Vanna era un peligro.

Tan callada y con los ojos tan abiertos siempre, mirando todo y estando pegada a las faldas de Mitsuki, desde la perspectiva de Katsuki ella definitivamente debía de estar ocultando algo, y por lo mismo era de poco fiar.

Debía de alejarla antes de que, lo que sea que ella hizo con él, se lo hiciera a los demás, después de todo, nada bueno podía provenir de alguien que era capaz de hacerlo sentir tan triste así de fácil, ¿verdad?

Ese día era especial, el cielo de invierno estaba atípicamente despejado, dejando que el sol entibiara el ambiente y diera paso a un lindo panorama. Los Bakugo's decidieron que no desperdiciarían un momento así, por lo que se saltaron las clases de los niños y fueron todos juntos a un bonito parque para que se divirtieran un rato antes de acompañar a Vanna a inscribir su quirk. Así lo habían planeado para demostrarle a la niña que ella no estaba sola y que todos esperaban un buen progreso para ella.

Los juegos del parque estaban medianamente vacíos, con uno que otro infante desparramados por allí, siendo lo bastante pequeños como para no estar en la escuela o bastante grandes como para decidir libremente no asistir. Katsuki había iniciado su plan y, en cuanto Mitsuki se sentó en la banca para vigilarlos, él agarró a Gōgō del brazo y lo arrastró al primer resbalín que encontró, dejando a Vanna con su habitual quietud y silencio.

Pero Vanna no entendía sus intenciones y los siguió sin dudar, corriendo detrás de ellos con la falda de invierno que Mitsuki le había comprado y las dos trenzas con las que la peinó. Gōgō estaba feliz, sonriendo cada que ella llegaba y dándole unas palmaditas en la espalda en modo de felicitaciones, mas Katsuki no ocultaba su disconformidad y gruñía cada vez que el dúo se transformaba en trío.

Katsuki, más que irritado, se volteó desde los pies de un resbaladín a ver a su hermano -- Ven, vamos a jugar por allá. -- mas no obtuvo respuesta.

Gōgō y Vanna iba de las manos hacia los columpios, debido a que el muchacho descubrió que el juego preferido de ella eran esos y no las instalaciones de resbaladines ni barras de metal que habían por todas partes, no, Vanna prefería el típico juego que a ella tanto le recordaba uno que su hermano mayor le armó en el pasado. Se subieron con facilidad sin prestarle atención al gemelo que faltaba.

-- Entonces están los pokemones de agua y los de tipo fuego, que para nada se parecen, y luego -- Gōgō no paraba de hablar mientras se balanceaban y Vanna, a pesar de no entender ni un poco, no desviaba su atención de él. -- Y las cartas falsas son de lo peor.

Katsuki corrió hacia ellos receloso, empujando a Vanna del columpio y haciendo que se cayera hacia atrás, golpeando su cabeza contra el piso de tierra.

-- ¡Katsuki! -- exclamó Gōgō, bajándose del juego para socorrerla.

-- ¡Vámonos! -- volvió a insistir, tomándolo del brazo y arrastrándolo lejos de ella hacia el otro extremo de la placilla.

Vanna se quedó en el suelo, dejando que el dolor del golpe se disipara tranquilo en la quietud de ella. No lloró pero quería hacerlo, y allí, mirando el cielo y las nubes de lluvia que se aproximaban, se preguntó que qué hacía ella allí y si era en serio que así sería su vida. Suspiró, disimulando en eso un sollozo, quitando bruscamente las lágrimas que se formaban en sus ojos.

De pronto el aire se puso frío y sus manos empezaron a helarse.

-- ¿Por qué lloras?

En su campo de visión un muchacho de cabello azabache y pecas apareció de cunclillas hacia ella, mirándola con unos ojos color rojo que se parecían a los de los gemelos. Vanna se reincorporó, sentándose para poder verlo mejor.

-- ¿Estás bien? Te caíste feo, ¿te duele algo? -- por su voz y por sus facciones Vanna dedujo que él era algo más mayor. Negó ante su última pregunta y él le sonrió, ofreciéndole su mano para poder levantarla -- Qué bueno, pensé que había sido grave, digo, porque no te parabas -- Vanna se puso de pie gracias a él y se quedó mirándolo -- ¿Esos eran tus hermanos? -- la niña se encogió de hombros -- Mhh..., ya veo, ¿quieres jugar? Mi nombre es Yamikumo, pero si es muy largo puedes decirme como gustes, ¿cómo te llamas?

Vanna se quedó en silencio, mirando a su alrededor y notando la soledad de su metro cuadrado. Tomó sus manos y volvió a verlo, sintiendo que lo conocía de alguna parte o que lo había visto anteriormente.

Se agachó en la arena y escribió Vanna con su dedo.

-- ¡Vanna! Es un lindo nombre, y significa varias cosas, creo que proviene del italiano, ¿lo sabes? -- ella negó y él revolvió sus cabellos -- bueno, no importa, ¿quieres jugar a las escondidas? Yo cuento -- se volteó con el brazo cubriendo sus ojos hacia el pilar del columpio y empezó -- Uno, dos, tres...

Vanna se echó a correr, escondiéndose detrás de un basurero cercano a él para poder ganar más fácil. Desde allí pudo ver a Yamikumo salir a buscarla, dando un par de vueltas alrededor sin pasar por donde estaba ella. Corrió en cuanto tuvo la oportunidad y llegó a marcar su nombre, ganándole al chico que corrió a toda velocidad en cuanto la vio salir de su escondite.

-- ¡¿En dónde te habías escondido?! ¡no pude encontrarte! -- exclamó él, viendo lo cansada que estaba ella -- ¿Estás bien? -- Vanna asintió -- ¿Quieres ver unos juguetes que tengo? Están en mi casa, pero no está muy lejos de aquí.

Los ojos de Vanna eran especialmente grandes y lo miraban hacia arriba como si no quisiera levantar el mentón para no forzar tanto su vista. Volteó a ver a Mitsuki y, solo ahí, cuando no la encontró, se dio cuenta de lo lejos que estaban.

-- No tardaremos -- retomó él, viendo cómo Vanna lo miraba de vuelta y asentía con la mano levantada para que él se la tomara. Por primera vez Yamikumo sonrió, atrapando su pequeña mano con la suya y empezando a caminar hacia la salida del parque.

Vanna estaba tranquila sabiendo que irían y volvían, sin dudar de la palabra del muchacho aún cuando tuvieron que tomar el metro y un par de autobuses ni cuando el cielo empezó a oscurecerse y el viento se heló.

Yamikumo no la soltó en ningún momento y le indicó cuándo habían llegado. Vanna no vio ninguna casa, solo árboles de gran tamaño y un enrejado gigante, con fierros gruesos y puntiagudos que rodeaban el perímetro del lugar. El ambiente se sintió hostil y pronto la piel de la chica empezó a mostrar los garabatos que nadie parecía entender, su quirk se estaba activando por sí solo. El chico se inclinó hacia ella, dedicándole una sonrisa tranquila al sentir cómo Vanna se aferraba a su brazo.

-- No tienes que asustarse, estamos más cerca que nunca. -- le aseguró, volviendo a tirar de ella.

Vanna no solo estaba asustada, estaba aterrorizada a más no poder, cerró los ojos y se abrazó por completo al mayor, solo así sintiendo algo de resguardo y protección.

Volvió a escuchar cosas como aquella vez que tuvo que abandonar su casa, murmullos variados se hacían presentes a lo lejos y pronto logró sentirlas mordisquear sus orejas. Vanna gritó, decidida a correr y volver con los gemelos, mas al momento de hacerlo Yamikumo se detuvo.

-- Vanna te mentí.

Confesó él con la mirada perdida en el bosque frente a ellos, sin voltearse hacia ella y manteniendo el agarre en su mano con apenas unos dedos.

-- Ésta no es mi casa..., es solo que no quería sentirme solo.

Vanna lo veía con lágrimas en los ojos y él solo atinó a apuntar con la cabeza un punto fijo en el suelo. La niña bajó la mirada rápidamente, leyendo lo que tenía enfrente.

"Aquí descansa Midoriya Yamikumo, amado hijo, amado hermano y amado amigo.

09/04/2025 - 01/01/2037