Colapsada era una palabra que le quedaba corta a Vanna, por la naturaleza de su quirk estar en medio de un cementerio significaba la peor situación que podría vivir. Yamikumo lo notó, se sentó con la lápida como respaldo y atrapó entre sus brazos a la niña, acariciando su espalda con sus grandes brazos y arrullándola para distraerla del miedo.
-- ¿Sabes? Me recuerdas tanto a mi hermano... -- comenzó a hablarle. La noche estaba obscura y, como si hubiera sido a propósito, comenzaba a formarse una neblina debido a la humedad de la vegetación. Vanna temblaba, ella ya no podía reconocer si era por frío o por miedo pero, a pesar de todo, lograba encontrar una pequeña calidez allí entre el cuerpo del mayor -- Él tiene más o menos tu edad, es adorable, ríe mucho y también llora mucho, su sueño es convertirse en héroe pero hasta el momento no ha presentado quirk y la verdad no sé qué hará..., no quiero que la vida lo decepcione así que rezo porque en algún momento manifieste algún kosei... . Dime Vanna, ¿tú tienes hermanos? -- la niña asintió muy despacio, apenas y podía moverse y por lo mismo su movimiento casi pasó desapercibido por el azabache -- Pero no me refiero a esos niños que estaban en el parque, me refiero a tu familia real.
Vanna elevó la cabeza y se separó de su pecho para mirarlo de frente. El rostro de la niña estaba cubierto de lágrimas negras y sus ojos estaban hinchados, su imagen podría asustar a cualquiera mas no a él, con una expresión de ternura y comprensión, acunó su pequeña cara entre sus grandes manos y se dedicó a limpiar sus lágrimas, dejando una que otra caricia en el proceso.
Entre un susurro que le costaba la respiración la voz suave de él llegó a sus oídos -- No sé porqué lo sé..., quizás es porque estoy muerto..., pero sé que vienes de una familia numerosa y que traes una gran cruz en tu espalda. Dime, ¿acaso no será Keir tu verdadero nombre?
Tener miedo de lo que la rodeaba le congelaba las extremidades, mas el temerle a la única esperanza que tenía secó la boca de Vanna, ¿cómo era posible que Yamikumo supiera eso? No lo entendía y como no lo entendía le temía. Su respiración se cortó y solo podía sentir la calidez de sus lágrimas al bajar por sus mejillas junto al frío que dejaba el viento al pegarse en su sudorosa piel.
-- ¿C-Cómo... -- susurró Vanna, rompiendo así su pacto de silencio.
Yamikumo quiso capiar su sorpresa pero no pudo evitar de esa manera abrir sus ojos, entendió que la había asustado y por lo mismo continuó hablando.
-- No lo sé, puedo sentirlo. Vanna, o Keir, cual sea que sea tu nombre, no me temas, prometo conscientemente no hacerte daño y si lo hago te juro que no será a propósito. -- tomó las manos de ella y las posicionó en su pecho, justo enfrente de su corazón. Vanna pudo sentir su palpitar fuerte aún cuando ese bombardeo perteneciese a un ser humano muerto, ¿era real aquello? ¿En verdad los fallecidos aún tienen un corazón funcional? No podía creer nada de lo que la rodeaba. -- No sé por qué tú, yo acompañaba a mi hermano y un día solo te vi y me sentí bien, tranquilo, en casa, y de allí en adelante solo quise estar cerca tuyo, como si tú pudieras ayudarme...
-- ¿Ayudarte en qué? -- Vanna volvió a hablar. La voz de Vanna solía ser suave y aguda como la de toda niña, mas en las circunstancias en las que estaba, esta solo salía de manera ronca y rasposa, en un murmullo costoso que apenas se podía oír estando de frente y muy de cerca.
Yamikumo se encogió de hombros y paseó la vista a su alrededor, la neblina los había tragado y a penas y podía ver más de dos metros a la distancia. Iba a contestar cualquier cosa en realidad, no obstante, justo en ese momento, el estómago de la niña sonó y aquello acaparó la atención de ambos.
-- Has de tener hambre, lo siento, llevamos bastante aquí y no tengo comida que ofrecer.
-- Déjame ir.
Él negó de inmediato, tomándose su tiempo en justificarse.
-- Estoy asustado, no me dejes solo por favor. He muerto, no sé mi propósito ni lo que viene a continuación, he estado aquí bastante tiempo como para saber que nada va a pasarme más que sufrir en la agonía y el suplicio del temor, así que por favor..., mientras puedas, hazme compañía, ¿puedes?
Vanna pensó en Mitsuki y se preguntó en qué estaría haciendo ella, en si la extrañaba o siquiera se había percatado de su ausencia.
Vanna no sabía que la mujer estaba moviendo cielo y tierra por encontrarla. Mitsuki se percató de su pérdida solo cinco minutos desde que ella se marchó y desde ese momento comenzó a gritar su nombre por el parque y a llamar a su esposo para notificar su situación, pasados los treinta minutos ella ya había llamado a la policía y todos juntos iniciaron su búsqueda.
Había pasado un día y Vanna no lo había notado porque para ella todo era neblina.
Ella se acomodó nuevamente entre los brazos del mayor. Las palabras que él le había dicho le recordaron a ella en sus noches de hospital, sintiendo la misma incertidumbre por el mañana y aquello que se avecinaba para ella, sintiendo el dolor físico de las quemaduras y el dolor emocional al no tener a nadie a su lado.
Yamikumo era como ella y, quizás, aquella era la razón por la que se habían unido ese día.
-- Está bien -- le respondió finalmente. -- Tengo cinco hermanos mayores...
Ante la respuesta a su pregunta anterior, el mayor la abrazó como antes y apoyó su rostro en la cabeza de ella, dándole toda la calidez posible. Su momento de quiebre lo había dejado inestable y por lo mismo su voz se quebraba y sus ojos lagrimeaban.
-- Vaya..., son bastantes, ¿tú eres la menor? -- Vanna asintió. -- ¿jugabas mucho con ellos?
-- No, eran malos.
-- ¿Por qué? ¿Te hacían daño?
-- No les gustaba cómo nací.
Yamikumo no entendía -- ¿Y cómo naciste?
-- Maldita.
Recordar aquellos hechos de su pasado la volvían vulnerable a las garras de su quirk, un poder que ni ella ni nadie entendía y que, por ignorancia, salía a brote y la atacaba.
Su tiempo allí había permitido que su quirk se desactivase y las palabras en su piel se borraran, mas, en aquella conversación, volvieron a salir y pronto las voces de los muertos que aún rondaban en ese cementerio comenzaron a tomar claridad a sus oídos y a hacerse presentes.
Yamikumo notó lo alterada que estaba empezando a estar pero él quería saber, podía sentir que había un problema mayor entorno a ella y, quizás, ayudarla a resolverlo era el motivo del porqué él seguía vagando en el mundo de los vivos.
-- ¿Maldita en qué sentido?
-- Nací con quirk y eso es malo.
-- ¿Eso es estar maldito? -- la niña asintió -- Creo que tu familia es estúpida.
-- Ellos dicen que los quirks solo son una bomba de tiempo y que nos terminarán matando. Creo que debe ser cierto.
-- ¿Por qué dices eso?
-- ¿Acaso no moriré de hambre o frío aquí contigo? Mi kosei me permite verte, oírte y sentirte, ¿pero a qué costo? Estoy varada contigo aquí, lejos de Mitsuki.
-- Quizás estás siendo muy pesimista, ¿y si debíamos encontrarnos? Los quirks no son malos. Tú, por ejemplo, eres una niña muy dulce y buena, ¿qué culpa tienes de haber nacido con una particularidad? Deberías verlo como un regalo.
-- ¿Qué tipo de regalo es este?
-- Bueno, pudiste hacer un amigo demasiado cool como yo.
Vanna levantó la vista para mirarlo de frente, con el seño algo fruncido debido a sus palabras. La niebla se había disipado y dejaba relucir un alba que anunciaba un nuevo día.
-- ¿Somos amigos? -- él asintió, enternecido por la inocencia de la niña -- ¿amigos de verdad? -- el pelinegro volvió a asentir. No se lo dijo, pero aquella era la primera vez que alguien decretaba ser amigo de ella y aquello la tomó por sorpresa. Manteniendo el silencio retomó su lugar, anhelando retomar el calor proveniente del cuerpo grande de él.
~~
Cinco horas habían pasado y el cementerio comenzó a recibir gente que visitaba a sus difuntos con flores y recuerdos, las personas pasaban por al lado de Vanna mas estaban demasiado enfrascadas en su labor de conmemorar que solo ignoraban su presencia y seguían en lo suyo. Vanna dormía plácida al recibir el calor del sol y Yamikumo solo resguardaba su sueño alejando a algunos espíritus que insistían en acercarse al notar la interacción vivo-muerto.
La siesta de Vanna se vio interrumpida al sentir un líquido caer sobre su mano, despertó algo extrañada y, luego de reincorporarse, se asustó.
-- Estás sangrando.
Los brazos y muñecas de Yamikumo se abrieron en cortes profundos y comenzaron a sangrar. El rostro asustado de la niña lo alarmó y el hecho de estar herido lo asustó levemente también.
Él resopló al darse cuenta de qué se trataba.
-- Oh..., bueno, tranquila, así es como morí, supongo que debo vivir mis días como muerto teniendo la herida de mi defunción.
Mas Vanna no podía estar más perturbada.
-- ¡¿Cómo mueres así?!
Él no quería hablar del tema pero tampoco quería dejarla con la duda.
-- Se llama suicidio, yo mismo acabé con mi vida cortando de esta manera mis venas -- escondió sus brazos por encima de su pecho y siguió hablando al ver que Vanna seguía estupefacta -- Vanna, nunca hagas lo que yo hice, ¿me entiendes? Yo estaba decepcionado de mi vida, pasaba por una depresión y las cosas con mi papá no eran las mejores..., si lo digo así suena estúpido, pero no quería vivir y creí que muriendo me sentiría mejor... . No me siento mejor, extraño a mi hermanito y a mi mamá y me pesa demasiado haberles causado el sufrimiento de perderme. Vanna, entiendo que has pasado por mucho y que tienes mucho peso atormentando tu vida..., pero la muerte no es mejor que seguir viviendo, así que vive, ¿ya? Yo pagaré el precio por desechar mi vida.
Vanna no tenía palabras que decir, ni siquiera podía procesar el hecho de que alguien pudiese acabar con su vida, ella siempre pensó que la muerte llegaba a ti de manera involuntaria, ¿pero poder hacerlo con tus propias manos? Era insólito, impresionante, no cabía en su mente que eso fuese posible. Bajó la vista de su rostro a sus brazos escondidos por encima de su pecho y notó cómo seguía sangrando en grandes cantidades.
-- ¿Morirás de nuevo?
Preguntó, viendo cómo el rostro blanquecino de su amigo comenzaba a denotar ojeras y un color azulino que daba la impresión de que estuviera enfermo.
Él negó, no porque estuviese seguro de su respuesta, sino porque no creía en el hecho de poder morir dos veces.
-- Es la primera vez que me pasa..., pero no debe ser nada, en un rato se me pasa. -- aseguró.
No se le pasó.
Las horas pasaron y pronto Yamikumo debió acostarse sobre el césped para poder recobrar un poco del bienestar que se le estaba escapando por los brazos.
Efectivamente, estaba muriendo nuevamente, comenzó se revivir las sensaciones que tuvo ese fatal día en el baño de su casa mas con un susto novedoso al no saber qué le deparará en el futuro.
Había descubierto que había muerte luego de la vida, ¿mas qué hay luego de estar muerto? Miraba el rostro asustado de Vanna y cómo ella se despojaba de sus ropas para poder cubrir la herida de su amigo, intentándolo una y otra vez aún cuando el desangramiento atravesaba la tela como si fuera papel.
-- ¡Dime qué hacer! -- la niña lloraba y sollozaba atemorizada, con la impotencia comiéndole los dedos y arrebatándole la respiración.
Yamikumo solo negó, demasiado cansado como para responderle algo alentador. Elevó su mano hasta su rostro y limpió sus lágrimas una vez más.
-- Abraza a tu mamá por mí, ¿sí? Ámala mucho y bésala mucho, también sé buena con tus hermanos, son más valiosos de lo que crees, ¿bueno?
Entre la saliva que sus sollozos la hacía acumular, gimoteó.
-- ¡No hables así!
El sol descendió nuevamente y la oscuridad comenzó a esconder la imagen de él. Vanna escondió su rostro encima de su pecho y se dedicó a llorar mientras sentía el débil palpitar de su corazón, temiendo de esa manera sentir el último de estos.
-- Hazlo, hazme caso..., por favor.
Habían estado solos durante dos días, la presencia extraña de los demás espíritus fue fácilmente ignorada por ambos, no obstante, en ese preciso instante, la enorme aura de un tercero fue bastante evidente para los dos. Elevando la cabeza de su pecho, Vanna levantó la vista, encontrándose con un ser de luz y oscuridad justo enfrente de ellos.
Era la muerte.
Vanna lo supo de inmediato, habiéndolo conocido ese día de la ahogera al reconocerlo entre el público que la observaba.
Quiso hablar, cuestionar su presencia allí, mas estaba congelada, sin aliento que le permitiese actuar.
Yamikumo también le miró, admirado por su magnificencia, dejando de llorar y de respirar incluso.
Del extraño ser salió una enorme mano de largos dedos y la tendió hacia el pelinegro. Yamikumo se tomó su tiempo en tomarla, dejando de sentir malestar apenas tuvo contacto con él.
-- ¡No te lo lleves!
La voz desesperada de Vanna irrumpió en la escena, quien capió todo su temor para poder hablar. Yamikumo se levantó y la miró, totalmente lleno por la energía revitalizadora y tranquilizadora que aquel ser le brindaba. Le ofreció su mano y la niña la tomó enseguida.
-- Me tengo que ir -- susurró, acunando su rostro con su diestra e inclinándose a su altura para depositar un beso en su coronilla -- no llores, por favor.
-- ¡No me dejes sola!
Él soltó una pequeña risa, negando.
-- Prometo que te cuidaré si las circunstancias me lo permiten.
Vanna estaba sin habla, sin saber qué hacer.
-- Te dejaré algo para que me recuerdes, úsalo bien. Vanna, no eres una maldición, eres un milagro, recuérdalo, ¿bien?
Y sin más besó los labios de la niña, sumiéndola así en un profundo sueño.
Y así, desde la imagen de su primer amigo marchándose con aquel ser, pasó a sentir la voz desesperada de su madre sacudiéndola entre sus brazos.
Sonrió y entre esa sonrisa comenzó a llorar. Por fin, al fin estaba con su madre, al fin estaba en casa.
