GISAROLES
—Se nota en cada pincelada que odias estar aquí.
—Perfecto.
Solté un suspiro.
—Drew, deberías al menos intentarlo.
—Sabes que no quería venir en primer lugar, Solidad.
—Aguanta solo dos días más, pronto vendrán por nosotros y podrás irte de aquí.
Últimamente, Drew estaba de un humor insoportable, era difícil mantener una conversación con él sin que soltara comentarios ácidos y petulantes por, básicamente, cualquier cosa.
El peliverde apoyó su cabeza en la mano derecha y se giró sobre su asiento hasta quedar de lado, apoyó su tobillo derecho en su rodilla izquierda y cerró los ojos, con desagrado.
Bueno, era inútil tratar de hacerlo hablar.
Me senté sobre la mesa y observé nuevamente lo que había en el lienzo frente a mí: Dos girasoles marchitos.
Podía haber sido hermoso de no ser porque los trazos parecían haberse hecho con rapidez, eran grandes y toscos, como si Drew hubiera hecho todo con el mismo pincel y sin quitar el color de la pintura de las cedras antes de tomar otro, el amarillo de los pétalos marchitos, secos y escasos se mezclaba con la pintura marrón, dándole un aspecto verdoso a la pintura y proporcionando al trabajo un aspecto aún más perturbador y putrefacto.
Las pinceladas eran visibles y formaban un extraño relieve en el óleo, el contorno de su obra no estaba bien definido así que la imagen se veía un poco borrosa.
¿Y qué decir de la iluminación y los colores? Nada tenía vida en ese cuadro.
Observé a mi amigo, que tenía la mirada fija a través de la ventana, con gesto distraído.
—Todavía no entiendo cómo lograste esto... Usaste las técnicas del impresionismo, pero de una forma bastante agresiva, no refleja nada de sus características principales, ¿Te acuerdas de cuáles son?
Drew bufó, por la forma en la que respondió, supe que lo hacía solo para darme gusto.
—Principalmente los colores y la iluminación, de hecho, es lo más importante de esa corriente artística, ya que el resultado debe ser vibrante y lleno de luz.
No pude evitar soltar una risa amarga.
—Bueno, al menos conoces la teoría, ya es algo.
Tomé el cuadro con ambas manos y observé su trabajo de forma simultánea con su silueta, me sentí mal solo de verlo.
Esos girasoles reflejaban completamente su estado de ánimo.
—Solo tengo una pregunta — Dije — ¿Por qué girasoles?
—Tú sabes por qué.
No dije nada más, pero me lamenté silenciosamente.
Por supuesto que lo sabía.
Los girasoles son considerados símbolos de bondad, luz y alegría, su color se asemeja a los rayos del sol.
Que Drew hubiera pintado dos girasoles marchitos no era coincidencia, no solo se estaba riendo de la situación, inconscientemente, él me había dejado ver que su interior, estaba vacío... Sin luz ni vida.
El chico frente a mí era brillante, y no podía negarlo, también, era muy bueno con sus cuadros, pero de un tiempo en adelante, su pasión y entrega por la pintura había decaído mucho, motivo por el cuál, sus padres habían organizado esta pequeña escapada de una semana, con la intención de ayudarle a despejarlo.
Yo solo era unos años mayor que él, pero esa diferencia de edades bastaba para sus padres, pues según ellos, yo era la única persona a la que Drew más o menos respetaba y ese era el motivo principal de haber sido invitada, de esa forma él no pensaría en escaparse y ellos tendrían la garantía de que cumpliría con el trato: Llevar tres cuadros de vuelta.
Estaba claro que obligarlo solo empeoraría la situación pero, no era viable hacerlos entrar en razón.
Por otra parte, yo no era capaz de ignorar el bloqueo artístico de mi amigo y tampoco podía persuadirlo de que pintara algo, así solo me quedaba acompañarlo y tratar de indagar en su mente para aligerar su carga y que pudiera llevar algo a casa para que sus padres no se pusieran más tercos.
Tomé el cuadro de nuevo y lo observé de nuevo.
—Supongo que tus padres no estarán contentos — Susurré, caminé por la cocina y apoyé el cuadro cerca de la ventana.
—Tú mejor que nadie sabes que lo que me pidieron es... Absurdo.
Definitivamente era complicado.
—Estamos aquí bajo sus condiciones, así que, en realidad no es tan irracional.
Escuché como chasqueó la lengua, se levantó de la mesa y se sacudió su pantalón negro.
—Como sea, me voy a dar una vuelta por ahí, espero que un árbol se me caiga encima.
Cerró la puerta de golpe.
Desde nuestra llegada, se la pasaba encerrado en su habitación y bajaba solo cuándo era hora de comer, a veces salía a pasear y no regresaba hasta tarde.
Qué lástima, realmente estábamos en un lugar bastante bonito, me pesaba pensar que Drew no pudiera ni siquiera disfrutar de eso.
Fue más o menos a las seis de la tarde, con los rayos del sol anaranjados entrando por la ventana de la cocina principal que lo observé llegar con expresión molesta, con la bicicleta que había en la cabaña en las manos.
Solo había una y teníamos que turnarnos para usarla si alguno de los dos quería salir, mayormente la usaba yo.
Estaba empapado, de pies a cabeza y caminaba pesadamente, dejó la bicicleta justo en la pared debajo de la ventana dónde yo estaba recargada.
Abrí la boca, pero me lanzó una mirada seria, dándome a entender que no quería hablar.
—¿Qué te pasó? — Pregunté mientras me asomaba por el marco de la ventana, ignorando su advertencia.
Drew suspiró y alzó las manos teatralmente.
— Me di una ducha.
Traté de contener la risa, pero no lo logré, de todas formas, yo era la única que estaba tratando de divertirse genuinamente en ese lugar.
—Sí, vamos, ríete, igual que aquella chica.
—¿Cuál chica? — Pregunté mientras trataba de recuperar la compostura.
—La que me aventó al rio.
—¿Te aventó? — Pregunté alzando la ceja — ¿Cómo pasó eso?
Drew avanzó unos cuantos metros y abrió la puerta de golpe, sacudiéndose un poco la ropa antes de entrar.
—Yo qué sé — Se quitó los zapatos y comenzó a caminar escaleras arriba —Simplemente pasó.
Lo escuché azotar la puerta de su habitación.
Muy cerca de la casa de campo, había un pequeño río que funcionaba como el punto medio de las otras casas de campo vecinas, estaban lo suficientemente lejos una de otras como para respetar la privacidad de cada inquilino, pero ese río era el punto en común de todos.
Así que era ahí dónde Drew pasaba sus tardes...
Yo también tenía ganas de ir al rio, en mis recuerdos lucía hermoso y brillante, así que eso hice al día siguiente.
Preparé un lienzo y acuarelas, no tan grandes para que pudiera transpórtalas sin que se estropearan en la canasta de la bicicleta.
No me despedí de Drew, de todas formas, éramos libres de hacer lo que quisiéramos por las tardes.
— ¡Recuerda que debes pintar algo para tus padres! — Le grité antes de salir por la puerta.
Me senté en la bicicleta y me apoyé con un pie para no caerme, levanté las manos y me sujeté el cabello en un chongo alto, después, comencé a pedalear tranquilamente en camino al río.
Dejé que la brisa me rozara las mejillas mientras admiraba el paisaje, lleno de color y luz.
Avancé entre el camino rocoso para perderme en los matorrales, dejé que las hojas me rozaran la cara y solté una risa torpe cuándo sentí que mi llanta casi se atora en algunas ramas del suelo.
Tuve que avanzar un poco más hasta toparme con el río, tan lindo y reducido como recordaba haberlo visto a mi llegada.
Apoyé la bicicleta en uno de los árboles más cercanos y comencé a armar mi soporte de madera, uno bastante cómodo por su tamaño para poder llevarlo a todos lados.
Me quité la sudadera y la puse debajo para poder sentarme sin ensuciarme, coloqué la base frente a mí y respiré profundamente, para llenar mis pulmones del agradable aroma del agua del rio, cerré mis parpados para dejar que la luz que se filtraba entre la copa de los árboles rozara mi rostro y volví a abrirlos de golpe, para poder maravillarme como si hubiera visto por primera vez ese lugar.
Como no tenía una paleta de pinturas, comencé a poner los colores directamente en mi antebrazo, deseaba poner este cuadro en la entrada principal, como un lindo recuerdo.
No tenía una técnica para pintar, solía mezclar un montón de estilos para crear algo, lo que, si solía replicar, eran las técnicas para darle realismo a mis cuadros, era obsesivo para mi tratar de igualar la belleza de las cosas que tenía frente a mí, cosa que jamás lograba, pero, parecía gustar a la gente que se ponía a platicar conmigo cuándo mis cuadros estaban en venta.
Me encantaba ser versátil, adoraba tratar con el dadaísmo, con el impresionismo, con el romanticismo... Todo, quería pintar de todas las formas y con todos los estilos posibles.
Era lo genial de crear.
Cuándo la espalda me dolió lo suficiente decidí detenerme.
Alcé los brazos por encima de mi cabeza y me estiré, moví la cabeza a los lados para desentumecerme y poco a poco comencé a ponerme de pie.
Levanté mi cuadro para que el sol le pegara directamente, me gustaba ver los relieves de la pintura traspasar el óleo, era gracioso pensar que mi creación lucía menos atractiva desde ese ángulo.
Desde el otro lado del rio, a lo lejos, pude ver a dos personas acercarse, me imaginé que estaban trotando como parte de un juego por ver quién sería el primero en llegar.
La chica, de cabello castaño y ojos azules fue la primera en llegar, se impulsó abruptamente y cayó directamente al agua, con todo y ropa, se perdió entre el rio y después, brotó como una flor del fondo, empapada.
Relajó el cuerpo y se recostó en el agua, flotando, dejando que la tela de su vestido azul se removiera como suaves olas a su alrededor.
—¡May, sal de ahí! ¡No es justo! ¡Se supone que íbamos a esperar a Max! — La persona que le gritaba era un joven de cabello negro y despeinado, pude ver como miró a la chica en el agua, May.
Parecía tener tantas ganas de tirarse al agua como su compañera.
No pude evitar contemplar la escena con cierta sonrisa triste al recordar a mi amigo, que seguramente estaba ahora mismo amargándose la existencia encerrado en el cuarto.
—¡No seas un aguafiestas, Ash! Mi hermano puede esperar — Respondió la joven, con una tranquilidad que irritó a su acompañante, pude ver como se le infló el pecho y comenzó a soltar una carcajada sonora — Quisiera quedarme aquí para siempre.
El chico que correspondía al nombre de Ash, levantó la mirada y se encontró con la mía, le sonreí ampliamente como respuesta.
Pareció sorprenderse por el gesto, ya que regresó la vista hacía atrás, como para estar seguro de que no estaba saludando a otra persona, momento que aproveché para perderme entre los árboles y regresar a la cabaña.
En cuanto dejé la bicicleta nuevamente en su lugar y tomé mi cuadro para entrar, me encontré con Drew sujetando la puerta.
—Vaya, parece que la pasaste bien — Señaló mi mano, llena de pintura.
—El rio es hermoso — Comenté — No podía perder la oportunidad.
Cuando entré a la sala pude ver que tenía los dedos manchados de pintura amarilla.
—Me da gusto ver qué haces tu tarea — Le dije en tono de broma al notar que entre sus manos tenía un cuadro.
—Mis padres quieren tres cuadros ¿No? Voy a pintar lo mismo en estilos diferentes, seguro les va a encantar — Extendió la mano, para que pudiera ver lo que había hecho.
Suspiré por su comentario.
—Creo que quieres hacerlos rabiar y no me parece que sea una buena idea.
Sujeté el cuadro y avancé por la cocina hasta llegar al marco de la puerta.
Esperaba escuchar los pasos de Drew en mi espalda, pero en lugar de eso, lo observé alejarse por la ventana encima de la bicicleta.
No tenía que decirme lo que iba a hacer, pero su acción me sorprendió mucho, sentí como si hubiera estado en la puerta para recibirme porque lo que quería en realidad era entregarme el cuadro e irse lo más rápido posible.
Al parecer tenía algo de prisa.
Sujeté el cuadro para observarlo mientras me preparaba una taza de café, lo coloqué en la ventana a la misma altura del trabajo del día anterior.
Algo había cambiado.
Drew había pintado dos girasoles de nuevo, y para cualquier persona que solo pasara la vista por encima, ambos cuadros podrían parecer iguales, pero yo pude notarlo, pude ver las diferencias.
Seguían siendo trazos bruscos y toscos, era casi la misma imagen, pero esta vez, ya no lucían tan marchitas, se notaban más pétalos amarillos rodear el centro, no lucía decrépita, lucía con un poco más de vida.
Traté de hacer memoria.
¿Qué era lo que había pasado tan de repente de un día a otro para que hubiera provocado un cambio así de evidente en Drew?
Claro, él mismo me lo había dicho.
Su altercado con una chica en el rio.
No pudo evitar reprimir una sonrisa, ¿Será que la chica era aquella muchacha que había visto ese día? ¿May? ¿Por eso estaba esperándome? ¿Para a usar la bicicleta e ir al rio a encontrarse con ella? ¿En realidad si se habían llevado bien?
Bueno, siendo realistas, quizás no se hubieran llevado bien por la actitud de Drew, era un chico receloso, pero estaba segura de que todo estaba conectado.
Tenía que estarlo, de alguna forma tenía que estarlo.
Salí de la cocina directo a mi habitación, era momento de comenzar a preparar mi maleta, de otro modo, mañana tendría mucha pereza de hacerlo y estaba segura de que algo se me terminaría olvidando.
No había llevado muchas cosas conmigo, algunos vestidos y algunas camisas para usar con el mismo pantalón, además de solo dos pares de tenis y unas sandalias, después de todo, tampoco había mucho que hacer alrededor de la cabaña.
Organicé todo en mi maleta y la puse a un lado de mi cama.
Decidí tomarme una ducha para despertar fresca al día siguiente y estar lista para cuando el chofer pasara por nosotros a la cabaña, supuestamente iría por la mañana, pero últimamente me estaba volviendo descuidada y estaba segura de que no iba a levantarme ni para desayunar.
Disfruté del agua tibia y del vapor del cuarto de baño antes de salir, revisé la hora, eran más o menos las ocho de la noche y todavía Drew no había regresado.
Bueno, sabía que no tenía que preocuparme por él, era muy precavido y sabía que deseaba con todas sus fuerzas irse de ese lugar lo más pronto posible, así que el pensamiento de que algo pudo haberle sucedido cesó cuándo lo escuché entrar a su cuarto.
Me lamenté en silenció por la situación, no podía evitar sentir que no estaba aportando nada bueno a mi amigo, y odiaba pensar que al volver con sus padres él seguiría siendo un artista perdido con el alma en pena.
Ese pensamiento, no me dejó descansar en paz.
A pesar de no haber cerrado los ojos casi toda la noche, no tuve dificultades para levantarme por la mañana cuando recibí la llamada del chofer, para indicarme que estaba cerca de la cabaña.
Los padres de Drew le habían negado el celular cuándo acordaron su estadía en ese lugar, temían que no cumpliera con las reglas y por ese motivo, solo yo podía tener el mío.
Revisé mi maleta rápidamente antes de salir de mi cuarto, comprobé que no se me había olvidado nada y salí para dejarla cerca de las escaleras.
Caminé al cuarto de mi amigo.
—¿Drew? — Pregunté antes de tocar la puerta, apoyé los dedos con suavidad en la suave madera y abrí los ojos cuándo la puerta comenzó a deslizarse.
Estaba abierto.
Tímidamente, me aventuré a entrar en su habitación, con un poco de curiosidad ¿Será que todavía no se había levantado? No quería sorprenderlo en un mal momento.
—Drew, el chofer está cerca — Dije más alto.
Lo que vi, me dejó helada
Drew tenía su maleta lista, estaba apoyada en la puerta de su cuarto, cosa que esperaba, ya que solía ser muy ordenado
Sin embargo, lo que me sorprendió, fue que tenía la ventana abierta de par en par, con el aire entrando y recorriendo la habitación.
El peliverde estaba parado en medio del cuarto, tenía los dedos llenos de pintura y contemplaba el cuadro que había frente a la ventana.
Drew ladeó la cabeza en mi dirección.
—Lo logré, Solidad
Ahogué una exclamación cuándo mis ojos se encontraron con lo que tenía ante mí.
El peliverde había pintado el mismo cuadro, con dos girasoles al centro, pero algo había cambiado.
Había una diferencia abismal entre este lienzo y los anteriores.
El primero, estaba lleno de agonía, en el segundo, impregnaba un breve destello de vida y este cuadro, irradiaba felicidad.
Era un cuadro luminoso, de trazos bien difuminados, aportando una atmósfera somnolienta, sin plastas de pintura o movimientos erráticos, aunque la imagen conservaba algunos rastros borrosos (Su sello personal), los girasoles que se podían ver parecían ser el origen de la luz de su obra, los colores eran vibrantes y manifestaban felicidad por todos lados.
Cada girasol estaba erguido como si hubiera sido recién arrancado de la tierra, con pétalos abundantes alrededor.
Drew soltó una sonrisa de satisfacción, tal como solía hacerlo cuándo estaba emocionado por pintar un nuevo cuadro, sonrió como no lo había hecho desde hace mucho tiempo.
El sonido de la melodiosa carcajada de esa chica, May, me llegó como un recuerdo espontáneo, inevitable.
¿Era ella? ¿Ella era lo diferente? ¿Su encuentro con esa chica era lo que lo había cambiado?
Un montón de preguntas se amontonaron en mi cabeza, estaba feliz por él, sentía ganas de celebrar como él no podía, simplemente porque su personalidad no se lo permitía.
Drew estaba de vuelta.
Un golpe de realidad me hizo reaccionar, algo no estaba bien.
De pronto, fui consciente de que él y esa chica no volverían a encontrarse.
Drew no podría volver a ver a aquella muchacha de grandes ojos azules que irradiaba felicidad con cada uno de sus movimientos, aquella joven que disfrutaba de cosas tan simples como tirarse y flotar en el rio.
Ambos giramos la cabeza en dirección a la ventana cuándo escuchamos el sonido de la bocina del automóvil, el chofer estaba abajo.
Drew caminó con los dedos llenos de pintura y tomó su maleta, me extendió el cuadro y lo sujeté con cuidado, sentí como si estuviera sosteniendo una pequeña parte de su corazón.
Mi joven amigo tomó mi maleta con la suya y comenzó a caminar por las escaleras.
—Oye, Drew — Le llamé.
—Dime.
—Tú... ¿Crees que volverás a verla?
Realmente quería saber su respuesta, pero el corazón se me encogió cuándo lo escuché hablar.
—No, no lo creo.
