-- "Clan Roah"... -- empezó a dictar. Aizawa jamás lo admitiría pero las clases teóricas eran totalmente de su desagrado cuando el día estaba perfecto como para una clase práctica. Cubriendo el turno de Present Mic, se hallaba enseñando a los alumnos que no lograron pasar el curso y que debían hacer clases durante las vacaciones -- Se trata de un culto creado a inicios del siglo pasado cuando surgió la era de los quirks. Roah fue el impulsor, un hombre cuya manifestación de quirk destruyó media ciudad. Roah, un hombre en sus treintas, aseguró que los quirks eran, y cito "la maldición de la humanidad", llamando a que la gente desistiera de su uso y se dedicara a contribuir a la ciudad por otras vías como la ciencia o enseñanza. Al principio el Clan contribuyó al avance tecnológico de Japón y mucha de las cosas que usamos hoy por hoy provienen de sus estudios y descubrimientos. No obstante, con los años la gente que se unía a él no solo eran personas que compartían su visión, se entrelazó con el catolicismo y se convirtió en un culto religioso que evade cualquier tipo de evolución moderna social, llegando a evitar el contacto con personas que no compartan su visión. Las personas de allí destacan por su vestimenta antigua, mas, si quieren estar seguros, suelen llevar una marca en el cuello o brazos de representación. Como héroes no podemos hacernos cargo de personas pertenecientes al Clan Roah, legalmente no podemos, así que si reconocen a algún miembro por favor evítenlo.
Sus estudiantes temporales no tardaron en levantar sus manos. Aizawa les dio la palabra.
-- ¿Y si están en peligro?
-- Aún así, hay facciones de la policía especializados para atenderlos
-- ¿Y si están en un accidente y no hay nadie alrededor?
-- No importa, lo más probable es que ni ellos mismos les permitan acercarse.
-- ¿Y si son menores de edad que no saben qué hacer ni las reglas de su culto?
Aizawa tardó en responder.
-- No lo voy a repetir.
La hora de término llegó justo después de terminar su frase, despidiéndose cortamente y marchándose lo más pronto posible.
Aizawa Shota como profesor debía decir y enseñar cosas que como héroe no comparte. Todas esas preguntas él mismo se las hacía y todas esas respuestas que dio van en contra de todo lo que él practica.
En la soledad de su auto suspiró, elevando su vista hasta la pulsera de mostacilla que colgaba de su espejo retrovisor. Era un infantil objeto, hecho por unos dedos pequeños e inexpertos que en su momento se lo regalaron a él como muestra de gratitud.
Sí, Aizawa Shota salvaría a cualquier persona independiente de las creencias que estas tengan.
Sí, Aizawa Shota ha salvado a personas que no debía salvar.
¿Cómo podría llamarse héroe si discriminaba entre dos niños en peligro solo por nacer en distintas realidades?
Mientras él conducía, al otro lado de la ciudad, en la sala de cuidados intensivos, una persona en particular se hallaba recostada en su cama, parpadeando como único método de entretención.
En el mundo actual las emociones de las personas están más desbordantes que nunca, siendo la sociedad joven quienes más intentaban darle una voz a la salud mental no inquiría una unificación en el proceso de este, los adultos también sentían y sentían muchísimo, colapsando sin saber qué hacer en tantas ocasiones.
Monoma Sebastian fue la persona que encontró a Keir esa desolada y tan terrible noche. Él, como doctor, se había tomado únicamente ese día libre para poder recorrer junto a sus hijos y esposa las calles iluminadas de Tokyo como tan pocas veces lo hacía. El accidente fue precipitado, encontrarla gritando y vagando fue un hecho tan desconcertante que tardó varios segundos en reaccionar, lo había pillado con la guardia baja, ¿cómo imaginar que una niña quemada llegaría tan abruptamente a su salida familiar?
La socorrió y no se despegó de ella un segundo, los días y semanas siguientes no había otra cosa que ocupara su mente. Él ya tenía edad, no era un padre joven ni un doctor recién titulado, había visto cosas horribles e insensibilizado respecto a eso, mas aquello era distinto, el tener bajo su cuidado una niña de la edad de su hijo sabiendo que no podía hacer más que solo verla sufrir lo aturdía.
Meses pasaron y sin darse cuenta ya cumplía un año de visitarla cada 7 u 8 días fuera de turno, limpiaba su piel y la vendaba con material nuevo, le susurraba y le cantaba, le contaba cuentos y la arrullaba. Sin querer le comentaba sobre su hijo y más pronto que tarde empezó a hablarle de su trabajo. Keir jamás respondió, no obstante, él podía notar cómo sus tan singulares ojos lo veían con un brillo que solo aparecía cuando él estaba.
La quería, la quería y mucho.
Y por eso no tardó en mover los hilos necesarios para ayudarla.
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04/09/2022
Ahora sí viene lo chido
