Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Painted Scars" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.


Capítulo 8

Alice

Algo no está bien. Recuerdo que Jasper mencionó que tenía una reunión importante planeada para esta mañana. Son más de las nueve y aún no ha salido de su habitación. Oí su teléfono sonar alrededor de las ocho y después que hablaba con alguien. Quince minutos después, Valentina nos trajo el desayuno diciendo que Jasper le instruyó que lo dejara conmigo.

Quizá debería comprobar si se encuentra bien. Coloco el pincel en el plato pequeño que mantengo cerca del lienzo, me limpio las manos y me dirijo a la recámara de Jasper. De repente, se abre la puerta, y empuja la silla de ruedas hacia la cocina. Solo lleva puestos unos pantalones deportivos, su torso completamente a la vista, y no puedo dejar de mirar.

Jasper ni siquiera se da cuenta de que me acerco. En vez de eso, va a los cajones cerca del fregadero y comienza a hurgar en el de arriba. Cuando no encuentra lo que busca, murmura algo en ruso, cierra el cajón de golpe y pasa al siguiente.

—¿Necesitas ayuda?

—¡No! —espeta.

Lo veo sacar un frasco blanco del cajón, tomar dos pastillas y tragárselas. Vuelve a observar el contenedor, extrae otra tableta y lo tira de vuelta al cajón. Mientras agarra una botella de agua de la nevera, aprovecho la oportunidad para echar un vistazo a la etiqueta para ver qué ingirió. Son analgésicos. Finalmente, gira la silla para mirarme, suelto un grito ahogado.

—Tienes un aspecto horrible. —Tiene la cara pálida y los ojos enrojecidos—. ¿Pudiste dormir algo?

—En realidad, no.

Lo sigo a su habitación y observo mientras entra en el vestidor y regresa con un par de pantalones y una camisa en su regazo.

—¿Qué estás haciendo?

—Tengo una reunión dentro de veinte minutos. Vete, por favor, tengo que cambiarme.

—No estás en condiciones de ir a ninguna parte, Jasper.

Me ignora, pone la ropa en la cama a su costado y comienza a levantarse de la silla de ruedas, pero en cuanto trata de enderezarse, un gruñido escapa su boca y vuelve a sentarse.

—¡Maldición!

—Bueno, supongo que no vas a desvestirte de momento. Ven, vamos a llevarte a la cama.

—La cama no funcionará. Tengo la rodilla rígida, no puedo estirar la pierna.

—¿Y el sofá? Podríamos ponerte algo debajo de la pierna y mirar una película.

Jasper me mira como si estuviera loca.

—No puedo pasarme el día viendo películas. Tengo un imperio criminal que manejar.

—Bueno, no estarás manejando a ninguna parte, literal o figurativamente. Acabas de tomarte una dosis triple de analgésicos, así que probablemente estarás inconsciente en menos de una hora, durmiendo como bebé.

—¡Mierda! —maldice, luego gruñe algo en ruso y niega con la cabeza.

—No tengo ni idea de lo que acabas de decir, pero estoy de acuerdo. — Asiento con la cabeza—. ¿Necesitas llamarlos para cancelar?

—Sí. Pásame el teléfono.

Cuando llegamos a la sala, Jasper se las arregla de alguna manera para trasladarse al sofá. Agarro una de las almohadas grandes para ponérsela debajo de la pierna, luego voy a su habitación por una manta, la cual le echo encima. Jasper observa cada uno de mis movimientos, aunque no comenta nada. No creo que esté acostumbrado a que alguien se preocupe por él. Puede que me equivoque, pero creo que en secreto lo disfruta. Me dirijo a la cocina y miro el desayuno que queda en la bandeja. Es una especie de pastel hecho a mano relleno de fruta. Tomo un bocado. Todavía está caliente, esto servirá.

—Anoche empecé una película, ¿quieres verla conmigo? Solo he visto los primeros quince minutos. ¡Te pondré al corriente! —vocifero mientras tomo una jarra de jugo de naranja de la nevera.

—Suena bien.

—¿De casualidad habrá palomitas de maíz en alguna parte? —pregunto mientras abro la despensa.

—Lo dudo.

—¿Y en la cocina de abajo? No podemos ver una película sin palomitas.

—No tengo ni idea. Llama a Varya y pregúntale.

Llevo la bandeja con el desayuno y la coloco en la mesa baja frente al sofá, luego me giro hacia Jasper.

—Ocupas mucho espacio. Muévete, por favor.

—Y hoy tú estás muy mandona —agrega, pero se levanta sobre los codos.

Me siento en el lugar donde había colocado la cabeza, apoyo las piernas sobre la mesa y señalo mi muslo. Jasper vuelve a bajar despacio, colocando la cabeza en mi regazo. Me pasa su teléfono con el número de Varya ya seleccionado.


Jasper

No puedo esperar a escuchar esto.

—Varya, lo siento si te interrumpí —chilla Alice al teléfono—. ¿Tienes palomitas de maíz en alguna parte?

No escucho la respuesta, más puedo imaginar la cara de Varya. Estoy bastante seguro de que nadie ha visto nunca palomitas de maíz en esta casa.

Tenemos bombas, algunas cajas de granadas y una tonelada de municiones en el garaje. Pero no palomitas de maíz.

—Sí, palomitas de maíz... Pues para comer. Estamos viendo una película. —Escucha la respuesta de Varya—. ¿Qué quieres decir con "quiénes"? Jasper y yo. —Otra pausa, y luego—: Sí, Varya, hablo en serio... No, no es necesario...Yo... De acuerdo, gracias.

Deja el teléfono sobre la mesa, me mira y hace una mueca de disgusto.

—No hay palomitas de maíz, nos traerá cacahuates. Los odio, sin embargo, está impaciente por venir.

«Por supuesto que lo está».

El toquido en la puerta llega cinco minutos después. Varya abre la puerta y entra a la sala, pero se detiene a mitad de camino para mirarnos. Sus ojos se deslizan hacia mí, acostado en el sofá tapado con una manta y cuando llegan a mi cabeza apoyada en el regazo de Alice, sus cejas se elevan hasta el nacimiento del cabello. Se acerca, deja un tazón de cacahuates en la mesa y luego mira la mano de Alice, que está hundida en mi pelo mientras sus dedos juegan con uno de mis mechones.

—Podría haber bajado a buscarlos —dice Alice.

—Tonterías, niña. ¿Necesitan algo más?

—Podemos almorzar aquí, ¿más tarde? Me parece que Jasper no se levantará del sofá en un buen rato.

Varya me lanza una mirada y sonríe con satisfacción.

—Oh, estoy segura de que no lo hará.

Cuando Varya se va, Alice se recuesta y pone la película. Me está poniendo al corriente en lo que ha sucedido hasta ahora, pero realmente no presto atención a lo que está diciendo, y en vez de eso cierro los ojos y disfruto el sentir cómo su mano me acaricia el cabello. Los analgésicos están comenzando a hacer efecto. Podría levantarme y volver a mi habitación, o al menos sentarme; en vez de eso, me quedo en la misma posición, y escucho la voz de Alice mientras describe con todo lujo de detalles cómo sucedió el asesinato en la película, y me voy a la deriva.


—No voy a traerte las muletas, Jasper.

Miro a Alice desde mi posición en el sofá y aprieto los dientes. Hemos pasado toda la mañana y buena parte de la tarde holgazaneando en la sala. Incluso logré dormir por casi dos horas y tengo la rodilla mucho mejor.

—¡Alice!

—Jasper.

—Tráeme las malditas muletas. Por favor.

—Hoy no hay muletas para ti —responde, y empuja la silla de ruedas hacia mí.

—Te estás pasando de la raya —emito.

—Demándame.

Maldigo, me subo a la maldita silla y me dirijo a mi habitación. Después de ducharme y cambiarme, tomo la laptop y vuelvo a la sala. Odio admitirlo, pero todavía siento un dolor punzante en la rodilla. No es tan fuerte; no obstante, aún es mejor estar sentado y, puesto que estoy ya en la silla, decido trabajar un poco.

—Iré al despacho. —Indico con un movimiento de cabeza hacia la puerta—. Vamos, te daré el tour de la casa por el camino.

Me sigue por el pasillo del ala este, y señalo cada puerta por la que pasamos.

—La segunda oficina, la cual no uso. Dos dormitorios de invitados, cerrados con llave. El gimnasio. Hago ejercicio ahí todas las mañanas, y tres veces por semana viene un fisioterapeuta.

—¿Por qué tienes cerradas con llave las habitaciones de invitados? ¿Qué haces cuando tienes gente que se queda a dormir?

—No invito a nadie a pasar la noche en mi casa. Es un riesgo de seguridad. —Nos detenemos en la parte superior de la escalera, y señalo con la cabeza el pasillo que se extiende hacia el ala oeste—. Mis hombres tienen sus habitaciones allí. Será difícil colocarles micrófonos sin que alguien sospeche. —El ascensor nos lleva a la planta baja, y giro a la derecha hacia la parte para hacer "negocios" de la casa—. La sala de estar. —Señalo hacia las puertas dobles abiertas de par en par, mostrando un gran espacio utilizado por mis hombres—. A la derecha, el despacho de Leonid.

—¿Qué es lo que hace?

—Leonid está oficialmente a cargo de las finanzas, pero, en realidad, Ron y Bill hacen todo el trabajo. Ben se encarga de la distribución y de algunas otras cosas. Tiene sus despachos en casa y en uno de los almacenes, así que casi nunca está aquí.

—¿Ben es el grandote con el parche en el ojo?

Me detengo por un momento, tomo el antebrazo de Alice y la vuelvo hacia mí.

—Lo que le pasó a Ben es personal. Por favor, no vayas por ahí preguntando.

—De acuerdo.

—Y otra cosa. Cuando Ben esté cerca, trata de no tocarlo sin querer. No... lidia bien el contacto piel con piel. —Alice abre los ojos de par en par, pero no pregunta nada más, solo asiente—. Bien. Esta puerta de aquí conduce al sótano. No bajarás allí bajo ninguna circunstancia —advierto.

—¿Por qué?

Decirle que es allí donde solemos torturar a la gente es impensable.

—Porque no.

—¿Ya has... ya sabes? —Se señala la oreja.

—Paul ya se encargó de eso.

—¿Cuál es su función?

—Es mi segundo al mando. Dolohov trabaja con él, aunque se ocupa principalmente de la seguridad.

—¿Y el resto?

—Emmett está a cargo de los clubes. Anton y Aro se encargan de los soldados rasos. Felix, el tipo alto y rubio, maneja las negociaciones y todos nuestros negocios legales, como los inmuebles y alquileres. Rara vez viene aquí; pero cuando lo haga, trata de evitarlo. Tiene problemas.

—Todo el mundo tiene problemas, Jasper.

—No como Felix. Créeme. Mantente alejada de él.

—¿Y todos viven aquí?

—Todos los hombres que conociste anoche tienen habitaciones arriba; sin embargo, solo Leonid, Emmett, Ron y Bill viven aquí.

—¿Y el personal? ¿El servicio?

—Valentina y Olga también tienen habitaciones en el ala este, donde está la cocina. Varya también tiene un pequeño apartamento allí. El resto regresa a sus viviendas cada noche.

—¿Varya es tu ama de llaves?

—Era el ama de llaves del viejo Pakhan. Cuando tomé el mando, le dejé la vida solucionada, para que no tuviera que trabajar nunca más. No quiso irse. Aún no quiere. Así que, dejo que administre la casa; la hace feliz.

—No quiso dejarte, querrás decir.

—Sí. —Lo veo en sus ojos: quiere seguir preguntando, pero no lo hace, y no ofrezco más. Es mejor no decir ciertas cosas—. Esta es la oficina de Paul, luego la de Dolohov. —Señalo las puertas de la derecha—. Ron y Bill comparten despacho, es la puerta junto al de Leonid. El mío es el último del pasillo. Si no estoy arriba, probablemente esté aquí. Te daré los números de Paul y Dolohov más tarde, por si acaso.

—¿Podemos ver la cocina?

—Si insistes.

—Pareces reacio. ¿Hay algo malo con la cocina

«Todo está mal con la puta cocina».

—Ya lo verás.


Alice

Estamos justo delante de las puertas abiertas de la cocina cuando algo grande y metálico cae al suelo con un estruendo. Hay una fracción de segundo de silencio absoluto seguido de unos gritos roncos tan fuertes que me estremezco. Cuando entramos, miro a mi alrededor y siento como si acabara de entrar en un manicomio.

Un enorme hombre barbudo de unos sesenta años, vestido con un delantal blanco de chef y un pañuelo en la cabeza, está de pie con las manos en las caderas gritando lo que supongo que son obscenidades rusas. No es muy alto, aunque es tan ancho como un camión. Una gran olla volcada de lo que parece sopa yace en el suelo cerca de sus pies. Valentina y otras dos mujeres, quienes supongo son Olga y Galina, corren alrededor de la cocina, recogen trapos y luego se arrodillan para limpiar el suelo. Mientras tanto, el cocinero permanece inmóvil en medio de un gran charco de sopa. Varya está en el otro extremo de la habitación, cerca de la nevera grande, señalando al cocinero y gritando también en ruso.

En el lado derecho hay una pequeña mesa donde Ron y Dolohov están sentados, tomando café y discutiendo algo. No parecen inmutados ni lo más mínimo por la pelea de gritos ocurriendo detrás de ellos.

Nadie ni siquiera nos ve.

—¿Siempre es así aquí? —hablo entre dientes.

—Casi siempre.

Las dos mujeres limpiando el suelo comienzan a discutir. Una de ellas le tira el trapo a la otra y se dirige al fregadero.

—Están justo debajo de tu suite. ¿Cómo es que nunca las había escuchado antes? —pregunto con asombro.

—Tengo la cocina insonorizada.

—Eso fue una buena idea. —Asiento, aún mirando el caos con asombro —. ¿Dejamos que continúen?

Jasper mira a su alrededor, toma una tabla de cortar gruesa y la estrella contra la encimera de metal que tiene a su lado. El sonido reverbera a través de la habitación, haciéndome saltar. Todo el mundo se calla.

—Esta es Alice —indica Jasper—. Mi esposa.

Sonrío abiertamente y hago un saludo con la mano hacia ellos.

—¡Alice Hale! —exclaman todos y asienten al mismo tiempo.

—Oh, pero pueden llamarme Alice.

—¡No, no pueden! —vocifera Jasper.

—¡Cariño!

—Fin de la discusión.

—Qué severo eres, Jasper. —Hago un puchero, luego me giro hacia el personal de la cocina—. Lo es ¿verdad que sí? —Todos me miran como si fuera tonta. «Perfecto». Me vuelvo hacia Jasper—. ¿Puedo quedarme aquí?

—¿Estás segura?

—Síp.

—De acuerdo. Estaré en mi despacho.

—Iré más tarde. —Coloco un beso rápido en su mejilla.

Diez minutos después, estoy sentada en la mesa de la esquina, tratando de hablar del desayuno con Igor, el cocinero. Solo habla ruso, así que Varya hace de traductora. La cosa no va bien.

—Igor cree que no te gustaron los piroshki de esta mañana —dice Varya —. Tiene miedo de que el Pakhan lo despida, o algo peor, si se entera de que no te gusta su comida.

Oh, por el amor de Dios. Siento la necesidad de golpearme la frente contra la mesa. En vez de eso, sonrío con dulzura.

—Me encantaron las tartas. Estaban deliciosas, y me aseguraré de que Jasper lo sepa. Incluso me encantaría aprender a hacerlas. Pero ¿podría servirme también cereal para desayunar?

Varya me traduce e Igor sonríe. Salta de la silla balbuceando algo y haciendo señas con la mano. Lo sigo hacia la isla de la cocina, donde me pasa un delantal por la cabeza y comienza a sacar algunos ingredientes de la alacena. Me giro para mirar a Varya por encima del hombro, con la esperanza de que me diga qué está pasando, no obstante, se limita a reír y niega con la cabeza.


Jasper

Termino de repasar los números con Leonid y Ron y miro el reloj. Son casi las siete; se me ha pasado la tarde completa volando con todas las reuniones y el papeleo que tenía atrasados. Me pregunto qué estará haciendo Alice. Dijo que pasaría por aquí, pero no lo hizo. Aunque no tengo ni puta idea de por qué, no me sienta bien.

—¿Hasta cuándo piensas seguir con esta situación, Jasper?

Miro a Leonid, quien está sentado en una silla al otro lado de mi escritorio. Ron ya se ha marchado, así que solo quedamos nosotros dos.

—¿Qué situación?

—El matrimonio. Ni siquiera te casaste por la iglesia. La gente hablará.

—No, no lo harán.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque los silenciaré, Leonid. De la misma manera en que silencié a mi padre. —Inclino la cabeza a un lado—. ¿Recuerdas aquella noche? —Se tensa y no dice nada, más observo la vena que le late en el cuello. Sí, la recuerda muy bien—. Si no tienes más preguntas, puedes irte. —Asiento hacia la puerta.

Se levanta y sale de mi despacho.

Leonid lleva actuando de manera extraña desde los últimos dos meses. Siempre ha sido un flojo de mierda que prefiere que otras personas hagan su trabajo mientras él se lleva todo el mérito. Recientemente, ha estado tratando de arrebatarle algunas responsabilidades a Ron, la cual es la principal razón para que sospeche que está implicado en lo de la bomba. Tendré que hacer pronto algo con él, con pruebas o sin ellas. Ahora, sin embargo, me muero por saber qué ha estado haciendo mi peculiar esposa toda la tarde, así que llamo a Varya.

—¿Dónde está?

—Sigue aquí, en la cocina —responde Varya, su tono divertido.

—¿Qué ha estado haciendo ahí todo este tiempo?

—Ven a verlo por ti mismo.

Me empujo por el largo pasillo y entro en la cocina. Alice está de pie junto a la superficie de trabajo, colocando piezas redondas de masa en un molde grande mientras Igor está parado detrás de ella, supervisando. Aunque lleva puesto un delantal, su blusa rosa de encaje y los jeans están cubiertos de harina. Su coleta está torcida y tiene algo que parece mermelada en la mejilla izquierda.

—Igor le está enseñando a hacer piroshki —explica Varya cuando se detiene a mi lado—. Van por la tercera tanda.

—Igor solo habla ruso. ¿Cómo puede enseñarle algo?

—No tengo ni idea. Le dice lo que tiene que hacer, y cuando lo hace mal, le grita.

Giro la cabeza de golpe y miro a Varya.

—¿Le gritó a mi esposa?

—Ella le gritó más.

—¿Por qué?

—Bueno, él le gritó porque quemó la primera tanda. Ella le gritó porque no le dijo cuánto tiempo tenían que estar en el horno. Ninguno de los dos sabía por qué el otro estaba gritando. Fue divertidísimo.

—¿Qué pasó con la segunda tanda? —pregunto—. ¿También se quemó?

—La segunda salió bien. La sacaron del horno justo cuando los chicos comenzaron a llegar para almorzar. Todos los que pasaban tomaron uno o dos y, al cabo de cinco minutos, ya no quedaba ninguno. —Se ríe—. Oh, ella estaba tan furiosa.

—¿Por qué? ¿Ella se los quería comer todos?

Varya se vuelve hacia mí, y hay una mirada traviesa y satisfecha en sus ojos, como un gato que se comió al canario.

—No, Jasper. Se enfadó porque no dejaron ninguno para ti.

En ese momento, Alice levanta la cabeza, nuestras miradas se conectan y me sonríe. Es como si, de repente, el sol hubiera atravesado las nubes oscuras y me hubiera golpeado con su calidez y me encuentro deseando que esto fuera real y no solo una actuación. Sus tacones repiquetean en el suelo cuando se acerca, resonando en el gran espacio.

—Se comieron tus piroshki —dice y coloca sus manos en la cadera.

Es demasiado bonita cuando se enfada. Me inclino hacia delante y la agarro por la cintura con un brazo y por debajo de las rodillas con el otro. Levantándola, la pongo sobre mi regazo.

Chilla y me rodea el cuello con los brazos.

—Te he manchado toda la camisa de harina.

—No me importa —respondo, y agarro las ruedas—. Sujétate fuerte. — Abre los ojos de par en par y aprieta los brazos alrededor de mi cuello—. Ábrenos la puerta, Varya —ordeno por encima del hombro, giro la silla y nos empujo hacia el pasillo.

Con las piernas de Alice colgando sobre el lado de la silla, requiere un poco más de maniobra para manejar la rueda derecha, aunque me las arreglo y nos llevo por el pasillo y dentro del ascensor. Se está riendo como una loca por el camino, con la cara hundida en mi cuello, y me siento de maravilla.

Mi buen humor se evapora en cuanto salimos del ascensor y veo a Leonid de pie en lo alto de las escaleras, observándonos con una mirada calculadora. Lo ignoro y nos conduzco a la puerta de mi suite.

—Gracias por el paseo. —Alice se ríe y se levanta para abrir la puerta.

—Cuando quieras, malysh. —Adentro, cierro la puerta detrás de mí—. Ven, tenemos que hablar.

—¿Ocurre algo?

—Tal vez. Ve a cambiarte, te estaré esperando en la cocina.


Alice

Cuando entro en la cocina, recién duchada y vestida con ropa limpia, encuentro a Jasper hurgando en la nevera. También se ha cambiado con un par de jeans y una camiseta blanca ajustada que se estira apretadamente sobre su espalda amplia. No puedo evitar mirarlo.

—¿Cómo está la rodilla? —pregunto cuando consigo dejar de comérmelo con los ojos. Está en muletas otra vez, así que supongo que se encuentra mejor.

—De vuelta a la normalidad —responde y cierra la nevera—. O tan normal como hace unos días. Tengo que llamar para agendar a mi terapeuta para mañana. Tuve que cancelar la sesión de hoy.

Me acerco y me paro a su lado, segura de que por fin he superado la estúpida reacción de mi cuerpo a su tamaño. Mi brazo roza su codo accidentalmente, y me estremezco.

—Lo siento —susurro y cierro los ojos, enojada conmigo misma. Odio esto.

Siento el brazo de Jasper alrededor de mi cintura y, un segundo después, me encuentro sentada en la encimera.

—No es necesario que hagas eso todo el tiempo —suspiro.

—No me importa.

—Es absurdo. ¿No te lastimo la pierna?

—Lamento decírtelo, pero eres un poco pequeña, Alice. Mi pierna está perfectamente bien.

—Todo el mundo es un poco pequeño comparado contigo, Jasper. — Pongo los ojos en blanco y le doy un golpecito en el hombro—. ¿Te ayuda la fisioterapia?

—Sí, aunque es un proceso lento. Tardé dos meses en caminar con muletas. Otro más para usarlas sin mucho dolor. Warren dice que probaremos el bastón dentro de un par de semanas, a ver cómo va.

Se mueve hacia la encimera al lado de donde estoy sentada, luego toma un vaso y la jarra de jugo de naranja.

—¿Y después?

No responde de inmediato, pareciendo concentrarse en servir el jugo de naranja.

—La rodilla está demasiado jodida. Voy a tener que conformarme con llevar siempre el bastón.

Por la forma en que evita mirarme a los ojos, supongo que no le gusta ese resultado.

—Estarás sexy con el bastón, Jasper. Te dará un aspecto muy aristocrático.

Alza la mirada hacia la mía y sus labios se elevan en una sonrisa. —¿Y ahora no soy sexy?

«Oh, no sabes cuánto», quiero decir. En vez de eso, me río.

—¿Estás buscando cumplidos, Pakhan? Dios mío, qué vanidoso eres. — Le doy un codazo en broma y ambos nos reímos. Cuando las carcajadas se apagan, cambio de tema—. Mencionaste que teníamos algo de que hablar.

—Sí. Necesito que primero coloques micrófonos en la habitación de Leonid. En su despacho también, pero la prioridad es su recámara.

—De acuerdo. ¿Cómo hacemos para entrar en su habitación? Podría colarme mientras está trabajando.

—Siempre hay alguien rondando por allí, una criada o alguno de los muchachos. —Jasper cambia el peso de su pierna mala y apoya la cadera en la encimera—. Tendré que pensar en ello.

—¿Y si lo estropeo?

—No lo harás. —Alarga la mano como si fuera a tocarme la cara, pero lo reconsidera y se da la vuelta—. ¿Les informaste a tus padres que nos casamos?

Siento escalofríos.

—Aún no. ¿Tengo que hacerlo?

—Sí.

—Mierda. Mamá me va a matar. Siempre ha hablado sobre cómo quería organizarme una gran boda si alguna vez conocía a alguien lo bastante loco como para casarse conmigo. Mejor le enviaré un mensaje.

Un músculo salta en la mandíbula de Jasper y se inclina hacia mí hasta que nuestras narices casi se tocan.

—No puedes comunicarle a tu madre que te has casado por mensaje de texto, Alice. La llamarás y la invitarás junto con tu padre a que vengan a cenar.

—¿Aquí? —Parpadeo—. No puedo pedirles que vengan aquí. Cuando mi madre vea a todos esos tipos con armas, ¡pensará que me he casado con un mafioso!

Las cejas de Jasper casi llegan hasta el nacimiento de su cabello.

—Tu madre tendría razón.

—Sí, pero ¿podemos omitir ese pequeño detalle? Se asustó cuando me vio el piercing en la nariz. Mi mamá es extremadamente conservadora; incluso plancha las toallas. No sé cómo reaccionará cuando se entere de que me he casado con un jefe de la mafia.

Se ríe y sacude la cabeza.

—Los llevaremos a un restaurante.


Jasper

No soy fan de la madre de Alice.

Como era de esperarse, se sorprende cuando Alice le dice que se ha casado tan repentinamente y con un hombre que nunca han conocido. Sin embargo, a juzgar por las miradas que ha estado lanzando en mi dirección durante la cena, está más preocupa por la silla de ruedas que el hecho de que su hija se haya casado con un extraño.

—¿Estás embarazada, Alice? —pregunta con indiferencia entre dos bocados de pastel.

A mi lado, Alice se atraganta con el vino.

—¡Por Dios, mamá! —exclama cuando logra recuperarse—. Por supuesto que no. Nos conocimos hace una semana.

—Aunque estamos en ello —añado mientras tomo la mano de Alice—. ¿Verdad, amor?

Alice parpadea, luego sonríe y se inclina para besarme.

—Claro que sí.

El padre de Alice, sentado al otro lado de la mesa, apenas habla. Ha estado evitando mi mirada todo el tiempo. Cuando me observa, rápidamente aparta los ojos y esconde sus manos temblorosas debajo de la mesa. Tampoco me gusta Samuel Brandon, y no tiene nada que ver con el hecho de que robó mi dinero. Sabe muy bien quién soy; y aun así, permitió que su hija se casara conmigo para salvar su propio trasero. Qué excusa tan lamentable de ser humano.

En la mesa, suena mi teléfono mostrando el nombre de Emmett. No puede ser un asunto de los clubes porque son las seis de la tarde y aún no están abiertos. Respondo la llamada.

—Pakhan, tenemos un problema.

Por supuesto...

—Estoy escuchando.

—Los ucranianos están aquí. Shevchenko quiere renegociar los términos.

—Dile que se ponga en contacto con Felix. Él está a cargo de eso.

—Ya se reunieron hace unas horas, y Shevchenko dice que no tiene intención de negociar con él nunca más. —Hay una pausa al otro lado de la línea, y luego—: Felix intentó cortarle la mano.

—Maravilloso. —Me pellizco el puente de la nariz y suspiro—. ¿Dónde estás? ¿En Ural?

—Sí.

—Llegaré en veinte minutos. —Guardo el teléfono en el bolsillo y me giro hacia Alice—. Tengo que irme. Dolohov se quedará y te llevará a casa cuando hayas terminado.

—¿Está todo bien?

—Sí. —Asiento con la cabeza y la beso. Luego, al ver cómo su madre nos mira, añado—: Ponte algo sexy y espérame. No tardaré.


Alice

Sigo con los ojos a Jasper mientras se empuja hacia la salida, donde Dolohov está de pie junto a la pared. Hablan en voz baja y Jasper se va. ¿Habrá sucedido algo? Sonaba serio.

—¿Estás segura de que has hecho lo correcto, Alice? —cuestiona mi madre.

Me giro y la miro.

—¿Qué quieres decir?

—Casarte con ese hombre, después de dos días. —Me mira con una mezcla de exasperación y fastidio—. Quiero decir, no debería sorprenderme, siempre hiciste las cosas a tu manera, pero, aun así.

Pongo los ojos en blanco.

—Ese hombre tiene un nombre. Y estamos locos el uno por el otro. ¿Por qué esperar?

—Entiendo por qué te enamoraste de él. Es mayor, rico, sofisticado. Extremadamente guapo.

—Ahí lo tienes. —Sonrío y me recuesto en la silla—. Tu sueño se ha hecho por fin realidad. Pensé que estarías encantada.

—Está postrado en una silla de ruedas, Alice.

—¡Zara! —susurra mi padre al otro lado de la mesa, y mira a Dolohov de pie junto a la puerta—. Cállate.

—No me mandes a callar, Samuel. Quiero lo mejor para mi hija, y tengo derecho de estar preocupada.

—Guárdate tus preocupaciones, mamá —espeto.

Se inclina hacia adelante sobre la mesa.

—¿Qué le sucedió? ¿Un accidente de auto?

—Sí. —Tiro mi servilleta en el plato—. Sufrió una grave lesión en la pierna hace unos meses atrás. ¿Satisface eso tu curiosidad?

Aprieta los dientes y me mira con los ojos entrecerrados.

—¿Puede caminar?

Miro a mi madre fijamente.

—Acabo de decirte. Me he casado porque estoy enamorada de él. ¿Qué más da eso? —Me preocupa lo rápido y fácil que esas palabras salieron de mi boca.

—¿Por qué? —Me mira con los ojos muy abiertos y se gira hacia mi padre—. ¿Por qué no estás diciendo nada? ¿Sabías sobre esto, Samuel?

—¡Zara, por Dios!, ¡solo cállate!

Ignora a mi padre por completo.

—¿Es esto algún tipo de rebelión, Alice? ¿Otra de tus etapas?

Se acabó. Ya he tenido suficiente. Tomo mi teléfono de la mesa, me levanto y me dirijo hacia la salida, dejando a mis padres allí sentados.