Como un alma en pena, Antonio deambulaba por los márgenes del camino, delimitados por matorrales medio secos. A veces incluso apartaba la hojarasca, por si la libreta, por lo que fuera, hubiera atravesado la densidad de las ramas y hubiera acabado a los pies de la planta. Francis, después de unos cuantos minutos, había perdido la esperanza por completo y a duras penas estaba centrado en la búsqueda. El sol se resguardaba en el horizonte, marcando el final del día. En pocos minutos, la luz les faltaría para la búsqueda.
—Antonio, cariño, ya está. Vamos a dejarlo. La has perdido —le dijo, en tono paternalista. Lo que despertó la ira de Antonio fue, sin duda, esa última frase. Alzó el rostro, como un leopardo preparándose para lanzarse sobre una presa. Francis carraspeó—. Bueno, la hemos perdido. Has puesto la libreta sobre las cajas y yo lo he colocado todo en la parte de carga de la ranchera. Si ha salido volando, podría estar en cualquier parte.
—No hace tanto y tampoco hemos recorrido tantos kilómetros. ¡Todavía podemos encontrarla! —insistió Antonio, señalando al camino.
Francis miró el reloj y dejó ir el aire de los pulmones. No quería pasarse las siguientes dos horas buscando entre matorrales y hojas para intentar encontrar una vieja libreta. Su tedio tuvo que ser patente, porque Antonio jadeó ofendido y se cruzó de brazos, mirando hacia el mar que había al otro lado de unos pivotes de madera clavados en la arena.
—¿Por qué te importa tanto? Era un trasto viejo que hacía mucho que no utilizabas. Si quieres una libreta, te compraré una. Diantres, te compraré todas las que quieras.
Antonio apretó los labios e hincó los dedos en su propio brazo. Fue incapaz de devolverle la mirada.
—En esa libreta tengo las primeras cartas que me mandaste. Eran un recuerdo. Un memento de nuestra relación y todos los años que llevamos juntos. Pues claro que me importa.
Las piezas cayeron todas en su sitio en un instante. Francis abrió la boca y estiró el brazo, pero Antonio no se dio cuenta y caminó hacia la playa.
—Necesito unos minutos a solas, para hacerme a la idea.
Se adentró en el lecho de la playa y se detuvo a pocos metros de la línea húmeda de la orilla. Mientras observaba el horizonte, la mirada se le nubló y la mente se le llenó de reproches. ¿Cómo no había tenido más cuidado? Debería haber dejado la lectura para otro momento. A lo mejor, de esa manera, la libreta hubiera estado dentro de una caja y no hubiera ocurrido eso. Antonio perdió la cuenta de los minutos que pasó en esa playa, pero sí que se dio cuenta de que estaba oscureciendo. Sorbió la nariz y regresó sobre sus pasos, hacia la camioneta aparcada. Le sorprendió que no había nadie. Extrañado, miró hacia los lados.
—¿Dónde se ha metido ahora…?
Estaba a punto de llamarlo cuando escuchó que alguien venía corriendo. Entornó el rostro y vio que Francis iba hacia él, saludando con una mano. En la otra llevaba la vieja libreta y Antonio sintió que se le humedecían los ojos. Cuando Francis llegó a su lado, le tomó las mejillas antes de besarlo. Le dio un abrazo y apoyó el mentón sobre su hombro.
—Gracias, Fran.
—A tu servicio para todo, sobre todo lo más importante, cheri.
Fictober 2023 - 11. Deambular / Lo has perdido. Bueno, lo hemos perdido.
