TW: quemaduras

A los caballos de carrera les suelen poner barreras en los laterales de sus ojos para que vean solo hacia enfrente.

Keir se sentía así, con una venda en los ojos de la vida que solo le permitían ver lo que sus padres querían que viera.

Sin embargo, por más que lo quisieran, no era ciega.

La muerte y la desgracia se paseaba por entre los pasillos de su casa y ella estaba oyendo su llamado desde hace mucho, y justo ahora estaba a su espalda susurrándole en el oído y lamiendo su lóbulo, diciéndole que era su turno.

Keir iba a morir.

Keir estaba inquieta, sudaba frío y jugaba con la sopa enfrente de ella. La gran mesa en donde cabían las 43 personas del culto estaban allí, y aunque fueran muchísimas y hubieran más mesas con más personas, nadie hablaba, el único ruido existente eran la de los cubiertos chocando con la loza y las bocas masticando las verduras.

El olor a muerte la mareaba.

Keir con siete años alzó la vista solo cuando terminó de comer, mirando fijamente a su madre y notando inmediatamente que algo no estaba bien.

Todos en ese gran hogar eran familia, todos estaban de alguna manera u otra relacionados con Keir, mas para ella solo eran su madre y su padre pues ninguno de sus otros parientes le dirigía la palabra. Ella lo entendía, la verdad silenciosa le gritó lo que significaba y es por eso mismo que nadie hablaba en esa mesa.

La niña se sobresaltó cuando su madre se levantó de la mesa, aún sin mirarla. Fue la primera, levantando la regla implícita que no permitía a nadie retirarse. Keir se quedó sola junto con el hombre líder del clan Roah, una persona tan vieja cuya piel colgaba por casi todo su cuerpo, apenas tenía cabello y con mucho esfuerzo lograba abrir los ojos.

No obstante, aún podía hablar.

Con su voz roñosa y áspera la llamó por su nombre y tan solo dijo eso, haciendo que ella fuese hasta su diestra y se parara recta, era la primera vez que la llamaba tan directamente.

-- Anda al patio, hoy será tu ceremonia, prepárate.

Sin decir más, ella partió.

Cambió sus ropas sola, el olor a madera era su única acompañante junto al olor de la cera quemada de las velas. El clan Roah era conservador, tanto que apenas utilizaban electricidad o funciones que el mundo moderno ofrecía. Con una túnica blanca y el cabello trenzado se miró al espejo.

Keir era particularmente extraña a la vista, tenía la piel de un color blanco como el papel y a la vez tenía grandes porciones de él de un color negro como el olivo, su cabello, lacio y trenzado en ese momento, seguía el patrón de su piel y relucía un rubio casi albino junto a un azabache que se mezclaba por entre el claro de su pelo. Tenía afecciones por eso, no podía salir al sol durante mucho tiempo porque su piel blanquecina se lastimaba y tampoco podía usar cualquier tipo de ropa porque se irritaba con facilidad. Sus parientes le decían que parecía perro y ella no sabía exactamente si aquello era bueno o malo, jamás había visto uno.

Se acomodó unos anteojos obscuros aun cuando la noche era vieja y poco o nada se podía ver, el clan la obligaba a usarlos particularmente a ella para no lucir la heterocromía en ellos.

Nada en ella era simétrico en color y era por eso que llamaba tanto la atención.

Con las ropas puestas y su apariencia arreglada salió al patio en donde todos se reunían alrededor de una fogata de gran tamaño, esperándola.

Keir visualizó a su madre con algo de temor, sin saber muy bien qué hacer.

El líder ahora más cerca de ella elevó los brazos y habló alto -- Susuki Keir, hoy serás iniciada en el clan Roah y serás expiada de tu culpa para poder renacer como Dios dicta y cumplir con tu deber como descendiente de Roah.

Keir estaba asustada, las voces de la muerte le estaban gritando en el oído y parecía que nadie más lo escuchaba. Ella desvió la vista, tratando de ver quién gritaba, mas nadie movía la boca, nadie gesticulaba ruido alguno y sin embargo los gritos que Keir oía la estaban ensordeciendo.

-- Has nacido maldita mi niña, mas eso no tiene que condicionarte. Yo, con mis manos guiadas por Dios, te sanaré y podrás vivir con orgullo por el resto de tus días. Dime, Susuki Keir, ¿estás lista?

No, no sabía qué pasaría pero no lo quería.

Asintió por obligación y costumbre, empezando a jugar con sus dedos.

-- Bien, da un paso a la fosa detrás de ti.

Keir giró sobre sus talones y vio las grandes llamas que calentaban su cuerpo, se acercó con sigilo sin querer quemarse, sintiendo que el hombre avanzaba con ella.

-- Tú -- continuó hablando -- naciste maldita, con tus pecados de vidas pasadas vivas en tu piel, hoy será el día que renacerás. -- seguía hablando del renacimiento y Keir dejó de escuchar, concentrada por las formas que el fuego iba tomando.

Keir solía distraerse mucho, tanto que se desconectó de su alrededor y solo volvió en sí cuando la gran y vieja mano del líder golpeó su espalda, empujándola con fuerza dentro de las llamas vivaces.

Keir tropezó y su cuerpo empezó a quemarse.

Gritó agonizante, desesperada por huir y resguardarse, no obstante, unos bastones de madera la empujaban cada vez que se movía del centro, manteniéndola cautiva de esa manera.

-- ¡Renacerás! ¡ya no tendrás esa piel maldita que solo trajo desgracia a tus pobres padres! ¡esto es tu castigo por heredar un quirk y por tener la osadía de vestirlo!

Aún entre su dolor logró escuchar aquello, como si fuera el dictamen de su desgracia.

Entre su desesperación asfixiante o entre su agonía de estar muriendo sucedió lo que tenía que pasar.

La muerte que tanto le había susurrado ahora lloraba frente a ella. Se acercó con cuidado, como quien danzaba entre los compases de una marcha fúnebre llegando así hasta ella, agachándose a su altura y besando su frente.

Era el beso de la muerte.

Era el beso del despertar.

Keir despertó entre los muertos y fueron ellos quienes la salvaron.

Logró salir de la fosa gracias a su quirk.

Su piel estaba quemada al rojo vivo, su cabello ya no existía y estaba desnuda, sus párpados desaparecieron y sus cuerdas vocales se evaporaron entre la sangre de su garganta. Estaba inconsciente, no sabía qué hacía ni cómo aún estaba de pie, quizás la naturaleza de su quirk la mantenía en movimiento automático.

Lo único que supo es que despertó en un hospital sin poder decir o hacer nada.

--

04/09/2022

Este fic me hace muchísima ilusión escribirlo, espero que les guste

--

ACLARACIONES

Quisiera precaver la confusión acerca del quirk de la protagonista, en dado caso que en los siguientes capítulos no se viese del todo claro, así que les adelantaré la dinámica de ella (quizás tenga spoilers).

La protagonista tiene un quirk relacionado con el mundo espiritual, ella es capaz de percibir e interactuar con este plano no terrenal, y a su vez este mundo también puede interactuar con ella.

La protagonista tiene el pelo negro y blanco, la piel oscura y clara, y los ojos claros y oscuros porque así su cuerpo es capaz de adaptarse a las necesidades y características de los seres no vivos (la pueden poseer y el cuerpo de ella es capaz de tomar las características físicas de este espíritu).

La protagonista también es capaz de recibir dones de la gente muerta, como una especie de ofrenda.

Finalmente, la protagonista está hecha por y para el mundo espiritual, así que, aquellas almas errantes que tienen un último deseo, pueden escribirlo en la piel de ella y ella decidir si ayudarlos o no (*esta escritura solo lo puede entender ella)

La muerte es visible ante ella, pero ella no siempre es capaz de reconocerla.

Eso sería todo, el resto de detalles -creo- serán clarificados en continuidad.

Muchas gracias.