Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Painted Scars" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.
Capítulo 4
Jasper
Suena el teléfono mientras me estoy abrochando la camisa, y el nombre de mi tío aparece en la pantalla. Al viejo normalmente le gusta dormir hasta mediodía los domingos. Conozco una sola razón por la que llamaría tan temprano.
—¿Qué pasa, Leonid? —bramo en el teléfono.
—Me enteré de que trajiste a una mujer. ¿Sigue en la casa?
—Esta es mi casa, así que no es asunto tuyo.
—Eso significa que sí. Nunca traes a tus putas a la casa —agrega, y el cuerpo se me pone rígido.
—Si vuelves a llamarla así, delante de mí o de cualquier otra persona, te corto la garganta. ¿Está claro?
—¿Qué demonios se te ha metido, Jasper?
—¿He sido claro, Leonid?
Hay silencio al otro lado de la línea antes de que responda.
—Sí.
—Bien. —Cuelgo.
Odio a ese hombre, pero no puedo arriesgarme a echarlo, no importa lo mucho que lo desee. Leonid sabe demasiado y lo necesito aquí, donde pueda tenerlo vigilado todo el tiempo.
Alcanzo las muletas apoyadas en la mesita de noche, las ubico a ambos lados y me levanto. Colocándolas debajo de las axilas, respiro hondo y doy los primeros pasos, lentos y dolorosos. Por las mañanas suelo tener la rodilla rígida, aunque está mucho mejor que hace un mes. Todas esas horas de fisioterapia están por fin dando frutos, aunque todavía me queda mucho tiempo para deshacerme de la maldita silla de ruedas. Odio esa cosa del infierno; no obstante, hay días en los que el dolor es tan fuerte que ni siquiera puedo soportar mover la pierna derecha.
Cuando encuentre a los cabrones que pusieron la bomba, voy a disfrutar matarlos. Pude haber estado sedado, no obstante, recuerdo a dos personas hablando en la habitación del hospital. No reconocí las voces ni capté el significado completo de todo lo que dijeron, pero sí entendí lo suficiente como para saber que estaban implicados.
Es probable que uno de ellos sea carne de mi carne y esté viviendo bajo mi techo. A pesar de que no tengo pruebas, estoy casi seguro de que Leonid tuvo algo que ver. ¿Quién es el otro? Aún tengo que averiguarlo.
Al momento que salgo de mi habitación, oigo el sonido de canto un poco desafinado procedente de la cocina, me giro y veo a Alice rebuscando en la nevera. Sabía que era baja, pero como anoche estaba sentado, no pude determinar su altura exacta. Es incluso más baja de lo que pensé, apenas mide 1.50 cm. El borde de mi camiseta le llega a sus rodillas y le da un aspecto cómico. Descalza, su coronilla ni siquiera me llegaría al esternón.
Está parada de espaldas a mí, así que no me ve cuando me acerco y me paro junto a la mesa del comedor, unos pasos detrás de ella.
—¿Algo interesante en la nevera? —pregunto.
Alice salta con un grito de sorpresa y cierra la nevera de golpe. —Maldición, casi me das un inf...
Se detiene a mitad de la frase y se queda allí mirándome, con los ojos abiertos de par en par. Esperaba que se sorprendiera al verme sin la silla de ruedas; sin embargo, la emoción que muestra su rostro no es sorpresa. Es miedo.
—¿Alice? —Doy un paso hacia ella.
Se estremece y da un paso atrás, chocando contra el refrigerador. Su respiración se acelera, volviéndose superficial, como si no pudiera tomar suficiente aire, y le tiemblan un poco las manos. Está teniendo un ataque de pánico. No tengo ni idea de qué lo ha desencadenado, pero está aterrorizada por algo y estoy bastante seguro de que ese algo soy yo. No tiene sentido.
Tan solo unas horas antes, la estaba sosteniendo en mi regazo y no parecía asustada en absoluto.
—Jasper —responde por fin, su voz apenas por encima de un susurro —. Necesito que te sientes. Por favor.
Su petición no tiene sentido, aun así, doy dos pasos hacia la mesa del comedor, acerco la silla y me siento. Alice permanece clavada en el suelo frente a la nevera, pero al menos su respiración se ha normalizado.
Una idea vaga me pasa por la cabeza, algo que dijo cuando llegamos. Ahora lo recuerdo con claridad y no me gusta lo que implica.
—Anoche dijiste algo. Necesito que me expliques qué querías decir.
Parpadea y sacude la cabeza.
—¿Qué exactamente?
Su voz es ahora más fuerte, casi normal, aunque sigue sin moverse. Tiene la espalda pegada a la nevera, como si quisiera derretirse en ella.
Enfoco mi mirada en su cara, asegurándome de captar su reacción.
—¿A qué te referías con «no soy fan de las cosas grandes»?
Parpadea y, en lugar de responder, gira sobre los talones y corre hacia su habitación. La puerta se cierra de golpe al mismo tiempo que lo entiendo todo, y rabia comienza a hervir en mi estómago. Alguien le hizo daño y, para que haya reaccionado de esa manera, tuvo que ser grave.
Alice
El reloj de la mesita de noche marca las dos de la tarde. Ya sé que no puedo quedarme encerrada en la habitación todo el día. No obstante, no logro hacerme salir y enfrentarme a Jasper después del episodio de esta mañana. Seguro piensa que estoy loca. Dios, han pasado dos años y sigo jodida de la cabeza.
Estaba mejorando. Llegué a un punto en el que podía estar en compañía de hombres enormes sin asustarme. Podía incluso mantener una conversación normal, mientras no me tocaran. Sí, la mayoría de personas, sobre todo hombres, son más altas que yo. Pero la mayoría no me provocan un ataque de pánico. Solo reacciono ante hombres tan altos como lo era Brian y con significante masa muscular.
Jasper no se parece en nada a Brian, quien era castaño y tenía aspecto de surfista, pero son de estatura y complexión similares. Tal vez, si fuera advertida de alguna manera, o si supiera qué esperar, no habría reaccionado de manera tan extrema. Pero aún estaba adormilada y, con Jasper repentinamente imponente frente a mí, entré en pánico.
Tengo que salir de esta habitación. Todavía queda trabajo por hacer, gente a la que engañar. Puedo hacerlo.
Animada tras mi breve discurso motivacional, me levanto de la cama y, con la cabeza en alto, salgo de la habitación.
Jasper está sentado a la mesa, con un tenedor en una mano y sosteniendo el teléfono a la oreja en la otra. A juzgar por la mirada sombría, no son buenas noticias. Hago todo lo posible por parecer impasible y me le uno, eligiendo a propósito la silla a su lado. Mi acción comunica: No te tengo miedo. El episodio de la cocina fue un malentendido. Finjamos que nunca sucedió.
Cuando me siento aún sigue al teléfono; pero ha estado siguiendo con la mirada cada uno de mis pasos. Asegurándome de que mis movimientos sean perfectamente tranquilos, lleno un vaso de agua y me concentro en la comida en el centro de la mesa. Hay un tazón de puré de papas, un surtido de pescado y algunas ensaladas, así que tomo un plato y me sirvo. Tomo una rebanada de pan y empiezo a comer.
—Bajaré dentro de veinte minutos —anuncia Jasper en el teléfono, lo deja sobre la mesa y sigue comiendo.
Comemos en silencio. El único sonido proviniendo de los cubiertos y resulta extrañamente... doméstico. Espero que me pregunte por lo de esta mañana. Sin embargo, no lo menciona, y siento alivio.
—Envié a Valentina a recoger algo de tu ropa —comenta por fin—. Está en una bolsa en la sala.
—Estupendo. —Tomo un tomate cherry de mi plato y me lo meto en la boca.
Jasper se recuesta y, cruzando los brazos frente a él, me mira unos segundos. Trato de concentrarme en la comida en lugar de sus brazos musculosos, que se le marcan por debajo de la camisa de tela elástica. Fracaso miserablemente.
Inclina la cabeza a un lado y me mira con ojos entrecerrados.
—Sabes, me resulta muy interesante que estés llevando esta situación mucho mejor de lo que esperaba.
—¿Qué situación? —Alcanzo la bandeja de la ensalada y vuelvo a servirme lechuga y más tomates cherry.
—Esto. Ser chantajeada para que te cases con alguien como yo. Teniendo que detener tu vida durante seis meses. Esperaba que fueras cautelosa. Reticente. Asustada. Pareces... antinaturalmente indiferente.
—¿Crees que estoy mentalmente inestable? —Tomo una hoja de lechuga, la envuelvo alrededor de un tomate cherry y la mojo en mayonesa mientras Jasper me mira con interés.
—¿Lo estás? —pregunta—. ¿Mentalmente inestable?
—Claro que no. Soy la personificación de estabilidad mental. Pregúntale a cualquiera. —Señalo mi bola de lechuga, tomate y mayonesa—. ¿Quieres una?
Por la expresión de su rostro, veo que no le divierte. Suspiro y lo miro directamente a los ojos.
—Sí, esta situación me resulta inquietante, pero es lo que hay. ¿Tengo voz y voto? No. ¿Puedo cambiar algo? De nuevo, no. Me resista o no, el resultado será el mismo. Tal y como lo veo, es mejor aceptar esta mierda y seguir la corriente.
—Sabes que estás un poco loca, ¿verdad?
—La vida es una locura. Tienes que aceptarla. —Me encojo de hombros y señalo con la cabeza las muletas apoyadas en la mesa a su lado—. ¿Por qué la silla de ruedas si puedes caminar?
—Preferiría llamarlo arrastrarme. Y aún no puedo estar todo el día con muletas. Me desharé de la silla de ruedas en algún momento, pero hasta que pueda soportarlo un día entero, no quiero que nadie lo sepa.
—¿Por qué no?
—Tengo mis razones. Solo lo saben Paul, Varya y mi fisioterapeuta. Y ahora tú. Y quiero que siga siendo así, Alice.
—¿Nadie te ha atrapado caminando? ¿Una criada? ¿Alguien que haya entrado en tu habitación sin avisar?
—La única persona que tiene permitido entrar aquí es Varya. Se ocupa de la limpieza. Todos los demás saben que tienen que mantenerse alejados de mi suite, a menos que sean específicamente invitados.
—¿Y qué sucedería si alguien te descubriera? ¿Eso sería un problema?
—No realmente. Porque los mataría al instante.
Al principio, creo que está bromeando, luego me mira y lo veo en sus ojos. Lo dice en serio.
—Eres un hombre siniestro, señor Hale.
—Va con la descripción del trabajo, Alice —responde—. Solo hay tres cosas que la gente en mi mundo entiende: lealtad, dinero y muerte. Recuérdalo. —Alcanza las muletas—. Tengo que hablar de un asunto con Paul. Volveré dentro de una hora.
Me pongo rápidamente de pie, respiro hondo y obligo a mis piernas a no moverse de lugar. No pienso permitir que el episodio de esta mañana se repita. Él no es Brian. No dejaré que el miedo irracional me domine.
Jasper coloca una muleta a cada lado y se pone de pie frente a mí. «Dios mío, es enorme». Se me acelera el corazón, pero me las arreglo para no encogerme de miedo. Puedo manejarlo. Estaré viviendo con él durante los próximos seis meses, así que tengo que superarlo. Lentamente levanto la cabeza y lo miro a los ojos sin pestañear. Aunque me aseguro de esconder mis manos temblorosas detrás de la espalda.
—Me pregunto qué te dieron de comer de niño —comento, e incluso logro esbozar una pequeña sonrisa.
Me mira por unos segundos, luego alarga la mano y arrastra el pulgar hacia abajo por mi mejilla.
—Eres una actriz excepcional, malysh.
Su mano se esfuma de mi mejilla y se dirige despacio a su dormitorio. Me pregunto qué ha querido decir con eso.
