El FALLO

El tiempo pasó sin darse él cuenta hasta que se estancó justo en el momento menos oportuno. Austria debería estar disfrutando de este momento, son sus últimos momentos soltero, pero siente que la espera es larga y comienza a sentirse cansado. En definitiva, la fecha especial llegó más rápido de lo que le parece que está durando esta supuesta breve espera. Austria permanece de pie e inmóvil junto al altar. Ver aparecer a México del brazo de su padre es lo único que le va a alegrar el día. Cuando ese momento llegue, estar parado va a adquirir sentido, mucho sentido. No debería estar aquí, pero las circunstancias de su compromiso lo trajeron contra toda tradición. Le resulta divertido pensar que ahora agradece haber venido. Tendrá oportunidad de estar junto a su prometida en esta ceremonia para que ella pueda prescindir del sustituto que tendría que ocupar su lugar. Su propia madre pasó por lo mismo cuando se casó con su padre. A su padre no pareció importarle mucho los detalles, pero a él sí. Otra razón más para no arrepentirse de haber obedecido a su familia hace algunos meses y haber vuelto hace menos. Obviamente piensa que esto es una exageración, pero sabe apreciar las ventajas.

Austria es de los escasos que ha hecho el viaje, aunque el único por circunstancias así de extrañas. Con todo, él no es la única, ni la mayor de todas las anomalías presentes en esta ocasión. Nunca se detuvo a pensar que pudiera haber tantos invitados previstos para este día. En realidad, nunca le dio un vistazo a la lista de invitados que confirmaron su asistencia, ni a la previa de los contemplados para que lo fueran. No hubiera reconocido muchos nombres, ni hubiera reconocido a quién correspondía qué tratamiento. Tampoco es que observar disimuladamente a los asistentes, ahora que los tiene a su alcance, le sirva de algo. Todos son habitantes de este lado del mundo, como debe de ser. Algunos rostros le parecen familiares, otros ni por asomo y están los que al menos ha visto una vez antes de ésta. Lo que sí reconoce es la sensación de estar fuera de lugar. Una vez más queda claro que el extraño aquí es él. Pero, por primera vez desde que puso un pie en estas tierras, reconocerlo no le produce ningún tipo de incomodidad.

En primera fila a la derecha se encuentran los integrantes de la familia principal del clan Hispania y su tía. Entre ellos parece haber opiniones encontradas al respecto de su unión con una de los suyos. Si sus cuñadas no parecen estar dispuestas a aceptarlo como hermano, tampoco parece que quieran oponerse abiertamente a su matrimonio con su hermana. Desde que volvieron de la visita hecha a su buen amigo Brasil y su familia, le parece notar a Austria que dos de las cuatro hermanas de su prometida, Bolivia y Paraguay Hispania, aceptan en alguna medida que él ingrese en la familia y pase a ser su hermano. Algo que Austria agradece a su manera. Su prometida le ha contado cómo resolvieron sus diferencias. Paraguay fue fácil de convencer. Una buena biblioteca lo ha arreglado todo. Austria duda que sea eso. Aún más, se pregunta qué le podría faltar a la biblioteca de su suegro, pero ha preferido guardarse el comentario. Bolivia es un amasijo de contradicciones decidido a no perder a su hermana. Austria sospecha que se trae algo contra el nombre de Germania o, en todo caso, contra el Capitán, su primo. Ella lo dejó entrever cuando estuvieron de visita con su primo Brasil. Con todo, parece preferir conservar a su hermana que insistir en negar un cuñado.

La hermana mayor, Perú, no parece tan satisfecha. Más bien, se la ve resignada, pero al mismo tiempo como si no quisiera abandonar del todo su inconformidad. Perú es fríamente amable, pero Austria no espera hostilidad de su parte, tampoco mucha cordialidad. Él no esperaba otra cosa de ella. No después de lo que se enteró que patrocinó para ayudar a su gemela a salir soltera de este asunto. Menos aún esperaba que Cuba fuera a interesarse en ocular su sentir. La menor de las Hispania es quien tiene la peor cara de fastidio. Austria supone que escuchar a todos decir que su hermana se casará mejor que el resto, incluida ella, ha de ser insultante. Escuchar alabar tanto a Perú ha de haber mermado la confianza y seguridad del resto de las hermanas. Sin embargo, Austria duda que eso le haya afectado en algo a Cuba. Él no ignora que su tía desea sacar provecho de un buen matrimonio para Perú y que el resto no le importa, pese a su preferencia secundaria por Cuba. Algo le dice que México fue un experimento, a la vez que una jugada importante, por eso le dio prioridad aunque la odia. Paraguay es ignorada sin disimulo y ella ha aceptado vivir con eso. Bolivia es modesta en sus aspiraciones. El peligro está en las ansias de Cuba por superar a sus hermanas y demostrar su propia valía ante alguien más que sus hermanas y su padre.

El señor Portugal e Imperio del Brasil son los miembros de la familia que le han aceptado sin reservas como su sobrino y primo. No le extraña, pero igualmente lo agradece. Ambos entienden lo que significa ostentar el título de Imperio. Además, son personas prácticas. Familia es familia y hacer buenas alianzas a través del matrimonio sólo es parte de contribuir a su preservación. Pero su cercanía no para ahí. Inclusive, Austria asistió a la boda de Brasil con otra Hispania, una distanciada de él por algunas ramificaciones familiares. Haber presenciado eso le genera un sentimiento de familiaridad. Los Hispania vinieron a reproducir el modo en que uno escoge esposa en el viejo mundo. No todo podía ser diferente con ciertos clanes de Europa instalados en este lado del mundo. Pudo atestiguar eso sólo porque los Germania son cercanos al señor Portugal. Austria ha tratado con Brasil Hispania desde antes de que éste se casara o se acordara el compromiso del propio Austria.

Lo único que le preocupa de esa parte de la familia es la esposa de su buen amigo. Gran Colombia de Hispania ha insistido en venir sin importar su condición o lo demasiado jóvenes que son sus hijos. Esa lealtad a la familia es admirable, aunque bastante temeraria. Sigiere que es capaz de cualquier cosa por la familia incluso si eso significa lograr lo imposible. El que su rama familiar también esté presente sólo sugiere que ese rasgo no es exclusivo de ella.

Austria continúa su recorrido visual. Los servidores de su prometida se encuentran también en primera fila, pero a la izquierda. Despliegan una solemnidad y tranquilidad de las que nunca les creyó capaces. Aún desconfían un poco de él, pero le han dado su voto de confianza y colaboran sin muchas reservas en sus planes o los de Maximiliano. Eso es demasiado bueno para ser verdad. Entre ellos se encuentran Chile y Suiza, sonriendo discretamente. Detrás de ellos puede ver a todos los hermanos Britania, incluido su primo Estados Unidos, quien ha venido con su esposa, otra descendiente de Hispania que comparte esa lealtad familiar. Aunque no le agrade, Austria no encontrará remedio para la cercanía con esos hermanos. Distribuidos en el resto de los asientos disponibles en el templo, se encuentran algunos miembros de la extensión perdida de los Hispania en el clan Del Caribe, algunos Galia, otros tantos Britania y algunos parientes lejanos de su tía Bélgica. Le alegra de ver a Argentina por ahí, no tanto así a su hermana Uruguay. Todos han venido a despedir a México. Su presencia es la aceptación implícita de la unión que está por confirmarse.

Mutter envía esto. Cada mujer que ha ingresado por matrimonio a la familia la ha llevado puesta el día de su boda. Es tu turno, Schwester. Esto es tu algo prestado —le dijo Suiza al día siguiente de su llegada. Acto seguido le ofreció la diadema con diamantes incrustados con la que ahora Jalisco sujeta su velo.

Esas palabras acuden a su mente mientras sujetan su velo con ella. Es fácil ponerse una diadema, pero las implicaciones que le impone poder llevarla son importantes. A México se le forma un nudo en el estómago. Dentro de poco dejará de ser una de las cinco señoritas Hispania y pasará a ser la nueva señora De Germania. No va a ser completamente oficial, pero será lo suficiente como para que se sienta real. No es tanto por el hecho de quién será su marido, sino por la familia de la que pasará a formar parte. El nombre de Germania es más pesado que el que ha llevado hasta ahora. No le sorprendería que sus miembros sean exigentes, aunque Suiza parece aceptarla sin problemas. Si confía en las palabras de ella, su suegra, que es también su tía a través de su madrastra, no será un problema. El resto de los hermanos Germania es una incógnita que la sigue inquietando. No conoce del todo a sus cuñados. Lo que tiene seguro es que sabe de antemano que miembros de familias poderosas no ven con buenos ojos su unión.

— No está enfrentando un imposible, señorita, sólo se va a casar —le recuerda Jalisco para intentar tranquilizarla.

— Don Austria nos ha demostrado que puede ser un buen hombre —agrega Nuevo León como si le estuviera leyendo la mente y le ofreciera el único confort de que dispone—. No podría haber pedido algo mejor para usted que buena disposición.

Eso es suficiente para ella, pero eso no los protegerá de las reacciones que su matrimonio produzca fuera.

— Gracias, a ambas, Jalisco, Nuevo León. No sé qué haría sin ustedes —no sabe cómo formular sus miedos en voz alta y prefiere no hacerlo.

— Es un día importante para usted. También para nosotros —admite Jalisco—. Es importante no titubear. Don Austria nos trata bien y ha mantenido su palabra. No podemos pedirle más.

Definitivamente lleva su preocupación escrita en el rostro. Está segura de que no ha hablado en voz alta.

— Lo dice por todos nosotros —le asegura Nuevo León.

— Regresamos al juego de los Imperios —balbucea México como advertencia. Si lo han olvidado, ella debe mantener vivo el recuerdo—. No nos fue muy bienque digamos la última vez.

— Lo sabemos —afirman al unísono sus dos servidoras—. Y sabemos que tendremos alguien que nos apoye y proteja. Esta vez no estamos solos.

México acepta que eso es una diferencia significativa, mas no es suficiente.

— Usted sólo disfrute del momento, señorita —aconseja Jalisco—. Casi nadie goza de la suerte de encontrarse completamente a gusto dentro de un matrimonio arreglado.

— Pase lo que pase mañana —secunda Nuevo León—. Hoy estamos bien con el arreglo. Hoy es una decisión buena y aceptable. Se pierde la condición de Imperio en cualquier momento, pero estar casado sólo la muerte lo anula. Desde siempre hemos pedido a la Virgen que le diera un marido que estuviera para usted, sin importar los altibajos. No nos cabe duda de que nuestras plegarias han sido escuchadas.

Eso conmueve a México. Supone que está muy sensible.

— Nos faltó especificar en qué circunstancias lo queríamos para ti, pero tampoco podíamos ser tan exigentes. La voluntad de Dios no responde a nuestros caprichos. Pero esta unión es lo que te corresponde, por obra de mi mujer o sin ella —continúa una tercera voz que sobresalta a México—. Es algo que siempre pedí a Dios para ustedes, hija mía. Tu madre estaría complacida.

Tajtli...

Estaba tan entretenida con sus propios sentimientos que no lo escucho llegar.

— Es hora, Nueva España. Tendré el honor de entregar a mi hija seguro de que no la sentencio a la hoguera —finaliza su padre acercándose a ella.

A México se le critalizan los ojos. Desde hace tiempo, específicamente desde que dejó de ser una niña, que su padre no la llama así. Intenta contenerse y toma el brazo que le ofrece su padre. Nuevo León y Jalisco se apresuran a recoger el extremo de su velo y una canasta. Las tradiciones de la familia de su madre no han quedado en el olvido. Por lo menos conservará las que más pueda.

— Tu madre y yo fuimos comprometidos de una manera similar a la tuya —narra su padre con la nostalgia tiñendo su voz—. Su padre buscaba un buen aliado y yo necesitaba ayuda. No estábamos en la mejor disposición para cuando nos casamos y sufrimos mucho los primeros años. Luego, supongo que aprendimos tolerarnos —sonríe perdido en el recuerdo—. Para cuando la última de ustedes nació, ya habíamos forjado una relación tranquila y estable. Tú, México, has llegado a tal entendimiento con el joven Germania que me parece ridículo que aún estés dudando. Venga, hija, ¿qué clase de guerrero crío tu madre? ¿Cuándo te importó lo que dijeran los demás?

Tajtli, nunca había hecho o dicho algo que repercutiera tan lejos —objeta México—. Mi familia es primero y no quiero que algo les ocurra por esto.

La pequeña comitiva sale de la habitación en que México estaba preparándose para la ocasión.

— ¡Qué va! Sabes que Perú piensa aceptar a ese coronel, ¿verdad? Eso habla mucho de su sentido de la autopreservación. Me apuesto a que tu gemela no quiere que la dejes sola en una casa de locos —refuta a su vez su padre, en el fondo no está tan convencido de encontrar la situación divertida pero lo hace por el bien de su hija—. Encima es un Del Lacio. No me extrañaría que Bolivia acepte para sí al primer militar que se le atraviese en el camino. Y no hablemos de Cuba. Paraguay es mi único consuelo.

— ¿Está diciendo que yo estoy siendo buena a comparación de mis hermanas, salvo Para, Tajtli?

La incredulidad combinada con suspicacia en la voz de México hace sonreír a quienes la rodean. Han cumplido su objetivo. México se ha relajado tanto que ha entrado en modo detección de cosas absurdas. Un estado natural en ella.

— Sí, Méjico. Eres la que mejor que se ha portado hasta ahora, por increíble que parezca.

— Es mi primer cumplido en años. ¿A qué santo le debo esta gracia?

Abordan el carruaje que los llevará a la iglesia donde tendrá lugar la ceremonia.

— Tómalo como regalo de bodas —concede el señor Hispania siguiéndole el juego. Luego se pone serio—. Te voy a extrañar, México.

— Yo igual, Tajtli. Tendré menos tiempo para ustedes y quizá permanezca en la tierra natal de usted.

— Supongo que los Hispania teníamos que regresar de alguna manera y te ha tocado a ti cumplir con eso.

Ambos enmudecen una vez llegan a su destino. Una vez al inicio del camino hacia el altar, México puede ver desde ahí a Austria, esperándola enfundado en su uniforme de gala y cubierto por un manto tradicional de este lado del mundo. Si su padre y servidoras habían logrado tranquilizarla, ahora está completamente revitalizada. Nada, ni nadie existe más que Austria y ella. Y es entonces que cae en la cuenta por completo de que no le cabe duda de que está arruinada. Austria la ha arruinado.

La larga espera ha acabado. Austria está más que aliviado de eso. Su novia ha aparecido y camina hacia él junto a su padre. La contempla contento de que no sea otra la que esté a punto de reunirse con él frente al sacerdote. La observa con cuidado. Pensó que utilizaría alguno de los trajes que suelen confeccionar para ella sus servidores. No se equivocó, pero esto no parece una creación tradicional. Más bien parece un intento por dejar claro un mensaje. Aceptación y unidad. Algún día Austria descubrirá a la mente maestra detrás de la idea. Es una promesa. Aunque ya se está dando una idea.

Su principal sospechosa es Jalisco porque el corte del vestido es cora. No obstante, reconoce algunos bordados como típicos de Oaxaca, Michoacán, Hidalgo, Puebla y Yucatán. El resto ha de ser obra de los demás, aunque la fina tela que envuelve los hombros de la novia es obra de Querétaro. El patrón en que se suceden los bordados es parisino, su tía ha intervenido en eso o quizá la propia París lo ha hecho. El cuello y los puños son al más puro estilo incómodo de los Hispania. Entonces Austria se fija en la diadema que resplandece en lo alto de la cabeza de su novia. Reconoce la joya y el peinado que luce su novia como propios de su familia. Un pequeño rastro de cada cosa que los definirá como familia está presente en ella.

Austria no tiene idea si todo eso junto realmente combina o no. Para él, todo junto sólo hace que ella parezca el ser colorido y vivaz que ya es de por sí. Le sienta de maravilla. Es como si ella misma fuera la combinación de muchas cosas que a nadie se le hubiera ocurrido antes que podrían ir juntas. Austria se detiene para reírse de sí mismo. Por lo visto, está perdiendo el buen gusto. ¿Desde cuándo le gustan los experimentos en el arte? Por muchas razones, no sólo por ésta, podría decir que está perdiendo el buen juicio. Si lo piensa un poco, ya no le importa si son o no las mejores condiciones en las que toma por mujer a alguien. No le importa avivar el fuego enemigo de varias familias con esto. Ni siquiera que está preocupado por las consecuencias directas que esto traiga a su relación con la familia con que más ha tratado toda su vida. No le afecta demasiado saber que la novia en cuestión no tiene motivos ni razones para confiar en él. Y con todo, quiere seguir con esto hasta sus últimas consecuencias.

En efecto, no lamenta el haber dejado ir a una oportunidad mejor en Europa, pese a lo que hubiera pensado en un principio. Donde tenía posibilidades de una alianza política que hubiera ofrecido algunas ventajas, pero que a la larga resultaría muy frágil. Concluyó eso una vez se detuvo a considerar los detalles. Con la joven que pronto se convertirá en su esposa tiene algo más que una posición ventajosa contra su primo. Puede afirmar sin reservas que quiere vivir con ella, estar en su compañía y compartir con ella lo que duren sus vidas. Empezaron muy mal su relación, cierto, pero confía que su impertinencia no les cueste caro. Está más que dispuesto a hacerle olvidar eso. Sus esfuerzos han empezado a rendir los primeros frutos. Ahí está esa cálida mirada que ella le está dedicando desde donde se encuentra. El resto puede irse al infierno. Les concede un viaje especial a su primo y a Slav. En especial, Slav ya no debería de andar buscando a su familia.

Antes Austria no se sentía involucrado, no demasiado, hasta que lo vió detrás de su mujer. Desde entonces sus acciones se volvieron una afrenta personal. Si no le había dicho algo hasta ahora a ella es porque no le correspondía decirlo. Técnicamente todavía no era parte de la familia. Los Germania nunca harían partícipe de sus auténticos problemas a una extraña, por más cercana que fuera, pero sí, al menos en gran parte, a su esposa por obvias razones. Está seguro que su mujer entenderá eso cuando llegue el momento en que Alemania decida hablar con ella.

Austria decide que es hora de hacer todos sus pensamientos a un lado. No necesita sus prejuicios y convicciones estorbando ahora. Puede darse el lujo de mirar a su novia y olvidarse del resto.

— Le encargo mucho a mi hija, joven Germania —le saluda el señor Hispania en cuanto llegan hasta él—. Confío en que sabrá cuidar de ella.

— Téngalo por seguro, Vater —promete Austria tomando la mano de la hija que le confía el señor Hispania.

— Mis mejores deseos para ambos —se despide el padre de ella antes de retirarse junto a la tía de Austria.

Ambos novios intercambian una última mirada antes de girarse hacia el sacerdote, quien comienza a hablar. Austria fue advertido de que esta ceremonia, por ser una especial para la novia, sería muy diferente a la que él esperaría. Ciudad de México se encargó de instruirlo con tiempo en lo básico. Con todo, no puede evitar sorprenderse cuando constata que esta ceremonia es una fusión extraña de tradiciones.

A indicación del oficiante, Sonora le pasa carne; San Luis Potosí, monedas; Veracruz, pescado; Guerrero, fibras y Yucatán, algunos frutos y semillas. Austria los toma de sus manos con el mayor cuidado posible y se los pasa a la novia. Ella los recibe y le devuelve tortillas, platillos y bebidas preparados, telas, entre otras cosas. No se espera de ella que cocine o hile, pero el significado detrás de eso sigue latente. Austria tiene la ligera impresión de que en su caso particular es al revés por completo. Al final del intercambio, les ofrecen una figurita de amaranto y un jarro con chocolate que deben compartir. Austria aún se pregunta si esto está siendo demasiado. Creía que la región era completamente católica. Comprueba que hay algo más que eso. Ahora entiende algunas costumbres extrañas que ha podido observar, sin entender demasiado, de esta particular rama de la Casa de Hispania. El sacerdote toma el extremo de su manto y el de la tela que envuelve a su novia y hace un nudo. Con ese simple gesto los declara marido y mujer.

Los aplausos y vítores no se hacen esperar. Austria está procesando por lo que acaba de pasar que no escucha el alboroto. Su mujer, porque para los presentes ella ya lo es, le toma de la mano.

— Vamos, que nos esperan fuera —le recuerda haciendo que Austria salga de su estupor enseguida ante la confianza con que tira suavemente de él—. Señor Germania —el tono que emplea es serio, el brillo en sus ojos dice todo lo contrario—, espero que sepa en lo que se ha metido —agrega con una sonrisa.

— Lo sé y créame que no me arrepiento, Frau Germania —declara Austria dándole un beso en la mejilla para emoción de los presentes.

— ¿Preparada para ir al encuentro de nuestros padres, Schwester? —pregunta Suiza dedicando una sonrisa tranquila a su cuñada.

Las palabras de Suiza sólo son un recordatorio de que probablemente le espere uno o dos familiares de pensamiento similar al de su madrastra. Eso no es un alivio, pero le da algo con qué distraerse y aparentar su mareo. El barco acaba de anclar en el puerto a primera hora de la mañana. México ha pasado el viaje intentando dormir, pero el vaivén de la nave no ha sido de mucha ayuda. Pocas veces ha viajado al otro lado del océano. Por lo que no se ha embarcado muchas veces en su vida, pero la señora De Hispania logra que los eventos sean memorables de la peor manera. Lo único que puede apreciar de este viaje es que el propósito de realizarlo es distinto al último que hizo. Agradece, además, que esta vez se siente en verdad acompañada. No sólo viene con su marido y su cuñada. También viene con ella una de sus hermanas y un amigo más que pariente; aunque oficialmente es lo último por partida doble. La presencia de los cuatro la reconforta como nunca se imaginó. Realmente quedó traumada de la última vez que pisó suelo europeo. Paraguay y Suiza caminan junto a ella para descender del barco. Detrás de ellas, Austria y Chile se encargan de que el desembarco de sus pertenencias sea ordenado.

— Sí, lo estoy —afirma México aparentando la convicción que logra mantener a medias.

— Me alegra oír eso —aprueba Suiza. No está muy convencida, pero está algo aliviada de no oír una negativa—. ¿Que tal el viaje, Paraguay?

— No he podido avanzar ni un poco abordo —lamenta la hermana menor de México, quien sacude el libro que lleva en la mano—. Mex dice que debo descansar, pero el conocimiento no espera. Siempre hay más de lo que en verdad se puede adquirir. Suiza, tú me comprendes.

La relación que han alcanzado ambas concuñadas evolucionó muy rápido desde que se conocieron a los pocos días de la llegada de Suiza a la hacienda. A México le tranquiliza que su cuñada esté encantada con todo lo nuevo que ha traído a su vida el matrimonio de su hermano. Nuevas hermanas, nuevas experiencias, nuevos lugares, un nuevo mundo. No puede más que sentirse satisfecha con el arreglo. Se lo ha dicho reiteradamente a lo largo del viaje. México desea sinceramente que no se desilusione en algún momento.

— Me parece que sí. El pianoforte siempre absorbe mi tiempo. Mi madre primero lamenta que pierda el tiempo por atender otras cosas —confirma Suiza—. Luego, se lamenta porque me dedico demasiado al instrumento. Resulta un círculo vicioso, pero agradable.

— Nuestras vidas nunca alcanzan para todo lo que este mundo nos ofrece. Elegir bien es de suma importancia —sentencia Paraguay encantada de saberse al fin comprendida.

Por alguna razón, México duda que lo que acaba de decir su hermana menor sea una de las tantas citas o paráfrasis con que ella gusta de llenarse la boca. Lo que acaba de comentar suena algo más original, pese a que sea altamente posible que lo dich resulte de una reflexión basada en algún pensador de antaño. Como Paraguay no elabora más, Suiza decide continuar la conversación con otro tema.

— Pude ver a algunos de sus servidores algo mareados, Schwester —se dirige a México nuevamente—. Espero que se recuperen pronto. Creo que se van a llevar de maravilla con el resto. Berna estaría encantada de recibir nuevas visitas, especialmente si van a ser casi familia. He de admitir que me sorprendió que su gemela rehusara venir. Las creí muy unidas. Mire a mi primo, se ofreció a venir con nosotros.

México entiende la indirecta, pero decide que ella también tiene secretos que guardar por respeto a su familia.

— Desde que la señora De Hispania llegó a nuestras vidas, Perú y mis hermanas acentuaron la distancia existente entre nosotras. Mi gemela tiene sus prioridades. Una de ellas es no atender los deseos de nuestra madrastra. Así que nunca hubiera considerado, ni por un instante, acompañarme —México se guarda otras razones mucho más determinantes para la ausencia de Perú.

Si Suiza no lo ha notado, prefiere no informarla de la situación.

— Mi tía se mantiene leal a los Galia. Eso también es un problema para nosotros —concuerda Suiza dejando entender que ha entendido la implícita acusación.

México sólo asiente con la cabeza antes de continuar.

— En segundo lugar, su presencia daría impresiones equivocadas. Quiere evitar malos entendidos de varios tipos —México intenta hacer una broma con lo siguiente que va a decir para quitarle seriedad a lo primero que dijo—. No me perdonaría fácilmente una traición. Pero tampoco quiere confundir a alguien. No sé qué plan retorcido se trae con el Coronel Del Lacio. No entiendo a ninguno de los dos.

Frau Uruguay del Lacio mencionó algo al respecto cuando mi hermano regresó de la casa de ustedes por una emergencia —comparte Suiza—. Deseaba que se les extendiera una invitación para quedarse con nosotros. Decía que necesitaba alejarlo de muchachas inadecuadas para su hermano. No quería acceder a lo que, supuse, eran únicamente triquiñuelas. Mi familia tiene otros planes y tampoco se puede permitir malos entendidos. Afortunadamente, no fue necesario. Alguien más le hizo el favor y él fue llamado repentinamente a no sé donde. Dígame si me equivoco. ¿Su gemela quiere hacer sufrir al joven Coronel por algún error cometido antes de aceptar su mano? Eso es muy poco recomendable.

México la mira con tranquilidad, aunque en el fondo está sorprendida. Esta chica es muy perspicaz.

— No lo sé exactamente —admite—. No me dirige la palabra como antes. Lo último que supe es que ella le correspondía en el sentimiento, aunque no se lo demostrara tan bien. Los vi más de una vez juntos y siempre me pareció que la estaba cortejando, pero no formalmente. Nunca habló con nuestro padre. Con todo, Padre está seguro que ella lo aceptará si él le propone matrimonio. Nuestra madrastra ha observado lo suficiente como para estar igualmente convencida. Es por eso que está furiosa. Lo que sí puedo asegurar es que, en algún momento, las intenciones del Coronel Del Lacio pasaron a ser serias. Sus ademanes y palabras en las últimas veces en que hemos coincidido me indican que quiere que mi gemela acepte ser su esposa. Perú estaba encantada con él antes de que se marchara sin avisar. Ahora no la veo muy enamorada, más bien, me parece que está desesperada.

— Mi tía es terrible —adivina Suiza con lástima—. Hablando de Tante, he recibido una carta de ella. Ahí pone que espera al siguiente Hispania para el próximo año. ¡Tendremos un hermanito!

— Jura y perjura que será un niño. Dios sabe que necesitamos un hermano —México aún no decide si es un alivio o no tener un hermano o hermana gracias a su madrastra—. Le recibiremos con gusto sea lo que sea. Dudo que ese bebé libre a mi gemela de los intentos de nuestra madrastra por impedir que ella ingrese en un matrimonio poco ventajoso.

— Duda bien. Pocos son los Galia que dan por perdida una batalla —le advierte su cuñada.

Las palabras de Suiza no son alentadoras en ningún sentido. México puede atestiguar que lo dicho por ella no es para menos.

En cuanto Austria ayudó a su mujer a descender del carruaje, notó el cambio en ella al ver reunidos a sus servidores a la entrada del palacio. Fue breve, casi imperceptible, pero lo suficientemente notorio para él. México los miró por un fugaz momento con aprehensión mal disimulada. Austria sólo pide que no piense seriamente que ha entrado en un mundo distinto al que ha conocido toda su vida. Eso podría crear situaciones incómodas e innecesarias. Es importante que no lo piense así aunque no esté del todo equivocada. Aquí la organización es ligeramente distinta. La organización de la propiedad privada no se compara al sistema hacendario en que ella creció, pero tampoco es que la mecánica de la administración sea distinto. No podrá evitarle algunas experiencias, tampoco podrá evitar que asocie el recuerdo de su tía arrastrándola por media Europa con algún suceso que ocurra más adelante. Lo único que le queda es prevenir que eso la golpee desde su llegada. De lo contrario, eso le arruinaría su introducción a la familia y al rol que le corresponde ahora que ha llegado a su nuevo hogar.

— Es un placer conocerla, Frau Hispania. A nombre de toda la Casa de Germania, le doy la más calurosa de las bienvenidas —se adelanta Viena inclinándose ante ella—. Estamos su servicio con la mejor disposición.

Burgenland, Carintia, Baja Austria, Salzburgo, Estiria, Tirol, Alta Austria y Vorarlberg imitan el gesto de la Capital. México corresponde como mejor puede.

— Encantada de conocerlos. Gracias por el recibimiento —es lo único que responde.

Acto seguido, los estados y sus distritos se dispersan para cumplir sus obligaciones. Algunos de ellos se dirigen a atender a los invitados o a la nueva señora de la casa. Pese a que han ignorado ligeramente a Austria, éste se siente aliviado, podría decirse que esperanzado. Ahora que ya tienen una señora de la casa, espera que abandonen el mal hábito de prestarle demasiada atención a él. De ahora en adelante ya tienen hacia quién girarse para atender los asuntos domésticos. Su hermana o Carintia se han turnado el papel que ahora desempeñará su esposa. Austria espera un cambio para bien y sin complicaciones ahora que todo puede funcionar como se supone que debe hacerlo.

Herr Österreich, nos alegra tenerlo de vuelta —se adelanta Tirol siendo el primero en saludarlo—. Tiene un asunto urgente por atender. En su ausencia, el patriarca de la familia De los Cárpatos ha venido varias veces con el objetivo de entrevistarse con usted. Siempre viene acompañado de su hija. Nunca avisan cuándo vendrán, pero acostumbran venir por la mañana. Pidieron ser notificados de su regreso lo antes posible.

— No hay que avisarles por ahora, Tirol. Esperemos que no se enteren de que he regresado antes de tiempo —indica Austria—. Hazles pasar a mi despacho en cuanto vuelvan.

— Como guste, Herr —responde Tirol antes de alejarse.

Austria respira hondo. Quisiera entusiasmarse ante cambios que se avecinan ahora que tiene a su mujer con él. Por ejemplo, le agrada la idea de que la habitación contigua a la suya por fin será ocupada. Pero fracasa en cada intento que hace por pensar en algo así. Sus pensamientos se ven interrumpidos por la mera suposición de lo que la familia de Hungría quiere hablar con él. Necesita toda la tranquilidad posible para enfrentar a sus aliados. Antes de que su tía ofreciera la mano de su hijastra, él y su familia pensaron seriamente que un matrimonio con Hungría de los Cárpatos aliviaría todas las fricciones. Ahora que él trae a casa a su esposa, duda que esas fricciones vayan a disminuir aunque sea un poco. Debería prepararse para romper cualquier acuerdo que tenga con ellos y pedir porque la familia no se disguste demasiado por las consecuencias.

Podría ser que la situación no sea tan complicada y él esté exagerando. Si se permite ser bastante optimista, Austria puede esperar que su hermano viudo acuda a su rescate. Eso sería un alivio si no supiera que el querido Ale tiene motivos para intervenir. Sería mejor llamar a eso, segundas intenciones. Es en ocasiones como ésta que considera que más le valía haber nacido en una familia menos ilustre. Eso no ocurrió, así que debe resignarse y someterse al juego o perecerá en el intento. Está en su mayor interés proteger a su mujer de todo este lío. Duda que pueda aislarla por completo, pero hará su mejor intento. Ella no tiene porqué ser parte de esto.

— ¿Se encuentra bien, Tlasojtli? —la voz de su esposa interrumpe sus pensamientos.

Para su desgracia, olvidó por un momento que nunca dejó de estar acompañado.

México se ha mantenido al lado de Austria toda la conversación. No ha sido metiche, ni chismosa, pero a Tirol no pareció importarle que ella estuviera presente para hablar con su marido. El tema en cuestión le preocupa por el mero hecho de que se trata de la joven Reino De los Cárpatos. Sabe de sobra lo que significa para Austria su familia y sabe de sobra que no la eligió a ella por encima de todo como se esperaba. Las consecuencias se dejarán sentir en cualquier momento. Si bien México sospechaba que Austria no había informado a Hungría de su decisión, ahora constata que hay más de una razón válida para no haberle informado. Al parecer, la señorita espera algo de Austria que éste no podrá darle.

— He de admitir que no —reconoce Austria, optando por no ocultarle la situación—. De los Cárpatos es una familia con la que hemos tenido muchas fricción y desavenencias. Se esperaba que un matrimonio las arreglaría, pero dudo que eso sea posible. Al menos, no a través de mí.

— Ahora que usted vuelve casado tras una larga ausencia sin explicar, sin previo aviso, no hay garantía de una reacción favorable, mucho menos pacífica —finaliza ella por él.

A la mente de México acuden las palabras del Capitán. De la desgracia que le ha salvado. Algo así le dijo. Espera que sólo sea una ocurrencia suya. El Capitán pudo haberse referido a cualquier otra cosa.

— Sí, necesito que permanezca tranquila, Meine Liebe. La protegeré, pero no puedo garantizar una reacción pacífica de parte de esa familia. Nunca la han tenido —advierte Austria.

México sonríe.

— Estoy acostumbrada a los ataques violentos de muchos tipos, Tlasojtli —asegura ella—. La diferencia es que ahora no estoy sola en la defensa.

Austria sonríe a su vez tomando su mano entre las suyas.

— Nunca volverá a estar sola —le promete—. No mientras Dios me dé vida.

El día en que Austria se dignará a aparecer por su propio hogar por fin ha llegado. Hungría y su padre siguen a Tirol por los pasillos del palacio con un gesto cansado en el rostro. Debe admitir, aunque sea para sí misma, que no está enamorada de Austria Germania. Es más, odia al hombre con toda su alma. Desde que tiene memoria ha tenido disgusto tras disgusto con él. Nunca han estado de acuerdo en algo, pero la cercanía de sus territorios y los intereses familiares los han mantenido en contacto desde que tiene memoria. En resumen, que ella resienta su vida con Germania es de poca relevancia mientras asegure una alianza conveniente con él. A ella no le importaría demasiado.

¿De cuándo acá uno trata con quien le plazca o se casa con quien le agrade? No, simplemente eso no existe. Lo que hay es una serie de acuerdos que permiten mantener el propio poder y las influencias. Preservar la propia posición social es más importante que si la persona en cuestión es del agrado de uno o no. Así que, si su familia desea verla unida a este Germania, lo hará aunque tenga que guardarse sus comentarios. Finalmente, está segura de que Austria corresponde sus sentimientos. Se lo ha dejado claro más de una vez. Negocios son negocios y las ganancias son lo único que importa. Él le ha de ver alguna ventaja, por algo la ha soportado todos estos años. Mas pensar de este modo le resulta agotador en ocasiones, en especial por la presión que significa. Por eso, Hungría intenta desviar sus pensamientos en otra dirección con la esperanza de que alguna cosa menos importante ocupe su mente.

Lo que acude en su auxilio resulta perturbador, porque no debería importarle, pero logra distraerla. A través de uno de los ventanales frente a que pasa logra apreciar la imagen de la joven, cuya edad debe de ser cercana a la suya, en compañía de Carintia, de la hermana de Austria y de su sobrina. El trío se dirige hacia un carruaje, el cual abordan para luego perderse en la lejanía. En un primer instante, a Hungría se le antoja que se trata de una nueva relación o amistad. Simplemente no reconoce a la joven. Los Germania siempre están a la caza de nuevas oportunidades. Por ello no resultaría raro ver constantemente caras nuevas en las distintas residencias de sus miembros. Lo que la hace dudar de eso fue que la joven no parecía ser europea. La desconocida tiene un porte más cercano al de un soldado que al de una señorita de buena familia. No es una belleza deslumbrante, pero es muy bonita con esas facciones poco finas. Sus vestidos tienen un aire fresco y exótico ajeno a los locales.

En definitiva, no se nota que sea hija de una familia importante. Conoce a todas las familias europeas y asiáticas como para asegurarlo. Así que no es pariente lejana de Austria. Si no fuera por la manera en que se dirigían a ella las dos señoritas Germania y Carintia, diría que Austria se sintió en la necesidad de conseguirse una amante exótica. Ése tampoco es su asunto. Sería mejor para ella si Austria piensa tener una mujer con quien pasar el rato. Hungría sacude la cabeza disimuladamente y algo contrariada. Tirol y su padre siguen caminando sin notar su perturbación. Ella se olvida de la extraña visitante al notar que se detienen ante la puerta del despacho de Austria.

Herr De los Cárpatos, Frau Ungarn, es un placer tenerlos de visita —saluda Austria en cuanto entran en el despacho— . Pasen, por favor. Tirol, puedes retirarte.

Hungría intenta no reaccionar de alguna manera cuando nota que Alemania se encuentra sentado cerca de su hermano. Esta no será una de esas visitas cualquiera. Intenta no adelantarse a los hechos, podría tratarse de algún detalle del acuerdo que firmaron hace tiempo que merezca ser atendido de esta manera. Podría ser cualquier otra cosa...

— No hace falta tanta formalidad, Germania —responde al saludo su padre en un intento por abrir el tema que ha venido a discutir. Hungría desearía menear la cabeza, esto no es tan simple como lo cree su padre—. Ya casi somos familia.

Para Hungría, la formalidad de esta situación puede significar muchas cosas. Austria no se ha dirigido a ella como acostumbra. Alemania no tendría que estar presente. Si fuera como su padre cree, debería ser la madre de Austria quien debería estar aquí, quizá el patriarca de los Germania, pero no Alemania.

— Es indispensable que así sea, Herr De los Cárpatos. Estos son asuntos delicados —insiste Austria con una seriedad exagerada—. Debí de haberle hecho partícipe de mi situación desde hace tiempo, ya que a ustedes también les afecta en cierta medida. Me hubiera gustado extenderles una invitación formal para tratar este asunto como es debido, pero veo que se me han adelantado. Mi hermano, aquí presente, ha deseado ser parte de esta entrevista, como representante de la familia. Me disculpo por lo inadecuado y desconsiderado que pudo haber ocasionando esto. A mí también me tomó por sorpresa en su momento.

Hungría le dedica un gesto de fastidio. Es lo que más le irrita de Austria. El hombre gusta de dar rodeos enormes para abordar un tema o habla cuando la situación ya no tiene remedio. Que ambas cosas se junten es insoportable, descontando que esta situación de la que habla ha de ser muy delicada. Va a odiar lo que sigue si resulta que su madre acierta en sus suposiciones. La señora De los Cárpatos está segura de que Austria pedirá su mano en cualquier momento. Tal convicción no ha sido del agrado de Polonia, y vaya que Hungría entiende a su hermana. En verdad que lamentará que Polonia sufra por esto. Si resulta ser lo qeu sus padres desean que sea, pedir su mano se está volviendo todo un reto para el más joven de los Germania.

— No pretendo alimentar sus expectativas por más tiempo, Herr De los Cárpatos —aclara Austria adoptando un tono lacónico—. No sé si mi familia lo ha anunciado en mi ausencia o ha tenido a bien esperar mi regreso. De ser lo segundo, tengo el privilegio de anunciarles que estoy próximo a contraer matrimonio. Las invitaciones están a punto de ser enviadas.

Quiero dejar claro que no tengo intención alguna de casarme con su hija. Eso hubiera sonado mejor para Hungría, al menos no tendría el dilema de decidir si mostrarse aliviada, ofendida o desilusionada. En seguida se distrae. Algo que nunca había visto asomar en los ojos de Austria destella por un instante. De inmediato sus pensamientos vuelven a la joven extranjera que se encontraba con las Germania y Carintia. Tampoco puede evitar sentirse ridículamente superada por una amazona sin importancia. El alivio que debería experimentar por salvarse de soportar a Austria el resto de su vida no llega y no parece que vaya a llegar pronto. Así que opta por vertir su frustración en el único individuo digno de merecerla.

— Exijo una explicación —demanda procurando moderar su tono de voz—. ¿Por qué no fuimos notificados con antelación? ¿Uram Poroszország lo sabía?

— Nuestras más sinceras disculpas, Frau Ungarn —replica Austria mirándola fijamente—. Reitero que hasta para mí fue inesperado.

Hungría se arrepiente de haber demandado una explicación. Ahora sólo desea que se calle.

Alemania hija resultó ser de esas mujeres que desde muy jóvenes creen tener el mundo a sus pies. A México no le cabe duda de que a su sobrina le sobran delirios de grandeza. Tampoco es que le falten razones para actuar como todo un Imperio, pero algo en ella delata una inquietud impropia de los de su clase. Algo en ella hace falta. México no atina a decir qué es.

— Me alegra que al fin la tengamos en casa, Tante —afirma Alemania con una sonrisa torcida—. Creí que Oncle jamás regresaría de Amerika. Tardaba tanto que Oma estuvo a punto de creer que lo habían fusilado por atreverse a poner un pie en su tierra y reclamar a su esposa.

La broma, porque México espera que eso sea, nada más que una simple broma, no le hace la menor gracia. Es de ese humor negro carente de humor, si es posible algo así. Lamentablemente, para el resto del mundo, los americanos son unos salvajes. Cargar con ese estigma es indignante cuando uno intenta asociarse con estos europeos que se creen la cúspide de la civilización.

— Tenían que despedirme apropiadamente —justifica México, guardándose los detalles o los insultos—. Tengo familia que merece nuestro respeto.

— Es bueno saber que usted tiene esos valores, Tante. Para un Germania la familia es primero —aprueba Alemania bajo la mirada llena de reproche de Suiza.

México decide ignorarla. No piensa que sea importante gastar su aliento en hacerle entender a su sobrina algunas cosas. Prefiere averiguar a dónde la conduce. Es demasiada muestra de confianza el que ella la haya invitado a la casa ancestral de los Germania. Y muy ingenuo de su parte haberse dejado convencer de abandonar los dominios de su marido. A causa de sus comentarios, México juzga sensato dudar de las buenas intenciones de esta chica. Quiere creer que no es nada malo. Carintia está aquí para garantizar su regreso a casa y Suiza se ha ofrecido a acompañarlas. Pero eso no es suficiente, no la tranquiliza ni un poquito. No cuando ambas le han dado el mando a esta desquiciada. Así que es de vital importancia averiguar por qué la guía a través del jardín. Más aún porque ha insistido en que sus propias damas de compañía no estén presentes en esta excursión. Podría pasar de todo ahora que ella es la única ajena al círculo Germania deambulando por aquí. Espera que Jalisco y Nuevo León, ni el resto de sus estados se hayan quedado atrás con una gran preocupación justificada. Porque ha de ser honesta: confía en Austria, no en su familia.

Sus sospechas aumentan cuando se percata de que Alemania la está llevando hacia un enrejado que protege lo que a todas lucer es el cementerio familiar. Con su andar altivo, la joven Germania pasa frente a varias lápidas de mármol. Varias de ellas lucen incrustaciones de oro y marfil. El grupo que Alemania dirige continúa su camino hasta detenerse frente a un monumento funerario imponente, localizado en la zona más suntuosa del camposanto. Es ahí que Alemania pierde el acento casi insolente en su garbo y su altivez se evapora como si nunca hubiera existido para postrarse ante la figura pétrea de un joven idéntico a ella. México se detiene a admirar el realismo y precisión de la estatua, pero se fija con mayor detenimiento en la placa de oro grabada con el escudo de armas familiar y otro más personal, seguramente el que perteneció al difunto. Su sencillez desentona con tanta ostentación. La placa plateada es muy sencilla, pero resplandece con intensidad bajo la luz del sol. En ella las palabras grabadas con esmero en la lápida señalan la identidad de quien merece tanta consideración de Alemania.

Ost-Deutschland Germania.

Amado hijo, hermano, sobrino y nieto.

Descanse en paz.

Nuestro señor le llamó a su lado.

XX—XX—XX.

— Ambos usábamos el apodo de Nazi. Somos gemelos idénticos, ya sabe que los Germania son conocidos por eso. La familia quería protegerle creando confusión acerca de quién era quién —relata Alemania en un hilo de voz—. Mi familia siempre ha estado obsesionada por protegerse de posibles atentados que puedan arrebatarle a sus herederos. Ha ocurrido antes con las familias de nuestros administradores, lo han intentado con Oncle Preußen. Había razones suficientes para querer proteger a mi hermano y evitar su muerte.

México asiente comprensiva. Está sorprendida de escuchar hablar de un Germania más, hijo de Imperio Alemán para variar. Eso no le impide mostrar empatía. Entiende el sentimiento de pérdida de un ser amado, pero no quiere ni imaginarse lo que sería perder a un hermano, más aún a un gemelo. Perú no será su gemela idéntica, pero siempre ha estado ahí como ese otro ser que ha compartido con ella algo más que una familia y un hogar. Peleadas o no, Perú es esa otra parte independiente que ha estado con ella desde el inicio. La distancia no le hace sentir que le falte algo, pero su muerte… No quiere ni pernsarlo.

Vater, tan falto de ingenio o tan obsesionado con su legado, nos nombró igual que él —prosigue Alemania entornando los ojos con evidente disgusto—. Mi nombre es West Deutschland Germania y mi padre es Deutschland Germania. Tener el mismo nombre y ser gemelos idénticos facilitó que se me encomendara la tarea de hacerme pasar por Ost cuando fuera necesario. Todo marchaba viento en popa hasta que Slav nos descubrió y decidió sacar provecho de su hallazgo —México nota cómo la chica aprieta los puños ante el recuerdo—. Habló con mi gemelo y le tendió una trampa. Lo usó como rehén para forzar mi mano. Mi familia estaba desesperada. Se debatía entre sacrificar a su heredero o entregarme al pretendiente menos deseable que tenía. Para mí estaba claro: Ost tenía prioridad. Le escribí a Slav aceptando su oferta, exigiendo que devolviera a mi hermano sano y salvo, sin un rasguño. Estaba dispuesta a arruinarme la vida por él. Sabía que él no era sacrificable, pero que yo sí lo era. No sé cómo fue que Ost se enteró de mi rendición, quizá el mismo Slav se lo dijo. Lo que sí sé con seguridad es que no se tomó bien mi resolución. Mi gemelo jamás hubiera permitido que yo hiciera algo así. Se aseguró de quitarle a Slav la oportunidad de obtener lo que quería. Para nosotros fue como si Slav lo hubiera ejecutado. Casi nadie sabe de este asunto, para la mayoría mi hermano murió de una grave enfermedad. Mi padre no ha vivido más que para vengarse desde entonces. No puedo decir que yo piense diferente.

México inclina la cabeza. Comprende perfectamente la razón por la cual le cuenta esto. Tiene que saber para quién está jugando y qué se espera de ella. Como esposa de Austria sería inapropiado desconocer los asuntos familiares, más aún si estos se traducen en guerras declaradas contra otras familias. Ahora entiende la animosidad de Austria cada vez que la vio conversando con URSS Slav. Deben de estar hablando de él, es el único Slav que conoce capaz de cualqueir cosa por continuar con el engrandecimiento de su familia, aunque desee distanciarse de su padre casi al grado de querer eliminarlo de su vida. No sabe qué decir al respecto. Se limita a depositar una de las flores que lleva enredadas en el cabello sobre la tumba. Agradece en silencio que las dalias hayan sido la elección del día. Eso le da un significado más profundo al gesto. Es un saludo y muestra de respeto a un difunto miembro de su nueva familia.

— A un guerrero que murió combatiendo por el honor de los suyos —murmura como si fuera una plegaria.

Ha sido un gesto espontáneo. Los Aztlan, una de las familias de las que desciende su madre, tienen en alta estima actitudes tan valerosas como ésta por encima de cualqueir otra cosa. La guerra era su vida y el valor lo único que en verdad importaba. Mientras se incorpora no puede evitar que un recuerdo acuda a sus pensamientos. Ahora puede darle un significado más exacto y profundo a las palabras de Slav. No es un alivio ni es tranquilizador poder hacerlo. Es más complicado de lo que creía. Su padre quería meterse en la boca del lobo al querer que ella se casara con Slav. ¿Hasta qué punto estará al tanto de estos asuntos?

— Gracias, Tante —aplaude Alemania—. Apreciamos su gesto.

— Disculpen mi curiosidad, no deseo saber más de lo que no me corresponde, Aloeste. No puedo evitar preguntarme si su hermano gemelo, Alemania del Este, tuvo alguna fricción con el señor Slav antes de esto. Él o su padre —aventura México. Tiene idea de lo que pregunta, pero quiere la versión de su sobrina de los hechos—. Si no me equivoco, el señor URSS Slav no ataca sin una razón que juzgue poderosa o muy conveniente. Quería algo más, estoy segura.

Alemania y Suiza intercambian una mirada. Suiza parece sonríe como si se regodeara de algo que Alemania no tiene más remedio que aceptar resignada.

— Sí, ellos ya tenían sus problemas —admite tras una pausa—. Se llaman Polen de los Cárpatos.

Después de hablar con Hungría y su padre y de que su hermano se las diera de embajador de la paz, Austria no encontró más remedio que sentarse a esperar, en compañía de dicho hermano, que las mujeres de la familia se dignen regresar.

— Tu prometida es todo lo que podrías pedir, Österreich —felicita su hermano, quien le ha forzado a escuchar su monólogo acerca de las ventajas que traerá lo que acaba de hacer—. No se te subirá al cuello y será una buena esposa y madre. Se le nota a leguas que no te dará problemas. Preußen escogió bien. Si no me equivoco, se supone que tiene una gemela. ¿Es igual a ella? Podría al fin planear mis segundas nupcias con alguien como ella. No me importaría que fuera una mestiza, los beneficios lo valen.

Austria hace una mueca de disgusto antes de comentar cualquier cosa al respecto.

— Entonces, hubieras aceptado cuando Preußen te ofreció la oportunidad de escoger, Deutschland. Ya te ofreciste como repuesto para alguien más. Además, no queremos problemas con los Del Lacio, especialmente, con Florenz e Italien. Nuestro buen amigo, el Coronel Argentinien, está cortejando a mi cuñada —observa Austria con evidente fastidio—. Quedan otras hermanas, pero dudo que desees a la señorita Hispania que ha venido para encerrarse en la biblioteca.

— No olvido mis compromisos tan fácil, Österreich, valoro mis opciones. Me doy una idea de cómo está la situación. Prefiero dejarle la oportunidad al protegido de Preußen, nuestro querido Cousin. Es mejor que él nos haga el favor —ríe Alemania despreocupado—. Supongo que sólo debo buscar otra manera de asegurar la absoluta lealtad de tu mujer para con la familia y contigo —Austria le mira con desagrado—. No podemos arriesgarnos a echarnos en contra a su familia. Ya me lo agradecerás algún día, Bruder.

— No lo sé, Deutschland. Me parece que ya nos es leal —Austria intentará mantener alejado a Alemania de su mujer lo más que pueda—. Mejor busca quién te dé un heredero. Preußen está postrado en cama desde hace días. Está tan débil que lo único que se me ocurre es que me estaba esperando. Prácticamente ya eres el cabeza de familia y no tienes más a tu hijo.

Preußen estaba esperando a ambos, a ti y a tu prometida —confirma Alemania—. Espera que ambos le visiten pronto, de preferencia hoy mismo. Mi hija ya se ha llevado a la señorita Hispania por adelantado.

Austria maldice para sus adentros. ¿Qué no tienen piedad de su esposa? Acaba de llegar y ya tiene que lidiar con todos los problemas familiares de golpe.

— ¿Quieren que mi mujer se termine arrepintiendo de haberse casado conmigo, Deutschland? —el reclamo es espontáneo.

— Quiero que Frau Mexiko Hispania, que es tu prometida, Bruder, sepa que se espera de ella una vez se case contigo y sea Frau Mexiko México de Germania —recalca Alemania a modo de advertencia.

Austria suelta un bufido. Lo que faltaba.

Sentado en uno de los tantos sillones disponibles, Prusia cierra los ojos en un intento de disfrutar de la tranquilidad de la estancia en la que se encuentra. Tuvo relativamente poco tiempo para desempeñarse como cabeza de la familia, así que quiere gozar de cada segundo que esto le dure. Nada podría arruinar su corto reinado, ni siquiera una enfermedad. Observa a su alrededor complacido. Los libros acumulados gracias a la labor continua de generaciones enteras de Germania le rodean como testigos silenciosos de su condición cada vez más vulnerable. Está orgulloso de esta colección. Él mismo contribuyó con su parte. La dejará en buenas manos. Sabe que su sucesor hará otro tanto junto a su hija. Es una lástima que no pueda disfrutar de sus esfuerzos. Hace tiempo que le cuesta sostener el libro más ligero entre sus manos. La vista se le cansa muy rápido. En general, siempre le faltan fuerzas para cualquier cosa.

Ahora, sólo le quedan los recuerdos de una juventud pasada entre los estantes atiborrados de libros. Esa juventud de cuando vivía su padre, cuando él no presentaba síntomas, cuando todos aún estaban en casa y no tenían que enfrentar por completo el hecho de ser Germania. Sólo eran sus tonterías de niños. Sólo eran sus espectativas de futuros brillantes. Esos futuros ya los han alcanzado y que no son precisamente brillantes. En su caso, los descendientes legítimos a quiénes dejar su legado faltan. Alemania se ha visto envuelto en unas cuantas desgracias que conmocionaron a toda la familia. Austria está por casarse con una americana. El nombre de Germania depende de éste último por el momento. Prusia detesta reconocerlo, pero eso es una razón más para haber preferido a una Hispania por encima de una De los Cárpatos. Esa muchacha y su familia aportarán ventajas, sin por ello ser una amenaza, en el muy posible caso de que Austria quede al mando. No debe olvidarse de Suiza y Aloeste. Ambas son una incógnita difícil de resolver. Sin una sucesión asegurada para esta familia, es complicado conseguirles un buen marido. Todo resulta contraproducente. O ellas quedan como viejas señoritas; o aseguran una buena alianza que pueda volverse una amenaza a futuro...; o simplemente se las deja mal colocadas para alivio de todos e inconvenientes irreversibles futuros. Ellas no se merecen eso.

Se sintió un poco mal al rechazar a varios pretendientes de su hermana. Ni qué decir al ver que su hermano mediano hizo lo propio con los de su sobrina, descontando a algunos, por supuesto. Hay pretendientes indeseables en toda regla sin importar las circunstancias. Incluso, podría confesar haberse sentido un poco culpable al ver a Austria tan contrariado por la negociación de su matrimonio. Espera que se le haya pasado el coraje lo suficiente como para tener una conversación civilizada. Austria no le ha dirigido ninguna carta, pero las que han recibido su madre y hermana inspiran confianza en que su hermano menor ha sabido sacar provecho de su situación, al menos en apariencia. Fue fácil deshacerse de la poca culpabilidad que sintió con respecto a Austria por varias razones. En primer lugar, fue una decisión en parte considerada por su padre; completamente aprobada por su madre; y aceptada por él. No fue decisión suya, no por completo. Su tía Francia tuvo mucho que ver. Ella supo venderle la idea a su madre de que su hijastra era una buena opción específicamente para Austria. Mucha exactitud era sospechosa, pero no podía dejar ir la oportunidad. A decir verdad, Prusia consideraba que la señorita De los Cárpatos era más que adecuada. El problema fue que Britania era una prioridad. Pudo haber insistido que Alemania aceptara la oferta, pero, sinceramente, quería hacer sufrir un poco a su hermano menor. No se pueden dar el lujo de que la esposa del heredero confirmado de la familia sea una mujer sin linaje, sin fortuna, ni influencias. Es una excelente segunda opción, no una primera.

Prusia sonríe para sí. Tener poder corrompe, pero no se arrepiente de nada. Austria ha pasado demasiado tiempo del otro lado del océano. Es posible que regrese insoportable. Tiene que estar preparado para una rabieta por inconformidad acumulada. Todo esto sería más placentero si no estuviera tan cansado y tuviera la preocupación de dejar a Alemania el peso de ser su sucesor. Si tan solo él hubiera hecho las cosas bien cuando fue su turno de visitar Hispanoamérica, las cosas serían diferentes. No lo son, así que no le dará más vueltas. Era muy orgulloso como para pensar claro en aquel entonces.

— Se supone que deberías guardar reposo, fils —el reproche corta de tajo el silencio de la habitación y el hilo de sus pensamientos—. No estamos esperando a un enemigo, ni siquiera a un aliado. Se trata de nuestra familia.

Prusia frunce el ceño en señal de desacuerdo. No está feliz de ver su monólogo interno interrumpido de esa manera. Prefiere no contestar a su madre. A él nada lo hará mostrarse débil, ni siquiera la misma enfermedad que lo confinó a un retiro prematuro de sus funciones. No le van a arrebatar esto también. Su cuñada lo va a conocer en su mejor cara. ¿Por qué su habitación? Ese espacio es suyo y nadie, ni siquiera su familia, entra ahí.

— Estamos esperando a mis hermanos, Mutter. Específicamente a mi hermano y a la nueva miembro de la familia —corrige Prusia—. No es tan informal como parece. Necesito dejarle claro que...

Bêtises ! ¿Crees que Aloeste no ha hablado con ella? A estas alturas ya sabe lo que quizá Autriche no le ha contado por consideración a su sobrina —replica su madre contrariada.

— Desconoce mi delicada situación, Mutter —puntualiza Prusia—. Son escasos los que conocen a detalle nuestra auténtica condición. Eso me basta para tomar precauciones. Ella podrá ser una gran ventaja, pero las cosas que la hacen interesante son las mismas que podrían volverla peligrosa. Frau Hispania es la hija de una familia salvable, vecina de Britania, hijastra de una Galia leal a su familia de nacimiento y una completa extraña a nuestro mundo. Claro que voy a tomar precauciones.

— Creí que te sentías cómodo precisamente por eso, fils —la observación es punzante.

Prusia respira con pesadez. Su madre tiene razón, pero no puede evitar sentirse algo paranoico.

Mutter, lamento que esto tenga que ser así. Aún soy yo quien está a cargo y no quiero dejarle problemas a Deutschland. Esta muchacha puede traernos muchos problemas si las cosas empeoran —casi deletrea cada palabra.

— Sabes que cualquier jeune fille hubiera sido un problema, Prusse —razona su madre.

— De los Cárpatos es una familia local, los Hispania ofrecen otro continente. Son situaciones por completo diferentes, Mutter —alega Prusia.

Su madre está por decir algo, pero la Capital que entra a la biblioteca se lo impide.

Herr Preußen, sus hermanos acaban de llegar. Berlin se ha asegurado de informarle al joven Österreich que desea verlo.

— Hazle pasar enseguida. No olvides a Frau Hispania, Königsberg —responde Prusia.

Plettenberg ha estado pendiente de su llegada, se asegurará de que venga con los demás —informa de vuelta la Capital.

— Bien, Königsberg, puedes retirarte —Prusia se gira hacia su madre—. Supongo que quiere conocer a su nuera, Mutter

— Supones bien, fils — responde la mujer mirándolo seria.

Prusia a veces se pregunta qué tanto se parece su madre a su prima Francia. Si éste es su modo de apoyar a los Germania, no quisiera verla apoyando a otra familia. En sí, no sabe porqué su tía considera que su prima carece de fuerza. Lo más seguro es que nunca ha visto a su pariente en acción. Del formidable aliado que se pierde...

En cuanto Berlín le hizo saber que su hermano mayor quiere hablar con él y su esposa, Austria quiso recoger a su esposa y dar media vuelta. Prusia será su hermano mayor, estará enfermo o lo que sea, pero no quiere oír hablar de él por el momento. Está lejos de darle las gracias por haberlo mandado al otro lado del mundo en busca de su prometida. No importa que esté a gusto con los resultados del viaje. Si pudiera, no le daría gusto al hombre a quien tiene que llamar hermano y cabeza de familia. Jamás le perdonará que haya firmado en su nombre un acuerdo tan importante como un compromiso, menos aún porque lo hizo sin siquiera haberle prevenido antes. Pero a la vez sabe que si no tiene un plan serio para rebelarse es mejor seguirle la corriente y no contrariar a nadie, menos a Prusia, sin razón aparente.

— Estaré ahí, Berlin. Estaremos ahí —responde—. Preußen no debe preocuparse.

Plettenberg no tardará en venir con Frau Hispania. Esperamos que Königsberg regrese con indicaciones de Herr Germania —informa Berlín.

Austria se limita a mover la cabeza en señal de haber escuchado.

— Suerte, Bruder —escucha a Alemania, quien palmea su hombro—. ¿Sabrás dónde está mi hija, Berlin?

Frau West está tomando el té en compañía de su tía en la terraza. Acaban de regresar de su paseo con Frau Hispania —el tono empleado por Berlín deja entrever el doble sentido de su informe.

Austria deduce que ha ocurrido algo importante, algo planeado. No necesita más para entender que su sobrina ya ha informado a su mujer de todo. No sabe cuánto le ha contado y, dada la leve inclinación de su mujer por Slav, duda que haya obtenido una reacción satisfactoria.

Gut! —oír a su hermano complacido no le hace sentir mejor—. No espero fallas.

Austria no comenta algo. Ojalá su esposa no haya dado la impresión equivocada. Slav puede ser lo que ella quiera, pero es alguien de cuidado... Igual que todos ellos.

Mein Herr, junger Herr Österreich y Frau Hispania —anuncia su capital.

Prusia se acomoda en su asiento al oír a la Capital.

— Hazlos pasar, Königsberg —intenta sonar con firmeza, se encuentra tan débil que siente que ha perdido su voz de mando.

Prusia observa a la pareja con detenimiento desde que atraviesa la puerta. Austria no se asombra de verle sentado en la biblioteca. Tampoco le asombra que su madre se encuentre presente. Prusia, en cambio, sí se asombra al verlo, aunque intenta ocultarlo. Austria lleva del brazo a la señorita Hispania en un modo que nunca le había visto emplear con otra joven. Austria podrá estarle fulminando con la mirada, pero su postura demasiado relajada delata la falta de suficiente ira contenida como para realmente parecer molesto. Juraría que en realidad está intentando proteger la joven que camina a su lado de lo que sea que les aguarde en la biblioteca. Lo cuál resulta ridículo para Prusia, así que lo descarta.

— Al fin te decides volver, Österreich —saluda Prusia sonriendo levemente.

Austria no responde con el gesto esperado. Responde algo renuente, pero nada que delate la molestia que sentía en cuanto le comunicó la razón de su viaje inevitable.

Guten Abend, Preußen, Mutter. Es un placer estar de vuelta —corresponde el saludo, luego agrega—. Les presento a mi esposa, la señora Mexico Hispania de Germania. Meine Liebe, ellos son mi madre, Frau Germania, y mi hermano, Preußen Germania, nuestro actual Familienoberhaupt.

Prusia quisiera regañar a Austria por el modo en que se dirige a la joven. ¿Cómo la llamó?

— Es un placer conocerlos al fin, señora Germania, señor Germania —declara la joven al tiempo que hace una ligera reverencia.

— El placer es nuestro —Prusia escucha en la voz de su madre el entusiasmo que ha estado reservando para las mujeres de sus hijos todos estos años y que no ha podido desplegar por falta de nueras—. No puedo creer que France se haya quedado corta en su descripción de ti, Mademoiselle Mexique. Ni siquiera un cuadro te podría hacer justicia, ma chérie. No sé cómo te dirijas a mi prima, pero no dudes en llamarme madre de alguna manera.

— Será un honor, señora —la señorita Hispania se queda pensando un poco —. Siendo sincera, la señora De Hispania no nos da ese tipo de confianza. ¿Podría llamarla Na'?

Prusia puede oír el deleite de su madre ante la facilidad con que su futura nuera acepta tal muestra de confianza. ¿Acaso Suiza no es suficiente para ella? ¡Además, tiene una nieta! Dejando eso de lado, Prusia sopesa la afirmación de su nueva hermana. Tiene frente a sí a otra persona que muy probablemente aborrece a su querida tía. Ésa es una buena señal para él.

— Es verdad. La expresión de su mirada es única —la afirmación apasionada de Austria devuelve a Prusia a su sorpresa inicial—, sería difícil replicar algo más allá de sus ojos o de su apariencia, Mutter.

Ahora no sabe muy bien qué pensar de su hermano. Lanza una mirada cargada de incredulidad a Austria, quien lo ignora abiertamente. ¿De qué se ha perdido?

— Esperaba un recibimiento más formal, Bruder. Se supone que no debemos estar tan relajados, ¿no?

Prusia intenta erguirse más de lo que ya está en respuesta. No está dispuesto a tolerar la insolencia de su hermano menor por más tiempo.

— Dejemos las cosas claras, Österreich. Tenemos detalles que discutir.

No le pasa desapercibido que la joven entra en un estado de alerta impropio de una señorita de buena familia. Quisiera decirle que es innecesaria su reacción, pero decide guardarse el comentario. No la culpa. Haría algo similar si él estuviera en su posición. Lo que uno se gana con Britania por vecino.

— Por supuesto, Preußen —es la respuesta que recibe.

Prusia sabe algunas cosas gracias a Alemania y Suiza, pero no esperaba un cambio radical en Austria. Debe actuar rápido antes de perder a su hermano. De todas las razones por las que pensó que podría cancelarse el compromiso, nunca se le ocurrió pensar que él podría ser una causa. Prusia tiene que recordarse todas las razones que tiene para no intervenir en contra. Austria tiene una suerte horrible. Tal parece que todo va a salir a su favor. Por eso no está molesto.

México observa con detenimiento su reflejo. El vestido es germano por donde se le vea y se siente extraña en él. Es tan ajustado que siente que en cualquier instante se desvanecerá por falta de aire. Visualmente no le resulta desagradable, pero tampoco es de su gusto. Ninguna mano de su casa natal, hay que hacer la aclaración, tuvo algo que ver con el diseño.

— El tiempo pasa volando —murmura para sí mientras Carintia y Estiria revolotean a su alrededor afinando los últimos detalles.

Jalisco y Nuevo León se encuentran, junto al resto de su comitiva, entre los invitados. Nadie conocido ha venido a asistirla. Paraguay les acompaña un poco inconforme con el arreglo. Su cuñado ha dispuesto que sólo servidores de la Casa de Germania pueden estar con ella momentos antes del gran evento. Quisiera haberle hecho saber qué opinaba al respecto, pero luego pensó en su marido y se calmó. Él accedió a pasar por algo ajeno a sus costumbres en consideración a ella. Sería desconsiderado no aguantar lo que fuera que sus costumbres familiares dicten. Para ser exacta, está dispuesta a soportar de todo, menos a Prusia Germania, de ser posible. Lo cual es imposible. Es una lástima.

— No se preocupe, meine Frau, está en buenas manos con nosotras a cargo —asegura Carintia.

— No me cabe duda de eso —responde México, intentando poner buena cara—. No podría ser mejor.

A decir verdad, para México ellas son lo único que la hacen sentir cómoda en estos momentos. En particular, ha pasado demasiado tiempo con Carintia discutiendo menús, decoraciones y demás asuntos que requieren su atención en el día a día. Con eso, México tiene la impresión de que la Estado se ha vuelto algo más que su dama de compañía. Ha convivido menos con Estiria, pero le inspira cierta confianza. Ambas son quienes le aseguran que no está arruinando algo por accidente. Ambas prosiguen con su trabajo después de asentir con la cabeza a sus palabras. De este lado del mundo son demasiado serios. México echa de menos el ambiente relajado que se respira en... ¿casa? He ahí un pequeño problema. No acaba de hacerse a la idea de a qué puede llamar hogar. En estricto sentido tiene acceso a más de una casa, pero falta por definir en dónde se siente realmente en casa. Acaba de percatarse de lo poco que pensó acerca de su vida de casada. Muy bonito todo sopesando pros y contras al exterior, pero la vida que ella llevará, ese día a día a detalle, no le pasó por la cabeza. Se contentó con pensar que Austria no fuera un dolor de cabeza que aguantar el resto de su vida. Al menos no al principio de su vida juntos. Si lo piensa mejor, nada le asegura el resto, ni el inicio, ni el fin de su vida marital de ninguna manera en absoluto. Sólo le fue asegurado que será una mujer casada. ¿Por cuánto tiempo? ¿En qué condiciones? Es un misterio.

Claro que se llenó de palabras la boca para asegurarle a su padre que puede vivir con Austria. Llevan viviendo bajo el mismo techo bastante tiempo y distanciados una parte de él. Sabe aproximadamente qué esperar, incluida la posibilidad de volver a discutir por algo, pero eso no pudo haber sido la muestra completa. Ambos ya se tienen confianza, pero Austria siempre marcó una respetuosa distancia durante su compromiso. Suiza se lo hizo notar. No hubo un cambio marcado entre el antes y el después de su primera ceremonia, porque no estaban completamente casados. Aunque para ella fue todo un detalle que ya la tratara como su esposa. Fue un escándalo para los Germania, pero México no pudo evitar sentirse bien. Ahora queda la auténtica realidad por enfrentar y lamentablemente no se detuvo a pensar en eso. México traga grueso. Sí que es ingenua. Realmente no sabe qué le espera. Sabe que debe atender la casa y a su marido, además de los hijos que pueda tener. Aprendió algunas cosas para lograrlo. Estudió otras cosas para completar modestamente su educación, pero ahora sabe que le faltó demasiado. Si en algo puso empeño su padre antes de la muerte de su madre, fue en educarla para no pensar en cosas impuras e impropias de una señorita. Esas cosas que las señoras siempre callan en presencia de jovencitas como ella y que insinúan a medias a modo de advertencia cuando una de esas jovencitas está por casarse.

Su madre no vivió lo suficiente para prepararlas por completo. Ella era un poco más relajada que su padre, pero no era el momento para tocar ciertos temas frente a ellas. Lamenta que su madre no esté y no haya estado con ella durante su compromiso y estos últimos momentos oficiales de soltera. Agradece que su padre no esté aquí. Vista la actitud que últimamente adopta, está de vuelta en su papel de padre severo. Con esa sensibilidad que a ratos se carga, ya estaría haciendo que rece unas cien veces el Padre Nuestro y el Ave María por semejante pensamiento que se le ha atravesado. Por primera vez, México da gracias a Dios por ya no estar más a cargo de su padre. Se persigna involuntariamente y respira hondo. No es el momento para mortificarse.

— Es hora, meine Frau —anuncia Carintia—. No se preocupe, luce mejor que cualquier novia de la familia que hayamos visto antes.

— Gracias —responde México en seguida intentando ocultar su bochorno.

— Ha llegado la hora —interviene Estiria—. La esperan fuera.

Por lo que tiene entendido, quien la espera para hacer el recorrido al altar en esta ocasión es Prusia Germania. No le agradó su recibimiento. Entiende que cuide de su familia con esmero, ella hizo lo mismo, pero su actitud va más allá de eso. Hay algo que no termina de aprobar en ella o en Austria, pero se lo ha callado. No le preocupa tanto porque, de lo contrario, no estaría en donde ahora se encuentra: a punto de casarse con su hermano menor. México desearía decirle que no se preocupe, que quizá le cueste caro, pero que su lealtad está con Austria y, por extensión, con su nueva familia, los Germania. Intentó dejar eso claro la última vez que se reunió con él, pero tiene la sensación de que tendrá que probarlo continuamente. No quedó tranquilo al final de la tortuosa evaluación a que la sometió. Claro la terminó aceptando y le dio la bienvenida, mas no lo hizo plenamente convencido. Vaya cuñado más pesado le ha tocado. Dios la perdone, pero es un alivio que no tendrá que tratar mucho con él. El hermano mayor de su esposo está por hacer un esfuerzo para su última gran aparición en sociedad. Le ha dejado claro a México que ésta es la última decisión estratégica que tomó como cabeza de familia y piensa actuar acorde para respaldarla. Por tanto, no espera a otra persona fuera de la habitación en que la han preparado. Sin embargo, se lleva una sorpresa cuando al salir al pasillo es el Capitán Chile quien la espera, enfundado en su traje militar de gala.

— No me lo tome a mal, Capitán —exclama México quien no puede ocultar su alivio—. No esperaba que usted fuera a acompañarme —y se apresura a agregar—. Me alegra que sea usted.

— Nadie arriesgaría a nuestro Familienoberhaupt por nada —bromea Chile—, pero parece que ya nada le importa. Es un secreto guardado a gritos el que yo soy parte de la familia principal sin serlo —continúa con una sonrisa juguetona—. Mi posición la dejó clara en cuanto supo que mi madre quedó encinta, aunque jamás llegó a estos extremos. No sé que le ocurre a Don Prusia estos días. ¿Me permite? Hoy luce particularmente europea —le ofrece el brazo.

— Con mucho gusto —México acepta el gesto sonriendo ampliamente—. Son los gustos de la casa.

— Digamos que le sientan de maravilla, señora De Germania. ¿Lista para hacer rabiar de envidia a la crema y nata de la sociedad de este lado del mundo con el encanto latino?

— A su señal —ríe México.

— Tenemos un primo a quien dejar impactado —recibe por toda confirmación.

México no pudo haber pedido mejor compañía que ésta. Asiente a las palabras de su primo y comienza su segunda recorrido definitivo hacia el altar. Camina aliviada. Como mínimo tiene algunos amigos en esta nueva vida que comienza. Su suegra parece aceptarla sin reservas. Su marido es un hombre dispuesto a quererla. Su primo es el hermano que no tuvo. Su cuñada y su sobrina no parecen ponerle peros. No ha perdido del todo a su familia. Paraguay está entre los invitados sonriendo con discreción. Bolivia está dispuesta a aceptarla con todo y esta decisión que ha tomado. Su padre no la ha desconocido y repudiado. Incluso Perú no la ha desconocido por completo. Eso es suficiente. Puede darse por satisfecha. Puede ignorar el deliberado desdén, los ceños fruncidos y las cejas alzadas del resto. Puede hacerlo aún cuando en el fondo de su ser tenga muy presente lo que Prusia le ha dejado claro: los amigos de la familia son sus amigos y los enemigos de la familia son sus enemigos. No importa cuánta simpatía sienta por alguno de ellos. Espera que no estalle la tensión entre familias, porque se verá en el peor dilema de su vida. Lo más seguro es que no podrá mantenerse neutral y acabará escogiendo bando. Irremediablemente casarse con Austria la llevará a traicionar a alguien. Ése alguien podría ser una hermana. Qué deprimente pensar algo como eso el día de su boda.

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F I N

SEGUNDA PARTE

LA VOLUNTAD DE MÉXICO