Mitsuki era una mujer muy hermosa.
Vanna, recostada en la cama matrimonial de los señores Bakugo, estaba de espaldas sobre el brazo de Masaru sintiendo el cuerpo de Gōgō apoyado sobre su columna, mirando a Mitsuki y cómo esta tenía entre sus brazos a Katsuki.
Desde que ella había regresado ninguno de los dos adultos querían que ella durmiera lejos de ellos, por lo que la dejaron instalada en la cama principal y los gemelos llegaron justo detrás de ella exigiendo ser queridos y ser parte de esa pijamada. Aquello había sido hace uno par de días atrás y, a pesar de que Vanna se despertaba horas antes y había agarrado la costumbre de levantarse y leer, dejó aquello de lado y se dedicó a estar tranquila y disfrutar el extraño calor familiar que surgía allí.
Bueno, el calor familiar era una metáfora pues los hermanos se movían bastante durante la noche y siempre terminaban destapándola y desabrigándola por quedar en medio de ambos. Vanna se empezó a mover despacio queriendo agarrar la primera manta que encontrara, no obstante, justo antes de siquiera empezar con su labor, Mitsuki, entre sueños, cubrió a sus tres hijos con el cobertor, siguiendo durmiendo como si nada hubiera pasado.
Vanna se cohibió, sintiendo su cuerpo calentarse poco a poco empezó a debatir mentalmente.
Mitsuki también era una mamá que abrigaba a sus hijos.
Mitsuki era quien le brindó la sensación maternal que había sentido esa noche de la muerte de Yamikumo.
Sin querer rememoró a su mamá, sabiendo que poco a poco su imagen se volvía más borrosa y de pronto no podía recordar si lo que tenía sobre el rostro eran pecas o manchas por el sol.
La quería, la amaba, pero pronto el calor de sus brazos se fue desvaneciendo y de repente el olor de su perfume ya no vivía en su nariz. No quería dudar, no quería cuestionarla, ¿pero por qué debía dudar sobre su amor? ¿No se supone que los padres aman por sobre todas las cosas a sus hijos? ¿Entonces por qué su madre no la quería? ¿Por qué no la buscaba? Año y medio han pasado y jamás supo de ella.
Mitsuki se demoró tres días en encontrarla.
Y le hablaba bonito, la vestía, la besaba, no la hacía usar lentes y así un sinfín de cosas.
¿Estaba bien quererla?
¿Estaba bien empezar a pensar más en Mitsuki que en su madre?
No quería no amar a su madre, pero podía reconocer un cariño tremendo hacia Mitsuki y negarlo más le estaba doliendo.
Vanna solo quería descansar, aquel dilema le atormentaba de sobremanera.
Yamikumo la hizo prometer amar a su mamá y ella solo pudo pensar en Mitsuki cuando sellaba su promesa.
¿Podía negar más ese sentimiento?
El día en la casa de los Bakugo comenzó y Vanna había vuelto a su silencio como si nunca hubiera hablado, retomó su rutina de ayudar a los adultos y a seguir pegada a las faldas de Mitsuki.
Suspiró, Yamikumo le había ayudado bastante en cuanto a su dilema con su kosei pero no le había esclarecido ni un poco sus temas maternales.
Luego de almorzar, Masaru sentó en el sofá a los 3 niños y puso una película de Disney que Vanna jamás había visto, preparando palomitas y sentándose junto a ellos mientras Mitsuki salía a hacer unas comprar al supermercado.
Vanna no enclareció el motivo de su "huída" aquel día y ni Mitsuki ni Masaru sabían qué pensar. Vanna no les dijo que podía ver espíritus y tampoco les dijo que se fue con uno de ellos, para los adultos, Vanna había escapado de ellos porque no se sentía cómoda y aquello era motivo más que suficiente como para poner manos en el asunto.
Así, mientras Masaru la entretenía con algo que ella quisiese, Mitsuki buscaba el regalo perfecto para la niña.
¿Pero qué le compras a una niña de la cual no sabes casi nada y que tampoco dice qué quiere?
Mitsuki jamás tuvo juguetes, recordaba jugar con pequeños origamis que ella inventaba y le hecho de tener hijos varones tampoco la ayudaba en saber qué comprarle a una niña.
¿Acaso debía pedir ayuda?
Llamó a su hermano mayor en busca de respuestas.
-- Bueno... Toga juega con muñecas. -- respondió él, rememorando la gran cantidad de muñecas que su hija tenía en su habitación -- le gustan las de trapo, las de plástico la asustan, ¿por qué preguntas?
-- Qué te importa vejestorio, gracias por el dato. -- y colgó, caminando más determinada a la tienda de juguetes.
~~
Mitsuki volvió a casa luego de dos películas y media, Vanna para ese tiempo ya se había obsesionado con las princesas de Disney y había aburrido lo suficiente a los gemelos como para terminar sola en el sofá viendo la televisión mientras los niños jugaban a espaldas de ella con unos pequeños autitos de colores.
La mujer entró a casa con varios paquetes encima y por lo mismo entró de manera dificultuosa. Los niños corrieron hacia ella, curiosos por ver qué traía su madre.
-- ¿Nos compraste algo? -- preguntaron al mismo tiempo.
Mitsuki rodó los ojos.
-- Hola hijos, yo también los extrañé -- ironizó, conectando miradas con Vanna quien la veía desde el sofá -- Ven cariño, les traje algo a los tres.
Gōgō y Katsuki celebraron en voz baja, sin poder esperar a que Vanna llegase para saber qué les compraron.
-- Ya, el primero es para Gōgō -- anunció sacando de una bolsa un cubo rubik con cinco filas y columnas.
-- ¡NO PUEDE SER! -- exclamó el rubio, tomando el juguete entre sus manos para admirarlo mejor -- ¡Gracias mamá! -- agradeció antes de desarmar por completo el cubo.
Katsuki saltaba en su sitio, emocionado por el juguete que le correspondería. Vanna por otro lado no podía estar más quieta. Masaru solo veía la escena desde el pasillo, justo detrás de sus hijos.
-- ¡Y este es para Katsuki! -- de la bolsa sacó un paquete lleno de cartas de All Might.
Katsuki literalmente gritó, echándose al piso para poder ver una a una las cartas de tenía.
Ella solo rodó los ojos y se dirigió a la niña.
-- Y este último es para ti, mi vida -- le tendió la bolsa con el regalo dentro para que sea ella quien lo sacase.
Vanna tomó la bolsa entre sus manos y la apoyó en el suelo al ser tan grande, sin poder reconocer lo que había dentro con solo verlo, sacándolo con una mano de esa manera.
Era una muñeca de cabellos rubios hecho de lana, con los ojos grandes y pecas por todo el rostro, vistiendo el vestido más lindo que Vanna había visto. Era grande, más grande que su propia cara, la sujetó entre sus manos y paseó sus dedos por toda ella, sintiendo la textura de los materiales y logrando percibir el olor a tela que desprendía.
Mitsuki se agachó a su altura para ver su reacción y pudo notar cómo sus ojitos brillaron.
-- ¿Te gusta? Es para ti.
Vanna no podía creer que algo así fuese suyo. Miró a Mitsuki algo incrédula y luego volvió a ver a su muñeca.
La niña sonrió de la manera más linda que Mitsuki halla visto, viéndola genuinamente feliz por primera vez. Mitsuki le devolvió el gesto, dándose por pagada con eso.
Vanna iba a correr a su habitación a guardar la muñeca para no estropearla, mas se devolvió sobre sus pasos al recordar que no le había agradecido el regalo.
Retomó su lugar, sin soltar la muñeca y sin borrar la sonrisa.
-- ¡Gracias mamá!
Exclamó, sin pensar para nada en aquello, dándose cuenta de lo que dijo solo cuando vio la expresión de asombro en el rostro de Mitsuki.
Y fue allí cuando Vanna se soltó a llorar.
No era el hecho de haber dicho algo, era el hecho de haberla llamado Mamá tan fácilmente.
-- Y-Yo... ay no -- quiso remediarlo, pero no sabía cómo. Se incó en su sitió y se dedicó a llorar, cubriendo su rostro con sus brazos y manos.
Los adultos se miraron entre ellos y hasta los gemelos se callaron, estando pendientes de cada movimiento por parte de los mayores.
Masaru se acercó lentamente y se sentó detrás de ella, subiéndola a su regazo y arruyándola en su pena mientras Mitsuki se posicionaba a su lado.
Vanna no sabía cómo explicarles que sentía que había traicionado a su mamá. Para ella, su madre perfectamente podría llegar un día cualquiera a buscarla, a reclamarla, a llevársela de vuelta, incluso si todo el mundo le decía que aquello no sucedería Vanna no se lo creería.
Mitsuki, de alguna manera, entendió el llanto de la niña y se unió al abrazo que Masaru le ofrecía.
-- Mi amor, ¿qué sucede? -- con una voz suave comenzó a preguntarle ella.
Vanna negaba, incapaz de hablar. Ya no podía recordar el olor de su mamá, sus dedos no podían rememorar la textura de su piel, no podía recordar el tono de su voz y sin embargo el aroma de Mitsuki inundaba su nariz, su voz se paseaba por entre sus oídos y Vanna no podía dejar de llorar.
Ella no era capaz de reconocer que su madre seguía viva por allí, para ella, llamar a Mitsuki mamá era lo mismo que asumir que su madre estaba muerta, que definitivamente no volvería por ella, ¿cómo podría aceptar aquello? Su madre, que tan borrosa se volvía a sus ojos y que dejaba un hueco en su corazón ante su ida.
Y Vanna solo lloró con más fuerza.
Porque quería tanto que Mitsuki fuese su madre.
Y quería tanto que su madre la amara como ella.
