El rostro fascinado de Saori se reflejaba en el aparador de una tienda de fragancias finas, una sonrisa se acomodó en los delgados labios fantaseando con el obsequio en mente. Decidida se encamino hacia la entrada del suntuoso establecimiento.
– ¡Auch! –se quejó después de recibir las cajas sobre su cuerpo de una clienta distraída que abandonaba en establecimiento.
– Usted debe disculparme –menciono una voz peculiar –. Yo te recuerdo a ti, eres, eres… la prima ¿cierto?
– ¿La prima? –pensó Saori, pestañeando rápidamente, recelosa. Aun sentía el punzante dolor en su trasero provocado por la caída.
– Mhm…parece que no me recuerda –dijo Eve para sí misma –soy Eve. Ya sabes Shun es mi no…
– Sé quién eres, no golpeé mi cabeza –menciono resentida Saori. Entornó los ojos y suspiró ante el desconcierto de la trigueña.
– Despacio, por favor. No entendí –Saori, resopló.
– ¡Olvídalo! –. Se levantó del suelo y pasó por un lado de la chica.
– ¿Vienes sola? –la pregunta terminó con la pizca de buen humor de la Diosa. Sin esperar respuesta, Eve continuó –. ¿Puedo unirme contigo?. Usualmente Shun me acompaña cuando se lo pido, pero quise probar mi idioma yo sola –. Saori suspiró derrotada reprochándose, pues la joven no era desagradable, por el contrario, Eve se caracterizaba por ser una risueña y simpática a pesar de vestir demasiado expuesta, según la opinión de Saori. Siempre estaba ataviada con prendas ajustadas a su torneada figura, utilizaba blusas sin mangas, incluso sin tirantes. La pelilila no lograba recordar haberla visto ni una vez usando pantalón, siempre vestía faldas, de todo tipo, sobre todo cortas.
– Ven, vayamos a esa tienda –. Menciono Eve, después de que Saori pasara más de una hora eligiendo una agradable fragancia masculina. Tomó por una mano a Saori y la arrastró hasta un aparador en el cual se exhibían pijamas. Saori sonrió coincidiendo con ella en comprar algunas.
– ¿Qué opinas? –preguntó Eve mostrándole un babydoll de color rosa fuscia . La prenda de encaje era muy reveladora y venía acompañada de una diminuta prenda inferior, a la cual a Saori se le antojo incomoda de vestir.
– El color es bonito –murmuró cohibida.
– Me alegra oírlo siempre es mejor tener una opinión femenina. No puedes confiar en ellos. Solo quieren hacerlo a un lado lo más rápido posible ¿cierto?, nunca piensan en lo difícil que es elegirlos –. Afirmó con sinceridad.
– ¿Quieres decir es para ti? –se sonrojó pasándose una mano por el brazo.
– ¿Qué esto?. ¡Ah, no!. Es un encargo –mintió dando la media vuelta y caminando lentamente.
– Señorita, –interceptó la encargada –acaban de llegar unos hermosos conjuntos en color verde y azul. Con esa figura y su color de piel dejará a su novio sin palabras, se lo aseguro.
– ¿Puede mostrármelos? –susurró. Eve se alejó riendo con la encargada. Saori se quedó plantada en medio de la tienda sosteniendo una camisola de algodón, con estampado de gatitos, sintiéndose como una niña de preescolar.
Dentro de la limosina, propiedad de Saori, la chica mantenía la vista en la ventanilla respondiendo con monosílabos a la plática de Eve. Después de haber recorrido durante cinco horas el centro comercial, sentía su vida; inocente y ridícula al lado de la extranjera. Detestaba utilizar el término japonés despectivo para todo aquel no nativo del país, sin embargo, sentía cierto placer al hacerlo mentalmente con Eve. Por su parte, la trigueña pensó que Saori era una chica muy considerada al acercarla a su casa. Para la pelila escuchar las mejores cualidades de Shun, estaba desquiciándola. Cuando llegaron a la mansión Saori presurosa bajo del auto con algunas bolsas en la mano y ando por el camino empedrado que conducía a la casona, trastabillo tropezando. Percatándose de ello, Hyoga y Shun se dirigieron presurosos a prestar su ayuda mientras Seiya, ajeno de la situación, encestaba una canasta a su favor del juego de básquetbol sostenido por los tres, gran parte de la tarde.
– ¿Estás bien? –preguntó amable Shun. Saori afirmo con la cabeza. Sintió arder sus mejillas y pestañeó bruscamente evitando el correr de las lágrimas por sus mejillas.
– Las cajas protegieron todo lo que traías. Bueno, casi –menciono Hyoga. El ruso había apilado las cajas tiradas en el piso, recuperando su contenido. Saori levanto la mirada y notó a que se refería su amigo. La caja del perfume se había abierto y el frasco se había roto, derramando su contenido.
– Tuviste mucha suerte de no cortarte –señaló Shun.
– Ven, te ayudaré –intervino Seiya. La tomó por un brazo poniéndola en pie. Una de sus rodillas había resultado afectada en la caída. El castaño tardó en pasar un brazo por su cuello para sostenerla y llevarla hasta su habitación.
– Ella parece ser muy distraída –soltó Eve quién se había mantenido al margen durante todo el suceso. Se acercó a Shun que al igual que Hyoga no traía camisa –le pasó lo mismo cuando yo la encontré en el centro comercial.
– Me daré un baño y te acompaño a casa –menciono con ternura Shun tomando una de sus manos.
– No quiero interrumpirte, estás con tus amigos.
– Pues al parecer el partido se acabó –dijo Hyoga –. Le estábamos dando una paliza a Seiya –Shun reprimió una carcajada –. ¡Ah! Ahora ha aguantarle toda la semana farfullando que de no haber sido por la interrupción nos hubiera acabado –. Los chicos rieron al unísono.
Ya en la tarde, Hyoga y Shun se encontraban en el antiguo despacho de la mansión. Los chicos habían decorado, esta habitación, brindándole la apariencia de un centro de juegos. En el centro se ubicaba una mesa de billar. En un extremo, una pantalla de considerable tamaño la cual ocupaban para jugar videojuegos o ver películas. También instalaron una máquina de hacer palomitas y habían varios sillones reclinables.
El antiguo y sobrio centro de mando del viejo Kido, quedó en el olvido tras capas de pintura llamativa, pósters de atractivas chicas; paisajes y una alfombra llamativa que al menos albergaba a uno de los chicos, cada tarde.
– ¿Cómo logras zafarte de todo eso? –ásperamente Seiya preguntó a Shun. El aludido había estado leyendo un libro con los pies, descalzos, subidos en el sofá antes de que el castaño irrumpiera en la habitación con cara de pocos amigos. Hyoga enarcó una ceja sin dejar de comer frituras.
– ¿De qué hablas?
– De todo eso, las estúpidas compras, los aburridos eventos y aun así, eres el novio del año –Shun intercambio miradas desconcertadas con Hyoga, el ruso se limitó a encogerse de hombros.
– Juró, Seiya que no sé de qué hablas –continuó Shun después de suspirar pesadamente.
– Nada la mantiene conforme. Como la otra vez, se enojó por dormirme en ese musical bobo –Shun y Hyoga volvieron a mirarse confundidos –, ya saben cuál, ese donde secuestran a la cantante. El de la semana pasada, muy famoso –añadió con desesperación. Dejándose caer sobre la mullida alfombra.
– ¿Te quedaste dormido? –cuestionó Hyoga.
– Vamos, hasta Ikki dijo que el Fantasma de la Opera era bastante aceptable. Eso ya es mucho para sus propios estándares, además es una excelente historia.
– Ahora, hasta culto eres ¿no? –menciono hiriente el castaño.
– Seiya, he soportado tu mal humor por semanas. Tener problemas con tu novia, no te da derecho a estar molesto conmigo –se defendió fríamente Shun.
– Y… ¿cómo pudiste comprar una entrada al teatro? –intervino Hyoga, rompiendo el incómodo silencio entre los tres.
– No lo hice –menciono sin apartar la mirada de Seiya. El castaño permanecía, con los ojos cerrados, tumbado en la alfombra –habíamos sido contratados por un teatro para mantenerlo limpio. El gerente del teatro estaba convencido de que "La mejor publicidad, es gratis". Por lo cual sus empleados debían dar referencias certeras de las obras presentadas. Por lo cual nos dejaba observarlos ensayos o las obras alejados de los asistentes.
– Les propongo algo –dijo Seiya aparentando calma –salgamos en la noche a un club ¿qué dicen?.
– ¿Qué haremos cuando nos prohíban la entrada, genio? –mofó el rubio.
– Entonces al cine, al karaoke, a donde sea –Seiya se volvió a tender sobre la alfombra –estos tiempos de paz me están volviendo loco. Seika se fue hace algunos días, me siento abandonado.
– Sí yo fuera tú, llevaría a otra persona a ese donde sea –dijo fríamente Shun.
– Pero no eres yo –cortó Seiya
– ¡Basta los dos! –interrumpió Hyoga. Levantándose para intensificar sus palabras –es obvio que pasa aquí –los aludidos alternaban miradas entre ellos y hacia el rubio –estas resentido porque te pateamos el trasero Seiya. ¡Vamos a jugar!.
– Vayan ustedes, me voy a mi casa –murmuró el castaño saliendo de la habitación.
– ¿Y a este que le pasa?.
– Quisiera saberlo Hyoga, quisiera saberlo –finalizo Shun.
-o-
– Te resfriaras, si sigues aquí.
Oyó lejanamente Saori. La chica estaba sentada en una banca de madera de un concurrido parque público. Subió la mirada hasta Shun, él sonreía amablemente. Entre el cuello y el hombro sostenía un paraguas mientras deslizaba de los brazos su gabardina gris oxford. Le tendió una mano, ella se levantó y Shun la cobijo con prenda. Frunció el ceño al percatarse de la casi inundada calle, tomó a la chica por la mano ayudándola a cruzar. Saori temblaba, completamente empapada, sin emitir palabra alguna. Shun cada tiempo la observaba, de reojo, mientras caminaban bajo la lluvia, la cual no tardó en arreciar. La tomó por un brazo y la llevó hasta la entrada de un edificio, Saori intentaba calentar sus manos, soplando cálido aliento sobre ellas, sin resultado. Shun tamborileó los dedos sobre su pierna, prestando atención al atuendo de la chica. Llevaba puesto un vestido ligero estampado hasta las rodillas, calzaba sandalias descubiertas. Por todo su cuerpo escurría agua, el peliverde desconocía por cuanto tiempo ella había estado bajo la lluvia, pero por su apariencia podía estimarlo; mucho. Frustrado, la tomó por la mano y condujo con rudeza hasta la acera de enfrente, entraron en una diminuta estancia hasta un corredor alfombrado, Saori seguía ensimismada y apenas notó cuando entraron a la habitación.
– ¿Leíste los anuncios? –la chica negó con la cabeza salpicando agua alrededor con el cabello mojado –. Hay una inusual tormenta, las líneas de los trenes le temen a las fuertes ráfagas de viento, si las corrientes se intensifican iban a suspender los servicios por al menos un par de horas, no podíamos esperar en la intemperie –lanzó Shun –. Ahí podrás cambiarte –apuntó con la cabeza al diminuto baño.
Sin decir nada Saori se adentró a una tina de baño. Abrió la llave de agua caliente, de la regadera, permitiéndole al agua recorrer su cuerpo en busca del calor que tanto anhelaba. Un poco más animada, exprimió un par de veces su vestido antes de salir del cuarto, ataviada con una bata de baño.
– Deberíamos decirle a la recepción que lleven a la lavandería nuestra ropa, les llamaré –dijo tomando el auricular. Shun se volteó rápidamente y colgó, la pelilila lo observo extrañada.
– Es que… dudo que tengan ese servicio.
– No seas tonto, podemos pagarlo.
– Si no es por el dinero. ¿Sabes dónde estamos?.
– ¡Claro!. No soy una boba, es un hotel –menciono algo ofendida mientras observaba extrañada unos muñecos de peluche de ratones acomodados arriba de un arco por sobre la cama, estos hacían juego con los de la tina.
– Si pero…–dudo –bueno…verás es un hotel de cierta clase –contuvo el aliento antes de seguir –, es un hotel del amor.
– ¿Por qué se te ocurrió traerme aquí? –exclamó cerrando con las manos la bata de baño que traía puesta, como si con ello quisiera protegerse del lugar.
– Pues, por qué … estabas congelándote. Y no sé si lo notaste, pero la calle es un río. Con este clima es peligroso estar afuera –señalo con la cabeza. Saori se aproximó con cautela hasta la ventana. El agua llegaba casi hasta el primer escalón de los edificios de enfrente y el viento obligaba a las gotas de agua estrellarse con violencia en todo lo que estuviera en su paso.
Fue el turno del peliverde para tomar un baño, mientras la chica inspeccionó tan peculiar lugar, con la mirada. Era una habitación diminuta, pero acogedora. Jugó con las luces de neón reflejadas en el techo cambiando sus tonalidades y direcciones. Al lado de la pantalla plana, estaba un mini bar y un armario. Agotada se recostó sobre la suave cama. Tomó el control remoto y encendió la televisión, la imagen en el aparato la llevo a taparse la boca para evitar la salida de algún sonido, abrió los ojos y ladeo la cabeza, apenada la apagó de inmediato. Se cubrió con el edredón y permitió a las lágrimas, silenciosas, rodar por sus mejillas. Estaba tan triste que ni siquiera se percató de la presencia de Shun, de nuevo en la habitación.
– No me mires así –sollozó, ocultando su rostro entre las mantas.
– Sonaré entrometido, pero pienso que seguro podrán arreglarse –dijo incomodo rascándose la nuca –. ¿Sabes?, esta habitación es muy fría, encenderé la calefacción y después buscaré algo de comer. Aun cuando no tengas ganas –se adelantó a añadir ante la negativa de la pelilila –el baño caliente no quitará el frío de tu cuerpo si no has comido nada –. Shun regresó más tarde con una bolsa de plástico y observo a la chica aun acurrucada en la cama, suspiró tristemente pues el subibaja de su pecho la delataba. Se sentó en un mullido tapete frente a ella, le dio un tazón de sopa, preparada con ayuda de la tetera ubicada en la pequeña despensa –me quedaré con el jugo de fresa.
– ¿Qué estás haciendo?.
– Sé cuánto te gusta el de mango.
– No me refiero a eso. ¿Por qué cuidas de mí, así sin preguntar nada?. No lo digo solo por esta vez, si no por lo de la otra vez –dibujo círculos imaginarios en el colchón.
– Es lo que hacen los amigos. Harías lo mismo por mí. Todos necesitamos espacio para poder ordenar nuestros pensamientos –. Saori se mordió un labio, indecisa, en su mente giraba una ansiada pregunta –. Comamos, se enfriará –. La chica desvió la mirada hasta su tazón y sin ánimo introdujo la cuchara en el. Un agradable calor se instaló en ella tras el primer bocado, sin darse cuenta terminó de comer –. Deberías colocar tu ropa cerca de esta rendija –menciono Shun dejando sobre una silla su camisa húmeda.
– No puedo hacer eso –menciono sonrojada. Él la observo extrañado –yo… –tomó sus piernas entre sus brazos –es toda mi ropa –desvió la mirada azorada.
– Vamos, es solo tela –sonrió –prometo no mirar si es lo que te preocupa –. Saori se sonrojó recordando la prenda que Eve había comprado aquel día. Él tenía razón, ¿cómo podía serle interesante la ropa interior de simple algodón, con un ridículo estampado de osos rosas y azules?. Se reprendió mentalmente por tener tal pensamiento –. No pienso obligarte, sin embargo, no tendrás nada seco para vestir en cuanto pasé la tormenta y para como se ve, tardará bastante –la mirada del chico se perdió en el blanco del granizo –. Parece invierno –. Shun se frotó los brazos sobre la felpuda bata.
– Shun.
– Dime.
– ¿Puedo preguntarte algo? –murmuró cohibida desde las cobijas.
– Claro.
– Es…personal. Bueno yo…¿visitas estos lugares con frecuencia? –se encogió de hombros antes de contestar.
– Algunas veces a la semana –Saori se sorprendió de su sinceridad enmudeciendo –la paga es buena en lugares donde nadie debe verte.
– ¿Cómo?.
– Estos lugares se caracterizan por su discreción, a algunas personas les avergüenza trabajar en estos lugares.
– Es decir…¿estás trabajando?
– Un par de veces a la semana. Me aburría con tanto tiempo libre. Descuida nadie de la fundación lo sabrá –dijo frunciendo el entrecejo.
– Me mal entiendes. ¿Cuándo llegas tarde, es por esto?
– No siempre, pero si algunas veces.
– Es muy bonita –agregó sintiendo como se acercaba a una zona peligrosa –debe ser muy especial –murmuró con tristeza. Shun se encogió de hombros de nuevo.
– Lo es –dijo con una sonrisa.
Saori abrió los ojos y se desperezo, la opresión en su pecho había desaparecido aun cuando sentía un ligero dolor de cabeza por llorar tanto tiempo. Durante la noche se había deshecho de las frazadas y se avergonzó por la posición ocupada por sus pechos en bata, con premura la acomodo sobre si asegurándose de que Shun siguiera dormido, al jalar el edredón tiró una lámpara cercana despertándolo.
– Buenos días –dijo adormilado.
– ¿Días?. ¿Qué hora es?
– Las seis y treinta –dijo tras girar la muñeca donde estaba su reloj. La única pieza de lujo que vestía casi a diario.
– Tenemos que irnos. ¿Por qué no me despertaste ayer? –dijo a toda prisa tomando su ropa y dirigiéndose a cambiarse.
– ¿Qué caso tendría?. Dejó de llover alrededor de las tres de la mañana. No habríamos tenido forma de regresar a casa, además me pareció que era mejor dejarte dormir.
– ¿Has pensado que diremos si alguien nos pregunta donde hemos estado toda la noche?
– Tranquila, seguro se enteraron de la tormenta –menciono mientras calzaba sus tenis de lona –están un poco húmedos.
– Pero…¿has olvidado las cosas que dijo Seika?.
– Esas son tonterías y Seiya lo sabe –dudo por un momento, ¿sería que por eso se había estado comportando tan raro?, pensó.
– Lo sé…pero…
– ¿Hay algo que debería saber? –se acercó a Saori.
– Ya no quiero pelear por su culpa.
– Pero ella se marchó hace un par de días –la chica lo observo con recelo y salió de la habitación.
– ¡Hey!. Espera, –jadeaba Shun detrás de ella sin hacer caso a un par de ancianas que murmuraron tras verlos salir del hotel –detente por favor. Saori siguió caminando sin prestar atención a una mujer que proclamaba algo acerca de la pureza de las señoritas y algo de los chicos ociosos –. La estación de tren más cercana esta por la izquierda, ¿quieres detenerte? –. Saori se detuvo percatándose que su compañero traía la gabardina y el cinturón en la mano aun –. Gracias –dijo abotonando la camisa negra –ponte esto, –le acercó la gabardina mientras se colocaba el cinturón –la mañana aún está fresca. No quiero que enfermes después de lo de ayer.
– Perdón –fue la última palabra que menciono antes de sumirse en silencio durante todo el trayecto hacia la mansión.
Cuando llegaron se percataron que Hyoga había dejado una nota en la cual avisaba sobre pasar la noche en el departamento de Seiya. Nadie dentro de la mansión se había percatado de su ausencia, ni siquiera la servidumbre acostumbrada a los desplantes de Saori. La chica tomó su propio teléfono portátil olvidado en una mesa cuadrada, cerca de la puerta principal. Revisó la pantalla en busca de mensajes o llamadas perdidas, rápidamente su rostro se llenó de tristeza, se dirigió hasta las escaleras y con paso lento subió las escaleras. Shun la retuvo por un brazo, Saori le sonrió tristemente y con gracia soltó el agarre para continuar su camino.
