"I miss the air, I miss my friends, I miss my mother, I miss it when...
But that was a million years ago"
Los días pasaron y Vanna ya tenía una silla propia en la mesa de la cocina y una cita asignada a la municipalidad para ingresar al sistema su quirk. La rutina temporal de la niña era relativamente sencilla y podría decirse que lo llevaba bien pues era fácil ser cargada a todos lados y no tener que hacer nada.
Pues Vanna no hacía nada más que ir detrás de la falda de Mitsuki y ayudarla en lo que sea que ella quisiese. Mitsuki le agradaba a Vanna pues olía especialmente bien y le daba besos de vez en cuando al igual que Masaru, quien la cargaba en brazos y la mecía muy seguido, no como los gemelos que gritaban alrededor de ella y jalaban de sus cabellos bastante a menudo.
No obstante, ese día de entre semana Vanna no pudo acompañar a Mitsuki a su trabajo por tener una reunión con otras personas y Masaru no pudo llevarla consigo al no permitir la entrada de niños en su empresa, por lo que, muy a costa de los mayores, la dejaron sola esa mañana en la casa bajo todas las precauciones y advertencias de ambos. Prácticamente la dejaron sentada, cubierta de mantas, con refrescos y frituras a la mano viendo televisión, no le dio tiempo a Vanna de decirles que no le gustaba el dulzor de la gaseosa ni el aceite que dejaba en sus dedos las patatas fritas.
Con cuidado dejó la comida en la pequeña mesa de enfrente y tomó el control remoto entre sus manos, viéndolo con cuidado y rememorando cómo los demás solían utilizar aquel aparato. No logró prender la televisión. Algo frustrada miró a su alrededor en busca de algo con lo que poder matar el tiempo, ¿pero qué podía hacer ella? No sabía qué eran todos los aparatos a su alrededor y tampoco sabía si podía tocar o usmear por allí.
Vanna se hallaba completamente cubierta y envuelta en mantas al ser temporada de invierno y su imagen era algo graciosa. Luego de intentar dormir sin éxito alguno se destapó de toda la tela que tenía encima, bajando del sofá y comenzando a recorrer los pasillos de la casa con un sigilo extremo como de quien tuvisese miedo de ser atrapada. La niña no era muy alta, inclusive, era bastante baja para su edad, la ropa le quedaba grande y las pantuflas que le asignaron se le salían cada dos o tres pasos que daba, por lo mismo el sonido de la suela rozando el piso flotante de la casa permanecía como único ruido de su presencia ese día. Llegó de un momento a otro a la habitación de los adultos y, notando cómo la puerta yacía lo suficientemente abierta como para entrar, se introdujo allí.
El cuarto de ellos era amplio, con una de las camas más grandes que Vanna había visto justo en medio de la habitación más extensa de su mundo. Esta y, en general, todo, destacaba por su desorden, las mantas revueltas, las ropas en el piso, papeles desparramados, el olor a encerrado y las cortinas a medio abrir, apenas la luz lograba iluminar la zona. Vanna no se fijó mucho en aquello, suponía que, así como los gemelos, sus padres también serían desordenados, por lo mismo caminó entre las pertenencias de ellos con sumo cuidado de no estropear ni pisar nada y, luego de un tiempo, llegó hasta el otro extremo del cuarto justo enfrente de una blanca puerta cerrada. Con algo más de confianza giró el frío pomo y la empujó, sintiendo ahora una leve frialdad en el aire y un olor más fresco proveniente de allí. Se asomó recelosa, adentrándose a lo que parecía ser el baño. Al igual que la habitación, en el lavado habían objetos variados distribuidos en cualquier lugar, mas aquello era distinto, a Vanna le parecían sumamente llamativos todos esos elementos, tomando sin vacilar uno entre sus manos.
Era un cilindro redondo del tamaño de un dedo, Vanna lo acercó a su nariz y pudo percibir un escaso olor cremoso, lo frotó contra sus dedos y sintió la lisa textura de este. Tenía tapa, Vanna no dudó en abrirlo y así descubrir una barra color burdeo y con una punta algo extraña. Volvió a acercarlo a su nariz pero, mientras sentía el mismo olor cremoso, pasó a llevar por un instante su piel, notando en el espejo que aquello la había pintado. Vanna cerró el objeto y lo dejó en su lugar, pasando con fuerza la palma de su mano sobre la zona para disipar el color, el roce insistente y la brusquedad con lo que lo hacía eliminó la pigmentación, pero en cambio, su piel se enrojeció por el maltrato.
Siguió admirando, justo enfrente suyo existía un frasco rosa con un dispensador en la punta. Recordaba haber visto uno similar en su estadía en el hospital. Con más confianza lo agarró y vertió un poco sobre el dorso de su mano, acercándolo de igual manera a su nariz, comprobó que el olor era fuerte, algo dulce, no sabía describirlo y de la misma manera sacó su lengua para probarlo. Rechinó, su cuerpo entero vibró de desagrado al sentir el mal sabor en su lengua y así comenzó a limpiar su lengua con su antebrazo para eliminar todo rastro de aquello en él. Era jabón, sabía ligeramente distinto al que ella usaba en su casa pero la esencia era la misma.
Continuó intrusiando los objetos del baño hasta toparse con un espejo de cuerpo completo con una grieta en la parte superior que estaba siendo sujetada con cinta adhesiva. Vanna tocó la cinta y alejó su mano de ella luego de tener el impulso de sacarla. Vanna no era muy alta, mas la curvatura de aquel espejo mal puesto la hacía ver aún más pequeña. Se dedicó a observar su reflejo un momento, la última vez que lo hizo de esa manera fue aquella noche de su ceremonia. Vanna no recordaba mucho ese suceso, conocía los hechos como palabras palpables sin una imagen clara asociadas a ellos, mas cuando quería indagar en sus recuerdos para poder revivir visualmente esa noche algo en su corazón le decía que no lo hiciera y le entraba un pánico enorme que la hacía retroceder y olvidar lo que quería hacer. Su cabello estaba notablemente más corto, apenas podía trenzarlo sin que se le salieran porciones de cabello del peinado, también tenía una textura cicatrizada en gran parte de su rostro, cuello y manos, los lunares que tenía ya no aparecieron y las pecas en su rostro de perdieron bajo sus quemaduras, lo único que no había cambiado eran sus ojos, igual de claros, igual de oscuros, pero más cansados, más tristes. Vanna ya no quiso mirar.
Un ruido en el exterior la hizo volver a la realidad, bajó las escaleras tan rápido como los zapatos le permitían y volvió a sumergirse en los incontables metros de tela que le habían puesto en el sofá.
Los ruidos de la familia Bakugo llegando a casa llegaban aún con ellos al otro lado de la calle. Vanna se giró en el sofá aun con las mantas a cuestas, mirando así directamente la entrada para poder verlos ingresar. El primero en entrar fue Gōgō, quien corría con su mochila con ruedas directo al salón en donde estaba ella para dejar el bolso junto a la pared más cercana.
-- ¡Hola Vanna! ¿Nos extrañaste? -- saludó el de lentes azules, acercándose a ella de inmediato. Vanna asintió despacio, sancándole una risa al muchacho, dejando a la vista su sonrisa con falta de dientes -- ¡Mira! Él es Deku. Deku, ella es Vanna, es nuestra nueva hermana.
Vanna se volvió a asomar y pudo ver a Mitsuki cerrar la puerta con Katsuki y un niño extraño junto a ella. El invitado elevó la vista por la mención y saludó tímidamente, susurrando su nombre inentendible a los oídos de ella. Vanna volvió a su lugar al no entenderlo, pasando de él por completo.
-- Vanna no habla -- explicó el chico a su amigo, justificándola.
-- Ignórala y listo, hay que irnos -- Katsuki se metió a la conversación, pasando por entremedio de ambos mientras arrastraba su mochila hacia su habitación.
Katsuki estaba especialmente irritado el último tiempo a causa única y exclusivamente de Vanna. Gōgō estaba contentísimo y fascinado por la presencia de la niña, presumiéndola a cada persona que conocía aún cuando él apenas podía jugar normalmente con ella, y eso ponía celoso a Katsuki porque él ya no era a quien buscaba Gōgō para jugar. Se suponía que él era su gemelo, no Vanna, ¿entonces por qué el idiota de su hermano lo ignoraba tanto solo para irse con alguien tan sobria y aburrida como ella?
Katsuki tomó a Deku del brazo y lo arrastró junto con él a la habitación, asegurándose así que él no se idiotice también por Vanna como el tonto de su hermano lo hizo.
Gōgō se sentó a un lado de Vanna y se arropó con las mismas mantas que ella, abriendo una de las frituras que ella no quiso y prendiendo de manera tan fácil el televisor. Vanna no podía creerlo, fue tan sencillo que apenas lo pudo ver. Le quitó el control de las manos del chico y volvió a examinarlo, aún sin entender cómo funcionaba.
-- Presta -- se lo quitó, cambiando de canal con facilidad-- ¿te gusta este? -- le preguntó señalando una caricatura.
Vanna no supo qué responder, asintiendo nuevamente como su único recurso comodín. Gōgō tiró el control a alguna parte del sofá y se acomodó, satisfecho con sus papas, la televisión y la compañía de la niña.
El niño comenzó a hablar de un momento a otro y Vanna debió comenzar a prestarle atención a él en vez de a la televisión. Vanna no entendía lo que él le decía, hablaba muy rápido y el espacio vacío entre sus dientes no le permitía pronunciar bien ciertas palabras, pero él sonreía, estaba feliz de poder comentarle su día a alguien y Vanna parecía escucharlo atenta, así que él seguía, continuaba hablando sin parar.
Pronto el ruido de los otros dos niños en la casa comenzó a sonar cada vez más cerca de ellos y luego aquel niño invitado apareció corriendo con Katsuki tras de él, quien portaba una pistolade balines de goma naranjas. Se tiró al sofá entre Vanna y Gōgō y golpeó a este último en el pecho.
-- ¡Las traes! -- anunció luego de echarse a correr. Katsuki comenzó a dispararle a su hermano y él, queriendo evitar las municiones, golpeó a Vanna.
-- ¡Vanna tú las traes!
Vanna no sabía qué hacer, ¿qué se supone que ella traía? Pronto sintió los balines de Katsuki impactar contra ella y comenzó a asustarse.
-- ¡Vanna tienes que correr y atrapar a alguien! -- gritó nuevamente Gōgō desde el patio.
Así lo hizo Vanna, bajó del sofá y corrió hasta Deku, tocándolo en el pecho y huyendo lejos de él. Los cuatro comenzaron a jugar de esa manera, Vanna en algún momento empezó a reír y no se dio cuenta de lo bien que la estaba pasando hasta que vio algo que la hizo recordar a Samir, su hermano mayor.
Samir era el primogénito de su padre, siempre recto, siempre pulcro, su imagen seria asustaba a más de uno mas no a ella, Samir adoraba a Keir y siempre la mimaba, la elevaba por los cielos, la peinaba, le hacía morisquetas y le contaba historias a ella y a sus demás hermanas. Samir coleccionaba insectos y aquella libélula que volaba sobre una posa de agua formada por lluvias previas la hizo recordarlo a él.
¿En dónde estará Samir en este momento?
Jugar con los gemelos tal y como lo estaba haciendo le traía recuerdos de ella junto a Samir.
Vanna comenzó a llorar, ya no quería jugar con ellos, ella quería a sus hermanos de vuelta.
¿Cuánto tiempo más tendría que vivir con ese dolor en el pecho? ¿Cuánto tiempo más tendría que extrañarlos?
