Cuando Vanna se encontraba en el hospital luego de ser ingresada en urgencias veía los días pasar postrada en una camilla pulcra y del olor tan característico a hospital. Dormía todo el día y lloraba las horas que yacía despierta, viendo el mundo exterior desde la ventana a un costado y disfrutando de la brisa que entraba porque una enfermera piadosa le abría las cortinas y ventanas, ella quería correr, gritar, reír, tocar, caerse, saltar, comer, sentir.
Aún estaba tan deseosa de hacer esas cosas mas era frenada por el miedo, sin lograr sentirse segura en esa casa extraña de personas tan singulares.
Extrañaba tanto a su mamá.
Recordaba el último día que estuvo con ella con tanto añoro que temía gastar el recuerdo y modificarlo sin querer.
Y, en mañanas como esas en donde el frío se colaba por entre las paredes y lograban helar su espalda, Vanna no podía evitar en abrir los ojos con la esperanza de ver a su mamá cubriéndola con una manta extra solo porque temía que pescara un resfriado. Vanna ahora tenía frío, el manto helado del exterior se introdujo dentro de la habitación y comenzó a arañar su espalda, y Vanna simplemente no quería abrir los ojos porque sabía que no vería a su madre con una frazada queriendo capiarla del frío.
Los fines de semana Vanna tomó la costumbre de vestirse y esperar a que la familia despertara horas más tarde en la comodidad del sofá de la sala, comiendo un yogurt mientras leía uno de los pocos libros que había en la casa.
El día estaba nublado y ni abriendo todas las cortinas la casa lograba iluminarse, anunciando lluvias, Vanna prendió algunas luces de color amarillento y se arropó en el sofá, comenzando su rutina de cada siete días.
-- Mhh... ¿Qué leerá? -- la voz de un muchacho la asustó, volteándose hacia donde provenía el sonido sin lograr apreciar nada. Extrañada, volvió a su lugar, encontrándose con Katsuki viéndola desde el pasillo.
-- Ese era mi yogurt. -- Vanna se quedó quieta, con la cuchara en la boca sin saber qué hacer. El chico resopló, sacando un juego de naipes de la cajonera bajo el televisor y arropándose a un lado de ella -- ¿Sabes jugar carioca? -- Vanna asintió, viendo que el permanente ceño fruncido del chico no estaba tan marcado como solía estarlo -- Bien. -- empezó a revolver las cartas. Vanna se giró y dejó el libro a un lado -- ¿por qué no hablas?
Esa era una buena pregunta.
¿Por qué Vanna no hablaba?
Keir no era de muchas palabras, por su puesto que más que Vanna, pero igual de tranquila, mirando con la misma intensidad su alrededor, pensando antes que hablar, pensando antes que hacer. ¿Qué diría Keir? ¿Qué diría Vanna? Nadie escuchaba a Keir, reía sola y jugaba sola en un hogar en donde los adultos no se mezclaban con los niños y los niños la evitaban por tener un quirk físico, nadie hablaba con Keir, nadie tenía interés en escucharla. La quemaron, ¿pero a quién le importa? Estaba perdida, no sabía el camino de retorno a su casa, ¿pero alguien la buscaba? Si ella gritaba por los cielos el nombre de su mamá, el de su papá, el de sus hermanos, ¿la buscarían? Vanna sentía que nadie buscaba a Keir, ¿entonces para qué desgastarse?
Nadie escuchaba a Keir y Vanna creía que nadie escucharía a Vanna.
La niña se encogió de hombros mientras ordenaba las siete cartas en su mano.
Vanna era la ceniza de Keir, era las sobras de una niña muerta. Vanna no había nacido, había sobrevivido a Keir, como quien junta varios pedazos de una goma gastada e intenta unirlos para seguir usándolo.
Vanna no tenía nada que decir.
-- Dicen que te pasó algo malo, ¿es verdad?
Otra buena pregunta, Vanna no sabía cómo catalogar sus vivencias. Volvió a encogerse de hombros. Katsuki resopló.
-- ¡¿Hay algo que sepas?! -- preguntó algo impaciente -- no me respondas -- se adelantó. -- Me bajo -- anunció bajando sus dos tríos de cartas --. Esas manchas en tu cara son de tu quirk -- Katsuki lo afirmó más que preguntarle, de todas maneras ella asintió -- y los garabatos encima... -- Vanna volvió a asentir, bajando esta vez la mano de cartas que tenía. -- O sea que tu quirk es... pff... tener las manchas más feas del universo. -- indagó, volviendo a repartir las cartas. Vanna quedó algo perpleja ante la honestidad del chico y él notó, volviendo a resoplar -- lo siento... -- murmuró, con las mejillas algo sonrojadas por la vergüenza.
Vanna dejó las cartas de lado y se inclinó hacia Katsuki, tomando sus manos y acercándose de manera tan abrupta que pusieron algo nervioso al chico. Vanna subió las mangas de su pijama y lo miró a los ojos, intentando decirle así que él pusiera atención. Katsuki por supuesto que lo hizo, sin poder decir nada para salir de la situación. Vanna cerró los ojos y respiró hondo, pasando ambos pulgares sobre las palmas del mayor, intentaba concentrarse en lo que haría y en la textura de la piel de él.
Pronto, Katsuki pudo ver que la piel obscura de Vanna empezó a aclararse, casi como si brillara, y junto consigo una tristeza que lo ahogaba comenzó a crecer en su pecho, queriendo arrancarle lágrimas de un llanto culminante de esos que uno tiene cuando está ahogado en la agonía y pena. Vanna estaba transmitiendo su tristeza hacia él y ahora él podía sentirla también. Katsuki se asustó, sacando sus manos de las de Vanna y mirándola con horror.
-- ¡¿Qué me hiciste?! -- le preguntó totalmente espantado, notando solo en ese momento que Vanna también lloraba. Katsuki no sabía qué hacer y, una vez más, huyó, tirando de la manta que lo cubría con brusquedad y marchándose a pasos fuertes contra el piso hacia su habitación.
Vanna, intentando calmarse, decidió ignorar la reacción de Katsuki y se dedicó a inhalar y exhalar aire frío de sus pulmones, queriendo tan solo volver a como estaba antes y retornar a la tranquilidad momentánea que tenía antes de su llegada.
