BURBUJAS
La lluvia de diamantes es considerada un fenómeno inusual.
Es un tipo de nevada en la que los copos de nieve que revolotean alrededor del cielo caen en forma de destellos brillantes.
Por lo que había escuchado, dar con la lluvia de diamantes era sumamente complicado, principalmente, porque no había una forma exacta de saber cuándo ocurriría.
Lo único que habían logrado investigar hasta la fecha, (O al menos eso era lo que había leído) Era que solo la habían presenciando en los lugares más fríos de la región, como Snowpoint City, ubicada en la región norte de Sinnoh.
May se había visto atraída por el lugar luego de encontrarse con un cartel que prometía la lluvia de diamantes en esa ciudad a tan solo unos pocos días.
Traté de convencerla de que ese tipo de lluvia era difícil de ver, y que, además, podría tratarse de una trampa para atraer a turistas ilusos, me negué tanto como pude, pero al final, habíamos removido cielo, mar y tierra para encontrar transporte e ir.
Tuvimos que tomar un barco para llegar a Battle Zone y desde ahí, teníamos que caminar al Centro Pokémon de Snowpoint City, cosa que hubiera sido muy complicada de no ser porque logramos aprovechar los beneficios de ser coordinadores para hacer una reserva de último minuto.
Logramos todo eso en menos de tres noches, y para el día que supuestamente ocurriría el evento en la madrugada, ya estábamos a punto de llegar al centro de la ciudad.
¡Y pensar que hace unos días estábamos rodeados de vegetación y ahora caminábamos por la nieve cubiertos de pies a cabeza!
—¿No te parece curioso? — La chica a mi lado se detuvo de golpe, levantó los dedos y sujetó el gorro de su abrigo.
—¿El qué? — Pregunté.
Ella me miró con su habitual gesto enojado.
—No sabes de que hablo ¿Verdad?
Me crucé de brazos.
—No siempre puedo adivinar de que van tus conversaciones mentales, recuerda que no soy participe de ellas.
Pude ver como se sonrojó levemente, apretó la mandíbula y puso la espalda derecha, tal como siempre hacía para parecer más segura de sí misma frente a mí.
Buscó precipitadamente en sus bolsillos y sacó un folleto, lo hojeó rápidamente y cuándo encontró lo que estaba buscando, colocó la hoja en mi cara.
—El Centro Pokémon está justo en medio de lo que parece ser un copo de nieve de nueve picos.
Lo que había colocado frente a mí, era un mapa de la ciudad visto desde arriba.
Ella sonrió, orgullosa
—Debe ser una señal
—¿Señal de que?
—De que realmente podremos ver la lluvia de diamantes esta noche.
Comencé a avanzar de nuevo, retomando el ritmo.
—No le veo lo místico, puede ser solo una coincidencia, o quizá, ellos talaron los alrededores para darle una forma artificial— Continué— Cosa que atraería a personas como tú.
Hizo un puchero de desilusión, visiblemente ofendida.
—Le quitas lo gracioso a todo — Se quejó.
—Es porque todo lo encuentras fascinante — Alcé los hombros — Alguien debe darte un golpe de realidad de vez en cuando y para eso estoy aquí.
Ella soltó un gemido en forma de queja.
—Entonces debiste buscarte otra compañera de viaje — Dijo indignada.
Yo me acomodé el flequillo y sonreí.
—Solo camina May, hay que apresurarnos, pensé que anhelabas con todo el corazón ver la lluvia de diamantes.
Ella hizo un ademán de victoria con la mano y soltó una risa, pude ver como se le iluminaron los ojos
Qué fácil podría ser despistarla a veces.
—Aún no puedo creer que conseguimos llegar.
Me rasqué la nuca
—Yo tampoco, más vale que lo que ese cartel decía sea verdad, o habremos viajado para nada.
—No atraigas la mala suerte, Drew — Refunfuñó — Seguramente sea verdad, de no ser así, no habríamos visto a tanta gente tratando de llegar a tiempo.
Yo todavía no estaba totalmente convencido.
Lo único bueno de todo, era que podía conocer una ciudad nueva y con suerte, encontrar un pokémon interesante, aunque, bueno, de acuerdo a lo que había leído, en la zona no habitaba ningún tipo de pokémon salvaje.
Esperaba que eso no fuera cierto.
Mi compañera se detuvo nuevamente, pero esta vez, de forma más brusca, cosa que me puso alerta de inmediato.
—No te muevas— Dijo May —¿Lo viste?
Había aprendido en nuestro breve tiempo viajando juntos, que, aunque May solía ser una testaruda la mayor parte del tiempo, en realidad, podía llegar a ser bastante intuitiva.
Vi de reojo como la pequeña figura de May se acercó de puntitas a unos arbustos, se agachó cuidadosamente y trató de avanzar entre la nieve.
La sujeté del codo
Ella no hizo el intento de alejarse, tal como hacía en un principio, después de haber viajado algunos meses juntos, era algo que ya no nos tomaba por sorpresa como en las primeras ocasiones.
—Espera, ¿Qué estás haciendo? — Inquirí
La peli castaña se puso de pie y observó a lo lejos, más allá de los árboles, después, volteó a verme, con los ojos bien abiertos.
—¿De verdad no lo viste? — Preguntó, pude notar la desilusión en su voz.
Negué con la cabeza
— Quizá si me explicas, pueda saber si escuché o vi algo.
Ella dudó, comenzó a avanzar de nuevo y le lanzó una última mirada a los árboles.
—Vi un destello de luz, redondo, parecía como una burbuja, escuché una especie de tintineo, muy leve, como si una campanita repiqueteara en mi oído.
Esbocé una sonrisa.
May solía tener una imaginación bastante amplia, no tenía nada de malo, sin embargo, había ocasiones en las que realmente me preguntaba si yo podía llegar a ver las cosas como ella lo hacía.
May era una cajita de sorpresas, llena de misterios y cosas que yo no podía llegar a comprender totalmente, sin embargo, eso era lo divertido de viajar con ella.
—No vi nada — Repetí — Puede que, estés demasiado emocionada con la idea de ver la lluvia de diamantes y que lo hayas imaginado.
Ella hizo un puchero pero tuvo que darme la razón.
—Quizá — Admitió.
Apenas avanzamos unos cuantos metros cuándo logramos distinguir la luz del Centro Pokemón, esperaba que, como era casi de noche, ya no hubiera tanta gente afuera, pero para mi sorpresa, había mucho movimiento.
Nos encontramos con niños corriendo y lanzándose bolas de nieve, simulando estar en medio de una batalla campal, algunas otras personas estaban por ahí, comprando comida en los pequeños puestos ambulantes, llevaban algunos dulces o pan en forma de diferentes pokémon y bebidas calientes.
El cartel que habíamos visto antes de viajar estaba en la entrada del Centro Pokémon, así que tal como había dicho May, seguramente no querían perderse la oportunidad de ver la supuesta lluvia de diamantes.
De acuerdo a la información, el fenómeno ocurriría en unas dos horas.
La escena tan animada me hizo voltear a ver a mi compañera, era solo cuestión de tiempo para escucharla emocionarse y que se aventurara a comprar cosas que ya había probado en otros lugares, pero que, según ella, sabían diferentes siempre.
Una vez dentro del Centro Pokémon, realizamos una revisión rutinaria a nuestros compañeros, ellos estaban en perfecto estado, pero lejos de estar cómodos con el clima.
Por ese motivo y porque el espacio de la habitación seguramente les quedaría chico, decidimos que Snorlax, Flygon, Blaziken y Venasaur se quedaran con la enfermera Joy, bajo la promesa de que desde sus instalaciones podrían admirar la lluvia de diamantes.
Apenas tocamos la habitación, soltamos a nuestros pokémon, para que pudieran estirarse y relajarse un poco.
—Estamos en Snowpoint City para ver la lluvia de diamantes — Dijo May, emocionada —No pueden salir de aquí, porque hace frío, pero, tenemos una bonita habitación con un enorme ventanal para ustedes.
Cuándo sus ojos se posaron en el clima, la mayoría decidió acurrucarse en las sábanas de las camas para conservar el calor.
Ninguno lucía realmente entusiasmado.
Sin duda preferían estar en alguna clase de clima tropical.
Los únicos que parecían contentos eran Glaceon y Absol, que no tardaron en rascar la ventana con sus patitas.
Me acerqué a ellos y la abrí lo más rápido que pude, para evitar que alguna corriente de aire llegara a perturbar a los otros.
Ambos saltaron agradecidos y sin mirarnos, salieron dando brinquitos hacía la nieve.
—¡Por favor, no lleguen tarde! — Gritó May —¡La lluvia no tardará en llegar!
Aproveché de estar de pie en la ventana para observar la ciudad un poco mejor.
Era bastante bonita, al menos lo que podía verse desde ahí, en la obscuridad resaltaban sus construcciones de ladrillo rojo y tejados anaranjados, todos cubiertos de nieve y con decoraciones de luces, no era navidad, de hecho, no estábamos ni cerca de las fechas decembrinas, pero estar ahí, se sentía casi como la misma calidez de las festividades de fin de año.
Pude escuchar de fondo a Beautifly, Marquerain y Butterfree revolotear sutilmente por el techo del cuarto, estaban los tres en una especie de círculo, absortos en lo que parecía ser una conversación seria, por otra parte, Skitty y Roserade se turnaban para saltar por allá y por acá, persiguiéndose en la cama y usando el caparazón de Wartortle (Que se había escondido para dormir un poco) como un obstáculo en su carrera imaginaria.
—Esto es increíble— Escuché decir a May — Estoy emocionada y tengo tantas dudas, quiero saber si puedo tocar la lluvia de diamantes, quiero saber si tienen forma, si son agradables al tacto o si se desvanecerán en mis dedos. Me encanta pensar que me estoy enfrentando a algo desconocido.
Me quité el abrigo, y los guantes, al menos la atmósfera del cuarto y con la presencia de nuestros pokémon habíamos entrado en calor.
—Sigo creyendo que esto es solo una estrategia de marketing.
Ella bufó
—Eres un amargado.
Me tiré en el sofá.
—Solo soy realista.
—Entonces deja de serlo, al menos por hoy, mañana a primera hora nos iremos y volveremos a tu aburrida realidad.
May se dejó caer en la cama más cercana a la ventana, Skitty y Roserade alcanzaron a saltar a la otra cama (Dónde dormiría yo), sin embargo, Wartortle no corrió con la misma suerte, pues la mano de May impacto levemente con su caparazón, cosa que los hizo soltar una pequeña exclamación de dolor.
Desde que había comenzado a viajar con ella, estaba cada vez más acostumbrado a sus metidas de pata, por pequeñas que fueran, pero, podía admitir en mi mente que seguía causándome la misma gracia que siempre.
—¿Qué hora es? — Preguntó mientras acariciaba el caparazón de Wartortle, que tenía los ojos llorosos.
Alce mi mano y sujeté mi reloj.
—Falta una hora para que comience.
Apenas terminé de pronunciar esas palabras, un golpecito en el ventanal de la alcoba hizo que May diera un salto de la cama, se acercó rápidamente cuándo se percató de que era Absol.
Mi pokémon entró precipitadamente y se puso frente a mí, sin sacudirse de la nieve, con el pelaje erizado, me miró directamente a los ojos.
—¿Y Glaceón? — Preguntó May, preocupada
Me puse de pie de inmediato y ambos cruzamos la mirada, con preocupación.
Glaceon y Absol habían salido juntos, pero solo Absol había vuelto, se notaba alterado y alerta, algo había sucedido y por ese motivo, estaba ahí, frente a nosotros.
En segundos, May y yo nos pusimos nuestros abrigos de nuevo.
—¡No pueden exponerse al frio! ¡No tardaremos! — Gritó ella antes de salir corriendo precipitadamente por la puerta de la habitación conmigo a su espalda.
Había más gente fuera del Centro Pokémon, no era un cúmulo de gente enorme, pero sin duda, había más personas, seguramente emocionados por poder presenciar en primera fila la lluvia de diamantes.
Ambos seguimos a Absol, que nos guió unos metros más delante de la habitación donde estábamos hospedándonos, era difícil saber si había huellas cerca, porque en Snowpoint City no dejaba de nevar nunca, pero se podían visualizar unos pequeños huecos en la superficie de la nieve.
Absol se detuvo cerca de unos arbustos y comenzó a dar vueltas, dándonos a entender que ese era el último lugar dónde Glaceon había estado.
May se tocó el pecho y tragó saliva
—Yo iré por allá — Dijo de forma decidida — Tú deberías ir por allá, necesitamos agilizarnos y ahorrar tiempo.
Sus ojos azules estaban llenos de preocupación, se notaba en cada facción de su rostro que en cualquier momento podría echarse a llorar, pero tal como solía hacer en situaciones de estrés, se mantuvo tan firme como pudo.
Puede que Glaceon fuera un pokémon acostumbrado a ese clima, pero no podíamos solo dejarlo pasar, la actitud de Absol daba a entender qué había motivos para estar preocupados.
—Absol, ve con May — Le pedí a mi compañero, que asintió como respuesta — Alguien debe hacerse cargo de que no meta la pata.
Mi broma no cumplió su cometido, pues en lugar de aligerar la tensión, ella soltó un bufido como respuesta y comenzó a correr en dirección contraria, con Absol pisándole los talones.
Al principio, decidí darme una vuelta en el mismo lugar, esperaba que Glaceon hubiera decidido solo descansar lejos de la mirada de Absol y como no la había visto, él se había preocupado y había ido a buscar ayuda.
Al no encontrar nada, comencé a recorrer el perímetro, pero no parecía haber absolutamente nada que me diera alguna indicación de que Glaceon hubiera estado por ahí.
Revisé mi reloj.
Faltaban veinte minutos para que la lluvia de diamantes comenzara y no pude evitar sentir que el tiempo se me veía encima.
Clavé la vista en los árboles, era la última opción, pero existía la posibilidad de que Glaceon se hubiera adentrado por ahí y estuviera perdido.
A lo lejos, en medio de los árboles, pude percibir un pequeño destello de luz, tan fugaz que tuve que parpadear un poco para estar totalmente seguro de que no estaba imaginándolo.
El pequeño destello comenzó a moverse en ligeros círculos.
Era una burbuja.
Atraído por el misterio, comencé a avanzar en su dirección, como hechizado, me apoyé del tronco de los arboles que estaban por mi camino para acercarme más rápido y evitar perderle el rastro a esa cosa.
Poco a poco, alcancé a distinguir una zona sin árboles y en medio, la silueta de May, tenía una enorme sonrisa en el rostro y a su lado descansaba Absol y Glaceon
Suspiré de alivio.
Glaceon fue el primero en avanzar hacia mí, frotando su cabeza contra mi pierna
—Es bueno saber que estás bien— Susurré, después, le lancé una mirada a mi compañero, que estaba sonriendo — Gracias Absol, es momento de que descanses, sé que tu pelaje te protege del clima, pero, sigue sin ser tu hábitat.
Guardé mi pokeball nuevamente y avancé hasta May que me miraba desconcertada
—Drew — Susurró — ¿Cómo llegaste aquí?
—Te lo contaré luego.
Levanté la mano y revisé mi reloj.
—Faltan diez minutos para que la lluvia comience, deberíamos apurarnos.
May asintió y buscó con la mirada a Glaceon que estaba por ahí dando saltitos y rodando entre la nieve.
—Glaceon, debemos irnos, ¿Qué haces?
Sonreí
—Creo que está jugando con algo.
May se acercó a su compañera y le acarició la cabeza.
—Debemos volver, lo siento Glaceon, debo ponerte en tu pokeball, ya nos diste demasiados sustos por hoy.
El pokémon le lanzó una mirada desconcertada, como si no entendiera si había hecho algo malo, sin embargo, no se opuso cuándo May la puso en su pokeball y la guardó en su saco.
—Es hora — Dijo May
Asentí.
Me di la vuelta para comenzar a avanzar de regreso al Centro Pokémon, sin embargo, me detuve de golpe cuándo escuché a May soltar un pequeño grito.
Giré bruscamente sobre mis talones y casi suelto una risa cuándo me encontré con la pelicastaña tirada en la nieve.
—¿Qué ocurre? — Avancé a su lado, entendiendo la mano, ella me sujeto firmemente y se levantó de un salto.
Me miró con los ojos abiertos.
—Tú... ¿No lo viste? — Inquirió
—¿Ver qué?
Me miró boquiabierta.
— No sé como decirlo, pero... Drew, una burbuja acaba de explotar en mi cara.
Cuándo dijo eso, comencé a sentir mucha vergüenza de mencionar lo que había visto.
¿Qué tan creíble era decirle que una burbuja me había guiado hacía ella?
Estaba seguro de que no lo había imaginado, pero comencé a sentirme culpable porque a nuestra llegada ella lo había mencionado y yo le había dicho que lo había imaginado.
Mis ojos se desviaron arriba de su cabeza.
La burbuja estaba ahí.
Antes de que pudiera decir algo al respecto, nos vimos envueltos en un manto de burbujas que comenzaron a caer sobre nuestras cabezas, eran redondas y brillosas, se balanceaban sin tocar el suelo, de un lado a otro.
Contuve el aliento
—¿Es esto la lluvia de diamantes? — Preguntó May, con una mano en el pecho.
Entonces, las burbujas dejaron de moverse, como si de pronto se hubieran vuelto inmunes a la gravedad.
Ella se refugió detrás de mi espalda.
—No— Susurré — Es imposible, la lluvia plateada son copos de nieve, no burbujas, es más, estas se mueven como si tuvieran vida propia, parecen estar siendo controladas por algo.
Poco a poco, las burbujas a nuestro alrededor comenzaron a tornarse blancas, les comenzaron a brotar cristales de hielo desde la base que comenzaron a extenderse por toda la burbuja, causando que parecieran pequeñas bolas de nieve.
Observamos con asombro, como las burbujas comenzaron a cristalizarse, con algunas formas de rombo revoloteando alrededor.
Una en particular llamó mi atención, era más grande que todas y de ella, volvió a desprenderse ese destello azul.
Escuché un repiqueteo, similar a los sonidos de un cascabel o una campana.
Seguí la luz con los ojos, concentrado en su trayectoria y cuándo crucé mi mirada con la de May, se desvaneció de golpe.
Ella estaba casi pegada a mi espalda, así que nuestras caras estaban a escasos centímetros de distancia.
Clavé mis ojos en los suyos, que le brillaban como si tuvieran vida propia, el azul de su mirada se balanceaba como las olas de mar, eran tan claros y profundos que pude ver mi reflejo a través de ellos.
Y estaba seguro de que ella también podía verse en mi mirada.
— ¿Recuerdas la primera vez que me diste un abrazo, Drew?
Una a una, las burbujas comenzaron a reventar a nuestro alrededor, desintegrándose en pequeños cristales encima de nuestras cabezas.
Asentí.
—Fue en la celebración de tu cuarto listón — Dije — Masquerain lo celebró recibiéndote con una lluvia de burbujas.
Le brillaron los ojos, tenía la boca entreabierta y las mejillas sonrojadas por el frío.
Poco a poco, se acercó a mí, como pidiéndome permiso para hacerlo.
Al ver que no me movía, apoyó la cabeza en mi pecho.
—Quedémonos un poco más— Pidió, puso las manos en pecho y se sujetó de mi abrigo.
— ¿Y la lluvia de diamantes?
—No importa — Susurró — Me gusta más la idea de presenciar una lluvia de burbujas contigo.
