Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Painted Scars" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.


Capítulo 10

Alice

Me despierto al sentir el ligero roce de un dedo entre mis piernas. Un beso aterriza en mi nuca, luego otro un poco más abajo. El gran cuerpo de Jasper se aprieta contra mí por detrás, su brazo rodea mi vientre, acercándome a su torso duro y musculoso. Desliza una mano hacia mi coño y comienza a hacer círculos en mi clítoris con un dedo. Lentamente entra en mi centro, jadeo, agarro el antebrazo de Jasper y empiezo a montar su dedo. Sin embargo, aparta su mano. Me doy la vuelta y me quedo acostada de lado frente a él, pongo una pierna sobre su cadera y alcanzo su pene.

—Paciencia. —Me envuelve el tórax con un brazo, me levanta y sienta sobre su estómago. Pone las manos detrás de mis rodillas y me urge a que suba por su cuerpo hasta que estoy sentada en su esternón.

—¿Jasper? —Lo miro hacia abajo con sorpresa.

—No estás cómoda acostada boca arriba, así que improvisaremos. — Desliza las manos por mis muslos hasta que me agarra las nalgas, y empuja mi cuerpo hacia adelante hasta que tiene la boca a unas pocas pulgadas de mi centro—. Las manos en la cabecera —ordena—, y sujétate fuerte.

Su boca choca contra mi coño antes de que pueda procesar sus órdenes. Agarro el espaldar y pongo los ojos en blanco mientras me lame, destruyéndome un poco más con cada golpe de su lengua. Ya tengo la mente medio nublada, pero cuando me chupa el clítoris, me consume por completo.

Todavía estoy temblando por las réplicas cuando me baja sobre su pecho. Tardo unos instantes en volver a la realidad. Lo miro para encontrarlo observándome con una sonrisa de suficiencia. Astuto y peligroso, eso es lo que es. Y lo sabe.

Voy bajando hasta que siento su miembro duro y me levanto para colocarme sobre él.

—Las manos en la cabecera, Jasper.

Arquea las cejas, aun así, sujeta dos de los tablones de madera que tiene por encima de la cabeza. Sonrío y empiezo a bajar despacio sobre su longitud, me detengo a mitad del camino y me inclino para besar su pecho tatuado. Luego lo lamo. Jasper respira hondo, aunque no se mueve y mantiene las manos en los tablones. Desearía poder provocarlo más tiempo, pero mi coño literalmente arde en deseo de tenerlo dentro, así que me deslizo poco a poco hacia abajo y cierro los ojos. Felicidad.

—No. Te. Muevas —susurro, y empiezo a rotar las caderas.

Mientras lo monto, las manos de Jasper agarran la madera con más fuerza, los músculos de sus antebrazos se tensan. Quiere moverse, empujar hacia arriba dentro de mí. Veo su deseo y control en la intensidad de su mirada. Hay algo en ella que me atrapa, la forma en que está concentrado en quedarse quieto porque se lo he pedido. Jasper Hale no es un hombre que ceda ante nadie, pero aquí está, entregándome las riendas. Un gemido escapa de mi boca cuando me corro. Jasper eventualmente pierde la compostura, me sujeta por la cintura y empuja con fuerza dentro de mí hasta que me destruye.

Acostados y con las piernas entrelazadas, trazo con el dedo las líneas negras de su torso tatuado. Los diseños son en su mayoría abstractos, similares a los de la manga completa en su brazo. Lo que no había visto son las múltiples cicatrices esparcidas a través de su pecho. Pongo la mano en una de las tres que tiene en el costado derecho. Parecen más recientes, rompiendo el flujo de los patrones negros.

—Son por la bomba del coche —explica, acariciándome la espalda. Muevo la mano hacia la izquierda y toco la cicatriz larga y delgada en la cadera—. Una pelea de cuchillos en mi decimosexto cumpleaños. Una discusión sobre política que fue demasiado lejos. —A continuación, elijo una cicatriz redonda en el lado izquierdo del estómago y la rodeo con el dedo—. Un disparo por un desacuerdo con Mendoza. Es el equivalente de un Pakhan para los mexicanos; las cosas eran un poco complicadas en aquel entonces. Fue hace más de diez años.

Levanto la vista.

—¿Diez? ¿Cuándo tomaste el mando del Pakhan anterior?

—Hace doce años. Cuando murió mi padre, ocupé su lugar. Tenía veintitrés años.

—¿Cómo es eso posible? Eras muy joven.

—Empecé a trabajar con mi padre a los quince años. La gente me apoyó. —Se encoge de hombros como si nada—. Era una opción mucho mejor que tener una guerra interna. Esas son malas para el negocio.

Mis ojos se deslizan hacia su pecho, y comprendo cuán diferente es su mundo del mío.

—¿Qué le pasó a Ben? —pregunto.

Jasper se queda en silencio unos instantes, luego respira hondo y me aprieta contra él.

—Mi padre.

—Dios mío. ¿Él... le hizo eso? ¿Por qué?

—Es una larga historia, malysh. Una historia larga y terrible, definitivamente no es algo de lo que quiera hablar en nuestra cama. Tendrías pesadillas.

—¿En serio es tan malo?

—No. Es mucho peor de lo que te pudieras imaginar, Alice.


Jasper

El despertador suena a las siete. Miro a Alice, quien está durmiendo sobre mi pecho, y sacudo la cabeza. Recuerdo que anoche la bajé sobre las almohadas; aun así, en algún momento decidió subirse a mí de nuevo.

Intentando no despertarla, la traslado a las sábanas de nuevo y coloco una manta sobre su cuerpo desnudo. Anoche tuvimos sexo tres veces, así que imagino que dormirá hasta tarde.

Después de besarle el hombro que se asoma por debajo de la frazada, tomo las muletas que dejé apoyadas en la mesita de noche y empiezo a prepararme para mi cita con Warren.

En algún momento en medio de la sesión, Warren agarra el bastón, que ha estado sobre una silla en un rincón durante una semana, y me lo trae.

—Vamos a probarlo un rato —propone. Bajo despacio de la camilla de masajes y me pongo de pie, apoyo el peso con la pierna izquierda y agarro el lado de la camilla con la mano derecha—. Iremos poco a poco — continúa. —De momento, solo un par de pasos.

Respiro hondo, sostengo el bastón con la mano izquierda y suelto mi agarre apretado de la camilla. El primer intento es malo. En cuanto levanto la pierna izquierda para dar un paso adelante, un dolor punzante me atraviesa la rodilla derecha, y casi tropiezo.

—Reparte el peso entre el bastón y la pierna. E intenta un paso más pequeño esta vez. —Sigue doliendo horrible, aunque es un poco mejor. Doy un total de cuatro pasos antes de que el dolor se vuelva insoportable y tenga que sentarme. Es patético, y siento la necesidad de golpear algo—. Eso estuvo bien, señor Hale —exhorta Warren.

Arqueo las cejas hacia él.

—Si eso estuvo bien, ¿qué es mal?

—Es perfectamente normal. Está poniendo casi todo el peso sobre la pierna lesionada por primera vez en cuatro meses. Solo el hecho de que pueda hacerlo es muy prometedor. Creo que debería usar muletas de antebrazo a partir de ahora.

Mi cuerpo se queda quieto.

—No me gustan.

—¿Por qué? Requieren algo de práctica, no obstante, son mucho más convenientes de usar.

—Porque parecen... permanentes.

Ya está. Lo he dicho. Mi mayor temor en este momento es que mi rodilla esté tan jodida que termine caminando con muletas el resto de mi vida. Un bastón, puedo vivir con ello, sin embargo, no creo que pueda soportar las muletas.

—No serán permanentes, señor Hale. No obstante, son una opción mucho mejor para la transición al bastón que las muletas axilares que ha estado usando hasta ahora.

—De acuerdo —suspiro—. ¿Cuándo podré deshacerme de la silla de ruedas?

—Depende. Su progreso es mucho mejor de lo esperado y, con la práctica suficiente, dentro de pocas semanas debería poder usar solo las muletas de antebrazo. Sin embargo, no se deshaga de la silla de ruedas. La necesitará cuando empecemos a practicar más extensamente con el bastón. Esas sesiones pondrán una tensión significativa en su rodilla, y hará bien en usar la silla durante un par de horas después.

—Consigue que camine con el maldito bastón, Warren. No me importa el tiempo que tarde, pero consíguelo.

—Lo haré, señor Hale. Ahora, probemos esas muletas de antebrazo, ¿de acuerdo?


Alice

Una mirada a la cara de Jasper basta para saber que la sesión de fisioterapia no ha ido bien. Apenas ha dicho una palabra en toda la mañana.

Tomo el tazón vacío que usé para el cereal y voy a la cocina para ponerlo en el fregadero. Luego lleno el plato de Brando y me pongo de pie junto a Jasper.

—Estaba pensando —digo con desinterés mientras Jasper exprime una naranja—, que tal vez podría acompañarte mañana a hacer ejercicio.

Cuando Jasper no se reúne con su fisioterapeuta, pasa dos horas en el gimnasio y, si tiene sesión, hace ejercicio durante al menos una hora después. El hombre está seriamente obsesionado.

—Claro. —Se encoge de hombros y comienza a verter jugo en los vasos —. ¿Qué quieres hacer? ¿Caminadora?

—Estaba pensando en levantamiento de pesas.

Su mano se detiene en medio de verter el jugo y me mira con incredulidad en su cara, observando los músculos inexistentes de mi brazo.

—¿Levantamiento de pesas?

—Sí.

—De acuerdo. —Se echa a reír y, aunque me hago la ofendida, estoy sonriendo por dentro. Su risa es mucho mejor que su ceño fruncido.

—¿Qué? Está de moda. Mi Instagram está lleno de chicas con selfies en el gimnasio. Dicen que hacen maravillas con los músculos de los glúteos. También podría tomar algunas fotos, o incluso videos, y subirlos. Me gustan esos trajes de neón elásticos y...

Un segundo después, me encuentro sentada en la encimera frente a Jasper, quien sostiene mi barbilla entre sus dedos y me fulmina con la mirada.

—Nada de selfies con ropa elástica.

—Ay, no seas tan gruñón. Todo el mundo las sube.

—Mi esposa no es todo el mundo.

Maldita sea. Me derrite por dentro cada vez que me llama así. Y en secreto me encanta su vena celosa. Es adorable. Me inclino y le aliso el cuello de la camisa, luego paso los dedos por su cabello todavía ligeramente húmedo.

—Eres un hombre inquietantemente sexy, Jasper.

—¿Incluso con muletas? —Rompe el contacto visual y mira el vaso de jugo. Está claro que la sesión de fisioterapia no ha ido bien.

—Incluso con muletas, Jasper. —Lo beso asegurándome de morderle un poco el labio inferior—. ¿Qué te ha dicho Warren?

—Que lo estoy haciendo jodidamente bien. —Por la forma en que aprieta los dientes y el hecho de que tiene los nudillos blancos de agarrar las muletas con tanta fuerza, creo que sus opiniones difieren bastante—. Tengo que irme. Volveré para la cena. —Me da un beso en la frente y se va.

Está sufriendo. Y eso hace que a mí también me duela el pecho.

Me quedo sentada en la encimera durante mucho rato después de que se ha ido, mirando al suelo.

—Perfecto —murmuro para mis adentros—. Sencillamente perfecto.

El jefe del sindicato criminal ruso. Un traficante de drogas. Un asesino. Y he logrado enamorarme de él. Por favor, que alguien me encierre en un psiquiátrico, pues parece que es allí a donde pertenezco.