Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Painted Scars" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.


Capítulo 7

Alice

Cuando regresamos de nuestro día de compras, el juez de paz ya nos está esperando en la sala de la suite de Jasper. La firma del certificado de matrimonio resulta muy decepcionante. El tipo dice su diálogo, mientras Varya y Paul actúan de testigos. Un par de síes y cuatro firmas después, Jasper y yo somos marido y mujer. No puedo creer que me haya casado vestida con un par de jeans que tengo desde la secundaria. Es una de las cosas más raras que he experimentado.

Aunque los anillos son un bonito detalle. No sé cómo Jasper se las arregló para encontrarlos tan rápido. Probablemente fue a una joyería mientras yo esperaba con Vova y Dolohov en el auto. También obtuve un segundo anillo, un grueso aro de oro blanco con una piedra pálida en medio, el cual supongo haremos pasar por anillo de compromiso. Probablemente es falso, porque uno real costaría una fortuna. De todos modos, me gusta.

Al momento que se van, Jasper toma su laptop, dice que tiene trabajo por hacer y se encierra en su habitación. Ni siquiera sale a comer el almuerzo que trae Varya.

Guardo la ropa nueva en el armario y termino una pintura antes de que se me acabe la inspiración. Ahora, estoy absolutamente aburrida. Quizá debería pedir algunos artículos y comenzar a redecorar la casa conforme lo planeado. Tal vez algunas lámparas. Me recuesto en el sofá y cierro los ojos.

—Lámparas. Me encantan las lámparas. Cuanto más grandes, mejor. Doradas, con grandes pantallas negras. Y entramadas —murmuro para mí misma—. Darán a la casa un aspecto sofisticado, así que las pondré por todas partes. El personal va a odiarlas. Son difíciles de limpiar y...

—Nada de lámparas. —Escucho la voz profunda de Jasper justo encima de mí, pero sonrío y continúo, con los ojos cerrados.

—Y mi esposo odia mis lámparas. Sin embargo, sabe que tiene cero conocimientos de diseño de interiores, y como está tan loco por mí, decide dejar mis catorce lámparas en paz.

Abro los ojos y encuentro a Jasper inclinado sobre mí, con los ojos entrecerrados. Está en la silla de ruedas otra vez. Qué raro. Usualmente usa muletas cuando está en su suite.

—Veo que por fin te has decidido a salir de tu cueva. —Arqueo una ceja.

—Deberías vestirte. Bajaremos a cenar en treinta minutos.

—¿Zorra, seria o algo intermedio?

—Intermedio servirá.

—Maldita sea, desearía que hubieras elegido zorra.


Jasper

La puta rodilla me está molestando otra vez. Sucede de vez en cuando. Esta tarde tomé unos analgésicos y trabajé desde la cama, esperando que ayudara. Lo hizo, pero apenas. Odio esta silla, aunque lo que más me incomoda aparte de la silla misma, es que Alice me vea en ella. Esa mujer no significa nada para mí. Tenemos un trato por tiempo limitado, luego se irá. Aun así, me incomoda.

La puerta de su habitación se abre y, cuando sale Alice, la sala comienza a vibrar con energía. Lleva unos jeans negros ajustados, una blusa de seda amarilla a juego con unos zapatos de tacón del mismo color. Su cabello está recogido en una coleta alta que le cae por la espalda. Alice no suele usar maquillaje, y eso me gusta. No lo necesita. Sin embargo, esta noche, debe de haber decidido que es una ocasión especial, porque se ha pintado los labios de un rojo intenso y se ha hecho algo en los ojos para acentuar su forma y color. Lo curioso es, que extraño su piercing.

—¿Lista? —pregunto.

—Tanto como alguna vez lo estaré. Muéstrame el camino, esposo.

Cuando entramos en el gran comedor del primer piso, todos están ya sentados y hablando. En cuanto nos ven, la charla se apaga y se ponen de pie. La tensión es tan densa que se podría cortar con un cuchillo, así que decido ir al grano.

—Esta es mi esposa, Alice Hale —declaro.

Todo el mundo me observa, luego dirigen sus miradas a Alice.

—¡Hola! —Sonríe y saluda con la mano.

Nadie dice nada. Bien.

—Nos hemos casado por lo civil esta tarde, pero hemos decidido posponer la boda religiosa hasta el verano. Alice quiere una ceremonia al aire libre.

—Sí. Será junto al lago. —Me besa en la mejilla—. Gracias por complacerme, cariño.

—Sé que es un poco repentino, pero no cambia las cosas. Si alguien se atreve a faltarle el respeto a mi esposa, no le gustarán las consecuencias. — Me aseguro de clavarles la mirada a todos los hombres sentados a la mesa, hasta que llego a mi tío—. Sin importar quién sea. ¿Queda claro?

—Sí, Pakhan —responden todos al unísono.

—Alice, ya conoces a Paul y a Dolohov. —Señalo, y ellos asienten con la cabeza. Luego giro la mirada al otro lado de la mesa.

—Este es mi tío, Leonid.

Observo su reacción, pero Leonid no es estúpido. Asiente, su rostro es una máscara perfecta de cortesía, mas no se me pasa por alto el brillo malvado en sus ojos.

—A la izquierda de Leonid está Ben, los hermanos Bill y Ron, y Felix. A la derecha de Dolohov están Aro, Emmett y Anton. Estos son mis hombres más cercanos, y pongo mi vida en sus manos. Y, a partir de ahora, también la tuya.

Alice se vuelve hacia los hombres de la mesa. Todos cierran el puño derecho, se golpean el pecho al unísono y asienten mientras ella los mira con los ojos muy abiertos. Su cara es controlada, aunque por su postura y por la forma en que está apretándome el antebrazo, sé que está algo sorprendida. Parece que mi florecilla no había entendido exactamente en lo que se había metido hasta esta noche.

—Cenemos —indico, y hago una señal con la cabeza a Varya, quien está esperando junto a la puerta. Hace un gesto con la mano a Olga, Valentina y Galina para que traigan la comida.

La cena transcurre como esperaba, mayormente en silencio. Cada pocos minutos, alguien lanza una mirada rápida en dirección a Alice, lo cual estoy seguro de que nota, aunque finge no hacerlo. Y ella es muy buena fingiendo, tan bien que resulta casi inquietante. Esperaba que se excediera, que sobreactuara, que se riera con nerviosismo. No hay nada de eso. Se me acerca un poco entre bocados para preguntarme algo y me toca la mano de vez en cuando. Todo parece tan sincero que incluso a mí me cuesta no creerme su actuación, aun a sabiendas de que es puro teatro.

—He cambiado de opinión —me susurra al oído, y rompe mi hilo de pensamientos—. Nos quedamos con esta mesa. Es extraordinaria.

—Me alegro que te sientas de esa manera.

—Aunque tendrás que deshacerte de las cortinas, cariño. Ese tono marrón es muy deprimente. Mi gurú de feng shui dice que hay que tirar las cosas que nos depriman.

El sonido de su voz es completamente en serio, su rostro es la viva imagen de la sinceridad, pero sus ojos se están riendo de mí. Me inclino hacia ella.

—Entonces, las quemaremos —digo, y la beso.