Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Painted Scars" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.
Capítulo 9
Alice
Ladeo la cabeza y observo el gran lienzo que tengo delante. Demasiado luminoso. Tomando la paleta, uso el pincel para mezclar un poco más de negro con el gris pálido y luego comienzo a añadir sombras más definidas.
Cuatro piezas están terminadas y listas para ser enviadas a la galería. Diez, si contamos las seis que mandé antes de que mi vida tomara un giro tan drástico.
Necesito terminar cinco más para finales de la semana que viene para cumplir con el plazo para la exhibición. Sin embargo, tendrán que esperar, porque he decidido trabajar en el grandulón. Por lo general, termino todas las piezas estándares primero y trabajo en la pieza principal al final. Esta vez no fue así. Parece que Jasper no solo ha logrado estropearme la cabeza, sino también mi proceso creativo.
No lo he visto mucho en las últimas dos semanas. Por lo general, solo por las mañanas, antes de que baje a su despacho para hacer lo que sea que hacen los jefes de la mafia, y por las noches cuando regresa a cenar. Me aseguro de pasar por su despacho al menos dos veces al día, siempre en los momentos más inoportunos. A menudo, hay alguien más adentro con él. Durante el camino de ida y vuelta, deambulo por la casa, reorganizando macetas y cuadros, o haciendo idioteces similares. Aparte de eso, paso la mayor parte del tiempo en la suite, lo que me ha dejado mucho tiempo para pintar.
Ayer, Paul vino a darme un curso rápido para principiantes sobre cómo instalar los micrófonos en las habitaciones. Supuse que implicaría cables y escabullirme por ahí con un destornillador, desenroscar rejillas de ventilación y colocar pequeños micrófonos dentro. En vez de eso, me dio unas cuantas cosas de plástico negro que parecían cargadores de teléfono, aunque sin los cables. Lo único que tenía que hacer era entrar en una habitación y conectarlos a un enchufe que no estuviera a la vista. Aterrador.
En cuanto se fue, caminé alrededor de toda la suite dos veces, revisando todos los enchufes.
Hoy, todavía estoy luchando contra un deseo persistente de mirar cada enchufe por el que paso.
Bajando el pincel, retrocedo unos pasos y observo a mi gran bebé con una enorme sonrisa en la cara. Sí, es perfecto. Giro el cuadro con cuidado para que mire hacia la pared en lugar de hacia la puerta, en caso de que Jasper entre. Nunca viene a mi habitación, sin embargo, no está de más tomar precauciones. No quiero que vea al grandulón antes de la exhibición, es por eso que decidí trabajar en mi recámara en lugar de al lado del gran librero donde pinto mis otras piezas.
Miro el reloj en la mesita de noche, luego mi reflejo en el espejo. Estoy cubierta de pintura negra y roja hasta los codos, y tengo varias manchas grises y rojas por toda la camisa. Algunas también en la cara. Mi pedido llegará en breve, probablemente debería cambiarme y lavarme la cara y las manos antes de bajar a esperarlo.
Jasper
Estoy hablando por teléfono con Ben, quien me está dando el reporte sobre el último cargamento, cuando hay un toquido en la puerta y Dolohov entra en el despacho.
—Luego te llamo —le digo a Ben, y termino la llamada.
—Han llegado algunas cosas para Alice Hale —indica Dolohov mirándome intencionadamente.
—¿Y qué? Diles a algunos de los hombres que las lleven al ala oeste.
—¿Qué deberíamos hacer con las lámparas?
—¿Qué lámparas? —pregunto, y entonces lo recuerdo. Maldición. Apoyo los codos en el escritorio y presiono el talón de las manos en los ojos —. ¿Grandes? ¿Doradas y negras?
—Sí.
—¿Cuántas?
—Catorce —comenta inexpresivo.
—Catorce lámparas... —suspiro—. De momento, ponlas en la biblioteca.
—Entendido. ¿Y el animal? —inquiere, y levanto la cabeza de golpe.
—¿Qué... animal?
—Uno pequeño y negro. Está en una bolsa transportadora, así que no estoy seguro de lo que es. Parece un perro, aunque suena raro.
Tomo el teléfono y llamo a Alice.
—¿En serio has comprado un animal en línea?
—¿Cómo dices?
—Dolohov dice que ha llegado un perro con tus cosas de decoración.
—Oh, ese es Brando. Bajaré de inmediato.
Me quedo mirando al teléfono en mi mano. Brando. La voy a matar.
En la puerta principal, estaciono la silla de ruedas en lo alto de las escaleras y contemplo el montón de cajas de diferentes tamaños cubriendo la mitad de la entrada. A un lado, hay catorce cajas rectangulares transparentes alineadas en hilera, cada una con un ancho listón dorado atado alrededor. Todas contienen la misma lámpara, la cosa más fea que he visto en toda mi vida.
Alice sale corriendo, baja los escalones y se detiene junto a la bolsa transportadora para perros que ha sido colocada en una de las cajas. La abre, saca un perro flacucho del tamaño de un gato pequeño y comienza a arrullarlo.
—¿Qué es eso? —pregunta Dolohov.
—Un chihuahua.
Miramos a Alice hurgar en las cajas, manteniendo al cachorro en el hueco de su brazo izquierdo. Saca una correa de una de las cajas, la ata al collar y deja al animal en el suelo. Este comienza a corretear entre sus piernas, soltando extraños ladridos como los de un hámster.
—Informa a Varya sobre el perro. Seguro que estará... muy emocionada. Envía a alguien a comprar comida para perros —ordeno, y me giro para regresar a mi despacho.
Alice
Paseo a Brando por la casa y el jardín durante una hora para que se familiarice con el entorno. Está un poco nervioso por toda la gente nueva, pero al final se acomoda en su cama en la esquina de mi habitación y se duerme.
Al pasar por la cocina, tomo una manzana del tazón y me dirijo a mi espacio de trabajo junto a la biblioteca. Puesto que todavía quedan varias horas de luz natural, planeo pasarlas trabajando en las cinco piezas restantes para la exposición. Probablemente debería llamar a mi representante para decirle que envíe a la mensajería a recoger los cuadros terminados. A Mark le gusta tener todos los que pueda unos días antes del evento para poder organizar al fotógrafo y la impresión del catálogo.
Saco el teléfono del bolsillo trasero de mis jeans y llamo a Mark mientras reorganizo las piezas terminadas a lo largo de la ventana grande.
Cuando responde, canto al teléfono.
—Hola, amor.
—Conozco ese tono —gruñe—. Vas atrasada con el itinerario.
—Claro que no. Nunca te haría eso.
—Maldita sea, Ali. ¿Qué tan atrasada estás?
—Unos días, aunque ya he terminado el grandulón. Me quedan cinco. ¿Puedes enviar a alguien a por los otros? Te mandaré la dirección.
—¿Te has mudado?
—Síp. Es una larga historia.
—¿Serás capaz de terminar a tiempo?
—Lo intentaré, bombón.
Hay algunas quejas y suspira.
—Envíame una foto del grandulón.
—No voy a enviarte una foto, tendrás que esperar a verlo por ti mismo, Mark. Adiós.
Me guardo el teléfono en el bolsillo y alcanzo uno de los lienzos en blanco.
—¿Quién demonios es Mark? —Salto y doy media vuelta para encontrar a Jasper mirándome—. ¿Y por qué lo llamas bombón? —exige—. ¿Y qué clase de foto vas a enviarle?
Parpadeo y le pego un mordisco a la manzana.
—Es mi chulo. Todas las chicas lo llamamos bombón. Y voy a enviarle una foto de mis tetas. —Entrecierra los ojos, sin embargo, no dice nada—. Oh, por el amor de Dios, Jasper. Mark es mi representante y el propietario de la galería en la que voy tener la exhibición. Quería fotos de los cuadros.
—¿Por qué lo llamas bombón?
—Todo el mundo lo llama bombón. Incluso su esposo.
La postura de Jasper visiblemente se relaja y sus ojos pierden el brillo asesino. «¿Está celoso?»
—¿Puedo ver los cuadros? —pregunta.
Así que, parece que vamos a ignorar su extraño comportamiento. Funciona para mí, porque no quiero pensar demasiado en el hecho de que me gusta la idea de que esté celoso.
—Sí —respondo—, pero no los toques, algunos aún no están secos.
Jasper se acerca a los lienzos y contempla cada uno durante unos instantes hasta que se detiene delante del más nuevo.
—¿Es ese... Igor? —Señala con la punta de la muleta hacia el cuadro.
—Sí.
—¿Por qué tiene un megáfono por cabeza? ¿Y es eso... un pollo muerto debajo del brazo?
—Eres extremadamente perspicaz, Pakhan.
Me mira por encima del hombro y sonríe.
—¿Y dónde está mi cuadro? Me prometiste tu autorretrato.
—Desnuda. Lo recuerdo, aunque tendrá que esperar. Antes debo terminar las piezas que me faltan para la exhibición. O podría usar el autorretrato como una de ellas, estoy segura de que a los críticos les encantaría. —Me encojo de hombros—. Tendríamos que colocar una etiqueta que diga "mayores de dieciocho años" en el...
—¡No!
—Entonces, tendrás que esperar.
—Esperaré. —Se da la vuelta y me mira—. ¿Tienes hambre? El cambio de tema me toma desprevenida.
—Un poco.
—Salgamos a almorzar.
Jasper
Llevo a Alice a un restaurante elegante en el centro y pasamos casi dos horas allí. Me explica lo que tiene planeado para la exhibición, y dejo que hable mientras la observo: sus ojos sonrientes, la forma en que mueve las manos delante de su cara cuando está emocionada, o cómo se inclina hacia adelante, susurrando en voz baja cuando chismea sobre los colegas con los que comparte la galería. Debe de ser consciente de que nadie puede oírla, el lugar está medio lleno y ninguna de las mesas cercanas a nosotros está ocupada. Aun así, mantiene su diminuta mano sobre la boca mientras me cuenta que sorprendió a una de las artistas metiéndole mano al tipo de contabilidad detrás de la puerta de la galería.
Ha habido muchas mujeres en mi vida, pero con Alice enfrente de mí, todas se desvanecen. Ni siquiera nos hemos besado como es debido, salvo por el bien de la farsa, mas no recuerdo haberme sentido nunca tan atraído por alguien. Es como si me hubiera hechizado.
—¿Qué es todo eso del perro?
—Se lo pedí prestado a mi tía.
Sonríe y toma un sorbo de vino.
—¿Pediste prestado un perro?
La miro fijamente.
—Técnicamente, me ofrecí a cuidarlo durante unas semanas. Debería ser el tiempo suficiente para que cumpla con su cometido.
—¿Y qué sería eso?
—Bueno ¿Sabes que a los perros les gusta correr alrededor de la casa, entrar en las habitaciones y esconderse? A Brando le encanta, así que supongo que me pasaré los próximos días persiguiéndolo por toda la casa. ¿Quién sabe dónde terminará? —Me sonríe—. Tal vez incluso en la habitación de Leonid.
Me río y sacudo la cabeza ante su idea.
—Eres una mujer peligrosa, malysh.
—¿Qué significa?
—¿Malysh? Es un apelativo cariñoso. Significa «pequeña».
Inclina la cabeza a un lado y las esquinas de sus labios se curvan en una pequeña sonrisa.
—Bueno, como ya te dije, casi todo el mundo es pequeño comparado contigo, Jasper.
El camarero viene a llenar nuestras copas. Cuando Alice levanta la suya, observo que el anillo de boda está bastante suelto, así que le tomo la mano y lo inspecciono.
—Deberíamos llevarlo a que te lo ajusten.
—No te preocupes. El anillo de compromiso lo está manteniendo en su lugar. Por cierto, es resistente. El otro día derramé un poco de pintura en la mano, tuve que fregarlo y ni siquiera se rayó.
—Es bastante difícil rayar un diamante.
Alice me mira, parpadea, luego mira el anillo como si fuera a morderla.
—¿Es de verdad?
—Claro que es de verdad.
—¡Mierda! —Aplana la mano y mira con incredulidad el diamante de corte princesa de dos quilates. Abre y cierra la boca sin hablar. Luego cubre el anillo de manera protectora con la otra mano y se inclina hacia mí—. ¿Puedo cambiarlo por uno que tenga un cristal?
—No.
—¿Por favor?
—No vas a llevar un anillo con un cristal. Fin de la discusión.
Arruga la nariz y murmura algo que suena como "añadir unos cuernos de demonio", pero probablemente escuché mal, porque no tiene ningún sentido.
—Vayamos a casa —indico, y le suelto la mano a regañadientes—. Podemos mirar una película.
—¿No tienes trabajo por hacer?
—Ya terminé por hoy. ¿Y tú?
—Mi chulo me va a matar. Voy con retraso, no obstante, me apetece una película.
Alice
Después de que regresamos, tomo una ducha rápida, me pongo unos leggins y una camiseta grande y me dirijo a la cocina para preparar palomitas de maíz. Parece que a Jasper le encanta el jugo de naranja, bebe litros de él, así que le exprimo unas naranjas y lo llevo a la sala.
Ya está ahí, sentado con los brazos sobre el respaldo del sofá, la pierna derecha estirada frente a él con el talón apoyado en la mesa.
—Te vez raro con ropa informal.
Coloco el tazón y el jugo sobre la mesa, y señalo sus pantalones deportivos y la camiseta.
—Raro ¿cómo?
—No lo sé. Menos pakhanish, supongo. —Me encojo de hombros y me dejo caer en el sofá a su lado—. ¿Qué vamos a ver?
—Me da igual. Muévete un poco.
Me pongo en la esquina y Jasper se acuesta en el sofá, coloca la cabeza en mi regazo y cierra los ojos.
—¿Te duele la pierna?
—Sí —afirma, aunque tarda un poco en responder.
—¿Estás mintiendo?
—Nop.
Niega con la cabeza. Sigue con los ojos cerrados, pero las esquinas de su boca se elevan un poco.
—Oh, sí, estás mintiendo. —Me inclino un poco—. Lo que quieres es que te acaricie.
Abre los ojos y estira la mano para colocarme uno de los mechones que se han escapado de mi coleta detrás de la oreja.
—Sí —responde, y vuelve a cerrar los ojos.
Respiro hondo, tratando de controlar los latidos de mi corazón, y luego hundo los dedos en su cabello. Nos quedamos así, él acostado en mi regazo y yo acariciándolo frente al televisor apagado, hasta que un teléfono suena en algún lugar de la habitación de Jasper y rompe el silencio.
—Mierda —se queja Jasper, y se sienta.
—Voy a por él. —Me levanto y me apresuro a su recámara.
Cuando regreso, Jasper me está observando con una intensidad extraña, pero la ignoro como las muchas miradas extrañas que me ha dado últimamente y le ofrezco el teléfono. Se estira por él, aunque en lugar de tomarlo, me agarra por el antebrazo y me tira hacia él. El teléfono aún sigue sonando, sin embargo, no me suelta y me atrae entre sus piernas. Levanta la otra mano y la coloca al lado de mi cara, su pulgar acariciándome la mejilla.
—¿Jasper? —pregunto en voz baja—. ¿Qué estás haciendo?
—Respondiendo el teléfono.
—Ha dejado de sonar.
—Lo sé.
Desliza la mano por mi antebrazo y me quita el teléfono de los dedos.
—¿Jasper?
—¿Sí, malysh? —Tira a un lado el teléfono, y se desliza por el suelo pulido hasta el librero.
Mi respiración se acelera cuando levanto los brazos y los coloco alrededor de su cuello, entonces me inclino hacia él para que nuestros labios queden a escasos milímetros de distancia. No me quita los ojos de encima, y la forma en que me está observando provoca cosas raras en mis entrañas.
—¿Estás intentando besarme, Jasper? —musito en sus labios.
—Tal vez —responde.
—No hay nadie alrededor para mirarnos.
—Exacto —murmura, y toca sus labios con los míos.
Al principio va despacio, como si me estuviera saboreando, luego me rodea la espalda con los brazos y se recuesta sobre los cojines, llevándome con él. La forma en que este hombre besa debería estar prohibido y declararse peligrosa para la salud mental. Siento como si un huracán me estuviera arrasando, sacudiendo mi cuerpo y mi mente. Bajo mi mano, agarro un puñado de su camiseta y empiezo a tirar de ella hacia arriba. Jasper rompe el beso y remueve su camiseta al mismo tiempo que dejo caer la mía al suelo. Mientras se baja los pantalones deportivos, me desabrocho el sujetador y me quito los leggings y mi ropa interior, luego me subo a su regazo. Pone una mano en mi nuca y vuelve a estrellar su boca contra la mía.
No puedo dejar de tocarlo, el torso, la cara, su longitud, que ya está completamente erecta. Jasper desliza la mano entre nuestros cuerpos y siento sus dedos jugueteando con mi clítoris.
—Tan húmeda —me susurra al oído, y empuja un dedo dentro de mí.
Casi me vengo sobre su mano en ese mismo instante, y probablemente lo habría hecho si no hubiera removido el dedo, haciéndome gruñir de frustración. Sin embargo, no es sobre su dedo. Es sobre él. Jasper Hale, el hombre que será mi perdición. Llamémoslo premonición o instinto, da igual. Sé que me destruirá porque una mirada de Jasper me enciende mucho más que cualquier otro hombre antes de él ha hecho con su miembro.
—Si no entras dentro de mí en este instante... —tomo un puñado de su cabello y aprieto—, voy a matarte, Jasper.
Sus manos viajan despacio por mi pecho y costillas hasta que llegan a mi cintura. Me levanta y me coloca sobre su pene, sin dejar de mirarme ni un segundo con esos ojos diabólicos.
—Tus deseos son órdenes, Alice —dice, y me penetra.
Jadeo y lo escucho gemir al mismo tiempo. Es demasiado grande, pero, Dios mío, qué bien se siente. Hundo las uñas en sus hombros y tengo espasmos a su alrededor mientras me penetra. Es una locura y grito, sin importarme un demonio si alguien nos escucha. Jasper gruñe mi nombre y, un instante después, explota dentro de mí. Perfección.
La mano de Jasper traza patrones desde mi nuca hasta mi trasero, y luego hacia arriba. Llevo acostada sobre su pecho al menos cinco minutos, mas no puedo moverme.
—¿Alice? ¿Está todo bien?
—Sí —suspiro—. Es que no me moveré. Me gusta estar aquí.
—También me gusta tenerte aquí, malysh.
Me despierto con el sonido de un golpeteo rápido procedente de algún lugar por encima de mi cabeza. Me estiro un poco, abro los ojos y me encuentro acostada en el sofá con una almohada debajo de la cabeza y una manta que me cubre desde el cuello hasta los pies. Las luces están apagadas y el televisor frente a mi está encendido mostrando un canal de noticias, aunque con el sonido silenciado. El golpeteo se detiene y, al momento siguiente, siento unos dedos peinándome el cabello. Levanto la cabeza y encuentro a Jasper sentado al final del sofá junto a mi cabeza. Su cabello está mojado y tiene la laptop en su regazo.
—Te has quedado dormida —agrega.
—¿Qué hora es?
—Las siete y media. Le dije a Varya que cenaríamos aquí cuando despertaras.
—Me parece bien. —Me levanto, agarrando con fuerza la manta a mi alrededor—. Voy a darme una ducha rápida.
—De acuerdo. Diré a la cocina que nos suban la cena —comenta, y sigue tecleando.
Doy media vuelta y me dirijo hacia mi habitación, sintiéndome un poco incómoda con la situación. Tuvimos sexo. ¿Dónde nos deja eso ahora? Ya no se trata solo de un acuerdo comercial, ¿verdad? ¿Deberíamos ignorar el hecho de que tuvimos sexo y fingir que nunca pasó? No estoy segura de poder hacerlo porque, para ser sincera, no quiero. Tendremos que hablar de ello. Puede que sea aficionada a meter los problemas debajo de la alfombra; sin embargo, no creo que esta vez haya una alfombra lo bastante grande para esto.
Después de ducharme, regreso a la sala con la intención de discutir la nueva situación con Jasper y lo encuentro en la silla de ruedas, completamente vestido y poniéndose el reloj.
—¿Qué sucede?
—Ha surgido algo. No me esperes despierta —informa, y antes de que pueda oponerme, se ha marchado.
Miro la puerta, luego voy hacia el otro lado de la habitación, donde hay una gran ventana que da al camino de entrada. Hay tres autos estacionados en frente con cuatro tipos de seguridad esperando junto a ellos. Un par de minutos después, Jasper, Paul y Ron salen de la casa y se suben en los coches, seguidos por algunos guardias de seguridad más. Luego, los vehículos se van.
Poco después, Valentina trae la cena, más la dejo en la mesa del comedor con la esperanza de que Jasper regrese pronto. No lo hace, así que alrededor de las diez, como unos trozos fríos de pescado a la parrilla y un poco de ensalada. Pongo las sobras en la nevera y veo un poco la televisión. Cada quince minutos me levanto y miro por la ventana para ver si los autos están de vuelta. Alrededor de medianoche, decido dar el día por terminado.
El sonido de gritos y portazos de coches me despierta. Salto de la cama y corro a través de la suite hasta la gran ventana. Dos de los autos están de vuelta. La mayoría de las puertas están abiertas, y los últimos hombres están entrando. Dos de ellos sosteniendo al tercero entre ellos, prácticamente arrastrándolo escaleras arriba.
Mierda. Vuelvo corriendo a mi habitación, me pongo una sudadera y unos pantalones deportivos sobre la pijama y corro hacia la gran escalera.
No hay nadie en el pasillo. Me giro y me doy cuenta de que hay sangre salpicada en el suelo de mármol blanco, creando un camino hacia el pasillo de la derecha, en dirección a la cocina. Sigo las manchas rojas y encuentro las puertas de la cocina abiertas de par en par. Voces urgentes y una conmoción retumban desde el interior.
Se me hiela la sangre al ver a Varya encorvada sobre Ron. Está tumbado boca arriba en la gran isla en medio de la cocina, con Paul sosteniendo un trapo ensangrentado a su lado. Uno de los tipos de seguridad llega corriendo, coloca una caja con material médico junto a la cabeza de Ron y luego cambia de lugar con Paul, quien va al fregadero y se lava las manos a una velocidad vertiginosa.
Todos están gritando en ruso, y no entiendo nada de lo que dicen, aunque la escena habla por sí sola. Algo salió mal. ¿Y dónde diablos está Jasper?
Otros dos tipos de seguridad irrumpen en la cocina con un hombre bajo y huesudo que lleva un maletín de médico. El doctor se dirige al fregadero y, al igual que Paul, comienza a lavarse las manos. Se ponen guantes esterilizados y se acercan a Ron, quien está pálido, aunque consciente y jadeante. El doctor mira debajo del trapo y prepara la aguja y el hilo, mientras Paul limpia el corte.
Unos pasos se acercan por detrás de mí, y el último de los tipos de seguridad entra en la cocina seguido por Jasper. Exhalo un suspiro de alivio cuando veo que está ileso, y me abalanzo sobre él.
—¡Dios mío, Jasper! —susurro, le sujeto el rostro con ambas manos y lo beso. Es un beso enojado, aunque se siente bien—. ¿Qué ha ocurrido?
—Tuvimos un pequeño desacuerdo con nuestro proveedor y las cosas se salieron de control.
—¿Y Ron?
—Una cuchillada en el costado. Vivirá.
Me giro y miro de vuelta hacia la isla de la cocina, donde el médico parece estar terminando de coser el costado de Ron. Paul le está poniendo una aguja intravenosa en el brazo, mientras Varya sostiene en alto la bolsa de líquido.
—¿Debería de ayudar en algo? —pregunto.
—No, subamos. Varya y Paul lo tienen bajo control, y el médico se quedará toda la noche.
—¿Siempre es así? ¿Tratos saliendo mal?, ¿personas apuñaladas o con disparos? —inquiero mientras entramos en la suite. Todavía estoy temblando—. ¿O poniendo bombas en los autos?
—No siempre, pero sucede.
Tengo la garganta seca. ¿Cómo puede estar tan tranquilo? En la cocina, tomo un vaso y sirvo agua fría de la nevera.
—Eso es jodido, Jasper. —Sacudo la cabeza y me trago el agua, deseando que fuera algo más fuerte—. Tu mundo está seriamente jodido.
—No puedo hacer nada al respecto, Alice—revira.
Sí, supongo que es una forma de ver las cosas. Debería volver a la cama, sin embargo, estoy demasiado agitada, así que cruzo la sala y me detengo junto a la ventana que da al camino de entrada. Los coches ya no están. Un tipo de seguridad está parado a un lado frente a la puerta principal, con un arma en el cinturón. Otro está patrullando los terrenos hacia la puerta principal con un rifle en la espalda. Parece que todo ha vuelto a la normalidad en el mundo de Jasper.
Oigo que mi marido se acerca y se coloca detrás de mi espalda. Veo las muletas por el rabillo del ojo mientras se inclina sobre mí y pone la barbilla encima de mi cabeza. Nunca me había sentido tan pequeña como me siento ahora con su enorme cuerpo pegado a mí, pero no tengo miedo. Creo que toda la adrenalina me ha curado.
—¿En qué punto estamos, Jasper?
—¿A qué te refieres?
—Tuvimos sexo —respondo, mirando al hombre que patrulla los terrenos—. No es algo que hayamos planeado, sabes. ¿A dónde vamos desde aquí?
—No lo sé, malysh. ¿Dónde te gustaría ir?
—No estoy segura.
Observamos la noche en silencio, la oscuridad rota por las numerosas luces colocadas alrededor del césped.
—Es tarde —comenta, y me da un beso en el hombro—. Vamos a la cama.
—¿A cuál?
—Bueno, estaré en la mía. —Me besa un lado del cuello—. Y tú puedes elegir cuál prefieres, si la tuya o la mía.
Me deja de pie junto a la ventana para que medite sus palabras. Sé lo que debería hacer: ir a mi habitación y olvidar por completo lo que pasó en el sofá. Sería la elección más sabia. De hecho, debería ser la única opción.
Supongo que ser sabia no está en mi destino. Doy media vuelta y me dirijo a la habitación de Jasper.
Jasper
Observo la forma dormida de Alice acurrucada debajo de la manta, con el cabello enredado y extendido sobre mi almohada. Verla en mi cama me llena el pecho de una extraña sensación cálida.
—Ha llegado Warren. —Deposito un ligero beso en su hombro—. Estaré en el gimnasio.
—Diviértete —murmura en la almohada, y sigue durmiendo.
Sonrío, me subo a la silla de ruedas y salgo de la habitación. Necesita dormir; podemos continuar donde nos quedamos más tarde.
Cuando termino la sesión de fisioterapia, Alice sigue dormida, así que me ducho y bajo al despacho. Paul ya me está esperando y, por la expresión de su cara, sé que no va a decir nada agradable.
—Tienes que invitar a los albaneses a que vengan, Jasper. Pronto.
—Ni hablar.
Me coloco detrás del escritorio, enciendo mi laptop y empiezo a hurgar entre los papeles en mi escritorio.
—Creo que deberías reconsiderarlo.
—No estoy de humor para recibir a los albaneses.
—Ya sabes que los necesitamos como socios, y hace meses que no te reúnes con ellos. —Se sienta en la silla frente a mí y se inclina hacia delante —. Necesitan estar seguros de que todo está en orden.
—Están ganando más dinero que en años anteriores, así que no veo por qué deberían preocuparse.
—Si no sienten que estamos comprometidos como socios, podrían recurrir a otros, Jasper. La última vez que vi a Tanush mencionó la idea de acercarse a los italianos. Lo dijo en broma, no obstante, lo está pensando.
—Perfecto. Justo lo que necesito. —Lanzo el bolígrafo sobre los papeles en el escritorio.
—Entonces, ¿a quién estaremos invitando?
Paul se recuesta y cruza los brazos.
—A Tanush y Dushku con sus esposas. Creo que Tanush va por la quinta. Nadie más. —respondo.
—¿Y Hajdini? —pregunta.
—No. Él y Dushku no se hablan últimamente. No necesito un derramamiento de sangre.
—De acuerdo. ¿Cuándo? —inquiere.
—Alice tiene la exhibición el fin de semana que viene, así que tendrá que ser este sábado.
—Se lo comunicaré a Tanush. —Paul sonríe—. Varya estará encantada; acaba de cambiar las alfombras.
—Le diré que fue idea tuya. Sobre todo, si la cosa termina en una matanza. De todos modos, puede que Tanush se muestre un poco hostil, así que informa a los hombres —ordeno.
—¿Por qué? Ustedes siempre han estado en buenos términos. —Paul arquea una ceja.
—Nos llevábamos bien, hasta que le dije que no tenía intención de casarme con su hija cuando me la ofreció hace unos meses.
—¿Y me lo dices ahora? —Paul baja la cabeza y me mira por encima de las gafas.
Si alguien más cuestionara mis decisiones, no habría terminado bien. Sin embargo, Paul es la única persona aparte de Varya en la que confío plenamente. Es una figura paterna como mi padre nunca lo fue.
—No me pareció importante en ese momento. —Preguntó por Alice.
Lo miro.
—¿Y qué quería saber?
—Si es tan hermosa como se dice.
Ese bastardo de mierda.
—¿Y qué le dijiste?
—Que lo juzgue por sí mismo cuando la vea.
—Bien. ¿Cómo está Ron?
—Perdió algo de sangre, pero nada grave. Estará en plena forma dentro de unos días.
—Que no haga nada por lo menos durante una semana. Bill puede asumir sus funciones hasta entonces. Asegúrate de que el médico venga a visitarlo una vez al día hasta el lunes.
—¿Alguna otra cosa?
—No. Vete a casa y descansa. Estuviste despierto toda la noche cuidando a Ron. Le diré a Varya que te releve.
Cuando Paul se marcha, llamo a Alice.
—¿Estás despierta?
—Ahora sí. —Bosteza.
—Arréglate y reúnete conmigo abajo dentro de una hora. Tenemos que ir de compras.
—¿Qué?
—He invitado a cenar a unos socios de negocios el sábado. Necesitas un vestido.
—Por supuesto que no necesito otro vestido. La semana pasada compré suficiente ropa para durarme dos vidas. Vova apenas logró meter todo en el auto, y no me queda espacio en el armario. Hay al menos diez vestidos que ni siquiera he usado.
—Dijiste que eres una compradora compulsiva.
—Pero eso no equivale a una acaparadora, Jasper.
—Aun así, compraremos un vestido.
—¿Te gusta tirar el dinero? ¿Es algún tipo de obsesión? Puedes decírmelo, ¿sabes? —Se ríe.
No, no creo que pueda decirle lo mucho que me gusta comprarle cosas. —No me hagas esperar.
—Oye, tengo que pasear a Brando. Si no, hará pipí en el suelo.
—Pídele a Olga que saque a caminar a la bestia.
—Le diré a Brando que le has hecho un cumplido.
—También puedes decirle que, si vuelvo a atraparlo masticando el cargador de mi laptop, haré pantuflas con su piel.
—¡Oh, Dios mío! —Estalla en carcajadas—. El gran malvado Pakhan acaba de hacer una broma. ¿Te sientes bien? Sonrío.
—Una hora, Alice.
Después de colgar, me sumerjo en los informes que envió Ben, así como en los planes para los cargamentos de la próxima semana. Sin embargo, los pensamientos de cierta mujer de cabello negro me impiden concentrarme.
—¿Qué tal este?
Alice sale del probador con un pequeño vestido negro. Tiene un alto escote con un dobladillo que apenas le cubre el trasero. El corte es bastante simple; sin embargo, la forma en que se le amolda al cuerpo y abraza sus caderas, resaltando su pequeña cintura, difiere mucho de serlo. Combinado con los tacones de tiras y con el cabello recogido en la parte superior de su cabeza, el resultado es devastador, y me resulta difícil apartar la mirada de sus piernas y su pequeño y firme trasero. Si sale a la calle con esa cosa, interrumpirá el tráfico.
—Lo compraremos —digo con voz estrangulada—, pero busca otro para la cena.
—¿Por qué? ¿Qué tiene este de malo? —Se mira al espejo y ladea la cabeza—. ¿Es demasiado sencillo?
—No voy a permitir que mis socios se pasen toda la noche comiéndose con los ojos las piernas de mi esposa.
—No seas cavernícola, Jasper. No es tan corto.
—No vas a ponerte eso el sábado. —Ni en cualquier otro lugar en público, por lo que a mí respecta.
—Oh, por el amor de Dios. De acuerdo. Pues entonces, buscaré un saco de papas.
Me gusta la idea del saco de papas. De hecho, si pudiera envolverla de pies a cabeza, me haría muy feliz.
Alice termina comprándose un vestido por debajo de las rodillas en tono rosa y, aunque no me emociona porque es escotado y enseña bastante las pantorrillas, es mucho mejor que el negro. Mientras echa un vistazo a algo en la estantería de blusas, le hago un gesto a la asistente de compras para que empaque también el vestido negro. Después de que Bill toma las bolsas, la llevo a una joyería en la planta baja.
—No —niega cuando nos detenemos frente al aparador mostrando una multitud de collares—. No necesito joyas.
Desde luego que no las necesita. Cuando mi florecilla entra en la habitación, brilla más que cualquier diamante, pero las esposas de Tanush y Dushku vendrán cubiertas de oro y joyas, y no quiero que Alice se sienta inferior.
—Sí las necesitas —contradigo, y la llevo dentro.
Camina por la tienda, mira las prendas que se exhiben en vitrinas a lo largo de las paredes, hasta que se detiene junto a la que contiene los collares más discretos.
—¿Qué te parece esta? —Señala una delgada cadena de oro.
La ignoro y me dirijo a un gran aparador en la pared opuesta, conteniendo las mejores piezas. Cuando el dependiente de la tienda ve hacia dónde estoy mirando, viene corriendo y comienza a alinear las cajas de terciopelo frente a mí.
—No pienso colgarme del cuello el valor de la casa de alguien —me susurra Alice al oído.
—Ese. —Indico hacia un conjunto de collar y pulsera en oro blanco forrado con diamantes blancos y miro al vendedor, quien me sonríe con los ojos muy abiertos—. Y los pendientes que le hacen juego. —Asiente con entusiasmo, saca otra caja de terciopelo y la coloca al lado del conjunto—. Sí —afirmo—. Hay que probárselos primero.
—Por favor, dime que son falsos. —Alice gime a mi costado, y no puedo evitar reírme—. No lo son, ¿verdad?
—No, malysh, no son falsos.
El asistente desabrocha el collar y se coloca detrás de Alice con la intención de abrochárselo.
—Ponle las manos encima a mi mujer —amenazo al idiota—, y las perderás.
El hombre pega un salto, retrocede y casi tropieza con sus propios pies.
—¡Dios mío, Jasper! ¿Qué se te ha metido? —Alice me mira con sorpresa, luego se gira hacia el tipo—. No lo dice en serio.
—Claro que sí. Date la vuelta. —Alargo la mano y el dependiente me pasa el collar. Después de abrochárselo, admiro cómo realza su esbelto cuello. La pulsera le queda demasiado grande; probablemente le cabrían ambas muñecas dentro—. Necesitamos que lo ajusten y lo entreguen mañana. —Le devuelvo la pulsera al dependiente, quien asiente con entusiasmo, luego me dirijo a Alice—. ¿Quieres dejarte el collar puesto, o prefieres que te lo envíen con la pulsera y los pendientes?
—Ciertamente no pienso pasearme por el centro comercial con esta cosa en el cuello. ¿Puedes quitármelo, por favor?
Mientras le desabrocho el collar, aprovecho la oportunidad para pasar los dedos por la suave piel de su cuello y noto que se inclina un poco hacia mi toque.
—Volvamos a casa —le susurro al oído—. Puedes probarte esas tangas de encaje que compraste.
Se da la vuelta y me mira. Hay vacilación y preocupación en sus ojos.
—¿Qué estamos haciendo, Jasper? Esto. Tú y yo. N-No sé qué pensar de todo esto.
—Entonces no pienses. Solo... fluye. Deja que la corriente nos guíe. — Tomo su barbilla entre mis dedos y la beso.
—¿Que fluya?
—Fluye, malysh.
—De acuerdo.
