— Ugh, los paquetes de salsas están pegajosos — se quejó Yachi entrando en la cocina, después de servir varios pedidos.
Le alargué la caja de guantes de la talla S.
— Lávate las manos y póntelos — dije mirando como cogía un par—. Se debe haber reventado alguna bolsita.
Atsumu me miró desde el mostrador. Los dos sabíamos perfectamente que no era el caso, y una sonrisa absurda se dibujó en su cara.
El ritmo en cocina era frenético siempre, pero aquel día a la fuerza todavía lo era más que de costumbre. Era sábado, igual que los viernes e igual que los domingos, el infierno se desataba. Por suerte éramos más personal.
Ukai se tocaba los huevos igual, pero Atsumu y Yachi atendían fuera, Kunimi y yo estábamos en cocina con Kindaichi que estaba en la parrilla y las freidoras, mientras que Koganegawa limpiaba como un burro. Yo no sabía que era peor, si seguir la secuencia salsa, queso, hamburguesa, pepinillo, cebolla, lechuga, hamburguesa, salsa, pan, o limpiar. Pero cuando llevabas mecánicamente siguiendo las recetas dos horas querías morir y como Ukai solo miraba y nos cubría en nuestros descansos todo resultaba de lo más infernal. Técnicamente él debía ayudar, pero era más agradable mirarnos sufrir.
Finalmente no había ido a ver a Fukunaga, por lo que venir emporrado al trabajo no se había dado. Así que odiaba un poco más aquel lugar de mierda.
— Suna, hay que descongelar pan — ordenó el señor feudal Ukai desde la entrada de la nevera. Porque le costaba una soberana mierda entrar y sacar la caja, pero no, tenía que ir yo.
Acabé la hamburguesa, la envolví en el papel y señalé lo que era antes de dejarla caer por las varillas que correspondían hasta el estante donde la mano de Atsumu la recogió. Sabía reconocer sus uñas perfectamente cortadas, porque el primer día me había recriminado que no podía ir con las uñas pintadas de negro solo porque me creyera guay, y enseñándome sus manos.
Abrí la puerta de la nevera y entré, buscando la caja de los puñeteros panes ni siquiera me percaté que Ukai había entrado también. La sensación de frio era agradable cuando estabas cociéndote en una cocina y moviéndote, sin parar de moverte porque no era una posibilidad.
La caja estaba sobre la estantería, la habíamos dejado a mano porque sabíamos que iba a ser necesaria. Kindaichi nunca empezaba el turno sin organizar diez veces las cosas con planificación. Odiaba tener que parar, perder el ritmo y no ser fluido en el trabajo. En parte era porque Kunimi se desaparecía y tardaba siempre más tiempo del realmente necesario para hacer las cosas. Y no nos mintamos, yo hacía igual que Kunimi. Así que el chaval, trabajaba solo fines de semana y festivos, pero nos tenía calidísimos.
Noté a Ukai empujarme contra la estantería, una de sus manos en mi cintura y su aliento sobre el cuello. Yo quería hacerle la vida más fácil, pero no quería follarme a un amargado que me recordaba cada día que podía acabar igual que él.
—Déjame — dije serio, pero pareció no hacerme caso, metió la mano por dentro de mi pantalón—. No estoy interesado, de verdad.
— ¿Estás seguro? — preguntó y sonó como una amenaza.
Le empuje girándome.
— ¿Qué vas a hacer? ¿Echarme? — empecé a reírme en su cara ¿Me jugaba mi suerte? Quien lo sabía —. Me harías putamente feliz, unos meses a cobrar el paro y luego a otro trabajo precario.
Su cara de enfado me hizo más gracia y me hubiera gustado parar de reírme, por mi seguridad. Pero no podía.
—Te vas a limpiar mesas — dijo como si me tuviera que importar una jodida mierda.
—Genial, si no estoy en cocina puedes sacar tú el pan — salí de la cámara frigorífica, me quité los guantes y los tiré a la basura. Quizá así el carbón hacía algo decente alguna vez en su miserable vida.
Me puse los earphones y mi música, si no tenía que atender a lo que decían de atención al público podía estar a mi rollo. Kogane me miró extrañado, pero simplemente me daba igual. Me hubiera gustado indignarme porque el encargado fuera tan idiota, pero me daba igual.
Vi como Ukai se acercaba a Koganegawa y le mandaba a cocina, también como se largaba sin más del local. Bueno, estábamos mejor sin él.
Atsumu me vino a avisar cuando Yachi fue a su descanso para que la substituyera. Eran las 10 pm, y aún estábamos a tope. Aunque en aquellos momentos era guay estar con Tsumu, era bueno en todo lo que hacía. No descuidaba un solo pedido, enseguida organizaba las colas y no era porque me pareciera atractivo ¿Seguiría yo viendo a Miya tan increíble si no hubiera sabido nada de Sakusa? No, probablemente no.
Aún me sentía incómodo por lo que Eita había dicho, de que llevaba a otras personasa casa, aunque no fuera justo. Quizá yo también debía empezar a ver a otras personas, no sabía que pensar.
Cuando Yachi volvió, Atsumu fue al descanso. Desde cocina sabíamos que Kindaichi y Kunimi querrían ir juntos, como siempre, así que se esperaban a que cerráramos la parte de restaurante a las doce. Seguidamente me intercambié con Koganegawa y luego continuamos en aquellas posiciones hasta las doce, cuando Kunimi y Kindaichi pararon. Yo saldría después, era de los que cuando paraba le costaba volver a arrancar, así que siempre dejaba mis descansos para el final.
Yachi estaba encargándose de bajar persianas, mientras Atsumu preparaba el carro de limpieza con Koganegawa en la parte de atrás y yo hacía caja. Todo involucrado directamente con que si sonaba el interfono del Mcauto teníamos que parar lo que estuviéramos haciendo para atender.
Ninguno sabíamos decir exactamente qué pasó. Pero un tipo entró, colándose por debajo de la persiana que Yachi estaba bajando. Se plantó delante de mí. Llevaba la cara cubierta y me amenazaba con lo que yo interpreté como un mechero con forma de pistola.
— Dame el dinero de la caja — era el día de los tontos con tonos de amenaza.
Lo normal sería acojonarse, me hubiera encantado pero tenía un día horrible y mi interpretación de la situación fue un juego.
— Mira, dispara si quieres, me da igual— dije ignorándole por completo, guardando los billetes y cerrando la caja registradora.
El tipo disparó, y es que era una pistola de verdad. No me había apuntado, pero vi el agujero en la pantalla que anunciaba los precios. Y de verdad, que una persona normal se habría asustado pero yo estaba muy hasta los cojones de todo. Agarré el puto servilletero y se lo tiré a la cabeza. El tío volvió a disparar, mientras yo le tiraba la jodida cesta de la freidora encima. No sabía si aún estaba caliente, pero seguramente sí, porque gritó y soltó la pistola.
— ¿¡Qué mierdas más quieres!? — Le grité. Salté por encima del mostrador y le salté encima no pude evitar empezar a golpearle con todas mis fuerzas. Todo mal. Todo muy mal. El dinero no era mío, podría habérselo dado y todo se habría acabado ahí, pero Suna Rintatro siempre tenía que cagarla.
Todo pasó rápido, incomodo. Y yo solo estaba muy frustrado. Mi encargado quería follarme de forma literal y figurada, me había enamorado del tío con el que no podía tener nada ni por mí, ni por él y aunque me quedaban solo dos años para acabar la universidad, ni siquiera tenía certeza de poder liberarme de los trabajos de mierda.
Recuerdo a Atsumu sacándome de encima de aquel tío, probablemente inconsciente y sentarme en una silla mientras me repetía que me calmase.
—Yachi, cuando llegue la policía había otro tío con él que ha salido corriendo ¿vas a saber mentir? — Empezó a decir Atsumu mientras ella tenía una cara muy seria— Ahora llamas a Shimizu y le explicas lo que ha ocurrido.
Vi a la pequeña rubia asintiendo y temblando.
—Suna, estás en shock y no te acuerdas de nada ¿Sí? — continuó diciéndome y me agarró la mano. Asentí, no estaba tan lejos de la realidad, porque sinceramente me mareé y vomité sobre la mesa.
Todo lo demás era borroso. Kindaichi me trajo un vaso de soda que olí pero no quise beber.
Recuerdo vagamente que Shimizu hablando alto por el teléfono con Atsumu, dando luz verde a lo que había dicho y ¿felicitándome por evitar el robo? No lo había hecho con aquella intención. Por mí como si quemaba el local.
La poli apenas me preguntó. Era el hijo de la comisaria Suna y estaba en shock. Tampoco era nada que me sorprendiese. Shimizu decidió cerrar lo que quedaba de jornada y al día siguiente. Entre otras cosas porque necesitaba arreglar las cámaras de seguridad antes de poder volver a abrir según oí que le dijeron. Que sorpresa, nadie podía esperárselo.
— Te acompaño a casa — dijo Atsumu notaba como pasaba sus dedos por mis manos magulladas, porque en la vida había tenido tres peleas a puñetazos contadas y en realidad no sabía golpear a nadie. Estábamos en la parte trasera del local, y los demás estaban aún dentro limpiando.
A pesar de que lo decía con toda la buena voluntad, yo no quería. Aún estaba nervioso, supongo y no quería saber nada de nada. Me aparté incómodo. Quería estar solo, necesitaba estar solo al menos unos minutos.
— No hagas de esto un drama, puedo irme solo — dije sintiendo que me trataba como un crío—. Siento un montón de cosas por ti y no quiero tenerte cerca, estoy muy confundido.
—Sal conmigo, joder, deja de ser tan cabezota en tus chorradas— Atsumu se encogió de hombros. Yo no esperaba que dijera aquello y me descolocó ¿Estaba Atsumu igual que yo? No tenía sentido— Se trata de intentarlo y si no sale bien, pues a otra cosa.
—Claro y si te digo que no ¿Hay siete más en la recamara para substituirme? — Sentía las palabras de Semi quemándome. Yo no era tan emocional, no debería importarme realmente. Pero me importaba, me molestaba hasta respirar—. Por el contrario, si digo que si siempre me vas a poder comparar con tu amor idílico, venga ya Atsumu ¿intentar qué?
—No sé qué te pasa, pero de verdad, que te den.
Le miré entrar en el local negando con la cabeza y me senté en el suelo. Quería llorar, pero no podía. Era una sensación abrumadora. Noté mis mandíbulas apretarse de forma mecánica. Mi teléfono móvil empezó a sonar en mi bolsillo. Era mi madre, que evidentemente ya tenía todas las notas de lo ocurrido. Rechacé la llamada y me dispuse a levantarme para limpiar con los demás.
Lo más incómodo quizá podía ser ver a Atsumu limpiar las mesas ignorándome cuando siempre hablábamos de alguna chorrada en aquel punto, pero lo cierto era que Yachi mirándome con carita de pena era peor.
—Quizá podrías sentarte un poco y no hacer nada hoy — dijo con su vocecita dulce. De los que estábamos allí, era la que menos se merecía un trabajo de mierda. Hitoka era buena persona.
Estábamos limpiando en la cocina. Había grasa por todos lados y algún trozo de plástico caído de la pantalla que habían descolgado para llevarse la policía.
—No creo que nunca más me vayas a decir algo así — me reí. No era que ella fuera mandona, pero era organizada y si no trabajábamos también nos lo decía.
—Es que has tenido un día complicado y deberías dejarnos que cuidáramos de ti— Yachi se acercó —. Todos estamos preocupados, y este es un mal trabajo temporal, pero podemos tratarnos bien ¿no?
—Gracias, pero la cara de ese tipo es el que se ha llevado la peor parte.
—Ya — Hitoka dijo aquello abriendo mucho los ojos y sujetándose las mejillas—. Ha sido aterrador, casi dabas más miedo que la pistola.
—Yo pensaba que era de juguete — empecé a reírme y vi como ella empezaba a reírse también mientras volvía a limpiar.
Noté como vibraba de nuevo mi teléfono y volví a mirarla pantalla. Otra vez la pesada de mi madre llamaba. Contesté sentándome en el mármol de la cocina.
—¡SIEMPRE ME TIENES QUE METER EN SITUACIONES COMPROMETIDAS! — gritó la comisaria Suna desde el otro lado de la línea telefónica. No era que no me quisiera, es que ella era así y su vida profesional siempre había sido su prioridad.
—Estoy genial, mamá, gracias por preguntar — no tenía qué. Ella era así y bueno, Ran y yo éramos los que éramos en parte por eso.
—No te muevas del establecimiento, voy a buscarte y vienes a casa — dijo antes de colgar. La madre más cariñosa del año, estaba claro.
Miré a Yachi y la distraje.
—Te voy a tomar la palabra y me voy a ir.
Ni de broma podía aceptar que viniera aquella mujer a buscarme. Que pereza de señora, nunca había ido a buscarme al colegio de pequeño. Llegaba un poco tarde, aunque sí, era su forma de decir que estaba preocupada.
— ¡Atsumu! — Gritó Hitoka — ¡Como futura encargada estás obligado a acompañar a Suna a casa! ¡Ya!
Atsumu se acercó con cara de castigado, y aunque su cara podía molestarme, que se acercara me hizo sentir bien. Le dio las llaves del local a Hitoka.
—Yo voy a ser el próximo encargado — musitó Kunimi.
—Ya te gustaría — se jactó Miya.
—Lo que está clarísimo es que a Ukai lo echan, fijo — puntualizó Kindaichi.
Salimos de allí a paso rápido, Atsumu me seguía por detrás sin entender por qué andaba rápido. Pero la comisaria Suna no iba a tardar tanto, y yo quería estar lejos cuando eso pasase. Llegué a la parada del autobús y miré el reloj. El rubio me seguía con su cara de palo, molesto pero presente.
—Vivo un poco lejos— traté de disuadirle. No había venido nunca. Yo prefería pagar menos y tener espacio en casa, no cómo él y Semi. Aunque sinceramente, tenía espacio porque alquilaba una habitación a un amigo de la universidad.
—Me da igual.
—No hace falta que vengas — insistí, pero a él le daba igual.
Llegó el autobús, prácticamente vacío, y subimos. Nos colamos al fondo del todo y me senté. Él a mi lado mantenía la boca cerrada y era extraño que se callase lo que pensaba. Tenía la mirada fija hacía delante, estaba claramente cabreado y yo realmente, no tenía nada que decir.
Mi teléfono empezó a vibrar de nuevo, estaba seguro que era mi madre, pero lo apagué sin mirarlo. Esperaba realmente esperaba que en algún momento Atsumu dijese "ya solo nos veremos en el trabajo" o yo qué sé, cualquier cosa que fuera un punto y final. No era como que hicieran falta tantas explicaciones, porque no teníamos nada formal pero si se iba a acabar yo necesitaba un cierre. Y no quería realmente que las cosas fueran así.
—No te das cuenta nunca de nada ¿no? — empezó a largar. Había tardado demasiado para ser Miya Atsumu —. Para ti es como esa pistola, claramente de verdad, pero tú la veías de juguete.
Se ladeó en el asiento para mirarme. Yo no entendía a dónde quería ir a parar. Realmente aquella pistola no me había parecido real.
— ¿Tu sabes lo difícil que es conseguir un arma en Japón? — No lo preguntaba cualquiera, lo preguntaba el hijo de dos policías que tenían un permiso especial y pasaban testes psicotécnicos cada seis meses para tener un arma reglamentaria básica.
—Como si se compraran en el supermercado, imbécil — dijo claramente irritado. Yo me llevaba aquella bronca, pero él habría hecho lo mismo que yo y sin la excusa del día de mierda. Porque si alguien era impulsivo era él, no yo…
Me miré las manos. Empezaban a destacar más los hematomas debajo de los arañazos. Parecía que el tipo me había mordido en algún punto y había lacerado la piel.
—Cuando lleguemos a tu casa ponte hielo, tendríamos que habértelo puesto antes — dijo mirándome. Su tono se rebajó, siendo menos intensito —. Mi hermano hace boxeo y bueno que más da…
Todo aquello, él y yo, acabaría en una estúpida discusión ridícula. Yo ya lo sabía, era como una adivina cutre en una peli de terror con una premonición, y no quería continuar por ahí pero… Me acerqué a él, rocé mi nariz con su pómulo, deslizando la cabeza despacio hasta que nuestras narices se tocaron. Mi respiración era ansiosa, igual que la suya. Noté sus manos agarrarme la cara y me dejé llevar besándole sin importar que estuviéramos en el jodido autobús.
—Sigo enfadado contigo — sus palabras entrecortadas entre beso y beso.
Desabroché su cinturón y colé la mano por dentro de su ropa, tratando de ser lo más disimulado que podía. Era absurdo, pero quería tocarle, quería estar encima de él y al puto autobús le estaba llevando años llegar al mismo punto de siempre.
—Deja de hacerte la puta necesitada, anda — dijo devolviéndome los besos pero quitándome la mano y recolocándose el pantalón y el cinturón— Te digo que sigo enfadado.
Me aparté desganado y molesto, no quería más besos de mierda. Si él no quería no quería y ya. Daba igual. Me intentó coger la mano, pero la aparté. Probablemente yo también me había enfadado. Si lo pienso, era muy infantil, pero era así. Fue un viaje incómodo, para qué mentirnos.
Atsumu nunca había estado en "mi casa" y dicho con comillas, porque realmente no era mi casa. Yo solo le alquilaba una habitación a un ex compañero de la universidad, como ya mencioné, que se había comprado un casoplón en las afueras.
Kozume Kenma, había sacado las mejores notas de su curso. Trabajaba dirigiendo una empresa farmacéutica, aunque sinceramente no hacía nada. Daba cuatro órdenes y se pasaba el día jugando a videojuegos. Me había alquilado una de las habitaciones con la condición de que no le molestase demasiado entre otras cosas. Y eso hacía. Pagaba menos que a un desconocido del centro y tenía más espacio del que podía soñar.
La cara de Miya fue alucinante cuando cruzamos el jardín. No paraba de fijarse en todos los detalles, los acabados de la carpintería, los detalles modernos de piscina con luces. Bueno, Kenma sabía gastar y ganar dinero a partes iguales.
Eran cerca de las dos am, y aunque yo estaba cansado no creía que me pudiera dormir.
— ¿Querrás ver una peli? — pregunté abriendo la puerta.
— ¿Cómo vives en este sitio?
—Cuestión de suerte — me encogí de hombros y entramos. La luz de la habitación de juegos de Kenma estaba encendida, pero no tenía sentido molestarle así que fui hasta mi cuarto. Me dejé caer sobre la cama y miré a Atsumu que seguía alucinando—. No es para tanto, es la casa de un amigo y yo pago un precio simbólico por ocupar un espacio que tendría vacío y no molestarle.
Arqueó las cejas incrédulo y se sentó en la cama. Yo ya había dicho que no tenía un suggar daddy que me regalara el alquiler, y es cierto que Kenma no perdonaba un yen. Pero si mi madre estaba un poco loca, la señora Kozume no se quedaba atrás. Era un poco narcisista y controladora, y coaccionaba a su hijo constantemente. Así que cuando venía, Kenma fingía que éramos pareja y así la señora no le concertaba citas de esposas por catálogo o se presentaba con señoras que querían presentarle a su hija. A cambio, pagaba un alquiler bajo de una habitación en una casa de lujo.
—Creo que voy a dormir — contestó aún alucinando. Se estiró en la cama y no tardó ni cinco minutos en quedarse frito.
Me fumé un porro mientras le miraba dormir. Estaba enfadado pero estaba ahí conmigo.
