocimientos sobre energía sustentable, sino que también hablaba sobre numerosos proyectos que, con el financiamiento adecuado, podrían proveer de demasiadas soluciones a las personas y al planeta. También apuntaba a otras ramas como lo eran el arte y a la producción de mayores obras arquitectónicas constituidas a base de arte ecológico.
Bruce se sentía encantado y hasta casi encandilado. Nunca había tenido la oportunidad de hablar con una mujer tan fresca, culta e inteligente. Casi como él. Mientras más la miraba, más se preguntaba qué otros secretos escondería Pamela Isley como también de donde había salido y qué la había retenido para aparecer justo en aquel momento.
Con una sonrisa de oreja a oreja, Bruce siguió atendiéndola y notó cómo Pamela dejó su divague sobre las ventajas de la utilización de hidrógeno como una posible una vía de combustible alternativa frente a los paneles solares cuando acortó la distancia entre ambos. Bruce lo notaba, la ponía nerviosa con cada mínimo movimiento y, a medida que sus intenciones se vislumbraban y avanzaban a medida que la noche transcurría, la tensión entre ambos también aumentaba.
En un preciso momento, mientras ella estaba paralizada pero no despegaba sus ojos de él, Bruce se tomó el atrevimiento de apartar un mechón de cabello rojo de su hombro y entonces se acercó lentamente hacia sus labios. Cuando por fin él creía que podría probarlos, ella giró el rostro y una cortina de cabello le inundó con su fragancia. Un aroma a lavanda único y especial, como jamás había percibido en su vida.
—¿Qué te parece mi propuesta? —cuestionó ella con una sonrisa juguetona danzando en sus labios—. ¿Te ha interesado en alguna medida?
Bruce sonrió también y entonces descubrió la causa de su presencia en el evento. Sin lugar a dudas, estaba desesperada por que aquella propuesta se llevara a cabo y para ello necesitaba la ayuda monetaria que eso conllevaba.
—Es muy impresionante. Casi diría demasiado vanguardista. Pero se necesita una inmensa cantidad de fondos para llevarlo a cabo. Y... aún no me has convencido del todo, Pamela —murmuró Bruce con un brillo en la mirada.
Y entonces, Bruce se quedó mirándola fijamente en silencio. Su increíble inteligencia y sus rasgos eran muy parecidos a los de cierta científica que sufrió un fatal incidente, lo cual la constituía en un verdadero peligro para la humanidad, ya que aquella persona desarrolló poderes catastróficos y devastadores como lo eran la alteración de la realidad y la manipulación de plantas y mentes a su antojo. Sin embargo, Bruce no podía creer que fuera ella, aunque su alter ego Batman ya estaba procesando en su mente todas las posibles formas en que la investigaría en su gran base de datos.
Pamela sufrió un estremecimiento involuntario de frío y Bruce la invitó a ingresar de nuevo a la fiesta. Ella tomó su brazo y juntos ingresaron como si fueran una pareja más de las de aquel evento. En verdad a él le agradaba que hubiera derribado sus defensas y que ella se desenvolviera con mayor soltura, además de que estuviera menos rígida.
A su regreso, una melodía clásica sonaba por el salón y varias parejas bailaban. Bruce la invitó extendiendo su mano y ella aceptó. Ella, con una mano en el hombro de él, siguió sus pasos mientras él la sostenía de la cintura. Sus miradas seguían puestas en el otro y entonces la orquesta cambió a un tango.
—¿Sabes bailarlo? —le preguntó Bruce al oído.
—Estoy segura de que puedo seguirte el ritmo —añadió ella desafiante.
Ambos se pusieron a bailar este ritmo y sorpresivamente lo hacían muy bien. Pronto los participantes del salón se hicieron a un costado y miraban sorprendidos y con demasiado gusto cómo esta improvisada pareja realizaba movimientos y giros desafiantes. Se habían adueñado de la pista con una canción demandante y sensual. Cuando la canción culminó, Bruce sostenía a Pamela desde la cintura e inclinado demasiado cerca de ella, casi impidiendo que ambos cayeran al piso. Ambos jadeaban y sus alientos estaban relativamente cerca del otro en un mágico momento.
No obstante, este fue interrumpido por los aplausos que se había ganado su show. A los invitados les gustó en gran medida su baile porque había sido un espectáculo agradable. Bruce la elevó y la acomodó nuevamente en su sitio. Luego ambos se alejaron de tanta gente y de tanta algarabía para beber unos tragos de alguna bebida fresca.
Sin embargo, a pesar de la emoción y de la atracción entre ambos, tanto Bruce como Pamela no pudieron llegar a algún acuerdo firme respecto a sus intenciones. Entonces Bruce se comportó de una forma extraña como si las prisas por huir fueran demasiado evidentes en él.
—Fue un agradable encuentro, pero tengo unos pendientes por resolver —avisó Bruce de manera inesperada consultando su reloj en la muñeca.
—Pensé que por fin nos estábamos divirtiendo —dijo ella algo desilusionada.
Bruce miró por el gran ventanal hacia el cielo y tal gesto no pasó desapercibido para ella.
—No sabes cuanto lo lamento... —añadió a continuación y le besó el dorso de la mano en un acto bastante caballeroso.
Pamela sintió aun más curiosidad cuando le vio intempestivamente marchar. Luego se giró suspirando hacia el ventanal y allí vio algo extraño. Una rara figura surcaba el cielo y parecía opacar a la mismísima luna. Había oído de ello: la bati-señal. Un código secreto que parecía llamar a un notable justiciero enmascarado que combatía al mal.
