CAPÍTULO 9
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Los preparativos para la boda iban avanzando mediante la fecha se iba acercando. Candy y Terry eran los que mayormente aportaban a lo que deseaban hacer en su día especial, pero sus amigos, en especial Annie y Archie, tambien habian ayudado en cuanto las decoraciones. En lo único que la pareja no necesitó ayuda, fue en la lista de invitados.
—Bien, sabemos que la señorita Pony, la hermana Lane y los niños estarán —dijo Candy, anotando el pedazo de papel que los ayudaría a organizarse con las invitaciones—. Albert tiene que ir también, él me llevará al altar.
—Eleanor será la madrina —incluyó Terry—, y Eva la niña de las flores.
—Muy bien... —Terminó de escribir—. Annie y Patty serán mis damas de honor. ¿Quien quieres que sean tus testigos?
—No lo había pensado... Charlie sería uno de ellos.
—Charlie y familia... ¿No quieres a Archie como tu segundo testigo?
Terry soltó una carcajada sarcástica ante la absurda idea.
—No estoy tan desesperado.
—¿Harry?
—¡Sobre mi cadaver! Pon a Albert como mi testigo también... Harry puede ser solo un invitado más. Y Karen.
—¿Quieres que vaya Karen? —Candy dejó caer su sonrisa, pero no queriendo que Terry la viera así, curvó los labios.
—Si, ¿por qué no?
—Nada. Karen Kleiss —escribió—. Archie será el acomodador. Tiene muy buen gusto para esas cosas.
—Bueno, es el Elegante, tiene que hacerlo —rio, a lo que Candy le dio un manotazo en el brazo—. También me gustaría que vaya Robert Hathaway. Tal vez pueda hacerle compañía a Eleanor.
—Y... ¿piensas invitar al duque? —Bajó la pluma para verlo, y halló en sus ojos el reflejo de la duda. Su boda sería un día muy especial, dónde se supone hubiera gente importante para ellos, pero por lo visto, Terry no estaba seguro si traer a su padre sería una buena idea—. Aun lo resientes, ¿no es así?
—Si te soy sincero, tal vez un poco. A pesar de todo, aun no logro aceptarlo completamente en mi vida, pero no es solo eso lo que me hace dudar. No sé cómo reaccione mi madre al verlo —suspiró Terry. En el fondo deseaba que los dos pudieran estar presentes para él, pero la pasada union y pleitos que estos dos habían tenido, lo hacían temer de sus interacciones.
—Pero, ¿tú quieres que esté? Eso es lo importante.
—Supongo que sí.
—¡Entonces el duque está en la lista! ¿Quién nos falta?
—Creo que están todos —supuso Terry, repasando la lista con una mirada rápida—. Creo que ya se la puedes entregar a Annie para que haga las invitaciones.
Candy saltó de su asiento con entusiasmo, y antes de salir del estudio, plantó un beso en la mejilla de Terry. Aferrándose bien al pedazo de papel, corrió escaleras abajo, llamando el nombre de su mejor amiga hasta dar con ella en el jardín.
—¡Annie! Terry y yo terminamos la lista de invitados —avisó la rubia, pasándole la hoja. Esta, contagiada por la emoción de Candy, tomo dicha hoja con una sonrisa.
—No son muchas personas.
—Ya dijimos que queremos una boda sencilla, Annie —Candy rio, pues de alguna manera u otra, Archie y Annie siempre querían hacer mas de lo que debían.
—Esta bien, no me lo tienes que repetir... ¡Irá Eleanor Baker! —exclamó con un salto al reconocer el muy famoso nombre de la estrella de broadway—. Es la actriz favorita de Archie. ¿No me digas que es amiga de Terry?
—Algo así...
—No sabia que Terry tenía amigos, pero acá veo que si cuenta con algunos. Archie se sorprenderá, y tal vez hasta se ponga celoso —dejó salir una risilla, imaginando las caras que pondría su esposo—. ¿Michael y tú siguen siendo amigos? No lo invitaste.
—¡Sabía que estaba olvidado a alguien! —Chasqueó los dedos.
—Nunca vas a cambiar —suspiró Annie, esperando a que Candy terminara de escribir el nombre de Michael para por fin comenzar con las invitaciones—. No son muchas personas, pero estoy segura de que será una celebración inolvidable. Quiero que disfrutes todo porque, luego de eso, posiblemente tengas que mudarte lejos de nosotros —ahora dijo con un tono mas serio.
—Es cierto...
—¿Vivirás con Terry en su apartamento?
—No estoy completamente segura. No lo hemos hablado aun.
—Pero, Candy, es de las cosas mas importantes acerca de su matrimonio. Tienen que saber dónde vivirán.
—Tienes razón. Me aseguraré de traerle el tema.
Terry seguía en la biblioteca de la mansión Ardlay, ahora buscando un libro con el cual entretenerse, pero la mayoría se trataban de leyes, de historia, y de cultura. Nada llamaba su atención, hasta que en uno de los estantes, encontró una fotografía de un niño rubio, de ojos claros y mirada dulce. Tomó el pequeño portarretrato entre sus manos y lo observó detalladamente. Tenía un parecido a Albert en la mirada. Supuso que era alguien de la familia a quien aun no había conocido, pero al fijarse en la rosa que llevaba en el bolsillo de su chaleco, supo al instante de quién se trataba.
No supo entender por qué, pero sintió escalofríos al conectar de nuevo con la mirada del niño. Era como si de verdad lo estuviera viendo de regreso, y como no pudo soportar aquel sentimiento tan incomodo, devolvió la foto a su lugar, solo que boca abajo, ya que no quería sentirse observado.
«Candy lo vio morir en frente suyo», recordó, pensando en lo realmente horripilante que tuvo que haber sido esa escena a tan pequeña edad. Aunque, en cierto modo podía imaginarlo...
Se vio a sí mismo caminando por el pasillo de un apartamento silencioso, siendo envuelto con la oscuridad que habitaba dentro. Estaba mirando en busca de alguien, pero cada esquina se encontraba vacía. Fue hasta que llegó a la puerta entreabierta de la recámara que sintió un nudo en el estómago.
Empujó la puerta con manos temblorosas, y la escena se desplegó ante sus ojos como una cruel obra de teatro. En medio de la penumbra, había una solitaria silueta colgando del marco que dirigía al baño.
El cabello rubio esponjoso que siempre había sido un símbolo de alegría estaba apagado, y sus ojos verdes, que solían reflejar entusiasmo, estaban cerrados como cortinas que se habían deslizado para nunca más abrirse.
El corazón de Terry latía descontrolado mientras se aproximaba lentamente a la escena desgarradora, como queriendo pensar que lo que veía era un engaño. Tomó el cuerpo de su amigo y lo bajó hasta dejarlo acostado en el suelo, aguardando a que sus pulmones volverían a llenarse de aire, pero no vio el mas sutil movimiento. El muchacho se encontraba en un estado de quietud eterna.
—¡Terry! —El grito de Candy lo sacó de sus recuerdos con un estremecimiento—. ¿En que tanto piensas? Ya llevo tres veces que te llamo —comentó Candy, divertida con el despiste de su novio, solo que al ver como esta la miro de vuelta, con los ojos cargados de sufrimiento, se preocupó—. ¿Ocurre algo?
—No. Solo me preocupo por las cosas que nos faltan para la boda. ¿Ya le diste a Annie la lista?
—Si, pero pronto nos ocuparemos de lo demás. Por ahora creo que deberíamos de hablar de algo mucho mas importante. —Lo tomó de las manos, y lo atrajo al sillón para sentarse en su compañía.
—¿Qué es?
—Es sobre donde viviremos. No sé si quieras permanecer en tu apartamento, o buscar uno mas grande y cómodo para dos, o... o para otros. —Se sonrojó y rió ante su implicación.
—Tienes razón, mi pequeño apartamento no es muy práctico para un matrimonio.
—Entonces, ¿qué haremos?
Terry desvió la mirada y la poso fuera de la ventana, pensativo. Tenia un lugar en mente, pero no estaba seguro si Candy estaría dispuesta.
—De hecho, he estado meditando sobre esto por algún tiempo, pero como no estaba convencido, no te había dicho nada. Tengo una propiedad, herencia de mi padre. La escogí yo, porque me pareció un lindo hogar para el futuro. Es espaciosa, cálida, tiene un gran jardín y queda cerca de un rio.
—¡Suena preciosa!
—Pero... Está muy lejos. Queda en Inglaterra, en Stratford Upon Avon... Es la ciudad de Shakespeare. Es más, se lo había comentado al señor Hathaway, para saber si podía irme a la compañía de Stratford en Inglaterra. He ido varias veces a presentar obras en su teatro, y la verdad es una sensación muy diferente.
—¿Te gusta mucho? —Candy sonrió al ver la ilusión en los ojos de él.
—Sí. Pero entiendo que no quieras estar lejos de tu familia. Podemos buscar mas opciones.
—Terry —entrelazó sus dedos con los de él, captando su mirada una vez más—, yo voy a donde sea que tu vayas.
Terry percibió un calor confortante alojarse en su pecho, y se abrazó a ella.
—Pecosa, en serio no te merezco —dijo esto, y junto sus labios a los de ella en un tierno beso.
—¿Sabes, Terry? La idea de regresar a Inglaterra me trae tantos recuerdos —confesó Candy, su voz cargada de nostalgia—. Me hace recordar a cuando decidí escaparme del Royal Saint Paul después de ti. Me fui en busca de mi propio camino a América, justo como tú lo hiciste.
—Siempre estuvimos a un paso del otro —reconoció Terry, mirando hacia el pasado, donde siempre habían estado a poco de encontrarse—. Tal vez si hubiéramos sido mayores, podríamos haber tomado ese camino juntos.
—Tal vez, pero creo que las cosas pasaron como tenían que pasar. Cuando intenté llegar por mi cuenta al puerto de South Hampton, pasé por muchas travesías —continuó Candy—. Hice buenos recuerdos y conocí a mucha gente buena... Fui cuidadora de niños, polizón, enfermera... Cada experiencia que vivi me ayudó a crecer.
—Por lo visto te divertiste mucho en tu regreso a America.
—Bueno, admito que también pasé por dificultades. Me fui del colegio con lo poco que tenía ahorrado. Cuidé de Susie, la hija menor del señor Carson, porque tenía viruela, pero tan pronto comenzó a recuperarse, tuve que irme porque los niños empezaban a encariñarse conmigo. Supongo que mi trato hacia ellos, los hacía recordar al cariño de una madre... Cuando me fui, busqué al señor Juskin porque el señor Carson me dijo que él podía llevarme a América, pero terminé escondiéndome en la oscura bodega de un barco, viajando como polizón con Cookie.
—¿Cookie? —Terry repitió, divertido por el nombre tan inusual, y luego comenzó a reír con fuerzas—. Candy y Cookie. Vaya qué pareja.
—En realidad se llama Cricket —aclaró Candy, sabiendo que eso lo haría reír mas fuerte—. ¡No te burles!
—Lo siento, no pude evitarlo —Terry se excusó, y cuando se compuso, se limitó a seguir sonriendo—. Pero sígueme contando, ¿qué pasó con el niño galleta?
—Como te imaginaras, nos descubrieron. Encontraron a Cookie y yo permanecí escondida, pero me vi forzada a salir cuando arrojaron a Cookie al agua para darle una lección. Tuve mucho miedo de que me descubrieran, pero mas miedo me daba que a Cookie le pasara algo, así que salí de mi escondite para ayudarlo. Después de eso, el capitán Niven estuvo a punto de regresarnos a Inglaterra, pero una horrible tormenta se lo impidió. Recuerdo que llegamos a pensar que el barco se hundiría por las aguas tan violentas aquella noche. El cielo nos atacaba con fuertes relampagueos, lluvia, y viento, mientras que el mar se alzaba para luego descender como intentando ahogarnos. Muchos pasajeros terminaron heridos, otros enfermos por los mareos... Fue una noche de pesadilla, pero fui valiente para aquellos que necesitaban mi ayuda —Candy relató una anecdota tras otra, a penas tomando aire—. ¡Pero no pasó nada!
Terry soltó una carcajada por la manera en la que Candy le había restado importancia a la situación; sin embargo, su risa se desvaneció rápidamente como si hubiera sido forzada. La miró directamente a los ojos y la envolvió en un abrazo protector.
—Es un alivio que nada grave te haya sucedido. Pudiste haberte hecho daño, Candy —dijo Terry con seriedad.
—Pero estoy bien, Terry. Al final todo salió bien y pude regresar al Hogar de Pony—respondió Candy con un guiño travieso, tratando de aligerar el ambiente.
Terry asintió con una sonrisa suave, y la volvió a abrazar. Así se quedaron ambos un rato más en el sofá, agradecidos de que ahora estaban juntos y seguros.
Los meses pasaron nuevamente, y casi todo estaba listo para que la boda fuera celebrada tal y como la querían. Lo único que faltaba, era ir moviendo las pertenencias de Candy y Terry a su nuevo hogar en Inglaterra.
Candy le había prometido a Terry que viajaría a Nueva York primero para ayudarlo a empacar todo, y entonces ambos viajarían de vuelta al Hogar de Pony, dónde por fin unirían sus vidas en la iglesia.
—Terry, ¿esta bien si me encargo de estas cartas? —preguntó Candy, a la vez que sostenía una colección de cartas frente una caja vacía.
—Eso seria perfecto. Yo me encargare de los libros —avisó Terry, comenzando a organizar sus novelas favoritas.
Candy colocó cuidadosamente cada carta en un pila dentro de la caja, asegurándose de que ninguna fuera dañada. Miró los nombres de las personas que habian enviado las cartas, pero nuevamente encontró las que había escrito Terry y nunca había mandado.
«Susanna Marlowe... Allen Ryder», leyó para sí misma, sintiendo un extraño vacío al preguntarse por qué el segundo nunca había recibido la misiva.
—¿Puedes ayudarme aca, Pecosa? —pidió Terry, entrando a la cocina.
—¡Claro! Voy en un momento —respondió, apurandose en cerrar la caja y dejarla entre el montón que ya estaban listas para enviar—. ¿Qué necesitas?
—Necesito que envuelvas estas tazas con papel y las guardes allí. Ten mucho cuidado con ellas por favor. —El castaño señaló a las tazas que yacían en orden en los estantes. Por su parte, él se encargó del resto de platos—. Probablemente ni siquiera los necesitemos. Tengo entendido que Eleanor nos dará vajilla nueva como regalo de bodas.
—Si, pero más vale prevenir que lamentar. Por cierto, Terry, estas tazas son preciosas. ¿Donde las conseguiste? —admiró Candy, elevándola al nivel de sus ojos. En un instante descuidado, la taza resbaló de sus manos y se estrelló tan pronto llegó al suelo, regándose en mil pedazos sobre el mismo. Ante la vista, Candy se llevó las manos a la boca, horrorizada—. Oh, Terry, lo siento mucho. Te prometo que te compraré otra.
Terry se quedó en silencio, observando los fragmentos como no sabiendo reaccionar. Al ver la expresión en el rostro de él, Candy sintió un nudo en el estómago.
—No es necesario, Candy... No es importante —dijo en tono serio, agachándose para empezar a limpiar el desastre.
—Pero tus ojos se han llenado de lágrimas... Debe tener algún valor —mencionó Candy, preocupada por la tristeza evidente en su mirada.
Queriendo ayudar, ella se dobló para recoger algunos pedazos, pero Terry la detuvo.
—No, Candy, te cortarás. Yo me encargaré de esto... Tú termina de guardar los platos.
Candy se quedó pensativa, observando cómo Terry limpiaba en silencio. Se preguntaba qué significaban esas tazas para él, y lamentaba que, a pesar de estar a pocos días de casarse, Terry no pudiera sincerarse completamente con ella. Una sombra rodeaba ciertos aspectos de su vida, y eso generaba una inquietud en su corazón mientras continuaban empacando.
El silencio reinó por un buen rato entre los dos, pero en ningún momento Candy dejo de mirarlo. Su humor no había cambiado. Se sentía muy culpable por su descuido, ya que al todas las tazas ser diferentes, significaba que no había una igual. Tal vez habían sido un regalo por parte de alguien importante para él.
Sin poder aguantarse más, Candy se acercó a Terry, quien se entretenía guardando unos trofeos.
—Terry, necesito que me digas la verdad. Quiero saber por qué sufres tanto. ¿Qué es lo que me ocultas?
Él frunció el ceño al instante, evitando su verde mirada.
—No oculto ni sufro nada.
—Eso no es cierto. Te conozco lo suficiente como para saber que hay algo que sigue causándote daño. Terry, sabes que estoy aquí para escucharte.
—Pecosa, por favor deja de insistir. He dejado claro que no hablaré del pasado.
—¡Pero ya es suficiente! No te das cuenta, pero para mí es importante conocer tus penas. Veo que te cierras cada vez que algo te recuerda al pasado, y no tengo idea de cómo ayudarte porque cuando te pido que te desahogues, te callas y te sumerges en tus propios pensamientos. Quiero que sanes, déjame ayudarte.
Ella intentó tomar su mano, pero él se zafó como si el toque lo hubiera quemado.
—¡Ya dije que no! ¿Por qué no puedes soltarlo? —explotó, su voz cargada de frustración.
Candy lo miró y frunció el ceño, resentida por su reacción distante.
—Hazlo a tu modo entonces. —En silencio, se retiró a la habitación de él y cerró la puerta para ocultarse. Terry pudo escuchar los sollozos de su amada desde donde estaba, y se recriminó al instante por haber sido él el causante.
Terry suspiró al tomar su decisión de ser honesto con ella. Por un largo rato, se quedó pensando en como debía contarle las cosas, pero al final, optó por dejar las cosas fluir. Después de todo, asi era que funcionaban las cosas cada vez que hablaba con ella.
Lentamente, tocó la puerta para avisar su entrada, y al asomar la cabeza, divisó a Candy acostada en la cama, abrazando una almohada. Sintiéndose apenado por su comportamiento, se acercó y se sentó a su lado, con sus ojos revelando una mezcla de emociones.
—Lo siento —susurró, pasando sus dedos por la mano de Candy, buscando hacerle alguna delicada caricia para consolarla—. La taza fue un regalo por parte de Allen.
—¿Allen? —Candy repitió, sacando su rostro de la almohada al recordar haber leído ese nombre en una de las cartas nunca enviadas.
—Allen es un niño que conocí luego de nuestra separación... —Terry confesó en un tono apenas audible, como si le pesara mencionarlo—. Nunca he hablado de esto con nadie, pero él me ayudó bastante en esos momentos. Candy... Me avergüenzo de lo que fui cuando nos separamos, y no quiero que conozcas ese lado mío, pero tambien sé que no es justo que te lo oculte.
Terry suspiró profundamente, desviando la mirada hacia algún punto distante en la habitación, evitando encontrarse con los ojos de Candy, temiendo hallar un brillo de decepción. Se sentía vulnerable y expuesto, pero sabía que tenía que decirle la verdad.
—Después de nuestra separación, caí en un profundo estado depresivo —comenzó con voz entrecortada—. Perdí el sentido de todo. Simplemente me conformé con la monotonía de ensayar en el teatro y visitar a Susanna. Esa era mi rutina de todos los días, pero con el tiempo, mi ánimo se deterioró hasta el punto en el que, desesperado por encontrar una salida a mi tristeza, comencé a beber.
Terry percibió un apretón en su mano. Candy se la había agarrado en señal de apoyo, instándolo a continuar.
—Por mi propia culpa, fracasé en el teatro y perdí mi trabajo. Desesperado por buscarte, abandoné Nueva York y a Susanna, pero me di cuenta de que no podía enfrentarte en el estado en el que me encontraba... Aun sabiéndolo, no quise regresarme. Desaparecí de la vista por tanto tiempo que muchas personas pensaron lo peor, pero en realidad, estaba ahogando mis penas en bares de mala muerte, deseando olvidar al final de cada botella. Bebí tanto que me quedé sin dinero, y ahí es cuando me metí en más problemas.
—¿Qué pasó? —Candy lo miró con compasión, pero él no se dignó a regresarle la mirada, ya que si lo hacía, se desharía frente a ella.
—Un hombre me salvó de que me mataran a golpes en ese bar, pero él tenía sus propias intenciones. Me exigió trabajar en su teatro. Yo necesitaba el dinero y un lugar donde quedarme, así que accedí, pero fue un auténtico infierno. A pesar de que siempre estuve bajo los efectos del alcohol, recuerdo muchas cosas vívidamente. El director del teatro me trataba como un perro, ensayando día y noche sin descanso, y si no hacia las cosas como él deseaba, me amenazaba. Llegó a golpearme varias veces, aunque admito que yo tampoco cooperaba mucho. Era una pobre excusa de empleado, pero a la vez no me importaba. Solo quería que todo acabara para mi.
Terry se detuvo, y la miró de soslayo. Ella estaba llorando en silencio, haciendo el intento de no interrumpir su confesión, sabiendo que significaba mucho para él.
Al notar que él la había mirado, lo atrajo hacia ella y lo abrazó con fuerza, buscando consolarlo.
—Estaba cavando mi propia tumba en ese lugar, solo que en una de las obras, te vi a lo lejos. Fue una alucinación, pero me ayudó a reaccionar porque me avergoncé de lo que me había convertido, de actuar como un cobarde. Fui egoísta, rompí nuestra promesa y te hice sufrir a ti y a Susanna. Por eso regresé a Nueva York y me dediqué a cumplir con todas mis obligaciones. Candy, te pido perdón por todo.
—No me tienes que pedir perdón por nada, Terry. En cambio... Yo también debo admitirte algo.
—¿Qué cosa? —Alzó la mirada.
—Yo lo sabía. Cuando me viste no fue una alucinación, realmente fui yo que de casualidad te encontró ahí... Me dolió verte sufriendo por nuestras decisiones.
—Pero... Cuando finalizó la obra te busqué, y nadie me supo decir que habías estado ahí —recordó Terry, despegándose del cuerpo de Candy. Al sentir que se alejaba de ella, Candy alcanzó su brazo rápidamente y lo sostuvo cerca de ella.
—Me fui antes de que todo terminara. Pensé que si me veías, solo te haría sufrir otra vez.
Terry quizo negarlo, mas no pudo, porque reconoció que sí había sentido morir al pensar que ella lo estaba viendo así. En su momento, tal vez había sido mejor que pensara que todo fue su imaginación.
—Quería correr hacia ti y abrazarte, pero no pude hacerlo, porque de haberlo hecho, creo que jamas te hubiera podido soltar de nuevo. Yo le había prometido a Susanna que no me volvería a acercar a ti, así que no tuve mas opción que mirarte y pedir a Dios que te ayudara. Y cuando vi que comenzaste a iluminar aquel escenario, y tu pasión revivió, supe que estarías bien. Por eso me fui sin acercarme a ti. —Las lágrimas la vencieron de nuevo, y comenzaron a fluir por sus mejillas sin su permiso—. Lo siento. —El corazón se le encogió en el pecho al recordar haber sentido que lo abandonaba de nuevo, pero también quería pensar que había hecho lo correcto.
—Candy —Terry tomó su quijada y la hizo levantar el rostro—, no tengo nada que perdonarte. Yo necesitaba encontrar mi propio camino y resolver mi vida antes de tenerte en ella. —Enjugó las lagrimas de ella con una caricia de su pulgar—. De no haberte visto a lo lejos, no habría podido reaccionar. Apareciste en el momento que más te necesitaba, Candy. Gracias a ti reviví.
La Pecosa hizo el intento por darle una sonrisa, pero esta salió rota, ya que el llanto parecía ser mas fuerte que ella. Subió la mano hasta tocar la de él, cual seguía acunando su rostro, y la acarició. Amaba su toque cálido, y se preguntó cómo había hecho para estar tanto tiempo sin sentirlo.
—Me hizo tan feliz ver que habías vuelto al teatro después de eso. Supe lo fuerte que eras.
—Bueno, no fue fácil —admitió con una risa incomoda—. Cuando regresé al teatro, no volví a mi puesto inmediatamente. Hathaway no confiaba en mí, así que me puso a trabajar con el telón bajo su constante observación. No era exactamente el mejor trabajo, pero me dio el tiempo para adaptarme y mejorar mi salud. Estaba débil por todas las noches sin sueño, la falta de comida, y exceso de cigarrillos y alcohol.
—Bajaste mucho de peso —recordó Candy aquella imagen tan desgarradora de él. Ahora era como ver a otra persona.
—Si, estaba muy por debajo de lo saludable. Me costaba mucho trabajar porque me cansaba con facilidad, aunque también me sobre trabajaba por pura rabia. Me quedaba hasta mas tarde de lo necesario... Es por eso que en una de esas noches, conocí a Allen —agregó Terry con la voz cargada de nostalgia—. Estaba ensayando para una audición... ¡Era pésimo!
Candy no pudo evitar reír ante ese pequeño detalle que parecía indignar a Terry.
—Y me imagino que no pudiste quedarte con la boca cerrada. ¿Te burlaste de él?
—No... Bueno, tal vez. Pero solo le dije la verdad. Al final se convirtió en buen actor, claro que fue porque yo le di lecciones de actuación —presumió, con una sonrisa orgullosa que hizo a Candy carcajearse de nuevo—. A pesar de que Allen era mas pequeño que yo... y muy inmaduro, considero que se convirtió en un buen amigo. Tenía una manera muy peculiar de actuar que siempre lograba distraerme de la situación en la que estaba... Me parecía casi familiar. Gracias a eso, ya no me sentía tan solo.
—Suena como un buen chico —dijo Candy, divertida y feliz de que Terry hubiera encontrado a un amigo en medio de su tristeza. Solo que, en un momento de reflexión, se preguntó por qué nunca había conocido a Allen si Terry decía que eran buenos amigos, y por qué ni siquiera había sido invitado a la boda—. ¿Pero dónde está Allen ahora? ¿Ya no se dedica a las obras? —La duda salió de sus labios.
Una sombra cruzó el rostro de Terry, alertando a Candy. Algo de esa expresión le envió un fuerte escalofrío a lo largo de su cuerpo, como si supiera lo que saldría de la boca de Terry.
Él, con tristeza en los ojos, respondió.
—Se suicidó.
Esa única frase como respuesta hizo que el corazón de Candy se encogiera en su pecho. No supo cómo reaccionar o cómo responder. Terry había soltado la noticia de golpe, mas su rostro reflejaba una mezcla de dolor y culpa.
—Era todavía muy joven, tenía diecisiete años cuando lo hizo, y como siempre aparentaba estar feliz, nunca vi las señales de su propio sufrimiento. Yo sabía que Allen estaba enamorado de Susanna, pero nunca pensé que su pérdida sería la gota que derramaría el vaso para él. —Se puso de pie de un solo impulso y comenzó a caminar al rededor del cuarto, pensando. Candy se quedó atenta a sus gestos, lista para cualquier quebranto. Antes de hablar de nuevo, Terry se paso los dedos por el cabello, mostrando su frustración—. Yo fui quien lo encontró sin vida. No pude llegar a tiempo... Y siempre pienso que si yo solo hubiera corrido un poco mas rápido... Tal vez...
—Terry, ven aqui —Candy se apresuró a detener a Terry antes de que este cayera de nuevo en aquel abismo lleno de culpabilidad. Ya lo conocía bien, sabía que a pesar de que no había tenido la culpa, Terry se hacía responsable. Ella también se había hecho las mismas preguntas cuando Anthony murió. Tal vez si se hubiera ido a Mexico, o si la familia Ardley no la hubiera adoptado, o si no hubieran ido a la cacería de zorros, Anthony estaría vivo. Pero ahora sabía que todo aquello había estado fuera de sus manos.
Terry permanecio de pie en medio de la habitación, debatiéndose en si debia obedecer a Candy o seguir con lo que hacia. Pero las lágrimas se le adelantaron, y comenzaron a escapar desesperadamente sobre las mejillas de él. Decidió hacer lo que Candy le habia pedido, y se acercó al arrodillarse y abrazarse a las piernas de ella.
Candy no tardó en llevar sus manos a la cabeza de Terry para acariciar su cabello y tranquilizarlo.
—No había nada que pudieras hacer. Tú no lo sabías... Pero entiendo muy bien cómo te sientes. Quisiera decirte que lo olvidarás, pero a veces, el dolor nunca desaparece por completo —comentó por experiencia—. Solo que uno se acostumbra a vivir con el dolor. Alguien una vez me dijo... Que hay que mirar hacia adelante, y seguir viviendo.
Terry esbozó una pequeña sonrisa al reconocer sus propias palabras. Él también habia necesitado que alguien se las dijera, y parecia ser una obra del destino que fuera ella quien lo hiciera.
—Es lo que quiero hacer —afirmó Terry, levantando la cabeza de las rodillas de Candy—. Si no hubiera seguido viviendo, no te habría encontrado de nuevo. De hecho, hay una frase que me dijo Allen antes de morir, que creo que es muy cierta.
—¿Cual?
—«Mientras haya vida, los reencuentros son posibles».
Los ojos de Candy se agrandaron en sorpresa al escuchar la frase, que tanta fe la había dado, salir de los labios de Terry.
—Así es... —asintió con la cabeza, sin tratar de detener sus lágrimas.
—Cuando empecé a creer en esas palabras, pensé que tal vez no estaba muy tarde para tener mi reencuentro contigo. Y es que no hubo un solo dia de mi vida en que no deseara tenerte devuelta a mi lado.
—Y no tendras que pasar por eso de nuevo, Terry, porque te prometo que no nos separaremos nunca mas.
Continuara...
꧁•𑁍•꧂
